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Para Elisa

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PARA ELISA

Michelle Morales

«Pobre musa, ¿Porqué te levantas así?


En tus ojos hundidos hay nocturnas visiones,
y descubro en tu cara, taciturnas y frías,
tantas huellas de horror, cuando no de locura.
¿Es que un súcubo verde o algún duende rosado
te infundieron el miedo o el amor de sus urnas?»
Charles Baudelaire

Camino por la zona de más concurrencia de la ciudad. Infinidad de lugares que se


pueden visitar: bares, discos, table dance... Sigo mi ruta para llegar a casa, la de siempre,
con ansiedad de descansar. En el trayecto observo a los jóvenes concentrarse en las
entradas de los antros para divertirse toda la noche. Al mirar, una sensación fría me obliga
a buscar algo y trato de averiguar qué es lo que me llama; giro sobre mi eje y me detengo
donde está una mujer de negro, pálida, mirándome fijamente con sus cabellos de
obsidiana, que agitados por el viento, presumen su largura. Sonríe levemente y camina
con su atuendo largo y negro, alejándose. Me incita a seguirla hasta un bar de la zona.
Entra y tras ella yo; voltea a verme continuamente y llega a un rincón poco alumbrado,
donde se encuentran algunas parejas. Recargada en la pared queda, frente a mí, me mira
y muerde su labio inferior, erotizándome. Descubre su pecho y con la palma de sus
manos hace círculos leves en sus pezones, toma mis manos y las lleva a ellos, no resisto
y empiezo a besarla con ansia. Se siente fría, pero extraña la sensación de tocarla, de
besarla, aun su piel lo es; su boca es seca y sus besos carecen de saliva. Su cuerpo es
extremadamente delgado, sin embargo me agrada. Acaricia mi entrepierna y terminan sus
manos en mis calzoncillos. Intento deslizar su vestido hacia arriba y tocar sus caderas, su
sexo, pero al querer hacerlo me detiene, reacomoda su vestido y se marcha.
Llego a casa y como siempre está en el balcón esperándome, con su camisón de gasa
blanca adornado con algo de encaje. Sus largos cabellos ondulados, aun más rubios bajo
la luz de la luna, cubren sus pezones. Semi desnuda fuma un cigarrillo a la vez que
alimenta sus oídos con las notas suaves de «Para Elisa» de Beethoven, que por llevar su
nombre, es su melodía favorita. No me escucha entrar, pero me percibe. Voltea
lentamente con sus ojos cerrados y una sonrisa excitante, después añade:
- Sabía que estabas por llegar, ¿donde andabas, por qué tardaste tanto? - dice
abriendo pausadamente sus ojos y me besa con ternura
- Pasaba por una tienda de ropa y me detuve a mirar - contesto con tranquilidad para
que no sospeche que había estado con una mujer extraña, que me ha dejado inquieto y
excitado
- ¡Ah!, no importa ya estás aquí. He comprado cervezas, charlemos y bebamos, quiero
pasármela bien con mi mejor amigo y amante, ¿te gusta la idea?
- ¡Qué bien!, para ser sincero quería beber está noche. Cambiemos un poco la música,
algo más alegre- respondo a su pregunta y ella tan sólo ríe mientras me alcanza una
cerveza y levanta la suya diciendo ¡salud!
Elisa impide que cambie la música, está tras de mí besándome el cuello, mi piel
empieza a erizarse. Hace que mi camisa caiga al suelo al desabotonarla, y el cierre de mi
pantalón ya está abajo. Se despoja del camisón y con sus pechos erguidos y grandes
roza mi espalda. Al no poder contenerme la beso desesperado, aprieto sus pechos casi
rasguñándolos, no permito que me interrumpa. Algo raro estoy sintiendo, es de nueva
cuenta esa sensación fría de buscar algo. Estoy más que excitado, ideas mórbidas y
sucias me vienen a la mente, pero con aquella mujer: la de negro. Con las notas de
Beethoven a nuestro alrededor la penetro violentamente, mis movimientos de vaivén son
rápidos y con fuerza; ella gime de placer como nunca, su rostro se vuelve pálido, se
transforma en el rostro de aquella mujer de negro, quien al verla me obsequia un
orgasmo. Nuestra sesión de placer ha terminado, al mismo tiempo que la melodía de
Beethoven, y aunque duró pocos minutos fue demasiado intensa, como nunca.
- Algo te sucede, no eras tú - comenta Elisa demasiado angustiada, y me molesta que
pueda sentir lo que siento.
- No te has puesto a pensar que tal vez tenía tantos deseos de amarte - excuso mi
comportamiento y sonrío.
- ¡Oh!, eso debo tomarlo como un cumplido porque quiere decir que me anhelas en
exceso. Espero que de ahora en adelante no cambies esa actitud - contesta
coquetamente dejando un beso amoroso en mi cuello.
Ha pasado más de una semana desde nuestra última relación sexual. Elisa raramente
enfermó al día siguiente; tiene una tos espantosa y dolorosa que me contagia tan solo de
verla. Todo el día está en cama gimiendo de dolor. Me lastima que se encuentre en ese
estado, no lo soporto y me preocupa. El doctor no nos ha dado un diagnóstico después de
oscultarla, y los análisis lo dirán todo. Hoy ha telefoneado el doctor a mi oficina para
decirme que es necesario que lo visite esta tarde, por su tono de voz parece que es algo
grave.
- El doctor lo espera, pase - la secretaria me dice al momento que me ve llegar.
Mi plática con el doctor ha sido funesta, me siento nostálgico con la noticia. Los
resultados de los análisis están listos, sin embargo el doctor aun no sabe que padece
Elisa. Existe la posibilidad de que se recupere o tal vez empeore y muera. El doctor se ha
comprometido a enviar los análisis a un especialista, y en cuanto sepa algo me llamará.
La idea de que muera me aterra, estar sin ella, sin su risa, su canto y su amor. Una
lágrima moja mi rostro, me atormenta su dolencia, y no sé por qué me siento culpable.
Camino por la ruta de siempre y sin darme cuenta me hallo en un bar. Pido una
cerveza, después otra, y ya son ocho las que he tomado junto con mi tristeza. Otra vez
esa sensación fría que me obliga a buscar algo. Una voz helante en mi oído me hace
reaccionar; es la mujer de negro que me ha encontrado. La miro sorprendido y ella toma
asiento a un lado mío.
- ¿Qué sucede?, ¿quieres que me vaya? - salen estas palabras de sus labios secos.
Permanezco ahí sin responderle, nos retamos con la mirada, ella me vence con sus ojos
penetrantes y amenazadores, me obliga a llevar los míos a otro rumbo.
- Te he pensado y tu lo sabías ¿o no? - y en efecto ella sabía que la soñaba, la
deseaba desde nuestro encuentro sexual, a tal grado que en este momento está frente a
mí con su boca sin aliento, sin saliva, con su negra lucidez que la caracteriza, con su
presencia cadavérica, pero elegante y bella. Estaba aquí porque sabía que la anhelaba.
- ¿Has venido a dejar otro trabajo inconcluso? - añado y río burlonamente
- Estoy aquí porque tú me llamaste - susurra dulcemente en mi oído y envuelve mi
cuello con sus manos.
No pasaron más de cinco minutos y un beso apasionado nos mantuvo juntos. Ha
pasado el tiempo desde ese beso y aún sigo con ella en silencio, en secreto. Me he
acostumbrado a sus misterios, a su helada piel, a su diferencia. Hasta ahora sólo la veo
en los bares, ella siempre me encuentra; no hablamos mucho; nos apreciamos y vivimos
la pasión, pero no por completo, no permite que la toque tan profundamente. Es como la
primera vez, siempre con trabajos sin terminar.
La mitad de mi tiempo me la paso pensando en Elisa, puesto que en realidad la amo y
sé que cada día su situación se agrava. Ha resistido tres semanas así. Padece de dolores
muy fuertes y aveces se complican. Beethoven la tranquiliza un poco junto con unos
sedantes. Su alegría se ha desvanecido debido al llanto de su cuerpo, por su piel casi
desahuciado. Al saber que quizá muera se ha sumergido en una depresión. Incluso
enferma trata de hacerme feliz, la esperanza de vivir sigue en su corazón.
No se ha enterado de mi engaño, esto le dolería mucho más que la enfermedad. Yo la
amo, pero aveces necesito otro tipo de compañía y si ella muere no quiero estar solo.
Elisa es amor, es ternura, es el mundo en el que vivo. Pera la mujer de negro es pasión,
erotismo, miedo, excitación, es un sueño y ella lo sabe. Sabe cual es mi vida, cual es mi
objetivo, sabe que Elisa posiblemente muera.
Es viernes por la tarde, estoy sentado en la banca de un parque y ella me encuentra de
nueva cuenta. Estoy cabizbajo y abatido, sabe el porqué: por Elisa. No resisto que sus
dolores se prolonguen tanto, que evite gritar para no preocuparme, y que me mire con sus
ojos humedecidos implorando piedad, pidiéndome que haga algo contra ese tormento.
No, ya no puedo soportarlo.
- Te veo tan preocupado por la enfermedad de tu esposa, y tal vez pudieras tener la
solución en tus manos. Deberías ocuparte del problema en vez de descuidarte, ¡estás tan
delgado!, su enfermedad acabará contigo. Me sorprende tanto su comentario que centro
mi atención en ella.
- ¿Qué es lo que dices?, ¿cómo puedo ayudarla? - pregunto esperando ansioso la
respuesta
- ¡Mátala! - con su rostro serio me da la solución. Quedo en silencio, pensando,
imaginando cuanto dolor no le ahorraría, y esta mujer frente a mí me acompañaría cuando
Elisa ya no esté. Rápidamente me levanto y corro hacia la casa.
Recostada en la tibia cama puedo ver su rostro, tan limpio y joven. El sueño y
Beethoven, otra vez con su «Para Elisa», le impiden escucharme llegar. Está ahí boca
arriba, con sus manos en el vientre, una sobre la otra, tan pacífica, tan tranquila como
nunca, tal vez soñando con descansar. Tomo la almohada que está libre y me acerco a
ella.
- Vivir te hace daño, estarás mejor - murmuro, mientras coloco la almohada sobre su
rostro-, pero no olvide que te amo - y aprieto con fuerza. Elisa apenas si pudo mover sus
brazos y piernas, como defendiéndose, pero ¿de qué? si esta es su salvación.
Descubro su rostro y la beso en los labios, al momento que dejo una lágrima en su
mejilla. Todo esto por y «Para Elisa», todo por ella. El teléfono suena, me apresuro a
contestar y de pronto esa sensación que me obliga a buscar algo, ese aire frío de nuevo
lo percibo. Miro hacia la entrada del cuarto, es la mujer de negro.
- ¡Ah!, eres tú - confirmo con indiferencia su presencia y descuelgo el auricular.
- ¿Bueno?
- Habla el doctor de su esposa
- Sí, dígame
- Ella habló en la mañana diciéndome que se sentía mucho mejor, y le tengo una
noticia. Ya un especialista ha revisado los análisis de su esposa y necesito que vengan
mañana a mi consultorio, sólo así podremos empezar con el tratamiento para su
recuperación definitiva.
La noticia me ha dejado petrificado en silencio, con remordimiento, culpabilidad. Miro
desde el otro lado de la habitación a Elisa, tan quieta, tan inocente, tan muerta. La mujer
de negro se acerca y se inclina hacia ella para depositar un largo beso en sus labios.
Tiene sus manos frías en el pecho, aún caliente, de Elisa.
- ¿Qué haces?, ¡déjala! - replico a su actitud. La mujer se endereza, me mira
sosteniendo la mano de Elisa y con una sonrisa maliciosa dice:
- Jamás preguntaste mi nombre, pero puedes llamarme «muerte»

FIN

Bajado de Azoth
R4 09/99 L
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