En las últimas décadas, el desarrollo de las tecnologías de
la información y la comunicación (TIC) ha transformado
radicalmente la manera en que los individuos se relacionan,
aprenden, trabajan y participan en la sociedad. Dentro de
este proceso, las redes sociales han adquirido un rol central
al convertirse en espacios de interacción digital que
trascienden fronteras físicas y culturales, integrándose de
manera profunda en la vida cotidiana de millones de
personas alrededor del mundo (García, 2018). Estas
plataformas, inicialmente concebidas como medios para
compartir información y conectar a personas con intereses
comunes, han evolucionado hasta convertirse en escenarios
donde se configuran identidades, se difunden discursos
políticos, se consolidan dinámicas económicas y se
redefinen los patrones de comunicación interpersonal
(Martínez, 2020).
El impacto de las redes sociales en la vida cotidiana se
manifiesta en múltiples dimensiones. En el plano
comunicativo, han democratizado el acceso a la
información y han permitido que los usuarios no solo
consuman contenidos, sino que también los produzcan,
generando fenómenos de comunicación bidireccional y
horizontal (García del Castillo & Rodríguez, 2020). Esta
característica ha fomentado la emergencia de nuevas
formas de ciudadanía digital, donde los individuos
participan activamente en debates sociales, comparten
experiencias personales y promueven causas colectivas. Sin
embargo, este acceso masivo también plantea riesgos,
como la circulación de noticias falsas, la manipulación
mediática y la pérdida de privacidad, que afectan
directamente la calidad de la información y la confianza en
los medios digitales (Suyo-Vega et al., 2023).
Desde una perspectiva histórica, las redes sociales
surgieron como un fenómeno ligado a la expansión de
Internet en los años noventa y se consolidaron en la
primera década del siglo XXI con plataformas como
MySpace, Facebook y Twitter. Estas aplicaciones marcaron
un cambio sustancial respecto a los foros y blogs, al
introducir mecanismos de interacción más inmediatos y
personalizados (García, 2018). En la actualidad, redes como
Instagram, TikTok y WhatsApp se han consolidado como las
más utilizadas, alcanzando a usuarios de diferentes
generaciones y contextos socioculturales. Según datos
recientes, más del 60 % de la población mundial utiliza al
menos una red social de manera activa, dedicando un
promedio de dos a tres horas diarias a estas plataformas
(García-Sánchez et al., 2022). Esta tendencia evidencia
cómo las redes sociales han dejado de ser una opción para
convertirse en una práctica habitual que estructura la rutina
diaria de millones de personas.
Uno de los aspectos más relevantes en el impacto de las
redes sociales es su influencia en la construcción de
identidades. A través de estas plataformas, los individuos
elaboran representaciones de sí mismos mediante
fotografías, publicaciones, videos y comentarios, que en
muchos casos reflejan no solo una imagen personal sino
también un ideal social moldeado por estándares culturales
dominantes (García del Castillo & Rodríguez, 2020). Este
fenómeno ha generado dinámicas de comparación social,
donde los usuarios evalúan su valor personal en función de
la retroalimentación obtenida mediante “likes” o
seguidores. Investigaciones recientes han señalado que
este tipo de dinámicas puede tener efectos negativos en la
autoestima y en el bienestar psicológico, especialmente en
adolescentes y jóvenes, quienes se encuentran en un
proceso de construcción de identidad más vulnerable a la
influencia externa (Suyo-Vega et al., 2023).
El impacto también se extiende al ámbito educativo y
laboral. En la educación, las redes sociales se han
convertido en herramientas de aprendizaje colaborativo,
fomentando la creación de comunidades académicas que
facilitan el intercambio de información y recursos (Dávila-
Morán, 2024). Sin embargo, su uso excesivo puede
dispersar la atención, reducir la capacidad de concentración
y exponer a los estudiantes a información poco fiable. En el
ámbito laboral, las plataformas digitales han abierto
oportunidades de empleo y promoción profesional, pero
también han generado fenómenos como el “tecnoestrés” y
la invasión de la vida personal por la laboral, debido a la
hiperconectividad constante (García-Sánchez et al., 2022).
En el terreno social y cultural, las redes sociales han
modificado los patrones de interacción comunitaria. Se
observa una tendencia hacia la virtualización de los
vínculos, donde las relaciones cara a cara son
reemplazadas o complementadas por interacciones
digitales. Si bien este cambio ha permitido mantener el
contacto con familiares y amigos en contextos de distancia
física, también ha generado una disminución en la calidad
de la comunicación interpersonal y un debilitamiento de la
cohesión social (Martínez, 2020). Además, fenómenos como
la viralización de tendencias culturales, la creación de
lenguajes propios y la globalización de estilos de vida
evidencian el papel de las redes sociales como agentes de
cambio cultural que reconfiguran la vida cotidiana (García,
2018).
Un tema crítico relacionado con el impacto de las redes
sociales es su influencia en la salud mental. Diversos
estudios han demostrado una correlación entre el uso
excesivo de estas plataformas y la aparición de síntomas de
ansiedad, depresión, insomnio y adicción digital (Suyo-Vega
et al., 2023). La constante exposición a estímulos visuales,
la presión por mantener una imagen atractiva y el miedo a
quedar excluido de las dinámicas sociales virtuales,
conocido como fear of missing out (FOMO), son factores que
inciden directamente en el bienestar psicológico. De igual
manera, la sobreexposición a noticias alarmantes o
violentas puede generar un aumento de la percepción de
inseguridad y del estrés colectivo, lo que afecta la manera
en que las personas interpretan su entorno inmediato
(García-Sánchez et al., 2022).
En términos políticos, las redes sociales han transformado
las formas de participación ciudadana. Hoy en día, las
campañas electorales, los movimientos sociales y las
protestas utilizan estas plataformas como espacios
estratégicos para difundir mensajes, movilizar
simpatizantes y presionar a las autoridades. Ejemplos de
ello son el movimiento #MeToo, las protestas en Chile de
2019 o la difusión de información durante la pandemia de
COVID-19 (Dávila-Morán, 2024). No obstante, esta
capacidad de movilización también se ha acompañado de
riesgos como la polarización social, la manipulación de la
opinión pública mediante bots o cuentas falsas, y la
propagación de discursos de odio. Estos elementos reflejan
cómo las redes sociales, aunque fortalecen la democracia
digital, también pueden debilitar el debate público cuando
se usan de manera irresponsable o manipulada (Martínez,
2020).
Otro aspecto relevante es la economía digital generada en
torno a estas plataformas. Las redes sociales han abierto
nuevas oportunidades de negocio, permitiendo que
pequeñas empresas y emprendedores promuevan sus
productos y servicios a bajo costo y con gran alcance
(García, 2018). Asimismo, la figura de los “influencers” ha
dado lugar a una economía basada en la atención, donde la
visibilidad y la reputación digital se convierten en activos
económicos de gran valor. Sin embargo, este modelo
económico también plantea desafíos relacionados con la
explotación laboral, la precarización de contenidos y la
dependencia de algoritmos que determinan qué
publicaciones se hacen visibles y cuáles no (García-Sánchez
et al., 2022).
Finalmente, el impacto de las redes sociales en la vida
cotidiana también debe ser analizado desde la perspectiva
de la privacidad y la seguridad digital. La cantidad de datos
que los usuarios comparten voluntariamente en estas
plataformas representa un riesgo potencial de vulneración
de la intimidad, robo de identidad y control de la
información por parte de grandes corporaciones
tecnológicas (Suyo-Vega et al., 2023). En muchos casos, los
usuarios desconocen cómo se gestionan sus datos
personales o qué uso se les da, lo que genera un escenario
de asimetría informativa y de poder. Este aspecto subraya
la importancia de la alfabetización digital como un
elemento clave para garantizar un uso consciente y
responsable de las redes sociales.
En conclusión, el impacto de las redes sociales en la vida
cotidiana de las personas es un fenómeno complejo,
multifacético y en constante transformación. Estas
plataformas han traído consigo beneficios significativos en
términos de conectividad, democratización de la
información y dinamización cultural, pero también plantean
riesgos relacionados con la salud mental, la privacidad, la
calidad de la información y la cohesión social. Estudiar
estas dinámicas resulta fundamental para comprender
cómo la vida contemporánea se encuentra atravesada por
lo digital y qué estrategias pueden implementarse para
fomentar un uso equilibrado y ético de las redes sociales.
Así, esta investigación busca profundizar en los efectos
positivos y negativos que estas plataformas ejercen sobre
los individuos y las comunidades, con el fin de aportar una
visión crítica y constructiva al debate académico y social en
torno a este fenómeno.