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Filosofía del Derecho

Prof. Dr. Alfonso de Julios-Campuzano

JOHN LOCKE

1. Vida y obra

Nace en Wrington (cerca de Bristol), Inglaterra, el 29 de agosto de 1632. Se


educó en la Westminster School y en Christ Church (Oxford). En 1658 se
convirtió en tutor y profesor de griego y Retórica. Locke se acercó a los Whig,
componentes del partido de corte liberal que, junto al partido de los Tories,
partido conservador, componían las dos facciones políticas de la Inglaterra de
la época, al ser médico y secretario del conde de Shaftesbury, líder de ese
partido, el cual estaba en contra del absolutismo monárquico de la Inglaterra de
Jacobo II, debido a esto y al convertirse en defensor del poder parlamentario
habrá de huir a Holanda. Fue uno de los más influyentes teóricos en la
consecución de la “Revolución Gloriosa’’, revolución que quiso y consiguió
poner fin al reinado de Jacobo II, monarca que estaba tendiendo al absolutismo
y que se vio inmerso en un país eminentemente protestante en el que pretendió
introducir el catolicismo. La Revolución Gloriosa supuso un cambio de dinastía,
de los Estuardo por los Orange, casa originaria de Holanda a la que apoyó
John Locke y tal apoyo le valdría el exilio en el mencionado país. Tras el éxito
de la Revolución volverá a Inglaterra como importante ideólogo del partido
Whig, y sus ideas serán determinantes en el decurso de los acontecimientos
políticos de la época y en el desarrollo de la teoría política liberal. Fallece en
1704. Sus obras más importantes fueron, además de los dos Tratados sobre el
Gobierno Civil, “Ensayo sobre el entendimiento humano” (1690) y
“Pensamientos sobre educación” (1692).

2. Dimensiones de la libertad individual: El nacimiento de la sociedad civil

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a. El nacimiento del Estado o la superación de una paz precaria.

La tesis que Locke ofrece para explicar el nacimiento del Estado es similar a
la que aporta Hobbes, pero las conclusiones a las que llegan son muy
diferentes. Si para este último el Hombre en el estado de naturaleza atentaba
continuamente contra los derechos de los demás, por ejemplo matando o
robando de manera impune; para Locke es más bien lo opuesto.

Según el autor que nos ocupa, en el estado de naturaleza el hombre es


igual a todos los demás y pese a que hay libertad absoluta no cabe el estado
de guerra (como sí piensa Hobbes) ya que la ley natural obliga a que no se
dañe a ningún otro ni a sí mismo. Esto tiene su explicación si aclaramos que la
ley natural es la razón y por tanto es lógico que ningún hombre se autolesione.

En definitiva, el concepto de estado de naturaleza que Locke tiene está en


contraposición con el que Hobbes sugirió algunas décadas atrás. El primero se
perfila como un optimista antropológico al pensar que el Ser Humano sin
Estado que le vigile respetará a los demás y, por el contrario, Hobbes se define
como un pesimista antropológico precisamente por sostener la tesis opuesta: el
ser humano en el estado natural arremete de manera continuada contra sus
semejantes.

Sin embargo, como el ser humano no es perfecto, las relaciones son


precarias, pese a la cooperación social existente en el estado de naturaleza.
Por ello se hará necesario crear una figura que garantice la aplicación de la ley
natural, es decir, que garantice la aplicación de la razón y evite el estado de
guerra.

Pero en el Estado ya constituido Locke dice que la ley natural sigue vigente,
pues la razón será la base de las normas positivas que en el seno del citado
Estado se creen. Positivar no tiene otro objetivo que garantizar el cumplimiento
de los derechos naturales del hombre en la sociedad, que son el fin de toda
acción de gobierno. Por eso, la legitimidad reside no sólo en la voluntad

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popular, sino también en la garantía eficaz de los derechos naturales. Si éstos
se conculcaran gravemente, el gobernante devendría ilegítimo.

Volviendo al asunto del estado de guerra, no sería, en opinión de Norberto


Bobbio, una guerra permanente y total, sino más bien intermitente. Para
evitarla, los individuos recurren al contrato social, al pacto de todos con todos.
Cada hombre renunciará al poder pleno que en el Estado de la naturaleza
tenía a cambio de garantizarse un mínimo de seguridad.

b. El papel de la ley natural.

La ley natural ejerce un papel esencial en las tesis contractualistas de


John Locke. Ya hemos mencionado que en el estado de naturaleza la ley
natural está presente, pero su presencia se hace mucho más relevante en tanto
en cuanto será el motor, la llave de contacto si se prefiere, del pacto social.

Esta circunstancia de elemento impulsor no está vacía de consecuencias


para el poder político que surge tras el contrato social. Para el poder político la
ley natural es principio (en tanto fundamento) y fin de su ser (en tanto que sus
decisiones debe estar legitimadas por la ley natural, que ya hemos mencionado
que es la razón). Es por ello que la filosofía política debe centrarse en el
estudio de las leyes naturales para que sean la base y el límite del poder
político.

Además de esto, en el estado de la naturaleza la ley natural es también


principio rector del comportamiento del individuo. Tras el pacto social pasa a
iluminar el camino de la sociedad civil que es alumbrada mediante el pacto
para la preservación de los derechos naturales del hombre cuya precariedad en
el estado de naturaleza resultaba alarmante.

En resumen, la razón natural es elemento impulsor del pacto social, así


como fundamento, condición y límite del poder político; objeto de estudio por
tanto de la filosofía política y modelo moral de la sociedad constituida tras el
contrato social.

3
c. Sociedad civil, libertad y ley.

El que se cree un único ente político, en este caso el Estado, representa


la consagración del mismo a la defensa una serie de principios morales y éticos
contenidos en la ley natural, como puede ser el denominado “derecho de
resistencia” (al que Locke denomina “invocación al cielo”): el derecho
reconocido al pueblo frente al gobernante ilegítimo, bien porque no ha sido
elegido democráticamente, o bien porque aún teniendo origen legítimo, ha
devenido ilegítimo por razón de su ejercicio, que autoriza al pueblo al uso de la
fuerza con el fin de derrocar al gobernante inicuo para sustituirlo por un
gobierno legítimo. Gracias al pacto es posible positivar el contenido de la propia
ley natural que queda así garantizada por el derecho positivo. Es por eso que la
ley debe ser aplicada sin distinción de ningún tipo, para preservar la seguridad
jurídica y para garantizar la moralidad que postula la ley natural. Y es que, para
Locke, “The end of law is not to abolish or restrain, but to preserve and enlarge
freedom ” (El fin de la ley no es abolir ni restringir sino preservar y ampliar la
libertad). Esta frase de Locke es fundamental para comprender su concepción
del papel que la ley debe jugar.

La sociedad política se legitima, según Locke, porque la ley natural es


manifestación de la razón y la moralidad; la libertad garantiza que sólo será
legítima la obligación que nazca de la voluntad de los ciudadanos que
suscribieron el contrato social y, en última instancia, a ellos debe volver el
poder.

Ciertos autores han querido ver en la relación ley – libertad que John
Locke propone una especie de tensión. Las obras e ideas de Locke han
merecido la atención de numerosos autores, levantando en unos críticas
severas y suscitando en otros adhesiones entusiastas. Así, Bluhm afirma que
Locke adopta una postura reduccionista, puesto que la ley limita la libertad
natural. Otros autores exponen que el interés por establecer un gobierno de la
ley no es más que una búsqueda de cobertura teórica para el sometimiento al
monarca inglés, al que se le otorgaría la función de hacer cumplir la misma,

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según Dickinson. Por su parte, Leyden entiende que Locke se halla a medio
camino entre dos concepciones de la relación ley – libertad: por un lado, la de
que toda ley es contraria a la libertad, y por otro, la de que la libertad sólo se
mantiene gracias a la ley, prefiriendo Locke esta última.

Pero, para Locke, la ley no es sino el reflejo de un determinado acuerdo


al que se ha llegado con libertad para perseguir mediante la razón un cierto
ideal de virtud. Es la propia circunstancia de que la ley se define como
positivación de la voluntad colectiva la que le concede un alto grado de
legitimación, pues de la libertad nace y a ella encamina sus pasos.

3. Locke y el individualismo posesivo

La fundamentación que John Locke ofrece del derecho de propiedad ha


estado jalonada de una amplia polémica doctrinal, pues no han sido pocos los
autores que han visto en él el producto teórico del capitalismo indiscriminado.
No obstante, esta posición, que ha tenido amplio eco histórico, es rebatida por
un amplio número de autores que ven en su fundamentación del derecho de
propiedad una expresión de la libertad humana y una garantía de los derechos
inviolables que son inherentes a todo individuo. Es cierto, sin embargo, que
Locke proporciona una fundamentación teórica sólida a la sociedad mercantil y
al modelo capitalista imperante en la Inglaterra de finales del siglo XVII.

Uno de las críticas más acendradas nos llega de la mano de C.B.


MacPherson, quien identifica a Locke como el principal teórico de lo que él
denomina “individualismo posesivo”. Para MacPherson, profesor canadiense de
ciencias políticas nacido y muerto en el último siglo, el individualismo de Locke
consiste en desvincular al hombre de la sociedad en tanto en cuanto el
individuo es propietario por derecho natural de sí mismo y todo lo que ello
comporta, sin tener por ello una obligación para con la estructura social en la
que se encuentra inmerso. Según este profesor, Locke parte del supuesto de
que todo lo que hay en la tierra fue entregado a la humanidad y de esta manera
consigue llegar a una teoría sobre la apropiación ilimitada, alterando y

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eliminando las restricciones a la apropiación capitalista, mostrando
MacPherson así una visión más economicista que política del pensamiento
lockeano gracias o por culpa de una interpretación incompleta de sus premisas.

Entiende MacPherson, por tanto, que, en la medida en que se abre camino


a la apropiación capitalista ilimitada por medio de la introducción del dinero, se
niega la capacidad del individuo de desarrollarse completamente como
persona, es decir, se elimina la idea del desarrollo pleno del sujeto. Este
conjunto de relaciones entre persona y sociedad, que – en su opinión – resulta
ser incompatible con las ideas democráticas es el principal problema de los
principios liberales, y es, al fin y al cabo, el individualismo posesivo.

Al igual que ocurre con la contraposición entre liberalismo y democracia,


MacPherson encuentra incompatibles dos conceptos de persona que se
encuentran en la teoría liberal. En primer lugar, el hombre como consumidor y
maximizador de utilidades y, en segundo lugar, como ser autónomo capaz de
desplegar las capacidades y atributos que lo hacen verdaderamente humano.
Así, la propiedad es considerada como un concepto que excluye a los demás
individuos y que limita las capacidades humanas, en tanto que es una esfera
de seguridad de la persona frente a la sociedad. Sin embargo, esta teoría
limitadora queda anulada cuando entendemos que todos los hombres están por
naturaleza igualmente capacitados para una vida humana completamente
racional.

Por tanto, según esta tesis los postulados de Locke conducen a una
negación de un derecho fundamental de todo ser humano: disponer de su vida
teniendo de esa forma la posibilidad de desarrollarse en plenitud.

Más adelante, en su libro “Property. Mainstreams & Critical Positions”


defiende la necesidad de renovar el concepto de propiedad, ya que, a juicio de
MacPherson, el concepto de propiedad liberal y el libre desarrollo de la
potencialidad humana son incompatibles, haciendo extensivo a todos y cada
uno de los individuos el concepto de propiedad.

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Ryan, sin embargo, irá contra la interpretación anterior al decir que la
posición de Locke no es la de que el hombre sin propiedad se encuentra sin
derechos y puede ser tratado despóticamente, sino la de que el hombre sólo
puede perder sus bienes cuando ha perdido todos sus derechos. Por tanto el
término “property” ha de ser entendido como integrador de ambos conceptos
que se interrelacionan al constituir propiedad inalienable de la persona. Bobbio,
en relación con este tema, expresa y pone de manifiesto un pasaje del “Second
Treatise” de Locke en el que la propiedad incluye los derechos naturales
fundamentales, los cuales son: vida, salud, libertad y bienes; la defensa de la
propiedad, concluye Bobbio, constituye el objetivo del Estado, pero también su
límite.

De esta forma, llegamos a una diferencia radical entre Hobbes, que por
eliminar las limitaciones del Estado concibe la propiedad como derecho
positivo, y Locke, que entiende la propiedad como derecho primitivo, natural y
fundamental, cuya defensa es la base de la sociedad civil. Diferencias que
pasa por alto MacPherson por su interpretación historiográfica genérica y
amplia que no se fija en estas mismas y que acaba asemejando, por una
generalización, a Locke con Hobbes. De manera que para él ambos
representan puntos primordiales: uno, el origen; otro, la cima de la teoría
individualista de la sociedad. Siguiendo esta idea, Dunn basándose en el
término property, critica a MacPherson con estas palabras:

En ninguna parte Locke proclama una plena adhesión moral al mercado, y


la sociedad que se supone defiende el gobierno no es más ni menos que los
derechos del hombre como tales, en las circunstancias político-históricas en
que se encuentren. Es perfectamente cierto que las palabras propiedad y
derecho casi vienen a ser sinónimas en el uso que de ellas hace Locke; pero
el vocablo que en nuestro lenguaje constituye el sinónimo es ``derecho´´, no
``propiedad´´ (es decir; la interpretación que hace MacPherson de este aspecto
no es más que la sistematización de un error de traducción).

El derecho de propiedad se construye, por tanto, en base a que la


comunidad política está sometida a la libertad de los individuos a los que

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gobierna en tanto que no puede hacer uso de un poder arbitrario que atente
contra ese derecho fundamental. Para esto es necesario establecer límites que
deberán fundamentarse en los derechos inalienables que prescribe la ley
natural. Así, la propiedad es lo que garantiza la libertad frente a la arbitrariedad,
completándose de esta forma dentro de la sociedad.

Tras todo esto, concluimos que el objeto del trabajo de Locke no es justificar
la apropiación capitalista, ilimitada y, en concreto, la teoría política del
individualismo posesivo de MacPherson, sino evidenciar que la propiedad es
emanación de la voluntad del individuo y que el respeto a la propiedad
garantiza el respeto a la libertad. Y por tanto, la apropiación será legítima
siempre y cuando no restrinja la libertad de los demás, es decir, sería necesario
que quede bastante y de la misma calidad para los demás.

4. Individuo y colectividad: otra vez el dualismo.

El individuo siempre se ha caracterizado por dedicarse a la búsqueda de su


propio beneficio, aunque su integración en la sociedad y la inexistencia de un
poder configurado y representante de la sociedad son factores que causa un
conflicto de intereses. Esto se contrapone con la idea de Hobbes sobre el
“Contrato Social”, donde todos los individuos que conforman una sociedad han
de renunciar a una pequeña parte de su libertad, con el propósito de crear un
sistema de leyes en el que todos podamos disfrutar de los mismos derechos,
libertades y obligaciones.

Pero el sometimiento del individuo a la sociedad conlleva aceptar la


voluntad de la mayoría, lo que hace que una parte de nuestra libertad quede
constreñida por la Ley (es aquí donde podría entrar en juego la premisa de “La
libertad de uno termina, donde empieza la del otro”). Y es que vivir en un
entorno social obliga a todos los individuos a establecer unas determinadas
relaciones; y esto es lo que condiciona nuestro comportamiento. Aún así, dicho

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constreñimiento, a su vez, da a la libertad una mayor eficacia en el ejercicio de
garantías que la Ley ofrece.

Estas garantías y derechos individuales son propios del ser humano,


inherentes a su persona e inviolables, es decir, cualquier acto ilegítimo que
quebrante dichos derechos será castigado por ser injusto y contrario al
consenso colectivo. Dicho consenso reside en la fuerza del sistema político de
la comunidad creado a través del contrato social, acuerdo que es conditio sine
qua non para la existencia de un poder político legítimo.

Al integrarse el individuo en esta sociedad, la misma se encarga de


protegerle y salvaguardar sus derechos fundamentales, tales como son la
libertad o la propia vida. Así, se puede afirmar que el contrato social es el
conductor idóneo para la inserción del individuo en la colectividad.

John Locke, que fue uno de los filósofos más influyentes de su época,
desarrolló un discurso basado en una dualidad más que contradictoria en lo
que respecta a su teoría política, ya que cuando afirmó la existencia de unos
derechos universales, también justificó actos que para la sociedad actual
carecería de toda moralidad, tales como la ocupación colonial, la esclavitud o el
dominio y acumulación de riquezas por parte de la burguesía de la época.

Esos principios en los que Locke creía fueron usados como insignias por
movimientos revolucionarios posteriores (poniendo como ejemplos las
revoluciones llevadas a cabo por las colonias inglesas, con motivo de su
independencia del Reino Unido; o la Revolución Francesa de 1789). Locke
anhelaba que los derechos naturales fuesen preservados por encima de todo.
Con esto, podríamos considerar a Locke como un revolucionario un tanto
aburguesado. Fue pionero de los derechos humanos, es más, en la
“Declaración de los Derechos Humanos” aparecen citas suyas propias.
También es cierto que Locke tiene un sentido muy preciso de cada uno de
estos derechos. A pesar de ello, voces críticas como la de Franz Hinkelammert
aportan una valoración más drástica respecto al pensamiento lockeano: “El

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sujeto de tales derechos no es el sujeto concreto, viviente, sino el sujeto
abstracto, el propietario”.

Podemos hacer mención además a la idea del “contrato social”, influenciado


por autores como Hobbes y Hooker. El contractualismo propuesto por John
Locke quería distanciarse de la teoría política defendida por Aristóteles, ya que
el orden político es producto de un pacto entre individuos racionales, más que
fruto de una inclinación natural. Existe un estado de naturaleza en el que los
individuos tienen derechos fundamentales, y el orden legítimo se basa en el
acuerdo; este Estado no tiene otro fin más que la ofrecer las garantías de
protección y seguridad de los bienes civiles.

Como bien se ha señalado, Locke era fiel defensor del derecho natural,
cuyas ideas aún siguen vigentes cuando queremos defender esos derechos
que afirmamos nos pertenecen por el hecho de ser seres humanos, y que por
ello, dichos derechos nos son inalienables, tales como el derecho a la libertad o
a la vida. John Locke influyó notoriamente en textos de carácter revolucionario,
véase la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos” de 1776 y
posteriormente, la “Constitución de los Estados Unidos”, aprobada el 17 de
Septiembre de 1787; o en el caso francés, en la “Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano” aprobada por la Asamblea Nacional
Constituyente el 26 de Agosto de 1789, donde tanto los derechos individuales
como los derechos políticos se configuran como derechos de carácter
universal inalienables e imprescriptibles.

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