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Hace aproximadamente unos siete años atrás, ingresaba al profesorado

de Lengua y Literatura una Lourdes muy adolescente, muy estudiante de


secundario récien gradudada que comenzaba a una carrera que sin dudas
le cambiaría la vida para siempre.
Yo recuerdo que ingresé al cursillo en febrero, me senté en el primer
banco al lado de la puerta y miré a mi alrededor eramos un montón en una
pequeña aula. Ingresó un docente, que se presentó, colocó su mochila en
un banco y dijo “está carrera es para ser docentes, no escritores o
periodistas” y ahí, se levantaron un montón y se retiraron del curso. Yo me
preguntaba ¿Qué hago acá? ¿Qué quiero ser? ¿Porqué elegí esta carrera y
ahora estoy acá sentada? Eran tantas las preguntas que me hacía por
dentro, que esa clase no escuche nada de lo que el profesor hablaba. Me fui
muy confundida, pensé en probar y ver que pasaba, si no funcionaba la
dejaba en seis meses. Pero, el tiempo paso y paso, mejor dicho los años
pasaron. El profesorado fue un proceso que marcó mi vida como dije al
comienzo, porque ni yo misma me lo hubiese imaginado. No fue fácil, para
nada. Muchas veces me encontré con barreras, con comentarios
desafortunados tanto de docentes como de compañeros “ponete una
mercería” “sos muy inmadura” “no servís para ser profesora” “venís muy
del secundario, te falta todavía” . Muchas veces salí llorando del
profesorado, pensando en dejar la carrera o tal vez, irme a estudiar a
Córdoba. Como también muchas veces salí feliz, ilusionada, contenta, con
hermosas notas y devoluciones que me hacían crecer cada vez más. Como
dije, tuve muchos baches, pero de ellos aprendí y me fortalecí cada vez
más, hasta incluso aveces pienso que eran motores para seguir trabajando,
creciendo y reinventandome.
Pero, ¿Qué era lo que me hacía seguir permaneciendo en ese
profesorado a pesar de todo lo que me pasaba? Porque sabía que se trataba
de enseñar Lengua y Literatura a los adolescentes, que una vez recibida
sería profesora y nada más ni menos de lo que siempre me gustó que son
las palabras, la comunicación, la lengua, la sintaxis, la escritura, la
oralidad, la creatividad, la lectura…los libros.
Recorrí y transcurrí a lo largo del profesorado por espacios como
seminarios, asignaturas y talleres que eran hermosos, inolvidables, de gran
crecimiento y construcción profesional. Pero sin dudas, había una
asignatura que deseaba mucho, porque gracias a ella me acercaba un
poquito a los estudiantes, ingresaba a instituciones, podía ver y observar
como era, una clase. Y esa asignatura es práctica. Las disfruté mucho a las
tres primeras, inclusó era feliz llendo a las escuelas, conociendo,
descubriendo e intercambiando palabras y saludos con los estudiantes y
docentes. Pero, sin dudas la que más esperaba era la Práctica IV, sabía que
era el espacio donde me acercaba mucho más a los estudiantes, que iba a
darles clases, planificar para ellos, que sería yo a quien llamarían “profe”
por primera vez.
El período de observaciones en ambas escuelas fue fundamental para
mí, porque conocí a los estudiantes, pude acercarme a ellos, observarlos,
descubrir cúales eran sus intereses y como se desenvolvian en las clases.
Ver y observar a la docente a cargo, me aportó muchisimo escuchar sus
tonos de vos, su postura, interacción con los alumnos y cómo eran sus
clases desde el inicio hasta el final. Todo eso que vi y observe despúes me
permitió sentarme, pensar y reflexionar ¿Pára cúantos alumnos planificar?
¿Qué planificar?¿Cómo enseñar? ¿Qué propuestas me iba a dar resultado
que no? Etc. Debo confesar que al comienzo y creo que mi cara lo decía,
estaba un poco asustada, temerosa, desconfiaba y con mucha
incertidumbre al comenzar la práctica. Pero, todos esos temores se fueron
deshaciendo a medida que fueron pasando las clases. Tenía preocupaciones
más importantes y una sin dudas que daba vueltas en mi cabeza…que los
estudiantes APRENDAN. Tenia altas expectativas que quería lograr con mis
estudiantes en las clases, quería que todos aprendieran, que no me
sucedieran percanses dentro del aula y quería que todo lo planificado
saliera “perfecto”. Quería realmente aprender a dar una clase, a planificar
un tema que yo sería quien lo diera, quería experimentar ser una docente.
Mi primera etapa en el Instituto Arte Nuevo, la primera clase la sufrí por
dentro, estaba muy nerviosa era la primera vez que me paraba en frente de
estudiantes en un aula, me equivocaba o incluso tartamudeaba mucho,
tenía miedo de mirarlo a mi profesor observandome. Salí de esa clase tan
mal, desanimada, pero me dije a mi misma la próxima voy con todo, tengo
que conectar con los chicos, lograr que entiendan la explicación y lectura,
pero sobre todo sacarme los miedos y dejando que clase fluya ¿Qué hice?
Esa noche al llegar a mi casa, planifiqué el segundo encuentró y me
concentré solo en ese. Práctique como pararme, como explicar, como
modular bien las palabras, como leer sin perder de vista a mis estudiantes
y no solo mirar el texto, buscar palabras con significado desconocido para
que la lectura se entendierá, incluso me compré un pizarrón para escribir y
prácticar mi letra y escritura. A la siguiente clase, salió todo como lo había
planificado, prácticado y quería realmente, pero lo logré porque me puse
como meta en esa clase “que todo me saliera mejor y sacar mis miedos”.
Una vez, finalizada esa clase y darme cuenta que lo pude hacer, me plantie
una meta más grande era que todas las clases salieran cada vez mejor. Y la
verdad que salieron hermosas.
Ya finalizando mi práctica con ellos, no era la misma Lourdes, me sentía
parte de la docencia, me sentí una profesora. Más segura de mí misma,
aprendí que no todas las clases iban a ser perfectas o como yo quería.
Aprendí a leer sus miradas, gestos, posiciones corporales, caras. Aprendí a
brindarles un espacio en el que ellos se sintieran cómodos, seguros y
escuchados. Pero, todo esto no lo hubiese logrado sin antes ingresar al
curso y conocerlos, descubrirlos y crear un vínculo. También, fue un
desafío tener que preparar pequeñas actividades y con determinadas
consignas para una estudiante con discapacidad, si hay algo que siempre
hice fue integrarla en todas las clases, tanto en contenidos como en
participación.
En la segunda etapa de las prácticas, sabía que era una institución
educativa pública y distinta a la primera etapa. Por mucho tiempo escuche
tantas anécdotas negativas sobre los estudiantes que transcurrían ahí y eso
me asustaba mucho. Cuando el vicedirector de la escuela nos acompaño en
una clase explicandonos sobre un tema que no fue ese, sino más bien
presentandonos la escuela, para mí fue peor porque contó más momentos
negativos que positivos y ahí fue cuando mis miedos
internamente,crecieron más.
Durante las observaciones no la pasé nada bien, creo que mis miedos ahí
estuvieron más presente y se hicieron realidad. Tenía miedo que los
alumnos se pegaran entre ellos y eso pasó. Tenía miedo a que me trataran
mal, dijieran palabras inadecuadas o que entre ellos mismos se insultaran o
trataran mal y eso pasó. Tenía miedo de verlos ingerir drogas o verlos
fumando y eso ví, incluso al lado mío. Tenía miedo de que las clases aveces
no funcionaran y que me tocará hacer lo que se puede y eso pasó, que no
fue tan malo como me lo imaginé. Y la verdad que ahí en el curso, con el
pasar las clases fui perdíendo todos mis miedos y aprendí a buscarle
soluciones a los problemas que se me presentaban, a estar tranquila y con
la mente fría ante obstaculos, y aprendí mucho mucho pero mucho más a
poner cuerpo, mente y alma en el aula. No fue fácil dar una clase, para
nada, fue todo un desafio, con todas las letras. Pero, la práctica fue una
experiencia unica, fructifera y en la que aveces era psicologa,
apapachadora de alumnos tristes, un poco de maga sacando de la galera
ideas, payasa, bailarina, corredora fugaz, líbrera, mamá, consejera. Pero
sobretodo fui una docente que no solo enseña lengua y literatura sino que
da amor, escucha, atiende, mira, da un abrazo o apretón de manos cuando
los alumnos lo necesitan.
Si hay algo que me sucedió mucho en la segunda etapa y no en la
primera, era que las clases las iba cambiando, reformulando o
reinventando constantemente, porque muchas veces no llegaba a terminar
o por adversidades secundarias no podía seguir con la clase, entonces mi
cabeza todo el tiempo pensando como seguir, como continuar, por donde
empezar, tal vez usar plan b, c, d, e, f, g y todo el abecedario si hacía falta.
Muchas veces tomé medidas conductistas porque los momentos lo
requerían, aunque yo no quería ese tipo de clases, pero no tenía otra. Creo
que en esa segunda etapa me fortalecí, maduré y crecí mucho como
docente. No estuve para nada nerviosa en la clases como en la primera
etapa, al contrario no tenía tiempo de estarlo. Desde el minuto uno que
tocaba el timbre ya empezaba comenzaba la clase y era remar mucho
aveces, tratar de convercerlos y entusiasmarlos constantemente, pero ellos
a pesar de sus quejas me cumplian con las actividades. También tuve que
planificar dos clases distintas. Para un estudiante con discapacidad y para
una alumna que se cambió a otra ciudad. Ambas clases requirieron tiempo,
pensar, reflecionar, cambiar, suprimir, pero siempre integrandolos con el
grupo.
Me fui de ambos cursos sabiendo que ellos aprendieron y lo pude
confirmar a través de preguntas, ejercicios, repasos y ser testigo de que
realizaban las actividades. Sino, no me iba ir del aula porque era una
responsabilidad muy grande la que me asignaron. Estrategias que utilicé
fui probando a lo largo de todas las clases todo tipo de métodos,
actividades, propuestas, pero hay algo que me resultó mucho y solo se
logra si el docente lo hace…es la motivación. Muchos estudiantes de ambos
cursos para nada les gustaba la lectura, los libros, les parecía aburrido,
incluso muchas veces escuche “odio leer”, “no me gusta leer”, “prefiero
matemáticas”, “no quiero leer y no me vas a obligar”. Pero yo siempre les
demostré que no era así, los contagie de intrigas, preguntas, misterios y
ellos al verme entusiasmada se acercaban a los textos y muy estusiasmados
realizaban las actividades.
Siempre todo lo que les dí y hice por mis estudiante, lo hacía por cariño y
nunca les pedí ni esperé nada a cambio. Pero, ellos solos me devolvían con
gestos, sonrisas, abrazos, lágrimas, “te voy a extrañar”, “te quiero mucho”,
“no te voy a olvidar nunca” , “sos una gran profe”, “espero que te recibas”
“tenes mucho más para dar profe”, con plantas y regalitos, pero sobre todo
muchos me dieron sus corazones. La verdad es que en ambos cursos siendo
tan distintos pero similares en algunas cosas, yo ya estaba entregada a
ellos y ya los tenía en un lugar dentro de mi corazón, sin conocerlos. A
medida que fueron pasando las clases, me encariñe mucho y me costó
despegarme de los alumnos, de las profesoras y de las escuelas.
Considero y lo pude probar que en la docencia uno está totalmente
expuesto, yo en ambos cursos me mostré y dí todo de mí, siempre. Y eso
voy a seguír haciendo. Creo que no es fácil ser docente, pero uno debe
reflexionar siempre sobre lo que hace, como lo hace, para quienes lo hace,
con que fin lo hace y dar más de uno mismo, estar convencido de que es
una elección de vida, una profesión y pasión por la enseñanza.
Yo recién empiezó, me falta mucho todavía por seguir explorando,
experimentando, analizando, descubriendo, conociendo, aprendendiendo,
pero sobre todo creciendo. Me veo hace siete años atrás y para nada soy la
misma persona y estudiante. Me hace falta fortalecer la escritura, no soy
muy buena redactando, incluso tengo errores, pero apuesto a todas las
capacitaciones que me ayuden a fortalecer esa área pendiente en mí. Como
también bienvenidas sean todas las formaciones me contribuyan a
evolucionar en mí formación.

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