LA SOCIOLOGÍA DE LAS DISCIPLINAS CIENTÍFICAS: SOBRE LA GÉNESIS Y LA
ESTABILIDAD DE LA ESTRUCTURA DISCIPLINARIA DE LA CIENCIA MODERNA 1
Rudolf Stichweh
1. Formas alternativas de orden científico
Este artículo intenta identificar algunos aspectos relevantes de la historia y la sociología de las
disciplinas científicas. Se parte del supuesto de que las disciplinas no son un mero aspecto
estructural trivial de la ciencia moderna, útiles únicamente para las clasificaciones de los
bibliotecarios. En cambio, se considera que las disciplinas son la unidad primaria de
diferenciación interna del sistema científico moderno y, como tales, vital para cualquier análisis
(histórico o sistemático) de los avances científicos.
Las disciplinas científicas son una “invención” de finales del siglo XVIII y principios del XIX.
Como la mayoría de las invenciones, no son el resultado de un momento afortunado, un
acontecimiento singular, un impulso fundador o una innovación institucional. Representan el
resultado acumulativo e imprevisible de un gran número de innovaciones y cambios. Por lo tanto,
es necesario examinar un período relativamente largo —desde principios del siglo XVIII hasta la
segunda mitad del siglo XIX— cuando se intenta comprender la génesis de las disciplinas
científicas.
Para empezar, parece necesario mencionar que lo que nos ocupa aquí no son las condiciones
previas para el establecimiento de una disciplina científica en el contexto de otras disciplinas
previamente establecidas. Los estudios sobre el desarrollo de disciplinas suelen ocuparse
precisamente de esta cuestión. Suponen un entorno de disciplinas diferenciadas e intentan explicar
cómo y por qué surge una nueva disciplina (la bioquímica, por ejemplo) (véase Kohler, 1982). En
este artículo nos interesa centrarnos en las condiciones previas para el establecimiento de las
disciplinas científicas per se, en un momento histórico en el que se desconocía que estaba
surgiendo una forma social universal representativa (la disciplina científica), en el marco de todos
los procesos de comunicación científica que tendrán lugar en el futuro.
El siguiente ejemplo puede servir para ilustrar la incertidumbre resultante de estas condiciones.
En 1771, en la sección preliminar de uno de los primeros tratados fisiocráticos, Nicolas Baudeaux
intentó definir el estatus de los “economistas”, a quienes percibía como representantes de una
perspectiva intelectual muy distinta. El único término que se le ocurrió fue “escuela filosófica” y,
1
Traducción exclusiva para el curso “Introducción a la Interdisciplinariedad” del Doctorado en Desarrollo
Sustentable, de la Universidad Gastón Dachary. Responsables de la traducción: Dra. Fátima Valenzuela,
Dr. Aldo Avellaneda.
a modo de comparación, citó las escuelas filosóficas de Zenón, Pitágoras y Confucio (Baudeaux,
1771, págs. 4-5 del “Avis au lecteur”, paginado por separado).
El término «disciplina», derivado del latín discere, era conocido ya a principios de la Edad Media
(Marrou 1934; cf. Evans 1980, 96-97). Hasta el siglo XVIII, la historia del término disciplina
estuvo estrechamente ligada a la historia del término doctrina. De hecho, con frecuencia los
términos son indistinguibles. Se lo utilizaba de modo característico en el contexto de la enseñanza
y la instrucción, y refería a un conjunto sistemático de doctrinas que se le presentan a un estudiante
en ese contexto de instrucción. Si hay que diferenciar ambos términos, entonces doctrina se refiere
al lado de la instrucción del maestro y disciplina al lado del estudiante. Así, Johann Christian
Lange (1706, 10) definió la doctrina como la enseñanza “vista desde la perspectiva del maestro,
aplicada con propósito y teniendo en mente a un individuo razonable, capaz de enseñar o capaz
de enseñanza. Y puesto que la enseñanza está necesariamente relacionada con el aprendizaje, si
se utiliza teniendo en mente al estudiante que está sujeto a la instrucción, puede llamarse
disciplina.”
El conjunto sistemático de una disciplina/doctrina no es necesariamente un sistema de
conocimiento científico, al menos no en el sentido que se utiliza hoy en día para definir el término.
Walter Ong (1958,166) señaló que siempre que Pierre Ramee explicaba en detalle el carácter de
una disciplina científica, prefería hablar de gramática aunque en principio también veía la
geometría como la disciplina científica ideal. Esto demuestra hasta qué punto la orientación
normativa de cualquier teoría de la ciencia sobre la enseñanza convierte el hecho del orden de las
doctrinas (reglas) para fines educativos en el criterio decisivo sobre la unidad de una disciplina
científica (ibid., 166,306). Desde esta perspectiva, las disciplinas científicas no pueden observarse
y describirse como organismos naturales que existen por derecho propio. Más bien, son el
resultado de actividades deliberadas orientadas hacia el orden y con propósitos específicos. Esto
puede ilustrarse con una lista contemporánea típica de tales propósitos.
En 1747, Christoph August Crusius ([1747] 1965, 35-38) discutió las razones que legitiman la
combinación de una multitud de verdades en el conjunto de una disciplina científica. En primer
lugar, tenía que ser posible enumerar todas las verdades bajo un término común, es decir, todos
los segmentos de la disciplina tenían que representar medios para alcanzar un objetivo común.
Crusius luego especificó las reglas que determinaban si la base cognitiva derivada de ello era
también “adecuada y racional”. Se definieron cuatro de estas reglas: (1) el volumen (cuerpo de
conocimientos) de la disciplina científica tenía que ser suficientemente grande; (2) “aquellas
verdades que debían pensarse en combinación en un intento de lograr propósitos útiles debían
combinarse” (ibid., 36-37; énfasis añadido); (3) debían evitarse desviaciones innecesarias de las
distinciones existentes; (4) Si como consecuencia de la tercera regla “una clase notable de
verdades no se advertían en un grado satisfactorio, o si las verdades se confundían de otro modo,
entonces era sensato seguir el propósito de la minuciosidad y la naturaleza de las cosas más que
el hábito al definir las disciplinas científicas” (ibid., 37).
Queda claro que estos criterios reflejan la perspectiva del autor de un compendio. Por lo tanto, se
enfatiza el volumen. La unidad de una disciplina científica sólo se vislumbra en la redacción de
un libro de texto. Además, se valora la utilidad y la preservación de las distinciones existentes2.
Incluso Crusius se dio cuenta de que seguía habiendo problemas a pesar de sus intentos de
establecer orden. Pero añadió en tono tranquilizador: “Quedarán suficientes temas para tratados
singulares”. Para tal fin, “se combinan verdades que sirven a un fin determinado y cuyas razones
ya existen dispersas entre las ciencias” (ibid., 38). Estos tratados singulares no representan una
investigación en el sentido moderno, sino más bien la recopilación de verdades existentes para
fines específicos y supuestamente útiles. ¿Cuál es el orden macro de la ciencia existente por
encima de los compendios de las disciplinas?
En los primeros tiempos modernos, estos macroórdenes se describían en una multitud de
clasificaciones de las ciencias. Fueron completamente desarrollados —aunque todavía no
ordenados alfabéticamente— en enciclopedias. En ambos casos se estableció la jerarquía como
regla ordenadora. Un pasaje de Lange sirve para ilustrar este punto. Se refiere a un orden
jerárquico de propósitos en el ámbito del comportamiento humano que garantiza la cooperación
de todos los seres humanos “hacia un propósito principal general” (Lange 1706,656). En este
ordenamiento intencionado de la conducta humana en general, y apoyado en la enciclopedia como
fundamento del sistema de doctrinas, se introdujo una disposición académica de disciplinas y
facultades [faculties]. La disciplina más respetable y reconocida era aquella “más estrechamente
vinculada al verdadero propósito principal de la vida humana” (ibid., 676; también 656-57, 675 y
ss.).
De manera similar a la historia de las congregaciones de creyentes en la Iglesia Católica Romana,
donde la transición a una lista alfabética de miembros indicó la neutralización o decadencia del
orden jerárquico de los estamentos3, puede decirse que en la historia de las enciclopedias, la
transición a un listado alfabético de las materias incluidas fue una manifestación del decreciente
poder integrativo del anterior sistema jerárquico del orden. Debe tenerse en cuenta un largo
periodo de transición, claro. Por ejemplo, la enciclopedia de D'Alembert y Diderot combinó una
lista alfabética de artículos con una orientación programática hacia la triple jerarquía baconiana
de facultades cognitivas: memoria, razón e imaginación.
Una comprensión completa de las enciclopedias emergió solo al comienzo del siglo XIX. La
calidad de las enciclopedias ya no residía en el hecho de que las verdades científicas singulares
obtenían su lugar en la ciencia sólo al ser posicionadas en dichas publicaciones. Más bien, las
enciclopedias se volvieron reflexivas. Se describían a sí mismos como la ciencia de la ciencia, lo
que presuponía que la ciencia existía independientemente de las enciclopedias. De este modo,
estas últimas se convirtieron en una institución para observar la ciencia. Simultáneamente, hubo
un aumento en el uso de metáforas orgánicas para describir ciencias específicas y las conexiones
entre ellas (véase Stichweh 1991b). Hay aquí una evidente tendencia a percibir la ciencia en un
sentido nuevo, como un organismo vivo e independiente de intervenciones externas encaminadas
a establecer un orden. Al mismo tiempo, la existencia de conexiones orgánicas entre todas las
ciencias hizo inverosímiles todos los intentos de imponerlas en un orden jerárquico rígido. Una
percepción drásticamente nueva de las disciplinas científicas se estaba desarrollando. Las
disciplinas científicas ahora representaban sistemas reales que se organizaban a sí mismos. El
orden entre las disciplinas sólo podría concebirse como una coexistencia horizontal. Las
disciplinas pasaron a representar sistemas cognitivos de igual jerarquía, aunque relacionados con
diferentes aspectos de la realidad. Sus interrelaciones debían definirse con mayor precisión, pero
ciertamente no eran de tal naturaleza que las ideas de una representaran los medios para los
propósitos de las demás. En el mejor de los casos, tales relaciones existían en la medida en que
describían la relación de cada una con todas las demás, asegurando así una igualdad completa
entre las disciplinas.
2. Una transformación de la identidad cognitiva: definir las disciplinas por constelaciones
de problemas en lugar de por áreas temáticas
El fenómeno de las disciplinas científicas modernas esbozado hasta aquí necesita ahora ser
definido con mayor precisión. Parece útil comenzar preguntando qué constituye realmente la
identidad cognitiva de una disciplina científica. Por identidad cognitiva se entiende aquella que
precede a las teorías o métodos individuales específicos con los que trabaja una disciplina.
La organización de las ciencias en el siglo XVIII presuponía, por regla general, que la
clasificación de las esferas del mundo físico y la clasificación de las ciencias individuales son
análogas. El uso de clasificaciones de este tipo dificultaba la definición, por ejemplo, de la física,
ya que ésta podía elaborar algunos atributos muy generales de todos los cuerpos
(impenetrabilidad, gravedad) pero compartía estos cuerpos como objetos con otras disciplinas
científicas. Como tal, no tenía un objeto propio (Stichweh 1984, cap. 2, proporciona un
tratamiento extenso de este problema).
Había límites obvios a la división de las disciplinas científicas según tales distinciones. La ciencia
estaba vinculada a una percepción del mundo real que no estaba guiada por ningún sistema de
conocimiento científico. Por lo tanto, no era científico. No existía ninguna metaciencia que
pudiera, en consonancia con el progreso de las disciplinas científicas individuales, renovar
continuamente la concepción del mundo físico y remitir los objetos modificados a las disciplinas.
Las ciencias emergentes ya no se contentaban con lo que la tradición tenía para ofrecer ni con
ayudar a ordenar el conocimiento tradicional. Había que dejar entonces a estas disciplinas libertad
para diseñar sus propios objetos. Y nada podría garantizar que la pluralidad de diseños estuviera
de algún modo coordinada o diera como resultado una distribución ordenada del mundo entre los
sistemas de producción de conocimiento.
Este problema provocó una de las discontinuidades radicales en el umbral del desarrollo de las
disciplinas científicas modernas y legitimó la percepción de disciplinas científicas individuales y
autónomas como incontrolables por fuerzas externas. A partir de este punto, las disciplinas pueden
definirse por preguntas orientadoras de investigación en lugar de por áreas temáticas. Esta
transformación radical hace difícil concebir el desarrollo de una disciplina como la acumulación
de conocimientos sobre su área temática. Preguntas orientadoras de investigación como “¿Cómo
es posible el orden social?” (ver Luhmann 1981) o “¿Cuán concebible es la
transmisión/propagación de efectos físicos en el espacio?” (véase Stichweh 1984, 162-68) hasta
cierto punto resisten a cualquier intento de responderlas definitivamente. El surgimiento de una
disciplina puede percibirse, entonces, como una secuencia de respuestas tentativas. En última
instancia, la formulación de nuevos problemas en los límites disciplinarios exige el
establecimiento de nuevas subdisciplinas o disciplinas, de ahí la naturaleza acumulativa del
desarrollo de la ciencia.
3. Las disciplinas como sistemas de comunicación: las «comunidades científicas» y la
infraestructura organizativa y de roles específicos de las disciplinas
En un nivel socioestructural, resulta importante la pregunta acerca de qué tipos de complejos
sociales están realmente constituidos por las disciplinas científicas. Es evidente que las disciplinas
científicas ya no estarán integradas por la tradición ni por la salvaguarda y conservación de stocks
de verdades. Mientras este fuera el caso, se podría pensar que la ciencia existía en metáforas como
un libro, una biblioteca o un archivo. Una disciplina científica podría, en otras palabras, continuar
existiendo sólo de manera latente durante un largo período de tiempo hasta que alguien reanudara
una línea de tradición interrumpida. Naturalmente, esto último no es del todo imposible hoy en
día. Sin embargo, ya no es la forma predominante en que existe la ciencia.
Las disciplinas científicas modernas constituyen redes construidas de manera relativamente
precaria, que dependen de comunicaciones vinculadas (conceptualmente) con otras
comunicaciones y de terceros que observan ese proceso. A su vez, si estos terceros desean
transmitir mensajes, deberán estar preparados para proporcionar comunicaciones que también
utilicen dichos vínculos (conceptuales). Como complejos de comunicaciones, las disciplinas
científicas se basan en sucesos [events]. Cambian de un momento a otro, de un acontecimiento a
otro, y también pueden —como demostró Charles S. Fisher (1967), utilizando el ejemplo de la
teoría matemática del invariante— dejar de existir en cualquier momento. Esto ocurre no porque
se falsifique algo dicho, sino porque nadie ha sentido la necesidad de establecer conexiones con
una comunicación anterior.
Esta primera forma de descripción, que —eligiendo un nivel de realidad social— se refiere a la
diferenciación de la ciencia como sistema funcional en relación con otros sistemas funcionales
dentro de la sociedad moderna, debe complementarse con dos o tres formas adicionales de
descripción que también identifiquen niveles de realidad social.
El primer nivel de este tipo lo constituyen las “comunidades científicas”. Desde finales del siglo
XVIII, redes estrechas de especialistas lo suficientemente numerosas como para no existir
amenazadas en su existencia por la retirada de dos o tres contribuyentes principales que
constituían la infraestructura primaria de una disciplina. A diferencia de una red de comunicación
pura, una comunidad científica muestra rasgos característicos adicionales: la existencia de valores
comunes, grados de conocimiento personal, conocimiento tácito de técnicas de resolución de
problemas que pueden transferirse solo de manera interactiva de una persona a otra. La distancia
entre los niveles de comunicación disciplinaria y de las comunidades científicas aumentó durante
los siglos XIX y XX. En los comienzos de la ciencia diferenciada según líneas disciplinarias, casi
toda disciplina científica podía ser percibida completamente identificando su respectiva
comunidad científica (originalmente nacional).
De lo expuesto se desprenden algunas cuestiones obvias de interés para la sociología en general,
que aquí sólo pueden mencionarse brevemente. La autonomización de la comunicación científica
plantea la cuestión general de las condiciones que facilitan el desarrollo de sistemas funcionales
en la sociedad moderna. De modo similar, la existencia de comunidades científicas plantea la
cuestión de las condiciones sociales y estructurales previas de esas “asociaciones libres”, que
rápidamente se internacionalizaron (véase Parsons, 1971).
La tercera y cuarta forma de descripción, las organizaciones formales y los roles especializados
dentro de ellas, deberían abordarse en conjunto. La diferenciación disciplinaria de la ciencia se
basa en el crecimiento organizacional y la pluralización organizacional de la ciencia. En
Alemania, el primer país donde se produjo una diferenciación disciplinaria, el crecimiento
organizacional parece haber sido la condición causal más relevante. En el siglo XVIII, la
Universidad de Göttingen fue el primer caso en el que un crecimiento considerable en la provisión
de funciones organizativas, en particular en la facultad de filosofía, estuvo acompañado por una
disposición a aceptar descripciones cada vez más especializadas de cátedras de profesor
[professorial chairs]. Las reformas y ampliaciones universitarias del siglo XIX representaron en
muchos sentidos una continuación de estas tendencias. Cabe señalar que la situación en el siglo
XVIII estuvo marcada en cierta medida por un contraste entre la cosmopolita Göttingen (esta
caracterización se aplicó temporalmente también a Halle y Leipzig) y universidades con una
orientación regional mucho más fuerte. Fue la orientación fundamentalmente cosmopolita de
Göttingen en cuestiones intelectuales y científicas la que en el siglo XIX llegó a caracterizar en
gran medida el ambiente interno del sistema universitario alemán en su conjunto.
Además, se observó el crecimiento de otras organizaciones como escuelas de ingeniería [mining
academies], academias científicas (como en Berlín y Munich), sociedades científicas,
observatorios (astronómicos y meteorológicos) no vinculados a universidades, escuelas técnicas
y colegios, y algunas escuelas medias (Gymnasien)
Estas nuevas instituciones y el fenómeno vinculado de pluralización organizacional fueron
importantes porque posibilitaron una mayor especialización de los roles. En Alemania, sin
embargo, sólo la universidad podía proporcionar la masa crítica de infraestructura institucional
necesaria para una multitud de redes comunicativas disciplinarias coexistentes.
4. Disciplinas y Profesiones
¿Cuál es la conexión entre el desarrollo de las disciplinas científicas especializadas y las
facultades y profesiones de la antigua Europa? ¿Siguen las disciplinas un patrón socioestructural
comparable, de modo que sea observable una profesionalización de la ciencia?
Hay que recordar que, incluso en el siglo XVIII, las actividades académicas y científicas eran
principalmente dominio de las tres profesiones de la Europa moderna: teología, derecho y
medicina. Sólo estas tres facultades impartían formación profesional. Y fueron principalmente
estos tres los que proporcionaron el ocio y el conocimiento para las actividades académicas
secundarias. En el siglo XIX, las disciplinas científicas se desarrollaron por primera vez
exclusivamente con personal propio y se separaron completamente de las tradiciones de las tres
facultades preexistentes en lo que respecta a su base de conocimientos y metodología. Lo mejor
de todo es que no eran en ningún sentido “profesionales”. En realidad, las profesiones clásicas,
después del cambio de siglo XIX, no representaban sistemas de conocimiento académico, sino
sistemas de acción especializados en contactos entre miembros de la profesión y clientes. Sus
respectivas bases de conocimientos se activaron principalmente para ese propósito. Desarrollaron
cada vez más un carácter dogmático, es decir, estabilizador de la acción. Por el contrario, las
disciplinas representaban complejos de comunicación cerrados en los que los colegas eran vistos
como la audiencia propia de la disciplina y los clientes eran desconocidos. Se desarrolló una
diferencia entre el cierre interno y la concentración exclusiva en la elaboración de verdades
científicas por un lado, y la reorientación hacia la acción y la aplicación del conocimiento en el
contacto entre profesional y cliente por el otro. Esta diferencia es un indicador de la creciente
distancia entre las disciplinas científicas y los sistemas de acción profesional, no de la
profesionalización de la ciencia.
Se produce además una inversión de las asimetrías. En el siglo XVIII, los complejos didácticos
dentro de las facultades de filosofía que luego se convirtieron en disciplinas científicas eran vistos
como mera propedéutica para los estudios en las facultades superiores. En el siglo XIX, en
cambio, las ciencias, como resultado del rápido progreso de la investigación dentro de las
disciplinas científicas, cuestionaron las bases dogmáticas del conocimiento de las profesiones.
Estos últimos empezaron a tener que aprender de las disciplinas, y de repente aparecieron
subordinados y aplicados.
5. Publicación e Investigación Científica.
Las disciplinas son complejos de comunicación que pueden, en cierto sentido, ser
operacionalizados como comunidades científicas. ¿Cómo de se desarrollan estos complejos
comunicativos y que forma de comunicación exhiben?
Las publicaciones científicas especializadas en líneas disciplinarias son de especial interés como
factores causales en el desarrollo de las disciplinas científicas. En el siglo XVIII existía una
amplia gama de formatos de publicación. Sin embargo, no estaban especializados en absoluto y
se organizaban únicamente a nivel regional. Existían manuales instructivos a nivel universitario,
revistas de carácter científico general para un público regional interesado en la utilidad, y revistas
académicas, cada una de ellas abarcando un amplio ámbito temático, pero con efectos
comunicativos bastante limitados. Sólo después de 1780 aparecieron en Francia, Alemania y,
finalmente, Inglaterra, revistas de alcance nacional con una orientación específica sobre temas
como la química, la física, la mineralogía y la filología. A diferencia de los precursores aislados
de décadas anteriores, estas publicaciones pudieron existir durante períodos más largos
precisamente porque reunieron a una “comunidad” de autores que publicaron en ellas. Estos
autores aceptaron la especialización elegida por la revista. Pero al mismo tiempo modificaron
continuamente esta especialización por el efecto acumulativo de sus artículos publicados. De esta
manera cambió el estatus de la publicación científica. Ahora representaba la única forma mediante
la cual, en el nivel macro del sistema científico (definido originalmente por redes nacionales pero
luego supranacionales) los complejos de comunicación especializados según líneas disciplinarias
podían unirse y persistir en el largo plazo. Al mismo tiempo, la publicación científica se convirtió
en un principio formal que interfería en todo proceso de producción científica. Se definieron
condiciones cada vez más restrictivas respecto a qué comunicación era aceptable para su
publicación. Estas condiciones incluían el requisito de identificar el problema abordado en el
artículo, la presentación secuencial del argumento, la descripción de los métodos utilizados, la
presentación de evidencia empírica y la vinculación con comunicaciones anteriores de otros
autores (utilizando citas y otras técnicas), así como la adminisibilidad de presentar razonamientos
especulativos (para esto último ver Brandt y MacDonald, 1987). En una especie de bucle de
retroalimentación, las publicaciones, como forma última de comunicación científica, ejercieron
presión sobre el proceso de producción científica (investigación) y, de ese modo, pudieron
integrar las disciplinas como sistemas sociales.
Pero ¿cómo reconocer algo que debe ser comunicado a los colegas? El desarrollo descrito
anteriormente fue posible sólo porque paralelamente se reorganizó el proceso de producción
científica, adhiriéndose a un nuevo imperativo.
La historia de la Europa moderna temprana ya se caracterizaba por una lenta transformación en
la semántica asociada a la verdad científica, desde el imperativo de preservar la verdad hasta el
interés por la novedad de una invención. El éxito alcanzado en la organización del conocimiento
tradicional, así como las tendencias hacia métodos empíricos y el creciente uso de instrumentos
científicos, contribuían a este fin. En esta dimensión, se observa otra discontinuidad en la génesis
del término «investigación» alrededor del año 1800. En los tiempos precedentes, la transición de
la preservación a la ampliación del conocimiento podía percibirse, en principio, solo como un
proceso continuo. En contraste, «investigación» a partir de aproximadamente el año 1800 se
refiere a un cuestionamiento fundamental y en cualquier momento realizable de todo el conjunto
de conocimientos que hasta entonces se consideraban probablemente verdaderos.
A partir de este momento, la comunicación científica competente debía basarse en la investigación
en el sentido ya descrito. Lo que se comunicaba podía ser una pequeña partícula de conocimiento,
siempre y cuando se tratara de una nueva partícula. Tanto el proceso de trabajo científico como
los medios para comunicar sus resultados a nivel macro han contribuido a descomponer la ciencia
en unidades elementales. Esto se produjo de tal manera que, por un lado, las comunicaciones
podían contar con reacciones rápidas y precisas, y por otro, estas comunicaciones siempre
contenían una partícula de diferencia que, simultáneamente (como diferencia), proporcionaba al
proceso un nuevo impulso de energía.
6. La diferenciación interna como base de la dinámica de la ciencia moderna
En las secciones anteriores he descrito, hasta cierto punto, las disciplinas científicas emergentes
como sistemas que, tras su diferenciación, existían completamente separados unos de otros.
Naturalmente, ese no es el caso. Una de las características más interesantes de la ciencia moderna
es precisamente que adquiere una capacidad casi ilimitada de un propio desenvolvimiento [self-
activation] a través de su diferenciación interna. Actualmente, toda investigación y comunicación
disciplinaria se desarrolla en un entorno compuesto por otros sistemas disciplinarios de
comunicación.
Si bien es legítimo concentrarse durante mucho tiempo en las actividades dentro de la propia
disciplina, en cualquier momento puede suceder algo en otra disciplina que pueda ser de gran
importancia para la propia disciplina y dar lugar a innovaciones cognitivas de gran alcance. Esto
es posible porque los acontecimientos en otras disciplinas son completamente autónomos a la
hora de establecer sus conexiones internas. La diferenciación según líneas disciplinarias tiene la
gran ventaja de ver la realidad desde ángulos radicalmente diferentes. De esta forma se evitan los
riesgos que conlleva la unilateralidad de cada perspectiva.
Al mismo tiempo, por implicación, la ciencia moderna en su conjunto se ve obligada a aprender
de los conocimientos adquiridos en diferentes lugares mediante la aplicación de diferentes
medios. La interdisciplinariedad es por tanto sólo un término para algo que siempre sucede. Sin
embargo, no debe convertirse en una institución, ya que su verdadero efecto reside en los
contactos sorprendentes entre perspectivas diferentes, que se diferencian en forma de nuevas
perspectivas disciplinarias o subdisciplinarias y crean así espacio para nuevos episodios de
desarrollo [self-activation] científico.
7. Condiciones de la estabilidad actual de la forma disciplinaria
¿Por qué siguen existiendo las disciplinas? A menudo prevalece la impresión de que todas las
actividades científicas ocurren en el nivel de subdisciplinas o sub-subdisciplinas. Esto no
constituye una contradicción de lo dicho hasta ahora, ya que las observaciones precedentes son
indiferentes al nivel en el que se produce la diferenciación interna de la ciencia, siempre que se
puedan observar construcciones de sistemas del mismo tipo.
Parece que puede observarse una forma de existencia continua o estabilidad, especialmente de las
grandes disciplinas clásicas, como la física, la química o la historia. Una pregunta interesante son
cuáles son las condiciones para la estabilización de estas unidades disciplinarias clásicas.
A modo de respuesta se presentan cinco presupuestos: (1) Luego de que colapsó definitivamente
el entrelazamiento entre las disciplinas y las profesiones clásicas como sistemas de conocimiento
y sistemas de acción, se produjo una profesionalización secundaria de algunas disciplinas con
base en sus propios acervos de conocimiento. La referencia aquí es al desarrollo de una categoría
dentro de la disciplina basada en roles ocupacionales, tal como lo demandan la economía y la
sociedad (el químico y más tarde el físico son ejemplos representativos). Esto ha sucedido en
varias disciplinas en los últimos cien años. A su vez, las disciplinas en su forma clásica han sido
estabilizadas por el sistema de roles ocupacionales. Esto significa que la estabilidad de una
estructura subdisciplinaria complicada puede, en principio, depender de la capacidad de una
disciplina de proporcionar simultáneamente una orientación más general más allá del nivel
subdisciplinario. Por consiguiente, se puede considerar que la educación a este respecto
proporciona una profesión reconocida (Stichweh 1987, 257-60).
(2) Una segunda condición para la estabilidad está relacionada con la secuencia escuela-colegio-
universidad dentro del sistema educativo. Algunas de las nuevas disciplinas que surgieron en el
siglo XIX también se establecieron como áreas de instrucción en las escuelas o como
“especializaciones” en los colegios de Estados Unidos. Sin embargo, la apertura de estas
instituciones a nuevas materias parece severamente limitada. Por lo tanto, se puede asumir que la
interrelación entre estas instituciones de instrucción no inhibió la diferenciación en subdisciplinas
pero sí contrarrestó cualquier tendencia a que la identidad de las disciplinas clásicas
desapareciera. (3) La tercera condición para la estabilidad está relacionada con las conexiones
específicas que existen entre el sistema científico y el sistema educativo en las universidades.
Dentro del sistema universitario una disciplina sólo en medida limitada constituye el sistema
autosuficiente que ostensiblemente representa. De hecho, existe como subsidiaria de muchas otras
materias, de la misma manera que estas otras materias existen a su vez principalmente como
subsidiarias de otras tantas. En referencia a esta estructura de red, nuevamente se hace evidente
que renunciar a una identidad disciplinaria compacta puede ser muy riesgoso.
(4) Las tres presunciones anteriores pueden generalizarse en una conclusión general que abarca
otros casos de contacto entre sistema y entorno. Desde muchos puntos de vista, entonces, una
disciplina funciona como una “dirección” que se utiliza con la expectativa de que exista un
sistema de distribución interno. Si dicha dirección ya no existiera, de lo contrario no podría
establecerse ninguna comunicación. (5) Finalmente, las investigaciones confirman repetidamente
que los científicos siguen creyendo en la racionalidad cognitiva de una identidad disciplinaria
global (véase, por ejemplo, Becher 1981). Esta evaluación está probablemente relacionada con
un fenómeno que se ha manifestado continuamente en la historia de la ciencia alemana: la
convicción de que existen visiones del mundo científico fundadas en sistemas de conocimiento
disciplinario. En este sentido, las disciplinas se asemejan a los sistemas funcionales de la sociedad
moderna. Cultivan perspectivas universales que son naturalmente perspectivas pero que al mismo
tiempo son capaces de concebir todos los fenómenos reales en sus propios términos. Abandonar
los sistemas disciplinarios clásicos pondría en peligro especialmente aquellas perspectivas
radicalmente universales que actúan como contrapeso a la especialización extrema. Si la ciencia
histórica, por ejemplo, aceptara la separación de los subcampos “historia de la ciencia” e “historia
familiar”, perdería más que esas dos áreas especializadas: renunciaría a su visión universal del
mundo.
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