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El Suicidio

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CASOS DE BIOTICA

El suicidio
1. Algunas cuestiones introductorias: describiendo el fenómeno.
Algunas cifras:
 Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cada día se suicidan en el mundo
1.000 personas. El suicidio constituye una de las diez causas más frecuentes de muerte
en el mundo, más aún que el homicidio.

 El número de suicidios es tres veces superior en los varones que en las mujeres, pero
los intentos de suicidio son más frecuentes en las mujeres: el 67 contra el 33%, lo que
suele explicarse porque éstas tienden a utilizar métodos menos violentos. En cualquier
caso, no deben banalizarse estos intentos que causan graves daños en el 20% de las
personas que lo intentan, y que, a su vez, vuelven a reincidir en el 40%. Tampoco se
puede afirmar que estos intentos sean una mera llamada de atención, ya que se descubren
casualmente en el 73% de los casos.

 Sí parece que puede hablarse de una relación entra la edad y el suicidio: “Se suicidan
más los sujetos de edad avanzada, mientras que lo intentan más los jóvenes”. También es
preocupante el incremento de los suicidios entre adolescentes y jóvenes. No es fácil
concluir si en las personas jóvenes el suicidio tiene un especial significado de llamada de
atención o si, por el contrario, el número superior de “fracasos” se debe al mayor número
de relaciones sociales de los jóvenes respecto a los ancianos.

 E. Durkheim escribió que el suicidio es menos frecuente entre los sectores sociales
menos favorecidos y que en ese sentido “la miseria protege”. Constató que las
condiciones de vida urbana fomentan más las tendencias suicidas que las del medio rural.
Igualmente, son factores determinantes la religión, el estado de vida y salud, la
ocupación y el estatus social. Incluso afirma que “el suicidio es un lujo de ricos. La
miseria es una defensa contra el instinto de autodestrucción”; “De forma general puede
decirse que, en efecto, los países más ricos producen más suicidas”, pero no es claro que
en estos países los que poseen más bienes sean los que se suiciden con más frecuencia.

 Por el contrario, Baudry considera que “la pobreza, económica y social, no ha


protegido nunca del suicidio... El acto de matarse no es un “lujo” de gentes ricas o
famosas, sino un signo de la miseria de los débiles, es decir, de los depauperados”. Por
ello, se da especialmente entre los obreros agrícolas o industriales y los intentos son más
frecuentes entre los desempleados, los inválidos y los que no tienen profesión, siendo
menos frecuentes entre los directivos y los que ejercen actividades profesionales. Baudry
también considera que la pobreza económica no es el único determinante, sino que es
muy importante que vaya acompañada de aislamiento. Por ello, sí tenía razón
Durkheim al afirmar que la tasa de suicidios es inversamente proporcional al grado de
integración de los individuos.

 Una cuestión interesante es la de determinar si el suicidio es un hecho más urbano que


rural: así lo era en el siglo XIX, pero ahora predomina en los medios agrícolas. ¿Se debe
a que en las ciudades es más fácil conseguir métodos menos agresivos, como los
barbitúricos, y que, por consiguiente, en las zonas rurales se utilizan métodos más
violentos? También habría que aludir a la existencia en las urbes de mayores servicios de
ayuda social y salvamento médico. No es fácil sacar conclusiones; Baudry afirma
igualmente que la diferencia entre suicidio e intento del mismo radica en el estado de
mayor o menor aislamiento social.

 En la misma línea, esta variable del aislamiento se refleja en relación con el matrimonio:

 los viudos se suicidan con una frecuencia cinco veces superior a la de los
casados y los divorciados y solteros lo hacen con una frecuencia tres y dos veces
superior, respectivamente.

 Los suicidios guardan también relación con la variable hijos: se suicidan


menos los casados con hijos que los que no los tienen. Desde aquí puede
explicarse la menor frecuencia de suicidios en la mujer, por estar “mucho más
introducida en redes de solidaridad, más implicadas en la vida familiar y en las
relaciones intergeneracionales”.

 Igualmente, en los periodos de vacaciones disminuye el número de suicidios.


Todo ello lleva a la conclusión de que existe una clara relación entre
integración social y suicidio. También puede afirmarse que “el suicidio del
anciano puede comprenderse no tanto como una voluntad de poner fin a su vida,
sino como una especie de superación del estado de muerte social en que se
encuentra. ´

2. Conceptualización y tipos de suicidio.


He aquí dos definiciones de referencia:
 Durkheim ha definido el suicidio como “todo caso de muerte que resulte, directa o
indirectamente, de un acto positivo o negativo, realizado por la víctima misma
sabiendo ella que debía producir este resultado”. El término procede, para algunos, del
latin sui-caedes, muerte de uno mismo.

 Regan da la siguiente definición: “La occisión -muerte violenta- directa de sí mismo,


sea con un propósito explícito, o bien con una acción occisiva por su propia
naturaleza, con la intención de matarse a sí mismo contra la ley divina”.
Es clásica la distinción de tres tipos de suicidios propuesta por Durkheim:
a. Suicidio egoísta, que se realiza en situaciones de un culto exagerado al propio yo
y que viene acompañado por una falta de integración del individuo en su entorno
social y por una relajación de los vínculos sociales.
b. Suicidio altruista, que se sitúa en el polo contrario, como consecuencia de una
excesiva integración social en la que se disuelve el propio yo que se ofrece como
sacrificio, como un acto de virtud.

c. Suicidio anómico, en el que se da una ruptura del equilibrio en el entramado


social, especialmente en situaciones de profundos cambios sociales, en que el
individuo se pierde en “el infinito del deseo”.
Según Bloemsa, pueden distinguirse:
a. Suicidio: pretendido como tal y realizado, es decir, que conduce a la muerte.

b. Suicidio fracasado: Es el suicidio intentado, pero en el que el suicida no logra


conseguir su objetivo porque fue salvado en contra de su voluntad.

c. Intento de suicidio: La persona no tiene la intención verdadera de quitarse la


vida, ni se realiza la acción suicida con ese fin, sino para pedir ayuda de forma
dramática. El intento no lleva a la muerte.

d. Intento de suicidio fracasado: Es el caso anterior, pero en el que, en contra de la


intención de la persona, se produce su muerte.

Antonio Hortelano distingue los siguientes tipos:


a) Suicidio depresivo: Es el más frecuente de todos. La persona se siente fracasada, sin fuerzas
para asumir las dificultades de su propia vida.
b) Suicidio heroico: La persona se quita la vida en aras a ciertos valores. Hortelano distingue a
su vez:
 Suicidio defensivo: Por ejemplo, para no perder la fe, el honor, la virginidad...
 Suicidio honorable: Por orgullo mal entendido (el caso de un capitán ante el
hundimiento de su barco...)
 Suicidio benéfico: El que se realiza en favor de otra persona, del propio país o de
la humanidad; aquí podrían incluirse los famosos kamikazes japoneses.
 Suicidio holístico: La práctica vigente en algunas regiones de la India, en donde
se quema la mujer junto al cadáver de su marido.
 Suicidio contestatario: Como llamada de atención ante injusticias sociales o
políticas (por ejemplo, Jan Palasch, el estudiante checo que se autoinmoló en
protesta por la invasión soviética de Praga en 1968, o los monjes budistas que se
convirtieron en teas humanas como protesta por la guerra del Vietnam).

3. El suicidio y la tradición de la Iglesia


3.1-El testimonio de las Sagradas Escrituras.
 En el Antiguo Testamento no se contempla específicamente el tema del suicidio,
dentro de una religiosidad que considera la vida como algo sagrado y don de Dios.
Sin embargo, no se da una valoración negativa a varios casos descritos de suicidio:
Sansón (Jue 16, 27-30) y Razias (2Mac 14, 37-46). En otros casos, únicamente se
relata el suicidio: Saúl (1Sam 31, 3-6), Abimelek (Jue 9, 52-54), Zimrí (1Re 16, 18),
Ajitófel (2Sam, 17, 23) y Eleazar (2Mac 6, 18-31).

 Tampoco el Nuevo Testamento se refiere al tema: el caso de Judas (Mt 27, 3-5; Hech
1, 18) es el único que aparece y se presenta como consecuencia de su traición.
Sólo tres siglos más tarde, Orígenes condenará el acto suicida del apóstol traidor. S.
Pablo, en 1Cor 13, 3, al aludir a la entrega del cuerpo a las llamas, podría dar a
entender que algunos casos de suicidio no son condenables. Tienen actitudes
contrarias al suicidio Flavio Josefo y la Misná.

3.2.-Fuerta del mundo bíblico.


 En el mundo griego, Platón admite el suicidio en la muerte de Sócrates como
consecuencia de una llamada de Dios, pero se opone a esa práctica en Las Leyes.

 Lo rechaza también Aristóteles, que considera al suicida como un espíritu débil y


como un hecho nocivo al bien del Estado. Admiten el suicidio los cínicos, cirenaicos,
epicúreos; igualmente lo hacen los estoicos: Cicerón, Epicteto, Marco Aurelio,
Séneca.

 A diferencia de los cínicos, que ven en el suicidio expresión de la absoluta libertad


humana, los estoicos exigen la existencia de razones que lo justifiquen, especialmente
la presencia de dolores y enfermedades incurables.

 Los neoplatónicos se oponen básicamente al suicidio. En Roma se admite que el


hombre libre pueda quitarse la vida para huir del taedium vitae, pero no para
sustraerse de los deberes sociales de la persona; sin embargo, este derecho no se
concede a los esclavos. De hecho, el suicidio será frecuente en la época imperial y
“los estoicos (romanos) estaban obsesionados con la idea del suicidio. Séneca, en
particular, se refirió incesantemente al suicidio como el camino hacia la libertad.
3.3.-La tradición de la Iglesia.
La tradición de la Iglesia, en los primeros escritores cristianos aparece una condena general
del suicidio: Clemente de Alejandría, Orígenes, Lactancio, Hipólito... Sin embargo, se admiten
ciertos casos especiales:
 en relación con la asunción de una vida de extremo ascetismo, con el rechazo de la
huida en tiempos de persecución, incluso en la presentación espontánea a los jueces
buscando el martirio, la provocación de la muerte en caso de martirio (Ignacio de
Antioquía, Santa Apolonia, Santa Eulalia de Mérida);
 igualmente, para salvaguardar la pureza: las santas Sofronia y Pelagia. Estos
comportamientos aparecen aprobados por autores como S. Ambrosio, Eusebio de
Cesárea, y S. Jerónimo.
S. Agustín condena duramente el suicidio en La Ciudad de Dios. Lo hace en oposición a los
donatistas, que pretendían institucionalizar el suicidio y, sobre todo, al mundo grecorromano que
igualmente lo admitía y consideraba que el suicidio era prerrogativa del hombre libre, con tal
de que no causase perjuicio a la sociedad. Para Agustín, sólo Dios es el que puede disponer de la
vida humana y añade: “Si debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, no puede ser lícito
matarse a sí mismo, ya que tenemos la prohibición de no amar al prójimo”. Los Concilios de
Cartago (349) y de Braga (563) excluyen a los suicidas de los sufragios públicos.
Santo Tomás continúa este planteamiento, basándose además en el pensamiento de
Aristóteles. En el suicidio hay una triple malicia, consecuencia de una triple deserción:
 El suicida deserta como individuo de las tareas que todo ser humano tiene ante sí y que
Dios ayuda a realizar;
 hay, además, una deserción social de la tarea del hombre ante los demás y ante la
sociedad;
 y, finalmente, hay una deserción religiosa de la misión que toda persona tiene ante Dios.
Por ello, se considera al suicidio como un grave pecado ante Dios, ante la sociedad y ante
uno mismo. Se calificará a esa práctica como crimen pessimum. En la literatura canónica, las
primeras condenas del suicidio se remontan ya al siglo IV. De ahí surgirá en el Código de
Derecho Canónico de 1917 la prohibición de sepultura eclesiástica a los suicidas que lo hayan
hecho de forma deliberada (deliberato consilio, canon 1240, 1, 3º y 2350, 2; se ha explicado que
el objetivo de esta prohibición no es “ensañarse” con el suicida, sino resaltar la acción suicida).
El canon 985, 5º incluye el intento de suicidio entre las irregularidades para recibir las Ordenes
Sagradas.
En el Código de 1983, se declara irregulares para recibir las Ordenes Sagradas y para
ejercerlas a los que han intentado suicidarse (canon 1041 y 1044). El canon 1184, al referirse a la
denegación de sepultura eclesiástica, no menciona ya a los suicidas, sino a los “pecadores
manifiestos”, cuya sepultura eclesial ocasionaría “escándalo público de los fieles”. El Ritual de
Exequias informa que para la denegación debe consultarse con el ordinario del lugar y que, en
casos de suicidas, deben valorarse “no sólo las características personales del difunto y las
circunstancias de su muerte, sino también el dolor de los parientes” y tener en cuenta las luchas
de su vida y la máxima tensión en el momento de la muerte suicida.
El planteamiento de la Moral clásica partía del presupuesto de considerar al suicida como una
persona responsable de sus actos. Sólo excepcionalmente el Obispo podía afirmar que esa
responsabilidad estaba limitada y permitir el funeral religioso, pero sin ninguna solemnidad. La
preocupación por no incrementar los casos de suicidio llevaba a condenar con facilidad todos los
casos, como si la persona fuese siempre responsable.
Pío XII condena todo suicidio que proceda de la decisión deliberada del hombre, ya que no
compete al hombre el derecho a disponer de su propia vida. El suicidio fue condenado por el
Vaticano II, junto con el aborto y la eutanasia en la Gaudium et spes, nº 27. Se repite la condena
en la Declaración sobre la Eutanasia de la Congregación para la Doctrina de la Fe (5-V-
1980): “La muerte voluntaria, o sea el suicidio, es, por consiguiente, tan inaceptable como el
homicidio”. Constituye un “rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor”. Es,
además y a menudo, un rechazo del amor hacia sí mismo y una renuncia frente a los deberes ante
el prójimo y hacia la sociedad, “aunque a veces intervengan, como se sabe, factores
psicológicos que pueden atenuar e incluso quitar la responsabilidad”. Finalmente se subraya
que es distinto del suicidio el acto en que por una causa superior “se ofrece o se pone en peligro
la propia vida”.
El tema del suicidio aparece en la Evangelium Vitae en íntima asociación con el de la
eutanasia. En el n.º 66 se afirma que es “siempre moralmente inaceptable”. Reconoce que pueden
concurrir “determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales... atenuando o
anulando la responsabilidad subjetiva”, pero afirma con fuerza que la acción suicida “constituye
un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte”. En la misma línea,
rechaza el suicidio asistido, en relación con situaciones terminales: es “una injusticia que
nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada”.

4. La reflexión ética sobre el suicidio.


4.1.-Reflexión clásica en torno al tema.
La postura eclesial ha dependido fuertemente, en este tema, del pensamiento de Tomás de
Aquino, que daba un triple motivo de su ilicitud y que ya hemos indicado anteriormente:
A) El suicidio va contra la inclinación natural y la caridad hacia uno mismo: la
existencia del instinto de conservación, dentro de la fundamentación naturalista de la
moral, pone los cimientos de la obligación moral de conservar la vida y no atentar contra
ella. Esta inclinación o instinto no es sólo una ley biológica, sino que en su existencia –
que también se da en los animales– la razón humana percibe el motivo para amarse a sí
mismo y su ordenación hacia Dios: “Matarse a sí mismo va contra la caridad, según la
cual cada uno debe amarse a sí mismo...”.
B) El suicidio atenta contra las obligaciones que el ser humano tiene para con la
sociedad: es un argumento de Santo Tomás, inspirado en Aristóteles: “El que se mata a
sí mismo, hace algo injusto”. Pero es necesario considerar a quién hace injusticia. “Hace
un daño injusto a la sociedad a quien priva de un ciudadano...”; “Toda parte pertenece
al todo. Todo hombre es parte de la comunidad. Por lo cual, en el hecho mismo de
matarse, procura un daño a la sociedad”.

C) La práctica suicida viola los derechos de Dios: “El paso de esta vida a la otra más
feliz no depende del libre arbitrio del hombre, sino de la potestad divina. Y, por eso, no
es lícito al hombre matarse a sí mismo para pasar a la vida más feliz”.

Por otra parte, los relatos bíblicos de ciertos suicidios y los ejemplos de ciertos mártires del
primer cristianismo llevaron a la casuística, en su aplicación del principio de doble efecto, a la
admisión de ciertos casos. Así se admite la excepción de la “inspiración divina”, así como casos
en que, de acuerdo con el principio de doble efecto, se afirmaba que no se trataba en sí mismo de
una acción occisiva (p. ej. se admite la acción de lanzarse desde una altura para salvar la
virginidad e incluso algunos moralistas admitían los casos de los pilotos suicidas o kamikazes).
Hay autores, sin embargo, que contraargumentan afirmando que la existencia de una
inclinación natural a conservar la vida no parece justificar que, siempre y en todas las
circunstancias, sea ilegítimo quitarse la propia vida. La existencia de esa inclinación, ¿justifica
su absolutización? Desde que Hume “desveló la falacia naturalista” no es, de ninguna forma,
obvio que las inclinaciones naturales humanas sean “normativas” de los comportamientos éticos.
¿Por qué el ser humano no puede limitar o encauzar ese instinto, como lo hace con otros,
ordenándolo a valores superiores? Es verdad que el hombre debe amarse a sí mismo, pero ese
amor no debe absolutizarse. Precisamente el Evangelio relativiza ese amor debido a uno mismo,
al ensalzar el valor de la entrega de la propia vida (Mt 10, 38-39; 16, 25-26; Mc 8, 35-38; Lc 9.
24-25; 14, 26; Jn 12, 24-26; 15, 13).
También se cuestiona el argumento que toma como punto de partida la exigencia ética de que
el ser humano tiene que subordinarse al bien común y a la sociedad. Hoy en día se insiste en que
en la ponderación del bien común debe hacerse referencia a una comprensión personalista de
dicho bien y que el valor del ser humano no puede subordinarse al de la sociedad, en una
relación de la parte al todo. Este argumento podría tener valor en casos de personas que tienen
importantes responsabilidades familiares o sociales. Pero, ¿qué decir en aquellas personas que
constituyen una fuerte carga social y cuya vida ocasiona serias dificultades para aquellos que
tienen que atenderlas? ¿No pueden darse casos en que el mismo suicidio puede tener una
importante relevancia social?
El argumento teológico es el que tiene más peso y hunde sus raíces en la fe bíblica que
afirma que sólo Dios tiene dominio sobre la vida del hombre y que únicamente Él puede
disponer de ella. La experiencia del creyente cristiano es la de haber recibido la vida como un
don de Dios y la de que su existencia se encuentra en sus manos; estamos llamados a desarrollar
ese don, pero no a destruirlo; a ello habría que añadir el sentido cristiano inherente al dolor y el
testimonio de la muerte de Cristo, como acto supremo de entrega confiada en las manos del
Padre, modelo que debe intentar reproducir el creyente.

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