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Informe Denise

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El Eco De Un Silencio

Denise Iran Barra Alarcon


Volumen 2

1
DENISE IRAN BARRA ALARCON

El eco de un silencio

Capítulo 1:

2
La promesa rota y el vértigo del
deseo.

Al escribir aquellas palabras, al ver mi confe-


sión más íntima plasmada en el papel, sentí
un alivio que me recorrió el alma como una
brisa fresca en medio de un frió otoño. Era
como si, al fin, el peso de esa verdad inmensa
que habitaba en mi interior se hubiera aligera-
do, aunque solo fuera un poco. La tinta se ha-
bía convertido en mi confidente silenciosa, la
única testigo de un amor que crecía desmedi-
do, desafiando la lógica y el tiempo. Y en ese
instante de catarsis, me hice una promesa,
una que resonó con la fuerza de un juramento
sagrado: se lo diría. Se lo diría a él, de frente,
en nuestra próxima cita clandestina. No más
silencios, no más verdades a medias.
Nuestras citas, a pesar de que él ya se había
separado, seguían siendo un ritual secreto,
envuelto en la complicidad de la noche. Los
atardeceres se teñían de promesas veladas, y
cuando el sol se rendía ante la oscuridad, la
luna y las estrellas se convertían en los únicos
testigos de nuestro mundo aparte. Su auto,
ese pequeño y fiel compañero de aventuras,
se había transformado en nuestro mejor cóm-

3
plice, un santuario rodante donde las reglas
del mundo exterior se disolvían.
Y entonces, llegó su mensaje. Un simple "Te
extraño, ¿nos vemos?". Esas palabras, tan co-
tidianas, encendieron en mí una chispa de ale-
gría y una punzada de anhelo. Yo también lo
extrañaba, de la forma más intensa que podía
existir, con una necesidad que se había vuelto
casi física. Ese día, como de costumbre, pasó
a recogerme cerca de mi casa. La rutina se
había vuelto un bálsamo, un ancla en la vorá-
gine de mis emociones. Nos detuvimos en la
tienda, eligiendo con la misma complicidad de
siempre un par de cervezas frías y algo salado
para que nos provocara sed. Era un ritual sen-
cillo, pero cargado de significado, un preludio
a las horas que pasaríamos juntos. Compartir
con él, incluso la trivialidad de una cerveza,
siempre era divertido. Su risa, esa risa franca
y contagiosa, tenía el poder de alegrar mi día,
de disipar cualquier sombra que pudiera cer-
nirse sobre mí.
No importaba cuán malo hubiera sido mi día,
cuántos problemas cargara sobre mis hom-
bros, o las preocupaciones que me asaltaran.
Él, con solo mirarme, con solo posar sus labios
sobre los míos, tenía la capacidad de arreglar-
lo todo. Era un bálsamo para el alma, un refu-
gio donde el caos se silenciaba y solo existía
la calma de su presencia.

4
Cuando finalmente llegamos a nuestro des-
tino, un lugar apartado en la montaña, donde
el silencio solo era interrumpido por el susurro
del viento entre los árboles, la atmósfera se
cargó de una tensión inusual. Había algo en el
aire, una premonición que me inquietaba.
Conversamos, como siempre, pero esta vez,
sus palabras tenían un peso diferente. Él tenía
algo que decirme, algo que, quizás, en lo más
profundo de mi ser, hubiese preferido no escu-
char.
"Te quiero", dijo, y mi corazón dio un vuelco.
"Disfruto tu compañía". Hasta ahí, todo era
música para mis oídos. Pero luego, la frase
que lo cambió todo, la que se clavó en mi
alma como una astilla: "Pero todo es reciente
por la fragilidad del tiempo. Solo llevamos dos
meses conociéndonos, y yo solo llevo un par
de semanas separado. No quiero que nadie se
lastime".
Quería que nos siguiéramos conociendo, que
el tiempo hiciera su trabajo. Una parte de mí
se rompió en mil pedazos. No por el hecho de
formalizar, no por la necesidad de ponerle un
nombre a lo que teníamos. No, eso no era lo
que me dolía. Lo que me desgarró fue que,
por primera vez en todo este tiempo, me hizo
ver la distancia que aún existía entre noso-
tros. Una distancia invisible, pero palpable,
que se extendía como un abismo entre mis

5
sentimientos y los suyos. En ese instante, con
una claridad dolorosa, entendí que, aunque él
no me lo hubiera dicho de la forma más direc-
ta, aún la amaba a ella. Su cautela, su miedo
a "lastimar a nadie", era una barrera que me
excluía, una confirmación de que yo no era el
centro de su universo, al menos no de la mis-
ma manera en que él se había convertido en
el mío.
Mi sensibilidad, ya de por sí a flor de piel, se
rompió por completo. Las lágrimas, traicione-
ras y ardientes, cayeron sin control por mis
mejillas, empañando la vista de su rostro. Sen-
tí una rabia hirviente, una furia impotente al
pensar que lo que iba a confesarle ese día,
esa verdad que me había aliviado al escribirla,
solo la sentía yo. Que mi amor, mi lealtad in-
quebrantable, era un monólogo silencioso en
mi propio corazón. Y en mi rabia, en mi deses-
peración por protegerme de un dolor aún ma-
yor, solté las palabras más hirientes que pude
encontrar: "Lo entiendo. Al final, solo satisfa-
cemos nuestro deseo sexual. Así fue desde un
inicio, ¿no?". Cuando esas palabras salieron
de mi boca, me dolieron. Me lastimaron a mí
misma, y supe, con una certeza aplastante,
que de alguna forma lo había herido a él tam-
bién. El arrepentimiento me invadió al instan-
te, un arrepentimiento amargo y profundo,
porque yo sabía que no era así. Sabía que lo

6
nuestro era mucho más que un simple en-
cuentro físico.
¿Cómo podía disculparme ahora? ¿Cómo le
podría explicar que estaba enamorada, que
aunque él no me lo hubiera pedido, le estaba
siendo fiel con cada fibra de mi ser? ¿Cómo
confesarle que mi mundo entero estaba giran-
do en torno a él, que cada decisión, cada
pensamiento, cada anhelo llevaba su nombre
implícito? ¿Cómo podía confesar que, quizás,
aparte de quererlo, existía la posibilidad de
que fuera algo más, algo tan profundo que me
asustaba? Me dolía la distancia que había
marcado, inconsciente o tal vez consciente,
otra vez.
Esa barrera invisible que él había levantado, o
que yo había percibido, me ahogaba.
Al verme llorar, él me abrazó. Y de alguna for-
ma, en la calidez de sus brazos, encontré con-
suelo. Un consuelo paradójico, porque era él
quien había provocado mis lágrimas, y era él
quien ahora las secaba con su cercanía. Des-
pués de eso, como si un interruptor se hubiera
accionado, cambiamos la conversación. Reí-
mos, compartimos nuestra cerveza, como si
nada hubiera pasado, como si las palabras hi-
rientes y las lágrimas nunca hubieran existido.
La magia de su presencia, su capacidad para

7
borrar el dolor con una sonrisa, era asombro-
sa.
Y entonces, llegó el momento que ambos de-
seábamos, el momento en que las palabras se
volvían innecesarias y el lenguaje de los cuer-
pos tomaba el control. Nos empezamos a be-
sar, y sus manos recorrieron mi cuerpo con
una familiaridad que me encendía. Pidió que
me desvistiera en los asientos traseros de su
auto, y mientras yo lo hacía, con cada prenda
que caía, él observaba, sus ojos fijos en mí,
una mezcla de deseo y admiración. Al termi-
nar, me confesó que era un deleite para él
verme así, que le gustaba cada parte de mi
cuerpo, cada curva, cada línea. Sus palabras
eran un bálsamo para mi alma herida, una
confirmación de que, al menos en ese aspec-
to, yo era deseada, valorada.
Empezó a recorrer mi cuerpo con sus besos,
que me erizaban la piel, y sus manos expertas
se adentraron en mi zona íntima. Él también
se desvistió, y me hizo el amor de una forma
extraordinaria. Por primera vez, hizo que mi
excitación femenina llegara al punto máximo,
ese anhelo de cualquier mujer, supongo, algo
tan difícil de conseguir.
Cuando sucedió ese punto máximo de excita-
ción, en ese éxtasis que me consumía, solo
quería que fuera él, solo él, en todo lo que me
restara de vida. Quería que me lo hiciera sen-

8
tir una y otra vez, aunque claramente aún
existieran barreras entre nosotros, aunque la
distancia que él había marcado siguiera ahí,
latente. Amaba verlo sobre mí, con su cuerpo
sudado, su corazón acelerado latiendo contra
el mío, cada centímetro de su piel, cada mús-
culo tenso, cada suspiro que escapaba de sus
labios, me enamoraba más. Si tan solo hubie-
se podido decirle lo que sentía realmente ese
día, en ese momento de máxima vulnerabili-
dad y conexión. Supongo que es algo de lo
que me arrepentiré por siempre.
Pasaron las horas, envueltos en esa burbuja
de intimidad, y finalmente, me trajo a casa.
A pesar de las lágrimas derramadas, a pesar
de la punzada de dolor que aún sentía por sus
palabras, considero que fue lo mejor que pude
vivir. Lo que me hizo sentir ese día, mientras
hacíamos el amor, fue la mejor experiencia
que pude haber tenido. Esa sensación, ese éx-
tasis, se tatuó en mi piel, una marca indeleble
que llevaría conmigo, un recordatorio constan-
te de la complejidad de nuestro vínculo.

9
Capitulo 2:
El brillo inconfesable y la profun-
didad del alma

El umbral de mi hogar se erigía, más que una


simple entrada, como la frontera tangible en-
tre el éxtasis recién vivido y la prosaica, aun-
que amada, realidad. Apenas mis pies hubie-
ron cruzado el umbral cuando una avalancha
de risas y miradas cómplices me envolvió, un
coro familiar que, lejos de amilanarme, pare-
cía celebrar mi estado de ánimo. "¡Llegaste
con un brillo en los ojos!", clamaron al uní-
sono, sus voces tejiendo una melodía burlona
que se repetía sin cesar, resonando en cada
rincón del recibidor.
"Sabemos que cada vez que sales con él, tus
encuentros clandestinos son excepcionales,
¡pero esta vez, en tu rostro, se nota que fue
diferente!". Las palabras danzaban en el aire,
ligeras como plumas, pero cargadas con el
peso innegable de una verdad que, en mi in-

10
tento sutil de negación, me esforzaba por
ocultar.
“No pasó nada", balbuceé, la frase apenas un
susurro que se perdía en la avalancha de su
percepción aguda, casi sobrenatural. Sin em-
bargo, en lo más recóndito de mi ser, la ima-
gen de aquel instante se mantenía vívida, gra-
bada a fuego en la memoria de mi piel y mi
alma: la excitación desbordante, el clímax de
una conexión que había superado cualquier
expectativa, un pico de emoción que rozó lo
sublime. Supuse que fue esa impronta indele-
ble, la huella de una felicidad casi impúdica, la
que mis hermanos habían discernido en mi
rostro; una transparencia, a pesar de mis es-
fuerzos, que delataba la intensidad de lo vivi-
do. Poco importaron las palabras, las conver-
saciones superficiales, los temas triviales que
habíamos abordado; todo aquello se desvane-
ció, eclipsado por la magnitud de un senti-
miento que lo había transformado en nada
más que el eco persistente de su propia tras-
cendencia.
Mientras el rubor, casi imperceptible pero aún
ardiente, persistía en mis mejillas, mis herma-
nos, con una intuición que me asombraba y
conmovía, abandonaron la burla para sumer-
girse en la corriente de mi sentir. Mostraron
una empatía genuina y desinteresada hacia
mis sentimientos por él, una comprensión tá-

11
cita que trascendía las barreras de lo conocido
y lo tangible. Conmovidos, me aseguraron su
apoyo incondicional, incluso sin conocerlo, sin
haber cruzado una sola palabra con el hombre
que, en tan poco tiempo, había transformado
mi mundo. "Hemos notado un cambio positivo
en tu vida desde que lo conoces", confesaron,
sus voces tiñéndose de una ternura que me
llegó al alma, rompiendo cualquier barrera
que pudiera haber construido.
Era como si él, con su mera presencia, con el
eco de sus gestos y sus palabras, hubiera des-
pertado algo que yacía profundamente dormi-
do en mí, una esencia vital que, quizás, por
las cicatrices profundas de pasadas desilusio-
nes, había creído extinta, irrevocablemente
perdida en el abismo del tiempo.
Mis hermanos, con su sabiduría silenciosa y su
amor incondicional, reconocieron que había
vuelto a ser yo, una versión más completa,
más luminosa y, sin duda, más auténtica de la
mujer que alguna vez fui.
Y yo, ante la magnitud de sus palabras, la in-
mensa carga de amor y comprensión que con-
tenían, no pude contener el torrente de emo-
ciones que me embargaba. Las lágrimas, an-
tes contenidas con un esfuerzo titánico, se
deslizaron por mis mejillas, un torrente de gra-
titud que brotaba desde lo más profundo de
mi ser, lavando cualquier resquicio de duda o

12
miedo. ¿Me había vuelto más sensible, con la
piel más fina y el alma más expuesta? ¿O era,
quizás, un sentimiento aún más profundo el
que pugnaba por ser reconocido, uno que mi
mente, con su lógica implacable, aún se resis-
tía a admitir? El tiempo, con su implacable tic-
tac que resonaba en el silencio de la noche,
era un testigo mudo y cruel de una verdad
ineludible: lo quería, lo quería con la intensi-
dad más vehemente que existía, una pasión
que ardía con luz propia, desafiando toda ra-
zón.
Sabía lo que quería, con una claridad que me
asustaba y me excitaba a partes iguales, y
esa certeza me impulsaba a estar dispuesta a
esperarlo, sin importar cuántas lágrimas de-
rramara, cuántas noches de insomnio consu-
miera mi alma. Cada una de ellas, lo sabía,
valía la pena, un tributo silencioso al amor que
crecía imparable en mi interior.
El miedo, sin embargo, se cernía como El
tiempo, cruel y efímero, se erigía como un
obstáculo insalvable, una barrera infranquea-
ble para la expansión de este sentimiento:
solo dos simples meses. Una eternidad con-
densada en un suspiro, un lapso que se anto-
jaba irrisorio para la magnitud de lo que sen-
tía, para la profundidad de la conexión que
había germinado. Sabía, con una punzada do-
lorosa en el pecho, que el sentimiento no era

13
mutuo, que él no compartía la misma intensi-
dad de afecto, la misma profundidad de entre-
ga. Sin embargo, esos dos meses, y las expe-
riencias vividas en sus brazos, en la intimidad
de su presencia, eran como si hubieran trans-
currido más de un año, una vida entera con-
densada en instantes fugaces, pero eternos.
Sentía que lo conocía, no de la forma superfi-
cial en que se conoce a un extraño en una
reunión cualquiera, sino con la intimidad pro-
funda de quien ha compartido vidas, de almas
que se reconocen a través del tiempo y el es-
pacio. Quizás, sonaba irracional, lo sé, una lo-
cura que mi propia razón intentaba rebatir,
pero sentía que en alguna vida pasada, él ha-
bía sido mío, que nuestro sentimiento era ge-
nuino, una hebra dorada que nos unía a través
de los siglos, trascendiendo cualquier barrera
temporal. Sonaba a locura, sí, una dulce y em-
briagadora locura, pero era lo que sentía, una
verdad innegable que resonaba en cada fibra
de mi ser, en cada latido de mi corazón. Aun-
que mis sentimientos fueran inexplicables en
este momento, solo quedaba esperar que el
tiempo, con su paso inexorable y silencioso,
continuara deslizando esta historia, revelando
el siguiente capítulo de este inesperado y, qui-
zás, ineludible [Link] sombra tenue, una
advertencia sutil: el miedo a que esa dulce es-
pera se prolongara más allá de lo soportable,
a que la distancia abismal entre mi querer y

14
mi sentir se hiciera insalvable, una herida in-
curable.

Capitulo 3:
La constelación del anhelo

Los días, después de aquel encuentro clandes-


tino, se estiraban como hilos invisibles, cada
uno tejido con la memoria persistente de su
presencia y el eco silente de sus palabras. Mi
corazón, un péndulo oscilante, se debatía en-
tre la certeza de lo que sentía y el abismo de
la incertidumbre. Mis sentimientos, un laberin-
to sin brújula, seguían siendo un misterio para
mí misma, una constelación de estrellas bri-
llantes y nebulosas opacas. Aún había confe-
siones que pugnaban por escapar de mis la-
bios, verdades que deseaba derramar ante él

15
como un río desbordado, pero la distancia que
había trazado entre nosotros, una línea invisi-
ble pero férrea, se interponía. Era la fragilidad
del tiempo, la efímera naturaleza de aquel vín-
culo recién forjado, lo que me hacía dudar, lo
que sembraba en mí la inquietud de si lo que
apenas germinaba sobreviviría a las tormen-
tas que, intuía, se avecinaban.
Cada amanecer, al abrir los ojos, era una nue-
va invitación a extrañarlo. Su ausencia se con-
vertía en una sombra delicada que se posaba
sobre mi espíritu, una melancolía dulce que
me acompañaba a lo largo de las horas. Sin
embargo, la brecha que nos separaba se acor-
taba, día tras día, con el incesante murmullo
de nuestras conversaciones. Hilos digitales,
invisibles pero poderosos, tejían una red de
conexión a través de la red social que había-
mos convertido en nuestro santuario.
Sus mensajes, cada vez más habituales, se
habían transformado en un ritual sagrado, un
bálsamo para la soledad, una promesa tácita
de que, a pesar de la distancia física, no había
sido olvidada. La anticipación de cada notifica-
ción se convertía en una chispa que encendía
la esperanza, en un pequeño acto de fe en
que lo nuestro, sea lo que fuese, estaba desti-
nado a florecer. La vida, no obstante, poseía
su propia coreografía de ironías. A medida que
los días se diluían en el calendario, se acerca-

16
ba la fecha de un evento trascendental para
mí: una presentación de salsa con mi acade-
mia. La música, el ritmo vibrante que corría
por mis venas, la expresión de mi cuerpo so-
bre el escenario, eran una parte vital de mi
ser, un escape apasionado de las complejida-
des que anidaban en mi corazón. Con una
mezcla efervescente de nerviosismo y euforia,
le había compartido la noticia, y su respuesta,
tan sencilla como profunda, había sido un eco
de alegría en mi alma: me había dicho que
asistiría. Una oleada de felicidad me invadió,
un torbellino de emociones que me elevó por
encima de las nubes. Su presencia, más allá
del simple acto de acompañarme, sería un
símbolo, una declaración silenciosa de que mi
corazón no estaba abierto a nuevas posibilida-
des, que el espacio que él, sin saberlo, comen-
zaba a ocupar en mí, estaba, de alguna mane-
ra, reservado. Anhelaba que él, con su sola
figura en la audiencia, marcara su territorio en
mí, en mi vida, en esa porción de mi existen-
cia que comenzaba a tejerse a su alrededor.
Esa esperanza, pura e inquebrantable, se con-
virtió en el motor de mis días, la estrella que
guiaba mis preparativos, cada paso de baile
ensayado con una dedicación renovada.
El día llegó, vestido con la promesa de una no-
che mágica. Recuerdo cada detalle de aquella
tarde: el aroma del perfume recién aplicado,

17
el roce de mi ropa de baile contra mi piel, el
palpitar ansioso de mi corazón mientras co-
menzaba a arreglarme. Cada movimiento
frente al espejo estaba imbuido de una emo-
ción anticipatoria, mi reflejo devolviéndome
no solo mi imagen, sino también la ilusión que
me habitaba. La música resonaba en mi men-
te, los pasos de baile fluían con gracia en mi
imaginación, una sinfonía perfecta que se
construiría en pocas horas. Pero la vida, con
su caprichoso telón de fondo, siempre guarda-
ba un as bajo la manga.
El sonido abrupto del teléfono me sacó de mi
ensueño, interrumpiendo la melodía interna
que me acompañaba. Era él. Su voz, teñida de
pesar, anunció lo inevitable: circunstancias
mayores y completamente comprensibles le
impedían asistir. La noticia, que en otro mo-
mento podría haberme sumido en la más pro-
funda de las desilusiones, no provocó ni enojo,
ni tristeza. La naturaleza de su impedimento
era de una prioridad fundamental, algo que mi
razón comprendió y mi corazón respetó pro-
fundamente. Una serenidad inquebrantable
me envolvió. Sabía que la vida, en su infinita
generosidad, nos ofrecería otra oportunidad,
un nuevo escenario donde su presencia se
materializaría. Con esa calma, terminé de pre-
pararme y me

18
dirigí al evento, llevando conmigo la alegría de
la danza y la comprensión en mi corazón, una
armadura invisible contra cualquier atisbo de
pena.
Al llegar, la energía vibrante de la academia
me envolvió por completo. Me sumergí en el
torbellino de la música, los giros, los movi-
mientos apasionados, dejando que la salsa,
con su cadencia embriagadora, sanara cual-
quier herida diminuta que la noticia pudiera
haber dejado.
La noche transcurrió entre risas compartidas,
aplausos atronadores y la camaradería incon-
dicional de mis compañeros. Cuando el evento
concluyó, la madrugada ya se cernía sobre la
ciudad, un manto oscuro salpicado de luces.
La necesidad de un taxi se hizo imperiosa;
aventurarse sola a esas horas, en las calles
desiertas, era una imprudencia que mi instinto
me impedía cometer. Mientras esperaba con
mi grupo la aparición de un vehículo, mi telé-
fono vibró, un mensaje de él. La conversación
fluyó, ininterrumpida, un hilo constante de pa-
labras que desafiaba la distancia. Él se mante-
nía al tanto, preguntando por el evento, su
voz digital transmitiendo una preocupación
genuina que se sentía tangible, casi física. Fue
en medio de ese intercambio de mensajes,
casi sin pensarlo, que le pedí el número de un
taxi, una sugerencia casual, una necesidad

19
imperiosa. Lo que sucedió a continuación me
dejó sin aliento, una revelación que encendió
una luz cálida en lo más profundo de mi ser.
"Voy por ti", fue el mensaje escueto, directo,
pero cargado de un significado que resonó en
cada fibra de mi ser, haciendo que mi corazón
se desbocara en una carrera de alegría des-
bordante. Había escapado de su trabajo en la
estación de servicio, burlado las obligaciones,
el reloj, la burocracia, solo para ir por mí. Mi
corazón, un tambor desbocado, no cabía en
mi pecho. Cuando el mensaje de su llegada
parpadeó en la pantalla, anunciando que me
esperaba afuera, sentí una urgencia incontro-
lable. Salí del local, mis pasos ligeros sobre el
pavimento mojado por la brisa nocturna de la
ciudad, mis ojos escudriñando la oscuridad
hasta que su silueta familiar se materializó
junto a su auto, un faro en la penumbra.
Él se bajó a recibirme, y en ese momento, el
tiempo pareció detenerse, suspendido en una
burbuja de ternura. Sus brazos me envolvie-
ron en un abrazo firme, protector, que me hizo
sentir a salvo de cualquier mal, y sus labios,
oh, sus labios, se encontraron con los míos en
un beso que disipó cualquier sombra de duda,
cualquier atisbo de incertidumbre que aún pu-
diera anidar en mi alma. En ese gesto, en esa
decisión impulsiva y desinteresada de dejar su
trabajo para venir por mí, encontre un tesoro

20
incalculable. Mi corazón, desbordado de grati-
tud, agradeció profundamente ese detalle, esa
muestra de una devoción que trascendía lo
superficial, que hablaba de un interés real,
puro. Pero, a la vez, una preocupación sutil se
instaló en mí. ¿Cómo había logrado escabullir-
se de su trabajo? ¿Se había arriesgado por mí?
Él, como si leyera mis pensamientos, sonrió
con esa calidez que me desarmaba por com-
pleto, que derretía cualquier barrera. "Ya que
no pude acompañarte al evento", comenzó, su
voz una
melodía suave, "al menos quería venir por ti,
así te veo y te dejo en casa". Esas palabras,
sencillas y directas, se grabaron en mi alma,
una tinta indeleble que el tiempo no borraría.
Fue un momento, aparentemente insignifican-
te para el mundo exterior, una anécdota más
en la noche, pero para mí, un tesoro invalua-
ble. Lo atesoré con la delicadeza de una joya
rara, un recuerdo que brillaría con luz propia
en la oscuridad de mis incertidumbres, un faro
que me guiaría en los días venideros. Si él tan
solo supiera, pensé, mientras el auto se aleja-
ba de la agitada noche de la ciudad y se aden-
traba en la calma de las calles residenciales,
si tan solo comprendiera que esos gestos,
esos pequeños detalles que la gente materia-
lista descartaría

21
como insignificantes, sin valor, eran para mí el
universo entero. Eran la prueba irrefutable de
que, en su vida, yo era importante, y eso, para
mi corazón hambriento de conexión, lo era ab-
solutamente todo. Aquella noche, bajo el man-
to estrellado de la ciudad, sentí que por fin, en
su mirada, comenzaba a encontrar mi propio
reflejo.

Capitulo 4:
El eco de la piel y el vuelo del co-
razón.

El vibrante eco de la salsa aún danzaba en los


rincones de mi memoria, mezclándose con el
dulce murmullo de su voz que me acompaña-

22
ba desde aquella noche de pasos torpes y ri-
sas liberadas. Parecía que el universo conspi-
raba para que nuestras almas, o al menos
nuestros cuerpos, encontraran su ritmo en la
clandestinidad. Tras el evento, las conver-
saciones se extendieron, una tela invisible teji-
da con hilos de anhelo y complicidad. Pronto,
la idea de un nuevo encuentro clandestino se
materializó, un pacto susurrado en la oscuri-
dad de la noche, una promesa de horas com-
partidas, de compañía mutua, de la libertad
de ser nosotros sin el escrutinio del mundo.
El anhelo se convirtió en una marea creciente
dentro de mí, consumiendo cada pensamien-
to, cada respiro. La espera, a veces dulce y a
veces insoportablemente larga, se adueñó de
mis días, tiñéndolos con la impaciencia de una
niña que aguarda su juguete más deseado.
Cada amanecer era un día menos para la cita,
cada anochecer, una invitación a soñar con el
momento en que nuestros caminos se entrela-
zarían de nuevo. Habíamos organizado cada
detalle con una precisión que rozaba lo obse-
sivo, anticipando cada segundo, cada mirada,
cada toque. La fecha se convirtió en un faro
en mi horizonte, una estrella guía que me em-
pujaba hacia adelante.
Y entonces, el día tan esperado por fin se aso-
mó, bañando mi habitación con una luz que,
irónicamente, se sentía tenue en comparación
con la brillantez de mis expectativas. Mi cora-

23
zón, un tambor desbocado en mi pecho, reso-
naba con la emoción contenida. Una hora an-
tes de nuestro encuentro, el sonido familiar de
una notificación en mi teléfono me hizo saltar.
Su
nombre. Una sonrisa se extendió por mis la-
bios, pero el júbilo se disolvió en un instante al
leer el mensaje. Una solicitud, una excusa, un
velo que intentaba cubrir la cruda realidad de
un problema económico que amenazaba con
deshilar la promesa de nuestra noche. La san-
gre se me heló en las venas. Una mezcla
amarga y potente de rabia y tristeza me inva-
dió, un torbellino de emociones que me dejó
sin aliento, como si el aire mismo se hubiera
negado a entrar en mis pulmones. ¿Otra vez?
¿Otro cambio de planes a última hora? La mis-
ma melodía desafinada de excusas resonaba
en mi mente, una letanía familiar que me irri-
taba hasta lo más profundo. Mis dedos, impul-
sados por la frustración y una urgencia incon-
trolable, volaron sobre el teclado de mi telé-
fono. La respuesta brotó de mí con una vehe-
mencia que me sorprendió a mí misma, un to-
rrente de palabras que buscaba liberar la pre-
sión acumulada. "Yo puedo pagarlo", escribí
con una determinación feroz. "Nunca te he pe-
dido que pagues nada por mí. Y sí, se te está
volviendo costumbre cambiar nuestros planes
a última hora". Cada letra llevaba el peso de
mi decepción, de mi cansancio ante su indeci-

24
sión, su tendencia a retroceder en el último
minuto. No era una confrontación, o no solo
eso, sino una declaración de mi valía, de mi
independencia, de mi deseo inquebrantable
de que esto sucediera.
Y fue ese simple mensaje, cargado de una sin-
ceridad casi dolorosa, el que deshizo el nudo
de su incertidumbre. La decisión, una vez
tambaleante, se afirmó. Los planes siguieron
adelante.
Un suspiro de alivio se escapó de mis labios,
una pequeña victoria en medio de la vorágine
emocional. Como de costumbre, pasó por mí
cerca de casa, su coche deteniéndose sigilosa-
mente en la penumbra del anochecer. Me des-
licé en el asiento del copiloto, el familiar aro-
ma de su presencia envolviéndome, y el mun-
do exterior se desvaneció.
No perdimos tiempo en preámbulos. Nuestro
destino era la residencial, nuestro refugio
temporal, un nido de intimidad robada al es-
crutinio del mundo, donde nuestras almas po-
dían desnudarse sin temor.
Al entrar en la habitación, un espacio simple
pero cargado de promesa, nuestras pertenen-
cias fueron arrojadas sin ceremonia. La urgen-
cia de nuestra conexión era palpable, más
apremiante que la necesidad de la organiza-
ción. Salimos de nuevo, una peregrinación ha-
cia la tienda, nuestro ritual sagrado antes de
que la noche se entregara a sus placeres.

25
La compra de la cerveza, un mero pretexto
para prolongar la anticipación, se convirtió en
un acto de comunión. Caminamos, hablamos
sin freno, el sonido de nuestras voces mez-
clándose con el suave murmullo de la ciudad
que dormía a nuestro alrededor. Las risas bro-
taron sin esfuerzo, llenando el aire con una
ligereza que disipaba cualquier sombra de
duda, cualquier resquicio de la frustración an-
terior.
De vuelta en la residencial, las bolsas tinti-
neando con nuestra adquisición, nos dirigimos
de nuevo a nuestra habitación. La puerta se
cerró detrás de nosotros, sellando el mundo
exterior.
Él, siempre tan torpe cuando estaba conmigo,
era un rasgo que me causaba infinita ternura
y una diversión inquebrantable. Algo caía,
siempre, una señal de su nerviosismo encan-
tador, de su vulnerabilidad desarmante. Un
paquete de papas, una llave, cualquier cosa
que se interpusiera en su camino. La habita-
ción se inundó de nuestras risas, un coro dul-
ce que danzaba en el aire, una melodía de
complicidad que solo nosotros entendíamos.
Mientras él se dirigía al baño, me deslicé en
un pijama sensual, un susurro de seda y enca-
je que prometía la noche que se cernía sobre
nosotros, una invitación silenciosa a la entre-
ga.

26
La tela fría se deslizó sobre mi piel, excitando
mis sentidos, preparando mi cuerpo para lo
que vendría. Cuando regresó, sus ojos se en-
contraron con los míos, y el aire se electrificó,
una chispa que encendió un fuego latente. Me
besó, un beso que comenzó suave y se pro-
fundizó con cada instante, sus labios exploran-
do los míos con una voracidad creciente. Sus
manos, cálidas y firmes, recorrieron mi cuer-
po, erizándome la piel con cada toque, cada
caricia. Me sentí temblar bajo su tacto, la anti-
cipación encendiendo cada nervio, cada célu-
la.
Se desnudó, y nuestros cuerpos, liberados de
las ataduras de la ropa, se entrelazaron en
una danza ancestral, un baile sin fin donde
solo existíamos nosotros.
Hicimos el amor, cada movimiento un poema
silencioso, una danza antigua de pasión y en-
trega. Nuestros reflejos se encontraron en el
espejo de la habitación, dos cuerpos, dos al-
mas, fusionándose en el acto más íntimo, una
imagen que se grababa a fuego en la memoria
de ambos, una postal indeleble de nuestra co-
nexión. No era solo sexo; era la expresión de
una necesidad profunda, de un deseo de per-
tenecer, de ser uno. Eran recuerdos que que-
daban grabados no solo en nuestras mentes,
sino en la misma esencia de nuestro ser, en el
latido de nuestros corazones.

27
Al terminar nuestro acto de amor, la habita-
ción se llenó de un silencio denso y satisfacto-
rio.
Nos acurrucamos, nuestros cuerpos agotados
pero rebosantes de una dulce saciedad, entre-
lazados en un abrazo que prometía el sueño
profundo. Y dormimos, envueltos en la quietud
de la noche, el mundo exterior una nebulosa
lejana. Cuando el sol comenzó a asomarse tí-
midamente por, tiñendo el cielo de tonos rosa-
dos y dorados, nos despertamos, y la urgencia
de nuestros cuerpos se encendió de nuevo, un
fuego que no se había extinguido por comple-
to. Volvimos a hacer el amor, un vicio incon-
trolable que nos consumía con una fuerza
abrumadora. Sentir nuestros cuerpos en el
acto, tenerlo a él dentro de mí, era una sen-
sación inexplicable, me hacía sentir tan suya
en ese momento, tan conectada a algo más
grande que yo. Era una fusión de almas, una
entrega total que me arrebataba el aliento. Al
terminar el segundo acto de amor, nuestro vi-
cio incontrolable satisfecho por el momento,
nos regaloneamos, susurros suaves y caricias
tiernas llenando el espacio, y nos sumergimos
de nuevo en un sueño aún más profundo, la
felicidad agotadora de la noche anterior pe-
sando sobre nosotros.
Por la mañana, la realidad nos llamó con su
insistencia habitual. Nos fuimos de la residen-
cial, él dejándome en casa como de costum-

28
bre, un fantasma que se desvanecía con el
amanecer.
Al entrar, me encontré con la mirada inquisiti-
va de mis padres. "¿Cómo pasaste la noche?",
preguntó mi madre, una chispa de curiosidad
mezclada con una preocupación apenas disi-
mulada en sus ojos. "Excelente", respondí con
la sinceridad que desbordaba de mi piel y mis
sentimientos, la verdad escrita en cada poro
de mi ser. Mi madre, siempre tan atenta, pre-
guntó si habíamos desayunado. "No", dije, ex-
plicando que él tenía que hacer cosas ese día
por la mañana. Su ceño se frunció, una moles-
tia palpable en su expresión. "¿Cómo que no
lo hiciste entrar a desayunar? ¿Dónde está tu
preocupación por él?", me reprochó, su voz
teñida de un sutil desaprobación. En cierto
modo, tenía razón. Era una falta de hospitali-
dad, una omisión. Pero el tiempo era escaso,
siempre lo era cuando estábamos juntos, ro-
bándole minutos preciosos a la realidad antes
de que el hechizo se rompiera. No había mu-
cho que se pudiera hacer. A pesar de todo,
nuestra velada había sido excelente, un oasis
de intimidad en medio del desierto de la ruti-
na. Las sensaciones, los besos, los toques, la
conexión profunda, todo había quedado plas-
mado en mi piel, en la memoria de mis senti-
dos, en el latido mismo de mi corazón. Y con
cada segundo que pasaba, mis sentimientos
aumentaban, una marea imparable que ame-

29
nazaba con desbordarme, con llevarse consi-
go cualquier pretensión de control. Aún persis-
tía la duda, un murmullo inquietante en lo
más profundo de mi ser: ¿solo lo quería, o un
sentimiento mucho más fuerte, uno que aún
no podía admitir ni nombrar, estaba florecien-
do en mi corazón? Era increíble que el simple
hecho de hacer el amor estuviera tejiendo la-
zos más fuertes en mí hacia él. La interrogan-
te permanecía, una sombra persistente en mi
mente: ¿llegaría él, en algún momento, a co-
rresponder a este sentimiento que, en su
magnitud, quizás era mucho más que un sim-
ple querer, mucho más que una mera atrac-
ción física? La respuesta, quizás, residía en el
vicio incontrolable de nuestra piel, en la forma
en que nuestros cuerpos se buscaban, una
adicción que prometía más noches robadas,
más encuentros clandestinos, más recuerdos
grabados a fuego en el tiempo y en el alma.
Cada vez que nos entregábamos, sentía cómo
una parte de mí se enraizaba más profunda-
mente en él, como si estuviéramos destinados
a ser dos mitades de un todo. La incógnita de
su reciprocidad era una herida latente, una
promesa de dolor o de una felicidad inimagi-
nable, que me mantenía en vilo, suspendida
entre el deseo y el miedo. ¿Podría este vicio,
este anhelo insaciable de su tacto y su cerca-
nía, transformarse en algo más duradero, algo
que trascendiera las barreras de lo físico y se

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anclara en el alma? Solo el tiempo, ese cruel y
caprichoso maestro, lo diría. Pero por ahora,
me contentaba con la dulce agonía de la espe-
ra y la promesa de futuras noches en las que
nuestros cuerpos volverían a hablar el único
idioma que conocían: el del amor y el deseo
desatado.

Ignisita dolori nonseque venim asit in con essundi-


catem arumentur aut od quam quiat.

Ejemplo pie imagen centrado

Pore vellacepre, omni vent utem consequ iaspelec-


tia il il iunt quatum hictate de conse exerferum aut
quae ent ut quunt.

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Capítulo 2

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