Capítulo 9
Octava consideración:
El escudo espiritual del creyente
“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis
apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef. 6:16).
La cuarta pieza de la armadura cristiana se
presenta en este versículo: el escudo de la fe.
Esta es una virtud de virtudes. Es como el
corazón en medio del cuerpo, o como David
cuando Samuel “lo ungió en medio de sus
hermanos” (1 S. 16:13). El apóstol, al hablar de
esta virtud, la unge por encima de sus
compañeras: “Sobre todo, tomad el escudo de la
fe”.
La fe que el apóstol alaba
Descubrimos la clase de fe que el apóstol
alababa al considerar el fin para el cual se
prescribe la misma: capacitar al creyente para
“apagar todos los dardos de fuego del maligno”;
esto es, del diablo. Consideremos las diversas
clases de fe. Entre ellas debe figurar la fe que
capacita al cristiano para defenderse de los
ataques de Satanás.
La fe histórica no servirá. Esta clase de fe, lejos
de apagar todos los dardos de fuego de Satanás,
es la que tiene Satanás mismo: “También los
demonios creen” (Stg. 2:19).
La fe temporal tampoco servirá. Más que apagar
los dardos de fuego de Satanás, es apagada por
ellos. Exhibe un buen fuego de profesión externa
y aguanta por algún tiempo (cf. Mt. 13:21), pero
pronto desaparece.
La fe milagrosa se queda tan corta como las otras. La
fe milagrosa de Judas, al igual que a los otros
apóstoles, lo capacitó para expulsar demonios de
otras personas, pero lo dejó poseído por los
demonios de la codicia, la hipocresía y la traición.
Una legión de concupiscencias le despeñaron
desesperado al abismo sin fondo de la perdición.
Solo queda una clase de fe: la fe justificadora. Esta
es una virtud que hace al que la posee vencedor
del diablo. Satanás no tiene tanta ventaja sobre el
cristiano por la superioridad de su capacidad
natural, como tiene el cristiano sobre él por esta
arma de la fe. El apóstol está tan seguro de ello
que otorga la victoria al cristiano antes de
terminarse la batalla: “Habéis vencido al maligno”
(1 Jn. 2:13). Es decir: vencerás tan ciertamente
como si ya estuvieras montado en el carro triunfal
en el Cielo. El caballero vencerá al gigante; el
santo vencerá a Satanás. El mismo apóstol nos
cuenta como ocurre esto: “Esta es la victoria que
ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).
La naturaleza de la fe justificadora
La fe justificadora no es un mero asentimiento a
las verdades del evangelio. Judas conocía las
Escrituras, y sin duda asentía a su verdad cuando
era un celoso predicador del evangelio; pero nunca
tuvo ni un ápice de fe justificadora en su alma:
“Pero hay algunos de vosotros que no creen.
Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran
los que no creían, y quién le había de entregar” (Jn.
6:64).
Aun el maestro de Judas, el diablo mismo
(lejos, supongo, de ostentar una fe justificadora)
asiente a la verdad de la Palabra. Va en contra de
su conciencia al negarla. Cuando tentó a Cristo, no
disputó en contra las Escrituras sino a partir de ellas,
sacando sus flechas de la misma aljaba (cf. Mt. 4:6).
En otra ocasión confiesa tan plenamente la
soberanía de Cristo como Pedro (cf. Mt. 8:29; 16:17).
El asentimiento a la verdad de la Palabra es un
mero acto intelectual que pueden hacer los
rebeldes y los demonios. Pero la esencia de la fe
justificadora está tanto en el intelecto como en la
voluntad; por tanto, se hace referencia a ella como
a creer “con el corazón” (Ro. 10:10). “Felipe dijo:
Si crees de todo corazón, bien puedes” (Hch.
8:37). Esta fe abarca todas las potencias del alma.
Hay un doble objetivo en la promesa, relacionado
con en el
intelecto y con la voluntad. Como la promesa es
verdad, exige un acto de asentimiento del
intelecto; y como es tan buena como verdadera,
exige un acto de la voluntad para abrazarla. Por
tanto, la persona que conoce la verdad de la
promesa solo intelectualmente, sin aferrarse a ella,
no cree para salvación: no recibe más provecho de
la promesa que aquel que sabe que la comida
alimenta, pero se niega a comer.
La fe justificadora no es lo mismo que la
seguridad de la salvación. De serlo, Juan podría
haberse ahorrado las molestias de escribir: “Os he
escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo
de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”
(1 Jn. 5:13). Y sus lectores bien podrían haber
dicho: “Ya lo hacemos. ¿No es fe el creer que
estamos entre los perdonados por Cristo, y que
seremos salvos por él?”. Pero esto no puede ser
así. Si la fe fuera seguridad de la salvación,
entonces los pecados de una persona serían
perdonados antes de que creyera, pues
ciertamente tenemos que ser perdonados para
poder saber que lo hemos sido. Hay que encender
la vela con anterioridad a poder ver que está
encendida. El objeto ha de ser anterior al acto.
La seguridad de salvación no es la fe en sí,
sino el fruto de la fe. La seguridad está en la fe
como la flor en la raíz. Con el tiempo, la fe, después
de mucha comunión con Dios, conocimiento de la
Palabra y experiencia del compañerismo divino
con el alma, se convierte en seguridad. Así como la
raíz vive realmente antes de que brote la flor, y
sigue viva después de que caigan los bellos pétalos
de esta, la verdadera fe justificadora vive antes de
que llegue la seguridad y sigue viva después de su
desaparición. La seguridad es como el girasol,
que se abre de día y se cierra por la noche. Pero
la fe es una planta que crece a la sombra, una
virtud que encuentra el camino al Cielo en una
noche oscura: “Anda en tinieblas”; y aun así
“[confía] en el nombre de Jehová” (Is. 50:10).
Para decirlo en términos positivos, la fe
justificadora es aquel acto del alma por el cual se
descansa en el Cristo crucificado para recibir
perdón y vida, y se confía en la garantía de esa
promesa. El objeto de la fe justificadora es toda
la verdad de Dios: tiene que ver con la totalidad de
la Palabra y asiente firmemente a ella; pero en su
acto justificante, elige al Cristo crucificado como
objeto. La seguridad dice: “Creo que mis pecados
son perdonados por medio de Cristo”. El lenguaje
de la fe es: “Creo en Cristo para el perdón de mis
pecados”. La Palabra de Dios dirige nuestra fe a
Cristo y la acaba en él; por tanto, se hace
referencia a dicha fe como a un “venir a Cristo”
(Mt. 11:28), “recibirle” (Jn. 1:12) o “creer en él” (Jn.
17:20).
La promesa es solo el plato en que se sirve a
Cristo, verdadero alimento del alma; y si la fe echa
mano de esa promesa, es como el que acerca el
plato para comer. La promesa es el anillo de
matrimonio en el dedo de la fe: no estamos
casados con el anillo, sino unidos a Cristo por
medio de él. Pablo dice: “Porque todas las
promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2
Co. 1:20). Tienen su excelencia de él y su eficacia
en él; quiero decir en la unión de una persona con
él. Huir con una promesa y no unirse con Cristo y
por fe hacerse uno en él, es como aquel que
arranca una rama del árbol con la idea de que dé
fruta sobre la estantería. Las promesas, separadas
de Cristo, son ramas muertas. Pero cuando el alma
se une por la fe con él, entonces participa de toda
su vida y cada promesa rinde su dulzura.
Cuando decimos que Cristo es el objeto
principal de la fe, nos referimos al Cristo
crucificado. No a Cristo en toda su excelencia
personal, porque como tal es el objeto de nuestro
amor en lugar de nuestra fe, sino a aquel
sangrando bajo la mano de la justicia divina para
expiar por mandato de Dios los pecados del
mundo. Igual que la criada observa la mano de su
señora para recibir dirección, así el ojo de la fe
mira cómo Dios se revela en su Palabra; y adonde
esta dirige al alma, allá va la misma. En la Palabra,
la fe encuentra a Dios listo para salvar a los
pecadores, y se aferra a Cristo que obra y consigue
esta salvación. Entonces la fe opta por apoyar su
confianza en aquel Hombre divino a quien Dios
confió su obra.
También la fe observa cómo hizo Cristo esta gran
obra redentora, y cómo la promesa nos lo presenta
para que lo apliquemos a nuestro perdón y
salvación. La fe descubre que, al derramar su
sangre, él pagó a la justicia divina todo el precio
por el pecado. Todos los actos anteriores de su
humillación fueron la preparación para este. Nació
para morir; fue enviado al mundo como cordero
sacrificial, atado con las cuerdas de un decreto
irreversible. Cuando Cristo mismo vino al mundo,
comprendió que este era su cometido: “Por lo cual,
entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no
quisiste; mas me preparaste cuerpo” (He. 10:5).
Cristo fue el sacrificio de expiación. Sin esto, toda
su obra sería en vano. No hay redención sino por
la sangre de Jesús: “En quien tenemos redención
por su sangre, el perdón de pecados” (Ef. 1:7).
Igual que la redención es imposible sin la sangre
de Jesucristo, tampoco la Iglesia puede existir sin
ella: “La iglesia del Señor, la cual él ganó por su
propia sangre” (Hch. 20:28). La Iglesia sale del
costado de Jesucristo moribundo, como Eva salió
del cuerpo de Adán. Cristo no redimió y salvó al
hombre sentado en majestad en su trono celestial,
sino clavado en la vergonzosa cruz, bajo la mano
atormentadora de la furia humana y la ira divina.
Por tanto, aquel que desee el perdón de sus
pecados debe poner su fe no solo en Cristo, sino en
el Cristo sangrante: “A quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre” (Ro.
3:25).
Así, pues, la fe se hace activa cuando descansa
en Cristo crucificado para recibir perdón y vida.
Hay muchos actos del alma que deben preceder a
este, porque nadie podrá nunca ejercer de verdad
la fe a no ser que tenga primero conocimiento de
Cristo y dependa de su autoridad. Solo entonces
podrá decir: “Porque yo sé a quién he creído” (2 Ti.
1:12). La mayoría desconfía de un desconocido.
Abraham no sabía adonde iba, ¡pero sabía Quién
le acompañaba! Dios obró en Abraham para
enseñarle a conocerlo en su gloria, su identidad;
para que su hijo pudiera depender de su palabra,
asintiendo a su verdad por dura, improbable e
imposible que pareciera: “Yo soy el Dios
Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto”
(Gn. 17:1).
Dios quiso también que Abraham reconociera su
propio vacío e incapacidad, y quiere que nosotros
comprendamos lo que merecemos: el Infierno y la
condenación. Pero también quiere que
reconozcamos nuestra propia impotencia y lo poco
o nada que podemos contribuir a nuestra propia
reconciliación. Reúno estos conceptos, porque el
uno lleva al otro. Nuestro sentido de impotencia
surge del profundo temor que experimenta.
Nunca se encuentran la confianza y la
humillación unidas en la misma persona. La
conciencia no puede estar llena de convicción del
pecado y, al mismo tiempo, el corazón estarlo de
soberbia. Dos cosas son necesarias para la fe: la
convicción de pecado, como el dolor de la herida
que le hace buscar la medicina para curarla; y el
sentido de impotencia e insuficiencia, que le hace
volverse a Cristo para la cura. No saldríamos a
pedir aquello que ya tuviésemos en casa.
Sin embargo, no son estos preliminares, sino el
recibir a Cristo y descansar en él, lo que
constituye el acto de fe al que se promete la
justificación: “El que en él cree, no es condenado;
pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque
no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de
Dios” (Jn. 3:18). No todo aquel que asiente a la
verdad de lo que dice la Biblia acerca de Cristo,
cree en él. Esta fe en Cristo implica una unión del
alma con él y la confianza que descansa en él. Por
tanto, se nos manda aferrarnos a Cristo: “¿O
forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz;
sí, haga paz conmigo” (Is. 27:5). También se
llama a Cristo el “brazo” de Dios: lo que salva al
que se está ahogando no es el ver un brazo
extendido sobre las aguas, sino el aferrarse a él.
Otra lección que Abraham tuvo que aprender fue
la de la absoluta seguridad y fiabilidad del pacto
que Dios había hecho con él. No se puede
comprender que Dios tenga una “deuda” con una
de sus criaturas, a no ser por su promesa. Los
hombres pueden convertirse en deudores sin
mediar promesa alguna. Un padre es deudor para
con su hijo, pues le debe amor, cuidado y provisión,
y el hijo es deudor para con su padre, ya que le
debe honra y obediencia, y esto aunque no se
hayan prometido nada el uno al otro. ¡Cuánto
más será deudora la criatura para con Dios! Se
debe a sí misma, y todo lo que tiene, a Dios su
Creador, aunque no cuente con la gracia de hacer
estas promesas y pactos voluntariamente con Dios.
Pero el gran Dios es un Soberano tan absoluto que
nadie sino él puede hacer una ley que le obligue.
Hasta que él tenga a bien efectuar un acto de
gracia por voluntad propia, de dar tal o cual cosa
buena a sus pobres criaturas, nadie puede
reclamar la menor misericordia de sus manos. Por
tanto, hay dos requisitos que debemos cumplir
para poder creer: primero, hemos de buscar una
promesa para nuestra fe, y la autoridad que nos
haga esperar tal misericordia de las manos de Dios;
segundo, cuando hayamos encontrado la promesa
y observado sus términos, no hemos de esperar
mayor aliento, sino poner por obra nuestra fe en
función de la promesa en sí.
Hemos de buscar la promesa y observar sus
términos. Creer sin que haya promesa, o creer una
promesa sin cumplir sus condiciones, sería
presunción. Un príncipe tiene tanta razón de
enfadarse con alguien que no obedece sus órdenes,
como con aquel que actúa sin recibirlas. Muchos
que atrevidamente se apoyan en el brazo de Dios
para el perdón y la salvación, nunca tienen en
cuenta que la promesa que les presenta a Cristo
como apoyo y Salvador, ¡también lo presenta para
que se le exalte como Señor! Los israelitas
rebeldes se atrevieron a utilizar a Dios y sus
promesas para sus propios fines: “Porque de la
santa ciudad se nombran, y en el Dios de Israel
confían” (Is. 48:2). Eran más atrevidos que bien
recibidos. Dios rechazó la confianza de ellos y
abominó su descaro. Aunque un príncipe no titubee
al tomar en sus brazos a un pobre herido, débil y
desangrado, en lugar de dejarlo morir en la calle,
rechazaría la misma petición de un borracho sucio
y tambaleante. El alma humilde que se duele por
sus pecados a las puertas del Infierno será acogida
por Dios cuando acuda con el aliento de la promesa
para apoyarse en Cristo. Pero el desgraciado
profano que corre a Cristo por sus propios méritos,
será rechazado por el Dios Santo por abusar de
sus promesas.
Cuando un pobre pecador halla una promesa y
observa sus
términos con un corazón dispuesto a cumplirlos,
debe emplearse en un acto de fe confiando en la
promesa desnuda, sin buscar más aliento que ese.
El anciano Jacob no creyó a sus hijos cuando le
contaron que José aún vivía y gobernaba todo
Egipto. Esa noticia era demasiado buena y grande
para que la creyera, por tanto tiempo como
llevaba considerándolo muerto: “Y el corazón de
Jacob se afligió, porque no los creía” (Gn. 45:26).
Pero cuando vio los carros que José había
enviado para trasladarlo, entonces “su espíritu
revivió” (v. 27). De forma parecida, la promesa le
dice al pecador humilde que Cristo vive y gobierna
el Cielo mismo, con todo poder, allí y en la tierra,
para dar vida eterna a todos los que creen en él.
Por tanto, se anima al pecador a descansar en
Cristo y en la promesa; pero su corazón desmaya y
no cree: insiste en ver los carros, alguna expresión
tangible del amor de Dios. Si supiera que es amado
de Dios, entonces creería. El Señor tiene pocos
motivos de complacerse en él mientras tanto, por
dejar en suspenso su fe hasta obtener pruebas
tangibles.
Por qué la fe se compara con un escudo
El apóstol compara la fe con un escudo por el doble
parecido entre este don y esa pieza de la
armadura. La primera semejanza es que el escudo,
a diferencia de las otras piezas, no es para defensa
de una sola parte del cuerpo. El yelmo está hecho
para la cabeza, y la coraza diseñada para el torso,
pero el escudo se entiende para defensa del cuerpo
entero. Por tanto, se hacía muy grande y se le
llamaba “la puerta”, ya que era tan largo y ancho
que cubría todo el cuerpo. El Salmista alude a este
significado cuando dice: “Porque tú, oh Jehová,
bendecirás al justo; como con un escudo lo
rodearás de tu favor” (Sal. 5:12). Si el escudo no
bastaba para cubrir todo el cuerpo a la vez, el
soldado hábil lo movía de un lado a otro, para
detener la espada o las flechas de donde vinieran.
Esta semejanza nos recuerda la importancia de la
fe en la vida cristiana: defiende al hombre entero y
preserva cada parte del creyente.
A veces la tentación se dirige contra la cabeza, o
el razonamiento del cristiano. Satanás disputa la
verdad, y si puede hará que el creyente cuestione
la validez de la fe solo porque su entendimiento no
la abarca. A veces prevalece en ello, borrando la
creencia de la persona en la divinidad de Cristo y
en otras grandes y profundas verdades del.
evangelio. Pero la fe se coloca entre el creyente y
ese dardo, acudiendo en defensa del débil
entendimiento del cristiano.
Abraham “no se debilitó en la fe al considerar
su cuerpo, que estaba ya como muerto” (Ro. 4:19).
Si el razonamiento se llevaba la palma en este
asunto, si aquel santo varón hubiera puesto a
prueba la promesa por los sentidos y la razón,
habría estado en peligro de cuestionar su
veracidad, aun siendo Dios mismo el mensajero.
Pero la fe lo sacó de la prueba. El creyente dice:
“Confiaré en la Palabra de Dios, y no en mi ciego
razonamiento”.
El tentador también puede asaltar la conciencia. A
menudo Satanás dispara sus dardos de terror
contra ella. Pero la fe puede aguantar el golpe:
“Hubiera yo desmayado, si no creyese”, dijo David
(Sal. 27:13). Cuando se presentaron contra él
testigos falsos con palabras crueles, la fe fue su
mejor defensa contra las acusaciones humanas.
También lo es contra los cargos que presenta
Satanás, y aun la conciencia misma.
No hay nadie más desgraciado que aquel
carcelero filipense. Lo único que evitó que se
suicidara fue la fuerte determinación de los presos.
Al verlo caer a los pies de Pablo y Silas preguntado:
“Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hch.
16:30), quién hubiera pensado que aquella
profunda herida de su conciencia se sanaría tan
pronto. El terremoto de terror que había sacudido
su conciencia se calmó, y su temblor se volvió
regocijo. Obsérvese la causa de esta bendita
calma: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo
[...], y se regocijó con toda su casa de haber creído
a Dios” (vv. 31,34). La fe calmó la tempestad
levantada por el pecado. La fe cambió su lamento
en gozo y alegría.
¿Y si la tentación se dirige contra la voluntad?
Algunos mandamientos no se pueden obedecer sin
abnegación, porque nos llevan la contraria en
circunstancias donde la voluntad desea con
vehemencia gobernar. Por tanto, hay que negar la
voluntad propia antes de poder ejecutar la de Dios.
Una tentación se hace muy fuerte cuando va con la
corriente de la voluntad humana. Satanás te dirá:
“¿Qué, no sirves a un Dios que te fastidia en
todo?”. Parece que Dios siempre te pide que rindas
aquello que más amas. Ningún cordero de todo el
redil servía para el sacrificio, solo Isaac, el único
hijo de Abraham.
Dios no se contentó hasta que Abraham fue a
servirle a un país de destierro. Satanás se burlaba:
“¿Cederás a condiciones tan duras?”. La fe es el
don que sirve admirablemente al alma durante
tales crisis. Puede acallar el tumulto que la
tentación remueve en el alma, y finalmente
desechará todo pensamiento de rebeldía. Además,
la fe puede mantener tan dulcemente la paz del
Rey de los cielos en el corazón del cristiano, que
cuando llegue tal tentación, no encontrará acogida:
“Por la fe Abraham [...] obedeció [...], y salió sin
saber a dónde iba” (He. 11:8). No leemos que
mirara ni una vez hacia su tierra natal con
nostalgia, ya que la fe le satisfizo.
Fue duro para Moisés despojarse del manto de
juez y dejar que otro asumiera ese puesto
cosechando el honor de plantar la bandera de Israel
en Canaán, después de todo el esfuerzo que él
había hecho por llevarlos hasta allí. Pero la fe lo
dispuso: vio mejores mantos en el Cielo que los
que tuvo que dejar aquí en la tierra. El lugar más
bajo en la gloria es sin duda mucho más alto que el
mayor puesto en la tierra. Para Moisés, estar ante
el Trono y ministrar a Dios en el Cielo era más
deseable que un trono terrenal y el homenaje del
mundo.
El segundo parecido entre la fe y el escudo es
este: el escudo no solo protege el cuerpo entero,
sino también el resto de la armadura. Defiende de
las flechas el yelmo además de la cabeza, y el
pecho con su coraza. Entonces, la fe es una
armadura sobre la armadura, una virtud que
preserva a las demás.
El significado de la expresión “sobre todo”
Hay varias ideas entre los intérpretes acerca del
significado de esta frase. Jerónimo la entiende así:
“En todo deber, empresa, tentación o aflicción, en
toda actividad o sufrimiento, toma la fe”. La fe
para el cristiano es como el fuego para el químico;
no se puede hacer nada en el nombre de Cristo
sin ella: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios”
(He. 11:6). ¿Cómo podrá el cristiano agradarse a sí
mismo si no agrada a Dios? Otros interpretan el
pasaje como: “Sobre todo, toma el escudo de la fe
para cubrir todas tus virtudes”. Cada virtud
deriva su seguridad de la fe; cada una de ellas
está segura bajo la sombra de la fe, como un
ejército se encuentra protegido en un fuerte castillo
con cañones. Pero seguiré la traducción que me
parece más completa: “Sobre todo, toma”; esto es,
entre todas las piezas de armadura que llevas para
tu defensa, que sea esta la que desees conseguir
con mayor persistencia, y una vez conseguida,
guárdala con el mayor cuidado. Entonces, vemos
que el apóstol comparaba la fe con el escudo
porque quería darle gran preeminencia.
Antiguamente el soldado atesoraba su escudo
por encima de toda la armadura. Era más
vergonzoso perder el escudo que perder la batalla;
por tanto, no lo dejaba ni aun estando bajo los
pies del enemigo, sino que le era honroso morir con
el escudo en la mano. Esto era lo que una madre
encomendaba a su hijo que partía a la guerra:
“Trae tu escudo de vuelta contigo, o que te traigan
de regreso sobre él”. Prefería ver a su hijo
muerto con su escudo que vivo sin él.
El apóstol añade a la fe otro noble efecto. Nos
manda tomar el cinturón de la verdad, la coraza
de la justicia, etc., pero no especifica la función de
cada pieza. Sin embargo, al hablar de la fe, Pablo
le adscribe toda la victoria: la misma apaga “todos
los dardos de fuego del maligno”. ¿Por qué es así?
¿Son inútiles las demás virtudes, y es la fe la que lo
hace todo? En tal caso, ¿por qué armarse de alguna
otra pieza?
Cada pieza tiene su uso vital en la guerra
cristiana. Ninguna parte se puede obviar en el día
de la batalla. Pero la razón de que no se atribuya
un efecto particular a cada pieza, sino que todo se
adscriba a la fe, es para que sepamos que estas
virtudes (su poder y el beneficio que sacamos de
ellas) deben actuar en conjunción con aquella.
Está claro que es el designio del Espíritu de Dios
dar precedencia a la fe sobre todas las virtudes que
se nos confían. ¡Pero cuidado! No te vuelvas
indiferente ni descuidado en cuanto a las demás
virtudes porque te emociona más conseguir y
guardar la fe. ¿Podemos advertir a un soldado
contra las heridas en el corazón, y dejar que olvide
protegerse la cabeza? Verdaderamente, se
merecería que le hirieran para curarse de tal
simpleza.
L LA PREEMINENCIA DE LA FE SOBRE LAS DEMÁS
VIRTUDES
De todas las virtudes la fe es la más importante. El
cristiano debe luchar por mantenerla por su
peculiar preeminencia. Es entre las demás como el
sol entre los planetas, o como la mujer virtuosa de
Salomón entre las demás jóvenes.
En un pasaje de la Escritura el apóstol da la
precedencia al amor y pone la fe en un nivel
inferior: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y
el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el
amor” (1 Co. 13:13). En este caso, el que Pablo
anteponga el amor a la fe señala hacia el hogar
celestial del creyente, en donde permanece el
amor y la fe desaparece. En ese aspecto el amor es
mayor, por ser el fin de nuestra fe. Vemos
mediante la fe para disfrutar mediante el amor.
Antes de que el cristiano pueda disfrutar de los
galardones del Cielo, debe vivir en un estado
espiritualmente militante aquí en la tierra. Desde
esta perspectiva práctica, el amor debe ceder ante
la fe. Es verdad que el amor es la virtud que
triunfará en el Cielo; pero la fe, no el amor, es la
virtud que sale vencedora en la tierra: “Esta es la
victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn.
5:4).
Ciertamente, el amor también tiene su lugar en
la batalla, y lucha con valor, pero se mueve bajo
la dirección de su jefe, la fe: “La fe que obra por el
amor” (Gá. 5:6). Como el capitán lucha por medio
de los soldados que manda, la fe obra mediante
el amor que despierta. El amor es la virtud que en
última instancia posee la herencia, pero la fe le
otorga al cristiano el derecho a la misma. Sin la fe
nunca podría disfrutarla.
El amor es la virtud que une a Dios y los santos
glorificados en el Cielo; pero la fe los une primero
con Cristo mientras están en la tierra: “Para que
habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef.
3:17). Si Cristo nunca habitara en ellos por la fe
en la tierra, ellos jamás podrían habitar con Dios
en el Cielo.
La razón de esta preeminencia de la fe
¿Por qué tiene la fe esta preeminencia sobre las
demás virtudes?
1. Dios busca la fe
Ninguna otra cosa demuestra la importancia que
para nosotros tienen las personas u objetos como
la frecuencia con que preguntamos por ellos. Nos
interesamos más por los que más amamos. José
preguntó: “¿Vuestro padre, el anciano que
dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive todavía?” (Gn. 43:27).
También le interesaban los demás, pero por el gran
afecto que sentía por su padre, quería saber acerca
de él primero.
Ahora nos referiremos al gran interés que Dios
demuestra por la fe: “Pero cuando venga el Hijo
del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18:8).
Esto implica que la fe es la virtud que él desea
especialmente hallar en su pueblo.
Cristo ejemplifica la preeminencia de la fe al
restaurarle la vista a aquel ciego en Siloé. Esta
curación enfureció tanto a los maliciosos fariseos
que excomulgaron al hombre solo por dar gloria a
su Médico misericordioso. La presencia y ternura de
Jesús le compensó con creces por su marginación.
Para nuestro propósito ahora, observemos las
palabras de Cristo en su primer encuentro con él:
“¿Crees tú en el Hijo de Dios?” (Jn. 9:35). Este
hombre ya había expresado cierto entusiasmo al
reivindicar a Cristo y hablar bien de él ante sus
peores enemigos en la tierra. Pero lo que Cristo
apreció más que su lealtad fue su fe, según
demuestra cuando le pregunta: “¿Crees tú?”;
como si dijera: “Todo este celo al hablar a mi favor,
y tu paciencia en el sufrimiento, no valen nada sin
la fe”.
En este encuentro de Jesús con el ciego vemos
que Dios trata más frecuentemente con su pueblo
acerca de la fe: la fuerza o la presencia de ella.
Hasta cuando nos aflige, es para probar nuestra fe
(cf. 1 P. 1:7).
Las aflicciones son el azadón que Dios emplea
para cavar en el corazón de su pueblo en busca
del oro de la fe. No es que no busque también las
demás virtudes; pero la fe es la más preciosa de
todas. Aun cuando él tarda y parece apartar su
mano antes de llegar con la misericordia
prometida, es para poder escudriñar nuestra fe.
Jesús examinó a fondo la fe de la cananea
mientras esta luchaba por creer: “Oh mujer, grande
es tu fe; hágase contigo como quieres” (Mt. 15:28).
Al responder a su petición de curación para su hija,
Jesús le dio la prueba de que tenía fe y mucha más
misericordia de la esperada.
2. El favor dado a la fe
Aun cuando otras virtudes trabajan juntamente con
la fe en la vida del cristiano, la fe recibe la
corona suprema. No leemos casi nada acerca de
otro don excepto la fe en Hebreos 11: “Por la fe
Abraham”, “por la fe Jacob”, y “por la fe” el resto
de aquellos creyentes hicieron sus hazañas. En
cada una de ellas estuvieron presentes las demás
virtudes junto con la fe, pero aquí todas llevan el
nombre de la fe. Cada soldado del ejército lucha en
la batalla, pero el honor de la victoria es para el
general o el capitán.
La fe es el capitán de los dones. Todos los actos
notables de los creyentes se citan como logros
obtenidos bajo su gobierno. Así dice Cristo del
centurión: “De cierto os digo, que ni aun en Israel
he hallado tanta fe” (Mt. 8:10). Además de la fe, en
el centurión había otras virtudes eminentes, tales
como el aprecio por su siervo, al que cuidaba con
tanto esmero como si fuera su hijo.
La humildad del centurión se manifestó primero
en la actitud abnegada que expresó: “Señor, no soy
digno de que entres bajo mi techo” (v. 8). Cuando
consideramos la prominencia militar de aquel
hombre como comandante, su humildad destaca
aún más. El poder pocas veces es compañero de la
humildad. Ciertamente el centurión era un hombre
de carácter poco común que se humilló al
acercarse a Cristo; pero la fe destaca por encima
de la humildad como su mayor virtud. Cristo no
dijo: “No he hallado tanta humildad”, sino “tanta fe”
Como si dijera: “Conozco la medida exacta de fe de
todo creyente en Israel; pero no he hallado tal
cantidad de ese tesoro celestial en otro aparte del
centurión’.
Los tesoros más valiosos del cristiano los
sustenta la fe: “¿No ha elegido Dios a los pobres
de este mundo, para que sean ricos en fe?” (Stg.
2:5). ¿Por qué dice Dios “ricos en fe” en lugar de en
paciencia, amor u otro don? Cuando un pecador
reclama el perdón del pecado, el favor de Dios y el
Cielo mismo, no es el amor ni la paciencia, sino
solo la fe la que paga el precio de todos esos
beneficios. No es: “Señor, perdóname y sálvame, y
toma a cambio mi amor y paciencia”; sino: “He
aquí Cristo y el precio de su sangre, que la fe
presenta para pagarlo todo”. Entonces, esta idea
nos lleva a una tercera razón acerca de la
preeminencia de la fe.
3. La importancia de nuestra justificación
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con
Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.
5:1). No nos justifica el amor, ni el
arrepentimiento, ni la paciencia ni ninguna otra
virtud que la fe. “Justificados por el
arrepentimiento”, “justificados por la paciencia”,
¡qué mal le suena esto al cristiano! En su lugar,
vemos que nos apropiamos de la justificación por
la fe, excluyendo a las demás virtudes de este acto,
aunque se incluyan y den por descontadas las
mismas en la persona justificada.
La tarea de Pablo era probar que la fe justifica
sin obras. Pero la fe que justifica no es estática ni
muerta, sino una fe viva que obra, según se
observa en el capítulo 2 de la Epístola de Santiago.
De la misma manera que Dios destacó a Cristo de
los demás para ser el único mediador entre sí
mismo y el hombre, y su justicia como la causa
digna de nuestra justificación, ha destacado la fe
de entre las demás virtudes como instrumento para
que nos apropiemos esta justicia de Cristo. A dicha
justicia se la llama “la justicia de Dios” en oposición
a “nuestra propia justicia”, aunque Dios la obre
en nosotros (cf. Ro. 10:3). Cristo la consigue para
nosotros.
También se la llama “la justicia de la fe” (Ro.
4:11,13). ¿Por qué la llama Dios así, y no la justicia
del amor o del arrepentimiento? Ciertamente, la fe
misma no es nuestra justicia; si fuera así, seríamos
justificados por obras y por fe. Seríamos justificados
por justicia propia; porque la fe sería una virtud
inherente en nosotros, y tan obra nuestra como
otra virtud cualquiera. Pero esto es contrario a la
doctrina del apóstol, en la que contrasta
claramente la fe y las obras. La Escritura expone
“la justicia de la fe” por esta sola razón: la fe es la
única virtud que debe echar mano de Cristo,
asegurándose así su justicia para nuestra
justificación.
Cristo y la fe son parientes inseparables. Cristo
es el tesoro, y la fe la mano que lo recibe. La
justicia de Cristo es el manto, y la fe la mano que
lo viste. Es por su sangre, no por nuestra fe, que él
paga nuestra deuda. Nuestra parte es recibir a
Cristo por la fe para que se haga nuestro. La
justicia de Cristo es el manto que cubre nuestra
desnudez y nos hace hermosos ante Dios; la fe
tiene el honor de colocarnos el manto.
Dios bendijo a Moisés por encima de los otros
israelitas al llamarlo al monte para recibir la ley de
su boca, mientras los demás tuvieron que esperar a
que él se la llevara. De igual manera, Dios honra la
fe como virtud por la cual comunica el glorioso
privilegio de la justificación. ¿Pero por qué opta por
la fe en lugar de por otra virtud para completar
este acto de justificación? Hay por lo menos dos
razones...
Primera, ninguna virtud aparte de la fe es tan
apta para este fin. ¿Por qué ha designado Dios el
ojo para ver en lugar del oído? ¿Por qué la mano en
lugar del pie para asir los objetos? Esto es fácil de
responder: porque estos miembros son
particularmente aptos para sus funciones. La fe
tiene una aptitud peculiar para esta obra. Somos
justificados, no al darle algo a Dios, sino
recibiendo de él lo que Cristo ya hizo por
nosotros. La fe es la única virtud que recibe y, por
tanto, la única apta para la justificación.
Segunda, no hay virtud a la cual Dios pudiera
confiar su honor con tanta seguridad como a la fe
en la justificación. El gran designio de Dios al
justificar a un pecador desamparado es magnificar
su generosa misericordia ante esa criatura.
Ya que Dios está decidido a que su misericordia
reciba toda la honra, protege al ser humano de
cualquier pretensión de colaboración con él en
cuanto a la justificación. No hay nada como la
justificación por la fe para asegurar y salvaguardar
la gloria de la libre gracia de Dios. Cuando el
apóstol habla de la libre justificación de un pecador
ante Dios, demuestra cómo esta corta de raíz todo
pensamiento de autoexaltación: “¿Dónde, pues,
está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley?
¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe”
(Ro. 3:27).
A lo largo de la historia los reyes han
guardado celosamente su propia reputación y la de
sus reinas en cuanto a la pureza sexual. Han sido
tan cautos en este aspecto que han evitado las
posibles acusaciones empleando eunucos para
atender a sus esposas. Por la misma naturaleza de
la discapacidad del eunuco, se excluye toda
sospecha. Dios es aún más celoso de la gloria de
su gracia, para que esta no sea violada por el
orgullo y la autoglorificación; y a fin de defenderla
de tales abusos, ha elegido la fe, esta “virtud
emasculada”, para estar cerca de él y trabajar
en la salvaguardia de la gloria de su gracia.
La fe tiene dos manos: con una arranca su
propia justicia y la echa lejos, como David apartó
la armadura de Saúl, y con la otra se reviste de la
justicia de Cristo para tapar las vergüenzas de su
alma. Un erudito bíblico dice:
Esto hace imposible concebir que la fe y las obras
se unan en la justificación. La fe atribuye todo a la
libre gracia de Dios, pero las obras llaman la
atención sobre sí mismas. La fe no aspira más que
a ser instrumento del perdón gratuito; las obras no
pueden rebajarse, sino que insisten en que se las
considere como la fuente de la justificación.
4. La influencia de la fe en las demás virtudes
El sol es glorioso porque da luz y calor a toda la
tierra. La fe es la virtud que Dios utiliza para
bien del mundo espiritual, en la “nueva criatura”,
como el sol para el mundo físico (Gá. 6:15). Igual
que nada se oculta del calor del sol, ninguna
virtud queda fuera del ámbito de la influencia de la
fe.
Cómo influye la fe en las demás virtudes
1. La fe da trabajo a las demás virtudes
La fe es como un rico mercader de lana que
proporciona material a los tejedores. Cuando el
mercader no tiene suministros, los hiladores ya
no pueden trabajar. Así la fe entrega a cada
virtud lo que necesita para obrar.
Repasemos algunas virtudes como ejemplos de
las demás. El arrepentimiento es una dulce virtud,
pero la fe debe hacerla trabajar. El
arrepentimiento de Nínive se considera fundado
en la fe: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios,
y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio” (Jon.
3:5). Su arrepentimiento puede que no fuera más
que legalismo, pero valía tanto como su fe. Si su fe
hubiera sido mejor, su arrepentimiento también
habría sido de mayor calidad.
Igual que la luz hace que enfoquemos la vista
sobre un objeto, la fe revela el pecado en la
conciencia. Los pensamientos pronto surgen como
nubes y forman una tormenta hasta llenar el alma
de negro terror y temblor por el pecado. Pero en
ese momento la persona está perdida y no puede
adentrarse más en el arrepentimiento hasta que la
fe envíe mayor apoyo desde la promesa del
perdón. Cuando el pecador oye y cree la promesa,
el arrepentimiento puede continuar. Finalmente, la
nube de terror que el temor de la ira había formado
en la conciencia se desvanece en una suave lluvia.
El amor es otra virtud celestial, pero la fe consigue
el com
bustible que lo hace arder. ¿Ardía siempre tu alma
de amor por Dios como lo hace ahora? Sin duda
hubo un momento en que tu alma estaba fría. No
se encontraba en ella ni chispa de este fuego.
¿Cómo es que amas tanto a Dios ahora?
¡Seguramente has recibido buenas noticias del
Cielo!
La fe es el único mensajero que puede traer
buenas noticias del Cielo al corazón. Ella anuncia
la promesa, abre los tesoros de Cristo, y derrama
su nombre para aumentar el amor en los creyentes.
Cuando la fe nos muestra el carácter de Cristo en la
Palabra, y nos presenta a este en toda su
hermosura, nos sentimos dulcemente atraídos por
él: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es
precioso” (1 P. 2:7).
No podemos dar de veras nuestro amor al
Salvador hasta verlo como él es. Si estuviéramos
junto a nuestro mejor amigo en un cuarto oscuro,
no le prestaríamos más atención que a cualquier
desconocido. Pero si alguien nos susurrara que se
trata de aquel que puso su vida para salvar la
nuestra, haciéndonos luego herederos de todos sus
bienes, ¿no le mostraríamos respeto? ¡Nuestro
corazón latiría enseguida con el anhelo de
demostrarle un gran afecto!
Mientras los ojos de la fe están cerrados o
dormidos, el cristiano puede estar muy cerca de
Cristo, al calor de su divino cuidado, sin
experimentar efecto alguno. Pero cuando la fe lo ve
y revela la dulzura de su amor redentor, el creyente
no puede menos que responder con amor personal.
2. La fe ayuda a las demás virtudes a recibir fuerza de
Cristo
La fe no es solamente el instrumento para recibir la
justicia de Cristo para nuestra justificación, sino
también el gran instrumento para obtener su
gracia para la santificación: “Porque de su plenitud
tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:16).
Hay que recibir esta plenitud por la fe. La fe que
une el alma con Cristo es como un conducto en la
boca de una fuente, que lleva el agua a varias
casas para su distribución a todos los vecinos. Jesús
dijo acerca del creyente: “De su interior correrán
ríos de agua viva” (Jn. 7:38).
El Salvador ofreció a sus discípulos una lección
muy dura cuando les enseñó a avivar el amor para
perdonar al hermano “siete veces en un día” (Lc.
17:4, NVI). Ya que sus seguidores se dieron
cuenta enseguida de que les sería casi imposible
obedecer esta enseñanza, le pidieron al Señor que
les aumentara la fe. ¿Por qué no dijeron: “Aumenta
nuestro amor”? Si tuvieran más fe en Cristo,
también podrían amar más al hermano. Mientras
más creyeran en Jesús por el perdón de sus propios
pecados (setenta veces en un día) más fácilmente
serían capaces de perdonar a su hermano que
pecara contra ellos siete veces en un día.
Obsérvese cómo respondió Cristo a la oración de
sus discípulos que pedían más fe: “Si tuviereis fe
como un grano de mostaza, diréis a este monte:
Pásate de aquí allá, y se pasará” (Mt. 17:20). Es
como si dijera: “Habéis encontrado la clave de un
espíritu perdonador: es la fe lo que os ayudará a
vencer la dureza de vuestros corazones. Aunque
esta se halle tan arraigada como ese monte en la
tierra, vuestra fe la podrá mover”.
3. La fe defiende al cristiano en el ejercicio de todas las
virtudes
“Tú por la fe estás en pie” (Ro. 11:20). Un
soldado aguanta bajo la protección de su escudo y
cumple aun cuando el enemigo dispare para
ahuyentarlo. Si la fe le fallara, toda virtud le
abandonaría. La paciencia de Job resultó herida
cuando su mano se cansó de sostener el escudo de
la fe como defensa.
Ninguna virtud está a salvo si se sale de la
protección que le brindan las alas de la fe. En el
momento que el celo de Pedro sobrepasó su fe,
Cristo evitó que cayera de toda virtud diciéndole:
“Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lc.
22:32). La fe de Pedro fue la reserva que el
Salvador guardó bien para que se pudieran
recuperar las otras virtudes del apóstol cuando el
enemigo lo derribara, y para librarle, magullado y
quebrantado, de aquel choque violento.
Cristo no pudo hacer muchos milagros por sus
propios paisanos “a causa de la incredulidad de
ellos” (Mt. 13:58). Por otra parte, Satanás no
puede lesionar gravemente al creyente si la fe está
en su sitio. Es verdad que el diablo busca
hábilmente combatir la fe por encima de todo, por
ser esta la virtud que le impide conquistar las
demás. Aunque un santo sea humilde, paciente y
devoto, Satanás puede fácilmente abrir una
brecha en estas virtudes y entrar, si la fe no cubre
por completo cada pieza de la armadura. El
propósito de Dios es siempre nuestra mejor
defensa: él hace que la fe sea la virtud que pone
en fuga a Satanás.
4. Solo la fe gana aceptación ante Dios para todas las
virtudes y sus obras
Ni siquiera el cristiano obediente que trabaja
duramente todo el día espera llevar sus logros a
casa por la noche y hallar la aceptación de Dios
por sus esfuerzos humanos. Solo por la fe los
puede presentar mediante Cristo a Dios. Nosotros
ofrecemos “sacrificios espirituales aceptables a
Dios por medio de Jesucristo” (1P. 2:5); esto es, por
la fe en Cristo. La fe puede prevalecer de tal
manera con Dios que él acepte aun los pedazos
rotos del menor esfuerzo humano de mano de ella;
pero no aceptará nada que no venga de la mano de
la fe.
5. La fe proporciona ayuda cuando fallan las demás
virtudes
Hay dos maneras como las virtudes del cristiano
pueden fallar: en su actividad y en su
demostración.
A veces las diversas virtudes funcionan con tal
fuerza vencedora que el cristiano rompe las
cadenas de la tentación como Sansón partió las
cuerdas de lino; otras veces, el santo sigue preso
porque no puede ni empezar a sacudírselas. La fe
fortalece al cristiano especialmente en la debilidad.
Igual que José atrajo a sí mismo a sus hermanos y
los alimentó de sus almacenes durante el hambre,
la fe sustenta al cristiano cuando su suministro de
virtud parece agotarse.
En la necesidad, el cristiano puede reclamar la
plenitud de la gracia de Cristo como algo suyo. Su
fe pregunta: “¿Por qué te abates por la debilidad de
tu virtud? Toda plenitud está en Cristo, y hay
bastante en él para suplir tu vacío”. Igual que las
nubes no llevan lluvia para su propio bien sino
para el beneficio de la tierra, Cristo nos ofrece a
nosotros la plenitud de su gracia: “Mas por él estáis
vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho
por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención” (1 Co. 1:30).
La fe también apoya al cristiano aplicando a su
caso las promesas para la perseverancia en la
gracia. Aunque un enfermo esté débil y
desamparado, se consuela cuando el médico le
dice que no morirá. La debilidad de la virtud es
triste, pero más lo es el temor a apartarse del
camino. La fe, y solo la fe, es el mensajero que trae
al alma la buena noticia de que puede perseverar.
En esta cuestión de la perseverancia, el sentido
común y la razón se ven superados. Les parece
imposible que semejante caña cascada soporte los
vientos contrarios del Infierno. Ya que esta parece
tan rebasada por el poder y la política de Satanás,
creen que lo razonable es concederle la victoria al
lado más fuerte. Pero cuando la fe ve síntomas de
muerte en las virtudes del creyente, halla vida en
la promesa y consuela al alma. Nuestro Dios es fiel
y no dejará que su favor se corrompa; él se
encarga de proteger la vida eterna de sus santos.
Cuando el creyente consulta a su fe y le
pregunta si su débil virtud fallará o aguantará, la
respuesta de la fe es: “Tu débil virtud muy bien
podría morir y apartarse, pero el Señor me ha
mostrado que vivirá y perseverará”. Por su
propia debilidad y la mutabilidad de la naturaleza
humana, la virtud del cristiano podría ciertamente
morir, pero Dios le ha mostrado a la fe en la
promesa que se recuperará hasta de la peor
enfermedad.
Cuando hemos de admitir que nuestra virtud dista
mucho de ser suficiente, Dios envía su Palabra para
alentarnos. Escucha las últimas palabras de David
en cuanto a su casa:
No es así mi casa para con Dios; sin embargo, él ha
hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas
las cosas, y será guardado, aunque todavía no
haga él florecer toda mi salvación y mi deseo (2 S.
23:5).
Vio el pacto eterno que Dios había hecho con él
como equivalente a toda su salvación, aunque no
viera la solución de su problema en ese momento.
Este “pacto perpetuo” preserva nuestra débil
virtud de la corrupción. El Salmista pregunta: “¿Por
qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas
dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de
alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal. 43:5). La
salud del semblante de David no estribaba en su
punto de vista humano ni en su situación en la
vida, sino en su Dios; esta seguridad hace que la fe
acalle los temores.
La segunda manera como las virtudes del
cristiano pueden fallar es en su demostración. A
veces las virtudes desaparecen como estrellas en
una noche nublada. Cuando el cristiano se ve
tentado dice: “No sé si amo a Dios sinceramente o
no; no puedo decir que tenga una verdadera
tristeza por el pecado. No sé qué pensar, pero a
veces estoy dispuesto a pensar lo peor”. Aun en
esta clase de tinieblas, la fe asegura la nave del
alma y pone dos anclas inconmovibles para
rescatar al creyente de las voraces arenas
movedizas de la desesperación.
a) La fe encuentra rica misericordia en Cristo e invita al
pecador a contemplarla cuando pierda de vista su propia virtud
Dios está lleno de gracia y misericordia; si has
perdido la evidencia de tu virtud, él está dispuesto
a restaurarla. Pero David pidió algo más que una
restauración: oró para que Dios creara... “Crea en
mí, oh Dios —solicita—, un corazón limpio, y
renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal.
51:10). La fe dice: “Si fuera verdad lo que temes
—que, para empezar, tu virtud nunca fue real—,
hay misericordia suficiente en el corazón de Dios
para perdonar aun tu hipocresía, si acudes a él
arrepentido”.
Entonces, la fe persuade al alma para que, en un
acto atrevido, se apoye en Dios por medio de
Cristo. No se encuentra por encima de la
misericordia de Dios el perdonar muchas
injusticias, falsedades y una gran infidelidad
cuando un pecador humildemente confiesa su
pecado. El mundo está lleno de padres que hacen
lo mismo por sus hijos. ¿Es difícil para Dios lo que
resulta fácil para los humanos? La fe reivindica el
nombre de Dios. Mientras no perdamos de vista el
corazón misericordioso de Dios, mantendremos la
cabeza fuera del agua, aunque no veamos
evidencia alguna de nuestra propia virtud.
b) Cuando el cristiano no ve evidencia alguna de virtud
en sí mismo, la fe la descubre en la promesa de la Palabra
El que no tiene pan en casa, se tranquiliza al
saber que lo hay en el mercado. Un cristiano
puede lamentar su dureza de corazón por no sentir
una pena genuina por su pecado. Razona en su
interior que si pudiera experimentar el quebranto,
podría correr a Cristo y consolarse con su promesa:
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos
recibirán consolación” (Mt. 5:4).
La fe interviene, insistiendo: “No solo hay
promesas para los que lloran y los quebrantados,
sino también para los que necesitan el quebranto y
el espíritu de arrepentimiento”. Dios revela de qué
manera atrae al pecador:
Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu
nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el
corazón de piedra y os daré un corazón de carne.
Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que
andéis en mis estatutos (Ez. 36:26-7).
Así la fe saca al cristiano de sus atribulados
pensamientos, donde se esconde sin esperanza, y
vuelve su queja en oración ferviente por la gracia
que tanto necesita. “Hay pan en la promesa
—dice la fe—. No te quedes aquí sentado,
desalentado, sino ponte de rodillas y con valor
humilde, pide la virtud que necesitas”. El cristiano
tendrá nueva evidencia de su virtud al recordar y
creer la promesa de Dios antes que cediendo a los
pensamientos de incredulidad. Satanás se deleita
al ver cómo la fuerza y el tiempo del cristiano se
malgastan en amargura, sin que este se dé
cuenta de que tiene a mano lo necesario. Pero Dios
quiere que el creyente busque ayuda y la convierta
en acción libremente.
6. La fe conforta al creyente cuando abundan las
demás virtudes
De todas las virtudes, la fe es el copero del
cristiano. El santo toma el vino del gozo de mano
de la fe, y no de ninguna otra virtud: “Y el Dios de
esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer,
para que abundéis en esperanza por el poder del
Espíritu Santo” (Ro. 15:13).
El apóstol Pablo da preeminencia a la fe,
atribuyendo el gozo del cristiano a su fe en lugar de
a su amor; y lo mismo hace Pedro: “A quien amáis
sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora
no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y
glorioso” (1 P. 1:8). Observa la palabra clave en
este versículo: “En quien creyendo [...] os alegráis”.
Esta es la puerta por donde entra el gozo del
creyente: “Porque nosotros somos la circuncisión,
los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos
en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne”
(Fil. 3:3).
La sangre de Cristo es el único vino que alegra el
corazón de Dios y satisface su justicia a la vez. Por
tanto, es lo único que puede alegrar
verdaderamente el corazón del hombre. Cuando
Cristo promete el Consolador, habla con sus
discípulos de la vasija que utilizará para sacar el
vino del gozo: “Tomará de lo mío, y os lo hará
saber” (Jn. 16:15). Ninguna uva de nuestra
vendimia se exprime en esta dulce copa. Es como
si Cristo dijera: “Cuando él venga para consolarte
con el perdón de tus pecados, tomará de lo mío, no
de lo tuyo. He comprado tu paz para con Dios con
mi sangre, no con tus lágrimas de arrepentimiento
ni con tu pena por los pecados”.
El gozo del cristiano fluye únicamente de Cristo,
no de alguna fuente humana. Pero la fe descubre
riquezas insondables en Cristo, y revela al creyente
todo lo que ve y conoce de él. Y es la fe la que abre
nuestros corazones a las promesas, y luego
derrama en ellos las dulces realidades de la Palabra
de Dios (cf. Ro. 10:17).
La fe no solamente enseña al alma las maravillas
de Jesucristo y los deleites de las promesas divinas,
sino que también hace que Cristo sea real para el
alma de formas prácticas: aparta dulces raciones
de viandas vivificantes de la Palabra de Dios, las
pone en la boca del alma, y tritura bien las
promesas para que el creyente reciba fuerza y
estabilidad (Jn. 6:63). Por la fe el cristiano disfruta
de este alimento agradable al gustar cada plato de
la mesa que el Padre le pone delante.
La preeminencia de la incredulidad sobre los demás
pecados
La incredulidad merece tan alto puesto entre los
pecados como la fe entre las virtudes. La
incredulidad es el Belcebú, el príncipe de los
pecados, que hace pecado a los demás. Dios marcó
a Jeroboam como quien “pecó, y ha hecho pecar a
Israel” (1 R. 14:16). La incredulidad es un pecado
que fomenta el pecado.
El primer hálito venenoso que Eva recibió del
tentador le llegó con estas palabras: “¿Conque
Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del
huerto?” (Gn. 3:1). Es como si dijera: “Piénsalo
bien: ¿Crees realmente que Dios te privaría del
mejor fruto de todo el huerto?”. Esta fue la
puerta del traidor por donde los demás pecados se
precipitaron adentro del corazón de Eva; y aún hoy
Satanás mantiene esa puerta abierta de par en
par.
El diablo pone una cortina de incredulidad entre
el pecador y Dios para que aquel no tema el aviso
y la disciplina del Padre, los cuales intentan tocar
su corazón. Una vez alzada la barricada entre él y
esas balas de misericordia, el pecador puede ser
osado con sus concupiscencias. La incredulidad no
solamente desvía las balas airadas que salen de
la boca ardiente de la ley, sino que también
retarda la función de la gracia que proviene del
evangelio. Toda oferta de amor divino al corazón
incrédulo cae como chispas al río; se apagan en
cuanto lo tocan. “No les aprovechó el oír la
palabra, por no ir acompañada de fe en los que la
oyeron” (He. 4:2). El secreto de la fortaleza del
pecado en la persona es la incredulidad. No hay
forma de controlar a un pecador mientras la
incredulidad lo tenga en su poder. Este pecado
echará abajo todo razonamiento tan fácilmente
como Sansón derribó las puertas de la ciudad de
Gaza y sus pilares, con su cerrojo y todo (Jue. 16:3).
Es el último pecado que se rinde en el campo de
batalla, del que menos conciencia tiene el pecador
y, normalmente, el último en ser vencido por el
creyente. Constituye una de las principales
fortalezas a las cuales se retira el diablo cuando los
demás pecados han sido derrotados.
¡Con cuánta frecuencia el pobre pecador
confiesa otros pecados en su vida, pero no acepta
la misericordia de Cristo! Le rogamos que crea en
Cristo y se salve, según la doctrina predicada por
Pablo y Silas al pobre carcelero temeroso (cf. Hch.
16:31). Pero es difícil persuadirle a que lo haga
cuando el diablo ya ha conquistado esta ciudad con
puertas y cerrojos, y monta guardia en ella. Para
mantener a los pecadores cautivos, Satanás utiliza
el pecado que superficialmente parece más
plausible: el temor de pecar con fe presuntuosa. El
diablo pretende emplear este pecado para
calumniar a Dios y desplegar de golpe toda su
enfermiza malicia contra él.
Es por la fe como todos los creyentes han
alcanzado “buen testimonio” (He. 11:39). Por la fe
de los creyentes, Dios mantiene el buen testimonio
ante el mundo. Pero por la incredulidad, el diablo
hace lo peor que puede para levantar calumnias
contra Dios. En resumen: el Infierno abre la boca
bien grande para engullir el pecado de la
incredulidad.
Hay dos pecados que reclaman la preeminencia
en el Infierno: la hipocresía y la incredulidad. Por
tanto, se amonesta a los pecadores a que no
tengan “su parte con los hipócritas” (Mt. 24:51) ni
“con los incrédulos” (Lc. 12:46, LBLA). Parece que
las mansiones infernales se reservan
principalmente para los pecados de la hipocresía y
la incredulidad, y que los demás son presos de
rango inferior. De estos dos, el mayor es la
incredulidad, porque es el pecado que condena: "El
que no cree, ya ha sido condenado” (Jn. 3:18). El
incrédulo lleva su propia orden de arresto a la
cárcel; en cierto sentido ya está preso, porque ha
sido marcado como reo. El apóstol dijo que los
judíos habían sido encerrados “en incredulidad”
(Ro. 11:32, RV 1909), y seguramente no hay cárcel
más cerrada que esa para los presos del diablo.
Por otra parte, la fe encierra al alma en la
promesa de vida y felicidad como Dios encerró a
Noé en el arca: “Y Jehová le cerró la puerta” (Gn.
7:16). Así la fe encierra al alma en Cristo y en el
arca de su pacto, a salvo de todo temor de peligro
de Cielo o Infierno. Por el contrario, la incredulidad
encierra el alma en la culpa y la ira. Una vez
esclavo de la incredulidad, no es posible que el
incrédulo escape de la condenación, como tampoco
alguien encerrado en un alto horno se puede librar
de morir abrasado. No hay ayuda para el pecador
mientras la incredulidad mantenga cerrado con
llave su corazón.
Igual que nuestra salvación se atribuye a la fe y
no a otras virtudes, aunque no falte ninguna de
ellas en la persona salvada, la condenación del
pecador se achaca a la incredulidad, si bien se
hallan otros pecados en el condenado. El Espíritu
de Dios pasa por alto la hipocresía, la
murmuración y la rebelión de los judíos,
atribuyendo su destrucción a este pecado de
incredulidad. Supongamos que un juez ofrece la
vida a un condenado con la condición de que este
lea un salmo de misericordia. Si el reo se niega a
ello, será ahorcado por su rechazo. La promesa
del evangelio es ese salmo de misericordia, que
Dios les ofrece en su Elijo a los pecadores
condenados bajo la ley. Creer es leer este Salmo
de misericordia. Si te niegas a creer y eres
condenado, vas al Infierno por tu incredulidad, no
por otro pecado. Se te ofrece la libertad si
recibes a Cristo y crees en él. ¡Que esto nos haga
a todos levantarnos contra este pecado como los
filisteos contra Sansón, a quien llamaron el
“destruidor de nuestra tierra”! (Jue. 16:24). La
incredulidad es el destruidor de las almas, y lo que
es peor, las destruye con mano más sanguinaria
que los otros pecados.
Hallamos dos acusaciones principales que
condenarán a los
pecadores en el gran Día del Juicio. Los que caen
bajo la sentencia condenatoria de Cristo son “los
que no conocieron a Dios, ni obedecen al
evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8).
La incredulidad ignorante de los paganos ante el
evangelio no será utilizada en contra suya, ya que
nunca se les predicó. Serán enviados al Infierno por
no conocer a Dios, escapando así con menor
castigo que los judíos y gentiles que sí han oído el
evangelio.
El cargo solemne contra estos será el de no
haber obedecido al evangelio de Jesucristo. Debe
haber un tormento más severo en el Infierno para
los que rechazan el evangelio que para aquellos a
quienes nunca se ofreció la gracia. Estos incrédulos
rechazan la mayor medida de gracia de Dios y, por
tanto, deben esperar mayor medida de su ira. Ya
que su incredulidad avergüenza a Cristo y su gracia
divina, es justo que Dios los envíe con su
incredulidad a la mayor vergüenza delante de
hombres y de ángeles.
Por qué debemos ser sensatos cuando se pone a prueba
nuestra fe
Algunas cosas son de tan poco valor que no valen
las molestias que tomamos para conseguirlas.
Pero otras cosas valen tanto que solo un necio
se arriesgaría a perderlas. Supongamos que un
enfermo terminal solo puede salvar la vida
tomando una medicina muy escasa. ¿Cuánto se
esforzaría en obtenerla? ¿Prefieres suplir tu
necesidad con las drogas mortíferas del diablo,
cuando Dios mismo te ofrece una rica medicina que
te sanará del todo? El apóstol llama a este don
vivificante “la fe de los escogidos de Dios” (Tit.
1:1).
Cuando uno compra ropa, busca la mejor
calidad. En el mercado espera conseguir la mejor
carne; del abogado, el mejor consejo; del médico,
el mejor cuidado para la salud. ¿Buscas lo mejor
para todo menos para tu alma? Si alguien acepta
dinero falso, ¿a quién estafa, sino a sí mismo? Si te
dejas engañar por una fe falsa, tú pierdes.
Cuando llegues al lugar del Juicio, Dios exigirá
que pagues la deuda que le debes o te enviará a la
dolorosa prisión del Infierno. Si tienes una fe falsa
en el corazón, no aceptará tu pago, aunque digas
creer en Cristo mismo. Te entregará al tormento no
solo por no creer, sino por falsificar la moneda del
Rey Celestial acuñando su nombre en tu falsa
divisa. La idea misma del Juicio debe bastar para
alentar en todos la seria determinación de obtener
una fe real. Hay tres importantes razones por las
que el cristiano debe ser sensato en la prueba de
su fe.
1. Según sea tu fe, así serán tus demás virtudes
Como es un matrimonio, así serán los hijos, ya
sean legítimos o ilegítimos. De la misma manera,
según sea nuestro matrimonio con Cristo, así serán
nuestras virtudes. Estamos unidos a Cristo por la
fe: “Os he desposado con un solo esposo”, dijo
Pablo a los corintios (2 Co. 11:2). Por la fe el alma
acepta a Cristo por Esposo. Si nuestra fe es falsa,
entonces también lo es nuestro matrimonio con
Cristo; y si el matrimonio es ilícito, todas nuestras
presuntas virtudes también lo son.
Por muy hermoso que sea el rostro de un
bastardo, ilegítimo es. Nuestra humildad, paciencia
y dominio propio son todos ilegítimos. Igual que “no
entrará bastardo en la congregación de Jehová”
(Dt. 23:2), ninguna virtud bastarda llegará a formar
parte de la congregación de los redimidos en el
Cielo. Alguien que tenga hijos propios no pondrá al
bastardo de otro por heredero. Dios tiene hijos
propios para heredar la gloria celestial. Por su
Espíritu ha engendrado virtudes celestiales en los
corazones de ellos, que se asemejan a su
naturaleza santa. Ciertamente él nunca dará su
gloria a extraños: creyentes falsos que son
rapazuelos del diablo.
2. La excelencia de la verdadera fe hace más repulsiva
la fe falsa
Ya que el hijo de un rey tiene una posición única, es
un delito grave que uno de la plebe se haga pasar
por él. Es por fe como podemos “ser hechos hijos
de Dios” (Jn. 1:12). Entonces, aquel que finge ser
hijo de Dios sin tener sangre celestial en sus venas
blasfema. Tal persona es de la estirpe de Satanás y
debe esperar reunirse con los suyos en el Infierno.
Ya que un falso amigo es peor que un enemigo
declarado, Dios aborrece al Judas hipócrita más que
al sanguinario Pilato.
El mono tiene cara de humano, pero no su
alma, y por ende nos parece el más ridículo de los
animales. De todos los pecadores, ninguno será
más avergonzado en el último día que quien haya
imitado a los creyentes en su profesión pero sin
hacer ningún acto de fe. En cuanto a los soberbios
que aparentan piedad, el Salmista nos dice que
Dios menospreciará su apariencia (cf. Sal. 73:20).
Pero hay otra clase de persona cuya apariencia
Dios aborrece aún más que estos, y es el creyente
temporal que tiene una fe imaginaria, la cual alza
como un ídolo en su propia imaginación. En su
momento ese ídolo complaciente será
quebrantado, y sus adoradores hundidos en el
Infierno.
3. La fe falsa y halagadora estorba la obra de la fe
verdadera
“¿Has visto hombre sabio en su propia opinión?
Más esperanza hay del necio que de él” (Pr. 26:12).
De todos los necios, el arrogante es el peor, ya que
la soberbia le hace incapaz de recibir consejo. El
espíritu de Nabucodonosor “se endureció en su
orgullo” (Dn. 5:20). Un soberbio se encastilla en la
opinión que tiene de sí mismo y allí se encierra
para defenderse contra todo razonamiento. Da
gracias a Dios porque no tiene que buscar la fe, y
se recrea con la falsa esperanza de hallarse en
estado de gracia. Dios sabe que este hombre “de
ceniza se alimenta; su corazón engañado le desvía,
para que no libre su alma” (Is. 44:20).
No es difícil que el pecador ignorante admita que
no merece más que el Infierno, pero aquel que
finge tener fe, vive una mentira. Satanás se deleita
en estorbar su búsqueda de realización, haciéndolo
errar el camino con una fe falsa. Los israelitas
anhelaban el verdadero culto a Dios en Jerusalén,
pero Jeroboam les impidió que fueran allá
estableciendo algo parecido al culto religioso en su
territorio. Lo sustituyó por becerros de oro, y
contentó a muchos israelitas hasta tal punto que
nunca dieron el primer paso para ir a Jerusalén.
Cuidado que Satanás no os engañe con una falsa
fe. Sé que todos preferimos tener por nuestro el
niño vivo y no el muerto, como ocurrió en el juicio
de Salomón. Todos queremos fe verdadera. Pero no
seáis vuestros propios jueces; apelad al Espíritu de
Dios y que él decida la controversia utilizando la
espada de su Palabra. Dices que tienes fe, ¿pero de
qué clase? ¿verdadera o falsa?
Cómo juzgar la verdad de la fe
A estas alturas querrás saber cómo es tu fe y de
qué manera juzgar su autenticidad. Hay dos
direcciones que puedes seguir en tu búsqueda:
una, preguntándote cómo genera el Espíritu la fe
en el alma; y la otra, indagando cuáles las
características de dicha fe.
1. Cómo genera el Espíritu la fe en el alma
La fe es la mayor obra que el Espíritu de Cristo
hace en el espíritu humano. El apóstol la llama “la
supereminente grandeza de su poder para con
nosotros los que creemos” (Ef. 1:19). Observa las
expresiones que se utilizan para describir esta obra
del Espíritu: “poder”, “grandeza de poder”,
“supereminente grandeza” y “la supereminente
grandeza de su poder”. ¿Qué ángel del Cielo
puede comprender la fuerza del poder de la fe en el
espíritu humano?
Dios emplea todo su ser en esta obra. Se
compara la misma con “la operación del poder de
su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de
los muertos y sentándole a su diestra en los lugares
celestiales, sobre todo principado y autoridad y
poder” (Ef. 1:19-21). Resucitar a un muerto es
una obra poderosa; pero levantar a Cristo de la
muerte implica más autoridad que resucitar a
ningún otro. La lápida que lo mantenía abajo era
más pesada: la carga del pecado del mundo que
llevaba sobre sí. Pero a pesar de esto, el Espíritu lo
resucitó con poder, no solo sacándolo del sepulcro
sino elevándolo a la Gloria. El poder que Dios
dispensa al obrar la fe en el alma es como la
resurrección de Cristo, porque el alma del pecador
está tan muerta en pecado como el cuerpo de
Cristo en la tumba a causa del mismo.
Muchos que buscan la verdadera fe descubren que
no la tie
nen. Han dado por sentado que recibir a Cristo en
su alma es tan fácil como meterse un trozo de pan
en la boca. Como nunca han experimentado el
poder de Dios humillándolos por su pecado
personal, nunca le han entregado sus vidas vacías
a él. No han sido efectivamente atraídos a Cristo
por el Espíritu Santo. Si se les cuestiona acerca de
la experiencia del arrepentimiento y la fe
salvadora, tendrán que dar la misma respuesta que
oyó Pablo al preguntar a los efesios si habían
recibido el Espíritu Santo: “Ni siquiera hemos oído
si hay Espíritu Santo” (Hch. 19:2). De igual manera,
estas personas podrían decir: “Ni siquiera sabíamos
que hacía falta tal poder para que obrara la fe”.
Para entender cómo Dios genera la fe en el
alma, hay que considerar dos aspectos particulares
de la obra del Espíritu Santo: la condición del alma
cuando el Espíritu de Cristo empieza su obra de
gracia, y la manera como él termina esta obra.
a) La condición del alma cuando el Espíritu empieza su
obra de gracia
El Espíritu halla al pecador tan espiritualmente
desamparado que no quiere ni puede contribuir
nada a esa obra. Igual que “el príncipe de este
mundo” no encontró ninguna cosa en Cristo que
favoreciera su propósito al tentarle, el Espíritu de
Cristo tampoco halla cooperación alguna por parte
del pecador. Al contrario, la respuesta frecuente a
la suave llamada de Dios es: “A lo suyo vino, y los
suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). Ningún baluarte
militar ha peleado contra baterías enemigas con
más fiereza que el corazón carnal se resiste a los
esfuerzos de Dios por someterlo a la obediencia. Ya
que aun las operaciones más nobles del alma son
“terrenales, animales, diabólicas” (Stg. 3:15), si el
Cielo y la tierra no se unen (Dios y el diablo
concuerdan), no hay esperanza de que un pecador
sea ganado para Cristo por sus propios esfuerzos.
b) Cómo se acerca el Espíritu al alma y completa su obra
El Espíritu se dirige a varias facultades del alma, las
más importantes de las cuales son el
entendimiento, la conciencia y la voluntad. Estos
atributos son como tres fortalezas, una dentro de
otra, que deben tomarse todas antes de
conquistarse la ciudad, sometiendo al pecador a
la obediencia de la fe. El Espíritu tiene que
demostrar por lo menos tres actos de omnipotencia
sobre cada una de ellas.
1. El Espíritu ilumina el entendimiento. El
Espíritu Santo no trabaja en un taller oscuro: lo
primero que hace para producir la fe es abrir una
ventana en el alma y dejar entrar la luz del Cielo.
Las Escrituras nos mandan: “Renovaos en el
espíritu de vuestra mente” (Ef. 4:23). Por la
naturaleza humana sabemos poco de Dios y nada
de Cristo, o del camino de salvación que hay en él.
Por tanto, es necesario abrir los ojos de la criatura
humana para que vea el camino de la vida y pueda
emprenderlo por la fe. Dios no transporta las almas
al Cielo como pasajeros de un barco encerrados
bajo la cubierta, sin que puedan ver nada durante
todo el viaje hasta llegar a puerto.
Igual que la fe no es simplemente un
consentimiento ciego sin apoyarse en Cristo,
tampoco es un asenso sin algo de conocimiento. Si
prefieres tu propia ignorancia y no sabes quién es
Cristo, ni lo que ha hecho por tu salvación, estás
lejos de creer. A menos que esta luz del día haya
despuntado en tu alma, tampoco el sol de justicia
habrá amanecido por fe para llevar a tu espíritu la
salvación sanadora.
2. El Espíritu de Dios convence de pecado. Cuando
venga el Consolador, “convencerá al mundo de
pecado” (Jn. 16:8). Esta convicción de la
conciencia no es más que el reflejo de la luz en el
entendimiento. Por ello, el pecador siente el peso y
la fuerza de aquellas cosas de su vida que sabe que
están mal. La mayoría de los que oyen el evangelio
perciben que la incredulidad es un pecado
condenatorio y que no hay otro nombre mediante
el cual pueden salvarse que el nombre de Cristo,
¿pero cuántos se convencen de ello hasta aplicar el
arrepentimiento a su conciencia?
Según la ley, alguien es un delincuente convicto
si un claro testimonio y la autoridad legal
competente lo declaran así. Igualmente, se es un
pecador convicto cuando, por la clara evidencia de
la Palabra alegada en su contra por el Espíritu, es
declarado como tal por su propia conciencia, que
es el representante de Dios en su corazón.
¿Ha venido el Espíritu de Dios para probarte de
esta forma? Hay por lo menos cuatro maneras de
determinar si eres o no un pecador convicto.
Primera, el pecador convicto está convencido no
solamente de un pecado en particular, sino de la
maldad de todo pecado. Es mala señal cuando se
condena apasionadamente un pecado, pero se
pasa por alto otro. Una conciencia medio
endurecida (blanda en un área y dura en otro), no
está bien. El Espíritu de Dios es uniforme en su
obra.
Segunda, el pecador convicto está convencido
del estado pecaminoso tanto como de los actos de
pecado. Le afecta no solamente lo que ha hecho
(una norma transgredida, un don mal utilizado) sino
su condición presente. Pedro conduce a Simón el
Mago desde el hecho vil que había cometido, hasta
el reconocimiento de algo mucho peor: su peligrosa
situación. “En hiel de amargura y en prisión de
maldad veo que estás”, le dice (Hch. 8:23).
Mientras muchos están dispuestos a admitir que
han pecado, no se les ocurriría admitir que viven en
un estado de pecado y de muerte. Sin embargo, el
alma convencida de pecado acepta libremente su
sentencia de muerte y admite su condición: “Soy
un vástago de Satanás, lleno de pecado. Toda mi
naturaleza está sumida en la maldad como un
cadáver podrido en la inmundicia y la corrupción.
Por ser un hijo de ira, la única herencia que
merezco es un Infierno de fuego; y si Dios me
manda allá, no hay argumento justo contra su
decisión. Aun estando condenada, mi conciencia
reconoce que Dios no me ha hecho mal alguno”.
Tercera, el pecador convicto no solamente se
condena por lo que ha hecho y lo que es, sino que
se da cuenta de su impotencia para salvarse a sí
mismo. Aunque muchos condenados estarán
dispuestos hasta a confesar su pecado y su
maldad, aún esperan cortar la soga de su cuello en
el último momento con el arrepentimiento y las
buenas obras. Quieren recuperar su crédito con
Dios, y el favor divino. Esta actitud aparece porque
el arado de la convicción no ha profundizado lo
suficiente para arrancar las raíces secretas de
confianza que atenazan el corazón de todo
pecador.
Por el contrario, el pecador plenamente
convencido por el Espíritu se considera un reo
sujeto con tantas cadenas que cualquier
escapatoria resulta imposible. Lo que mata a los
pecadores no es su mal, sino su médico: piensan
curarse ellos solos; y ese engaño los hace
incurables. Si te aferras a la confianza en ti mismo
para el arrepentimiento y la reforma, estas cosas te
traicionarán entregándote en manos de la justicia y
la ira de Dios. Pero si te has apartado de esa
autoconfianza religiosa, has escapado de uno de
los ardides más refinados que pueda tejer la
astucia infernal.
Cuarta, el pecador convicto no solamente está
convencido de su desamparo, sino que acoge de
buen grado la plena provisión de Cristo para él.
Esta actitud es un antecedente tan necesario para
la fe como las otras tres. Sin ella, el alma
convencida de pecado es más probable que vaya
al cadalso con Judas, o que se tire sobre la
espada de la ley, en vez de ir corriendo a Cristo.
3. El Espíritu renueva poderosa, pero dulcemente, la volun
tad rebelde para que pueda escoger deliberadamente a Cristo
como Señor y Salvador. Durante una tormenta, alguien
puede optar por cobijarse en el refugio de su
enemigo, en el que ni siquiera repararía durante el
buen tiempo. ¿Te agrada escoger a Cristo? ¿Acudes
a él no solo por seguridad sino también por deleite?
La enamorada dijo de su esposo: “Bajo la sombra
del deseado me senté” (Cnt. 2:3). Debe haber
una decisión deliberada, en la cual el alma sopesa
seriamente el pacto que Cristo le ofrece para luego
escogerlo. Aun cuando Noemí habló negativamente
para desanimar a su nuera, Rut disfrutaba
demasiado de la compañía de su suegra como
para abandonarla, a pesar de las privaciones que
pudiera acarrearle su decisión.
¿Ha puesto el Espíritu de Dios su llave dorada en
el cerrojo de tu voluntad para que le abras la
puerta de tu corazón a Cristo, el Rey de la gloria, y
le dejes entrar? ¿Ha abierto los ojos de tu
entendimiento, como despertó a Pedro en la cárcel,
haciendo que las cadenas de la torpeza caigan de
tu conciencia? ¿Ha abierto la puerta de hierro de tu
voluntad para sacarte de la prisión de impenitencia
que te encerraba? ¿Has llamado a la puerta del
Cielo como hizo Pedro en casa de María, donde
estaba reunida la Iglesia? Consuélate, Dios no ha
enviado a su ángel sino a su propio Espíritu para
librarte de la mano del pecado, de Satanás y de la
justicia implacable.
2. Las características de la fe generada por el Espíritu
Podemos saber cómo es la fe generada por el
Espíritu, y cómo juzgarla, al examinar varias
características. Consideraremos tres de ellas:
primera, la fe verdadera es obediente; segunda, es
dada a la oración; tercera, es uniforme en su
acción.
a) La verdadera fe en la promesa obra en obediencia al
mandamiento
Abraham es famoso por su obediencia. No
desobedeció ningún mandamiento, por difícil que
fuera ¿Qué causó esta obediencia de Abraham
hacia Dios? “Por la fe Abraham, siendo llamado,
obedeció para salir al lugar que había de recibir
como herencia; y salió sin saber a dónde iba”
(He. 11:8). Igual que es imposible agradar a Dios
sin la fe, es imposible desear agradarle si no se
tiene fe. En cuanto Cristo sanó a la suegra de Pedro
de la fiebre, “ella se levantó, y les servía” (Mt.
8:15). Así el alma creyente se levanta y sirve a
Cristo con gratitud y obediencia.
La fe no es perezosa; no adormece el alma, sino
que la estimula a trabajar; no envía al creyente a la
cama, sino al campo. La noche de ignorancia e
incredulidad fue el tiempo de dormir; pero cuando
amanece el sol de justicia en el alma, el creyente
se levanta para trabajar. Las primeras palabras
de la fe son las de Saulo en su conversión: “Señor,
¿qué quieres que yo haga?” (Hch. 9:6). No finjas
tener fe si no te humillas voluntariamente bajo el
yugo de la obediencia. El diablo mismo se puede
hacer pasar por un creyente tanto como el alma
desobediente.
b) La fe verdadera se entrega a la oración
La oración es hija de la fe. La oración es la
respiración natural de la fe, y los dos elementos de
la oración son la súplica y la gratitud. Con la súplica, el
creyente absorbe la misericordia de Dios y la
exhala con alabanza. Sin fe, esto no puede
hacerlo. No puede absorber la misericordia
divina, “porque es necesario que el que se acerca
a Dios crea que le hay, y que es galardonador de
los que le buscan” (He. 11:6). Tampoco podrá dar
alabanza a Dios si no tiene fe. La acción de
gracias es un acto de abnegación, y solo la fe nos
ayuda a salir de nuestro egoísmo. Por tanto, igual
que el cristiano no puede orar aceptablemente sin
fe, con fe no puede evitar el orar.
La nueva criatura, como todo recién nacido
natural, entra en el mundo llorando; por tanto,
Cristo le dijo a Ananías acerca del recién
convertido Saulo: “He aquí, él ora” (Hch. 9:11).
¿Tan extraño es que uno educado a los pies de
Gamaliel, fariseo estricto, se arrodillara en
oración? No, su secta se jactaba del ayuno, la
oración y las buenas obras; pero nunca tuvo el
espíritu de oración hasta que el Espíritu de la gracia
le hizo creer en Jesucristo.
Si quieres probar tu fe, tienes que hacer algo más
que orar.
También debes comprender cómo la fe infunde su
poder en la oración. Para entender esto,
analicemos tres relaciones entre la fe y la oración.
1. La fe aviva el deseo de orar del creyente. Para
provocar la oración en el alma, la fe revela a esta
su condición desamparada y la plenitud de la
provisión divina en Cristo. Los leprosos se
preguntaron por qué debían sentarse a esperar la
muerte. La fe los despertó a la oración. Si te
quedas en la puerta de tu propia alma,
seguramente morirás de hambre. ¿Qué ves en ti
mismo más que hambre y necesidad? No tienes
pan, ni dinero para comprarlo. Levántate, y acude a
Dios. Tu alma vivirá.
¿Te sientes desanimado por tu debilidad? Acude
al trono de la gracia como única fuente de fuerza
espiritual. La fe es el orden de la nueva vida; Pablo
dice: “Vivo en la fe del Hijo de Dios” (Gá. 2:20).
También, la fe despierta a la persona para orar
por un deleite interior que proviene de la comunión
con Dios. El Salmista dice: “El acercarme a Dios
es el bien” (Sal. 73:28). Y observa como sigue:
“He puesto en Jehová el Señor mi esperanza”. Es
un placer mirar a menudo el lugar donde hemos
guardado nuestro tesoro. Por la fe David confió su
alma y todos sus bienes a Dios, para que se los
guardara con seguridad; y ahora se goza en estar
con el Padre. Por la fe el alma se une a Cristo.
Estando casada con él, no es asombroso que desee
esta comunión. Ya que la oración es el lugar de
encuentro del alma con Cristo en este lado del
Cielo, el creyente a menudo acude allí. ¿Te puede
satisfacer alguna cosa más, o menos? Ciertamente,
Dios valora tu fe; de otra manera no podrías darle
tan libremente tu amor y deleitarte en él.
2. La fe ayuda activamente en la oración. Lo hace de dos
maneras. Primera, ayuda al alma con persistencia.
La fe es una virtud luchadora. Se acerca a Dios, le
tiende la mano, y no acepta fácilmente la
negativa. La fe es el ojo del alma con el cual
esta ve la basura y el Infierno en cada pecado. Este
discernimiento entristece el corazón al extender el
alma sus abominaciones ante el Señor. Las
lágrimas fluyen como un manantial cuando la fe
halla a Jesús con su amor y gracia, reflejado en el
espejo de la promesa.
El escudo espiritual del creyente
Nunca antes había podido saber el cristiano qué
hacer con una promesa en oración, hasta que la
fe le enseñó a acercarse más a Dios con ella,
humilde pero valiente. El fiel Josué preguntó: “¿Qué
harás tú a tu grande nombre?” (Jos. 7:9). Es como
si dijera: “Estás tan inseparablemente vinculado a
tu pueblo por la promesa, que no podrás
dejarlos morir sin que tu nombre sufra con ellos”.
La segunda manera como la fe ayuda en oración,
es dando poder al alma para perseverar. Así como
la rueda se gasta hasta romperse girando,
también el hipócrita ora hasta que se cansa. Tarde
o temprano algo le hará abandonar el deber que
nunca le gustó. Pero es imposible que el creyente
sincero deje de orar sin dejar también de creer. La
oración es el hálito mismo de la fe. Si le cortas la
respiración a un ser humano, ¿qué pasará?
¿Te ves constreñido a orar? Al igual que un bebé
no puede dejar de llorar cuando tiene dolor o
necesidad, como única manera de conseguir
ayuda, así el cristiano no puede menos que orar
por las necesidades, los pecados y las
tentaciones que lo abruman. “Desde el cabo de
la tierra clamaré a ti”, dice David (Sal. 61:2).
Decía en efecto: “Donde yo esté te encontraré.
Aunque me encarceles o destierres, nunca te
desharás de mí”. “Yo habitaré en tu tabernáculo
para siempre” (v. 4). ¿Cómo podría hacer esto
David si fuera desterrado? Seguramente habla de
la oración, porque el cristiano que ora lleva su
“tabernáculo” consigo. Mientras David pueda
acudir al Tabernáculo, no lo abandonará; pero
cuando no pueda ir allá, adorará a Dios tan
devotamente en los campos abiertos como si
estuviera en el Templo: “Suba mi oración delante
de ti como el incienso, el don de mis manos
como la ofrenda de la tarde” (Sal. 141:2).
El escudo espiritual del creyente
3. La fe estimula al alma a esperar una respuesta
de gracia.“Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de
mañana me presentaré delante de ti, y esperaré”
(Sal. 5:3). La fe llena el alma de expectación. Un
mercader que tasa sus bienes suma lo que ha
enviado a ultramar a lo que tiene en casa; de la
misma manera, el creyente reclama aquello que
ha enviado al Cielo en oración sin haberlo
recibido, junto con las misericordias que tiene en
la mano. Además, la fe aviva la expectación con
el poder de tranquilizar el alma hasta que el barco
de la oración vuelva a casa con su rico cargamento.
El descanso depende de la fuerza de la fe. A
veces la fe sale triunfante de la oración gritando:
“¡Victoria!”. Concede tanta sustancia a la
respuesta antes de que esta aparezca a los
sentidos y la razón, que el cristiano acalla todas sus
dudas con esta esperanza. Ana oró así y “no
estuvo más triste” (1 S. 1:18). La fe hace que el
cristiano pague su deuda de alabanza antes de
recibir la misericordia pedida. Esta fe obraba
eficazmente en el corazón de David, quien confesó:
“En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3).
David alabó a Dios por su promesa, cuando esta
solo existía en la fidelidad de Dios y en su propia
fe.
Aunque no lleguemos al nivel heroico de la fe de
David, podemos ser soldados fieles de Cristo y
ejercer la medida de fe que tenemos. Hay un
acto menor de fe que no alivia al alma
inmediatamente de todo pensamiento molesto,
como hizo la fe de David, pero que mantiene su
cabeza por encima de las olas de la ansiedad
hasta que la marea de la prueba baja. Cuando
Dios retiró el Diluvio de la tierra, no lo hizo en un
momento: “Y las aguas decrecían gradualmente de
sobre la tierra” (Gn. 8:3). Esto es, el agua fue
El escudo espiritual del creyente
bajando día a día hasta desaparecer del todo. ¿No
encuentras paz al enviar tus pensamientos
molestos por el canal de la oración, vaciando tu
corazón triste en el de Dios? Mientras la oración
no siempre hará que se evaporen todos tus
temores, evitará que te ahogues.
Un alma completamente carente de fe ora sin
dejar nada de
su carga con Dios; sino que vuelve a recoger todos
sus problemas. Clamar a Dios no le alivia más a tal
persona que un ancla sin garras ayuda a un
barco que se hunde. Si echas el ancla de tu fe en
oración y esta se aferra tanto a Cristo en la
promesa que evita que la furia de las
tentaciones de Satanás, o tus propios
pensamientos desesperados, te arrastren,
bendice a Dios por ello. Aunque el barco anclado
pueda verse zarandeado a veces, sin embargo,
estará a salvo. No te desanimes si tu fe no tiene
suficiente fuerza para librarte de todo temor.
Recuerda que te salvará del Infierno.
c) Además de su naturaleza obediente y orante, la fe
verdadera respeta todos los preceptos divinos por igual
Así como la obediencia sincera no acepta un
mandamiento para
dar a otro de lado, sino que respeta todo precepto
de Dios, también la fe respeta todas las verdades
divinas. Cree en una promesa tanto como en otra.
Dios ha comprometido su honor tan profundamente
en cumplir una promesa como otra. Igual que la
transgresión de un mandamiento nos haría
culpables de toda la ley, si Dios dejara de cumplir
una promesa —consideración asaz blasfema—
también él quebrantaría todo su pacto. Las
promesas, como los mandamientos, se funden en
el Ser divino: Dios no puede cumplir una sin cumplir
las demás. Tampoco nosotros podemos creer una
El escudo espiritual del creyente
sin creerlas todas. Dios ha dado estas promesas
neotestamentarias igual que dio los preceptos del
Antiguo Testamento: su sello figura en todas ellas,
y él espera que recibamos cada una con fe.
Observa cómo David testifica de toda la verdad
de Dios: “La suma de tu palabra es verdad, y
eterno es todo juicio de tu justicia” (Sal. 119:160).
Prueba tu fe a la luz de este pasaje. Puedes creer la
promesa de Dios de perdón, y disfrutar meditando
en ella, ¿pero cuánta fe pones en su promesa de
obrar la santificación en tu vida diaria?
David hizo más que asentir a toda la verdad de
Dios: oró fervientemente y esperó que Dios
cumpliera su promesa: “Ordena mis pasos con tu
palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí”
(v. 133). David estaba decidido a no perder ningún
privilegio de los que Dios ha prometido para sus
hijos: “Mírame, y ten misericordia de mí como
acostumbras con los que aman tu nombre” (v.
132). Esto es como una conversación familiar: “Haz
lo que has prometido a todos los que amas; y no
me dejes peor vestido que a mis hermanos”.
Puedes tener fe para la salvación eterna, ¿pero
tienes suficiente para depender de Dios en las
circunstancias cotidianas de la vida? Extraño
creyente aquel que vive por fe para el Cielo, pero
urde con su propia astucia el éxito mundano. Cristo
reprendió a los judíos incrédulos por negarse a
confiar en él para sus problemas terrenales (cf. Jn.
5:44). Si no podemos confiar en él para las cosas
pequeñas, ¿cómo lo haremos para las cosas
grandes?
Hasta el cristiano con fe suficiente para el Cielo a
veces tropieza y halla que su fe se frustra en
cuanto a una promesa temporal. No debemos
juzgar esta prueba como un indicador exacto de la
salud espiritual del creyente, porque Dios deja aun
El escudo espiritual del creyente
a sus hijos más estables en dificultades durante
algún tiempo para humillarlos y fortalecerlos.
Aunque en cierta ocasión Abraham fingió para
salvar la vida, otras veces sus actos demostraron
que confiaba en Dios tanto para las situaciones
temporales como para la salvación eterna. Así
que no cuestiones la verdad de tu fe cada vez que
veas asomarse la debilidad. En la guerra, el poder
del enemigo puede desposeer de parte de su
propiedad a alguien durante un tiempo, y en ese
período su dueño no sacar provecho de ella; pero
sigue sabiendo que es suya. Y aunque su pérdida
presente le moleste, intentará recuperarla cuanto
antes de mano del enemigo. Cuando Satanás envía
tentaciones y Dios aparta su ayuda, el creyente
puede sentir poco apoyo en cierta promesa; pero
aun así la considera porción suya y busca
consolidarla con nuevas fuerzas celestiales para
vivir en ella y utilizarla para su consuelo.
Por otra parte, es aún más trágico pretender
que se confía en Dios para las cosas de esta
vida, y no recibir a Cristo como
Señor y Salvador. ¿Cómo tendrá una mujer derecho
legal a los bienes de su marido si no es por el pacto
matrimonial? ¿Qué opción verdadera tiene la
criatura a estas promesas, o a alguna otra en el
pacto de gracia, sino por su unión con Cristo? El
primer acto del amor divino hacia el pecador es
escogerlo como propio y apartarlo, en su
propósito inmutable, como objeto de su especial
amor en Cristo. Por tanto, a esta elección de Dios
se le llama “el fundamento” sobre el cual edifica
todas sus otras misericordias: “Pero el fundamento
de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el
Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19).
Exhortación a los incrédulos para que obtengan el escudo de
El escudo espiritual del creyente
la fe
La fe es una virtud preciosa. ¿Acaso puedes
conocer esta perla sin quererla para ti? ¿Por qué
ha hablado el Espíritu cosas tan gloriosas en la
Palabra acerca de la fe, si no es para hacerla más
deseable a tus ojos?
¿Hay forma de tener a Cristo aparte de la fe?
Existe una generación de hombres en el mundo
que casi nos haría pensar que sí. Su estilo de vida
corrupto y profano se ha decorado con las flores de
la moralidad, dejando así una amable reputación
entre sus vecinos. ¿Pero por qué pasan por alto
continuamente el evangelio de Cristo?
Ciertamente no es porque estén más dispuestos a
ir al Infierno que los demás, sino porque creen que
su “moralidad” los llevará al Cielo. Están
engañados.
¿Vino Cristo solo para ayudar a los pecadores
sensuales y mancillados a encontrar el Cielo? ¿Los
borrachos, los mentirosos o las prostitutas? ¿Dejó a
los hombres cultos y morales que anduviesen como
mejor pudieran? La Palabra de Dios abre un solo
camino al Cielo: “Porque hay un solo Dios, y un solo
mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
hombre” (1 Ti. 2:5). Ya que Cristo es el único
puente sobre el abismo entre la tierra y el Cielo,
juzga lo que le pasará al hombre hipócrita y a su
vida perfumada, si se queda sin este puente único.
El que cree que para aceptar el ofrecimiento de
la salvación en Cristo no necesita tanta fe como
el asesino más sanguinario o el peor sodomita del
mundo, anda en un engaño sin esperanza. Si un
grupo de hombres y niños estuvieran vadeando un
río no más profundo que la altura de un hombre,
los hombres tendrían clara ventaja sobre los niños.
Pero al intentar cruzar el océano, tanto hombres
El escudo espiritual del creyente
como niños necesitan un barco que los lleve. Solo
un loco intentaría vadearlo sin la ayuda de una
nave, simplemente por ser un poco más alto de lo
normal.
Nada merece la precedencia sobre la fe en tus
pensamientos. David decidió: “No daré sueño a mis
ojos, ni a mis párpados adormecimiento, hasta que
halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de
Jacob” (Sal. 132:4,5). La morada que más complace
a Dios es tu corazón, pero debe ser un corazón
creyente: “Para que habite Cristo por la fe en
vuestros corazones” (Ef. 3:17).
¿Cómo puedes dormir de noche en esa casa
donde no mora Dios? Él no mora en ti si tienes un
corazón incrédulo. Cada vez que oyes un sermón
del evangelio, Dios está a la puerta para que le
dejes entrar. Ya que la incredulidad sigue cerrando
la puerta cuando Cristo llama, ¿cómo puedes
estar seguro que Dios no te encerrará de repente
en una incredulidad definitiva?
Instrucciones a los incrédulos para obtener la fe
Te preguntarás cómo puedes obtener este precioso
don de la fe para ti. Te daré cinco instrucciones
para encontrarla.
1. Deja que tu corazón quede convicto de
incredulidad Hasta que no hayas hecho esto, tus
esfuerzos por tener fe serán torpes e impotentes.
Cuando un borracho se convence de que lo es y
se aparta de las borracheras, siente alivio. Disfruta
de la mejoría, porque ese pecado era lo único
que turbaba su conciencia. Cuando el Espíritu de
Dios convence al pecador de su incredulidad, se
interpone entre él y todo escondrijo justificador
de fabricación humana. Su alma no descansa
El escudo espiritual del creyente
con los esfuerzos de reforma que antes lo
tranquilizaban y evitaban que acudiera a Cristo.
Muchos intentan cambiar sus hábitos para
parchear la paz en su conciencia, como aquel que
arregla una casa desvencijada tapando agujeros
con una loseta acá y una piedra allá, hasta que
viene un fuerte viento y derriba toda la casa.
Cuando el espíritu del ser humano está cargado de
incredulidad, no le ayuda nada el recordar que ya
no es un borracho. El Espíritu de Dios le dice: “Tu
estado presente es tan condenatorio como si
siguieras borracho, porque eres un incrédulo”. Lo
que eras, lo sigues siendo; y en el Día del Juicio te
hallarán borracho y ateo, sin contar la reforma, a
no ser que la fe te haya hecho adoptar un nuevo
nombre. ¿Y qué, si no te emborrachas más? La
culpa te sigue manchando hasta que la fe la lave
con la sangre de Jesús. No te engañes: Dios se
cobrará, ya sea de ti, o de Cristo por ti. Pero Cristo
no paga el precio de los incrédulos.
Si sigues incrédulo, tu culpa permanece mientras
dure el po
der de tus concupiscencias, aunque exteriormente
estas hayan desaparecido. En tal caso, tu corazón
no se vacía de un solo pecado, sino que la salida
queda taponada por la gracia restrictiva.
¿Cómo es posible que hieras mortalmente a una
concupiscencia en particular, permitiéndola ser la
única victoria válida en el mundo, si sigues sin fe?
En resumen, si quedas convicto de incredulidad,
hallarás mayor mal en este pecado que en todos
los demás.
¿Has sido mentiroso? Es un pecado grave. El
Infierno se abre de par en par para todo aquel que
ama y dice mentira (cf. Ap. 22:15). Pero la mentira
más grave que puedes contar es lo que tu
El escudo espiritual del creyente
incredulidad dice. Aquí das falso testimonio contra
Dios mismo y mientes, no al Espíritu Santo, como
Ananías y Safira, sino acerca del Espíritu Santo. La
incredulidad actúa como si ninguna palabra de lo
que él promete en el evangelio fuera verdad.
¿Has sido un asesino? Por supuesto que también
es un pecado grave. Pero la incredulidad te declara
un asesino aún más sanguinario, porque la sangre
de Cristo es más preciosa que la de meros
hombres. Por tu incredulidad, matas de nuevo a
Cristo y pisoteas su sangre; aún peor: la echas a los
pies de Satanás.
2. No te resistas al Espíritu Santo cuando te ofrece su
ayuda
Nunca podrás creer si el Espíritu Santo no te da el
poder de hacerlo. Ya que el Maestro no quiere ser
controlado ni manipulado, es importante que
veamos dos maneras como podemos estar
oponiéndonos al Espíritu de Dios.
a) No te opongas al Espíritu negándote a prestar
atención a la manera como obra por la fe
Normalmente, las ovejas de Cristo conciben
mientras están bebiendo el agua de vida, el
ministerio de la Palabra. Al oír el evangelio se le
llama “el oír con fe” (Gá. 3:2), porque cuando
oímos la doctrina de la fe, el Espíritu obra en
nosotros la virtud de la fe. Con voz queda, él habla
al alma de los pecadores “Tus ojos verán a tus
maestros —dice Isaías—. Entonces tus oídos oirán a
tus espaldas palabra que diga: Este es el camino,
andad por él” (Is. 30:20-21). Aquí enseñan juntos
Dios y el hombre; si descuidas la enseñanza
humana, también resistes a la instrucción del
Espíritu. En cuanto a esta indiferencia el apóstol
amonesta: “No apaguéis al Espíritu”; y añade: “No
El escudo espiritual del creyente
menospreciéis las profecías” (1 Ts. 5:19-20).
La forma más grave de menospreciar las
profecías o la predicación es dándoles la espalda.
Cuando Dios levanta el ministerio de la Palabra en
un lugar, su Espíritu abre su escuela y espera que
acudan a ella los que quieren aprender. ¿Es más
apropiado que el alumno espere a su maestro en la
escuela, o que el maestro corra tras su alumno
remolón en el patio? Juzga tú.
b) Cuídate de estorbar al Espíritu Santo cuando produce la fe en tu
alma
No hay nada que podamos hacer para ganar la
gracia, pero el Espíritu Santo tiene su manera de
preparar al alma para esta virtud. Es
extremadamente importante que te sometas al
acercamiento gradual del Espíritu a tu alma
desde la Palabra, ya que la resistencia a su obra
puede resultar en su alejamiento temporal o
permanente.
Leemos acerca de Moisés que “le vino al
corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de
Israel” (Hch. 7:23). Empezó a mostrar su celo por
ellos matando al egipcio que había maltratado a un
israelita. Por eso, “pensaba que sus hermanos
comprendían que Dios les daría libertad por mano
suya” (v. 25). Pero, en lugar de cooperar con él, se
le opusieron; por tanto, se apartó y no supieron
más de Moisés ni de su liberación durante 40 años.
De la misma manera, el Espíritu de Dios puede
dirigir una palabra a tu situación específica, para
que comprendas que está dispuesto a ayudarte a
salir de tu esclavitud. Tu parte en su obra es
escuchar su consejo y obedecer. Pero si te rebelas,
puede que nunca lo escuches llamar de nuevo a la
puerta.
Dios termina pronto con algunos de sus procesos
El escudo espiritual del creyente
judiciales: “Porque os digo que ninguno de aquellos
hombres que fueron convidados, gustará mi cena”
(Lc. 14:24). Estos invitados fueron notificados una
sola vez, pero por su negativa Dios los castigó con
una terrible maldición. No dijo que nunca acudirían
a la cena, sino que no la probarían. Muchos oyen las
preciosas verdades del evangelio pero, por tener
el corazón cerrado por la incredulidad, nunca
gustan al Cristo presentado ante ellos.
Hay una clase de enfermedad mental cuya
víctima habla de forma racional hasta que se
menciona el tema que causó su trastorno original;
entonces pierde la razón y no puede seguir con una
conversación coherente. ¡Cuántos que asisten
regularmente a los cultos pueden hablar
sensatamente de cualquier tema del mundo; pero
en cuanto les hablas de Dios, Cristo y el Cielo, de
repente parecen sordomudos! Algunos que han
oído el evangelio y han sido atraídos por el Espíritu
llevan esta carga como consecuencia de una
maldición por haber rechazado las formas de
obrar del Espíritu Santo.
Te aviso de nuevo: cuidado con oponerte al
Espíritu. ¿Está iluminando su Palabra tu
entendimiento? Cuidado con lo que haces con esa
lámpara del Señor; no te enorgullezcas de este
nuevo discernimiento, o puede apagarse al
instante. Si el Espíritu Santo está confirmando esta
luz en tu entendimiento, de forma que tu
conciencia arde con la convicción del pecado, no
le resistas. Por su misericordia prende el fuego en
tu alma para salvarte del fuego infernal. Pero es de
esperar que Satanás, cuya casa arde sobre su
cabeza, haga todo lo posible por apagarlo; tu
mayor peligro estriba en escucharle a él. En su
lugar, extrae agua abundante de la Palabra de Dios
para controlar las llamas.
Satanás quiere que apagues el Espíritu
El escudo espiritual del creyente
intentando calmar tu propia conciencia. Hay más
esperanza para un enfermo al descubrirse su
enfermedad que cuando está oculta en el corazón y
no se ve exteriormente. Satanás teme tanto perder
su dominio sobre ti, que intenta ahogar tu
conciencia con tibieza carnal, apagando así la obra
de convicción del Espíritu Santo. Pero la bondad de
Dios envía estas convicciones para liberar tu
espíritu, y debes acogerlas como la mujer acepta
los dolores al dar a luz. Sin ellos, nunca tendrá a su
hijo; y tampoco hará Dios que nazca la nueva
criatura en tu alma sin el arrepentimiento.
A veces el Espíritu de Dios no solamente
alumbra la mente y enciende fuego en la
conciencia, sino que también trae el fuego celestial
a tus sentimientos. La Palabra da a conocer a
Cristo en sus excelencias y suficiencia para todas
tus necesidades, de forma que empieces a
buscarlo. Estos reflejos de Jesús y su misericordia
divina son tan deliciosos que comienzas a gustar
la dulzura cuando los captas, lo cual fomenta un
mayor anhelo en tu corazón, y clamas: “¡Necesito a
Cristo!”. Posiblemente la vehemencia de tus
sentimientos te hará renunciar a tus pasiones y a
Satanás, que son los obstáculos que tanto tiempo
te han apartado de Cristo.
Ahora el Reino de Dios está realmente cerca.
Solo te hallas a un paso de la nueva vida en Cristo;
pero ten cuidado de no desviarte. Si estos deseos
maduran en una decisión deliberada por Cristo, y
esos propósitos se afirman en la decisión
permanente de renunciar a tus pecados y a la
carne para unirte a Cristo, entonces saludo con
gozo el nacimiento en tu alma de ese infante de la
gracia que es la fe.
3. Clama en oración a Dios por la fe
El escudo espiritual del creyente
¿Puede orar un incrédulo? Algunos piensan que no.
Richard Baxter explica que “la oración es el
movimiento del alma hacia Dios”, y prohibir a un
incrédulo orar es decir al hombre perdido en la
maldad que no debe obedecer la instrucción divina
de “buscad a Jehová mientras puede ser hallado,
llamadle en tanto que está cercano” (Is. 55:6).
Baxter sigue diciendo: “El deseo es el alma de la
oración. ¿Y quién se atreve a decir al impío: No
desees la fe, ni desees a Cristo ni a Dios?”.
Es verdad que un incrédulo peca cada vez que
ora. Su pecado no estriba en la oración, sino en
orar sin creer. Por tanto, peca menos al orar que
al no hacerlo. Cuando ora, su pecado está en la
manera de hacerlo; pero cuando no ora, rechaza el
deber que Dios le ha mandado y el camino de Dios
para hallar la gracia. Pobre pecador, te urjo a que
continúes orando; pero sigue consciente de tu
condición. Solo el más malvado de los pecadores se
acerca al trono de la gracia decidido a seguir
pecando.
Tal vez no puedes ver cómo un pecador como tú
es capaz de llegar a creer en Cristo. No es el
amor a algún pecado presente en tu corazón, sino
el temor de tus pecados pasados sobre tu
conciencia, lo que te impide creer. Déjame reunir
los mejores estímulos que puedo encontrar en la
Palabra de Dios, para abrirte camino al trono de la
gracia.
Pobre pecador, no temas orar por la fe. Dios
no me reñirá por enviarle tales clientes. Tienes un
Amigo en el mismo seno de Dios que asegura tu
acogida. El que envió a Cristo antes de que nadie
orara está más que dispuesto a darte la fe si se la
pides. Recuerda que lo que tú pides que Dios te dé,
él te lo manda hacer: “Y este es su mandamiento:
Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y
El escudo espiritual del creyente
nos amemos unos a otros como nos lo ha
mandado” (1 Jn. 3:23). Dios se complace mucho en
responder la oración que cumple su mejor
propósito para ti.
A estas alturas, ya puedes esperar una
respuesta gozosa a tu oración. Para alentarte aún
más, recuerda que esta virtud que tanto anhelas y
pides a Dios, es esencial en la transacción de
Cristo. Su sangre, el precio del perdón, es también
el precio de la fe. No solamente ha cancelado él la
deuda humana del pecado, sino que también ha
abierto el camino para que nos lleguemos al banco
de la gracia de Cristo abierto a aquellos pecadores
que reconocen su necesidad: “Subiste a lo alto,
cautivaste la cautividad, tomaste dones para los
hombres, y también para los rebeldes, para que
habite entre ellos Jehová Dios” (Sal. 68:18).
Las Escrituras nos da la razón de estos dones:
“Para que habite entre ellos Jehová Dios”. Solo la
fe puede hacer de un alma rebelde una morada
aceptable para el Dios Santo. Este es el don para
conceder el cual él recibió todos los demás
dones. Que esto te dé el valor de humillarte y
pedirle a Dios lo que Cristo ya ha comprado:
“Señor, he sido rebelde, ¿pero no recibió Cristo
nada para los tales? Poseo un corazón incrédulo,
pero tengo oído que la fe está pagada en tu
pacto. Cristo derramó su sangre para que Tú
derramaras tu Espíritu sobre un pecador como yo”.
Cuando clamas así a Dios y empleas el
nombre de su Hijo en la oración, Cristo mismo oye,
está de acuerdo y favorece tu oración. Si pides fe a
causa de la muerte de Cristo, él intercederá por ti:
subió al Cielo para que tuvieras allí un Amigo que
pudiera recibir y comprender tu oración (cf. He.
7:25).
El escudo espiritual del creyente
4. Medita a menudo en la promesa
Afianzar tu alma en la promesa y vivificar su
Palabra por la fe en tu corazón es únicamente obra
del Espíritu. Tú no puedes hacerlo. Igual que el
fuego bajó del Cielo sobre el sacrificio de Elías, el
Espíritu de Dios vendrá para avivar la promesa en
tu corazón después de haberla meditado
diligentemente. Porque cuando Elías terminó de
prepararlo todo oró, esperando que Dios actuara
por él (1 R. 18:36). No conozco manera más
digna de solicitar la ayuda del Espíritu de Dios.
Igual que aquel que cede a las concupiscencias
invita la tentación, aquel que fija sus pensamientos
en temas celestiales invita la perfecta paz del
Espíritu Santo. El Espíritu de Dios está tan
dispuesto a fomentar cualquier buen motivo como
el maligno lo está a alimentar las malas
intenciones.
Vemos a la esposa sentada a la sombra de su
Amado, como bajo un manzano, y pronto dice: “Su
fruto fue dulce a mi paladar” (Cnt. 2:3). El hecho
de sentarse a su sombra representa a un alma
descansando bajo los pensamientos de Cristo y
de sus preciosas promesas, simbolizadas por las
ramas del árbol. Cristiano, quédate ahí por algún
tiempo, y ve si el Espíritu no sacude sobre tu
regazo algún fruto de las mencionadas ramas. Igual
que Isaac encontró a su esposa al salir al campo
para meditar, tú también podrás encontrar a tu
Amado paseando en este jardín de promesas.
5. Apremia a tu alma con la fuerte obligación de
creer Muchos pecadores humillados tiemblan por
una conciencia sensible ante otros pecados, pero
expresan poca o ninguna tristeza por su
incredulidad. Creen que ofenden a Dios con dichos
pecados, pero que solo se dañan a sí mismos no
El escudo espiritual del creyente
creyendo. Si este es tu caso, tus pensamientos te
engañan sobremanera; ¡porque se deshonra más
a Dios con la incredulidad que con todos los demás
pecados juntos!
Posiblemente preferirías conservar tus pecados y
disfrutar también de Cristo. ¿Te parece demasiado
difícil dejar esas concupiscencias y tenerlo a él?
Dios mismo no podría obviar este requisito y
amarte de verdad. Poco valora el oro quien se
queja de que el trabajo para conseguirlo es
excesivo, igual que aquel que no está dispuesto a
dejar sus concupiscencias para hacer de Cristo su
tesoro. Ciertamente puedes confiar que Cristo
recompensará con creces lo que dejes por él.
¿Prefieres perder la presencia de Dios y de Cristo
en el Infierno, adonde indudablemente te llevarán
tus concupiscencias, o no tener la compañía de tus
pasiones en el Cielo, adonde la fe en Cristo tan
ciertamente te llevará? Escoge entonces; pero si
escoges mal, de nada te servirá el arrepentimiento
una vez que estés en el Infierno.
Pero tal vez no sea la elección entre Cristo y el
Infierno lo que te impide creer. Aunque asientes a
los términos del pacto de Cristo, no te parece
posible que Dios cumpla su promesa para una
persona tan indigna como tú. De las dos opciones,
es mejor que el obstáculo para ir a Cristo sea la
dificultad concebida en tu entendimiento, y no la
negativa de tu voluntad a recibir aquello que Dios
te ofrece en él. La consideración cuidadosa de dos
obras especiales en tu alma, apaciguará tus dudas
y disipará tus temores en cuanto a esta piedra de
tropiezo para ir a Cristo.
a) Esfuérzate por conseguir un conocimiento correcto de Dios
Cuando esto ocurra, no te parecerá extraño en
absoluto que un
El escudo espiritual del creyente
Dios grande haga grandes cosas por los pecadores.
Si un pordiosero te promete un millón de dólares,
echarás en saco roto su oferta y le preguntas de
dónde sacaría semejante suma. Pero si un príncipe
te garantiza una suma mayor, no dudas en creerle,
ya que tiene riquezas proporcionadas a la promesa.
Dios nunca promete nada que su misericordia, su
poder y su fidelidad infinitos no puedan cumplir:
“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal.
46:10). En momentos de gran confusión en la
Iglesia, Martín Lutero dijo acerca de este Salmo:
“Cantemos el Salmo 46, a pesar del diablo y de sus
instrumentos”. El cristiano humillado también
puede cantar consolado, a pesar de Satanás y el
pecado: “Estate quieta, alma mía, y entiende que el
que te ofrece misericordia es Dios”.
b) Estudia las garantías que Dios da al creyente en cuanto al
cumplimiento de sus promesas
Esas garantías son muchas, aunque su sola
Palabra merece valo
rarse más que nuestras almas. ¿No te satisface que
el Dios verdadero y fiel dé su Palabra como aval?
Su verdad es tan inmutable que es más posible que
la luz proporcione oscuridad, que el que una
mentira salga de sus benditos labios.
Exhortación a los creyentes a conservar el escudo de la fe
Hago ahora una doble exhortación a los creyentes.
Primero, ya que la fe es una virtud tan especial,
anímate a conservarla; segundo, si la tienes, no
niegues lo que Dios ha hecho por ti.
La fe debe conservarse con esmero por su preeminencia
sobre las demás virtudes
El escudo espiritual del creyente
Guarda tu fe, y ella te guardará a ti y tus demás
virtudes. La fe te sostiene; si falla, caerás.
Entonces, estarás bajo los pies de tus enemigos.
Ten presentes los peligros potenciales que hay
para tu fe, como aquel capitán griego que, al ser
derribado en la batalla, buscó su escudo en cuanto
recuperó el conocimiento.
La fe es la virtud principal por la que Dios quiere
que nos valoremos, ya que existe menor peligro de
orgullo en esta cualidad abnegada:
Digo, pues, por la gracia [de Dios] que me es dada,
a cada cual que está entre vosotros, que no tenga
más alto concepto de sí que el que debe tener, sino
que piense de sí con cordura, conforme a la medida
de fe que Dios repartió a cada uno” (Ro.
12:3).
Los romanos habían recibido diversos dones
de Dios, pero él quería que se juzgaran por su fe,
para que pensaran “con cordura” acerca de sí
mismos.
Las demás virtudes se deben medir por nuestra
fe: si no son fruto de esta, no tienen un valor real.
Esa es la diferencia entre el cristiano y el pagano
honrado. El pagano se valora a sí mismo por su
paciencia, templanza, liberalidad y otras virtudes
morales. Mientras viva, se jactará de su
moralidad; y espera que Dios lo encomie y le
garantice la felicidad después de morir. Pero el
cristiano ha hallado Cristo, cuya justicia y santidad
son ahora suyas por la fe; y se valora a sí mismo
por estas más que por ninguna propiedad
inherente suya.
Lo ejemplificaré con dos hombres: uno un
cortesano, el otro un aldeano extraño a la corte.
El escudo espiritual del creyente
Ambos tienen bienes considerables, pero el
cortesano muchos más. Pregúntale al aldeano, sin
relación alguna con la corte ni lugar en el favor del
príncipe, lo que él vale, y te responderá con la
suma de sus tierras y su dinero. Se valora a sí
mismo por estas cosas. Pero si preguntas al
cortesano lo que vale, aunque tiene más
propiedades y dinero que el primero, te dirá que se
valora a sí mismo por el favor del príncipe más que
por sus demás bienes. Dice: “Los bienes de mi
príncipe míos son, exceptuando su corona y su
realeza; y su tesoro es mío para cuidarme, su amor
para acogerme y su poder para defenderme”.
El pobre pagano, extraño a Dios y a su favor en
Cristo, se bendice solo con sus recursos naturales y
el cúmulo de valores morales que reúne con gran
esfuerzo. Pero el creyente, teniendo acceso por la
fe a esta gracia, porque goza de alto favor con Dios
por Jesucristo, se valora por su fe en lugar de por
otra virtud. Atesora esta virtud divina en sí mismo
más que todo el tesoro y el placer mundanos;
prefiere ser un santo en harapos que un pecador
bien vestido. Antepone la seguridad de su vida
espiritual a su estabilidad en la vida natural, la cual
está dispuesto a perder sin considerarse
damnificado.
No solamente participa el creyente de la
naturaleza divina por la santidad infundida en él;
también es heredero de todas las gloriosas
perfecciones de Dios mismo. Puede llamar suyo
propio todo lo que Dios es, hace y tiene. Él se
complace en llamarse Dios de su pueblo: “el Dios
de Israel” (2 S. 23:3). Igual que casa y tierras
llevan el nombre de su dueño, Dios se agrada en
El escudo espiritual del creyente
que su pueblo lleve su nombre, para que el mundo
lo sepa. Dios no ha retenido nada de su pueblo más
que su propia corona y su gloria. Estas no se las
dará a ningún otro (Is. 42:8).
Si el cristiano necesita fuerza, Dios quiere que
utilice la suya; y puede hacerlo con valor y
confianza, porque el Señor se llama a sí mismo la
fuerza o gloria de su pueblo: “El que es la Gloria de
Israel no mentirá” (1 S. 15:29). Si al creyente le
falta justicia y santidad, las puede conseguir, ya
que “Cristo Jesús [...] nos ha sido hecho por Dios
sabiduría, justificación, santificación y redención”
(1 Co. 1:30). ¿Necesita amor y misericordia? Toda
la misericordia divina está a su servicio: “Cuán
grande es tu bondad, que has guardado para los
que te temen” (Sal. 31.19). Subraya esta frase:
“Que has guardado para los que te temen”. La
misericordia y la bondad de Dios son para sus
escogidos, de la misma manera que un padre
guarda dinero, escribiendo en el sobre, “Para mi
hijo”.
Lo que hace hijo al creyente, también le hace
heredero. La fe es aquello que lo convierte en hijo
de Dios: “Mas a todos los que le recibieron, a los
que creen en su nombre, les dio potestad de ser
hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Estudiemos ahora
cinco instrucciones para conservar la fe.
Instrucciones a los creyentes para conservar la fe
1. La Palabra de Dios es vital para producir y
conservar la fe
Así como fue la semilla de tu conversión, ahora la
Palabra de Dios es la leche que conserva tu fe.
Aliméntate frecuentemente de ese pecho. Los niños
no pueden mamar largamente ni digerir gran
cantidad de comida a la vez; necesitan alimentarse
El escudo espiritual del creyente
con frecuencia: “Renglón tras renglón, línea sobre
línea, un poquito allí, otro poquito allá” (Is. 28:10).
El que enseñó a los creyentes a orar por su pan
de cada día sabía que ellos lo necesitaban; y
seguramente no se refería solamente al pan
natural. En el mismo capítulo dice: “Buscad
primeramente el reino de Dios” (Mt. 6:33). Atesora
la Palabra, cristiano, aliméntate de ella, ya sea
mediante un sermón, una charla privada con un
amigo o en tu tiempo de meditación personal.
¡Ojalá los creyentes que se quejan de su débil fe
investigaran la causa de esa debilidad! Es porque
la fe no se ha alimentado de la Palabra. Antes
soportabas muchas presiones por mantenerte en la
comunión de la Palabra de Dios, y siempre te
beneficiaba el quitar el tiempo de otras cosas. Pero
ahora que gradualmente has dejado de acudir a
Dios en su Palabra, hay un triste cambio: no te es
fácil confiar en él; y tienes poca autoridad sobre tu
incredulidad.
El mejor consejo que puedo darte es lo que los
médicos recomendaban para tener un cuerpo
sano: averiguaban dónde había nacido el paciente
y lo enviaban allí. Te pregunto: Si alguna vez
tuviste fe, ¿dónde nació y creció esta? ¿No fue en el
dulce ambiente del oír, meditar y orar sobre la
Palabra? Corre cuanto antes adonde primero
cobraste vida, donde tu fe prosperó y creció en un
principio.
2. Examina tu conciencia
La buena conciencia es el barco en que navega la
fe. Si la conciencia se va a pique, ¿cómo estará la
fe segura? Tú sabes cuáles son los pecados que
destruyen la conciencia: los pecados deliberados o
repetidos sin arrepentimiento. ¡Guárdate de estos
pecados deliberados! Cual piedra lanzada a un
El escudo espiritual del creyente
claro arroyo, enturbiarán la conciencia hasta que
no puedas ver el reflejo de la promesa.
Pero aunque hayas caído en la fosa del
pecado, no te quedes allí. La oveja puede caer a
una zanja, pero solo el cerdo se revuelca en ella.
Por tanto, será muy difícil fomentar la fe en la
promesa si tu manto está sucio y tu rostro
embarrado de pecado. Es peligroso beber veneno,
pero mucho más letal es dejarlo permanecer en el
cuerpo por mucho tiempo. Aunque seas creyente,
no puedes actuar con fe hasta que limpies tu
corazón con el arrepentimiento.
3. Practica tu fe
Vivimos por la fe, y la fe vive por el ejercicio.
Algunas personas fuertes no están contentas si
no tienen mucho trabajo. Si las obligas a quedarse
sentadas, las matarás. Igualmente, si estorbas la
obra de tu fe, estás amenazando su vida.
No experimentamos las gloriosas victorias en
oración porque a menudo no permitimos que ore la
fe. Si un niño ve muy poco a sus padres, no se
emocionará mucho al verlos. ¿Por qué somos
incapaces de vivir de una promesa durante una
crisis? Seguramente porque no vivimos de esa
promesa todos los días. Mientras más consultemos
la promesa, mayor confianza le concederemos.
No confiamos en los extraños tanto como en un
buen amigo.
¡Cuántas aventuras se emprenden sin invitar
siquiera a la fe, ni considerar la promesa desde el
principio hasta el fin del asunto! Por tanto, cuando
nos hace falta la fe en una emergencia
determinada, nuestra fe no aparece. Es como
aquel siervo que se escapa porque su amo pocas
veces le da trabajo. Cuando su dueño lo llama en
alguna situación extrema, no lo encuentra.
El escudo espiritual del creyente
Cristiano, que tu fe no se quede mucho tiempo
inactiva. Si no la utilizas cuando debieras, puede
que te falle cuando más falta te haga.
4. Enfréntate a cualquier incredulidad residual
El arrepentimiento recupera aquello que la fe
pierde por la incredulidad. David se avergonzó
sobremanera de su incredulidad, y confesó: “Tan
torpe era yo [...]. Era como una bestia delante de
ti” (Sal. 73:22). Por esta humilde confesión, la fe
de David recuperó el control y afirmó: “Con
todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la
mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y
después me recibirás en gloria” (vv. 23,24).
Tienes un juez en el corazón al que Dios mismo
ha comisionado para reprenderte y avergonzarte
cuando pecas. No hay pecado que más deshonre
a Dios que la incredulidad; y esa espada
desgarra su Nombre más profundamente cuando
la maneja un creyente. La herida en casa de sus
amigos afecta dolorosamente al corazón tierno
de Dios. Comprenderemos mejor por qué el
pecado de la incredulidad lastima el corazón de
Dios, si consideramos los estrechos lazos de
familia que existen entre el creyente y el Señor.
Piénsalo una y otra vez, cristiano: con la
incredulidad testificas falsamente acerca de Dios.
Cuando el mundo te oye hablar mal de tu Padre,
ello puede endurecer la opinión que tiene de Dios,
hasta llegar a la incredulidad final y a la
impenitencia. La manera de degradar al máximo la
reputación de alguien es decir: “Ni siquiera sus
hijos confían en él, ni hablan bien de él”.
Pregúntate a ti mismo si estás dispuesto a ser un
instrumento para mancillar el buen nombre de Dios
ante el mundo. Tu corazón debe estremecerse
ante esa mera idea; y la incredulidad que te
El escudo espiritual del creyente
llevó a hacer esto tan a menudo herirá tu
corazón. Así no volverás a empuñar esa espada
contra Dios.
5.Esfuérzate por aumentar tu fe
Ninguno corre más peligro de perder la fe que
aquel que se conforma con la que ya tiene. Una
chispa se apaga antes que una llama, una gota se
seca más fácilmente que un río. Mientras más
fuerte sea tu fe, más segura estará contra los
ataques enemigos. Cuando el espionaje descubre
una fortaleza mal protegida, normalmente el
enemigo la ataca enseguida. El diablo es cobarde, y
le encanta pelear en el punto donde tiene más
ventaja; y no hay ventaja mayor que la fe débil de
un cristiano.
Si supieras las muchas ventajas de la fe fuerte
sobre la débil, no descansarías hasta poseerla. La
fe fuerte vence aquellas tentaciones que pueden
apresar a la débil. Cuando la fe de David
prevaleció, se enfrentó a la muerte sin temor: “El
pueblo hablaba de apedrearlo [...], mas David se
fortaleció en Jehová su Dios” (1 S. 30:6). Pero
cuando su fe se debilitó, estuvo dispuesto a huir y
esconderse para salvarse (1 S. 21:13).
La fe fuerte libera al cristiano de aquellos
pensamientos que oprimen a la débil: “Tú
guardarás en completa paz a aquel cuyo
pensamiento en ti persevera” (Is. 26:3). Mientras
mayor sea la fe, mayor será la quietud y paz
interior; con poca fe, hay poca paz y serenidad en
las tormentas que seguramente atraerán los
temores incrédulos.
La fe débil llevará al cristiano al Cielo tan
seguramente como la fuerte, porque es imposible
que perezca el menor vestigio de verdadera virtud,
siendo esta una simiente incorruptible. Pero el
El escudo espiritual del creyente
cristiano inseguro no tendrá un viaje tan placentero
como el fuerte. Aunque todos los pasajeros del
barco llegarán a salvo a puerto, el que se marea en
el mar no disfrutará tanto de la travesía como el
sano. El enfermo se pierde las agradables
sorpresas que deparan las gratas etapas del viaje.
El fuerte lo juzga todo con gran expectación, y
mientras anhela de corazón llegar a casa, su gozo
acorta y endulza el camino.
Así que, cristiano, hay muchos deleites que los
creyentes encuentran en el camino al Cielo,
además de aquello que Dios tiene para ellos al
final. El cristiano cuya fe es fuerte para actuar
basándose en la promesa, encuentra y posee estos
placeres. El que ve las glorias espirituales de la
promesa canta durante todo el camino; pero el ojo
de la fe del cristiano inseguro está tan cegado por
el temor incrédulo que no ve nada que le produzca
gozo, sino que suspira a causa de sus
pensamientos apesadumbrados y perturbados. Si
no quieres tener un camino pesado y melancólico
al Cielo, esfuérzate por aumentar tu fe. P u e d e
que quieras saber con seguridad si tu fe es fuerte o
débil. Las siguientes características te mostrarán la
diferencia.
Cómo saber si tu fe es fuerte o débil
1. Mientras más plenamente puede el cristiano
confiar en las promesas de Dios, más fuerte es
su fe
Cuando confiamos en Dios simplemente por su
promesa, y confiamos en él a causa de su carácter;
esto sí que es fe. El que anda sin muletas es más
fuerte que aquel que las necesita. La promesa es el
terreno que pisa la fe, pero el sentimiento y la
razón son las muletas que necesita la fe débil.
El escudo espiritual del creyente
a) ¿Puedes creer sin la muleta del sentimiento y la emoción?
Tal vez en el pasado te hayas solazado en el amor
de Dios y en su favor: mientras brillaba el sol en tu
ventana, tu corazón se gozaba. Pensabas que
nunca podrías desconfiar de Dios ni escuchar ideas
incrédulas. ¿Pero cómo anda tu corazón ahora
que las manifestaciones de su favor se han
desvanecido? Cuando ya no ves su amor, ¿pierde
tu fe de vista su misericordia y la verdad de la
promesa?
Un niño pequeño cree que su madre se ha
perdido si sale de la habitación donde él se
encuentra; pero a medida que crece y aprende, se
da cuenta de que no es así. Este es el caso del
creyente. Cristiano, bendice a Dios por las
experiencias que te dieron a probar su amor; pero
has de saber que no podemos juzgar la fe, sea
fuerte o débil, por ellas. Dice Parisiensis 1 que las
experiencias son como las muletas del cojo: le
ayudan a andar, pero no le hacen fuerte ni sano.
Para ello se requiere comida y ejercicio. Esfuérzate
entonces por apoyarte más en la promesa, y
menos en las expresiones tangibles del amor de
Dios.
Aunque el hombre fuerte no necesita descansar
siempre en su bastón como el cojo en su muleta,
puede utilizarlo de vez en cuando para defenderse
de un ladrón o perro en el camino. El cristiano
maduro puede echar mano de sus experiencias en
algunas tentaciones, aunque no descanse todo el
peso de su fe en ellas, sino en la promesa.
b) ¿Puedes creer cuando la razón falla?
¿Cae a tierra tu fe con la muleta rota de la razón?
Fuerte es la fe que puede pisar sobre las
improbabilidades e imposibilidades que adelanta la
El escudo espiritual del creyente
razón en contra de la promesa. Noé se esforzó en
construir el arca porque creía que Dios hablaba en
serio, y nunca se molestó en aclarar el asunto
razonando cómo aquellas cosas extrañas podrían
ocurrir.
Los buenos nadadores no temen saltar al agua
profunda, mientras los principiantes quieren hacer
pie y permanecen cerca de la orilla. La fe fuerte no
teme cuando Dios lleva a la criatura a una
profundidad mayor que aquella de la razón. Josafat
dijo: “No sabemos qué hacer, y a ti volvemos
nuestros ojos” (2 Cr. 20:12). Es como si dijera:
“Estamos hundidos en el mar. No sabemos cómo
salir de este problema, pero fijamos los ojos en Ti.
No nos rendiremos mientras haya fuerza en tu
brazo, ternura en tu corazón y verdad en tu
promesa”.
La fe débil, que busca algún apoyo para la razón,
intenta desesperadamente reconciliar la promesa
de Dios con la razón humana. La fe débil cuestiona
mucho. Cuando Cristo dice: “Dadles vosotros de
comer”, sus discípulos le preguntan: “¿Que
vayamos y compremos pan por doscientos
denarios?” (Mr. 6:37). ¡Como si la mera palabra
de Cristo no bastara para ahorrarles ese gasto y
ese trabajo! Zacarías le dijo al ángel: “¿En qué
conoceré esto? Porque yo soy viejo” (Lc. 1.18). Su
fe era demasiado débil para aceptar la buena
noticia.
2. Mientras más se conforma el corazón del
cristiano con los cambios que la Providencia
hace en su situación en este mundo, más
fuerte es su fe
El cuerpo débil no soporta los cambios de tiempo
como el fuerte. El calor y el frío, el buen tiempo
y el malo, no cambian mucho la situación del
El escudo espiritual del creyente
hombre fuerte, pero el débil se queja de ellos. La
fe fuerte puede vivir en cualquier clima, viajar
con cualquier tiempo, y afrontar cualquier situación
inesperada. Pablo dice: “He aprendido a
contentarme, cualquiera que sea mi situación”
(Fil. 4:11). Desafortunadamente, no todo seguidor
de Cristo se parece a Pablo en esto; y la fe débil
no ha aprendido esta dura lección.
Cuando Dios vuelve tu salud en enfermedad,
tu abundancia en pobreza, y tu honra en
desprecio, ¿cómo le hablas?
¿Está tu espíritu amargado y descontento? ¿Te
desahogas murmurando y quejándote? ¿O te
conformas con la soberanía de Dios en tu
situación actual, no por ignorancia de la aflicción,
sino seguro de que él está obrando estas cosas
para tu bien porque te ha llamado y lo amas?
a) El que está contento demuestra que Dios reina en tu corazón
Reverencias la autoridad de Dios y confías en
su soberanía,
o no obedecerías sus órdenes: “Enmudecí, no abrí
mi boca, porque tú lo hiciste” (Sal. 39:9). Si el
golpe hubiera venido de otra mano, David no lo
habría aceptado tan calladamente. Cuando un
criado abofetea a un niño, este corre para decirlo
enseguida a su padre; pero aunque el padre
mismo castiga a su hijo con mayor severidad
que el criado, el niño no se queja por respeto a la
autoridad paterna. Igualmente, tu consuelo solo
proviene de Dios: “Estad quietos, y conoced que
yo soy Dios” (Sal. 46:10). Hay que conocer a
Dios por la fe antes de que el corazón pueda “estar
quieto”.
b) Un corazón rendido confía en la misericordia y la bondad de Dios
en los problemas
El escudo espiritual del creyente
Crees que Dios puede obrar en tu prueba para
bien; de otra
manera, no serías capaz de sacrificar tan
fácilmente tus placeres inmediatos. El niño se
acuesta de buen grado mientras los demás
acuden a cenar si la madre promete dejarle algo
para el día siguiente. El niño cree en la promesa
y se conforma con obedecer a su madre.
El ojo de la fe ve algo que recompensará tus
pérdidas presentes, y esto te dispone a ayunar
mientras los demás festejan, o a sufrir la
enfermedad mientras otros gozan de buena salud.
Pablo nos dice por qué él y sus hermanos afligidos
no desmayaban: veían cómo se les acercaba el
Cielo a medida que la tierra se alejaba: “Por
tanto, no desmayamos [...]. Porque esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un
cada vez más excelente y eterno peso de gloria”
(2 Co. 4:16-7).
3. Mientras más puede esperar el cristiano
las respuestas, más fuerte es su fe
Solo un mercader pobre exige el pago en metálico
en cada venta. La fe débil es para el presente; si
no puede ver cubiertos sus deseos de inmediato,
se llena de celos y llega a tristes conclusiones
como que la oración no ha sido oída, o bien que
Dios no ama al que ora. Pero la fe que es lo
bastante fuerte para tratar con Dios, sabe esperar:
“El que creyere, no se apresure” (Is. 28:16). Su
inversión está en buenas manos, y no ansia
demandar los intereses, sabiendo que los viajes
más largos tienen mejores ganancias.
4. Mientras más sufre el cristiano de buen
grado por la promesa, más fuerte es su fe
Si alguien renuncia a una buena herencia,
El escudo espiritual del creyente
abandona su familia y sigue a un amigo en
peligrosas y extrañas aventuras, damos por
sentado que lo ama mucho. Pero si renuncia a
todas sus posesiones presentes por un amigo a
quien nunca ha visto, basándose en una invitación
escrita que le promete grandes cosas en el
futuro, su confianza nos asombra aún más.
Pero no es tan fantástico como parece. En las
Escrituras leemos acerca de este Amigo “a quien
amáis —nos dice Pedro— sin haberle visto, en
quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os
alegráis” (1 P. 1:8). El contexto de este pasaje
es “en diversas pruebas” (v. 6), pero ya que el
camino del creyente atraviesa el escabroso
desierto para llegar a disfrutar de Cristo, este
creyente pasará con gozo por las tentaciones
más profundas. Esta sí que es una fe gloriosa. No
se trata de alabar el Cielo y desear estar allá,
sino de abandonar placeres predilectos y aceptar
grandes sufrimientos cuando Dios nos llama a ello.
Esto prueba que la fe es verdadera y fuerte.
5. Mientras más fácilmente se resiste el
creyente a la tentación, más fuerte es su fe
Un gran pez rompe fácilmente la misma red que
captura a uno pequeño. La fe del cristiano es
fuerte o débil según le sea fácil o difícil romper
con la tentación. Cuando una tentación normal te
atrapa como una telaraña a una mosca, tu fe es
muy débil. La fe de Pedro era débil cuando la voz
de una muchacha lo llevó a negar a Cristo; pero se
fortaleció al resistir y refutar las amenazas de todo
el Concilio (Hch. 4:20). Hasta cuando la fe no
tiene manos para derribar al enemigo, las tiene
para defenderse, y una voz para pedir ayuda al
Cielo. La fe verdadera siempre encuentra la
manera de combatir el pecado.
Cristiano, compárate contigo mismo. ¿Atrapan
El escudo espiritual del creyente
las concupiscencias tu corazón y lo apartan de
Dios con la misma fuerza que hace unos meses?
¿O puedes decir honradamente que tu corazón las
va venciendo? Ahora que sabes más de Cristo y has
vislumbrado sus glorias espirituales, ¿puedes pasar
por la puerta de dichas concupiscencias sin mirar
adentro? Cuando la tentación llama a tu puerta,
¿eres capaz de cerrársela en la cara? Si el poder
del pecado muere, puedes estar seguro que tu fe
está viva y vigorosa. Mientras más fuerte sea el
golpe, más fuerte es el brazo que lo da. Un niño no
puede hacer una herida tan grave como un
hombre. Aunque la fe débil no es capaz de dar el
golpe mortal al pecado, la fuerte está dispuesta y
capacitada para hacerlo.
6. Mientras más obediente y compasivo es el
cristiano en su vida, más fuerte es su fe
La fe obra por el amor; por tanto, su fuerza o su
debilidad puede juzgarse por la fuerza o la
debilidad del amor expresado en el
comportamiento del creyente. La potencia del
brazo que tensa el arco se prueba por la fuerza con
que vuela la flecha. Ciertamente la fuerza de
nuestra fe se conoce por el impulso con que
nuestro amor sube a Dios. Es imposible que una fe
débil, incapaz de tensar la promesa como la
fuerte, impresione tanto al corazón para que ame a
Dios como la más fuerte.
Por tanto, si tu amor a Dios te hace abandonar
el pecado,
cumplir con el deber y obedecer los mandamientos
del Señor, estás graduado en el arte de la fe. El
amor del cristiano avanza a la par que su fe, como
el calor aumenta con la fuerza del sol; mientras
más sube el sol hacia el meridiano, más calor hace.
El escudo espiritual del creyente
Igualmente, mientras más exalta la fe a Cristo en el
cristiano, más intenso es su amor de Cristo.
Al principio, cuando el cristiano deploraba sus
pecados, el temor lo conmovía y su rostro se
desfiguraba por el remordimiento, como aquel que
toma una medicina amarga. Pero ahora su
arrepentimiento no le es tan desagradable, ya que
la fe ha hallado la realidad personal de la
misericordia de Dios. Ya no odia la palabra
“arrepentimiento” como hacía Lutero en otros
tiempos, sino que echa mano de la obra del
arrepentimiento con dulce actitud hacia el buen
Dios que le aguarda con una esponja empapada en
la misericordia de Cristo para borrar sus pecados
en cuanto los confiese.
Lo mismo se puede decir de otro aspecto de la fe
y del amor. La fe fuerte libera el alma. No cumple
con su deber como el súbdito oprimido ha de pagar
sus impuestos, con pena, pensando en lo mucho
que pierde. Da con la misma liberalidad con que un
niño presenta a su padre una manzana del huerto
familiar. En su niñez, obedecía y servía a su padre
más por temor al castigo que por amor. Pero al
desarrollarse la relación con él, con plena
conciencia de que su padre espera la obediencia
de su parte, su egoísmo se desvanece y su afecto
natural prevalece para agradar a su progenitor. Así
es el cristiano cuya fe crece y madura.
7. Mientras más templada es la actitud del
cristiano ante la muerte, más fuerte es su fe
Las comidas picantes o agrias requieren mucho
azúcar para suavizarlas. La muerte es algo que
deja mal gusto en el alma. Solo la fe fuerte puede
hacer que los pensamientos graves sobre este
tema sean dulces y deseables. Algunos, cuando
se cansan de su situación actual, dicen querer
El escudo espiritual del creyente
morir. Pero el que conoce la inmutabilidad de la
muerte, sea para gozo o para desdicha, nunca la
llama hasta comprender lo que puede esperar de
Dios al llegar al otro mundo. La fe débil nunca
será capaz de hacerlo sin un aluvión de dudas y
temores.
Sin embargo, a veces el cristiano de fe débil
afronta la muerte con tan poco temor como el que
tiene una fe mucho más fuerte, y hasta con más
gozo que este, porque lo sostiene una especial
medida de consolación divina. Pero si Dios la
retirara, volverían los temores del moribundo y de
nuevo sentiría la tristeza, como un enfermo
temporalmente fortalecido por un fuerte brebaje.
Pero la forma normal de que los corazones de los
cristianos se eleven por encima del temor para
desear ardientemente la muerte, es alcanzando
una fe fuerte. Dios puede hacer un festín con pocos
panes, multiplicando al instante la parca fe del
creyente para poner una mesa abundante con
variedad de consolaciones, pero me temo que no
hará este milagro por aquel que se contenta con
la poca fe que ya tiene sin intentar aumentar su
acopio para el momento de la necesidad.
El creyente ha de reconocer la fe
¿Cuál es peor, el pecador que oculta y niega su
pecado, o el cristiano que oculta y niega su fe? El
primero parece peor, si consideramos su intención:
porque el pecador oculta su pecado con un mal
fin. El alma insegura es bienintencionada: tiene
miedo de ser hipócrita y mentirosa al decir que
posee algo que sospecha no posee. Pero si
consideramos la consecuencia de que un creyente
no reconozca la gracia de Dios, y cómo Satanás
El escudo espiritual del creyente
aprovecha esto para llevarle a otros pecados, no
es tan fácil saber cuál de las dos situaciones es
peor.
La intención de José fue pura al decidir
divorciarse de su esposa María, pensando que esta
había caído en un pecado de infidelidad sexual.
Pero hubiera sido trágico que persistiera en esa
idea, especialmente después de que el ángel le
informó de que ella había concebido por el Espíritu
Santo.
Podría ser que estuvieras pensando en
abandonar tu fe como si esta fuera una virtud
falsificada y vil, concebida en tu corazón hipócrita
por el padre de la mentira. ¿No has tenido una
visión (no necesariamente de un ángel o de
revelación inmediata, sino del Espíritu Santo) que
te anima a aceptar y reconocer tu fe como algo
concebido en ti por el Espíritu? Ciertamente esa fe
no es ningún bastardo creado por la ilusión de
Satanás en el vientre de tu propia imaginación; no
te defraudes a ti mismo retrayéndote de esta virtud
cuando en realidad puedes sacar una provisión
inagotable de tu rico tesoro en Cristo.
Sospechas que llevan a una persona a negar su fe
Nuestro bendito Salvador dice a sus discípulos las
maravillas que harán si creen y no dudan (cf. Mt.
21:21); y la fe sin duda mencionada en Mateo, es la
fe “como un grano de mostaza” a que se refiere
Lucas (cf. Lc. 17:6). La duda contra la que Cristo
previno a sus discípulos es de la clase que intenta
robar a estos la seguridad en cuanto a lo auténtico
de su fe.
Puedes tener paz interior sin gozo, y esta
aparente paradoja es susceptible de hacerte dudar
de tu fe. El día puede ser tranquilo aunque no brille
El escudo espiritual del creyente
un sol glorioso. Y a pesar de que el Consolador no
venga con consolaciones emotivas, ya ha
calmado la tempestad de tu alma perturbada. La
verdadera paz, tanto como el gozo, es prueba de
“la fe no fingida” (2 Ti. 1:5).
Otra manera como la duda intenta engañar al
cristiano y aguijonearlo para que niegue su fe, es
por la misma ausencia de paz. Tenemos paz con
Dios en cuanto creemos en Cristo, pero no siempre
la tenemos con nosotros mismos. El indulto puede
estar aprobado y sellado por el príncipe, sin haber
llegado aún a manos del preso. ¿No consideras
temerarios a los que acusaron a Pablo de ser un
asesino porque la serpiente se había aferrado a su
mano? Entonces, ¿por qué te condenas por
incrédulo cuando las aflicciones y angustias
interiores se aferran al alma de un hijo tan
apreciado por Dios en la tierra como tú?
Las Escrituras relacionan la duda con la fuerza
de la fe, no con su existencia. “¡Hombre de poca
fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt. 14:31), le dijo Cristo a
Pedro cuando este se hundía; reprendiendo la duda
a la vez que reconocía la realidad de la fe, por débil
que fuera. Toda duda es mala por naturaleza; pero
algunas dudas, aunque sean malas en sí mismas,
evidencian la gracia en la persona que duda.
La irritabilidad en un enfermo que antes estaba
inconsciente, es señal segura de su recuperación.
Es bueno que el alma sepa que sus dudas le
pueden decir si su fe es real, aunque débil, o si
está ausente. Por ello, indicaré cuatro
características de las dudas que pueden
acompañar a la verdadera fe.
Características de las dudas que pueden acompañar a la
El escudo espiritual del creyente
verdadera fe
1. El creyente verdadero siente vergüenza y
pena ante la duda
Cuando consideras lo mucho que realmente
desconfías de Dios en lugar de creerle, ¿no te dan
ganas de llorar? ¿De dónde procede esta pena?
¿Llora la incredulidad por sí misma? No, sino que
demuestra la fe de tu alma que llora porque la
incredulidad mancilla el nombre de Dios.
Igual que la ley absolvía a la mujer que daba
voces en el campo (cf. Dt. 22:27), el evangelio te
absuelve cuando te arrepientes de la incredulidad.
El Salmista se vio casi consumido por la duda:
“¿Podrá poner mesa en el desierto?” (Sal. 78:19).
A menudo esta clase de incredulidad pone en tela
de juicio la fidelidad de Dios. ¡Como si cuestionara
la existencia de Dios! Pero al final admite su
necedad: “Dije: Enfermedad mía es esta” (Sal.
77:10). Como si dijera: “¡Gracias, incredulidad!
Eres mi enemiga y la de Dios; y quieres asustarme.
Pero lo que has conseguido es probar la existencia
de la fe en el fondo de mi incredulidad”.
2. Un creyente sincero anhela la bondad de
Dios a pesar de las dudas
El creyente débil puede cuestionar el amor de Dios
para con él, pero lo anhela más que la duda. Así
habla el alma suplicante: “Mejor es tu misericordia
que la vida” (Sal. 63:3). Duda si Cristo le
pertenece; pero si le preguntas lo que vale Cristo, y
lo que daría por tenerlo, dirá que no hay precio
demasiado alto: “Para vosotros, pues, los que
creéis, él es precioso” (1 P. 2:7). En resumen,
duda si es santo o falsificado; pero su alma
anhela y busca aquellas virtudes que apenas ve.
Este deseo da buen testimonio de virtud en el
El escudo espiritual del creyente
corazón. Las palabras de David evidencian esta
virtud al decir: “Quebrantada está mi alma de
desear tus juicios en todo tiempo. Sumamente pura
es tu palabra, y la ama tu siervo” (Sal. 119:20,140).
¿Puedes realmente dejar que tu corazón vaya
tras Cristo y su gracia, sin observar tu interés en
ambos? Anímate, porque tus dudas no provienen
de una falta total de fe sino de tu insatisfacción
con la calidad débil de tu fe.
El amor excesivo suele producir un temor
exagerado. La esposa que ama grandemente a su
marido teme en su ausencia que no vuelva a
verlo. Una duda le dice que estará enfermo y
otra, que ha muerto; así su amor la atormenta
sin causa, porque su marido está bien y va camino
a casa. Si no encontramos cierto anillo costoso,
tememos que se haya perdido. Las pasiones
fuertes por naturaleza perturban la razón y ocultan
cosas que normalmente vemos claramente. Así,
muchas almas inseguras buscan aquella fe que ya
tienen en el corazón: les ha estado oculta por su
fuerte deseo de ella.
Rode “de gozo no abrió la puerta” a Pedro,
porque su gozo la hizo olvidar lo que habían
estado pidiendo (Hch. 12:14). Entonces, el alto
valor que el cristiano inseguro atribuye a la fe,
junto con su excesivo anhelo, no le dejan ver
que ya tiene la joya que tanto ansia.
3. Las dudas motivan al creyente a buscar
en Dios lo que teme que le falta
El cristiano inseguro tiene tanto tumulto en el alma
que no puede descansar hasta que deja que la
Palabra de Dios decida las cuestiones por él. Igual
que Asuero no era capaz de dormir y pidió las
El escudo espiritual del creyente
crónicas de su reino, el alma insegura acude a las
crónicas del Cielo. Rebusca en la Palabra y en su
propio corazón algo que corresponda a la
descripción de la fe bíblica, como la imagen del
espejo corresponde al rostro humano.
Cuando las dudas de David asfixiaban su fe, no
se rendía dejando que el barco navegara a la
deriva. En lugar de dudar del amor de Dios para
con él, meditaba en su corazón y su alma indagaba
con diligencia: “Al Señor busqué en el día de mi
angustia” (Sal. 77:2). Uno no debe conformarse con
su duda sin resolver, como no lo haría aquel que
oliendo humo en la casa se acostara a dormir. Más
bien buscará en todas las habitaciones y rincones
hasta quedar satisfecho de su seguridad.
El alma insegura teme despertarse rodeado de
las llamas del Infierno; pero la que está presa de la
incredulidad siente una seguridad falsa y se
descuida. El mundo antiguo no creía en la
inminencia del Diluvio, y los hombres en su letargo
se negaban a considerar el aviso de Dios. El agua
entró por sus ventanas antes de que pudieran
escapar.
4. A pesar de las dudas, el verdadero creyente
se apoya en Cristo y aún desea aferrarse a él
Mientras Pedro se hundía en el agua, clamaba a
Cristo; y esto probaba la realidad de su fe. Aunque
Jonás sufrió muchos temores, en medio de ellos su
fe se aferraba secretamente a Dios: “Entonces dije:
Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún
veré tu santo templo” (Jon. 2:4); “Cuando mi
alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová” (v.
7). También David, aunque no se podía deshacer
de todos los temores que entraban por su débil fe
como un barco que hace aguas, levantó
firmemente su mano para cortar con ellos: “En el
El escudo espiritual del creyente
día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3).
La duda del cristiano débil es como el vaivén del
barco anclado: se mueve, pero no deja de aferrarse
a Cristo; las dudas del incrédulo, en cambio, son
como el movimiento de las olas que no tienen
ancla y están a merced del viento: “Pero pida con
fe, no dudando nada; porque el que duda es
semejante a la onda del mar, que es arrastrada
por el viento y echada de una parte a otra” (Stg.
1:6).
Características de la fe presuntuosa
Sin embargo, a veces el cristiano inseguro teme
que su fe sea presuntuosa. Para los que luchan con
este problema, plantearé tres características de
esa falsa fe.
1.La fe presuntuosa es fácil
Ya que Satanás no se molesta en oponerse a la fe
presuntuosa, esta crece como un hierbajo en tierra
fértil. El diablo se com-
esperanzas falsas en cuanto a Cristo y la salvación.
No se le ocurre a Satanás despertarlo, sino que
cierra las cortinas para que ninguna luz ni ruido
perturbe su conciencia adormecida.
¿Acaso grita el ladrón de noche para avisar a su
víctima del robo y la muerte inminentes? No,
porque el sueño de esta le conviene.
El diablo es enemigo de la verdadera fe. La
persigue en la cuna, como hizo Herodes con el
Cristo recién nacido en el pesebre; derrama sobre
ella un torrente de ira en cuanto anuncia su
nacimiento llorando por el Señor. Si tu fe es
legítima, su nombre podría ser “Neftalí”, y puedes
decir: “He luchado con Satanás y con mi corazón,
y al final he prevalecido”. Ya conoces la respuesta
que recibió Rebeca cuando le preguntó a Dios la
razón de la lucha de los niños en su vientre: “Dos
naciones hay en tu seno” (Gn. 25:23). Cristiano, si
percibes que hay lucha en tu alma, consuélate;
esta disputa proviene de dos principios contrarios:
la incredulidad, el mayor de ellos, por mucho que
intente ganar, servirá a la fe, que es el menor.
2.La fe presuntuosa es desequilibrada
Tiene una mano paralizada. Cuenta con una mano
para recibir el perdón de Dios, pero ninguna para
entregarse a él. La fe verdadera posee dos manos:
“Mi amado es mío, [aquí el alma acepta a Cristo]
y yo suya [aquí se rinde a sus propósitos]” (Cnt.
2:16). ¿Te has entregado libremente a él? Todos
profesan haberlo hecho, pero el alma presuntuosa,
como Ananías, miente al Espíritu Santo y retiene la
parte más importante de lo que prometió poner a
los pies de Cristo. El disfrute de la concupiscencia
está entretejido en su corazón, y no se decide a
rendirlo a la justicia divina. Su vida le va en ello,
y si Dios se lo quitara, tendría que hacerlo por la
fuerza; no hay posibilidad de que consienta en
entregarlo. ¿Es este el retrato de tu fe? De ser así,
te has bendecido con un ídolo; has confundido un
rostro atrevido con un corazón creyente.
Por otra parte, si consideras un privilegio el que
Cristo ten
ga un trono en tu corazón, como tú tienes un lugar
en su misericordia, resultas ser un creyente sano.
Igual podría Satanás llamarse cristiano que
acusarte de fe presuntuosa. Que el diablo te
censure a ti y a tu fe cuando quiera; el perfume
de rosas no es menos suave por llevar escrito en la
etiqueta: “vinagre”. El Señor conoce a los suyos y
sus virtudes, y los reclama como verdaderos hijos,
como el dulce fruto de su Espíritu, aunque Satanás
y el mundo les den un título falso. Ningún padre
repudia a su hijo cuando este, delirando de fiebre,
niega que sea su padre.
3, La fe presuntuosa no disfruta de la comunión
con el Salvador
Cuando un corazón falso pretende tener fe en
Cristo, gusta poco de su dulzura. De ser honrado,
admitiría su preferencia por la mesa de los criados,
con sus sobras de tesoros carnales, a los placeres
de la santa comunión con Cristo y sus hijos.
El que tiene una fe presuntuosa se jacta de su
parte en Dios, pero no desea estar en su presencia;
no bebe el vino del gozo de la copa celestial. No le
consuelan los pensamientos del Cielo, sino sus
posesiones terrenales y mundanas; estos posos son
su gozo.
Sin embargo, la verdadera fe cambia los apetitos
de la persona. Ningún festín es tan agradable para
el creyente como Cristo. Si Dios aparta los demás
platos de la mesa, dejando solo Cristo, el creyente
tiene lo único que desea. Pero si las prioridades
mundanas —salud, amigos, dinero— permanecen y
Cristo se retira, el hombre exclamará: “¡Quién
me ha quitado a mi Señor!”. Solo Cristo sazona los
gustos del creyente, endulzándolos a su paladar.
I.UN ARGUMENTO EFICAZ PARA APAGAR LOS
DARDOS DE FUEGO DEL MALIGNO
Estamos plenamente persuadidos de la
preeminencia de la fe; veamos ahora la razón para
empuñar el escudo de la fe. El argumento más
poderoso se contiene en estas palabras: “Con
que podáis apagar todos los dardos de fuego del
maligno” (Ef. 6:16). “Podáis” no es un incierto
“tal vez puedas”, sino una afirmación absoluta.
¿Puedas hacer qué? “Apagar”; no solo resistir y
repeler, sino extinguir. Entonces, ¿qué
apagaremos? No solamente las tentaciones
normales, sino las flechas más mortíferas que
tenga el diablo en su aljaba: “los dardos de
fuego”; y no unos pocos, sino todos los dardos
de fuego del maligno. La segunda parte explora
dos aspectos en particular de la guerra espiritual:
una descripción del enemigo (“el maligno”) y el
poder de la fe para vencerlo.
Descripción del enemigo
Las Escrituras describen tres aspectos del enemigo
del creyente: su naturaleza, su unidad y sus dardos
de fuego.
1.La naturaleza del enemigo
En Efesios 6:12 se le llama a Satanás “huestes
espirituales de maldad”. Dios debe de tener una
lección especial para su pueblo con este atributo
del diablo, al representarlo con ese nombre. Vemos
por lo menos dos razones para el uso de la palabra
“maldad” en la descripción del enemigo de todo
cristiano.
Primera, Dios utiliza esta palabra para recordar a
sus hijos que deben odiar el pecado y resistir a
Satanás. El nombre que más exalta a Dios es
“Santo”. En consecuencia, la Escritura le pone al
diablo la marca más negra e infame al llamarle “el
maligno”. Si se pudiera separar la santidad de las
demás características de Dios (lo cual sería la peor
blasfemia), se disiparía la gloria de estas. Si fuera
posible disociar la maldad del diablo de sus
tormentos y desdicha, también cambiarían mucho
las cosas. Hay que detestarlo con odio perfecto.
Si no te da vergüenza vivir en pecado, te
pareces al mismo diablo. No pretendas burlarte del
nombre de Satanás o temerlo, pues en ti está su
retrato más verídico, impreso en el pecado que
eliges. Se dice que Caín “era del maligno” (1 Jn.
3.12). Si eres malo, eres del diablo. Cada pecado
cometido es un nuevo trazo diabólico en tu alma.
Si la imagen de Dios en el creyente, que el
Espíritu tarda años en grabar en él, acabará
constituyendo un retrato asombroso de Cristo
cuando se haya plasmado la última línea allá en el
Cielo, imagínate lo temible y terrible que podría ser
tu aspecto después de los esfuerzos del diablo por
imprimir sobre ti su apariencia, haliándote en el
Infierno, donde tendrás tiempo para ver la plenitud
de la muerte y la maldad reflejadas
inequívocamente en tu ser.
¡Qué lástima de las almas terrenales que están
controladas por el poder de este maligno! David
clasifica esto entre otras grandes maldiciones: “Pon
sobre él al impío, y Satanás esté a su diestra” (Sal.
109:6). Prefiere ser el más miserable prisionero de
la nación que el mejor siervo del pecado y Satanás.
Salomón dice: “Cuando domina el impío, el pueblo
gime” (Pr. 29:2). Los pecadores engañados ríen
cuando señorea el diablo, pero tú puedes gemir por
quienes se ríen del pecado y van al Infierno por su
causa.
Recuerda que Satanás es el maligno y no puede
hacer ningún bien. Ya que conoces la felicidad de
servir al Dios Santo, tendrás preparada la
respuesta cuando este maligno venga para
incitarte al pecado. ¿Quieres mancharte las manos
en su vil servicio después de haberlas utilizado
para el puro y noble servicio de Dios? Ni escuches
siquiera las excusas de Satanás, si no quieres llevar
el sobrenombre de “maligno”.
La segunda razón por que Dios llama a Satanás
“el maligno” es para alentar a los creyentes en el
combate. Es como si Dios dijera: “No le tengas
miedo; te enfrentas a una compañía malvada. Y sus
defensores también son malvados”. Esto le daría
valor a un cobarde para pelear contra esa chusma.
La maldad es necesariamente cobarde. La culpa
de los demonios les dice que su causa está perdida
antes de luchar siquiera. Te temen, cristiano, por tu
santidad; no tienes que tener tú miedo de ellos.
Cuando los consideras sutiles, poderosos, y
numerosos, tu corazón late con fuerza; pero tenlos
por espíritus viles e impíos que odian a Dios más
que a ti. La única razón por que se molestan en
odiarte es por tu relación con él. ¿De parte de
quién está Dios? Antiguamente reprendió a los
reyes por tocar a sus ungidos. ¿Se quedará parado
ahora dejando que estos malvados amenacen su
vida que está en ti sin rescatarte? Imposible.
2.La unidad del enemigo
Todas las legiones de demonios y las multitudes de
hombres malvados forman un solo cuerpo místico
de maldad; igual que Cristo y sus santos son
también un solo cuerpo místico de santidad. Un
Espíritu une a Cristo y a sus santos, y un espíritu
une a los demonios y a los impíos. Todos los
dardos los dispara el mismo arco con la misma
mano. Entonces, la batalla del creyente es un duelo
con un gran enemigo; pero este enemigo reúne
todas sus fuerzas para armarse con dardos de la
peor clase.
3.La provisión guerrera del enemigo
Los dardos diabólicos son tentaciones que apuntan
con exactitud asombrosa a las almas humanas.
Estas tentaciones se llaman “dardos” por tres
razones.
a) Los dardos son veloces
El Salmista llama “saetas” divinas a los relámpagos
por su velocidad: “Envió sus saetas, y los
dispersó; lanzó relámpagos, y los destruyó” (Sal.
18:14). Las tentaciones diabólicas vuelan como
rayos. Satanás no necesita más que un instante
para enviar una tentación: David mira a Betsabé,
y la saeta diabólica se clava en su corazón antes
de que pueda apartar la mirada.
A veces una palabra o dos aceleran la saeta
diabólica de la tentación. Cuando sus siervos le
informaron de que Nabal le había agraviado, la ira
de David fue lo que hizo que el dardo de la
venganza se clavara en su corazón. ¿Qué es más
rápido que un pensamiento? Una idea necia surge,
y nuestro corazón de repente corre tras ella como
un perro tras la presa que salta delante de él
cuando va a la zaga de su amo. Si una tentación
no hiere, Satanás manda otra enseguida; ni bien se
dispara un dardo, el astuto arquero coloca otro en
la cuerda.
b) Los dardos vuelan en secreto
Lo mismo sucede con las tentaciones. La flecha
viene de tan lejos que podemos encontrarnos
heridos sin llegar nunca a ver quién nos disparó.
Los malos lanzan sus dardos “a escondidas” (Sal.
64:4). Satanás dispara una tentación: a veces
utiliza la lengua de la esposa para sus fines, otras
se pone tras el marido o el amigo y no se le ve
actuar. ¿Quién habría sospechado que Abraham
sería instrumento de Satanás para incitar a su
esposa al pecado?
A veces el diablo es tan taimado que falsifica el
arco divino para disparar sus dardos, y el
cristiano cree que es Dios quien le está riñendo.
Job clama a causa de “las saetas del
Todopoderoso” y de su “veneno” (Job 6:4),
cuando es Satanás quien se ha ensañado con él.
Dios era buen amigo de aquel hombre, pero
permitió que el diablo lo probara. El pobre Job
protestaba como si Dios hubiera abandonado su
amistad con él para hacerse su enemigo.
Los dardos de Satanás no solo son veloces y
furtivos, sino que hacen poco ruido en su vuelo; no
avisan de su llegada. La tentación se acerca
imperceptiblemente: el ladrón entra antes de que
pensemos en cerrar las puertas. El viento se mueve
en secreto, como dice nuestro Salvador: “Ni sabes
de dónde viene, ni a dónde va, pero oyes su
sonido” (Jn. 3:8). Con el mismo silencio Satanás
urde tentaciones insospechadas contra el cristiano.
c) Por naturaleza, los dardos hieren y matan
Esto es especialmente cierto cuando los dispara,
con un arco fuerte, un arquero que tiene la fuerza
necesaria para tensarlo. Las tentaciones de
Satanás son así: están apuntadas con malicia
mortal, y tensadas con una fuerza sobrenatural. Si
Dios no nos proporcionara una buena armadura,
nos sería imposible resistir el poder del diablo y
llegar a salvo al Cielo.
Jesús quiere que seamos conscientes de la fuerza
de los ataques seductores del diablo, porque nos
enseña a pedir al Padre: “No nos metas en
tentación” (Mt. 6:13). Cuando Cristo oró así,
acababa de probar la astucia y fuerza tentadoras
de Satanás; a quien con su sabiduría y poder es
bien capaz de vencer, ¡pero las cuales sabe que
pueden derrotar aun a los santos más fuertes!
Exceptuando a Cristo, Satanás ha logrado
engañar a todos los seres que han vivido en este
mundo. Solo Jesús tuvo la prerrogativa de ser
tentado sin caer en la tentación. Job, un jefe del
ejército de Dios, descrito por el Padre como
“perfecto y recto” (Job 1:1), recibió graves heridas
de los dardos de Satanás. Pero, en su momento,
Dios fue fiel para sacarlo de las garras del diablo y
traer sanidad y restauración a su siervo.
El armamento de guerra de Satanás no solo
incluye flechas sino “dardos de fuego”. Algunos
eruditos creen que este “fuego” se refiere a cierta
clase de tentación, como podrían ser la blasfemia o
la desesperación, pero ya que la fe es el escudo
para toda tentación, vemos que cualquier dardo de
Satanás es incendiario. ¿Entonces por qué la
Escritura los llama dardos “de fuego”?
Primero, Satanás los dispara con ira ardiente.
Este dragón escupe fuego de indignación contra
Dios y todos sus santos. Saulo respiraba
“amenazas y muerte contra los discípulos del
Señor” (Hch. 9:1). Como el que arde interiormente,
su aliento quemaba: un chorro calcinante de
rabia perseguidora salía de él como de un horno
candente. Tal tentación es el hálito de la furia
diabólica.
Además, estos dardos son incendiarios porque si
no se apagan, llevan a la persona al fuego del
Infierno. Hay una chispa infernal en cada tentación.
Toda tentación se dirige al Infierno y la
condenación, según el propósito y la intención de
Satanás.
Finalmente, y lo que es más importante, los
dardos diabólicos son incendiarios por sus efectos
malignos en el espíritu humano: prenden fuego en
el corazón y la conciencia. El apóstol alude a la
costumbre de ciertos enemigos crueles que
mojaban la punta de los dardos en veneno,
convirtiéndolos en aún más mortíferos. No solo
herían la parte que penetraban, sino que
infectaban todo el cuerpo, haciendo casi imposible
la curación.
El poder de la fe sobre el enemigo
Los dardos de Satanás, que el cristiano puede
apagar por la fe, es posible describirlos según dos
de sus características: los que seducen con falsas
promesas de satisfacción, y los que conllevan
temor y terror.
Los dardos de fuego de las tentaciones agradables
Los dardos de Satanás consistentes en
tentaciones fascinantes producen ampollas. Cada
corazón tiene tendencia al pecado. Las tentaciones
no nos caen como bolas de fuego sobre la nieve
helada, sino como chispas y relámpagos sobre un
tejado de paja, que pronto arde en llamas.
Satanás tienta, pero el pecado se nos cobra a
nosotros: “Cada uno es tentado, cuando de su
propia concupiscencia es atraído y seducido”
(Stg. 1:14). El diablo tienta, pero es nuestra
concupiscencia la que nos atrae. El cazador pone
la red, sin embargo el deseo de la propia ave la
lleva a caer en la trampa.
El corazón humano es vulnerable al fuego de
los dardos de Satanás: “Sin leña se apaga el
fuego” (Pr. 26:20). Ya que Cristo extinguió los
dardos de fuego, estos no pudieron dañarle.
Satanás no encontró combustible de corrupción en
él. Pero nuestros corazones se calentaron una
vez en Adán, y desde entonces no se han
enfriado. El Antiguo Testamento compara el
corazón del pecador con un horno: “Todos ellos
son adúlteros; son como horno encendido por el
hornero” (Os. 7.4). El corazón humano es el horno,
el diablo es el hornero, y la tentación, el fuego que
lo calienta.
David dice: “Estoy echado entre hijos de
hombres que vomitan llamas” (Sal. 57:4). ¿Y quién
las enciende? Santiago resuelve la cuestión
diciendo que “el infierno” (Stg. 3:6). Cuando el
corazón arde con la tentación, es difícil apagar ese
fuego, aun en un hijo de la gracia. David mismo,
bajo el poder de una tentación tan evidente para
la simple vista carnal, fue responsable de la
muerte de 70 000 hombres. Un solo pecado tuvo
un alto precio. Si el Infierno ruge así en un
David,
¿qué daños no hará cuando no hay gracia en el
corazón para apagarlo? El alma poseída por las
llamas de la tentación corre a la boca de la muerte
y el Infierno, y no se frena fácilmente.
Debemos temer el abrazo de la tentación cuando
es tan seductora. Algunos se confían demasiado,
como si tal enfermedad no pudiera infectarlos, y
respiran cualquier aire que se presenta. A veces
Dios permite que les llegue un dardo diabólico,
para que conozcan su propio corazón. ¿Quién se
compadece del hombre cuya casa estalla, si
guarda la pólvora cerca de la chimenea?
¡Apártate de la diana del diablo si no quieres
que te clave una de sus flechas! Aléjate en lo
posible de los blancos de la tentación. Si Satanás
logra cautivarte, pronto te sentirás aturdido; y un
pecado enciende otro, como la broza la leña.
Ya que esto es así, no debemos dejar que
Satanás utilice un pecado como combustible para
prender fuego a otra persona. Los idólatras
decoran sus templos y altares con cuadros de oro
y plata para atraer las miradas. Están embelesados
con sus ídolos como el amante con su amada. El
borracho contagia al prójimo dándole de beber (cf.
Hab. 2:15). Es ilegal prender fuego a la casa del
vecino, ¿pero qué de aquel que incendia un alma
con fuego infernal?
Algunos son pirómanos, pero es posible causar
un incendio por error. Un niño tonto que juega con
cerillas incendia una casa, la cual no son capaces
de apagar muchos hombres sabios. Satanás puede
utilizar tu negligencia para encender la tentación
en el corazón de otro. Tal vez sea mediante una
palabra ociosa, que para ti carece de peligro; pero
una ráfaga de tentación puede llevar esa chispa al
corazón de tu amigo, prendiendo en él un fuego
mortal. O quizá lo hagas por un atuendo
inconveniente que, aunque lo lleves con corazón
puro, solo porque es la moda, se convierte en un
lazo para otra persona. Seguro que el alma de tu
hermano es más importante para ti que la moda.
La Escritura nos amonesta a que no seamos
orgullosos en
nuestras decisiones para vencer la tentación: “Así
que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”
(1 Co. 10:12). Cualquier tentación que resistimos es
común a todos; “pero fiel es Dios, que no os
dejará ser tentados más de lo que podéis resistir,
sino que dará también juntamente con la tentación
la salida” (v. 13). Dios abre esa salida por el poder
de la fe.
El poder de la fe para apagar las tentaciones agradables
La fe capacita al alma para apagar las
tentaciones placenteras del maligno. “Esta es la
victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn.
5:4). La fe planta su estandarte triunfal en la
cabeza del mundo. Juan nos explica lo que quiere
decir aquí “el mundo”: “No améis al mundo [...].
Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos
de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria
de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”
(2:15-16). Todo lo que hay en el mundo alimenta y
enciende las pasiones. La fe capacita al alma para
apagar los dardos que Satanás moja en el veneno
de las concupiscencias mundanas.
1.“Los deseos de la carne”
Esta tentación promete un placer carnal. Es tan
ardiente que cuando halla un corazón carnal,
pronto lo enciende con pasiones desenfrenadas y
burdos afectos. El adúltero arde de lujuria y el
borracho con su vino.
Ninguna tentación obra con mayor afán que las
que prometen deleite carnal. Se dice que los
pecadores “comete[n] con avidez toda clase de
impureza”; esta “avidez” es una especie de codicia,
porque la Palabra sugiere que ellos nunca se
saciarán (Ef. 4:19). Ninguna bebida sacia la sed del
hombre envenenado. Solo la fe puede ayudar al
alma que arde con tales llamas. En el Infierno el
rico se quema sin una gota de agua para refrescar
su lengua. El pecador incrédulo está en un Infierno
terrenal; arde en sus concupiscencias, por falta de
fe, sin agua alguna que apague ese fuego.
Por fe los mártires “apagaron fuegos
impetuosos” (He.
11:34).
Porque nosotros también éramos en otro tiempo
insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de
concupiscencias y deleites diversos [...]. Pero cuando se
manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su
amor para con los hombres, nos salvó (Tit. 3:3-5).
Nadie puede deshacerse de los antiguos
acompañantes de la concupiscencia hasta que,
mediante la fe, llega a intimar con la gracia de Dios
revelada en el evangelio.
2.Cómo la fe apaga “los deseos de la carne”
La fe descorre el velo de los ojos del cristiano, para
que vea el pecado al desnudo antes de que
Satanás lo disfrace con atuendo halagador. El ojo
avizor de la fe tiene “la convicción de lo que no se
ve” (He. 11:1); penetra la cortina de los sentidos y
ve el pecado antes de que se vista para salir al
escenario: un engendro del Infierno que lleva oculto
el tormento. Que venga Satanás y presente una
concupiscencia seductora; el cristiano responderá:
“No me dejo engañar por un espíritu mentiroso. Te
enseña una hermosa Raquel, pero pretende
entregarte una Lea miope; promete gozo, pero
paga con tristeza”.
Los disfraces que hacen tan atractivos a estos
deseos no son suyos. La mujer de Endor dijo: “¿Por
qué me has engañado? Pues tú eres Saúl” (1 S.
28:12). La fe también puede reconocer al pecado
y a Satanás por sus nombres aunque vayan
disfrazados. La fe dice: “Tú eres Satanás, ¿por qué
intentas engañarme? Dios ha dicho que el pecado
es amargo como hiel y ajenjo. ¡No puedes hacerme
creer que recogeré frutos dulces de tus raíces de
amargura, ni uvas de tus espinos!”.
La fe capacita al alma para reconocer, no solo la
naturaleza
del pecado, vacío de todo placer, sino la calidad
temporal de su frívola exaltación. La fe nos
persuade de que no abandonemos las seguras
misericordias de Dios por la excitación efímera de
Satanás. Esta persuasión hizo que Moisés huyera
de los encantos de la corte egipcia al fuego de la
“aflicción” porque los reconocía como “deleites
temporales” (He. 11:25). Si vieras a alguien saltar
al mar desde un barco, al principio lo tomarías por
loco; pero luego, si lo ves de pie en la orilla y el
barco hundido, sabrías que había hecho bien.
La fe ve cómo el mundo y todo atractivo del
pecado se hunden; tienen una fuga que la sabiduría
humana no puede reparar. ¿No es mejor nadar por
la fe en el océano de las pruebas, para arribar a
salvo al Cielo, que sentarse en el regazo del placer
pecaminoso hasta hundirse en el lago de fuego?
El deleite del pecado no puede durar, porque no
es natural. Lo artificial pronto se corrompe. El
azúcar es dulce por naturaleza y, por tanto,
mantiene su dulzura; pero el vino edulcorado
artificialmente pierde el buen sabor en pocos días.
El deleite del pecado es extraño a su naturaleza y
corrompe la vida que toca. Nada de la dulzura que
ahora satisface a los pecadores se saboreará en el
Infierno: allá la copa del pecador se sazonará con
amargura.
la vida misma es corta, y ambas terminan juntas.
Muchas veces el placer del pecado muere antes
que su víctima. Los pecadores sobreviven a su
deleite mundano. El gusano se cría en su
conciencia antes que en su carne con la muerte.
Puedes estar seguro que las ventajas del pecado
nunca sobreviven a este mundo. Dios ha proferido
la palabra: “Dios en su ira les reparte dolores” (Job
21:17). El clima del Infierno es demasiado caluroso
para que sobrevivan los deleites malignos.
La fe es la sabia virtud que hace al alma
considerar cómo pasará la eternidad. El corazón
carnal vive en el presente: hunde el morro en la
pocilga y, mientras se revuelca, cree que aquello
no acabará nunca. Pero la fe anda a pasos
agigantados: con un zanco pasa por toda una vida
y ve el final desde el principio. David dice: “A toda
perfección he visto fin” (Sal. 119:96). Se imagina
a los malvados, mientras aún se revuelcan en sus
lechos sensuales, cortados y ardiendo en el horno
de Dios como si ya estuviera hecho (Sal. 37:2).
Según su fuerza, la fe agudizará la vista de todo
cristiano. ¿Quién envidia el festín del reo que va
camino al patíbulo?
Finalmente, la fe no se deja engañar por las
“gangas” de Satanás y le muestra al alma dónde
puede disfrutar de goces de calidad a un precio
mucho menor. Los clientes compran allí donde
encuentran lo mejor. Este principio es verdad
también para los pecadores. El borracho acude a la
mejor cerveza, el glotón al plato más lleno. Pero la
fe premia el alma con galardones sin parangón.
Abre el camino a la promesa y entretiene allá al
creyente a cuenta de Cristo con todos los manjares
del evangelio.
La fe deja al cristiano gustar el banquete que
disfrutará plenamente en el Cielo. Aun este
pequeño bocado se deshace en “gozo inefable y
glorioso” (1 P. 1:8). Esta verdad de seguro apagará
el apetito de la tentación. Cuando Satanás invita al
cristiano a su deslumbrante orgía, el alma puede
decir: “¿Dejaré estos placeres que sacian todo
deseo, para corromperme con el mohoso pan del
pecado? Entonces sería como Judas, que se levantó
de la mesa de su Maestro para sentarse a aquella
del diablo”.
3. “Los deseos de los ojos”
Aquí el apóstol hace referencia a las tentaciones
extraídas del tesoro del mundo. El ojo primero
adultera con ellas. Como el ojo impuro mira a la
esposa de su prójimo, el ojo codicioso se fija en
los bienes de otro y los desea. Considera los
efectos trágicos de esta tentación en Acab, cuando
codició la viña de Nabot. Compró aquellas
hectáreas, que no añadían gran cosa a la renta
del rey, al precio de la sangre de su dueño legítimo.
Solo la fe puede cerrar permanentemente los ojos
codiciosos y dar una percepción clara de la
suficiencia de la gracia de Dios.
4. Cómo la fe apaga “los deseos de los ojos”
Satanás atrae al alma para que se aventure en la
mentira y tome el lingote de oro como la zanahoria
que se le tiende al burro; pero la fe simplemente
convence el alma del cuidado paternal de Dios. Así
la fe enseña el alma a responder: “Ya estoy
abastecida, Satanás; no me hace falta lo tuyo;
¿por qué robar algo que Dios ha prometido
darme?”. “Sean vuestras costumbres sin avaricia,
contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo:
No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5).
¿Cómo te faltará alguna cosa cuando la promesa
de Dios manda sobre sus riquezas? Aquel que está
sin Dios en el mundo lucha por sobrevivir haciendo
la vil voluntad de Satanás; pero tú, cristiano, eres
libre para vivir de la herencia de tu fe.
Otra manera como la fe apaga los deseos de los
ojos es enseñándonos que nuestro consuelo estriba
en la bendición de Dios, no en la abundancia
material: “El hombre de verdad tendrá muchas
bendiciones; mas el que se apresura a
enriquecerse no será sin culpa” (Pr. 28.20). La fe
amonesta: “Si amasas fortuna mundana de mala
manera, nunca te contentará en la medida que
esperabas”. Es imposible robar algo y luego pedir
la bendición de Dios. Satanás no te dará
posesión tranquila de las ganancias del pecado,
ni tampoco te absolverá de los cargos judiciales
que seguramente Dios presentará contra ti.
Finalmente, la fe estimula al cristiano a buscar
metas más altas que todo lo que el mundo ofrece:
descubre que la mercancía de la fe se halla más
allá de los cielos y deja el barro de esta tierra
para conseguir gracia y gloria. La fe puede traer
sus tesoros desde muy lejos.
David considera necio a aquel que se preocupa
tanto por nada. Dice así: “Ciertamente en vano se
afana; amontona riquezas, y no sabe quién las
recogerá” (Sal. 39:6). Luego, da las espaldas al
mundo como algo indigno de esfuerzo, y expresa:
“Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?” (v. 7). Se
pregunta: “¿Es este mi premio? ¿Acumular más
riquezas que mi vecino?”. Y añade: “Mi esperanza
está en ti. Líbrame de todas mis transgresiones”
(vv. 7-8). Su actitud es: “Los que aman el mundo,
que tomen el mundo; Señor, no me des paga en
oro y plata, sino en perdón de pecados”.
5.“La vanagloria de la vida”
Hay un lugar en el corazón humano que anhela la
honra del mundo; y el diablo se esfuerza por irritar
la carne orgullosa con sus fascinantes ofertas.
Cuando por fin se unen la tentación y el deseo,
Satanás logra sus fines.
Aun después de que los judíos se convencieran
de la verdad de la doctrina de Cristo, se apartaron
de él y permanecieron esclavos de su orgullo:
“Porque amaban más la gloria de los hombres que
la gloria de Dios” (Jn. 12:43). La fe apaga esta
tentación al orgullo y, con santo desdén, se
aparta de todo lo que el mundo ofrece como
soborno por el pecado.
Pero el orgullo no ha cautivado a todos a lo largo
de los siglos. “Por la fe Moisés, hecho ya grande,
rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón” (He.
11.24). Aunque su adopción le hacía heredero de
la corona, la rechazó. Los honores se acercaban a
él como la marea; y fue admirable que resistiera
este diluvio de privilegios. No rechazó un puesto en
la corte por otro, sino que lo hizo por unirse a un
remanente de gente pobre y vituperada. Al
rechazar el favor real, incurrió en la ira del rey;
pero la fe lo llevó por las alturas y profundidades
de la desgracia y el favor, de la honra y la
deshonra. Y hoy, donde esta gracia de la fe se
halle, en fortaleza o debilidad, sucede lo mismo.
También se han visto tentados los creyentes
más modernos. A punto ya de sufrir, se les
ofrecieron a estos hombres y mujeres alternativas
atractivas para doblegarlos según los tiempos y
hacer que se retractaran de su valerosa profesión
de fe; pero escogieron las llamas del martirio en
lugar del favor principesco bajo los términos de
Satanás. ¿Cómo puede la fe apagar tentaciones tan
fuertes?
6.Cómo la fe apaga “la vanagloria de la vida”
Hay varias maneras características como la fe
apaga la vanagloria de la vida: quitando el
combustible que alimenta la tentación; haciendo
que el cristiano espere toda honra de la mano de
Cristo; revelando el peligro de negociar la gloria
mundana con Satanás; y mostrando a los
creyentes los precedentes.
a) La fe quita el combustible que alimenta la tentación
El orgullo es ese combustible. Si se retira el
aceite, la lámpara se apaga. Donde se encuentre
vigoroso este deseo, los ojos de la criatura se
cegarán al ver algo que complace los deseos del
corazón. Con esta tentación, el diablo da salida a
lo que está llenando el corazón. Simón el Mago
tenía un espíritu soberbio; cuando vio la primera
oportunidad de quitarle protagonismo al apóstol, se
encendió su deseo de tener el don de milagros. Por
el contrario, un hombre humilde ama el asiento
de menor importancia; no ambiciona destacar
por encima de las ideas de otros. Y cuando se
rebaja en su propia opinión, por encima de su
cabeza vuela la misma bala que impacta en el
pecho del soberbio. La fe sosiega el corazón. El
orgullo y la fe son opuestos; como los platillos
de una balanza, si el uno sube, el otro ha de
bajar: “He aquí que aquel cuya alma no es recta,
se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá” (Hab.
2:4).
b) La fe es la favorita de Cristo y hace que el cristiano
espere toda honra de su mano
Cuando la tentación se presenta, la fe echa al alma
sobre Cristo como suficiente para proporcionarle la
felicidad. Si la tentación te promete honra por
permitirte un pecado, la fe detiene la bala.
Recuerda a quién perteneces. Los príncipes no
consienten que sus súbditos contraigan deudas con
otro príncipe, y menos con uno hostil. La fe declara
que la honra o los aplausos que provienen del
pecado te hacen súbdito del mismo diablo: el
mayor enemigo de Dios.
c) La fe revela el peligro de negociar con Satanás la gloria del
mundo por un pecado
La fe te insta a comprender que la gloria
mundana jamás podrá satisfacerte. Puede darte
sed, pero no la saciará; provoca mil temores,
pero no los tranquiliza. El pecado que compra
estas glorias tiene poder para atormentar a tu alma
eternamente.
d) La fe recuerda al cristiano las hazañas de los antiguos
creyentes, que renunciaron a los honores del mundo
Aquellos creyentes se negaron a prostituir su
alma vendiéndola al pecado. La fe repasa la lista
bíblica de aquellos creyentes y las hazañas de su
propia fe, para alentar al cristiano. Este era el
claro propósito del apóstol al recordar las
decisiones de aquellos santos junto con los
trofeos de su fe (cf. He. 11). “Por tanto —dice
luego—, nosotros también, teniendo en derredor
nuestro tan grande nube de testigos,
despojémonos de todo peso y del pecado que nos
asedia” (He. 12:1).
¡Cómo alienta al soldado ver que su
compañero se lanza a la batalla! Eliseo, habiendo
visto los milagros de Dios efectuados por Elías,
golpea las aguas del Jordán con su manto, diciendo:
“¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?” (2 R.
2.14). La fe utiliza las hazañas de los creyentes
de la antigüedad para estimularnos a orar.
“Oh Señor, Tú eres el Dios de los valles —de
los santos más pequeños— tanto como de las
montañas: de los héroes más famosos. ¿No corre
la misma sangre por las venas de todo creyente?
Ellos fueron victoriosos, ¿y seré yo el único esclavo
que se encoja bajo la carga de corrupción sin
liberarme de ella? ¡Ayúdame, Dios mío!” La fe dice:
“¡Despierta, cristiano! Demuestra el parentesco
que tienes con aquellos santos, que has nacido de
Dios igual que ellos, mediante tu victoria sobre el
mundo”.
La victoria de la fe contrastada con la victoria pagana
Algunos dicen que la victoria de la fe sobre el
mundo no es mayor que la de algunos paganos
bienintencionados. Estos han dejado los placeres
mundanos y resistido la tentación de engañar a
sus coetáneos, pero están tan aventajados por la
victoria de la fe como ellos superan el triste
ejemplo de algunos cristianos indignos; y esto de
las siguientes maneras...
1. La uniformidad de la victoria de la fe
La escritura habla del “cuerpo del pecado” (Ro.
6:6), compuesto por muchos miembros, y formado
por tantas tropas y regimientos como las fuerzas
militares. Una cosa es derrotar a una división y otra
muy distinta vencer al ejército entero. Los
principios morales de los paganos pueden ganar
alguna victoria menor y derrotar a algún pecado
superficial, pero son vencidos estrepitosamente por
otra ala de las huestes del pecado. Cuando
parecen triunfar sobre los deseos “de la carne” y
“de los ojos” (el provecho y el placer mundanos),
se hacen esclavos de “la vanagloria de la vida”:
son encadenados por el renombre y los aplausos
del mundo.
Así como se dice que el mar pierde tanta arena
en una orilla como la gana en otra, los principios
morales de los paganos obtienen una supuesta
victoria sobre un pecado pero pierden de nuevo
al hacerse esclavos de otro. Sin embargo, la fe es
uniforme, y vence a todo el cuerpo del pecado para
que ninguna concupiscencia permanezca
inexpugnable.
“El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues
no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Ro.
6.14). Esto es: ningún pecado te gobernará. El
pecado puede retorcerse como un soldado herido
de rodillas, y muchos de ellos pueden reagruparse
como una tropa dispersada, pero nunca
conquistarán el campo de batalla donde se mueve
la verdadera fe.
2. La seguridad de la victoria de la fe
Muchos dicen creer, y dan gracias a Dios porque no
son impíos. ¿Pero qué puede hacer tu fe? ¿Es capaz
de defenderte en la batalla y proteger tu alma
cuando los dardos de Satanás vuelan a tu
alrededor? ¿O es un escudo frágil, que deja pasar
toda saeta de tentación para que hiera tu corazón?
Si Satanás te manda mentir o engañar en los
negocios, y tu fe pasivamente no ofrece
resistencia, no solo pecas contra tu prójimo sino
contra ti mismo. Quiera Dios que no creas que
esa clase de fe te salvará. ¿Te llevará al Cielo la fe
que no te puede sacar del Infierno? No te
aventures por la vida con semejante escudo de
papel; para conseguir una fe fuerte y segura,
acude al Hacedor de la Fe; esto es, a Dios.
No es la posesión del escudo lo que defiende
al cristiano; este tiene que levantarlo y utilizarlo en
la batalla contra los dardos de fuego de Satanás.
No dejes que el diablo te sorprenda cuando no
tienes la fe a mano, como le sucedió a Saúl
aquella vez que David lo encontró desarmado en la
cueva, con la lanza en tierra cuando debería
haberla estado empuñando.
Cómo utilizar el escudo de la fe para apagar las
tentaciones agradables
Tu fe puede pedirle a Dios que venga y te defienda
contra los dardos de fuego de Satanás. Hay tres
actos particulares de fe que demandan la ayuda
de Dios (dicho con reverencia) porque él se ha
comprometido a hacerlo.
1.La oración de fe
Exponle a Dios tu caso en oración y pide la ayuda
del Cielo: como el comandante de un destacamento
que se ve atacado manda mensajes secretos para
informar a su general de la gravedad de su
situación. Santiago dice: “Combatís y lucháis,
pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís”
(Stg. 4:2). Cualquier victoria nuestra vendrá del
Cielo, pero se quedará allá hasta que la oración
sincera vaya a buscarla.
Aunque Dios quería sacar Israel de Egipto, no
hubo señal de su intervención hasta que el
gemido de su pueblo llegó a sus oídos. Esto
alertó al Cielo: “Subió a Dios el clamor de ellos
[...]. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de
su pacto” (Éx. 2:23-24). Para prevalecer en este
acto de fe, aplica los siguientes principios bíblicos
a tu oración.
a) Recuérdale a Dios su promesa
La oración es simplemente una promesa al revés:
la Palabra de Dios hecha petición y devuelta con fe
a él. Muéstrale a Dios su propia mano en promesas
como estas: “El pecado no se enseñoreará de
vosotros” (Ro. 6:14); “Sepultará [Dios] nuestras
iniquidades” (Mi. 7.19). Un hombre bueno cumple
su palabra, ¿y no lo hará Dios?
b) Clama a Dios como hijo suyo al orar contra el pecado
¿Te ha aceptado Dios en su familia? ¿Lo has
escogido a él como tu Señor? ¿Quién cuida del hijo
sino el Padre? Dios no recibe gloria cuando un hijo
suyo es esclavo del pecado: “Ordena mis pasos
con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree
de mí” (Sal.119:133).
c) Reclama ante Dios la sangre de Jesús para liberarte de
tus pasiones
Cristo murió “para redimirnos de toda iniquidad
y purificar para sí un pueblo propio” (Tit. 2:14). ¿No
obtendrá él pleno provecho del pago efectuado
con su sangre y de lo adquirido por su muerte?
En resumen, ¿por qué ora Cristo en el Cielo? Por
lo mismo que pidió estando en la tierra: que su
Padre nos santificara y guardara del mal en este
mundo. Acudes en el momento oportuno para
pedirle a Dios algo que Cristo ya le ha pedido para
ti en el Cielo.
2.La expectación de la fe
Cuando has estado con Dios, espera algo bueno de
él: “De mañana me presentaré delante de ti, y
esperaré” (Sal. 5:3). Si no crees, ¿por qué oras? Y
si crees, ¿por qué no esperas resultados? Al orar
pareces depender de Dios; pero al no esperar nada,
vuelves a renunciar a esa confianza y deshaces
tu oración.
¿Qué es esto, sino tomar en vano su nombre y
jugar con Dios? Es como cuando alguien llama a
tu puerta y se marcha antes que puedas abrir.
El que entra en tu casa a pesar de estar la
puerta cerrada es un atrevido; pero si lo invitas a
refugiarse contigo de la tormenta, no lo es. Así es
la gracia. Si Dios no abre la puerta de su promesa
como refugio para el pecador humillado que huye
de la ira por su pecado, no conozco a ninguno en
este mundo que pueda esperar ser acogido. Dios
ha prometido ser el Rey de su pueblo; y no es
ningún atrevimiento que los súbditos se cobijen
bajo la sombra de su príncipe esperando su
protección. Dios dice que “será Jehová para con
nosotros fuerte, lugar de ríos, de arroyos muy
anchos, por el cual no andará galera de remos, ni
por él pasará gran nave” (Is. 33:21).
Los creyentes antiguos te sirven de precedente.
En el combate contra la corrupción ellos actuaron
con fe y esperaron que Dios desbaratara a aquellos
enemigos que los invadían. Cuando estos parecían
estarlos venciendo, la fe de ellos veía a Dios
destruyéndolos.
David no hablaba solo de su propia fe sino de la
de todo creyente; y supongo que tú eres uno de
ellos: “Mas nuestras rebeliones tú las perdonarás”
(Sal. 65:3). Fíjate en la razón de su confianza:
“Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a
ti, para que habite en tus atrios” (v. 4). Es como si
dijera: “Ciertamente el Padre no dejará a sus más
allegados morir bajo el poder del pecado sin la
ayuda de su gracia”. Este es el argumento de Cristo
contra Satanás a favor de su pueblo: “Jehová te
reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a
Jerusalén te reprenda” (Zac. 3:2).
Este esperanzado acto de fe debe estimularte a
reconocer aquello para lo que Dios ya te ha dotado.
Si eres creyente, el pecado no tiene la misma
fuerza en tu alma que antes de conocer a Cristo, su
Palabra y sus caminos. Aunque no seas lo que
quieres ser, ya no eres como antes.
Antes el pecado hacía las veces de rey en tu
corazón. Acudías a él como la nave al mar antes del
viento y la marea; desplegabas tus sentimientos
para recibir el viento de la tentación. Ahora la
marea ha cambiado y encuentras una fuerza
secreta para luchar contra la tentación. Dios mismo
te ayuda, y Satanás no puede hacer su voluntad en
ti. Este es un buen comienzo, y promete una
disposición por parte de Dios a perfeccionar la
victoria. Pero él quiere que tu fe mejore,
convirtiéndose en confianza de liberación total.
El creyente dice: “Dios quebrantó mi corazón
cuando era como pedernal, y me trajo a casa
mientras andaba en el orgullo de mi corazón en
oposición a él, ¿pero podrá dar pan para alimentar
mi débil virtud? He salido de Egipto; ¿pero podrá
Dios someter a los gigantes con carros de hierro
que me cortan el camino a Canaán? Me ayudó en
una tentación, ¿pero qué haré en la próxima?”. No
entristezcas al buen Dios con estas preguntas tan
ingratas. Tienes la “lluvia temprana”, ¿por qué
cuestionar “la tardía?”. La gracia que Dios te ha
dado es promesa segura de la llegada de más
bendición.
3.La fe confía en Dios
Después de que Josafat hubo orado y anclado su fe
en la palabra de la promesa, partió bajo este
estandarte victorioso contra sus enemigos (2 Cr.
20). Cristiano, haz lo mismo; apresúrate como él.
Te doy el mismo consejo que David le diera a su
hijo Salomón: “Levántate, y manos a la obra; y
Jehová esté contigo” (1 Cr. 22:16). La misma fe que
hizo que actuaras contra tus pecados como
enemigos de Dios, sin duda lo moverá a él para
obrar a tu favor en contra de ellos.
Aquellos leprosos del evangelio se sanaron, no
quedándose sentados, sino a medida que iban
andando. Encontraron sanidad en la obediencia al
mandamiento de Cristo. La promesa dice: “El
pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro. 6:14).
Adelante, entonces, y esfuérzate valerosamente
contra tus concupiscencias; cumpliendo con tu
deber descubrirás que Dios es fiel a la promesa.
La razón por que tantos creyentes se quejan de
la fuerza de sus corrupciones estriba en una de dos
raíces: o bien intentan vencer el pecado sin actuar
sobre las promesas, o solo fingen creer. Utilizan la
fe como ojo, pero no como mano; esperan que la
victoria baje del Cielo sobre ellos, pero no luchan
en oración para conseguirla. Para ellos, la fe es una
ficción; pero aquel que cree que Dios hará que algo
ocurra, también creerá que él prosperará la forma
que ha elegido para ello.
Por tanto, cristiano, no te quedes sentado
diciendo que tu pecado caerá. Sé realista, y vístete
la armadura; empuña las armas para derrotarlo.
Dios, que te ha prometido la victoria, piensa utilizar
tus manos en la batalla: “Jehová dijo a Josué:
Levántate;
¿por qué te postras así sobre tu rostro?” (Jos. 7:10).
Dios recibió su oración, pero antes de poder vencer
a los amorreos, Josué tuvo que hacer algo más que
orar y llorar. Dios quiere que tú también hagas algo
más con tu fe que orar y esperar que tus pasiones
se desvanezcan sin más. Examina con cuidado tu
corazón para ver si hay algún pecado oculto que
pueda hacerte huir ante cada nueva tentación.
Los dardos de fuego de las tentaciones temibles
Dejando la primera clase de dardo de fuego (las
tentaciones atractivas), ahora pasamos a la
segunda clase: las que atemorizan al cristiano. Solo
el poder de la fe podrá apagar esta clase de dardo
de fuego.
Este tipo de arma es la táctica que el enemigo
guarda en reserva. Cuando las tentaciones
agradables fallan, él abre su aljaba y envía una
lluvia de estas flechas para incendiar el alma: si no
puede con el pecado, entonces lo hará con el
temor. Cuando no le sea posible llevar al alma
alegremente al Infierno con el engaño de las
tentaciones agradables, intentará hacerla ir al Cielo
lloriqueando por este otro ataque.
Paradójicamente, cuando Satanás recurre a las
tentaciones que producen miedo en el cristiano, es
señal segura que está perdiendo la batalla. El
enemigo que guarda un castillo lo conserva
mientras es suyo; pero cuando ha de retirarse, lo
destruye a fin de dejarlo inútil para los que vengan
después. Mientras el hombre fuerte controla su
propia casa, apaga aquellas bolas de fuego de la
convicción que el Espíritu a menudo dispara contra
la conciencia; pero cuando oye susurros
traicioneros de plena rendición a Cristo, incendia el
alma con tentaciones de temor.
El poder de la fe contra los dardos de fuego de las
tentaciones temibles
El diablo tiene que esforzarse aún más cuando
Cristo toma el castillo y lo guarda por el poder de
su gracia. Es obvio que todos los dardos disparados
contra Job eran de esta clase. Cuando Dios le
permitió al diablo practicar su habilidad, ¿por qué
no tentó este a Job con alguna manzana dorada de
provecho o de placer? Seguramente el alto
testimonio que Dios había dado de su siervo
decidió a Satanás en contra de este método; sin
duda ya había probado la hombría de Job
encontrándolo inexpugnable. No le quedaba otra
salida que esta. Estudiemos ahora tres ejemplos de
esta clase de dardo de fuego, y veamos cómo la fe
puede apagarlos todos: las tentaciones al ateísmo,
la blasfemia y la desesperación.
1. El dardo de fuego del ateísmo
La primera tentación temible de Satanás es su
dardo del ateísmo: una flecha que él apunta con
atrevimiento al Ser del propio Dios. Es verdad que
el diablo, que no puede volverse ateo él mismo,
tampoco es capaz de convertir en ateo a un hijo de
Dios, porque este no solo tiene, al igual que otros
hombres, el sello indeleble de la Deidad en su
conciencia, sino también una imagen de la
naturaleza divina en su corazón que
irresistiblemente le muestra a un Dios Santo. Es
imposible que el corazón santificado sea
completamente vencido por esta tentación, ya que
la imagen de Dios en él prueba que fue creado
“según Dios en la justicia y santidad de la verdad”
(Ef. 4:24).
Los impíos no son absueltos del ateísmo por una
seca profesión de creencia en Dios mientras sus
débiles pensamientos no produzcan obediencia a
él. “La iniquidad del impío me dice al corazón: No
hay temor de Dios delante de sus ojos” (Sal. 36:1).
David atribuye la maldad de la vida del pecador a
su corazón ateo. Al contrario, la vida santa del
creyente salvado por la gracia dice que el temor
de Dios está delante de sus ojos y su fe en Dios es
evidente. Aunque el cristiano nunca morirá por la
tentación al ateísmo, esta puede perseguirle. Ahora
te mostraré cómo es posible para la fe del cristiano
apagar este dardo de fuego.
2. Cómo la fe apaga el dardo del ateísmo
¿Por qué nos hace falta fe para ello? ¿No bloqueará
la razón estas mentiras diabólicas? ¿Acaso verá a
Dios el ojo de la razón sin mirar por la lente de la
fe? La razón es en sí un don de Dios que puede
demostrar su existencia. Hasta allí donde la
Escritura nunca ha llegado, el pueblo reconoce
alguna deidad: “Todos los pueblos anden cada
uno en el nombre de su dios” (Mi. 4:5). Pero bajo
el furioso asalto de la tentación, solo la fe podrá
apagar el fuego de este dardo.
La razón es vaga y hace poco más que
demostrar la existencia de Dios; nunca demostrará
quién ni cómo es este Dios. Hasta que Pablo dio a
conocer al Dios verdadero a los atenienses, estos
tenían poca luz, aunque su ciudad era el centro
mundial de la sabiduría. Las Escrituras enseñan el
plan divino para conocerlo, no por cultura avanzada
ni conocimientos mundanos, sino por la verdad:
“Es necesario que el que se acerca a Dios crea
que le hay” (He. 11:6). La fe cuenta plenamente
con el aval de la Palabra y acepta todo bajo su
autoridad. Debe “creer que le hay”, no solo
sabiendo que Dios existe, sino que es Dios, un paso
que la razón nunca podrá dar por sí misma.
La naturaleza humana es tan ciega que hemos
deformado nuestro concepto de Dios, hasta que
podemos ver su rostro en el espejo de la Palabra.
Con la excepción de Jesús, todos son ateos por
naturaleza, porque a la vez que reconocen un Dios
niegan su poder, presencia y justicia. Solo le
permiten ser lo que les agrade a ellos: “Pensabas
que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21).
Aun si la razón pudiera demostrar todo lo que
es Dios, sería peligroso disputarlo con Satanás. Él
razona con mayor astucia que tú. Hay más
diferencia entre tú y Satanás que entre el idiota
más incompetente y el mejor teólogo del mundo.
Pero en la Palabra hay una gran autoridad divina
que levanta un trono hasta en la conciencia del
diablo mismo.
Aunque Cristo puede asombrar al diablo con su
razonamiento, elige vencerlo de la misma manera
que debemos emplear nosotros en las escaramuzas
con Satanás. Lo repelió sencillamente levantando el
escudo de la Palabra: “Escrito está” (Mt. 4:4,7,10).
No se puede negar el poder de las Escrituras que
Cristo utilizó para dejar a Satanás aturdido; el
enemigo astuto no tenía respuesta para la Palabra,
sino que su mera mención lo calló.
Si Eva se hubiera mantenido firme en su primera
respuesta: “Dios ha dicho” (Gn. 3:3), también ella
habría callado a Satanás. El cristiano debe soportar
el ardor de la tentación poniendo la Palabra de Dios
entre él mismo y los golpes de Satanás: “Creo que
Dios existe, aunque no comprenda su naturaleza;
creo la Palabra”. Entonces, Satanás podrá
molestarlo, pero no dañarlo; y probablemente ni
siquiera lo moleste por mucho tiempo. El diablo
odia tanto la Palabra que no quiere oírla. Pero si
tiras este escudo de la Palabra e intentas cortar la
tentación a fuerza de razonamientos, pronto te
verás cercado por tu sutil adversario.
Entre los que reclaman ser ateos, la mayoría han
dado de la
do la Palabra, dejando que su propio entendimiento
soberbio, junto con el juicio justo de Dios, los lleven
al ateísmo. Han dado la espalda a Dios y a su
Palabra, hurgando en los secretos de la
naturaleza, para ser admirados por sus
conocimientos. Pero como los mineros que llevan
una luz bajo tierra hasta que se apague, los juicios
secretos de Dios apagan la luz que llevan consigo:
“¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha
enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” (1 Co.
1:20).
Ciertamente el don divino del razonamiento
puede confirmar ese otro don de Dios que es la
verdad. Pero si el razonamiento no se queda en su
lugar, mantiene la incredulidad del hombre. La fe
no depende del razonamiento, sino este de la fe.
No debo creer la Palabra meramente porque
concuerde con mi razonamiento, sino que debo
confiar en mi razonamiento si concuerda con la
Palabra. Un carpintero pone la regla en una tabla
para ver si es recta o torcida; pero la regla, que
no el ojo, lo determina. Siempre puede confiar en
su regla.
Por tanto, deja que la Palabra, como la piedra
de David en la onda de la fe, venza la tentación, y
luego, igual que aquel utilizó la espada de Goliat
para cortarle la cabeza al gigante, podrás emplear
el razonamiento para redondear la victoria contra
los ataques ateos de Satanás.
3.El dardo de fuego de la blasfemia
Satanás emplea el dardo de la blasfemia para
incordiar al cristiano. En sentido general, todo
pecado es blasfemia; cuando uno hace, habla o
piensa cualquier cosa contra la naturaleza y las
obras santas de Dios con intento de reprocharle, es
blasfemia. La esposa de Job era el agente del
diablo para provocar a su marido a este pecado:
“Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9).
El diablo incitó a Cristo mismo a la blasfemia, al
invitarlo a postrarse y adorarlo a él. Pero solo pudo
ofender el santo oído del Hijo de Dios con tales
impertinencias: la santidad de Cristo no le
permitía acercarse más. Le es más fácil a Satanás
aproximarse al cristiano, así que dispara este
dardo ardiente contra la imaginación del creyente
y aviva en él pensamientos indignos acerca de
Dios; aunque normalmente sean tan mal
acogidos por el cristiano como lo fueron las ranas
que entraron en la alcoba del faraón.
4. Cómo la fe apaga el dardo de la blasfemia
Satanás intenta difamar a Dios apuntando a la
tendencia natural del impío de blasfemarlo. El
diablo estaba tan seguro de la hipocresía de Job,
que se esforzó mucho en urdir esta mentira: “Pero
extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene,
y verás si no blasfema contra ti en tu misma
presencia” (Job 1:11). Cuando el pecador se ve
provocado, la frustración interior de su corazón
enciende pensamientos groseros acerca de Dios,
y en su conjunto estos aparecen en la obscenidad
del lenguaje que emplea: “Ciertamente este mal
de Jehová viene. ¿Para qué he de esperar más a
Jehová?” (2 R. 6:33). Esa es una grave blasfemia, y
la semilla de la misma se halla en todo inconverso.
Hay un espíritu de maldad en los pecadores,
igual que hay
un espíritu de gracia en los creyentes. Todo
inconverso tiene un espíritu amargado contra Dios
y todo lo que lleva su Nombre. Si el león se
escapa de la jaula, pronto reluce su naturaleza
salvaje. El inconverso no tiene más poder para
apagar esa tentación que la madera seca para
apagar el fuego que se le acerca. Veamos lo que
puede hacer la fe para extinguir este dardo.
a) La fe pone a Dios ante la vista y el oído del cristiano
Esto mantiene al alma tan embelesada que no
puede albergar secretamente pensamientos
impuros contra Dios. David dice por qué los malos
son tan descarados: “No te pusieron delante de
sí” (Sal. 86:14). Los que difaman a otros lo hacen a
las espaldas de estos, y el pecado pocas veces
blasfema contra Dios en su cara; ese es el
lenguaje del Infierno. El ateísmo se mezclará con la
blasfemia mientras haya pecadores en la tierra. Le
dan a Dios el mismo trato que aquellos cobardes
dieron a Cristo: cubriendo su rostro antes de
azotarlo.
b) La fe ve cómo Dios vigila al alma para protegerla:
Ni aun en tu pensamiento digas mal del rey, ni en lo
secreto de tu cámara digas mal del rico; porque las aves
del cielo llevarán la voz, y las que tienen alas harán
saber la palabra (Ec. 10:20).
La fe advierte: “No blasfemes al Santo Dios;
no podrás bajar bastante la voz como para que no
te oiga. Está más cerca de ti que tú mismo”. Así
rompe la fe los cepos del diablo. Cuando Dios se
presentó a Job en su majestad, todos los
discursos de este se desvanecieron y el santo
cubrió su rostro humillado ante el Señor: “Mas
ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y
me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42.5-6).
c) La fe no acepta informes acerca de Dios si estos no
vienen de su propia boca
Aquel cuya comprensión de Dios viene únicamente
de su Palabra, no puede pensar profanamente
acerca de Él. Ese el único espejo que lo refleja
fielmente, porque solo ella lo presenta como es: en
toda su gloria.
La fe adquiere todo su concepto de Dios de la
Palabra; resuelve cualquier caso de conciencia, e
interpreta los misterios, por esa misma Palabra. Ya
que la astucia de Satanás no puede hacer esto, el
diablo lleva al que está pasando por apuros a
albergar ideas equivocadas acerca de Dios. Así,
critica la justicia de Dios cuando no se juzga con
prontitud a los pecadores flagrantes; o dice que no
está dispuesto a servir a un Dios que permite que
sus siervos vayan en harapos. Estos son los espejos
rotos en que Satanás refleja a Dios, para poder
distorsionar su bondad ante el ojo inseguro. Si
juzgamos a Dios por el aspecto que presenta en los
fragmentos desiguales de los engaños del diablo,
bien podríamos condenar al Santo y vernos
atrapados en una peligrosa vorágine de
tentaciones.
d) La fe alaba a Dios aun en condiciones penosas
La bendición y la blasfemia son melodías
contrarias. No se pueden tocar en un mismo
instrumento sin cambiarle todas las cuerdas. Es
imposible que Satanás propine el golpe rudo de la
blasfemia a un alma afinada para la alabanza:
“Mi corazón está dispuesto —dice David,
mostrando su fe—. Cantaré, y trovaré salmos” (Sal.
57:7). La fe había afinado su espíritu y preparado
sus sentimientos para la alabanza.
La fe puede alabar a Dios porque ve su
misericordia en la mayor aflicción. Job apagó este
dardo que Satanás le disparó a través de la lengua
de su esposa: “¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el
bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10).
¿Dejaremos que unos pocos problemas presentes
se conviertan en una tumba para enterrar la
memoria de todas sus misericordias pasadas? Lo
que Dios nos quita es mucho menos de lo que le
debemos; pero lo que nos deja es más de lo que
debiera.
La fe tiene buena memoria y puede relatarle
muchas misericordias al cristiano. Cuando su actual
comida es parca, entretiene al alma con un plato
de sobras y no se queja de ello:
Enfermedad mía es esta; traeré, pues, a la memoria los
años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las
obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas
antiguas (Sal. 77:10-11).
Por tanto, cristiano, cuando estés en profunda
aflicción y Satanás te tiente a maldecir a Dios como
si él te hubiera olvidado, no le dejes hablar: “No,
Satanás, Dios no ha olvidado mis necesidades; yo
soy el que ha olvidado su misericordia pasada; si
no, ¿cómo podría cuestionar su cuidado paternal
ahora?”. Repasa tus antiguas lecciones, cristiano.
Alaba a Dios por su misericordia pasada y él no
tardará en darte un cántico nuevo.
Igual que la fe ve la misericordia divina en
toda aflicción, también espera siempre mayor
misericordia. Esta confianza hace que el creyente
alabe a Dios como si dicha misericordia fuera ya
presente. Cuando Daniel estaba en la mismísima
sombra de muerte, “se arrodillaba tres veces al día,
y oraba y daba gracias delante de su Dios” (Dn.
6:10).
La misericordia es a la promesa lo que la
manzana a la semilla: la fe la ve crecer y madurar.
El alma que espera liberación pronto desprecia los
pensamientos blasfemos. Cuando un destacamento
sitiado sabe que la ayuda viene de camino, esta
confianza alienta su esperanza y así rechazan la
tentación a ser traidores. Pero cuando la
incredulidad es el comandante, el alma duda de las
intenciones del corazón de Dios, y Satanás
encuentra las puertas abiertas.
La fe mantiene al creyente en espera, pero la
incredulidad urge al pecador a culpar a Dios y al
hombre. Nadie queda exento de la maldición del
blasfemo, ni siquiera Dios. Se hallan ejemplos de
ambos extremos en la misma cita bíblica. La fe
puede esperar en Dios pacientemente, aun estando
en apuros: “Esperaré, pues, a Jehová, el cual
escondió su rostro de la casa de Jacob, y en él
confiaré” (Is. 8:17). Pero la incredulidad blasfema
contra el Creador con igual fervor: “Acontecerá que
teniendo hambre, se enojarán y maldecirán a su
rey y a su Dios, levantando el rostro en alto” (v.
21).
e) La fe enseña al cristiano a distinguir entre las
tentaciones de Satanás y el pecado personal
Aunque Satanás no encuentre un cristiano que
acoja estas tentaciones blasfemas y les dé cobijo
por su causa, él sabe que perturbará el descanso
del alma haciendo que las mismas llamen
continuamente a la puerta. Cuando no puede
desalentar al cristiano haciéndole dar su
consentimiento a estas tentaciones, aun entonces
espera acusarle del pecado que se niega a
cometer. Satanás quería hacer el papel principal
del corruptor, pero tiene que contentarse con dos
papeles inferiores: el de acusador falso e
infamador.
Igual que los judíos obligaron a Simón de Cirene
a llevar la cruz de Cristo, Satanás obliga al
cristiano tentado a llevar por él la culpa de su
pecado. A menudo se la pasa tan hábilmente a
los hombros del cristiano, que la pobre criatura
lucha bajo la vileza de su propio corazón. El
cristiano humilde con frecuencia teme lo peor de sí
mismo, aun cuando es inocente. Cuando se
encontró la copa en el saco de Benjamín, los
patriarcas asumieron la culpa aunque eran
inocentes: los pensamientos del cristiano lo culpan
por los pecados que pertenecen a Satanás.
Cuando alguien se convierte de su antiguo
camino pecaminoso para abrazar a Cristo, y declara
a favor de este contra el pecado y Satanás,
entonces empiezan a surgir las insinuaciones
blasfemas. Son como enviados de Satanás para
vengarse del alma que le rechaza. El diablo trata
con el nuevo cristiano de la misma forma que las
brujas expresan su perfidia contra quien las haya
insultado. Pero la fe puede localizar esa perfidia
como el origen del problema, y no el descuido del
cristiano.
En resumen, ¿no es extraño que cuando el
cristiano era enemigo de Dios no se atreviera a
este pecado por su naturaleza monstruosa, pero
ahora, que empieza a amarle, esas blasfemias
—que antes eran demasiado grandes y horribles—
pudieran llenar su boca?
La entrada violenta de estas tentaciones
blasfemas en la mente del cristiano delata su
origen en Satanás, no en el corazón de la persona.
Son como rayos que entran en los pensamientos
antes de que uno sepa lo que está pasando. Por
otra parte, la concupiscencia que rebosa del
corazón es normalmente más gradual en su
manera de persuadir.
No es solo su repentina violencia, sino también
su incoherencia con los pensamientos anteriores
del cristiano, lo que resalta la probabilidad de sean
dardos lanzados por el arco del diablo. A Pedro lo
reconocieron como miembro de la compañía de
Cristo por su forma de hablar: “Tu manera de
hablar es semejante a la de ellos” (Mr. 14:70).
Hablaba igual que ellos, y lo juzgaron igual a ellos.
Por el contrario, podemos decir de estos
pensamientos blasfemos: “No son del cristiano.
Su lenguaje los delata como eructos de un
demonio, no como el habla de un creyente. Si
pertenecieran al alma, habría un parecido familiar
con ella”. Normalmente hay cierta continuidad en
los pensamientos, como las ondas que surgen una
dentro de otra en el agua removida.
A veces, cuando el cristiano está adorando a Dios,
un pensamiento blasfemo se cuela como un intruso
grosero. El inquilino nunca invitaría a un ladrón. Si
un pensamiento santo nos sorprende cuando
estamos lejos de la meditación celestial, podemos
tomarlo como un movimiento puro del Espíritu de
Cristo. ¿Quién más podría aparecer tan
repentinamente en medio del alma estando la
puerta cerrada, aun antes de que podamos desviar
nuestros pensamientos para abrírsela?
Las blasfemias que acosan a tu alma mientras
oras y alabas a Dios provienen del maligno, y son
enviadas para interrumpirte en la obra que él más
teme y odia.
f) La fe ayuda al cristiano cuando las ideas blasfemas
estriban en su propio pecado
Aun cuando estos pensamientos blasfemos tengan
su origen en el corazón de la persona misma, y no
en las falsas acusaciones de Satanás, la fe
confirmará al alma, por la sólida autoridad de la
Palabra, que su pecado tiene perdón: “Todo pecado
y blasfemia será perdonado a los hombres; mas
la blasfemia contra el Espíritu no les será
perdonada” (Mt. 12:31). El perdón se halla en el
tribunal de la misericordia, por perjudiciales que
sean las pruebas. Si la criatura lo cree, se apaga el
dardo de Satanás, porque su designio es que estas
tentaciones sean como una trampilla por la cual
poder arrojar a tu alma a una fosa insondable de
desesperación.
La blasfemia de blasfemias (esto es, el pecado
contra el Es
píritu Santo) nunca tocará al verdadero creyente.
Aunque el cristiano no tenga inmunidad ni
protección absoluta contra otro pecado excepto
este, todo el cuerpo del pecado está debilitado en
cada creyente, y la gracia divina ha herido
fatalmente su naturaleza corrupta, la cual acabará
muriendo.
Un árbol moribundo puede dar cierto fruto, y el
hombre agonizante aún es capaz de mover sus
extremidades, si bien no con la fuerza de uno sano.
El pecado que queda en el creyente manifestará su
fruto, aunque inmaduro y de mala calidad. Pero
no te desanimes cuando se agite. ¡Da gracias de
que no pueda hacer mucho más! Aunque Satanás
está listo para caer en su tumba, aún levanta la
mano contra ti para mostrarte su odio permanente,
hasta cuando su poder no cumple su deseo.
La fe revela claramente al alma que el cristiano
experimenta más culpa por unos pocos
pensamientos soberbios o codiciosos que por
muchas ideas blasfemas. Los dardos de la
blasfemia pueden asustar al cristiano, pero las
pasiones ardientes le hieren antes y con mayor
profundidad. El calor del sol hace que el viandante
se desabroche el abrigo, pero el fuerte viento le
mueve a abrochárselo rápidamente. Las
tentaciones al placer seducen el corazón para que
las reciba, mientras que la terrible naturaleza de
las tentaciones temibles obliga al cristiano a
resistirlas con valor.
Las concupiscencias son como el veneno
mezclado con vino dulce, que el cristiano se traga
sin darse cuenta, envenenando así su alma. Pero
las tentaciones a la blasfemia se parecen al veneno
muy amargo: o se escupen antes de tragarlas, o el
cristiano las vomita sin que lleguen a contaminar
su voluntad. El pecado es grande o pequeño según
la participación de la voluntad en ejecutarlo. Los
pensamientos blasfemos suelen tener menos parte
de la voluntad del cristiano que las
concupiscencias, así que no son un pecado mayor
que estas.
La fe le dice al alma que existe una razón para
su sufrimiento con estas tentaciones; de otra
manera Dios no permitiría que Satanás las
enviara. Posiblemente él vea otro pecado más
peligroso, de forma que permite a Satanás
molestarte para que no te pueda vencer con
tentaciones más graves. Es mejor temblar ante los
pensamientos blasfemos que jactarte con soberbia
de tus dones espirituales. Lo primero te hará
considerarte tan vil como el propio diablo; pero lo
segundo te hará malvado y como el diablo mismo a
los ojos de Dios.
Finalmente, la fe asigna al cristiano algunas
nobles hazañas por Dios que desestiman los cargos
del diablo. Esta es la mayor venganza que puede
tomar el cristiano: contra Satanás por molestarlo; o
contra su propio corazón por producir ríos tan
impuros. Cuando David se refugió en la cueva
prefirió preservar la vida de Saúl a apoderarse del
reino —lo cual se hubiera asegurado con un buen
golpe—, y demostró que todos sus acusadores eran
unos mentirosos. Cristiano, prefiere entonces la
honra de Dios, si está compitiendo con el pecado y
el ego, y le taparás la boca al diablo. Estos actos
heroicos de celo y abnegación hablarán más a
favor de tu santidad delante de Dios y de tu
conciencia, que los repentinos pensamientos
blasfemos en tu contra.
5. El dardo de fuego de la desesperación
Satanás trabaja horas extra para rebajar a las
almas a la condición de demonios y pecadores
condenados que padecen bajo la ira abrasadora
de Dios en el Infierno, carbonizándolos con la
negra desesperación. Otros pecados son solo
introductorios, y hacen más vulnerable a la persona
a esta tentación. Igual que se tiñe la lana de un
color claro antes de poderle dar un tono más
oscuro, Satanás empieza con sus pecados más
agradables a fin de poder atrapar después, con
mayor seguridad, a su víctima. Pero es demasiado
listo para tender la red de la desesperación a la
vista del pájaro. Otros pecados la cubren; y una vez
que halaga a su presa para que entre, la ha
atrapado por la eternidad.
La desesperación, más que otros pecados, hace
del hombre, de alguna manera, una presa del
propio Infierno. Igual que la
fe confiere sustancia a la palabra de la promesa, la
crueldad de la desesperación da vida a los
tormentos del Infierno en la conciencia. Esto agota
el espíritu, y la criatura se convierte en su propio
verdugo.
La desesperación deja totalmente desamparada
al alma: el ofrecimiento del perdón llega tarde. La
fe y la esperanza pueden abrir una ventana par que
salga el humo que molesta al cristiano en cualquier
circunstancia, pero el alma se ahogará cuando se
encierra en la meditación desesperada de su propio
pecado, sin resquicio alguno de esperanza que deje
salir el desasosiego que la asfixia.
6. Cómo la fe apaga el dardo de la desesperación
La principal fuerza de Satanás es la gravedad y la
multitud de los pecados de la persona, las cuales
puede utilizar para llevar al alma a tal grado de
desesperación que no vea escapatoria del juicio
divino. Cuando la conciencia se quebranta, y las
olas de culpa inundan el alma, pronto anegan todo
esfuerzo de la criatura como el Diluvio cubrió los
árboles y los montes más altos.
Igual que entonces no quedó nada visible excepto
el mar y el cielo, así el alma desesperada no ve
más que pecado e Infierno. Sus pecados la
enfrentan a los ojos de mil demonios, listos para
arrastrarla al abismo.
Una simple mosca se atreve a pisar al león
dormido: un animal cuyo temible rugido hace
temblar a los demás animales. Los necios se
burlan sin reparos del pecado en cuanto se les
cierra el ojo de la conciencia. Pero cuando Dios
arma el pecado con la culpa, y permite que esta
serpiente muerda a la conciencia, entonces el
pecador más soberbio huye. Solo la fe trata el
pecado en toda su fuerza, dejando que el alma
tenga una vislumbre del Gran Dios.
La fe se opone al pecado al vislumbrar la grandeza
de Dios
1. La fe ve la grandeza de Dios
La razón de que el pecador presuntuoso tenga
tan poco temor, y que el alma desesperada tema
tanto, es que no conocen la grandeza de Dios. La
Escritura tiene curación para ambos: “Estad
quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10). El
Padre dice aquí: “Conoce que yo soy Dios, y que
puedo perdonar el peor pecado; deja de
deshonrarme con tus pensamientos incrédulos”. La
fe demuestra que Dios es Dios.
Para poder conocer a Dios tal como es, hay que
concebir su infinitud: él no solo es sabio, sino
inconmensurablemente sabio; no solo es poderoso, sino
todopoderoso. únicamente la fe puede establecer
este principio en el corazón de una persona para
que sus actos empiecen a concordar con la
grandeza de Dios.
Algunos dicen creer en la infinita misericordia de
Dios, pero si siguen llevando el fuego infernal en
sus desesperados corazones, es que no han visto a
Dios en la grandeza de su misericordia. La
desesperación de la criatura estriba en decir que su
pecado es infinito, pero Dios no lo es. Entonces se
vuelve como los israelitas incrédulos, que “no se
acordaron de la muchedumbre de tus misericordias
[de Dios], sino que se rebelaron junto al mar, el
Mar Rojo” (Sal. 106:7). No vieron la suficiencia
divina para ayudarles en semejante crisis. Solo
divisaban una multitud de egipcios que venían para
matarlos y la inmensidad de las aguas que los
ahogaría. De la misma manera, las almas
desesperadas ven la multitud de pecados que las
condenan, sin considerar la inmensidad de la
misericordia de Dios.
La razón es bajita, como Zaqueo, y no encuentra
a la misericordia entre una multitud de pecados
desbocados. Solo la fe puede ascender hasta la
promesa; y solo entonces el alma verá a Jesús. La
fe adscribe misericordia sobreabundante a Dios: “Al
Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is.
55:7); “El volverá a tener misericordia de nosotros;
sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo
profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi.
7:19). Este es el lenguaje de la fe: Dios perdona
con misericordia sobreabundante. Una piedra
lanzada al mar no sobresale, sino que cae en las
profundidades. Dios perdonará tus mayores
pecados —dice la fe—, como el mar engulle la
piedrecilla tirada al agua. Unos cuantos pecados
volcados en la conciencia, como un cubo de agua
derramada en tierra, parecen una gran
inundación, pero el mayor pecado echado a la
mar de la misericordia de Dios no se volverá a ver
jamás. Así dicen las Escrituras que “en aquellos
días y en aquel tiempo [...] la maldad de Israel
será buscada, y no aparecerá; y los pecados de
Judá, y no se hallarán” (Jer. 50:20).
Sin embargo, a veces la persona puede estar
plenamente
convencida de la misericordia de Dios y aún temer
que la santidad de Dios le corte su perdón por tales
pecados graves.
2. La fe ve la santidad de Dios y su perdón
La santidad de Dios le hace fiel en todas sus
promesas. Cuando el inseguro lee las preciosas
promesas dadas a los pecadores arrepentidos, ¿por
qué no se puede consolar con ellas? Sin duda será
porque no está seguro de la fidelidad de Dios para
cumplirlas.
El mayor argumento de la fe para eliminar esta
duda, haciendo que el pecador acepte la promesa
como verídica, descansa en la santidad de Dios,
Hacedor de promesas. Dios persuade
amablemente a la persona a confiar en él,
precediendo sus promesas con el atributo de la
santidad: “Yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo
de Israel es tu Redentor” (Is. 41:14). La palabra
hebrea para “misericordia” a menudo se traduce
por “cosas santas”, y dado que la misericordia de
Dios se fundamenta en su santidad, es una
misericordia segura (cf. Is. 55:3). ¿Cuántas veces
cambió Labán la paga de Jacob después de
haberle dado su palabra? Pero el pacto de Dios con
Jacob se guardó siempre, aunque Jacob no fuera fiel
por su parte. ¿Por qué? Por tratarse del Dios Santo.
Otro atributo de Dios que enciende el temor en
el pecador sensibilizado, es la justicia. El alma no
ve otra manera de que Dios reivindique su justicia
sino con el Infierno. Pero la fe da poder al alma
para entrar en ese ardiente atributo sin que su
consuelo se queme, igual que aquellos hebreos no
recibieron daño en el horno de fuego (cf. Dn. 3).
La fe alivia el alma que teme la justicia de Dios
Cabe preguntar si Dios puede ser a la vez justo y
recto al perdonar al pecador. La fe muestra que
Dios es capaz de perdonar el pecado por grave
que sea, y salvaguardar su justicia. Esta cuestión la
decidió Dios mismo en un concilio celestial y él ha
expresado su decisión en forma de una preciosa
promesa: “Y te desposaré conmigo para siempre;
te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad
y misericordia” (Os. 2:19).
¿Con quién se desposará Dios? Con una que ha
hecho de ramera. ¿Qué significa “desposar?”. Que
Dios perdonará nuestros pecados y nos recibirá en
los brazos de su amor y favor personal. ¿Cómo un
Dios justo puede desposarse con una novia
ramera? Dice que lo hará en juicio y justicia. Es
como si Dios nos amonestara: “No intentes
absolver a mi justicia; eso lo haré Yo. Es mi santa
voluntad hacerlo así”.
Cuando Satanás viene contra el creyente y
cuestiona cómo un hombre tan vil puede hallar
favor con Dios, la fe responde confiadamente: “Sí,
Satanás, Dios puede ser tan justo al perdonarme
como lo es al condenarte a ti. Me dice que es “en
juicio y justicia”. Disputa tú con Dios, que él bien
puede justificar sus propios actos”.
Mayor evidencia de la vindicación del juicio y la
justicia de Dios al perdonar se halla en la plena
satisfacción de Cristo por todos los pecados del
creyente. Fue el gran propósito de Cristo llevar la
justicia a que besara a la misericordia. Por tanto,
antes de que Cristo exponga el caso del pecador
ante Dios, asegura la satisfacción de su justicia por
su propio sacrificio. Paga y luego intercede por lo
pagado: presenta su petición por los pecadores
creyentes, escrita con su propia sangre, para que la
justicia pueda leerla con atención y aceptarla.
Dios confiere así nuestra salvación para que aun
los débiles podamos justificarlo, al justificarnos él,
ante el demonio más malicioso del Infierno.
Siendo justificados gratuitamente por su gracia,
mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien
Dios puso como propiciación por medio de la fe en su
sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber
pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,
con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a
fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la
fe de Jesús (Ro. 3:24-26).
Obrando diestramente con las verdades de este
pasaje, la fe edifica una torre de absoluta seguridad
alrededor del creyente.
1. La propiciación de Cristo alude a la misericordia
de Dios
Dios prometió encontrarse y hablar con su pueblo
de forma que el terror de su majestad no cayera
sobre ellos. Igual que el propiciatorio cubría
totalmente la santa ley de Dios dentro del Arca, la
propiciación de Cristo cubre toda la ley que, de otra
manera, acusaría al creyente. Ninguna amenaza
puede ahora detener al creyente, mientras la fe
sea capaz de interponer esa cortina entre la ira de
Dios y el alma. Dios no puede ver al pecador
porque Cristo lo oculta; y la justicia no puede
condenar al creyente que acude a Cristo y se
refugia en su satisfacción por el pecado. La cuerda
escarlata en la ventana de Rahab alejó la espada
destructora de su casa; y por la fe, la sangre de
Cristo mantiene al creyente siempre fuera del
alcance de la ira divina. La satisfacción de Cristo,
de la que nos ataviamos por la fe, es la señal que
distingue a los amigos de Dios de sus enemigos.
2. Dios sella la propiciación de Cristo
Cristo es Aquel “a quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre” (Ro.
3:25); Aquel que el Padre ha sellado y separado de
entre todos los demás como el Elegido para
expiar los pecados de todos, como el cordero
apartado para la Pascua.
Por tanto, cuando Satanás alinea los pecados
contra el creyente y lo enfrenta con la gravedad de
los mismos, la fe corre a refugiarse en esa Roca, y
dice: “Estoy segura de que mi Salvador es
infinitamente mayor que mis peores pecados. Al
dudar, estaría rechazando la sabiduría de la
elección de Dios”. Él sabía la pesada carga que
iba a poner sobre hombros de Cristo, pero estaba
persuadido de la fuerza que tenía su Hijo para
llevarla. La fe débil puede salvar, pero un Salvador
débil no puede hacerlo. La fe cuenta con la
intercesión de Cristo, pero Cristo no tuvo quien
intercediera por él. La fe se apoya en el brazo de
Cristo, pero Cristo estuvo solo. Si la carga de
nuestros pecados hubiera prevalecido contra él,
ninguno en el Cielo ni en la tierra podría haberlo
ayudado a mantenerse en pie.
3. La misericordia de Dios declara su justicia
Todos creen que Dios es misericordioso para
perdonar; pero es más difícil creer que pueda ser
justo al perdonar a los pecadores. “Con la mira de
manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que
él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe
de Jesús” (Ro. 5:26). Dios estaba diciendo con esto:
“Sé que parece increíble que perdone todas tus
iniquidades. Crees que ya que soy Dios Justo,
prefiero condenar a mil mundos de pecadores
antes que poner mi Nombre bajo la más leve
sospecha de injusticia. Sí, los condenaría una y otra
vez, en lugar de mancillar el honor de mi Justicia,
que soy Yo mismo. Pero te mando a ti y a los
peores pecadores de la tierra que lo creáis; puedo
ser Justo y Justificador de aquellos pecadores que
creen en Jesús”.
¿Qué testimonio más sólido de su justicia puede
dar un juez, que condenar a su propio hijo y
absolver a un extraño? Cuando Dios no escatimó a
su propio Hijo, sino que lo entregó por todos,
declaró su supremo odio al pecado y su amor
inflexible por la justicia.
4. La propiciación de Cristo paga toda la deuda del
pecado
Si uno intentara pagar su propio pecado, gastaría
toda la vida y la eternidad trabajando en vano para
cancelar la deuda. Pero Dios recibe toda la paga de
Cristo de una vez, a fin de poder decir
verdaderamente: “Consumado es” (Jn. 19.30). Con
esto, Jesús estaba diciendo: “En pocos minutos se
terminará la obra de la redención. Ahora tengo en
la mano toda la cantidad necesaria para pagar a
Dios; en cuanto baje la cabeza, y el aliento salga
de mi cuerpo, todo estará hecho”.
La prueba de la conciliación de Cristo con la
justicia procede de la triunfante Palabra en boca de
Dios mismo: “Cercano está de mí el que me salva;
¿quién contenderá conmigo?” (Is. 50:8). Pero la
muerte expiatoria de Cristo hizo algo más que
borrar nuestra antigua deuda. Por la misma sangre
él ha hecho una nueva adquisición para sus
elegidos. Así que Dios —antes el acreedor—
ahora es deudor a su criatura por nada menos
que la vida eterna, la cual Cristo ha pagado, y ha
dado a todo creyente la humilde autoridad de
reclamarla en su nombre. Así vemos la deuda
pagada y la nueva adquisición de la vida en el
mismo Salvador.
Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un
solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la
diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta
que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
porque con una sola ofrenda hizo perfectos para
siempre a los santificados (He. 10:12).
No solo borró la deuda de los creyentes, sino que
los perfeccionó para siempre. Ha provisto tan
ciertamente su perfección en la Gloria como su
salvación del castigo en el Infierno. Desde este
refugio de su obra consumada, nos llama a
acercarnos “en plena certidumbre de fe” (He.
10:22). Esta seguridad proviene del atributo de
Dios que temíamos antiguamente: su justicia. Pero
la Escritura dice: “Si confesamos nuestros pecados,
él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y
limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). No dice
“misericordioso”, sino “justo”. La misericordia de
Dios hace la promesa, pero su justicia cumple lo
prometido por la misericordia.
5. La justicia solo se glorifica pasivamente en la
condenación de los pecadores
La justicia y la misericordia se encontraron en el
sufrimiento de Cristo. La justicia nunca es más
radiante en Dios o en el hombre que en conjunto
con la misericordia. En la muerte del Señor
Jesucristo, ambas brillaron en toda su gloria y se
complementaron mutuamente. Aquí lo blanco y lo
rojo, como rosas y lirios, florecieron en tal unidad
que es difícil decir cuál presenta más
hermosamente el rostro de la justicia: si la ira de
Dios sobre Cristo por nosotros, o su misericordia
hacia nosotros en él.
Dios exige su gloria de los demonios y almas
condenadas que no pagan este tributo
voluntariamente. Reconocen la justicia divina solo
por obligación, pero a la vez odian a Aquel a quien
revindican.
En la satisfacción de Cristo, la justicia se glorifica
activamente. Cristo no fue arrastrado a la cruz, sino
que “se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y
sacrificio a Dios” (Ef. 5:2). Padeció por nosotros tan
libremente como nosotros pecamos contra él. Las
almas creyentes ahora cantan las alabanzas de la
justicia y la misericordia de Aquel que las redimió, y
las cantarán por siempre. ¡Cuánto mejor son los
sufrimientos voluntarios de Cristo que los
tormentos impuestos a los condenados! ¡Y las
melodiosas alabanzas de los santos en el Cielo que
el reconocimiento forzado de las almas en el
Infierno!
La fe lucha contra el pecado mediante la grandeza
de las promesas de Dios
Solo la fe puede ver a Dios en su grandeza; por
tanto, solo ella es capaz de reconocer las promesas
en su grandeza, porque su valor estriba en Aquel
que las ha hecho. Por ello, las promesas tienen tan
poco efecto en el corazón incrédulo para evitar que
peque o para consolarlo ante el tormento del
pecado. Donde hay fe para tratar de alcanzar las
promesas, estas darán consuelo y paz en
abundancia: serán como vino dulce que conforta al
creyente con gozo interior. Pero en el corazón
incrédulo la promesa resulta fría e ineficaz. No
tiene mayor efecto en esa alma que la medicina en
la boca de un muerto.
Las promesas no consuelan real y formalmente,
como el calor del fuego; de ser así, nos
consolaríamos con solo pensar en ellas. Las
promesas consuelan de forma virtual: como el
fuego que reside en el pedernal pero para sacarlo
del mismo se requiere esfuerzo y habilidad al
golpearlo. Solo la fe puede enseñarnos esta
habilidad de extraer la dulzura y la virtud de la
promesa, y lo hace de tres maneras.
La fe enseña la virtud de las promesas de Dios
1. La fe acude a la fuente de las promesas
Aquí el cristiano puede beneficiarse de la mejor
forma de ver las preciosas cualidades de dichas
promesas. Comprendemos poco una cosa si no la
rastreamos hasta su origen y consideramos sus
comienzos. El alma sabe que sus pecados son
graves cuando los ve fluir de una naturaleza
envenenada que rebosa enemistad contra Dios. El
pecador tiembla ante las amenazas que rugen
como truenos sobre su cabeza, al ver de donde
proceden y el odio perfecto de Dios contra el
pecado.
Igualmente es verdad que la persona se dará
cuenta del inmenso valor de las promesas al ver la
fuente de la que proceden: el corazón de la
misericordia gratuita de Dios. Este es el origen de
todas las promesas. El pacto mismo, que las abarca
todas, se llama “misericordia” por ser producto de
esta: “Para hacer misericordia con nuestros padres,
y acordarse de su santo pacto” (Lc. 1:72).
La fe argumenta que si las promesas fluyen del
mar de la misericordia de Dios, entonces deben ser
tan infinitas e ilimitadas como lo es su misericordia.
Si rechazamos la promesa, o cuestionamos la
suficiencia de la provisión divina solo por causa de
nuestros pecados, deshonramos la misericordia que
concibió la promesa.
2. La fe llega al fondo de las promesas
La Palabra de Dios, la luz que guía a la fe, revela el
doble propósito de las promesas: exaltar las
riquezas de la misericordia gratuita de Dios, y
consolar al creyente.
a) La exaltación de la libre gracia de Dios
Dios mismo se propone perdonar y salvar a una
multitud de pecadores perdidos, por amor a Cristo;
lo hace mediante las promesas del evangelio. Dios
cumple este plan misterioso de reunir a sus hijos y
formar con ellos un coro glorioso que llene los
cielos de alabanzas triunfantes por la misericordia
que los salvó y perdonó. Cuando la fe ve que el
propósito divino es la alabanza de su misericordia,
le dice al alma turbada que no es posible que el
Padre rechace al pecador arrepentido. Dios ha de
ser fiel a sus propios pensamientos y mantener la
vista en la meta que él mismo se ha trazado.
La fe dice que al prometer perdón para los
pecadores Dios busca la exaltación de su
misericordia. ¿Y qué exalta más esa misericordia, el
perdonar pecados nimios o graves? ¿Quién le
alabará más? Seguramente aquel a quien se le
haya perdonado más. Dios está dispuesto a
perdonar al pecador más vil si se arrepiente de
verdad.
Un médico no despide a los que necesitan
desesperadamente su ayuda para atender solo las
enfermedades de poca gravedad. Las grandes
curas le darán mayor fama. Cuando un enfermo
terminal recobra la salud bajo su cuidado,
recomienda de buena gana su médico a todos los
que le escuchen, ganándole mayor reputación que
un año de curas corrientes.
Los que han recibido el perdón de pecados
graves pagan grandes tributos de alabanza a Dios.
Cristo afirma que aquel a quien le ha sido
perdonada una deuda de quinientas monedas
amará más que otro que solo debía cincuenta.
Donde hay más amor, hay más alabanza. La voz de
un Manasés, una Magdalena o un Pablo, destacará
por encima de las demás en el concierto celestial.
La gravedad del pecado dista tanto de estorbar
el perdón hacia el pecador arrepentido en el
pensamiento de Dios, que él únicamente perdona
a aquellos que confiesan que sus pecados son
graves. Por tanto, Dios utiliza la ley para abrir
camino, por la convicción de la conciencia, a fin de
que su misericordia perdonadora suba al trono en
el corazón del pecador arrepentido: “Cuando el
pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro. 5:20).
Si temblamos ante la gravedad de nuestros
pecados, debemos exultar ante la misericordia que
tanto sobrepasa dicha gravedad. Aquel que se
maravilla de la altura de una montaña
majestuosa, mucho más se asombrará al
considerar la cantidad de agua que sería necesaria
para ocultarla para siempre de la vista.
Examinemos ahora el segundo propósito de la
promesa.
b) Consuelo para el creyente
La Palabra de Dios se escribió “a fin de que por
la paciencia y la consolación de las Escrituras,
tengamos esperanza (Ro. 15:4). Dios da a los
pecadores seguridad en cuanto a la realidad de
su misericordia para salvar a aquellos que aceptan
a Cristo en los términos planteados por el
evangelio. Cristo abre su corazón y hace públicos
los propósitos de su amor en muchas preciosas
promesas que surcan como venas todo el cuerpo
de la Escritura.
Según el propósito de su Palabra, Dios sella todo
el consuelo que su sabiduría pudiera hallar o el
incrédulo pudiera necesitar, creando un refugio en
Jesús para los que son perseguidos por sus
vociferantes pecados. El Nuevo Testamento
garantiza la perfección de este refugio:
Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es
imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo
consuelo los que hemos acudido para asirnos de la
esperanza puesta delante de nosotros (He. 6:18).
¿Te dejará perplejo un argumento basado
únicamente en la gravedad de tu pecado —la cual
recibe respuesta en casi cada página de la Biblia—
por el se proporcionan refugios seguros adonde la
fe puede retirarse? La fe y el temor son como el
calor y la humedad naturales en el cuerpo, el
cual no está sano si no se mantienen ambos: “Se
complace Jehová en los que le temen, y en los que
esperan en su misericordia” (Sal. 147:11).
Quiero avisarte, cristiano, de que no debes
esperar el favor de Dios para tus problemas si
piensas seguir siendo amigo de la concupiscencia.
Aunque la misericordia sea un refugio que protege
al pecador humillado de la maldición del pecado,
no extenderá sus alas sobre un pecador
desvergonzado ni sobre sus pasiones. No peques
simplemente porque las promesas de la
misericordia exceden a tus pecados como la
grandeza Dios sobrepasa a la criatura. Es como si
tu siervo entrara en tu bodega para
emborracharse con el vino que tú guardas para
ayudar a encontrar sanidad a los enfermos.
Cuidado con hacer mal uso de los vasos santos del
templo de la misericordia divina. Ese vino del
consuelo está destinado al alma contrita, no al
pecador reincidente.
3. La fe busca testigos en quienes Dios haya cumplido
sus promesas
Dios ratifica sus promesas cumplidas citando los
historiales de la “nube de testigos” fieles. No
hubiera dejado en la Escritura, a la vista de todas
las generaciones sucesivas, los grandes borrones
en las vidas de los antiguos creyentes, si no
pensara ayudar con ellos a las almas tentadas a
dudar de su promesa de misericordia.
Pablo cita esta misma razón para dejar
constancia de tales actos de misericordia
perdonadora para con los grandes pecadores.
Primero, nos muestra su propia vileza y la de otros
creyentes antes de participar de la gracia del
evangelio: “Entre los cuales también todos
nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos
de nuestra carne” (Ef. 2:3). Y a continuación,
alaba la misericordia abundante de Dios que los
rescató de la condenación en que se encontraban:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su
gran amor con que nos amó [...] nos dio vida
juntamente con Cristo (Ef. 2: 4-5).
No obstante, Dios diseñó su plan de
misericordia para abarcar a más generaciones
que los contemporáneos de Pablo, “para mostrar
en los siglos venideros las abundantes riquezas de
su gracia en su bondad para con nosotros en
Cristo Jesús” (v. 7). Adonde vaya el evangelio,
hasta el fin del mundo, la misericordia de Dios
tapará la boca de los incrédulos. Entonces, esa
flecha diabólica quedará despuntada e inofensiva.
Dios mandó a Josué que sacara doce piedras
del Jordán y las amontonara...
Para que esto sea señal entre vosotros; y cuando
vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana,
diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les
responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas
[...]; y estas piedras servirán de monumento
conmemorativo a los hijos de Israel para siempre (Jos.
4.6-7).
La misericordia perdonadora de Dios ha sacado a
algunos pecadores notorios del abismo infernal del
pecado para levantarlos, en su Palabra, como un
monumento a su fidelidad ligada al
arrepentimiento. Estos ejemplos son señal de que
lo que Dios ha hecho en el pasado, podrá hacerlo
aun ahora por ti.
¿Temes que Dios no tenga suficiente
misericordia para ti? Mira la lista de pecadores
perdonados: un Manasés, una Magdalena, un Pablo,
un Adán... Son hitos que te muestran las anchas
fronteras de la misericordia divina y hasta dónde
llega la misma para perdonar a los peores
pecadores. Será un paseo saludable para ti el que
sigas este sendero y veas las piedras más antiguas
de la misericordia perdonadora de Dios.
Si, después de todo esto, tus pecados parecen
exceder la gravedad de los de todos aquellos a
quienes ves perdonados en las Escrituras, la fe te
mostrará el camino más allá de estos ejemplos
para rescatar tu alma: puedes mirar a Cristo, que
nunca pecó pero puso su vida para obtener el
perdón de todos los elegidos.
La fe dice: “Supongamos que tus pecados
fueran de verdad más graves que ningún otro;
¿son tan graves como todos los pecados de todos
los elegidos juntos?”. ¿No podrá Cristo procurar
tu perdón como lo ha hecho con millones de sus
escogidos? Aun si tus pecados pesaran tanto como
todos los de ellos, la suma sería la misma, y Dios
podría perdonarlos si se amontonaran juntos. Cristo
es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo” (Jn. 1:29). Aquí se atan en un solo fardo los
pecados de los elegidos del mundo entero, ¡y Dios
aún los lleva como nada a la tierra del olvido! La fe
te dice que se te está ofreciendo toda la virtud y
todo el poder de la sangre de Cristo, por los que se
redimió el mundo. Cristo te los trae
personalmente: él no raciona su sangre —un poco
para cada uno—, sino que se entrega totalmente a
la fe de cada creyente. Perteneces al Redentor, y él
te pertenece a ti.
La fe se opone a la desesperación
El mayor mandamiento de toda la Escritura es
creer. Cuando los judíos preguntaron al Señor
Jesucristo: “¿Qué debemos hacer para poner en
práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les
dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él
ha enviado” (Jn. 6:28-9). Como si dijera: “Recíbeme
en tu corazón por la fe. Si haces esto, lo has
hecho todo”. Eso es la suma de todo. Todo lo que
hagas es inútil hasta completar este asunto; pero
cuando has creído, Dios lo aprecia tanto como si
guardaras toda la ley. De hecho, se acepta la fe en
lugar de la ley: “Al que no obra, sino cree en aquel
que justifica al impío, su fe le es contada por
justicia” (Ro. 4:5).
La fe en Cristo se acepta como justicia; esto es:
que en el Juicio la persona evitará la sentencia
como si no se hubiera desviado ni un paso del
sendero de la ley. Si la fe es la obra de Dios por
excelencia, la incredulidad es la del diablo. Este se
esfuerza más para volvernos incrédulos que
borrachos o asesinos. La desesperación es la peor
forma de incredulidad. Entre los pecados, la
incredulidad es como la peste, la más peligrosa de
las enfermedades; pero cuando llega hasta la
desesperación, trae muerte segura. La incredulidad
es el pimpollo de la desesperación, la flor
plenamente formada.
Cada pecado hiere a la ley y al Nombre de Dios.
Esta herida se sana cuando el pecador arrepentido
acude por fe a Cristo y se une con él. Por medio de
Cristo, Dios recibe al pecador en plenitud de justicia
y reivindica su Nombre de la deshonra de nuestras
iniquidades. Es una obra completa y gloriosa de la
misericordia de Dios. ¿Qué opinas del pecador que
no está dispuesto a ver sanadas las heridas de la
ley, y que ha deshonrado a Dios? El desesperado
no permite que Cristo satisfaga el agravio de sus
propios pecados contra Dios.
Como los sanguinarios judíos y los soldados
romanos que ejercieron su crueldad sobre todo el
cuerpo de Cristo, poniéndole la corona de espinas,
clavándole la lanza en el costado y los clavos en
manos y pies, así el pecador desesperado maltrata
el Nombre entero de Dios. Ese pecador pone una
falsa corona a la sabiduría de Dios, y clava las
manos de su inmenso poder, pensando mientras
tanto que sus pecados le han puesto fuera del
alcance del poder que Dios posee para salvarlo.
Este hombre atraviesa la tierna misericordia del
Dios, que no solo tiene compasión y ternura, sino
que es la misericordia y el amor mismos.
¿Cuál es la suma de toda esta desesperación?
Seguramente representa el mayor cargo de
intentar asesinar a Dios mismo. Porque la plenitud
del amor, el poder, la sabiduría y la misericordia de
Dios son más intrínsecos a su Ser, que la sangre lo
es a la vida de un hombre. Tiembla y arrepiéntete,
porque están pecando igual que los moradores del
Infierno.
Es significativo que la desesperación aparezca
claramente en el mismo diablo, quien sabe que no
puede obtener perdón y, por tanto, peca con tanta
rabia que llega hasta el Cielo. Este pecado tiene el
mismo efecto en el hombre que en Satanás: “Y
dijeron: Es en vano; porque en pos de nuestros
ídolos iremos” (Jer. 18:12). A veces un mendigo
frustrado empieza a maldecir al dueño de una casa
que se niega a abrirle la puerta. Igualmente, la
desesperación enseña al pecador a jurar con
blasfemias ante el Dios de los cielos. Una vez que
la desesperación ha entrado, es casi imposible
evitar la entrada de la blasfemia.
Tú que pasas la vida llorando y suspirando por
tus terribles crímenes, ¿por qué sigues luchando
contra Dios? ¿Encuentras algún amor hacia él en tu
corazón, aunque no sientas ahora ningún soplo de
amor que venga de él hacia ti? ¿Eres tierno, y
temes pecar contra él aun cuando no parece haber
esperanza de su misericordia? De ser así,
consuélate: tu fe será débil, pero estás lejos de
hallarte sujeto al poder de la desesperación.
Judas no fue condenado solamente por su
traición y asesinato, ya que otros que participaron
en estos pecados fueron perdonados por la fe en
aquella sangre que habían derramado cruelmente.
La muerte comenzó su dominio eterno en él cuando
la desesperación y la impenitencia final llenaron su
corazón. Siendo así la desesperación, ¡alejémonos
de ese abismo maldito!