Noche de lluvia en Ritmo Moderno
Hasta esa noche, nunca había entrado a Ritmo Moderno. Me interesaba conocer el sitio
pues
yo nunca he visto, en ningún otro espacio cultural de mi ciudad, tanto esmero en los
carteles publicitarios, o flyers, que publican desde su página dos o tres veces por semana.
Su perfil de Instagram es como si a Alejandro Obregón le dieran uno de esos calillos que
venden los desesperados frente al Banco de la Republica cuando la PONAL baja la guardia
y está dispuesta a que le engrasen la mano: marimba loca que hace centellear los colores y
que transforma las bicicletas en amuletos. Pero habría que dedicarle una columna entera al
trabajo gráfico del espacio y aquí me gustaría contarles otra vaina que me paso allá esa
noche, una de esas vainas que uno cree que solo van a pasarle cuando se es adolescente y
yo adolescente ya no soy. Misterio total.
Fui esa noche a Ritmo Moderno acompañado de Cristian Garzón, editor y fundador en
Totuma Libros, mc de la agrupación Amigos Imaginarios e irredento fiel creyente en la
catedral del sonido del erreape. También estaba Alejo Barrios, que es un muchacho que ha
perdido la cabeza de tanto leer los poemitas de Claudia Masin (por eso se peina así), y
Adán, que se presentó, bromeando, como el primer hombre: un muchacho espigado que
toca el bajo, escribe y que también dirige su propio proyecto editorial. Alejo, después de
que nos comiéramos un pollo asado en un local junto a la tienda de Doña Ceci, dijo que se
pisaba. De nada valió insistirle, pues al otro día camellaba. Nos encaminamos entonces los
tres bajo la lluvia de Bogotá, que se pone filosa después de las 7 y media, en dirección al
bar ubicado en la Cuarta con Diecisiete.
—Oiga, viejo Cris. Pillé en Instagram que hay una competencia de beatmakers en Ritmo
Moderno esta noche. ¿Usted está en el centro? — Le había escrito yo desde mi teléfono esa
tarde —¿Me quiere acompañar?
—Camine, pues. En la competición participa Vitamina.
¡Genial, premio doble! dice Syd antes de tratar de prenderle fuego a un muñeco espacial en
la primera entrega de Toy Story. Vitamina, que también es mc y que también tiene su
grupo, le ha mostrado a varia gente dentro del circuito cómo es que se hace. Yo he visto a
los muchachitos que no han terminado el bachillerato enloquecer electrocutados por el
testimonio del Slam: esa variante del rap que existe hace rato, pero que en nuestra ciudad
desde hace un par de años tiene cada vez más significancia. La UnderClass, su grupo de
hip-hop, ha incursionado en esta variable en algunas de las placas que han ido viendo la luz
desde el 2018.
Llegamos empapados. Los fumadores de plantas, agrupados bajo el primer resquicio de la
entrada, charlaban, se pasaban los cigarrillos recién armados o hacían la cola. Yo, que fui
solo hasta la Diecinueve, un poco rabón porque no me dejaron entrar la bici, busqué
parqueadero bajo la lluvia, caminé de vuelta, hice la fila y pagué el cover. Tenía razón el
bouncer que le trató de explicar a mi rostro lavado por la lluvia, que dentro de Ritmo
Moderno no se podía meter una bici porque al sitio no le cabe tanto pueblo. Compré una
pola helada, y me fui directo a buscar a mis amigos y a pillar la primera batalla de la noche.
Reconocí a uno de los jurados sentado junto a las consolas: Hi–Kymon, posiblemente
fugitivo en unos años, sindicado de romperle el cuello a varios miles de tipos vestidos de
ancho con unos beats demenciales.
Después de varias rondas, detuvieron una de las batallas. Dos beatmakers, para la
incredulidad del tipo que organizaba los turnos en la competición, se estaban dando en la
jeta a la entrada de Ritmo Moderno. ¿La razón? Compartían el aka.
—Coman mierda. Estamos es en una noche de respeto y de buen parche —Dijo emputado,
y con razón, llamando al orden. O algo así. Tal vez se me fueron ya las palabras exactas
pues lo que vino después me hizo vibrar el rasudoque.
Dos digresiones. La primera: de camino al baño me encontré con otro mc que conozco y
con el que he compartido polas, charlas y risotadas: Felodela, que a su vez estaba
acompañado por su pareja de nombre Paris y por un beatmaker que también participaba esa
noche: Margo Pesci. Gente linda. Acuérdense del último a.k.a. La segunda: para quien no
entienda mucho de la vaina, y para quienes, como yo, provengan de otros géneros
musicales, un beatmaker es un artista que crea ritmos o beats. ¿Y qué es un beat? Es la base
sobre la cual se construye una melodía, el latido, dicen los expertos, que subyace a una
pieza musical. Una batalla de beatmakers entonces vendría a ser el enfrentamiento entre dos
artistas, dos arquitectos del sonido, que tienen 30 segundos para deslumbrar al jurado con
una pieza sonora.
La noche siguió en su riel. Los beatmakers iban y venían. La lluvia arriba tronando y uno
sintiéndose caliente entre los parceritos, entre la gente que intuye, muy por dentro, que algo
distinto está ocurriendo esa noche en el centro de Bogotá.
Vitamina vs. un pelado de gorra blanca. El público aplaude. La pola está barata. Margo
Pesci vs. un man que se demora cuadrando el pc. Súbanle a esa mierda que me tiemblan los
zapatos y quiero ponerme a bailar. Otro pelado al que le dicen Beyond vs. los ritmos
futuristas de otro mancito de patillas largas. Parcero, ¿le traigo una pola o así está bien? Ese
man que sigue le hizo un beat a un chino de mi barrio que ahora trabaja en un call-center,
pero que llega con ojeras todos los días al camello porque del rap, cuando uno es creyente,
no se sale nunca: como en la mafia. Esta mierda está repleta. Vitamina vs Beyond. Píllese
ese techo tan melo. Regáleme un cigarro. No me pise los tenis cuando pase. Qué chimba
que no haya fila en el baño. Margo Pesci avanza a las semifinales. Ese man que está
mezclando tiene un teléfono y ya, desde ahí lo hace todo. Dejen de empujar, pirobos. No es
la flecha sino el indio. Este sitio parece un hombre vivo, un ecosistema, este sitio no parece
un sitio y ya. No salga que sigue lloviendo. Perro, présteme para otra pola. Cofradías de
amigos que van a apoyar a su parcero porque cada man que diseña un beat es a su vez un
conglomerado de tristezas, triunfos y rabias. Suenan los beats y la gente se enloquece como
se enloquecen los mendigos escondidos dentro de la Luis Ángel, cuando a las 5 retumban y
revientan las campanas en la Catedral Primada. Venga esa mano mi perro, qué chimba esos
contrastes del beat que acaba de poner. J.L.P vs Vitamina. Quiubo pues, que no empujen.
Los argentinos dicen que el partido que más recuerdan fue el que disputara su seleccionado
frente a la Brasil del 90. Y cómo no: es el partido que resume el mito fundacional de la
albiceleste con el futbol, su relación tan compleja. Es a su vez el partido que peor jugaron
en su historia deportiva. Los brasileños estrellaron la pelota 3 veces contra el palo y no
lograron marcar un solo tanto en todo encuentro. Bilardo, el papá de todos los tramposos,
envenenó los bidones de Gatorade para que Branco cayera mareado. Caniggia, un futbolista
al que le apodan el hijo del viento, hizo un gol imposible que le dio el pase a la siguiente
fase a su selección. Maradona celebró de rodillas en la mitad del campo de juego. Los
argentinos dicen orgullosos que presenciaron ese cotejo. Yo diré, orgulloso también, pero
triste por atestiguar el paso del tiempo, que vi a Dj J.L.P. vs. Margo Pesci esa noche en
Ritmo Moderno: una semifinal no apta para cardiacos, tan robusta y estimulante, que ni
siquiera importa ya traer a colación quién pasó a la final. También diré que la gente
reaccionó como reaccionaron los argentinos en la última Copa del Mundo: locos, chiflados
de la emoción, envueltos en una furia cálida de inicio de siglo.
La lluvia, obstinada, no se guardó aquella noche. Yo saqué la bici y arranqué para mi casa,
al otro extremo de la ciudad. El reloj marcaba las 12 pasadas y en el parqueadero, porque a
Dios le gusta la bicicleta, me cobraron solo 3 mil pesos. Rodando, porque estaba
emocionado a más no poder, hice todo el trayecto conversando conmigo mismo acerca de
esa cultura, acerca de mi relación muchas veces remota con la misma, pero siempre tan
transparente. Cuando yo era niño y el rap se puso de moda, algunos pelados de mi barrio
tenían que huir entre las cuadras para que no los jodieran sus vecinos ineptos y furiosos,
que no soportaban la idea de que unos muchachitos se vistieran de ancho. El mundo
cambió, por fortuna. Yo ahora acompaño a mi hermano menor, un furioso fanático de la
Yawar Cru, al festival Hip Hop Al Parque cada vez que puedo. Es importante reflexionar
en torno a lo que esa cultura nos dice con respecto al mundo que habitamos, a las
posibilidades que nos ofrece el amor de la gente joven que protagoniza sus batallas y a la
furia con la que defienden sus pantalones holgados y su música. A mí me gusta el rock y el
rock es el país del que provengo, pero eso no me impide fijarme en vainas que tiene el rap
de mi ciudad que me conmueven en demasía. En Hip Hop al Parque los artistas están junto
al público en las carpas de emprendimientos, pasándose los canutos, firmándoles los discos,
compartiendo como la representación real de lo que significa una comunidad. En Ritmo
Moderno un man como Hi-Kymon, beatmaker talentosísimo y reconocido en la escena,
celebra el beat de un pelado que no conoce con una emoción desenfrenada. En mi barrio las
batallas de freestyle a veces son el único lugar de reconocimiento para los pelados que
llegan a contarle al parque que están mamados de la puta vida. En el mismo centro de la
ciudad, el grafiti hace que la Veintiséis parezca un museo a cielo abierto. En Ritmo
Moderno, cada vez que se acababa una batalla los jurados aconsejaban respetuosamente y
con interés verdadero a los participantes. Pensaba en todo eso bajo la lluvia, en esta época
de prohibicionistas y de opinólogos, en esta época de elitismo cultural y de medios
deshonestos que abogan por la clausura del rap cuando, como en casi todos los festivales a
lo largo y ancho del mundo, se encienden a puñetazos los muchachitos.
Noche redonda. Yo vi a Vitamina rodeado de sus parceros como si fuera el hijo del viento
celebrando un golazo, pero celebraban un beat. Ojalá pronto vuelva a darme un bote por
Ritmo Moderno. Me importa un culo si llueve.