Rapunzel
Rapunzel
Érase una vez una pareja que hacía mucho tiempo deseaba inútilmente tener un
hijo. Los años pasaban y su sueño no se realizaba. Al fin, un bello
día, la mujer se dio cuenta de que Dios había escuchado sus oraciones. Ella iba a tener una
¡niño!
A través de una ventanita que había en la parte de atrás de su casa, era
posible ver, en el patio vecino, un magnífico jardín lleno de las más lindas
flores y las más vívidas hortalizas. Pero alrededor de todo se erguía un
muro altísimo, que nadie se atrevía a escalar. Al fin y al cabo, era la propiedad
de una hechicera muy temida e poderosa.
Un día, espiando por la ventanita, la mujer se sorprendió al ver un parterre.
lleno de los más bellos pies de rábano que jamás imaginara. Las hojas
eran tan verdes y frescas que abrieron su apetito. Y ella sintió un
enorme deseo de probar os rabanetes.
A cada día su deseo aumentaba más. Pero ella sabía que no había manera.
de conseguir lo que quería y por eso fue quedándose triste, abatida y con un
aspecto doentio, até que um dia o marido se assustou e perguntou:
- O que está aconteciendo contigo, querida?
- ¡Ah! - respondió ella. - Si no comes un rábano del jardín de la bruja,
¡Voy a morir pronto, pronto!
El marido, que la amaba mucho, pensó: "No puedo dejar a mi mujer"
morir... ¡Tengo que conseguir estos rábanos, cueste lo que cueste!
Al anochecer, apoyó una escalera en la pared, saltó al patio
vecino, arrancó apresuradamente un puñado de rábanos y llevó para
la mujer. Más rápidamente, ella preparó una ensalada que comió.
inmediatamente, deliciosa. Ella encontró el sabor de la ensalada tan bueno, pero tan
bueno, que al día siguiente su deseo de comer rábanos se hizo aún más fuerte
fuerte. Para tranquilizarla, el marido le prometió que iría a buscar más uno
poco.
Cuando llegó la noche, saltó de nuevo el muro pero, apenas pisó el suelo
del otro lado, llevó un tremendo susto: de pie, frente a él, estaba la
hechicera.
- ¿Cómo se atreve a entrar en mi jardín como un ladrón, para robar?
¿Mis rábanos? - preguntó ella con los ojos chispeando de rabia. - Vamos
ver só o qué te ¡Espera!
- ¡Oh! ¡Ten piedad! - imploró el hombre. - ¡Solo hice esto porque fui obligado!
Mi mujer vio tus rábanos por nuestra ventana y sintió tanta ganas
de comerlos, pero tanta voluntad, que seguro morirá si no los llevo
¡Algunos!
A hechicera se acalmou e dijo:
- Si es así como dices, te dejo llevar cuantos rábanos quieras, pero
con una condición: me darás el niño que tu mujer va a tener. Cuidaré
dásela como si fuera tu propia madre, y nada le faltará.
El hombre estaba tan aterrorizado, que accedió. Poco tiempo después, el
El bebé nació. Era una niña. La hechicera apareció en ese mismo instante, dio
a la niña le puso el nombre de Rapunzel y se la llevó.
Rapunzel creció y se convirtió en la niña más hermosa bajo el sol. Cuando hizo
doce años, la hechicera la encerró en lo alto de una torre, en medio del bosque.
La torre no tenía ni escalera, ni puerta: solo una ventanita, en
lugar más alto. Cuando la anciana deseaba entrar, se quedaba debajo de la ventana
e gritaba:
- Rapunzel, ¡Rapunzel! Yoga abajo tus trenzas!
Rapunzel tenía magníficos cabellos largos, finos como hilos de oro.
Cuando oía el llamado de la anciana, abría la ventana, desenrollaba las trenzas
y las lanzaba afuera. Las trenzas caían veinte metros hacia abajo, y por ellas la
hechicera subía.
Algunos años después, el hijo del rey estaba montando a caballo por el bosque y pasó
cerca de la torre. Escuchó un canto tan bonito que se detuvo, encantado.
Rapunzel, para espantar a solidão, cantaba para sí misma con su dulce
voz.
Inmediatamente el príncipe quiso subir, buscó una puerta por todas partes,
pero no encontró. Inconforme, regresó a casa. Pero lo maravilloso
canto tocará su corazón de tal manera que comenzará a ir hacia el
floresta todos ustedesdías queriendo oírlo otra vez.
En una de esas ocasiones, el príncipe estaba descansando detrás de una
árbol y vio a la bruja acercarse a la torre y gritar: "Rapunzel,
¡Rapunzel! ¡Deja caer tus trenzas! Y vio cuando la bruja subió por
trenzas.
¿Es esta la escalera por la que se sube?,
intentar a suerte...
Al día siguiente, cuando oscureció, se acercó a la torre y, bien
debajo da ventanita gritó:
- Rapunzel, ¡Rapunzel! Jugar abajo tus trenzas!
Las trenzas cayeron por la ventana hacia abajo, y él subió.
Rapunzel se asustó mucho al verlo entrar, pues jamás había visto un
hombre.
Mas el príncipe le habló con mucha dulzura y le contó cómo su corazón
quedaría transtornado desde que la oyó cantar, explicando que no tendría
sosiego mientras no a conocerse.
Rapunzel se fue calmando, y cuando el príncipe le preguntó si el
aceitaba como marido, notó que él era joven y bello, y pensó: "Él es
mil veces preferible a la vieja señora...." Y, poniendo su mano sobre la de él,
respondió:
¡Sí! ¡Quiero ir contigo! Pero no sé cómo bajar... Siempre que venga
me ver, traga un ovillo de seda. Con él voy a trenzar una escalera y,
Cuando esté lista, bajo y tú me llevas en tu caballo.
Acordaron que él siempre vendría al caer de la noche, porque la anciana
solía venir durante el día. Así fue, y la bruja no sospechaba de nada
hasta que un día Rapunzel, sin querer, le preguntó:
- Dígame, señora, ¿por qué le cuesta tanto subir, mientras el joven?
hijo hacer rey llega aquí num ¿instantito?
- ¡Ah, niña mala! - gritó la bruja. - Pensé que te había aislado de
mundo, e tú ¡Me engaña!
En su furia, agarró a Rapunzel del cabello y la abofeteó. Luego, con
con la otra mano, tomó unas tijeras y tic, tic! cortó las hermosas trenzas,
largando-las no suelo.
No contenta, la malvada llevó a la pobre niña a un desierto y
la abandonó allí, para que sufriera y pasara todo tipo de privaciones.
En la tarde del mismo día en que Rapunzel fue expulsada, la bruja atrapó
las largas trenzas en un gancho de la ventana y quedó esperando. Cuando el
el príncipe vino y llamó: "¡Rapunzel! ¡Rapunzel! ¡Baja tus trenzas!"
ella dejó que las trenzas cayeran y se quedó esperando.
Al entrar, el pobre chico no encontró a su querida Rapunzel, sino a la
terrible hechicera. Con una mirada fulgurante de odio, ella gritó burlonamente:
- ¡Ah, ah! ¿Has venido a buscar a tu amada? Pues la linda pajarita no está
pero en el nido, ¡ni canta más! El gato la atrapó, se la llevó, y ahora va
¡Rasguña tus ojos! ¡Nunca más verás a Rapunzel! ¡Está perdida!
para ¡tú!
Al escuchar esto, el príncipe se descontroló y, en su desesperación, se arrojó
por la ventana. El joven no murió, pero cayó sobre espinas que perforaron
tus ojos e él quedó ciego.
Desesperado, quedó vagando por el bosque, alimentándose solo
de frutos y raíces, sin hacer otra cosa que lamentarse y llorar la pérdida
da amada.
Pasaron los años. Un día, por casualidad, el príncipe llegó al desierto.
no cual Rapunzel vivía, en la mayor tristeza, con sus hijos gemelos, uno
niño e una niña, qué había nacido ali.
Escuchando una voz que le pareció familiar, el príncipe caminó en dirección a
de Rapunzel. Así que se acercó, ella pronto lo reconoció y se lanzó.
em tus brazos a llorar.
Dos lágrimas de la chica cayeron en sus ojos y, en el mismo instante,
El príncipe recuperó la vista y comenzó a ver tan bien como antes.
Entonces, llevó a Rapunzel y a los niños a su reino, donde fueron recibidos
con gran alegría. Allí vivieron felices y contentos.
Rapu nzel
Um conto de fa das do s Yo
rmã os Gryo
mm
Por u ma janelyo
nha que havyo
a na parte dos fu ndo s da ca sundeles, era pos sível ver, no quyo
ntal vyo
zyo
nho, um magní fyo
co jar dyo
m che yo
o das mayo
s lyo
ndas flore s e das mayo
s vyo
çosa s hortalyo
ças . Mas e m torno de tud o se erguyo
a u m muro altíssyo
mo, q ue nyo
ng ué m se atr evyo
una
a escalar. Afyo
nal, eruna pr opryo
eda de de uma feyo
tyo
ceyo
ra muyo
to te myo
da e poder osa.
Um dyo
a, e spyo
an do pela ja nelyo
nha, a mulh er se a d myo
rou a o ver um canteyo
ro cheyo
o dos mayo
s belos pé s de raba nete que ja mayo
s yo
magyo
nar a. As folhas er a m tão verdes e fresq uyo
nha s que a bryo
ram se u apetyo
te. E eluna
sentyo
u um e nor me de sejo d e provun
r os ra banetes.
A cada dyo
a seu desejo a u mentava mayo
s. Ma s ela sabyo
a q ue não havyo
a jeyo
to de cons eguyo
r o q ue queryo
a e por yo
ss o foyofyo
ca ndo tryo
ste, aba t yo
da e co m u m a sp ecto d oentyo
o, até que u m dyo
a o maryo
d o se ass usto u e pergu ntou:
O maryo
d o, qu e a amava muyo
to, pe nso u: "Nã o po sso deyo
xar myo
nha mulher morrer…Tenho que con seguyo
r es ses raban etes, custe o q ue custar!"
Ao anoyo
tece r, ele e ncosto u u ma esca da no mur o, pulou para o quyo
ntal vyo
zyo
n ho, arran cou a pressa dame nte u m pu nhad o de raba netes e levo u para a mulher. Mayo
s q ue de pressa, ela preparo u u ma salada q ue come u yo
me dyo
atame nte, delYo
cyo
a da. Ela ach ou o sabor da salada tão b om, mas tão bo m, que no dyo
a seguyo
nte se u desejo de co mer rabanete s fyo
cou ayo
n da mayo
s forte. Para s oss egá -la, o maryo
do pro meteu -lhe q ue yo
ryo
a bus car mayo
s um pou co.
Quan do a n oyo
te cheg ou, p ulo u nova ment e o mur o mas, mal pyo
s ou n o chão d o outro la do, levou um tre me n do s usto: de pé, dyo
a nte de le, e st a va a feyo
tyo
ceyo
ra.
A feyo
tyo
ceyo
ra se a calmo u e dyo
sse :
- Se é assyo
m co mo dyo
z, deyo
xo vo cê levar quant os raban etes quyo
ser, ma s co m u ma condyo
ção : Yo
rá me dar a cryo
a nçunq ue sua mulher vayo
t er. Cuyo
dareyo
dela co mo se fos se sua própryo
a mãe, e na da lhe faltará.
A tor re não pos suía ne m es cada, nem porta: ape nas u munjanelyo
n ha, n o lugar mayo
s alto. Qua ndo a velha desejava entrar, fyo
cava embayo
xo da janela e gryo
tava:
Rapu nzel t yo
nha mun
gní fyo
co s ca belos co mpryoos,
d fyo nos co mo fyo
os d e our o. Quand o ouvyo
a o cha mad o da velha, abryo
a a janela, d e senr olava as tranças e jogava-as para fora. As trun
nça s caía m vyo
nte metro s abayo
xo, e p or elas a feyo
tyo
ceyo
ra s ubyo
a.
Yo
medyo
ata mente o príncyo
pe quyo
s su byo
r, procuro u uma porta por to da parte, mas não e ncontro u. Yo
n con for mad o, voltou para casa. Ma s o maravyo
lho so canto to cara seu coraçã o de tal ma neyo
ra qu e ele co me ço u a yo
r para a floresta tod os o s dyo
as, q ueren do o uvyoo
-l outra vez.
"É essa a es cada pela qual se s obe?, " pen sou o prín cyo
pe. "Poyo
s e u votútentar a sorte…."
No dyo
a seg uyo
nte, qua nd o escureceu, ele se a pro xyo
mou duna
torre e, bem e mbayo
xo da janelyo
n ha, gryo
tou:
- Syo
m! Eu q uero yo
r co m vo cê! Mas não seyo
co mo des cer…Sempre que vyo
er me ver, traga uma mea da de se da. Com ela vo u trançar u ma es cada e, quan do fyo
car pro nta , eu de sço, e você me leva no seu cavalo.
Combyo
nara m qu e ele se mpre vyo
ryo
a ao cayo
r da n oyo
t e, por que a velha costu mava vyo
r durante o dyo
a. Assyo
m foyo
, e a feyo
tyo
ceyo
ra de na da des co nfyo
ava até qu e u m dyo
a Rap un zel, se m querer, pergunt ou a ela:
- Dyo
ga-me, sen hora, co mo é q ue lhe custa t anto s ubyo
r, e nqua nto o jove m fyo
lho d o reyo
che ga a quyo
n um yo
n stantyo
nh o?
- Un
h, me nyo
na ruyo
m! - gryo
tou a feyo
tyo
ceyo
ra. - P e nseyoque tyo
nha yo
s olad o você d o mun do, e vo cê me e ngana!
Na sua fúryo
a, agun
r rou Ra pun zel pelo cabel os e es bo feteo u-a. De poyo
s, co m a outra mão, peg ou u ma tes oura e tec, te c! corto u as bela tran ças, largan do-a s no chã o.
Ao ouvyo
r yo
sso, o prín cyo
pe fyo
co u fora de syo
e , e m seu d eses pero, s e atyo
rou pela janela. O jove m não morre u, ma s cayo
u s obr e es pyo
n hos q ue furaram s eus olhos e ele fyo
cou cego.
Ouvyo
nd o u ma voz q ue lhe pare ceu fa myo
lyo
ar, o príncyo
pe ca myo
n hou na dyo
reçã o de Rapu nzel. Assyo
m q ue chegou perto, ela logo o reconh ece túe se atyo
rou e m seu s braços, a chorar.