MUJERCITAS
1 El juego de los peregrinos
JO: Una Navidad sin regalos no es Navidad (refunfuñó Jo, estirada en
la alfombra) MEG:—¡Es tan horroroso ser pobre! —(suspiró Meg,
contemplando su viejo vestido).
AMY:—Me parece injusto que algunas chicas tengan tantas cosas
bonitas y otras no tengamos nada —(añadió la pequeña Amy, con un
resoplido de indignación). —BETH: Pero tenemos a papá y a mamá, y
nos tenemos las unas a las otras —(dijo Beth, satisfecha, desde su
rincón. Las cuatro caritas en las que se reflejaba el fuego de la
chimenea se iluminaron al escuchar aquellas palabras alegres, pero
volvieron a ensombrecerse cuando Jo dijo, en tono de tristeza)
JO: —No tenemos a papá y no lo tendremos durante mucho tiempo.
(No se atrevió a decir «quizá nunca más», pero cada una de ellas lo
añadió mentalmente mientras pensaban en que su padre estaba muy
lejos, allí donde se libraba la guerra.
MEG:—Ya sabéis que si mamá propuso que este año no nos
hiciéramos regalos en Navidad fue porque va a ser un invierno muy
duro para todo el mundo: cree que no deberíamos gastar dinero en
caprichos cuando nuestros soldados sufren tanto en la guerra. No
podemos ayudarlos mucho, pero sí podemos hacer pequeños
sacrificios y tendríamos que hacerlos con alegría. Pero yo no me
siento así. (Movió la cabeza de un lado a otro mientras pensaba con
tristeza en todas las cosas bonitas que deseaba).
JO: —Yo no creo que lo poco que podemos gastar sirva de gran cosa.
Tenemos un dólar cada una: aunque lo diéramos, poco podría hacer el
ejército con eso. Me parece bien no esperar nada de mamá ni de
vosotras, pero yo quiero comprarme Ondina y Sintram; hace tanto
tiempo que quiero leerlo...
BETH:—Yo quería gastarme el mío en alguna partitura nueva —
AMY:—Yo me compraré una bonita caja de lápices de dibujo Faber,
que me hacen mucha falta —(afirmó Amy en tono decidido)
JO:—Mamá no dijo nada de nuestro dinero ni tampoco querrá que
renunciemos a todo. Que cada una se compre lo que quiera y disfrute
un poco. Trabajamos mucho y nos lo hemos ganado (—exclamó Jo
mientras se contemplaba los tacones de las botas como suelen hacer
los hombres).
MEG—Yo sí que me lo he ganado... Me paso casi todo el día
enseñando a esos niños tan malos, cuando lo que querría es estar en
casa disfrutando
JO: —Tú no lo pasas ni la mitad de mal que yo , ¿Te gustaría estar
horas con una anciana histérica y criticona que te tiene todo el día
corriendo de un lado para otro, nunca está contenta y te pincha hasta
que te entran ganas de saltar por la ventana o darle un bofetón?
BETH:—No me gusta quejarme, pero... creo que lavar los platos y
tener la casa limpia es el peor trabajo del mundo. Me pone de mal
humor y las manos se me quedan tan resecas que luego ni siquiera
puedo tocar.( —Beth se miró las manos ásperas con un suspiro que
esta vez sí oyeron las demás.)
AMY:—A mí me parece que ninguna de vosotras sufre tanto como yo,
porque no tenéis que ir al colegio con todas esas niñas impertinentes,
que se burlan de mí cuando no me sé la lección, se ríen de mis
vestidos, critican mi nariz y columpian a papá porque no es rico.
JO:—Yo no diría que «columpian» a papá, a no ser que sea un niño
pequeño. Querrás decir «calumnian» (—la corrigió Jo entre risas)
AMY: —Yo sé lo que me digo, no hace falta que te pongas saltírica.
Intento usar palabras nuevas para ampliar mi vocabiliario (—repuso
Amy con dignidad.)
MEG:—No os peleéis, niñas. ¿No te gustaría tener el dinero que papá
perdió cuando éramos pequeñas, Jo? Ay, señor, qué bien estaríamos y
qué felices seríamos si no tuviéramos tantas
BETH:—El otro día dijiste que creías que éramos más felices que los
hijos de los King, porque se pasan el día peleando y discutiendo por
mucho dinero que tengan. MEG: —Sí, Beth, lo dije. Bueno, supongo
que lo somos, porque, aunque tengamos que trabajar, también nos
divertimos y somos una panda muy alegre, como diría Jo.
AMY: —A Jo le gusta usar expresiones muy vulgares (—observó Amy
mientras censuraba con la mirada a la figura tendida en la alfombra.
Jo se sentó de inmediato, se metió las manos en los bolsillos del
delantal y se puso a silbar.) No hagas eso, Jo, que pareces un chico.
JO: —Por eso lo hago.
AMY: Detesto a las chicas toscas y poco femeninas.
JO:—Y yo no soporto a las niñas sosas y remilgadas.
BETH:—Haya paz, hermanas —(canturreó Beth, siempre conciliadora,
con una expresión tan graciosa que las dos voces airadas se
convirtieron en risas y, por esa vez, la discusión no fue a más.)
MEG:—La verdad, niñas, es que cada una tiene lo suyo , Josephine, tú
ya tienes edad para dejar esas tonterías de chico y comportarte un
poco mejor. Cuando eras pequeña no importaba tanto, pero ahora
que ya eres tan alta y te recoges el pelo, no debes olvidar que eres
una señorita.
JO:—¡No lo soy! Y si recogerme el pelo me convierte en una señorita,
¡llevaré trenzas hasta que cumpla veinte! (—exclamó Jo, mientras se
arrancaba la redecilla y se soltaba la melena castaña—.) No soporto
pensar que me hago mayor y tengo que convertirme en la señorita
March, ponerme vestidos largos y ser delicada como una florecilla. Ya
es bastante malo ser una chica, cuando me gustan los juegos y los
trabajos de los chicos, y su forma de comportarse. No soporto la
decepción de haber nacido chica y ahora menos que nunca, porque
me muero de ganas de ir a luchar con papá, pero lo único que puedo
hacer es quedarme en casa y hacer mis labores como una vieja
quisquillosa. Jo sacudió el calcetín militar de color azul hasta que las
agujas empezaron a entrechocar como castañuelas y el ovillo de lana
rodó por la habitación.
BETH: —¡Pobre Jo, es una lástima! Pero no se puede hacer nada, así
que tendrás que conformarte con usar un nombre que parezca de
chico y jugar a ser nuestro hermano —(dijo Beth, mientras acariciaba
la espesa melena que tenía apoyada en la rodilla con una mano que
ni todos los platos sucios ni todo el polvo del mundo podían volver
menos suave.)
MEG: En cuanto a ti, Amy , eres demasiado exigente y remilgada.
Puede que ahora esos aires que te das resulten graciosos, pero si
sigues así, de mayor serás más presumida que un pavo real. Me
gustan tus modales y tu refinamiento al hablar, sobre todo cuando no
intentas parecer elegante; pero tus palabras absurdas son tan
terribles como las expresiones vulgares de Jo.
BETH:—Si Jo es muy masculina y Amy un pavo real, ¿yo qué soy, por
favor? —preguntó Beth, dispuesta a compartir el sermón.
MEG:—Tú eres un amor y nada más —respondió Meg con calidez.
Nadie la contradijo, porque aquella «ratoncita» era la mascota de la
familia.