Bayer
Bayer
Historia de la crueldad
argentina
1
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Bayer, Osvaldo
La crueldad argentina : Julio A. Roca y el genocidio de los pueblos
originarios / Osvaldo Bayer y Diana Lenton. - 1a ed. - Buenos Aires :
RIGPI, 2010. 128 p. : il. ; 23x15 cm.
ISBN 978-987-25881-0-6
2
Índice
Prólogo. Comenzar el debate histórico sobre nuestra violencia . . .. . 7
Osvaldo Bayer
3
Prólogo. Comenzar el debate histórico sobre nuestra
violencia
Osvaldo Bayer1
Con este libro queremos dar una base documental al debate público
que comenzamos hace casi seis años, cuando conformamos el grupo
"Awka Liwen", nombre que en mapuche significa "Rebelde amanecer".
Es el nombre de una niña que conocimos en San Martín de los Andes,
hija de una mujer mapuche y de un descendiente de inmigrantes
europeos. Justo un símbolo.
Nuestro grupo comenzó a reunirse junto al monumento al general Julio
A. Roca, allí en la diagonal del mismo nombre, que manos anónimas
rebautizaron con el nombre de "Pueblos Originarios". Cada dos jueves
invitábamos a algún docente historiador para que nos hablara del tema o
nosotros mismos traíamos a la discusión documentos históricos o
diversas interpretaciones del tiempo en que se hizo la llamada "Campaña
al Desierto".
Nos llevó a hacer esto una cuestión de Ética. Cómo tener el
monumento más grande dedicado a quien no sólo había realizado una
campaña para eliminar a los habitantes originarios de nuestras pampas
sino, además, para quedarse con esas tierras. Pero no sólo eso: a quien
había sido el que implantó la feroz Ley de Residencia contra obreros
extranjeros que luchaban por normas reivindicativas, y autor de las
primeras leyes represivas violentas contra el movimiento trabajador.
4
Ese iba a ser el comienzo de nuestro prolongado debate histórico,
porque, en sí, el resultado final al cual queríamos llegar era obtener
respuesta al por qué tanta crueldad había acompañado a toda nuestra
historia, para así llegar a uno de los aspectos más impresionantes de la
historia de esa crueldad: el sistema de desaparición de personas. ¿Cómo
fue posible que tantos hombres y organismos de la sociedad se dedicaran
a la feroz represión con la tortura, el secuestro, el reducir al prisionero a la
nada, y el de terminar haciéndolo "desaparecer"? Más, la ferocidad
máxima de quitar a las embarazadas sus niños al nacer y destinarlos a
familias de militares o de allegados a éstos, al mismo tiempo que se hacía
"desaparecer" a la madre que había dado a luz.
Teníamos para eso, pues, que comenzar el estudio de la crueldad de
nuestra historia en todos sus capítulos. Y queríamos comenzar por el
monumento más grande que posee nuestra sociedad: el del militar Julio
Argentino Roca.(..)
“El (regimiento) Tres de Línea ha fusilado, encerrados en un corral, a
sesenta indios prisioneros, hecho bárbaro y cobarde que avergüenza a la
civilización y hace más salvajes que a los indios a las fuerzas que hacen la
guerra de tal modo sin respetar las leyes de humanidad ni las leyes que rigen
el acto de guerra. Esta hecatombe de prisioneros desarmados que realmente
ha tenido lugar deshonra al ejército cuando no se protesta del atentado.
Muestra una crueldad refinada e instintos sanguinarios y cobardes en
aquellos que matan por gusto de matar o por presentarse un espectáculo de
un montón de cadáveres”.
5
respeto a la civilización hasta un punto tan deplorable? Esas matanzas
deshonran y la civilización protesta contra ellas". Bien, hoy, el diario La
Nación defiende esa carnicería a través de sus editorialistas y autores de
notas.
El trabajo de la antropóloga Diana Lenton trae una carta del general Julio
Argentino Roca, de 1878, al gobernador de Tucumán, Domingo Martínez
Muñecas, cuando aquél comenzó a manejar como verdaderos esclavos a
ranqueles y mapuches enviándolos a trabajar a la caña de azúcar,
principalmente a las fincas de los Posse, parientes de él, de Roca. En esa
carta, Roca le ordena al gobernador de Tucumán que "se reemplazen (sic)
los indios olgazanes (sic) y estúpidos que la provincia se ve obligada a traer
desde el Chaco, por los pampas y ranqueles."
En estas expresiones se nota lo racista que era Julio Argentino Roca.
Menciona la antropóloga que "Roca le enviará a Tucumán esos indios a
cambio de apoyo político para la futura campaña presidencial".
Inmediatamente recibió la respuesta de una decena de los principales
empresarios azucareros solicitándole quinientos indígenas, con o sin familia,
que fueron remitidos a Tucumán. Esos quinientos indios "pampas y
ranqueles" -más sus mujeres e hijos- habían sido capturados en noviembre
de 1878 por Rudecindo Roca, hermano de Julio Argentino. En realidad, los
indios pampas comenzaron a llegar a los ingenios tucumanos en fecha tan
temprana como 1877, por influencia de Ernesto Tornquist, empresario
multifacético, proveedor del ejército de línea y posteriormente hombre
fuerte de los gabinetes presidenciales de Roca.
Charles Darwin -citado por Diana Lenton- atestiguaba "escandalizado,
que si bien se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen
tener más de veinte años de edad para evitar su reproducción, se perdona a
los niños a los cuales se vende o se da para hacerlos criados domésticos, o
más bien esclavos". "Cuando protesté en nombre de la humanidad -prosigue
Darwin- me respondieron: 'sin embargo, ¿qué hemos de hacer? ¡Tienen
tantos hijos estos salvajes!'".
Aristóbulo del Valle -el célebre parlamentario de aquella época- dirá:
"Hemos reproducido las escenas bárbaras -no tienen otro nombre- de que
ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio civil de los
esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a
este centro de civilización, donde todos los derechos parecen que debieran
encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los
derechos que pertenecen no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al
6
hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido, al niño lo
hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir
como esclavo a cualquier parte, en una palabra, hemos desconocido y hemos
violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre". Del
Valle denunciará que "cada nueva campaña convierte a las mujeres y los
niños en botín de guerra y acusa a la opinión pública de complicidad".
Mariano Grondona,(periodista) para justificar de alguna manera lo
injustificable, señala que esos indios eran "indios chilenos", cosa que es una
aberración histórica, ya que ellos pertenecían a un territorio que no tenía las
fronteras artificiales que se pondrán luego en medio de la cordillera para
justificar la importancia de los ejércitos y la compra artificial de armas.
Por su parte, el escritor Félix Luna ha escrito en Debates, el diario de
Morón: "Roca encarnó el progreso, insertó Argentina en el mundo: me puse
en su piel (el libro de Luna se llama Soy Roca) para entender lo que implicaba
exterminar unos pocos cientos de indios para poder gobernar. Hay que
considerar el contexto de aquella época en que se vivía una atmósfera
darwinista que marcaba la supervivencia del más fuerte y la superioridad de
la raza blanca. Con errores, con abusos, con costos, hizo la Argentina que
hoy disfrutamos: los parques, los edificios, el palacio de Obras Sanitarias, el
de Tribunales, la Casa de Gobierno".
Parece ser que -para Félix Luna- tanto Aristóbulo del Valle como Darwin
estaban ya "fuera de contexto" porque vivieron esa época. Con el argumento
de Luna, e imitando sus argumentos, podríamos justificar hasta a Hitler, y
decir "si bien exterminó unos pocos millones de judíos, predicó la
supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza aria; con errores,
con abusos... hizo la Alemania del auto popular (el Volkswagen) y de las
primeras autopistas". Tal cual.
La Historia tiene que estar dirigida por la Ética. Si no, no hay futuro para
la humanidad.
Osvaldo Bayer
7
Fundamentos
8
un insulto pues, para esos pueblos seguir manteniendo en un lugar
tan céntrico -a pocos metros de la Plaza de Mayo y de la Casa
Rosada-, la estatua de quien buscó exterminarlos y les quitó su
hábitat. Debemos tener en cuenta, además, que de acuerdo a un
estudio antropológico, se ha comprobado que un 54 por ciento de la
población argentina tiene ascendencia de esos pueblos originarios. 3
El criollo por excelencia tiene esa sangre, casi siempre proveniente
de la mujer de esos pueblos. Rendir un culto a ese general que, en
todos sus discursos alusivos, se refirió con palabras de enorme
desprecio a los que él llamaba “sus enemigos”, es burlarse de los
pueblos que originariamente habitaron las tierras luego llamadas
argentinas. Roca se repite siempre llamándolos “los salvajes”, “los
bárbaros”, a los ranqueles, mapuches, pehuenches, tehuelches,
pampas, etc. Y además se precia de su aniquilamiento. En los
documentos de época está escrito reiteradamente este racismo
despojado de toda consideración hacia nuestros primeros
habitantes, mientras otros contemporáneos de él se refirieron con
admiración a las cualidades que presentaban esos seres humanos.
Los argentinos tenemos el deber de una profunda autocrítica con
respecto a las políticas de exterminio y de carácter racista que
durante siglos se llevaron a cabo contra esos habitantes. Uno de
ellos es quitar del centro de la ciudad ese monumento 4 y no
destruirlo, porque la historia por más nefasta que sea no debe
destruírsela o ignorarla. Y nuestra propuesta es, como decíamos al
principio, trasladarlo a los campos que recibió como premio por su
campaña, por cierto, nada honesta.
Comparamos y decimos que mientras San Martín siempre habló
de “nuestros paisanos los indios”, Roca se expresó con total
desprecio tildándolos de “los salvajes, los bárbaros”. Emplea esas
(Martínez Sarasola, Carlos. Nuestros paisanos los indios, EMECÉ, Buenos Aires, 2005).
3 . Nota publicada en el diario Clarín (16 de enero de 2005), “El 54 % de los argentinos
tiene antepasados indígenas” (págs. 34 y 35).
4 . La ley 12.565 que se sancionó el 10 de octubre de 1938 (que modificó la ley 12.167
del año 1935) destinó la suma de 350.000 pesos moneda nacional, para erigir dos
monumentos al Tte. Gral. Don J. A. Roca, uno en la Capital Federal y otro en la
ciudad de Tucumán. Posteriormente, la ley 12.697 promulgada el 25 de septiembre de
1941, declaró de utilidad pública una fracción de terreno ubicada en la intersección de
las calles Perú, Alsina y Diag. Julio A. Roca.
9
palabras hasta en su alocución ante el Congreso de la Nación
cuando da cuenta de su expedición. Ya Avellaneda en su
presidencia, en el decreto por el cual ordena la campaña contra el
indio, pone esas palabras que denotan racismo y desprecio contra
esa parte de la población de nuestro país. El 5 de octubre de 1878 se
sancionó la Ley 947, que autorizaba al Poder Ejecutivo Nacional a
invertir hasta 1.600.000 pesos fuertes para concretar el corrimiento
de la frontera a la margen izquierda de los ríos Neuquén y Río
Negro “previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la
Pampa, desde el río Quinto y el Diamante hasta los dos ríos
mencionados”. Eso se pagaría “a través del producido de las tierras
públicas nacionales que se conquisten”. Es decir, la conquista de
esas tierras pobladas por los pueblos originarios fue financiada por
los estancieros del norte bonaerense, encabezados por el titular de la
Sociedad Rural, Martínez de Hoz, apellido conocido no
precisamente para la democracia argentina. Se emitieron 4.000
Títulos públicos con un valor nominal inicial de 400 pesos cada uno.
Cada título daba derecho a la propiedad de una legua de tierra (2.500
hectáreas) en los territorios por conquistarse, y otorgaba una renta
en efectivo del seis por ciento anual hasta que se hiciera efectiva la
posesión de la propiedad. El empréstito implicaba la venta de 4.000
leguas (10 millones de hectáreas ubicadas entre las líneas de frontera
y los ríos Negro y Neuquén).
Para dejar en claro la mentalidad racista y egoísta de la campaña
de Roca, basta leer el siguiente artículo del diario La Prensa del
16/10/1878, que representa el modo de pensar de la alta sociedad
argentina, de los altos jefes del ejército y de los políticos del poder.
Dice así: “La conquista es santa; porque el conquistador es el Bien y
el conquistado, el Mal. Siendo Santa la conquista de la Pampa,
carguémosle a ella los gastos que demanda, ejercitando el derecho
legítimo del conquistador”.
I. El racismo
10
Alberdi -uno de los padres de la Constitución Nacional- escribió:
“No conozco personas distinguidas de nuestras sociedades que
lleven apellido pehuenche o araucano. ¿O acaso alguien conoce a
algún caballero que se enorgullezca de ser indio? ¿Quién de
nosotros acaso casaría a su hermana o a su hija con un indio de la
Araucanía? Preferiría mil veces a un zapatero inglés”.5
El habitante natural fue cazado como un animal salvaje. Zeballos,
escritor de los vencedores, escribía poco después, con orgullo: “El
rémington les ha enseñado a los salvajes que un batallón de la
república puede pasear por la pampa entera, dejando el campo
sembrado de cadáveres”.6
El diario La Tribuna, de Buenos Aires, del 1o de junio de 1879,
aconsejaba: “Para acabar con los restos de las que fueron poderosas
tribus, ladrones audaces, enjambre de lanzas, amenaza perpetua para
la civilización, no se necesita ya otra táctica que la que los cazadores
europeos emplean contra el jabalí. Mejor dicho contra el ciervo.
Porque el indio es ya sólo un ciervo disparador y jadeante. Es
preciso no tenerles lástima.”
Y, en 1878, Estanislao Zeballos proponía “quitarles el caballo y la
lanza y obligarlos a cultivar la tierra, con el rémington al pecho
diariamente: he aquí el único medio de resolver con éxito el
problema social que entraña la sumisión de esos bandidos”. Califica
a los indígenas de “bandas de ladrones corrompidos” y de
“vándalos”. Se felicita que “felizmente el día de hacer pesar sobre
ellos la mano de hierro del poder de la Nación, se acerca” y
propone: “Los salvajes deben ser tratados con implacable rigor
porque esos bandidos incorregibles mueren en su ley y solamente se
doblan al hierro”.7
Por su parte, el doctor Ricardo Caillet-Bois, profesor de la
universidad y de la Escuela Superior de Guerra escribe: “Olvidamos
fácilmente, que hasta ayer el país tuvo que cuidar dos fronteras: la
internacional y la línea siempre movediza y nunca respetada que
5. Bayer, Osvaldo. “La sombra de Inacayal”. Clarín, Buenos Aires, abril, 1999.
6. Bayer, Osvaldo. El encubrimiento. Desde la Gente, IMFC, Buenos Aires, 1992.
7. Bayer, Osvaldo. “La sombra de Inacayal”, op. cit.
11
separaba la zona civilizada de aquella en la cual era rey y señor el
bárbaro del desierto”.8
Basta por ejemplo leer este párrafo del libro de Juan Carlos
Walther, profesor del Colegio Militar de la Nación, para darnos
cuenta de “la perversión de los conceptos y del fiel seguimiento de
la línea de la cruz y la espada” heredada desde los tiempos de la
conquista. “La Conquista del Desierto -dice- no fue una acción
indiscriminada ni despiadada contra el indio aborigen de nuestras
pampas. A la inversa, la conquista del desierto se efectuó contra el
indio rebelde, reacio a los reiterados y generosos ofrecimientos de
las autoridades, deseosas de incorporarlos a la vida civilizada, para
que como tal conviviera junto a los demás pobladores,
pacíficamente, y así dejara de una vez de ser bárbaro y salvaje,
asimilándose a los usos y costumbres de los demás argentinos”.
Tiene el mismo tono del famoso Requerimiento, la intimación en
idioma español que se hizo en la Conquista a los indígenas que no
acataban la dominación española y la fe católica.
En otro párrafo, el coronel Walther expresa: “Esa cruenta y muy
ignorada epopeya demandó privaciones, penurias y muertes heroicas
de muchos de los expedicionarios, quienes, las más de las veces,
regaron con su generosa sangre las tierras recorridas para que fueran
libres, o dejaron sus huesos como jalones del progreso frente a esa
lucha frente a un indio rudo, altivo y salvaje, que dominado por un
atávico espíritu de libertad -propio del medio en que vivía- tarde le
hizo comprender que la misma no era un acto de guerra que
buscaba su exterminio, sino, por el contrario, su objetivo era
integrarlo al seno de la sociedad como un ser civilizado y que así
viviera una paz constructiva”. Y prosigue el autor: “Pujantes
ciudades que hoy exhiben con orgullo su progreso fueron hasta no
hace un siglo solitarios fortines de la frontera, en esa sangrienta puja
de la civilización contra la barbarie que se cobija en el entonces
misterioso y desconocido santuario del desierto”. Luego llega la
sublimación cuando compara a los exterminadores de indios: “No
hubo batallas de la resonancia de Maipú, Ituzaingó, Curupaity, pero
los combates ocurridos evidenciaron por su sangriento dramatismo,
8 . Caillet-Bois, Ricardo. “Prólogo” a La Conquista del Desierto del Coronel Juan Carlos
Walther EUDEBA, Buenos Aires, 1979.
12
que los soldados de la Conquista del Desierto fueron dignos émulos
de sus hermanos de armas de la Independencia”. Una perversa
comparación: la eliminación del indio con la lucha de liberación. O
esta otra frase: “Antes de la campaña subsistían ignominiosas
fronteras internas señaladas por las chuzas del salvaje en el linde de
ese vasto desierto que moraban”. Es decir, como los conquistadores
hispanos, se arrogaban el derecho de propiedad de la tierra aunque
ellos eran los verdaderos invasores. Es increíble la arrogancia con
que este historiador -y la casi absoluta mayoría del resto de los
historiadores argentinos sobre este tema- describe la matanza
exclusivamente desde su punto de vista. Da por sentado que el
blanco tiene razón y derecho; el indio es el invasor, el usurpador.
Que se describa la historia de acuerdo a los intereses y el
pensamiento de la época, vaya y pase, pero que además se le quieran
dar valores morales al crimen es ya inadmisible a 120 años de los
hechos. Es que sigue en la misma tradición y convencimiento: el
aborigen es el salvaje que tuvo que ser liberado con la cruz y la
espada y que, si en el intento fuera exterminado, la culpa es de él
“por su atávico espíritu de libertad”. De paso, la tierra fue para el
blanco, mejor dicho, para la burguesía que estaba en ese momento
en el poder.
Pero la mentalidad distorsionada por siglos de falsear valores
éticos, lo lleva al profesor Walther a establecer fronteras y
nacionalidades artificiales creadas por el blanco para denominar
“extranjero” al indio. Dice Caillet-Bois en su prólogo al libro de
Walter La Conquista del Desierto: “Si agregamos que el extremo norte
del pais, gran parte de Santa Fe, Santiago del Estero y Chaco
estaban en poder del belicoso indio aborigen, fácil es comprobar
que la porción civilizada donde la Nación hacía efectiva su soberanía
era sólo un tercio de su territorio porque en el resto dominaban o se
disputaban palmo a palmo, tribus salvajes con el agravante de que
muchas de ellas no eran nativas de esas tierras, sino de la Araucania
chilena”.9
La malicia y la ignorancia se dan de la mano en ese último
párrafo: “no eran nativas de esas tierras”. Para el blanco, para su
9. Walther, Juan Carlos. La Conquista del Desierto. EUDEBA, Buenos Aires, 1979.
13
mente aprovechada, el aborigen debía respetar las fronteras
marcadas por la irracionalidad y el espíritu mezquino de quienes ni
siquiera aprendieron a atesorar el sueño de Bolívar de la Gran
Nación Latinoamericana.
El militar prusiano Melchert propone al gobierno argentino el
sometimiento definitivo del indio pero, además, aprovecharlo.
Hacerlos soldados rasos de los propios ejércitos blancos para así
tenerlos vigilados día y noche. Hacer de ellos siervos castrenses. Y
convertirlos en lo que él llama “cosacos americanos”, es decir,
tropas autónomas de represión.10
Es esclarecedora, sin duda, la frase siguiente escrita en 1975 por
Walther, donde este representante del ejército, heredero del que
luchó contra el dominio español, reconoce que la exterminación del
indio es la continuación de la línea iniciada con la conquista del
“nuevo continente”. Escribe Walther: “Este secular proceso,
iniciado en los albores de la conquista hispánica, finalizó no hace un
siglo -por 1885- en los lejanos confines patagónicos”.11
Es decir, las burguesías criollas habían proseguido la misma
política hispánica de exterminio y le habían puesto su punto final en
la Argentina.
14
efectos. En dinero vienen a recibir apenas un 10% del valor
de los artículos y éstos de tan mala calidad y tan
escamoteados, que poco más o menos sufren la misma rebaja.
Lo que no venden al proveedor lo entregan con igual desventaja a
otros, en pago de tejidos u otros efectos que sobre esto les dan al
fiado; y despojados así de este recurso, van luego a desquitarse en
los intereses de los hacendados”.12
El planteo de Barros coincidía con una carta dirigida por los
comerciantes de Azul a la mutual de los estancieros: “Los indios
pampas de Catriel son más fáciles de civilizar rectamente y más
dispuestos a recibir la alta educación cívica, que nuestras masas
rurales y aun las urbanas mismas (...). Nos creemos autorizados para
decir en todos los terrenos, desde el confidencial y privado hasta el
público u oficial que los indios pampas serían a la fecha en que
escribimos relativamente honrados, laboriosos y morales si
nosotros, los hombres de la civilización, no hubiésemos sido tan
malvados y corrompidos”.13
El propio Estanislao Zeballos reconocía a su manera que la
actitud de “los blancos” era la causa de la reacción de los habitantes
originarios: “Si por amor a mi patria no suprimiera algunas páginas
enteras de la administración públicas en las fronteras y de la
conducta de muchos comerciantes, se vería que algunos de los
feroces alzamientos de los indios fueron la justa represalia de
grandes felonías de los cristianos, que los trataban como a bestias y
los robaban como si fueran idiotas”.14
Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente
muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en
la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados
en la vida de familia”. Otro sacerdote digno, el padre Savino, que
estaba a cargo de los prisioneros, se quejaba de la conducta poco
cristiana de los civilizadores: “Es más fácil convertir a los indios de
las fronteras que a los que tienen contacto con los cristianos, pues,
los cristianos, salvo unos pocos, son de una moral que está muy
12 . Barros, Alvaro. Indios, fronteras y seguridad interior. Solar-Hachette, Buenos Aires, 1975.
13 . Barros, Alvaro, ídem.
14 . Zeballos, Estanislao. Viaje al país de los araucanos. Solar, Buenos Aires, 1980.
15
lejos de ser cristiana. No quiero hacer mención de la perfidia, de la
borrachera, de los robos, de los mismos asesinatos y de los
escándalos de todo género de que los cristianos con quienes tratan,
muy a menudo, les dan el triste ejemplo”.15
El padre salesiano Alberto Agostini brindaba este panorama: “El
principal agente de la rápida extinción fue la persecución despiadada
y sin tregua que les hicieron los estancieros, por medio de peones
ovejeros quienes, estimulados y pagados por los patrones, los
cazaban sin misericordia a tiros de Winchester o los envenenaban
con estricnina, para que sus mandantes se quedaran con los campos
primeramente ocupados por los aborígenes. Se llegó a pagar una
libra esterlina por par de orejas de indios. Al aparecer con vida
algunos desorejados, se cambió la oferta: una libra por par de
testículo”.15
Un testigo de la época, el ingeniero Trevelot, opinaba: “Los
indígenas han probado 16 ser susceptibles de docilidad y disciplina.
En lugar de masacrarlos para castigarlos sería mejor aprovechar esta
cualidad actualmente enojosa. Se llegará a ello sin dificultades
cuando se haga desaparecer ese ser moral que se llama tribu. Es un
haz bien ligado y poco manejable. Rompiendo violentamente los
lazos que estrechan los miembros unos con otros, separándolos de
sus jefes, sólo se tendrá que tratar con individuos aislados,
disgregados, sobre los cuales se podrá concretar la acción. Se sigue
después de una razzia como la que nos ocupa, una costumbre cruel:
los niños de una corta edad, si los padres han desaparecido, se
entregan a diestra y siniestra. Las familias distinguidas de Buenos
Aires buscan celosamente estos jóvenes esclavos para llamar las
cosas por su nombre”.17
Por aquellos años Juan Bautista Alberdi ponía su cuota de lucidez
y ampliaba el foco sobre otro de los verdaderos objetivos de la
campaña: “La lucha contra el indio fue un pretexto de los gobiernos
para armarse e imponerse a los descontentos. Los ejércitos no se
16
empleaban mayormente contra el indio. Los indígenas apenas
ocupan hoy la atención de una décima parte del ejército”.17
En la vereda de enfrente, José Hernández, el autor del Martín
Fierro decía: “Nosotros no tenemos el derecho de expulsar a los
indios del territorio y menos de exterminarlos. La civilización sólo
puede dar los derechos que se deriven de ella misma. La sociedad no
hace de los gobiernos agentes de comercio, ni los faculta para labrar
colosales riquezas, lanzándolos en las especulaciones atrevidas del
crédito. La sociedad no podría delegar, sin suicidarse, semejantes
funciones, que son el resorte de su actividad y de su iniciativa”.18
17
Y no sólo estaban los soldados sino también sus mujeres, las
“cuarteleras”. Así describe su vida el comandante Manuel Prado:
“En aquellas épocas, las mujeres de la tropa eran consideradas como
“fuerza efectiva” de los cuerpos. Se les daba racionamiento y, en
cambio, se les imponían obligaciones: lavaban la ropa de los
enfermos, y cuando la división tenía que marchar de un punto a
otro, arreaban las caballadas. Había algunas mujeres -como la del
sargento Gallo-, que rivalizaban con los milicos más diestros en el
arte de amansar un potro y de bolear un avestruz. Eran todas la
alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las
deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible.
Las pobres impedían el desbande de los cuerpos”.21
José Hernández dejó en nuestro poema nacional un testimonio
demoledor sobre las condiciones de vida del soldado de frontera:
18
pero que ellos las
vendían para cazar
avestruces; y ansí
andaban noche y día
dele bala a los
ñanduces. Ah, ¡hijos
de una!... La codicia
ojalá les ruempa el
saco; ni un pedazo
de tabaco le dan al
pobre soldao y lo
tienen de delgao más
ligero que guanaco...
Yo he visto en esa
milonga muchos
jefes con estancias, y
piones en
abundancia, y
majadas y rodeos; he
visto negocios feos a
pesar de mi
inorancia... Tiene
uno que soportar el
tratamiento más vil:
a palos en lo civil y a
sable en lo militar...
Y es necesario
aguantar el rigor de
su destino; el gaucho
no es argentino sino
pa hacerlo matar. Él
nada gana en la paz
y es el primero en la
guerra; no le
perdonan si yerra,
que no saben
perdonar, porque el
19
gaucho en esta tierra
sólo sirve pa votar.22
IV. La tierra.
20
preparación de la campaña, fueron en el acto decisivas. Quebraron
el poder de los indios de un modo tan completo, que la expedición
al río Negro se encontró casi hecha antes de ser principiada. No
hubo una sola de esas columnas de exploración que no volviese con
una tribu entera prisionera, y cuando llegó el momento señalado
para el golpe final, no existían en toda la Pampa central sino grupos
de fugitivos sin cohesión y sin jefes.
Es evidente que en una gran parte de las llanuras recién abiertas al
trabajo humano, la naturaleza no lo ha hecho todo, y que el arte y la
ciencia deben intervenir en su cultivo, como han tenido parte en su
conquista. Pero se debe considerar, por una parte, que los esfuerzos
que habría que hacer para transformar estos campos en valiosos
elementos de riqueza y de progreso, no están fuera de proporción
con las aspiraciones de una raza joven y emprendedora; por otra
parte, que la superioridad intelectual, la actividad y la ilustración, que
ensanchan los horizontes del porvenir y hacen brotar nuevas fuentes
de producción contra la humanidad, son los mejores títulos para el
dominio de las tierras nuevas. Precisamente al amparo de estos
principios, se han quitado éstas a la raza estéril que las ocupaba”.24
La ley de remate público del 3 de noviembre de 1882 otorgó
5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1.552
llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó
820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares”
del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del
Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de
La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La
cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la
Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.25
21
Si hacemos números, tendremos este balance:
• La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y
1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por
moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes
vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a
los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.
• Sesenta y siete propietarios pasaron a ser dueños de 6.062.000
hectáreas.
• Entre ellos se destacaban 24 familias “patricias” que recibieron
parcelas que oscilaban entre las 200.000 hectáreas de los Luro a
las 2.500.000 obtenidas por los Martínez de Hoz.
• Como señala Jacinto Oddone, la concentración de la propiedad
se fue acentuando y “hacia la década del 20 en el presente siglo
[el XX], concluido ya el proceso de formación de la propiedad
rural, solamente cincuenta familias eran propietarias de más de 4
millones de hectáreas en la provincia de Buenos Aires”.26
V. Final de fiesta
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prisioneros se los estaqueaba y torturaba atrozmente, mutilándolos
o descoyuntándolos para que informaran. El general Roca escribió:
“La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las
fértiles llanuras ha sido por fin destruida”. Y finalmente informará al
Congreso: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición
dejando así libres para siempre del dominio del indio esos
vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de
deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero.” 27
Pero la sociedad argentina trataba de convencerse a sí misma de
que había hecho una buena obra. Un año después, el coronel
Barbará expresaba: “Los indios hoy ya han perdido la fisonomía
salvaje. La reacción se ha operado hasta en su físico. Las indias
visten a la usanza del país y los niños han dejado el chamal o chiripá
y visten pantalón, saco y gorra. Honor al gobierno y al pueblo
argentino por esta hermosa conquista de la humanidad y
civilización.”
Los ganadores se quedaron con las tierras. El general Roca
mismo recibió 65 mil hectáreas como botín de guerra. Hubo
campos para los otros generales y oficiales y para los estancieros y
comerciantes que habían financiado la matanza.
El comandante Prado, uno de los protagonistas de la campaña,
escribirá más tarde, desengañado: “Al ver después despilfarrada la
tierra pública, comercializada en concesiones fabulosas de treinta y
más leguas, daban ganas de maldecir la conquista lamentando que
las tierras no se hallasen aún en manos de los caciques Renque Curá
o Saihueque”.
Las familias de los caciques Inacayal, Follel y otros jefes indígenas
fueron llevadas prisioneras al Tigre. De allí, a Inacayal y a Follel se
los llevó al Museo de La Plata. Los exhibían a la europea para que la
población tuviera oportunidad de ver cómo eran los salvajes. 28
Inacayal, quien nunca perdió su altivez, solía decir: “Yo jefe, hijo de
27 . Viñas, David. Indios, Ejército y Frontera. Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 1983.
28 . Martínez Sarasola C. comenta que en Francia: “en 1899, en la Exposición Universal
de París fueron expuestos en una jaula nueve onas que habían sido 'cazados' y
trasladados hasta allí. Un letrero advertía a los visitantes: 'Indios caníbales'. Al
misionero reverendo José María Beauvoir le cupo la fortuna de poder rescatar a los
desdichados y volverlos a su tierra” (op. cit., pág. 287).
23
esta tierra, blancos ladrones, matar a mis hermanos robar mis
caballos y la tierra que me ha visto nacer. Ahora prisionero...
desdichado.”
Y también se hará oír la voz de la Iglesia por intermedio de
monseñor Fagnano: “Dios en su infinita misericordia ha
proporcionado a estos indios un medio eficacísimo para redimirse
de la barbarie y salvar sus almas: el trabajo, y sobre todo la religión,
que los saca del embrutecimiento en que se encontraban.”
La Sociedad Rural, hoy aún todopoderosa organización de
terratenientes, se dirigió ya en 1870 al gobierno instando a una más
severa represión de los “indios salvajes”. Encabezaban esa lista el
estanciero José Martínez de Hoz y le siguen apellidos que hoy
continúan perteneciendo a la elite de latifundistas: Amadeo, Leloir,
Temperley, Atucha, Ramos Mejía, Llavallol, Unzué, Miguens,
Terrero, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar, Real de Azúa.
Desde el puerto, los vencidos fueron trasladados al campo de
concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron
embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de
Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a
repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba
“Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la
entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de
la Sociedad de Beneficencia”29.
Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue
obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires
rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes
anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros
son los que les pusieron las cadenas”, prorrumpieron en un
emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima
festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y
vergonzoso “desfile de la victoria”.30
Los indios que se salvaron de la matanza fueron enviados a
trabajar a los cañaverales del Norte, para los dueños y señores del
29 . El Nacional, 31 .XII. 1878, Buenos Aires.
30 . Spalding, Hobart. La clase trabajadora argentina (documentos para su historia, 1890/1912).
Galerna, Buenos Aires, 1972.
24
azúcar, en condiciones de absoluta explotación, o a servir durante
seis años en el ejército y la marina. Las mujeres indias fueron
repartidas entre las familias aristocráticas, como sirvientas y los
niños dados en adopción. El diario El Nacional informa: “Llegan los
indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no
cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia
regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que
hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En
aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran
resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo'de
sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia
de los avances de la civilización” 31.
VI. La represión obrera.
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instrumentos de terror, que la policía esgrimió, en
cumplimiento de órdenes superiores, con la arbitrariedad más
extremada; cuando se impidió en absoluto el ejercicio del
recurso del hábeas corpus, garantía suprema de la libertad
individual, y se sustrajo de la jurisdicción de los jueces
establecidos por la Constitución a los que eran objeto de las
persecuciones gubernamentales; cuando se probó en repetidas
ocasiones que los expulsados eran hombres tranquilos y
laboriosos, arraigados de largos años en el país, padres de
hijos argentinos, y a pesar de todo se les arrancó de sus
hogares y se condenó a sus familias a la más espantosa
miseria, cuando muchos de los que sufrieron los rigores de
esa ley de excepción acreditaron, al llegar a los puntos de
destino, que habían sido víctimas de una negra injusticia, y sus
clamores provocaron en todos los países cultos un
movimiento universal de protesta; y cuando la crueldad y las
arbitrariedades llegaron a tal extremo que los mismos órganos
oficiales hubieron de reconocer que la ley adolecía de
defectos, que convenía corregir, para cohonestar de esta
suerte el uso apasionado y violento que se había hecho de sus
disposiciones draconianas.
26
Citamos nada
menos que a La
Prensa, no a La
Protesta. Que después
de este párrafo del
diario La Prensa haya
todavía historiadores
que ven a Roca
como un gran
político da la pauta
del pensamiento de
ellos. Analícese cada
párrafo de este
editorial para llegar a
la conclusión de que
mantener esa estatua
es un insulto a todos
los obreros que
fueron sacrificados
de esa manera por
reclamar por sus derechos. Porque a esto hay que agregar la
crueldad de las represiones ordenadas por Roca contra las
manifestaciones y las huelgas obreras. En 1902, ante la primera
huelga general, establecerá nada menos que el Estado de sitio, para
disponer por encima de todas las leyes y las disposiciones
constitucionales, el uso de la fuerza represiva. Y en 1904, el 1 o de
mayo, en el día del trabajador, ordenará reprimir con toda violencia
la clásica marcha obrera, ocasionando la policía la muerte del primer
mártir del movimiento trabajador argentino: el marinero Juan
Ocampo, de 18 años de edad.
27
En las tierras ganadas a tiro limpio contra los pueblos originarios y
con la compañía de sus descendientes, actuales poseedores de esas
tierras, su monumento se justificaría más: los únicos agradecidos
deben ser sus descendientes, que ahora poseen la tierra que les dejó
su antepasado.
28