EL PALATINO
Según la tradición, Rómulo fundó Roma, en el 754 a.C. en el Palatino, una colina aislada de
las demás, que ocupaba una posición central y próxima a la isla Tiberina, que servía de paso
natural para cruzar el río Tíber. Leyenda o realidad, lo cierto es que, en una de sus cimas -el
Germalo-, se han encontrado restos arqueológicos de asentamientos humanos que se
pueden datar en torno al siglo VIII a. C.
Poco se sabe con certeza sobre la apariencia del Palatino en los primeros siglos de vida de la
ciudad. Conocemos la existencia de algunos templos, como el de la Victoria, el de Júpiter o el
de la Magna Mater (1) –dedicado a Cibeles y erigido en el 191a.C.-, pero no hay constancia
de que se construyeran otros edificios públicos.
Durante la República (509-27 a. C.), la zona se convirtió en el barrio de las clases
acomodadas romanas y se levantaron numerosas casas y villas.
Fue Augusto, ya en el Imperio, quien decidió trasladar allí su residencia en el 44 a. C. La
Casa de Augusto (2) no difería mucho de las viviendas de otros nobles de su época. Tenía
dos partes, una privada y otra pública. Esta última albergaba en su interior la gruta donde la
loba amamantó a los gemelos o Lupercal, la cabaña de Rómulo, el templo de la Magna Mater
y el templo de Apolo (3), construido por orden del emperador entre el 36 y el 28 a. C.
A partir de Augusto todos los emperadores se trasladaron a vivir al Palatino, que, poco a poco
y, sobre todo, gracias a algunos de ellos, terminó convirtiéndose en una inmensa y suntuosa
morada. De hecho, la palabra “palacio” viene del nombre latino de la colina.
El primer palacio imperial, propiamente dicho, lo mandó edificar Tiberio (14-37 d. C.): la
Domus Tiberiana (4), que posteriormente sería ampliada por Calígula (37-41 a. C.). Claudio
y Nerón (entre el 41y el 69 d. C.) erigieron la llamada Domus transitoria, como paso previo al
majestuoso proyecto de la Domus aurea, un conjunto monumental que uniría la Domus
Tiberiana con el monte Esquilino a través de jardines, columnatas y pabellones. Pero la
primera fue destruida en el incendio que arrasó Roma en el 64 y la segunda no llegó a
terminarse.
Después del gran incendio del 80 d. C., Domiciano encargó en el 85 un nuevo complejo para
que sirviera como residencia imperial. Su concepción era realmente novedosa. Consistía en
dos edificios paralelos y unidos entre sí: la Domus Flavia (5), al Norte, como palacio
público, y la Domus Augusta (7) al sur, como palacio residencial. Se alzaban a dos alturas y
el desnivel se salvaba por medio de atrios, escalinatas, salones, fuentes, pórticos y terrazas.
En la Domus Flavia, dentro de un patio porticado con una fuente central, se hallaba el
Aula Regia (6), destinada a los actos oficiales y con un amplio ábside al fondo que
albergaba el trono. A su derecha había una basílica destinada a las audiencias y al
Consejo del emperador.
La Domus augusta -es decir, la casa de augusto o, lo que es lo mismo, del emperador-
estaba exclusivamente reservada a la familia imperial. Tenía un peristilo central al que
daban las habitaciones (cubicula). A un lado, se abría un jardín rectangular de 160 m. de
largo con una spina central, enmarcado por un pórtico de dos pisos: el estadio (9).
Había también una zona de termas. En la zona oeste, el edificio se arqueaba en una
fachada cóncava que miraba hacia el Circo Máximo: la gran exedra (8) semicircular.
Después de Domiciano, se ocupó del Palatino Septimio Severo (193-211d.C.) con obras que,
aunque fueron continuación de proyectos iniciados en los años anteriores contribuyeron de
manera importante a la monumentalidad de la zona. Ampliará el palacio hacia el Circo
Máximo con termas y el famoso Septizodium, una fachada sobre la vía Apia, de unos 90
metros de longitud y varios niveles.
El Circo Máximo no estaba situado estrictamente en el Palatino, sino en un valle que había
entre éste y el Aventino. Comenzó a construirse en el 329 a.C. Tenía 600 m. de longitud y
200 m. de anchura y con una spina central de unos 340 m. Sus siete huevos –sustituidos
después por delfines- servían para contar las vueltas a la pista. Años más tarde sería
decorada con dos obeliscos egipcios, que ahora adornan sendas plazas de Roma.
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