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PRÓLOGO – NOCHE EN LÍNGHÚN YÁ
(versión revisada)
La noche había descendido suavemente sobre las colinas como un manto tibio. La brisa
movía las lonas de las tiendas, dejando entrar el susurro de los árboles, que murmuraban
entre ellos con el temblor de sus hojas. Todo el campamento de la Secta Línghún Yá dormía
en un silencio respetuoso, como si el mundo entero contuviera la respiración. La luna y las
estrellas velaban por ellos desde lo alto, pacientes y constantes.
Dentro de una de aquellas tiendas circulares —iluminada solo por unas cuantas velas
puestas aquí y allá, sin orden aparente— una anciana de rostro sereno y manos sabias
deshacía con delicadeza los nudos de una melena castaña y rizada. Sentada entre cojines
bordados con hilos dorados, una niña de apenas tres años se dejaba peinar con los
párpados pesados y el alma encendida de curiosidad.
El fuego de las velas bailaba con cada movimiento lento del cepillo, proyectando sombras
suaves sobre las paredes de tela teñida en tonos tierra y verde musgo. De un rincón
colgaban campanillas de viento, que tintineaban con cada leve cambio de aire. El sonido se
mezclaba con la voz baja de la anciana, que canturreaba mientras intentaba domar uno de
los pelos más rebeldes de toda la secta. Olía a aceite de sándalo, hojas secas y calor de
hogar.
—Zǔmǔ… —murmuró la niña con voz pastosa, justo antes de que un bostezo traicionero se
escapara de su boca— ¿Qué es un linghún?
La abuela, Línghún Zhìhuì, soltó una risa baja y dulce, como una campanita de cerámica.
—Linghún significa “alma”, mi cielo. Nuestra secta se llama así porque creemos que todo
tiene alma… incluso el viento.
La niña ladeó la cabeza, frunciendo el ceño con seriedad.
—¿El viento? Entonces… el río también tiene una… una ialma? —pronunció mal la palabra,
haciendo un gesto vago con la mano como si pudiera atraparla.
La risa de la anciana se hizo un poco más sonora.
—Exacto, pequeña. El río también tiene alma. Y cuando le hablas con cariño, te responde
con su canto.
Apoyó el cepillo a su lado, cerró los ojos y empezó a mover los brazos imitando el fluir del
agua.
—Por eso tocamos música: para sanar, para hablar sin palabras, para recordar lo que el
mundo olvida.
Las llamas de las velas respondieron a su voz. Empezaron a alzarse, pero no con ferocidad:
brillaban más intensamente, como si escucharan la canción. Querían calentar, no consumir.
Querían arropar.
A-Yá la miró con ojos muy abiertos, con esa mezcla de asombro y sospecha que solo tienen
los niños.
—Zǔmǔ… parece que tienes hormigas en las túnicas. Te estás moviendo muy raro —dijo,
arrugando la nariz con una sonrisa pícara.
La risa que soltó su abuela fue como una melodía en sí misma.
—¡Ay! Hormigas, dice… —musitó con ternura, antes de suspirar y alzarla en brazos—. Vas
a ver tú quién tiene hormigas cuando estos huesos ya no me respondan. Cada día me
pesan más…
Le dio un beso en la nariz, justo cuando A-Yá ya estaba preparando otra pregunta.
—¿Y si alguien se porta mal… también le cantamos?
Los ojos de la anciana se volvieron aún más suaves, llenos de paciencia.
—Sí, pero no para castigar. Le cantamos para que su alma recuerde quién era, antes de
perderse.
La niña se llevó una mano a la barbilla, imitando la pose de su padre cuando intentaba
parecer sabio.
—¿Y si no quiere recordar?
—Entonces, mi niña… usamos la flauta más fuerte. Hecha con la madera más pura y
antigua. —Suspiró, como si cada palabra llevara siglos a cuestas—. Pero solo cuando es
necesario. Recuerda: ya hay suficientes guerreros defendiendo este mundo. Nosotros
somos quienes tenemos que sanarlo. No con más sangre, sino con cariño y entendimiento.
La pequeña la miró en silencio. Sus ojos verdes, como hojas recién nacidas, brillaban con la
luz temblorosa de las velas. Se abrazó a la bufanda grande de su abuela, se acurrucó
contra su pecho y apretó los bracitos con fuerza.
—¿Podré algún día ser como tú?
La anciana acarició sus rizos con una ternura antigua.
—Tú ya eres más de lo que yo fui… y serás aún más de lo que ahora puedes imaginar. Solo
escucha. Siempre escucha: al viento, al agua, a los demás… y a ti misma.
A-Yá bostezó una vez más, sus pensamientos cediendo ante el sueño.
—¿A mi ialma también?
La abuela se reclinó con ella aún en brazos, su voz flotando como un susurro antes de que
la tienda quedara en silencio.
—Sobre todo a ella.
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La abuela la acurrucó con cuidado, colocando la manta sobre sus hombros como si
envolviera un trocito de universo. Se quedó unos segundos así, con la mano aún en su
frente. Y entonces, el aire cambió. Como si la noche se recogiera sobre sí misma.
La visión llegó sin pedir permiso.
Primero fue una mesa redonda, en el centro de la tienda principal. Las velas titilaban con
impaciencia mientras unas personas con túnicas blancas y rojas hablaban en tono frío, su
líder con una sonrisa cortante como cuchilla. Frente a él, el padre de A-Yá sostenía su
temple, su voz firme y digna.
—Los secretos de la secta Línghún Yá no están en venta.
—No los queremos comprar —respondió el líder Wen—. Solo queremos protegerlos… a
nuestra manera.
Negociaciones que no eran más que amenazas educadas. Palabras que se repetían
durante días, semanas, hasta que dejaron de venir disfrazadas de promesas.
Y entonces, fuego.
Zhìhuì vio la tienda principal arder como un corazón roto. Los instrumentos, los textos
sagrados, las flautas rituales… hechos ceniza. Gente corriendo. Llamas danzando donde
antes danzaban canciones. Vio cuerpos caer, y otros que no se veían, pero que gritaban
dentro de ella.
Y en medio de todo, una niña.
A-Yá, escondida donde su abuela la había dejado en ese posible futuro. Un rincón bajo
tierra, lleno de polvo y silencio. Tenía la bufanda vieja de su abuela aferrada al pecho y el
cuaderno escondido bajo el brazo, como si ambos fueran un único salvavidas. Sus ojos
verdes, enormes, temblaban con lágrimas contenidas. No gritaba. Solo observaba. Como si
mirar fuera lo único que podía hacer para no romperse.
Zhìhuì jadeó. Volvió en sí como quien se arrastra desde un pozo.
Zhìhuì cerró los suyos con fuerza. Ya no era la primera vez que veía ese futuro. Pero cada
vez que la imagen regresaba, dolía como la primera.
Suspiró y se sentó frente a una mesita baja. Sacó un cuaderno de tapas de madera
envejecida. Lo había tallado con sus propias manos, en un ritual antiguo que su madre le
enseñó y que ahora pensaba transmitir… más adelante. Más adelante, cuando no hubiera
tanto riesgo. Más adelante, cuando el futuro no se sintiera tan… frágil.
Tomó un pincel, lo mojó con tinta espesa, y escribió la primera línea:
“Para cuando ya no pueda cantarte con mi voz…”
Acarició la cubierta con los dedos. Cerró los ojos. Murmuró unas palabras antiguas, en un
dialecto que ya nadie hablaba más allá de su clan, y dejó caer una sola lágrima sobre la
página. La tinta se agitó, como si respirara, y el cuaderno susurró. Una parte diminuta,
luminosa, se desprendió de ella y quedó sellada entre las hojas.
—No quiero que la necesites nunca —dijo con los labios temblando. Luego, se recompuso
con una dignidad que sólo da la edad—. Pero si llega ese día, más te vale escucharme.
Un campanilleo la interrumpió. No era el viento esta vez.
—¿Zǔmǔ? —la voz medio dormida de A-Yá salió desde la cortina—. ¿Estás… estás
regañando a un libro?
Zhìhuì giró el rostro con expresión seca, todavía dolida por lo que la visión le había
mostrado.
—Estoy hablando con el futuro, niña. Vuelve a la cama antes de que te haga practicar la
escala de cinco notas con la flauta… sin flauta.
—¡Eso no es posible!
—Y sin comida.
—¡Tampoco eso!
—Ah, pero lo es —dijo la anciana, recogiendo el cuaderno y ocultándolo bajo sus ropas—.
Créeme, si alguien sabe de lo imposible, soy yo.
A-Yá gruñó bajito, arrastrando los pies de vuelta a su futón. Zhìhuì sonrió en la oscuridad.
Amor no era dejar que hiciera siempre lo que quería. Amor era prepararla para sobrevivir a
aquello que aún no sabía que podía doler.