0% encontró este documento útil (0 votos)
54 vistas2 páginas

Reloj

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
54 vistas2 páginas

Reloj

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El Reloj de Arena

En un pequeño pueblo olvidado por el tiempo, había una tienda que


nadie se atrevía a visitar. Su escaparate estaba cubierto de polvo y
las ventanas oscurecidas por años de abandono. Sin embargo, quien
pasaba cerca podía oír el inconfundible sonido de un reloj de arena.
Sonaba, sí, como si estuviera marcando el paso del tiempo, pero no
de cualquier manera, sino de forma... peculiar.

Se decía que el reloj pertenecía a un anciano llamado Elías, quien


había dedicado toda su vida a estudiar el tiempo. Nadie sabía cómo
había llegado al pueblo ni por qué se había recluido en su tienda, pero
había algo en su mirada que despertaba una extraña sensación en
quienes lo conocían. Había rumores, claro, sobre lo que sucedía en su
tienda, pero los niños, quienes eran los más valientes, solían contar
historias aún más misteriosas.

Un día, después de mucho escuchar, Ana, una joven del pueblo,


decidió que era hora de descubrir qué pasaba realmente. Intrigada
por los relatos de su abuela, se acercó a la tienda, con el corazón
acelerado y los ojos bien abiertos.

La puerta crujió al abrirse, y en su interior, el aire olía a madera


envejecida y a algo más... algo que no se podía describir. Al fondo,
detrás de una mesa repleta de relojes y relojes de arena de todas las
formas y tamaños, Elías la esperaba, sentado en una silla de cuero.

"Te estaba esperando, Ana", dijo con una sonrisa que no parecía de
este mundo.

"¿Cómo sabía que vendría?", preguntó Ana, sorprendida.

"Porque el tiempo no tiene secretos para quienes lo escuchan",


respondió Elías, señalando un reloj de arena sobre la mesa.

El reloj parecía normal, pero algo en su interior era distinto. La arena


no caía de arriba hacia abajo, sino que se deslizaba en círculos
infinitos, como si nunca terminara. Elías comenzó a hablar con voz
baja, casi como si estuviera contándole un secreto.

"Este reloj tiene un poder único. Es capaz de detener el tiempo, pero


no en el sentido que imaginas. No congela el mundo entero. Detiene
solo un momento... el momento exacto en el que deseas vivir algo
para siempre."

Ana frunció el ceño. "¿Cómo funciona?"


"Es simple, pero complicado", dijo Elías, levantándose lentamente. "Lo
único que debes hacer es colocar tus manos sobre el cristal del reloj,
cerrar los ojos, y pensar en el momento que deseas que no termine.
La arena se detendrá, y ese instante quedará atrapado en el reloj,
inmóvil, eterno."

Ana dudó por un momento, pero la curiosidad pudo más. Se acercó al


reloj y, con cautela, colocó sus manos sobre el cristal frío. Cerró los
ojos y pensó en el día más feliz de su vida: el día en que su madre le
había contado que iba a tener un hermano. La risa de su madre, la
emoción de ese momento, el brillo de sus ojos.

Un parpadeo, un suspiro, y cuando abrió los ojos, la arena del reloj se


había detenido por completo. El mundo seguía su curso, pero en su
mente, el momento con su madre seguía presente, como si lo viviera
una y otra vez. Un instante congelado, pero lleno de vida.

Elías observaba en silencio.

"Recuerda", dijo al final, "el tiempo es lo único que no se puede


recuperar. El reloj no te da más tiempo, solo te permite guardarlo. No
vivas siempre esperando que el reloj vuelva a funcionar. Lo que
realmente importa no es cuánto tiempo tengas, sino lo que haces con
él."

Ana miró el reloj, sintiendo una extraña mezcla de gratitud y


melancolía. "Gracias", susurró.

Antes de salir, Elías la miró una vez más. "El reloj siempre estará aquí,
Ana. Pero no olvides que el tiempo, al final, solo existe cuando lo
compartimos."

Ana salió de la tienda, llevando consigo no solo un recuerdo, sino una


verdad profunda: el tiempo, aunque efímero, puede ser eterno si se
sabe vivir plenamente.

También podría gustarte