HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES
MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN
Publicado el agosto 25, 2015 por Yemira Maguiña
«Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihán», forma
parte de los cuentos de Las mil y una noches. Estos textos siempre tendrán eso de
aventura y acción que nos llevan a la imaginación infinita. He disfrutado mucho esta
versión (porque hay dos, me parece) y recomiendo que este tipo de lecturas propicien
los profesores y padres a los niños.
Las mil y una noches
HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL
NEGRO RIHÁN
Anónimo
Schahrazada dijo:
“Una noche entre las noches, el califa Harun Al-Rachid dijo a Giafar Al-Barmaki:
“Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y
walíes. Estoy resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas.” Y Giafar
respondió: “Escucho y obedezco.”
Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje, salieron disfrazados por las calles de
Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que a la cabeza
llevaba una canasta y una red de pescar, y en la mano un palo y andaba pausadamente,
canturreando estas estrofas:
Me dijeron: “¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la
noche!”
Yo les contesté: “¡Os ruego, que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la
del Destino!”
¡Porque yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo
desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí, perderían su
apuesta!
¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la
vida del pobre!
¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispones de abrigo!
¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para
él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?
Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria, ¿quién le compadecerá?
¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?
Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: “Los versos y el aspecto de este
pobre hombre indican una gran miseria.” Después se aproximó al viejo, y le dijo:
“¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?” Y él respondió: “¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y
muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y
¡Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues,
cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.” Entonces el califa le
dijo: “¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver
qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien
dinares.” Y el viejo se regocijó al oírle, y contestó: “¡Acepto cuanto acabas de
ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!”.
Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho;
después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la
red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo
encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al
pescador, que se alejó muy contento.
Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa
dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el
cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera
cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el
tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y
apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.
Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después,
muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: ¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo
durante mi reinado se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su
sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eternamente en mi conciencia! Pero
¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo
mate. En cuanto a ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas
Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, a la que quiero vengar
mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus
primos los Baramka!” Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: “Concédeme
para ello no más que un plazo de tres días.” Y el califa respondió: “Te lo otorgo.”
Entonces Giafar salió del palacio muy afligido, y anduvo por la ciudad pensando:
“¿Cómo voy a saber quién ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para
presentárselo al califa? Si le llevase a otro para que pereciese en vez del asesino, esta
mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.” Y Giafar llegó
a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le
mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: “¿Dónde está el
asesino de la joven?” Giafar respondió: “No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y
lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino.” Entonces
el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la puerta de palacio,
encargando a los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta
manera:
“Quien desee asistir a la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de
cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo.”
Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión
de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y
se lamentaba de aquel castigo; pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su
generosidad y sus buenas obras.
Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se
aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un
apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre
las manos de Giafar, le dijo: “¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más
altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la joven despedazada y la metí
en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias
conmigo!»
Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero
compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de
súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó muy de prisa a Giafar y al
joven, les saludó, y les dijo: ¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo,
pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.” Pero el
joven repuso: “¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo
soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único, a quien se castigue.” Entonces el
jeique exclamó: “¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy
viejo y estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos.
Repito que el asesino soy yo, y conmigo se debe usar de represalias.”
Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al
anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: “¡Oh Emir de los
Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.” Y el califa preguntó: “¿En dónde está?”
Giafar dijo: “Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y
asegura que el asesino es él.” Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les
dijo: “¿Cuál de vosotros dos ha matado a la joven?» Y el mancebo respondió: “¡Fui
yo!” Y el jeique dijo: “¡No, fui yo solo!” El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar
entonces: “Llévate a los dos y crucifícalos.” Pero Giafar hubo de replicarle: “Si sólo
uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.” Y entonces el joven
exclamó: “¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió
la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesino a la joven! Oíd las
pruebas: “Y describió el hallazgo conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con
esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite del
asombro, le dijo: “¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes
de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?”
Entonces dijo el mancebo: “Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi
esposa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y
Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin
que tuviese yo que motejarla nada reprensible.
Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos más
sabios que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah! Al cabo de un mes empezó a
hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir de casa, me dijo: “Antes de entrar en
el hammam, desearía satisfacer un antojo.” Y le pregunté: “¿Qué antojo es ese?” Y me
contestó: “Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.”
Inmediatamente me fui a la calle a comprar la manzana, aunque me costara un dinar
de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa
muy triste, sin atreverme a ver a mi mujer, y pasé toda la noche pensando en la
manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos
los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino
me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las
manzanas. Y me dijo: “¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora
no las hay en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en el huerto del Comendador de
los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva
cuidadosamente para uso del califa.”
Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba
me movió a preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día,
para ir a Bassra, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa
con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Bassra por tres dinares.
Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras
de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Observé entonces que
durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer muy
violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los
cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Alah, recobró la salud, y
entonces pude salir y marchar a mi tienda para comprar y vender.
Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la puerta de mi tienda, cuando pasó por
allí un negro que llevaba en la mano una manzana: Y le dije: “¡Eh, buen amigo! ¿De
dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?” Y el negro
se echó a reír, y me contestó: “Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después
de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres
manzanas, y al interrogarla me ha dicho: “Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre
cornudo de mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado
tres dinares de oro.” Y en seguida me dio ésta que llevo en la mano.”
Al oír tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el
mundo se obscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber
perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una
mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a
mi esposa: “¿En dónde está la otra manzana?” Y me contestó: “No sé qué ha sido de
ella.” Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé
sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a
cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente
en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé
yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis
propias manos.
¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a
mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!
La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vio, pude volver a casa. Y
encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte
de su madre, le pregunté: “¿Por qué lloras?” Y él me contestó: “Porque he cogido una
de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle,
ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: “¿De dónde has sacado esta
manzana?” Y le contesté: “Es de mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con
otras dos, compradas por tres dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma.” Y a
pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella.
¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!”
Al oír estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto a la hija
de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!
Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable
jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó a mi lado
y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que
duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa
muerte.
Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus
antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.”
Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: “¡Por Alah que no he de
matar más que a ese negro pérfido!…”
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría más que al
negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le
dijo: “¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si
no puedes dar con él, perecerás en su lugar.”
Y Giafar salió llorando, y diciéndose: “¿dónde lo podré hallar para traerlo a su
presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido
menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?…
¡Indudablemente, El que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la
segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué
voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!”
Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día
mandó llamar al kadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando.
Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto a
matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después
quiso besar por última vez a la más pequeña de sus hijas, que era la preferida entre
todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que
separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la
niña, y le preguntó: “¿Qué llevas ahí?” Y la niña contestó: “¡Oh padre! una manzana.
Me la ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me
la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.”
Al oír las palabras “negro” y “manzana”, Giafar sintió un gran júbilo y exclamó: “¡Oh
Libertador!” Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le
dijo: “¿De dónde has sacado esta manzana?” Y contestó el negro: “¡Oh mi señor! hace
cinco días que andando por la ciudad, entré en una calleja y vi jugar a unos niños, uno
de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y le di un golpe, mientras el
niño me decía llorando: “Es de mi madre que está enferma. Se le antojó una manzana
y mi padre ha ido a buscarla a Bassra, y esa y otras dos le han costado tres dinares de
oro. Y yo he cogido esa para jugar.” Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus
lágrimas, vine con la manzana a casa y se la he dado por dos dinares a mi ama más
pequeña.”
Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de
una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en
seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte,
recitó estas dos estrofas:
Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él?
.
¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas
sustituirla?
Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el califa, a quien contó la
historia.
Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia
en los anales para que sirviera de lección a los humanos.
Entonces Giafar le dijo: “No tienes por qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh
Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su
hermano Chamseddin.”
Y el califa exclamó: “¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de
oír?” Y Giafar dijo: “¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de
que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.” Y el califa respondió: “¡Así sea! Te
hago gracia de su sangre.”