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Los estudios de historia regional y local

de la base territorial a la perspectiva teórico-metodológica

SANDRA R. FERNÁNDEZ

D
urante estos últimos veinte años, los estudios regionales y locales han repre-
sentado una de las líneas de trabajo con más crecimiento dentro de la
historiografía argentina; sin embargo, aún suele visualizarse a esta produc-
ción como dispersa, muy ligada a estudios de caso y a cierto tipo de investigación
diseñada desde unidades, centros y proyectos que ubican a la dimensión regional y
local como uno de sus objetivos de estudio.
Este panorama nos devuelve una mirada un tanto distorsionada de la realidad en
relación con la incidencia de los estudios regionales dentro del campo de la Historia.
Quizás, uno de los elementos que debilita la percepción de este corpus como esencial
dentro de la historiografía argentina ha sido su identificación con un recorte espacial,
o mejor aún geográfico, restricto. Por otro lado, esta producción acerca de lo regional
y local concientemente ha eludido su caracterización como nacional y, además, difí-
cilmente ha intentado o intenta arrogarse la condición de síntesis o balance. Para abo-
nar esta argumentación debemos señalar que buena parte de los estudios considerados
de índole “nacional” son, estrictamente, análisis de realidades ajustadas a ciertos lími-
tes. Su carga retórica en torno de tal perspectiva ha permitido que muchos de estos
textos tengan una sobrevida académica de mayor aliento que otros escritos que, sin la
pretensión de abordar lo nacional, establecen una aproximación a los exámenes histó-
ricos desde un perfil regional y local.
Resumiendo, la sombra de los análisis establecidos desde un lábil marco “nacio-
nal” aún parece eclipsar la sistemática producción de corte regional y local; sin em-
bargo, ésta no deja de ser una referencia que durante los últimos ocho o diez años se
ha transformado paulatinamente. Efectivamente, uno de los paréntesis abiertos ha sido
comenzar a considerar la organización de una “nueva historia nacional” sobre la base
de un proceso de recolección y síntesis de la numerosa y cambiante producción sobre
la problemática regional y local. Pero esta pausa activa también puede dar lugar a
preguntarnos respecto de las intencionalidades y objetivos de tan ardua tarea. Por un
lado, es posible inquirir acerca de si es una meta para los historiadores del hecho
nacional concentrarse en amalgamar una voluminosa pero dispar producción en clave
comparativa, que redunde en la comprensión más acabada y prolija de procesos histó-
ricos calificados como propios del Estado; por otro, atender si es una preocupación
para los historiadores regionales y locales enfocarse en encuadrar sus escritos en la
trama nacional. En un plano más superficial y hablando de motivaciones, deberíamos
acompañar a las preguntas anteriores con otras más prosaicas, como por ejemplo:
¿para qué hacer una historia nacional?, o bien, ¿para qué seguir haciendo historia
32 Más allá del territorio

regional o local? Estas últimas cuestiones revelan que, más allá de tales intenciones,
preexiste una forma de hacer Historia a la que cada uno de los historiadores se adscri-
be; que existe una formulación teórico-metodológica que nos recorre y que, además
de tales ubicaciones historiográficas, existen formas de pensar el espacio dentro de la
cadencia histórica.
También es posible preguntarnos el porqué del arduo camino de legitimación de
los estudios regionales y locales en Argentina, cuando las investigaciones de este te-
nor dentro de la historiografía europea y latinoamericana tienen un prestigio acendra-
do y tan solidificado con el paso de los años que disquisiciones acerca de sus
incumbencias son impensadas. Acaso el pecado original de las investigaciones de
corte regional y local haya sido una frecuente asimilación al caso estudiado, y
transitivamente la adecuación de un cierta correspondencia con el “espacio” que ac-
túa como marco de las investigaciones. Favoreciendo esta percepción, el dejo
territorialista impuesto a muchas de ellas ha pasado a ser un escollo en la delimitación
y calificación de los estudios regionales y locales. Hay que sumar, además, que en un
sinnúmero de casos se analiza livianamente la singularidad de estas producciones
enturbiando la posibilidad de ahondar en la potencia expresiva de las investigaciones
realizadas en esa clave.
De hecho, la territorialización de los estudios regionales y locales tiene más de
una cara, y el peor escenario desde el cual podemos interrogarla es desde juicios de
valor a priori que resalten o descalifiquen tales aproximaciones académicas. Hace ya
un tiempo, durante una participación en una reunión del PIHSER realizada en la UNSa,1
afirmé que no valía la pena detenerse en la descripción de cuáles habían sido las
dificultades u obstáculos para que tales formas en la visión de la historia regional y
local se plantearan o, mejor aún, se resumieran en concepciones reductivistas, y que
en definitiva lo que iba a permitir una aproximación más acertada respecto de estos
estudios era partir de supuestos que otorgaran entidad y especificidad a este tipo de
exámenes.2 Por el mismo sendero debíamos insistir en observarlos desde una perspec-
tiva crítica que fuera capaz de sincronizar la aproximación teórico-metodológica y la
importancia del problema estudiado.
Por ello, y aún sin llevar adelante este esfuerzo descriptivo, se hace necesario
–sino imprescindible– realizar un cotejo alrededor de los alcances de la correspon-
dencia entre los estudios regionales/locales y sobre los presupuestos generales que
involucran tal identificación territorial.

1 VI Encuentro de Historio Regional Comparada Siglos XVI a mediados del XIX, Proyecto Interuniversitario
de Historia Social Enfoque Regional (PISHER), Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de
Salta, Salta, julio de 2004.
2
Un desarrollo sobre el particular puede encontrarse en FERNÁNDEZ, Sandra “La historia sugerente.
Los desafíos en la construcción de la historia regional y local”, en ARECES, Nidia y MATA DE LÓPEZ,
Sara –compiladoras– Historia Regional Comparada. Estudios de casos y reflexiones teóricas, CEPIHA-
Facultad de Humanidades-Universidad Nacional de Salta, 2006.
Los estudios de historia regional y local... 33

Huelga decir que la calificación de regional/local es polisémica y que, por lo


tanto, múltiple es su utilización terminológica. En tanto vocablos de uso corriente,
regional y local recorren buena parte de la agenda pública, referenciando desde pro-
blemas continentales a dinámicas barriales, pasando transversalmente por las alterna-
tivas provinciales, departamentales y urbanas. De igual modo, tal como se ha observa-
do en una profusa bibliografía, su empleo es más que habitual en el diagnóstico de
problemas, interpretaciones académicas y diseño de políticas orientadas desde cam-
pos como los de la sociología, la economía, la política y el urbanismo, entre otras.
Dicho esto, se descuenta que los estudios regionales y locales tienen un correlato
que los liga al espacio de forma persistente; ello no quita que este vínculo sea muy
diferente de acuerdo con la perspectiva o la línea analítica que se utilice, y más aún en
función de la intencionalidad que quiera otorgárseles –académica, política, económica.
Desde una perspectiva histórica, durante varios años la encrucijada de los estu-
dios regionales y locales se pensó como la oposición, o mejor aún como el encuentro
distorsionado, entre la formalización de tales estudios y la caracterización de “lo na-
cional”. En paralelo, también pudo observarse un corrimiento regular y constante de
las definiciones de lo regional y local hacia un simple recorte administrativo, en un
registro exclusivamente territorial. Esto dio como resultado un ejercicio comprensi-
vo, si bien ingenuo, no menos eficiente en torno de colocar como condición intrínseca
el recurso territorial estricto para definir los estudios regionales y locales. Desde este
ángulo, en general, se adaptaba casi mecánicamente una realidad social-económica-
cultural a una forma de división política-administrativa. Así, la historia regional ten-
dría correspondencia directa con una historia ligada a lo provincial o departamental, y
la historia local estaría identificada con la comarca, la ciudad o el poblado, dejando a
un lado cualquier tipo de consideración de los fenómenos urbanos o de los procesos
inherentes a la construcción social e identitaria de esos espacios. Además, en innume-
rables casos, la situación se agravaba en virtud de un acercamiento a la problemática
regional y local desde una forma de hacer Historia centrada en lo anecdótico, la cróni-
ca o la mera descripción de sucesos y eventos. La deslegitimación de este tipo de
estudios no obstó para que se siguieran produciendo textos con esas características.
Por otro lado, aunque en menor medida y con respaldo académico, tal intención
historiográfica –la de vincular tácitamente perspectiva y territorio– puede encontrarse
en artículos, capítulos y obras que interpretan y explican procesos históricos reflexi-
vamente.
Con todo, estas formas de definición de los estudios regionales y locales a partir
de lo territorial involucraron también otro nivel de complejidad, y se encontraron
asociadas a otro tema muy sugerente dentro de nuestra disciplina: el de las condicio-
nes de construcción de las identidades sociales. La pertenencia o no a un “lugar”, un
adentro y un afuera marcados por los rasgos de identidad, el enraizamiento a un sitio
que hace referencia –en muchos casos– a lo propio, que dota de sentido a lo cercano,
son visiones que no dejan de representar una variable territorialista que no hace hinca-
34 Más allá del territorio

pié en lo formal o institucional sino que toma como eje un concepto como la identidad
y sus formas de percepción.3
De este modo, si la definición de lo regional a partir de lo administrativo tuvo un
nicho de desarrollo, también lo ha tenido y lo tiene la aproximación a partir de los
procesos inherentes a la constitución de las identidades sociales. De allí que estos
problemas superen la cuestión aparente de lo material, avanzando sobre la configura-
ción de tramas perceptivas donde las delimitaciones físicas estarían acompañadas por
fronteras marcadas por lo sensible.
Como algunos colegas han hecho evidente, a la barrera material e institucional
se le debe sumar la percepción del espacio como algo muy cercano, personal, especí-
fico. Un entorno que determina una apropiación individual de lo que es exterior, rea-
lizada a partir de recursos y dispositivos complejos que nunca dejan de ser colecti-
vos.4
De este modo, si lo pautado, lo supuestamente reglamentado, a partir de su rigi-
dez permite justificar sin más una delimitación en la investigación, lo sensible, lo
cercano, también habilita la argumentación de recortes a partir de lo identificable, de
ese entorno que mencionábamos antes.
Respecto de la línea trazada por el primero de estos acercamientos, es necesario
recordar que tal perspectiva tiene un ascendiente muy importante sobre los estudios
regionales, en especial desde los aportes generados por otras disciplinas durante la
década de 1960 y los primeros años de la de 1970, como la Economía –en su faceta
planificadora– y la Sociología, en su afán cuantitativista. Ambas posiciones abona-
ron, sino el territorialismo ingenuo, la dimensión material de las regiones en función
de la generación de polos de desarrollo –aspecto central de la teoría que impulsaba
este tipo de estudios. Los nodos centrales, sus satélites y sus hinterland circundantes
eran elementos mensurables, objetos de estudio privilegiados a partir de variables
como la dimensión geográfica y la densidad de población.5 El impacto registrado por
este extensísimo corpus influenció de forma decisiva a un sinnúmero de interpretacio-
nes ligadas a los estudios regionales y locales,6 en momentos en que su utilización

3
El esfuerzo por dotar de sentido social al espacio vivido se realiza muchas veces con fines políticos,
otras en función de responder a medidas gubernamentales restrictivas o marginadoras, las más como
fenómenos que apuntan a la recuperación o construcción de memorias colectivas fragmentadas o disper-
sas, o bien puestas entre paréntesis desde la constitución de un discurso oficial. Esto remite también a
pensar desde dónde se elaboran las líneas de pensamiento y acción alrededor de las formas de identidad.
4 SERNA, Justo y PONS, Anaclet “En su lugar. Una reflexión sobre la historia local y el microanálisis”,
en Prohistoria, Vol. VI, núm. 6, Rosario, 2002, p. 109.
5 FERNÁNDEZ, Sandra “La historia sugerente...”, cit.
6 Su influencia se ha registrado, en especial, alrededor de la atención que estos estudios dedicaron al
concepto de región. Incorporado de forma sistemática en los estudios y diseños desarrollados por la
Economía poco antes de 1970, su uso fue asiduo a pesar de la conciencia de su ambigüedad, fundamen-
talmente por la disposición que el término permitía sobre la descripción del campo de estudio.
Los estudios de historia regional y local... 35

estuvo signada por una profunda ambigüedad conceptual, producto en cierta forma
del excesivo pragmatismo desplegado por estos escritos. Al dividir a un país o a un
grupo de países –estrategia muy común dentro de Latinoamérica–, los economistas
tendían a “regionalizar” los espacios, caracterizándolos a partir de formas distinguibles
de organización de los recursos y de la población. Además, la incidencia del enfoque
neoclásico instauró una eficaz “teoría de la localización” que pretendió explicar las
relaciones entre población y recursos, y entre las zonas rurales y urbanas, a partir de
criterios de optimización. En paralelo, también los planificadores partieron de esta
forma de concepción arquetípica de las regiones económicas, para diseñar y activar
niveles no correspondientes de desarrollo y buscar, con mayor o menor ingenuidad,
los supuestos remedios a las desigualdades.7
Por estos mismos años no hay que olvidar que la conceptualización alrededor de
desarrollo/subdesarrollo imponía pensar en la dicotómica ecuación sociedad tradicio-
nal/moderna, y por el mismo camino se planteaba la contraposición de lo urbano con
lo rural, ignorando que la distinción entre campo y ciudad es profundamente comple-
ja. En tal sentido, es imposible aplicar variables deterministas para considerar el pro-
blema de la diferenciación de las formas espaciales de la organización social; asimis-
mo, la incapacidad de “encontrar un criterio empírico de definición de lo urbano no es
más que la expresión de una vaguedad teórica”, que es ideológicamente útil para con-
tener, desde un punto de vista material, a la representación de la modernidad.8
Estas interpretaciones distinguían a la región como una entidad natural, pero con
idéntico énfasis también la calificaban como una unidad física y humana, en la que la
colectividad que ocupaba un territorio establecido adquiría relevancia. Desde ambos
ángulos de observación se pensaba que era de fundamental importancia el examen de
las “singularidades” regionales, sin perder de vista que la región natural preanunciaba
la imagen de la “región histórica”. Hoy reparamos en que esta forma de pensar a la
región es reduccionista y determinista a nivel material, pero de alguna manera estos
estudios representaron avances en la caracterización del concepto y fueron un sustrato
fértil a partir del cual se generaron variadas líneas de investigación.
Sin embargo, si por un lado, como señalamos antes, estos estudios significaron
una especie de cimiento intelectual, también funcionaron como una especie de corsé
que impidió superar la base geográfica para la consideración de los estudios regiona-
les y locales. Sin evaluar si esto significó un defecto de tales exámenes, debemos
considerar que las consecuencias de su utilización en forma acrítica dentro de una
disciplina como la Historia, aunada –en muchos casos– a la falta de madurez para
emprender la constitución de una base de conocimiento de perfiles regionales o loca-

7 FERNÁNDEZ, Sandra y DALLA CORTE Gabriela “La metáfora de la región: continente conceptual y
construcción historiográfica”, en Anuario, núm. 18, Escuela de Historia, FHyA, Universidad Nacional
de Rosario, 1998-1999.
8 CASTELLS, Manuel La cuestión urbana, Siglo XXI, Madrid, 1974, p. 27.
36 Más allá del territorio

les desde un sustento teórico que superara el cómodo lugar al que se destinaba este
tipo de obras, representó un serio obstáculo para pensar los fenómenos de lo regional
y lo local más profunda e integralmente.
Además señalábamos que, desde un plano sensible, en directa vinculación con
las formas de constitución de las identidades, se podía colocar a la cuestión regional y
local dentro de una concepción territorial. Aún entendiendo más flexiblemente lo te-
rritorial, como las formas –desde psicológicas hasta materiales– de articularse, rela-
cionarse o identificarse con un lugar físico y social, se estaba pensando lo local y
regional desde un punto de vista determinista en clave geográfica. Esto ocurría tanto a
partir de posiciones marcadamente psicologistas como desde perspectivas más
relativistas, que ponían y ponen el acento en la trama social, resaltando las diferencias
por encima de la equiparación y la homogeneidad.
Ahora bien, asumiendo a la sociedad como un fenómeno complejo, es posible
sintetizar ambas posiciones tratando de explicar la realidad de la identidad partiendo
de la idea de que el individuo se apropia del mundo en “conversación” con los otros,
y que tanto la identidad socialmente asignada como el mundo son reales para él en la
medida en que pueda continuar esa conversación. Sin embargo, el carácter dialéctico
de la relación individuo-sociedad no presupone una paridad relacional y, por ende,
tampoco de los procesos identitarios que tiene lugar dentro de las relaciones sociales.
La identidad puede legitimarse o reafirmarse en relación negativa con otras identida-
des; uno de sus rasgos característicos es su distintividad. En contraposición, necesita
crear una conciencia de comunidad,9 ya que ante todo la identidad es un fenómeno
colectivo que no debe ser planteado en términos de exclusión o marginación del otro,
sino de reencuentro con uno mismo; una apropiación del mundo en conversación.
De igual manera, no puede ser entendida como algo inmutable, invariable, que
resiste todos los cambios, sino como un contenido vivo que se renueva constantemen-
te, aceptando y enriqueciéndose con el entorno, pero a la vez manteniendo su peculia-
ridad. Asimismo, no deja de ser una circunstancia perfectamente histórica que se en-
cuentra marcada por la existencia de cierta tensión y equilibrio entre un factor de
permanencia y otro de cambio; estas variables, más que desplegarse en direcciones
opuestas, entrañan presupuestos necesarios para la continuidad de las realidades cul-
turales.10
La identidad social se asume a partir de la forma concreta en que las colectivida-
des construyen, recrean y se apropian de las identificaciones sociales. La identidad no
puede pensarse como un objeto que se posee y se otorga de generación en generación,
como un conjunto de rasgos que se pueden describir de manera permanente (como

9 DEL REY ROA, Annette El concepto de identidad y su aplicación en santería, Biblioteca Virtual,
CLACSO, 1997. http//[Link].
10 ARROYO GONZÁLEZ, Juan Carlos “¿Qué es la identidad de los pueblos?”, en Identidad/Diversidad,
Boletín núm. 4, 1997.
Los estudios de historia regional y local... 37

una fotografía), como una “naturaleza” o esencia en sí misma; sino que se encuentra
definida como un proceso de identificaciones históricamente apropiadas que le con-
fieren sentido a un grupo social y le dan estructura significativa para asumirse como
unidad, y que contiene en sí diversos niveles o planos de identificación: el generacional,
el de género, el étnico, el regional, el de clase, el nacional, etc.11
Lo significativamente interesante es determinar cómo se genera la identificación
y la consiguiente adscripción a una identidad “particular”, cómo es objetivada y
consensuada. Esto nos lleva a introducir el problema dentro de las relaciones de po-
der, porque desde ellas se presenta la elección de la identidad como un hecho arbitra-
rio, natural y racional que se inserta en el discurso explicativo y justificativo del con-
junto de los actores de su contexto social. De esta manera, aparece el discurso identitario
como dado por la voluntad de los individuos, escondiendo el carácter hegemónico y
consensuado de la gestación de la identidad. Así, la elección de la identidad adquiere
un carácter ideológico, pues responde a los condicionamientos objetivos que la dotan
de sentido dentro de un determinado entorno.
En este contexto, la ciudad, lo local y lo regional se erigen como lugares estraté-
gicos para pensar la identidad. Ahora bien, si estos locus pueden aparecer como el
continente ideal para tales reflexiones, es desde el punto de vista de la historia regio-
nal y local a partir del cual se puede analizar con pertinencia el desarrollo problemá-
tico de estas cuestiones. Justamente, la identidad refleja la contradicción entre lo ge-
neral y lo particular, porque según el contexto, escenario o situación una identidad
puede pasar de lo general a lo particular y de lo particular a lo general; por ejemplo,
identidades como las de clase, género y religiosas, entre otras, así lo reflejan cuando
conjuntamente y dentro de ellas coexisten otras identidades.
De igual modo, la percepción de lo social implica un cambio de identidad y
viceversa, de manera que se pueden producir pérdidas y renovaciones identitarias.
Dicho de otro modo, permite la valoración del cambio histórico desde la densidad de
una trama social compleja.
Atravesando estos temas, a la vez que conteniéndolos, aparece el concepto de
identidad, mediado por constructos ligados a la configuración social del espacio. Así,
lo local y lo regional, en tanto categorías socialmente espacializadas, adquieren im-
portancia comprensiva; el peso del concepto se encuentra no sólo en un espacio físi-
co, la meta no ha de ser solamente analizar la localidad, la comarca o la región sino,
sobre todo, estudiar “localmente” determinados problemas, específicamente los deri-
vados de las cuestiones relativas a las formas de construcción y percepción identitarias
generadas por los actores en su dinámica social.

11 PORTAL, María Ana “La cuestión de la identidad urbana: una reflexión teórica”, en Boletín de Antropo-
logía Americana, núm. 27, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, 1993.
38 Más allá del territorio

Estas líneas muy generales de tratamiento de lo local y regional también tienen


un eje en común, muy importante dentro del corpus historiográfico: la cuestión del
Estado, específicamente la del Estado nacional.
La primera vertiente resalta que la constitución de la historia regional y local
–proceso que, por otra parte, todavía se halla en construcción– tuvo y sigue teniendo
como contexto de surgimiento el rechazo del Estado, el Estado nacional en el caso
latinoamericano, como objeto exclusivo del análisis histórico. Esta impugnación con-
dujo a la historia social a una profunda reorientación del espacio; así, dentro de la
práctica historiográfica, abandonar la perspectiva nacional reduciendo los límites geo-
gráficos redundó en facilitar la aparición de propuestas que incluían el estudio de la
historia de los restantes ámbitos de la realidad. De este modo, se aplicó la máxima de
“a menor extensión, mayor profundización”, o lo que es lo mismo: el conocimiento
histórico, para ser global y total, necesita acotar su objeto de análisis. Solamente de
esta manera podrían controlarse las fuentes, y como resultado directo arribar a una
completa comprensión del tema. Como afirma Casanova, hasta la historia total se
convertiría, así, en historia local, porque incluso el Mediterráneo de Braudel –el para-
digma de esas ambiciones totalizadoras– parecía un escenario demasiado vasto para
abarcarlo.12
La segunda línea de tratamiento adquirió centralidad con la crisis de este mismo
Estado-nación y con la irrupción del concepto de sociedades multiculturales, que puso
de relieve el debate acerca de grupos, etnias y minorías. Así, por un lado, se asiste a
procesos acelerados de globalización de la sociedad y, por otro lado, en distintos
lugares del planeta se perciben y observan la emergencia de localismos, que en el caso
de América Latina pueden llegar a interpelar constantemente los discursos emanados
desde los gobiernos de turno.
Simultáneamente, frente a estos procesos de dominación global, las manifesta-
ciones populares, locales y regionales desbordan en diferentes espacios estratégicos
de resistencia, secundados por la larga tradición –especialmente en Latinoamérica–
de encuentros y desencuentros alrededor de lo nacional con la identidad. Como afir-
ma Maricela Portillo, cuando se privilegia la relación del Estado nacional con un
sentido de pertenencia único, los discursos de los gobiernos latinoamericanos parecen
percibir un solo modo de ser, y en este sentido habilitan la dimensión de una sola
identidad, eludiendo las contradicciones en la conformación de los Estados naciona-
les y negando de forma recurrente las diferentes culturas que los conforman como
naciones. A un Estado de fuerte impronta nacional se le suman particularismos de
larga duración, resistencias consuetudinarias y protestas coyunturales. La defensa de
la tierra comunitaria, las demandas en torno de la legalización del aborto y las luchas

12 CASANOVA, Julián “Historia Local, Historia Social y Microhistoria”, en RÚJULA, Pedro y PEIRÓ,
Ignacio –coordinadores– La Historia Local en la España Contemporánea, Universidad de Zaragoza
l’Avenc, Barcelona, 1999, p. 18.
Los estudios de historia regional y local... 39

de fuerte contenido ecológico, por ejemplo, se constituyen en espacios local y


regionalmente ubicados. Las demandas, si bien realizadas bajo cánones o expresiones
universales, se estructuran desde la impronta de la “localización” de sus actores. De
hecho, los sectores que las movilizan también operan como motivadores de este cua-
dro identitario, otorgando densidad a las formas de comunicación y empatía.
Como vemos, estos dos grandes planteos trazan un perfil dentro de los estudios
regionales y locales que nos involucra como comunidad historiográfica, pero que tam-
bién nos distrae de aquello que consideramos central para estos estudios: la perspec-
tiva teórico-metodológica dentro de una forma de hacer Historia.
Además, este tipo de posiciones colocan, desde fuera, a la historia regional y
local en una encrucijada: desde dónde definir estas prácticas historiográficas que la
expresan, que la representan. Porque en ambos extremos estamos omitiendo lo funda-
mental de este tipo de estudios: que la verdadera ruptura dentro de los estudios regio-
nales y locales provenía del cambio de perspectiva impuesto por la historia social.
La historia regional y local constituyen líneas de aproximación al estudio histó-
rico desde la historia social, generada a partir de la década de 1960, y que como tantas
otras vertientes han recibido la influencia de otras disciplinas del campo social. Sin
embargo, existe una particularidad en su desarrollo e implementación, ya que como
diferencia sustancial su eje no es temático sino analítico. Dicho de otro modo, la
historia regional no propone un nuevo tema, un nuevo objeto, sino una nueva mirada,
un nuevo acercamiento, un nuevo abordaje analítico.
Ahora bien, el espacio local y el espacio regional no nos dicen nada per se; así,
tampoco lo hace la simple apelación a la categoría de historia local o historia regional.
De modo que la enunciación del término no remite de forma directa y expresa a las
facultades interpretativas del mismo. En principio, lo local y también lo regional alu-
den tentativamente a un ajuste espacial de la observación y de la práctica –con el
consecuente ajuste de las lentes–, y a la necesidad de detectar la diversidad y la parti-
cularidad en un contexto mayor al que le une cierta coherencia fenomenológica. Así,
tanto lo local como lo regional pasan a ser categorías flexibles que pueden hacer
referencia a múltiples dimensiones espaciales (puede ser un barrio, una ciudad, una
comunidad, una comarca, etc). De este modo lo local y lo regional, en tanto categorías
socialmente espacializadas, tienen importancia comprensiva, paradójicamente a par-
tir de la conciencia de su artificialidad; el peso de los conceptos se encuentra no sólo
en un espacio físico, sino que se asume dentro de un tipo de investigación específica a
la que llamamos historia regional y local. Como resultado de esta práctica especulati-
va, el historiador regional y local debe adoptar un lenguaje y una perspectiva tales que
la transposición del objeto implique una verdadera traducción, la superación del ám-
bito identitario. Por eso, siguiendo una vez más a los antropólogos, desde este punto
de vista el objetivo final no deber ser sólo estudiar indistintamente la región, la ciu-
dad, el poblado o la comunidad, sino que la tarea fundamental es reflexionar sobre
40 Más allá del territorio

determinados ejes problemáticos en estos espacios, pensados como entidades cons-


truidas socialmente.13
Es necesario marcar que, en la práctica, dos han sido los peligrosos lugares co-
munes a donde ha sido arrojada la historia regional y local. Ambos peligros fueron
señalados sistemáticamente por un sinnúmero de historiadores, pero la asiduidad de
estos anuncios no ha mejorado en muchos casos su percepción. Por un lado, se resalta
a la historia local y regional simplemente como un dato parroquial, comprendido sólo
en términos de su comunidad; por otro, se la concibe como el resultado “en pequeño”
–casi mecánico por cierto– de procesos históricos generales. A esto habría que sumar
la confusión repetida sobre la homologación total y parcial de la historia regional y
local con la historia de la ciudad o de la provincia, o la historia y antropología urba-
nas.14
Ya lo resaltaba Manuel Delgado Ruiz15 al señalar que la historia local no es en un
sentido estricto historia urbana, como tampoco es una historia de la ciudad y menos
aún una historia en la ciudad. Por lo que, aunque están profundamente interrelacionados,
lo urbano y la ciudad distan bastante de ser una misma cosa. En una ciudad, en efecto,
vemos estructuras, articulaciones, instituciones, familias, monumentos, mercados; sin
embargo, ninguna de esas cosas corresponde exclusivamente a lo urbano. Al mismo
tiempo, y en sentido contrario, la ciudad siempre está en la ciudad, mientras que lo
urbano siempre transciende sus fronteras físicas. De hecho, en la ciudad no podemos
observar directamente la manifestación de una cultura o una estructura social, aunque
se pueda encontrar en ella instituciones sociales más o menos cristalizadas, manifesta-
ciones colectivas o fenómenos particulares de expresión popular; tampoco es posible
observar tales formas claramente inscriptas en marcos conceptuales como lo local y lo
regional. Justamente, el sustento de la Historia se basa en la consideración de las
relaciones interpersonales como sujeto histórico, y tal elección implica una decidida
opción de escala. Desde esta consideración, la vía microanalítica sería capaz de inter-
pretar y explicar las prácticas sociales y políticas puestas en acto por una comunidad,
dentro de espacios sociales definidos desde lo local y lo regional.
Desde esta postura y siguiendo a Edoardo Grendi,16 para quien el microanálisis
ha representado una suerte de “vía italiana” hacia la historia social más avanzada
(teóricamente guiada), la perspectiva arriba expuesta nos introduce en el análisis de
las relaciones interpersonales (redes, grupos, mediaciones, etc.), dentro de un área
“antropológica”: la reconstrucción de la cultura a través de la exploración de las prác-

13
Seguimos expresamente lo planteado en SERNA, Justo y PONS, Anaclet “En su lugar...”, cit., pp. 121-
122.
14 FERNÁNDEZ, Sandra “La historia sugerente...”, cit.
15 DELGADO RUIZ, Manuel Ciudad líquida, ciudad interrumpida, Editorial Universidad de Antioquia,
Medellín, 1999, p. 13.
16 GRENDI, Edoardo “¿Repensar la microhistoria?”, en Entrepasados, núm. 10, Buenos Aires, 1996, pp.
135-136.
Los estudios de historia regional y local... 41

ticas sociales. Con este norte, es viable rescatar las formas en que se manifiesta, por
ejemplo, la competencia territorial (confines), así como los modos en que se expresan
tanto la “pertenencia” como la microconflictividad espacial. El resultado de esta co-
rrelación es que pone en cuestión la relevancia de todas estas formas de acción expre-
sivas que, postulando esquemas de valores compartidos socialmente, están siempre
estrechamente ligadas al espacio, al lugar, al territorio, esto es, a referentes a menudo
descuidados por la tradición historiográfica.17
El panorama trazado, de alguna manera, se ha correspondido con una forma de
considerar a la historia regional y local dentro de la historiografía argentina. Sin em-
bargo, el impacto que tal derrotero tuvo dentro de nuestro medio continúa siendo
dispar, fundamentalmente porque, como decíamos al comienzo de nuestro escrito, la
omnipresencia del problema de “lo nacional” obnubiló las búsquedas y representacio-
nes dentro de la disciplina.
Sobre los años 1960s. la “renovación” marcó un punto de inflexión historiográfica;
primero, porque revigorizó las influencias, segundo porque refrescó metodológicamente
el campo y, finalmente, porque sin abrir específicamente nuevos temas planteó nuevas
preguntas sobre una historia que se respondía a sí misma. La inercia entonces impues-
ta por esta corriente llevó a que la producción dentro de la historia argentina se des-
plazara con nuevos rumbos y otras respuestas y reflexiones sobre nuestro pasado na-
cional. Conjuntamente con ella, los impulsos críticos y generalizadores de los prime-
ros años 1970s. reavivaron esta dirección de sentido. Sin embargo, la dictadura, brutal
en tantas formas y maneras, también lo fue para la producción científica, en especial
dentro del campo de las ciencias sociales. El movimiento y dinamismo de las investi-
gaciones históricas se detuvieron abruptamente, colapsados ante el quiebre social
impuesto a comienzos de 1976. Tibiamente reaparecieron hacia 1982, luego del shock
impuesto al régimen por la guerra de Malvinas, y producto de los cambios que se
estaban desarrollando dentro de una sociedad oprimida, ávida de transformaciones.
El reverdecimiento de foros de difusión y debate en distintos lugares del país, en
especial sobre temas ligados a la historia social, actuaron no sólo como palestras de
divulgación y circulación de ideas y producciones sino también como ámbitos privile-
giados de una sociabilidad quebrada seis años atrás.
El restablecimiento democrático iniciado a partir de 1984 permitió la recupera-
ción de espacios universitarios, la normalización de organismos de investigación y,
sobre todo, hizo posible reflotar la investigación y la docencia académica, rescatando

17 Esta orientación sustentada por Grendi permite tomar en consideración los ángulos teórico-metodológicos
de la investigación histórica “sugeridos por analogía con los esquemas analítico-operativos de la antro-
pología social y por consiguiente, en cierto modo, de la instancia de procedimientos demostrativos; por
otra parte una consonancia más plana y menos ligada a lo específico microanalítico, con aproximacio-
nes y técnicas de trabajo maduradas independientemente, atendiendo a los ‘episodios ilustrativos’, las
‘historias de casos’, cuya indudable relevancia analítica permanecía ligada a otras matrices, a otros
paradigmas historiográficos”. GRENDI, Edoardo “¿Repensar la microhistoria?”, cit., p. 137.
42 Más allá del territorio

a colegas de exilios internos y externos, y permitiendo la rehabilitación del gesto


historiográfico abierto en décadas anteriores. Más aún, a mediados de los años 1980s.
se reinstalaron nuevas aproximaciones a problemas que habían quedado planteados
pero no examinados y, por lo tanto, menos aún resueltos. Uno de ellos era el de la
organización y consolidación del Estado nacional durante el siglo XIX y, en corres-
pondencia con esto, el estudio de los actores involucrados en este proceso. Dos prio-
ritarios ejes de análisis se desprendieron de estas temáticas: la discusión en torno de la
conformación de la clase dominante argentina y, como antítesis, los orígenes del mo-
vimiento obrero.
Del primer gran tema surgieron no sólo análisis políticos, sino fundamentalmen-
te estudios alrededor de la función de Argentina en la división internacional del traba-
jo, e inmediatamente acerca de la formación del mercado interno que, como lo han
demostrado las sucesivas e intensivas investigaciones, en la segunda mitad del siglo
XIX distaba mucho de percibirse como nacional. Aquí aparece firmemente en escena
la región como categoría susceptible de explicar procesos velados y vedados a análi-
sis generales, de la mano de la idea del territorio nacional. Sumado a esto último, el
segundo eje en importancia –la conformación de la clase dominante argentina– tam-
bién iba a mostrarnos la ineficacia de exámenes centrados en la idea de “lo nacional”
para analizarlo. De ahí en más, es sugestiva la larga lista de investigaciones que apor-
tan, interpretan y explican fenómenos de consolidación de grupos dominantes en dis-
tintas “regiones” del naciente Estado nacional argentino. Como resultado, la clase
dominante argentina era, más que una burguesía nacional, un cúmulo de burguesías
regionales o, en su defecto, burgueses locales; o, en otra línea de tratamiento, elites
locales o regionales administrando su poder en profusas redes relacionales. Pero, nue-
vamente, el sesgo de estas investigaciones encontraba en la centralidad del área
pampeana, y en las zonas tributarias como Tucumán y Cuyo, el escenario del proceso
histórico recortado. Las investigaciones centradas en otro periodo histórico (las déca-
das iniciales del siglo XX) y en una supuesta “área marginal” (la norpatagonia) para la
comprensión de la constitución del Estado nacional argentino, introdujeron nuevos
aires en la formulación de cuestiones relativas a la historia regional; los trabajos desa-
rrollados desde la Universidad Nacional del Comahue pusieron en cuestión las líneas
fundamentales desarrolladas sobre la generación del mercado interno e internacional,
al proponer otra periodización para comprender este proceso, así como la explicitación
cabal de que el área regional investigada excedía el espacio nacional, rompiendo de
este modo con la monolítica concepción de la región como integrada a un todo mayor
y jerárquico.18

18 No es objeto de este trabajo enumerar las extensas investigaciones realizadas sobre este tema; sin embar-
go, consideramos que un excelente balance de la cuestión puede encontrarse en BANDIERI, Susana “La
posibilidad operativa de la construcción histórica regional o cómo contribuir a una historia nacional

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