3 - P¡o XI-Quas Primas
3 - P¡o XI-Quas Primas
Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había
invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de
Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y
en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una
esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y
las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.
«Año Santo»
3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional,
que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en
dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —
aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de
regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de
esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que
todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.
Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han
venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro
propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro
de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a
la soberanía de Jesucristo?
4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de
nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios
méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de
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los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando,
después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa
muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae
Christe en el majestuoso templo de San Pedro!
Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y
a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios,
sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y
forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de
levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le
obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.
5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de
Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos
Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y
proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con
el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su
Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.
Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias
para realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy
conforme a nuestro deber apostólico, si atendiendo a las súplicas elevadas a
Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles
católicos, ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada
liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey.
Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros
algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del
pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la
solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer
momento, los más variados frutos.
I. LA REALEZA DE CRISTO
a) En el Antiguo Testamento
7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.
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Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob[3]; el que por
el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sion y recibirá las
gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra[4]. El salmo nupcial,
donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso
se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas
frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro
de su reino es cetro de rectitud[5]. Y omitiendo otros muchos textos semejantes,
en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que
su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de
la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de
un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra[6].
8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y
principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha
dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por
nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero,
el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará
sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo
haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre[7]. Lo mismo
que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la
estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como
Rey y será sabio y juzgará en la tierra[8]. Así Daniel, al anunciar que el Dios del
cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido..., permanecerá
eternamente[9]; y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión
nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía
el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le
presentaron ante Él. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los
pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que
no le será quitada, y su reino es indestructible[10]. Aquellas palabras de
Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino,
había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las
aclamaciones de las turbas[11], ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas
los santos evangelistas?
b) En el Nuevo Testamento
9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado
de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo
que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.
En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue
advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de
David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino
tuviera jamás fin[12], es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza,
pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas
reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al
gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente,
después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de
enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se
atribuyó el título de Rey[13] y públicamente confirmó que es Rey[14], y
solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la
tierra[15]. Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza
de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar
que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra[16], y que Él mismo,
conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey
de Reyes y Señor de los que dominan[17]. Puesto que el Padre constituyó a
Cristo heredero universal de todas las cosas[18], menester es que reine Cristo
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hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus
enemigos[19].
c) En la Liturgia
10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que
la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los
hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas
muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y
Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.
Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos
títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo
concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y
culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua
alabanza a Cristo Rey se descubre fácilmente la armonía tan hermosa entre
nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este
caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.
e) Y en la redención
12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el
pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de
naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la
redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le
hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que
son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un
Cordero Inmaculado y sin tacha[21]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que
Cristo nos ha comprado por precio grande[22]; hasta nuestros mismos
cuerpos son miembros de Jesucristo[23].
a) Triple potestad
13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y
soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple
potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los
testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal
de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y
es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como
Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben
obedecer[24]. Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que
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nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas
expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos
demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad[25]. El mismo Jesús, al
responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la
maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la
potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de
juzgar se lo dio al Hijo[26]. En lo cual se comprende también su derecho de
premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no
puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la
potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su
mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede
sustraerse.
a) En Lo espiritual
14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran
evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que
este reino es principalmente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En
efecto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles,
imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y
restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación
y esperanza. Asimismo, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre,
que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal título de honor huyendo y
escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano
manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los
evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben
prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo,
el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior.
Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las
tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas
y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de
justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo
Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí
mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo,
ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la
dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de
ambos oficios?
b) En lo temporal
15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder
sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un
derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están
sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se
abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la
posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue
permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.
Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da
los celestiales[27]. Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de
nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de
feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de
Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que
habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el
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error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que
comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que
bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano[28].
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para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que
siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció
como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que,
finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.
¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades
se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las
mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a
todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas,
todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán
de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad
el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que
Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre[33].
20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más
abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se
propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro
Salvador, para lo cual nada será más eficaz que instituir la festividad propia y
peculiar de Cristo Rey.
En el momento oportuno
21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades
fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban
pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta
robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores
de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese
y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la
divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles
eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los
mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires
fuesen otras tantas exhortaciones al martirio[34]. Más tarde, los honores
litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron
maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan
necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en
honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblo cristiano
no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora,
sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial
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que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios
que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser
pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar
victoriosamente la peste de los errores y herejías.
22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la
cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a
veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas
doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y
volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en
la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los
tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido
idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo
Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó
celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por
toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor.
Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando
las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los
jansenistas, se habían enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de
su eterna salvación.
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nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con
la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece
que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es
indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas
desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se
abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los
adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles
todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de
Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a
llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por
mantener incólumes los derechos del Señor.
Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía,
producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe
ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas
las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre
suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los
Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que
afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.
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que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como
Rey de todo el género humano.
29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino,
verdaderamente admirable en sus santos, ha sido gloriosamente
magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor
de los altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición
Misional, todos han podido admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus
obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la
celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos conmemorado la
vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado con el
Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del
mismo Cristo sobre todos los pueblos.
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32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar
brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya
de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público
homenaje de culto a Cristo Rey.
a) Para la Iglesia
En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán
necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida
por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renunciar— plena libertad
e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio
encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a
cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de
nadie.
Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y
congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son
valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al
establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la
observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando
una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador
de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y
alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de
todos.
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profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más
fácilmente a la perfección.
35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de
su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su
misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana,
sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a
las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que,
siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser
con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.
Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor
Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro
paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos
favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo
vuestro clero y pueblo.
Notas
[1] Ef 3,19. [20] In Luc. 10.
[2] Dan 7,13-14. [21] 1 Pt 1,18-19.
[3] Núm 24,19. [22] 1 Cor 6,20.
[4] Sal 2. [23] Ibíd., 6,15.
[5] Sal 44. [24] Conc. Trid., ses.6 c.21.
[6] Sal 71. [25] Jn 14,15; 15,10.
[7] Is 9,6-7. [26] Jn 5,22.
[8] Jer 23,5. [27] Himno Crudelis Herodes, en el
[9] Dan 2,44. of. de Epif.
[10] Dan 7 13-14. [28] Enc. Annum sacrum, 25 mayo
1899.
[11] Zac 9,9.
[29] Hech 4,12.
[12] Lc 1,32-33.
[30] S. Agustín, Ep. ad
[13] Mt 25,31-40.
Macedonium c.3
[14] Jn 18,37.
[31] Enc. Ubi arcano.
[15] Mt 28,18.
[32] 1 Cor 7,23.
[16] Ap 1,5.
[33]. Enc. Annum sacrum, 25 mayo
[17] Ibíd., 19,16. 1899.
[18] Heb 1,1. [34] Sermón 47: De sanctis.
[19] 1 Cor 15,25. [35] Rom 6,13.
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