n el corazón de la ciudad, donde las calles se enredan como venas de piedra y los faroles
vigilan como astros cansados, existe un jardín que nadie jura haber visto, pero todos han
soñado alguna vez.
Sus puertas no son de hierro ni de madera, sino de niebla. Se abren solo a quienes caminan
sin prisa y escuchan el murmullo secreto de las grietas en las paredes. Al entrar, el aire se
vuelve más ligero, como si respiraras el primer día del mundo.
Las flores no son flores comunes: algunas flotan en silencio, otras laten como corazones
diminutos, y hay hojas que susurran nombres olvidados. En los charcos del suelo se reflejan
no los rostros de quienes miran, sino los deseos que guardan en lo más profundo.
Dicen que quien cultiva algo en este jardín —una semilla, un recuerdo, una lágrima— lo ve
crecer en formas inesperadas: un árbol de luces, una vid de melodías, un arbusto que da
frutos en forma de pequeños espejos.
Pero hay una regla que nadie puede romper: lo que florece en el jardín fantástico no puede
llevarse fuera. Debe quedarse allí, entre la niebla, alimentando la magia del lugar. Y tal vez
por eso, cada visitante, al regresar a su rutina, guarda en su mirada un brillo imposible de
explicar, como si hubiera visto el horizonte abrirse desde dentro.