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Las Águilas: y Su Empleo en La Cetrería Discurso

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REAL ACADEMIA DE CIENCIAS

EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES

LAS ÁGUILAS
y su empleo en la cetrería

DISCURSO
LEÍDO POR EL ACADÉMICO NUMERARIO

EXCMO. SR. DUQUE DE MEDINACELI


EL DÍA 15 DE NOVIEMBRE DE 1944
EN LA SOLEMNE SESIÓN INAUGURAL DEL CURSO DE 1944-45

MADRID
S. AGUIRRE, IMPRESOR
General Alvarez de Castro, 40. Teléf. 30366
1944
Desde hace mucho tiempo he tenido una especial predilección
por el estudio de la ornitología y esto ha contribuído a hacer
más, mucho más, interesantes mis actividades cinegéticas, pues
al placer de cobrar piezas de caza y apuntármelas en mi cua-
derno venatorio añado la satisfacción de adquirir nuevas espe-
cies para mi colección de aves.
Sin embargo, entre todas ellas, las que más me llamaron la
atención fueron las rapaces. Varios motivos me indujeron a mos-
trar esta marcada preferencia, pero el que más influyó fue la
misma dificultad de su caza y la diversidad de estratagemas y
•de ardides que hay que poner en práctica para apoderarse de
tan astutos volátiles. A pesar de todo, he de reconocer que mis
esfuerzos se vieron coronados por el éxito, pues en la actuali-
dad, aparte el pigargo pescador (Haliaetus albicilla), tengo en
mi museo de aficionado todas las especies de aves de rapiña de
España. Más de-treinta años de esfuerzos perseverantes y de
paciencia, casi ilimitada, han sido necesarios para llegar a este
resultado, tanto más halagüeño cuanto mayores los obstáculos
que se interpusieron en mi camino.
— 6 —

Cuando en el año 1927 tuve el honor de leer mi discurso de


ingreso en esta Real Academia, al que contestó el nunca bastante
llorado Doctor Carracido (q. e. p. d.), escogí como tema "Las
aves de rapiña en la cetrería", estudio esquemático y muy con-
, densado de este noble arte, pero me fue imposible ni aun siquiera
apuntar todo cuanto a tan interesante asunto se refiere, pues,
hubiera sido abusar de la paciencia de mi docto auditorio.
Por esto me limité a explicar, de un modo sucinto, la caza
con halcones y azores, dejándome "en el tintero", como suele
decirse, el hablar de las águilas como tales aves de cetrería, con
lo cual quedaba la tesis incompleta, pues aunque el empleo de
estas grandes rapaces fue menos frecuente en Europa, no por
ello dejan de ser merecedoras de que se las mencione, aunque
sólo sea someramente. Esto fue lo que me decidió a desarrollar
este tema en la presente ocasión al tener de nuevo el honor de
dirigiros la palabra.
Así, pues, mi disertación se dividirá en dos partes: primera,,
breve descripción de las águilas de Europa, y segunda, su em-
pleo en la cetrería.
De todas las aves de rapiña diurnas, las más interesantes,,
si no por su tamaño, siempre inferior al de los buitres y quebran-
tahuesos, por lo menos en lo que se relaciona con sus costum-
bres y su aspecto físico, son las águilas.
Todas ellas se alimentan, por lo general, 'de presas que ellas
mismas capturan, y son, por lo tanto, unas cazadoras extraordi-
narias, mucho más perjudiciales para los cotos" que todos los
furtivos del mundo, pues ejercen lo que llamaríamos su "pro-
fesión" a diario para proveer a su alimentación, lo que no le
ocurre siempre a sus competidores humanos.
Existen en nuestro país cinco especies de águilas, a saber:
la real o dorada (Aquila chrysaetos), la imperial (Aquila impe-
rialis), la perdicera (Aquila fasciata o Bonelli), la moteada
(Aquila noevia) y la enana o calzada (Aquila pennata).
Todas ellas son águilas propiamente dichas, que se caracte-
rizan por tener las patas totalmente cubiertas de plumas hasta
el mismo nacimiento de los dedos, lo que no ocurre a las demás
rapaces diurnas, incluyendo al águila pescadora o pigargo, ave
hermosísima, que sobrepasa en tamaño a la real o dorada, y de
la que hablaremos después.
La envergadura de las águilas oscila entre 2,25 metros en el
águila real y 1,20 metros en la enana o calzada, siendo esta últi-
ma una preciosa reproducción en miniatura de sus congéneres
mayores.
El que quiera apoderarse de estos volátiles, bien sea con miras
científicas o simplemente deportivas, empleando la escopeta, tro-
pezará con grandes dificultades, "pues, dada la astucia de estas
aves y su gran capacidad de vista, difícilmente logrará ponerse
a tiro. Únicamente se puede tener alguna probabilidad de éxito
desde una choza construida al efecto y empleando como cimbel
un buho o gran duque vivo o disecado. De este medio me he
valido para obtener los ejemplares que poseo en mi colección.
Lo mismo los cepos que el veneno suelen dar resultados bastante
satisfactorios, pero el último no es recomendable por encerrar
su empleo grandes peligros.
Las águilas viven a las mil maravillas en cautiverio, siempre
que se las alimente bien, pues su voracidad es muy grande, y
buena prueba de ello es que, según cuenta el célebre zoólogo
austríaco Leopoldo José Fitzinger (1802-1884) en el castillo im-
perial de Viena, donde obedeciendo a una costumbre tradicional
de la casa de Hapsburgo se conservaban estas aves rapaces vi-
vas, un águila real o dorada permaneció allí de 1615 a 1719 y
otra murió en Shoenbrunn en 1809, después de ochenta años de
reclusión.
Y ahora pasemos a examinar cada una de las especies de
águilas mencionadas en párrafos anteriores.
El águila real o dorada (Aquila chrysaetos) es la mayor de
todas, pues mide hasta 2,25 metros de envergadura. Su plumaje
es castaño oscuro, el pico azulado en la base y negro en la extre-
midad, el iris castaño y los dedos y la "cera" amarillos.
Dotada de una gran capacidad de vuelo y una voracidad poco
común, ataca a presas relativamente grandes en relación con su
tamaño, como, por ejemplo, crías de rebeco y de cabra montes^
así como cervatillos y corderos.
Una vez leí en un libro antiguo de caza un episodio que pone
de manifiesto la osadía de esta rapaz.
Salieron en cierta ocasión a dar un paseo por el monte "El
Pardo" el Rey Felipe II y su esposa, la Reina Doña Ana de Aus-
tria, cuando a su gran sorpresa vieron descolgarse de lo alto a
un águila que, a su parecer, se abalanzaba sobre una pieza de
caza no lejos de donde ellos se encontraban. Mandaron a una
de sus servidores al sitio donde el águila había tomado tierra y
resultó que la víctima era un perrillo que tenían en gran estima
y que el ave de rapiña estaba devorando tranquilamente, sin
importarle para nada la presencia de los soberanos y sus acom-
pañantes.
El águila imperial es algo más pequeña que la anterior, y, su
colorido, en lo que se refiere a los individuos adultos, también
— 9 —

se le parece mucho, con la diferencia de presentar un matiz leo-


nado en la parte posterior de la cabeza y unas manchas blancas
que ostenta sobre los hombros, lo que ha motivado el que los
ingleses le llamen "white shouldered eagle", o -sea, águila de
hombros blancos.
Los individuos jóvenes son leonados en su conjunto y care-
cen de las referidas manchas.
Esta águila prefiere para anidar los árboles a las rocas, como
lo demuestra el hecho de frecuentar menos que la real los terre-
nos montañosos, y no es un caso insólito, ni mucho menos, en-
contrarla en marismas y pantanos, donde persigue a las aves
acuáticas.
Siguiendo el orden de tamaño, vienen después el águila per-
dicera y el águila moteada, que tienen ambas las mismas dimen-
siones, o sea, alrededor de 1,75 metros de envergadura.
La primera (Aquila fasciata, o también Aquila Banelli), por
el nombre del ornitólogo italiano que la descubrió, es un gran
destructora de caza y se alimenta con preferencia de perdices,
liebres y conejos, por lo cual sólo merece que se le persiga con
ahinco.
» *
Su plumaje presenta una gran variedad de colorido, según
la edad, el sexo, la época del año, etc., pero puede decirse, sin
embargo, sin temor a equivocarse, que predomina en ella el co-
lor leonado.
Los alemanes la denominan "Habitchts adler", dando a en-
tender con ello su semejanza con el azor (Astur palumbarius),
tanto por su aspecto exterior como por sus costumbres. Su cola
es larga y ostenta en ella unas listas oscuras, lo que le vale el
nombre de "aigle à queue barrée" con el que la designan los
franceses. La denominación vulgar española de "águila blanca"
se aplica sobre todo al macho adulto por el albo color de su ab-
domen, que sólo alteran unas rayas de matiz castaño oscuro.
Habita la Europa meridional, el Norte y centro de África
y se extiende hacia el Este hasta la India. No muy común en
Francia, sólo frecuenta la parte Sur de Alemania.
En cuanto al águila moteada (Aquila noevia), se parece tanto
a la anterior, en aspecto como en dimensiones, que me costó tra-
bajo distinguirla y clasificarla cuando la obtuve en las marismas
del Guadalquivir, pues las motas blancas que la caracterizan
aparecían en ella muy difusas.
Poco puedo decir de esta especie por propia experiencia, pues
sólo logré ese único ejemplar en una cacería de aves acuáticas,
hecho que viene a confirmar que esta rapaz frecuenta más que
su congénere, el águila perdicera, los terrenos pantanosos y de
marisma, donde se alimenta de las aves que los frecuentan, lo
cual no obsta para que se la encuentre también en otros sitios.
De todos modos no creo sea muy corriente, y el ornitólogo que
consigue un ejemplar puede considerarse muy dichoso, por lo
menos en lo que a nuestro país se refiere.
Pasemos ahora a hablar de la más pequeña de nuestras águi-
las, o sea, la calzada (Aquila pennata), que con más propiedad
puede llamarse enana, pues la caracteriza mejor, dado que todas
las águilas propiamente dichas son calzadas y, en cambio, sólo
ella se distingue entre todas por sus reducidas dimensiones. Tie-
ne el mismo colorido que el águila imperial joven, pero sus hom-
bros son Tjlancos, como los de la adulta.
Son raros los ejemplares que presentan el color castaño en
cl conjunto y la nuca leonada de las imperiales viejas. Yo, sin
•embargo, tuve la suerte de hacerme con uno en el puerto de
Navacerrada (provincia de Madrid) en 1911.
Para resumir, diremos que el águila calzada o enana es una
rapaz que mide de 1,15 a 1,20 metros de envergadura. De color
leonado en su conjunto, tiene las plumas de las alas oscuras y el
-abdomen casi blanco o por lo menos muy claro.
Se ve en España en el Centro y en el Sur en primavera y
verano y emigra en otoño, como la mayoría de las rapaces, en
busca de climas más benignos.
Muy valiente y dotada de gran acometividad, ataca a presas
•que le son superiores en tamaño. Vive de mamíferos, reptiles y
aves, no recurriendo a los insectos más que cuando no encuentra
otra cosa mejor.
Hecho este brevísimo estudio de lo que se »da en llamar águi-
las propiamente dichas, o sea, las que tienen las patas cubiertas
de pluma hasta el nacimiento de los dedos y los ojos oscuros,
procede hablar de los pigargos y de los balbusardos pescadores.
Los primeros, salvo en'que no presentan estas característi-
cas, en nada se diferencian de ellas por su aspecto exterior, como
podrá comprobarlo el que tenga la curiosidad de asomarse a un
Museo de Historia Natural o jardín zoológico donde existan
ejemplares vivos o disecados de todas estas aves.
Hay tres especies principales de pigargos : el pigargo de cola
ttanca (HaUaetus albicilla), el de cabeza blanca (Haliaetiis le*u-
¿ocephalus) y el vocinglero (Haliaetus voei f er).
De éstos, el único netamente europeo es el primero, pues el
segundo sólo en raras ocasiones se ha comprobado su presencia
en nuestro Continente, y en cuanto al tercero es completamente
exótico, y si lo menciono es por dar algo más de interés a este
trabajo y por la circunstancia de haber obtenido hasta un par
de ejemplares en mis cacerías en el Africa ecuatorial durante
mi juventud. A todos los pigargos se les designa con el nombre
vulgar de águilas pescadoras.
El pigargo común (Haliaetus albicilla) es de mayor tamaño
y envergadura que el águila real y, además, a la vista parece,
más poderoso. Tuve una vez ocasión de apreciar esta diferencia
en el jardín zoológico de Roma en una inmensa jaula donde se
encuentran juntos águilas, buitres, quebrantahuesos y rapaces
de diversas especies. Así, pues, su envergadura sobrepasa los
2,25 metros.
Su plumaje es de un gris blancuzco en la cara y gris también,
más o menos claro, con matices castaños su colorido general.
La cola es blanca, por lo cual los ingleses le denominan "white-
tailed eagle", o sea, águila de cola blanca. Los ojos, la "cera" y
las patas son amarillos.
Esta descripción se refiere a un individuo ya adulto, pues-
hasta llegar a ello ofrece un sin fin de matices que, ciertamente,
no voy a pasar en revista, pues haría este 'trabajo demasiada
largo y saldría de los límites señalados.
Vive en los acantilados de las costas y también en los bosques
cercanos a ríos o grandes lagos, y su alimentación la constituyen,
principalmente, los peces y las aves acuáticas, lo que no es obs-
táculo para que a veces devore animales muertos y hasta carne
en putrefacción como los buitres, aunque esto sea mucho menos
frecuente.
En algunos sitios, y fuera de la época del celo, pueden verse
estas águilas en pequeños grupos hasta que, llegado marzo y
— 13 —

con él el momento de su reproducción, se separan en parejas


como la mayoría de las aves.
Construye el pigargo un nido grande en el que nacen, como
máximo, tres crías, que no" abandonan a sus padres hasta el otoño
siguiente.
En cuanto a su extensión geográfica, diremos que esta rapaz
es propia de Europa y del Asia Septentrional, habiéndosela visto
en ocasiones en América del Norte, en el Estrecho de Davis.
Pasa con rumbo Sur por las costas del Canal de la Mancha y del
Atlántico en octubre y noviembre y vuelve de nuevo en febrero,
cuando se dirige a las regiones septentrionales para anidar. Tam-
bién puede observarse su presencia en las estepas rusas, donde
da caza a roedores y aves de distintas especies. Cazadores ami-
gos míos me han contado que en el delta del Danubio es bas-
tante común y persigue a las palmípedas y zancudas que allí
tanto abundan.
Pasemos a hablar ahora del pigargo de cabeza blanca, que
si bien no puede calificarse de ave europea, pues sólo muy acci-
dentalmente se presenta en nuestras costas, creo, sin embargo,
que bien merece se le dediquen unos párrafos, dado que es una
de las rapaces más hermosas e interesantes de la Creación.
Durante mucho tiempo se. confundió este pigargo de cabeza
blanca (Haliaetus leucocephalus) con el águila real, o por lo
menos con la especie anteriormente descrita. El error, sin duda,
obedece al hecho de no tropezar los observadores con individuos
adultos, pues de lo contrario todo quid pro quo es imposible y
sólo los ejemplares jóvenes de cada especie pueden parecerse en-
tre sí, pero jamás a corta distancia, y después de un examen por
superficial que éste sea. La mayor longitud de la cola de la que
— 14 —

nos ocupa, comparada con la de la anteriormente descrita, el


•color claro de sus ojos, así como su plumaje, que presenta unas
tonalidades que le son peculiares y exclusivas, son más que sufi-
cientes para distinguirlas de las demás rapaces.
En cuanto a los individuos adultos, basta la blancura de su
•cabeza y cola para que destaquen netamente entre todas las águi-
las de nuestras latitudes, siendo, por lo tanto, inconfundibles.
Esta hermosísima águila, cuya envergadura alcanza segura-
mente los 2,30 metros y aun los sobrepasa, pues me atrevo a afir-
mar que es por lo menos tan grande como el quebrantahuesos,
•es propia de las regiones templadas y septentrionales de Amé-
rica del Norte y, como creo haber dicho, sólo en raras ocasiones
hace su aparición en Europa.
.A pesar de mostrar preferencia por los peces, persigue a los
mamíferos y aves y aun no desdeña los restos de animales cuando
el hambre le obliga a ello.
Se encuentra a este pigargo en laa orillas de los grandes la-
gos, las márgenes rocosas de ríos de mucho caudal y los acanti-
lados de las costas oceánicas.
Anida en los árboles elevados, cerca del agua generalmente,
y algunas veces en tierra en suelo pantanoso. Cada pareja utiliza
todos los años el mismo nido, limitándose únicamente a hacerle
unas pequeñas reparaciones. Así, pues, se comprende que ningún
continente de nuestro planeta reúna las condiciones de América
del Norte para la vida de esta rapaz, lo que explica que se la en-
cuentre en toda su extensión desde Alaska y el Canadá hasta
Méjico.
Pasemos ahora a hablar del pigargo vocinglero (haliaetus vo-
tif er). Esta rapaz ya no es en absoluto europea, y por lo tanto
— is —

jamás se presenta en nuestro continente. Descubierta por el na-


turalista francés Francisco Le Vaillant (1753-1824) en una de
sus expediciones al África ecuatorial, puede decirse que se la en-
cuentra en toda la extensión del continente negro.
Cuando al final del año 1908 emprendí mi excursión cinegéti-
ca al África Oriental Inglesa, tenía gran ilusión por ver esa her-
mosa rapaz, y he de decir que me favoreció la suerte, pues obtu-
ve un ejemplar. Allí habita las cercanías de los ríos Athi Tana,
Thyka y las orillas de los lagos Baringo, Naivasha, Rudolph y
otros, pues a pesar de que se alimenta de toda clase de mamífe-
ros, muestra también una gran afición por los peces.
El pigargo vocinglero del que ahora se trata (haliaetus vo-
cifer), y el de oabeza blanca (haliaetus leucocephalus), anterior-
mente descrito, se parecen; pero, sin embargo, existen diferen-
cias esenciales que los distinguen.
Ambos tienen la cabeza blanca, pero el pigargo de que ha-
blamos ahora presenta además el mismo color en el pecho y ab-
domen, siendo más oscuro en el lomo, alas y costados que su con-
génere americano. Coinciden ambas especies en el color de la
"cera" del pico, ojos y patas, que son amarillos ; pero mientras que
el del Nuevo Continente sobrepasa a las" águilas reales en enver-
gadura, o sea, que alcanza más de los 2,30 metros, el pigargo vo-
cinglero sólo mide 1,70 ó 1,75 metros, coincidiendo, por lo tanto,
en dimensiones con nuestra águila perdicera (aquila fasciata).
Además de esto, existe una diferencia esencial, y es la distri-
bución geográfica de estos volátiles, pues mientras el pigargo de
cabeza blanca (haliaetus leucocephalus) es propio de América,
el pigargo vocinglero (haliaetus vocifer) es esencialmente afri-
cano.
— io —

Hay en Europa y America una rapaz que, como el pigargo,


se dedica principalmente a la pesca, y es el balbusardo, que tam- ,
bien se designa con el nombre de águila pescadora.
La envergadura de este ave oscila entre 1,65 y 1,75 metros,
y es de aspecto más fuerte y robusto de lo que a su tamaño co-
rresponde. Oscura por encima, presenta por debajo un color blan-
co. El pico es corto y fuerte, y las patas, de color azulado, están
provistas de aceradas uñas. El plumaje, muy liso y, como el de
las aves acuáticas, aceitoso. La longitud de las alas es tal que
cuando están plegadas pasan con mucho del extremo de la cola.
Vive, como es natural, dado su régimen alimenticio, en los
acantilados de las costas y orillas de los grandes ríos y lagos, y
allí también construye su nido. *
Se encuentra esta rapaz muy extendida por el mundo, lo mis-
mo en Europa que en Asia, así como también en ciertas regiones
de África. Algunos naturalistas opinan que los balbusardos de
América pueden constituir una especie distinta, aunque es pro-
bable se trate sólo de una variedad local.
El tesón, así como la energía y perseverancia que despliegan
las águilas pigargos y balbusardos pescadores para perseguir su
presa, no dudando en atacar con gran valor a animales que les su-
peran en tamaño, indujeron sin duda a los halconeros de antaño
a adiestrarlas para la caza y utilizarlas para el noble arte de la
cetrería.
Este arte, pues sólo de arte puede calificarse el conjunto de
preceptos encaminados a un fin tan difícil de alcanzar como la
doma y reducción a la obediencia de un ave tan salvaje, arisca y
feroz como el águila, es originario de Oriente, y fue introducido
en Europa por los cruzados que regresaban de Tierra Santa de
redimir del dominio de los infieles los Santos Lugares.
Muchos son los escritores de aquellos remotos tiempos que
lo mencionan, entre ellos Mateo Paris, en la primera mitad del
siglo xiii, pero quizás el que aborda el tema con una mayor téc-
nica, o sea, acercándose más al punto 4e vista del halconero, es
Guillermo Tardif, profesor del Colegio de Navarra y lector del
rey Carlos VIII de Francia (1483-1498), soberano.que demos-
tró siempre una gran afición por la cetrería.
Tardif nos ha dejado una obra, Livre de l'Art de la Faulcon-
nerie, traducida de ptra en latín del Emperador Federico II de
Alemania (1194-1250), titulada De arte venandi cum avibus, o
sea, en castellano, Del arte de casar con aves, y dada a conocer
en París en el año 1492, y a la que añadió notas complementarias
y observaciones personales.
Esta obra empieza estableciendo que existen tres clases de
aves de rapiña que se pueden utilizar en cetrería: el águila, el
halcón y el azor. Al indicar que hay diferentes especies de águi-
las, nos da sus nombres en lengua árabe y siria, lo que denota
que sus principales fuentes de información son de procedencia
oriental.
Cuando nos dice que la mejor para la caza es la que tiene
manchas blancas en la cabeza y espalda, suponemos que se refie-
re a la que ahora llamamos águila imperial (aquila imperialis),
y con la que entonces se cazaban liebres, zorros y gacelas. Des-
pués hace referencia a unas águilas más pequeñas, que califica
"de las estepas", y que, por la descripción que de ellas hace, de-
ben de coincidir en estructura y tamaño con nuestra águila per-
dicera (agitila fasciata).
Nos dice que las águilas salvajes son de tal acometividad, en
aquellas inmensas llanuras del Asia Central, que obligan a los.
halconeros a suprimir las "pihuelas" o correas que llevan los
azores en las patas, pues de no tomar esta precaución aquéllas
las confunden con presas y acometen a estos últimos para arre-
batárselas.
La obra en latín del Emperador Federico II, de la que Tar-
dif sacó la maycr información sobre esta clase 'de cetrería, pro-
cede a su vez de antiguos tratados sobre la materia, escritos en
lengua persa y árabe, y que fueron traducidos por el médico y
secretario de este soberano. Por lo tanto, en lo que a las águilas
adiestradas para la caza se refiere, no cabe dudar que todos los.
autores que han escrito sobre esta materia han bebido en fuen-
• tes orientales de inspiración para adquirir estas nociones.
En el siglo xni el Khan de Tartaria tenía gran número de
halcones y algunas águilas perfectamente enseñadas a cazar lo-
bos en las estepas, como nos lo confirma entre otros el célebre ex-
plorador y viajero italiano Marco Polo (1254-1324).
Sir Anthony Shirley, el conocido navegante inglés (1565-
rôSS), en uno de sus relatos sobre sus viajes, nos da cuenta de
cómo cazaban con águilas reses cervunas los Emperadores ru-
sos, añadiendo que en cierta ocasión enviaron una de estas ra-
paces como regalo para la Reina Isabel de luglaterra, hija, como
se sabe, de Enrique VIII y su segunda mujer Ana Bolena.
El historiador inglés Sir John Malcolm (1769-1861) hace
mención en sus escritos de la habilidad de los indios y persas
para adiestrar águilas para la caza, y Atkinson, en su libro Ex-
ploraciones en la Siberia Oriental y Occidental, nos describe, con
todo detalle, cómo se emplea en aquellas llanuras el águila real
— 19 —

(aquila chrysaetos) para apoderarse de ciervos y antílopes.


Dice que el águila con la cabeza tapada con un "capirote",,
como ios halcones, se coloca sobre una" percha especial adherida
al arzón de la silla del caballo. Cuando se ve la caza que se pre-
tende capturar se descubre la cabeza del águila y se la suelta,
pero no hay que olvidar que casi siempre es necesario que no par-
. ticipen perros en la persecución de la pieza, pues la rapaz no de-
jaría de abalanzarse sobre ellos.
Según Latham, el gran ornitólogo inglés (1740-1837) el águi-
la real es bastante corriente en muchas partes de Rusia, añadien-
do que en Oremburgo hay anualmente un mercado exposición
de estas aves que se venden a buen precio.
Coinciden los autores ya mencionados en alabar las águilas
como aves de cetrería, asegurando que si no fuera por su gran
tamaño, complicado manejo y las dificultades inherentes a su
doma, se hubieran visto con más frecuencia estas aves en manos
de halconeros europeos en el curso de la Historia.
Conocedores de estos inconvenientes, los Reyes de Francia
Enrique IV, primer soberano de la casa de Borbón, y su hijo
Luis XIII, ambos entusiastas del noble arte de la cetrería, ja-
más las emplearon, y Charles d'Arcussia que en sus crónicas con-
signa las proezas llevadas a cabo por ambos monarcas con sus
halcones nos refiere un episodio que confirma lo que acabamos de
hacer constar.
En una ocasión, un hidalgo provenzal capturó y hasta logró
amansar un águila, apresurándose a ofrecerla como regalo a su
rey y señor, Enrique IV, pero sólo logró provocar la hilaridad
del soberano, que le manifestó que aun agradeciéndole mucho
su atención, pensaba que era una locura soñar en adiestrar a se-
mej ante volátil para la caza, exponiéndole los inconvenientes que
presentaba tal empresa.
No se tiene noticia de que por aquella época se utilizaran en
Inglaterra águilas con estos fines. Sin embargo, más tarde, hacia
mediados del siglo xix, el Capitán Green, que vivía en Buekden,
en el condado de Huntingdonshire, parece ser que tuvo una de
estas rapaces, a la que enseñó a cazar liebres y conejos; pero su-
difícil manejo y los inconvenientes propios de esta clase de aves
fueron causa de que su propietario la desechara.
Hacia el año 1880, un francés, Monsieur Benoit Maichin, hizo
un viaje al Turkestan (Asia Central) en compañía de un amigo
con el objeto de adquirir unos caballos de aquel país. Por una
circunstancia fortuita se le presentó la ocasión de ver a unos hal-
coneros kirguises cazando liebres y zorros con águilas adiestra-
das al efecto, y apesar de no haber nunca asistido a un espectáculo
parecido, y ser por lo tanto completamente profano en la materia,
quedó de tal manera encantado con lo que había visto, que ya no
tuvo más idea que hacerse con una de estas rapaces para llevársela
a Francia y causar con ella la admiración de sus amigos. No fue la
cosa tan fácil, pues ninguno de aquellos cazadores indígenas que-
ría desprenderse de su águila que tan buenos servicios le prestaba,
y que sólo a costa de grandes esfuerzos había logrado adiestrar,
como nos ocurriría a nosotros, en caso análogo, con un buen pe-
rro de caza o un excelente reclamo de perdiz.
Pasó el tiempo, y firme en sus propósitos Monsieur Maichin
logró lo que deseaba al acceder un cazador kirguiz a cambiar su
águila por una escopeta de caza, valorada entonces en 40 libras
esterlinas.
Sin la menor noción sobre cetrería, e ignorando por consi-
— ai —

guíente en absoluto el manejo de estas rapaces, juzgó prudente


llevarse consigo a Europa un servidor kirguiz que se ocupara
del águila, y así lo hizo.
Una vez en su patria, causó la admiración de todo el mundo
con las proezas del ave, que cazaba de un modo maravilloso. Pa-
rece se trataba de un águila imperial joven.
Al no apreciar en su justo valor su importante adquisición, el
señor Maichin, en quien no bullía lo que pudiéramos llamar el fue-
go, sagrado del deporte, y que si compró la rapaz fue más por ha-
cer efecto a sus amigos y compatriotas que por verdadera afición,
se cansó de ella. El servidor asiático volvió a su tierra natal, a la
que tenía grandes deseos de retornar, y el águila fue a parar a
manos de uno de los mejores halconeros franceses del siglo xix,
Monsieur Paul Gervais, que con su habitual maestría realizó con
ella verdaderas proezas, capturando algunos zorros y gran.canti-
dad de liebres y conejos, pues sólo la utilizaba para la caza de
"pelo".
Monsieur Edmond Barrachin, contemporáneo de Monsieur
Gervais, y como él excelente aficionado a la cetrería, tuvo tam-
bién dos águilas perdiceras (aquila fasciata), una de las cuales
estaba adiestrada a cazar conejos, y le prestaba para ello muy
buenos servicios.
Los rusos emplearon las águilas con más frecuencia que los
halconeros de la Europa Occidental, y se las procuraban com-
prándolas a los kirguises y baschyrs del Asia Central o cam-
biándoselas por animales domésticos, armas u otros objetos.
Estos pueblos se servían, y hasta posiblemente se sirven en la
actualidad, de diversas especies de águilas además de la real, la
imperial y la perdicera descritas al principio de este trabajo. En-
tre ellas figura el aquila nobilis, que en su idioma llaman "ber-
kut", así como otras varias especies peculiares de aquellas re-
giones. •
Vamos ahora a decir algo sobre el empleo en la cetrería de
las águilas marinas (haliaetus albicilla) y los balbusardos pes-
cadores (pandion haliaetus), especies que a continuación de las
águilas propiamente dichas hemos descrito en la primera parte
de este trabajo. Con los pocos datos que sobre el particular he
podido recoger abordaré, pues, este tema con toda la brevedad
posible.
Remontándonos al siglo xui en nuestras averiguaciones, y
en una crónica de Mateo Paris' (autor ya mencionado anterior-
mente), leemos que un muchacho al servicio del Obispo de Lon-
dres logró amaestrar un águila marina para capturar con ella
sarcetas, q*ue como se sabe pertenecen a la más pequeña de las
especies de patos salvajes.
Nosotros, sin embargo, nos permitimos creer que se trate no
de un águila marina, sino de un balbusardo pescador, cosa mu-
cho más verosímil por su menor tamaño y por consiguiente más
fácil manejo.
La duda que tenemos sobre el empleo del águila marina o pi-
gargo para la cetrería no existe con referencia al balbusardo pes-
cador, y se puede afirmar que en un tiempo se adiestró en Ingla-
terra para pescar con él.
Buena prueba de ello es que el Rey Jacobo I de Inglaterra
(1566-1625) mantenía allá por el año 1618, en unos edificios cons-
truidos al efecto en Westminster a orillas del Támesis y junta-
mente con cormoranes y nutrias, algunos balbusardos pescado-
res. Sin embargo, no estamos seguros de que se emplearan ex-
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elusivamente para la pesca estos últimos, siendo muy posible se


sirvieran de ellos también para la caza de aves acuáticas, como
sarcetas, patos, gallinetas de agua y otros volátiles.
Sabemos además que más tarde el Rey Guillermo III (1650.
1702) promulgó un decreto que prohibía en cierta época del año.
y de un modo absoluto, la pesca del salmón con aves de rapiña.
El mero hecho de mencionarlo es indicio evidente de que ese de-
porte se practicaba entonces.
Son los balbusardos pescadores aves muy difíciles de adies-
trar, pero los halconeros de aquellos tiempos fueron sin duda
unos especialistas en la materia, venciendo todos los obstáculos,
de los que no es el menor el hecho de que estas rapaces soporten
mal el cautiverio, por lo que muy rara vez se las ve en los jardi-
nes zoológicos, como por mí mismo he podido comprobar.
Una vez descritas someramente las distintas especies, y des-
pués de haber hablado de su utilización para la caza, pongo punto
final a mi trabajo, pues aun comprendiendo que se podía decir mu-
cho más sobre tan interesante tema, no quiero en modo alguno can-
sar vuestra atención, agradeciendo a todos, de corazón,.el interés
con que me han escuchado.
He dicho.

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