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Tercera Clase. Microrrelato

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Tercera Clase.

El microrrelato
Tiempos verbales empleados para contar una historia
Antes de escribir el primer párrafo, has de tener claro el tiempo verbal
con que vas a hilvanar la narración. Qué tiempo te permitirá que tu historia
sea más comprensible y veraz, que este tiempo utilizado sea el más adecuado
al ritmo de tu relato.
Lo habitual, tanto para la primera como para la tercera persona, es el
empleo del pretérito indefinido: dijo, salió, corrió, entre otros.
*El pretérito indefinido (ejemplo: fui, hice, salí…), a diferencia del
pretérito imperfecto (era, hacía, salía, etc.), presenta las acciones como
terminadas, por eso es el más adecuado para contar acciones que ya han
sucedido. Cuando se introduce este tiempo verbal comienza el nudo del
relato, el cambio, el punto de giro.
Por ejemplo: Era (imperfecto) feliz hasta el día en que mi madre me
abandonó (indefinido).
*El pretérito imperfecto es un tiempo durativo, no acabado, como el
anterior, por eso se revela como el adecuado para narrar acciones que dan la
sensación de que no fueran a concretarse, así como la descripción de hábitos
y costumbres de los personajes.
Por ejemplo: Alegres transcurrían los días en aquel lugar. Sólo las
nubes obstruían parcialmente un cielo por lo general rosado.
Lo habitual en una narración es el empleo del tiempo pasado porque
te pones a escribir una historia que recuerdas, que has imaginado, sin
embargo, no se puede descartar el tiempo presente ni siquiera el futuro (como
ya hemos visto con el narrador en segunda persona y en futuro: harás esto y
aquello, te reirás del mundo, etc.).
Cuando la narración está en primera persona y en presente, el
lector puede tener la impresión de que el prota-narrador está hablando al
tiempo que actúa. Se usa sobre todo en acotaciones teatrales y guiones de
cine.
Ejemplo: Cruzo la calle. Me persigue alguien. Trato de deshacerme
de él.
El empleo del presente de indicativo proporciona mayor velocidad al
relato. Exige frases cortas y es adecuado para historias trepidantes, de mucho
movimiento.
Algunos autores saltan del pretérito al presente cuando narran
escenas de mucho movimiento. Esto se conoce como “presente histórico”,
y que se da con frecuencia en las narraciones orales de los niños, que de
modo intuitivo saltan del pretérito al presente cuando la acción se hace
intensa o amenazante.

1
Ejemplo: Salí de casa temprano y me fui al bosque, cuando de repente
se me apareció un jabalí con colmillos afilados. Salgo corriendo y me subo
a un árbol para defenderme.
Las narraciones en futuro son escasas y casi siempre revisten un
carácter adivinatorio, apocalíptico, de promesa o amenazador.

El microrrelato como término

Utilizado por primera vez en 1977 por el escritor mexicano José


Emilio Pacheco en sus Inventarios. Desde entonces ha recibido muchos
nombres, desde “minificción” a “minicuento” o “microcuento”, pasando
por “relato hiperbreve”, “cuentos mínimos” o “historias mínimas”.
El microcuento o microrrelato lleva al extremo la premisa de la
brevedad. Se trata de un texto que debe funcionar con un mínimo posible
de elementos, aunque se debe distinguir un personaje, una acción y
un espacio-tiempo.
Se basa en el ingenio, el humor y la ironía, con la idea de
un lector/a que debe participar activamente del relato y añadir su propia
interpretación.
En palabras de la escritora argentina Ana María Shua:
El microcuento limita al Norte con el Poema en Prosa, al Sur con el
Chiste o la Ironía, al Este con el Cuento Corto, y al Oeste con el Aforismo.

Ana María Shua, una de las autoras más destacadas de la


microficción de América Latina por el uso del ingenio y la sorpresa, nos
ofrece este microrrelato:
Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo
separa las mandíbulas y desnuda los colmillos amarillos. Un curioso
zumbido perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista también.

En este microrrelato, la historia comienza con una imagen pavorosa


de un hombre lobo que pareciera estar listo para atacar. Sin embargo, luego
se da el golpe de efecto al explicitar que se encuentra en el dentista. Así, se
trata de sorprender al lector y recurrir al uso del humor.

Por la mañana dejo la cola guardada en la bañera, solo una


pequeña escama atrapada en la costura de su traje de piel humana
delataba a la Sirena. No fue consciente de ello, hasta que el hombre que
leía el periódico frente a ella, la miró con ojos curiosos y enamorados,
metió la mano en su bolsillo y sin previo aviso, le regaló una caracola…
(Shua, La sirena, Cazadores de letras, 2009)

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Características del microrrelato

-Brevedad, precisión del lenguaje (palabras necesarias), anécdota


comprimida, carácter proteico, intertextualidad, sugerencia, la necesidad
de un lector cómplice, final sorprendente, experimentación con el
lenguaje, ambigüedad y humor.

Intertextualidad: Puede manifestarse en el uso de la sátira, la


parodia de géneros y la recreación de modismos y tópicos de la cultura
universal.
Es la relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos
(orales o escritos) a través de citas, parodia o ironía, que suponen que en el
discurso aparezca una voz distinta de la del emisor. Por ejemplo, ante la
fórmula [Érase una vez], cualquier hispanohablante identifica que el género
discursivo, al que pertenece el texto que va a oír, es el cuento infantil. Por
un lado, el conocimiento intertextual es en gran medida cultural, puesto que
forma parte del conocimiento del mundo compartido por una comunidad
lingüística; que no siempre es compartido, al menos en su totalidad, por
miembros de otras comunidades lingüísticas en las cuales las referencias
intertextuales varían. Por otro, la tradición literaria tiene muchos temas,
ideas y estructuras compartidas por todas las culturas, de modo que cuando
éstos se reflejan en un texto concreto producido en otra lengua pueden
servir de ayuda para su comprensión y compensar la falta de conocimientos
lingüísticos del receptor.
Ejemplo: Cien años de soledad (1967) de García Márquez y La casa
de los espíritus (1982) de Isabel Allende.
La casa de los espíritus es una heredera innegable de la narración de
Márquez, incluso las similitudes entre las historias mismas. En ambas
novelas se aborda la historia de una familia a través de varias generaciones
con el fin de hablar sobre las relaciones humanas, la sociedad, los
fantasmas, las revoluciones, el amor, el desamor, el realismo mágico,
etcétera.

La brevedad condiciona el tema y todas las demás características: el


uso de un lenguaje preciso, la utilización de la anécdota comprimida, el
carácter proteico, la concisión, la intertextualidad, el final sorprendente,
la participación del lector; así como la concentración del espacio y del
tiempo.
El microrrelato tiene que atrapar desde el principio y ha de mantener
la intensidad hasta el final.
Los microrrelatos comienzan in medias res, aunque a veces la
historia se empiece a contar desde el título. Lo importante es que el final

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sea congruente con lo narrado. Gran parte del cuerpo del tejido narrativo
debe permanecer elíptico o sobreentendido.
En Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino postula
la necesidad de condensación en las expresiones artísticas del siglo XXI.
Para él, la nueva era necesita de la máxima concentración del
pensamiento.
En la época actual, con la influencia de las redes sociales y el exceso
de información, los microrrelatos se convierten en el mecanismo adecuado
para captar la atención del público moderno.
Podemos distinguir dos tipos de procesos imaginativos: el que parte
de la palabra y llega a la imagen visual, y el que parte de la imagen visual
y llega a la expresión verbal. El primer proceso es el que se opera
normalmente en la lectura: leemos, por ejemplo, una escena de novela o un
reportaje sobre un acontecimiento en el periódico y, según la mayor o
menor eficacia del texto, llegamos a ver la escena como si se desarrollase
delante de nuestros ojos, o por lo menos fragmentos y detalles de la escena
que emergen de lo indistinto. En el cine la imagen que vemos en la pantalla
ha pasado también a través de un texto escrito, después fue «vista»
mentalmente por el director, después se reconstruyó en su materialidad
física en el estudio para quedar definitivamente fijada en los fotogramas de
la película. Una película es, pues, el resultado de una sucesión de fases,
inmateriales y materiales, en las cuales las imágenes cobran forma; en este
proceso, el «cine mental» de la imaginación tiene una función no menos
importante que la función de las fases de realización efectiva de las
secuencias tal como las registrará la cámara y se montarán después en la
moviola. Este «cine mental» funciona continuamente en todos nosotros -
siempre ha funcionado, aun antes de la invención del cine- y no cesa nunca
de proyectar imágenes en nuestra visión interior (Italo Calvino, Seis
propuestas para el próximo milenio)
El microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula ni un cuento,
aunque comparta algunas características con este tipo de textos, sino un
texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la
concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo
al servicio de una trama paradójica y sorprendente. Es un género donde
se desecha todo lo prescindible, igual que en la poesía, donde el lector debe
completar lo sugerido o evocado por el escritor. El lector participa de
manera activa en el relato al tener que ir rellenando los huecos y vacíos
dejados, de forma consciente, por el autor.

Orígenes

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El microrrelato hunde sus raíces en la tradición oral, en forma de
fábulas y apólogos (narraciones cuyo propósito es escribir sobre algún
principio ético o moral o de comportamiento, denominado moraleja), y va
tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se
sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos ven el
microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han
hecho derivar de la literatura lapidaria (que veremos en la próxima
clase).

Ejemplos de lo que no son microrrelatos sino otras microficciones:


-Aforismo: Quien conserva la facultad de ver la belleza no envejece
(Kafka)
-Máxima: Una golondrina no hace verano.
-Refranes: Al tímido le cuesta aprender, al colérico le cuesta
enseñar.
-Haiku: La mariposa revolotea/como si desesperara/en este mundo.
-Chiste: ¿Cómo sacas a Superman del agua? Pues oxidado ya que
es el hombre de acero.
-Anécdota: El 10 de diciembre de 1903, una semana antes del
primer vuelo de los hermanos Wright, el New York Times afirmó: “es
completamente inútil que la gente intente volar”.

La tradición de esta nueva modalidad narrativa arranca con la


evolución del poema en prosa a finales del Romanticismo, y empieza a
desarrollarse en el Modernismo y en las vanguardias.
De la etapa de las vanguardias podríamos nombrar a Vicente
Huidobro y Oliverio Girondo (éste con sus membretes), aunque estos
autores no escriban microrrelatos en el sentido estricto de la palabra.

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que


se llama Olga. Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe,
lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo. Pero la
parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga
permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante
sus ojos. Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le
reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él
que, meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera.
María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella
culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede
traer consigo? Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos
enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un
gesto tan absurdo. Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María,

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a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en
brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo
que es un poco zurda.
(Huidobro, Tragedia, Cuentos diminutos)

Entre los clásicos del microrrelato están Monterroso (el creador de


El dinosaurio y autor de un libro de microrrelatos titulado La oveja negra y
demás fábulas, 1981: https://www.webcolegios.com/file/319c4b.pdf),
Arreola, Borges, Cortázar… Eduardo Galeano, con El libro de los
abrazos.

Monterroso

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


(El dinosaurio, Monterroso)

En una primera lectura, pertenece al género fantástico. Un


personaje tiene una pesadilla en la que aparece un dinosaurio. Sin embargo,
cuando despierta, el animal prehistórico es real y se convierte en una
posible amenaza. El lector sólo puede imaginar si el protagonista sentirá
angustia y temor a una pronta muerte o si, por el contrario, se convertirá en
una historia de aventuras. Se trata de un final abierto, por lo que resulta
relativo. Luego, si se analiza simbólicamente, el dinosaurio puede
representar muchas cosas. Al pensar en la ambigüedad semántica, el hecho
de que no sabe quién despertó y dónde es allí, permite establecer muchas
opciones.
En una visión existencialista, el dinosaurio puede encarnar la
bestialidad de la existencia diaria, por lo que despertar se siente como una
condena. Por otro lado, puede haber una posición política. Se puede
considerar que el dinosaurio hace alusión al tipo de gobernante que no se
retira jamás de su cargo y que actúa según pautas poco éticas. Este
individuo puede identificarse con varios personajes en Latinoamérica. Es
importante recordar que el autor tuvo problemas durante la dictadura en
Guatemala y tuvo que exiliarse en México, por lo que muchas veces el
tema formó parte de su obra.

El dinosaurio de Monterroso nos remite de un modo inevitable al


comienzo impactante de La Metamorfosis de Kafka, tanto es así que El
dinosaurio es muy parecido.
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un
sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso
insecto.
https://ciudadseva.com/texto/la-metamorfosis/

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También de Monterroso podemos leer estos microrrelatos.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue
fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua
ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez
que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas
para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran
ejercitarse también en la escultura (La oveja negra)

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente


necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante
milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció
divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio,
y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había
dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades
que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las
montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se
produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien,
muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe (La fe y las
montañas, La oveja negra y demás fábulas, 1981)
https://ciudadseva.com/texto/la-fe-y-las-montanas/
Había una vez un Espejo de mano que cuando se quedaba solo y
nadie se veía en él, se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía
razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches
los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta
satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico (El espejo que no
podía dormir)

Se dice que había una vez un católico, según unos, o un protestante,


según otros, que en tiempos muy lejanos y asaltado por las dudas comenzó
a pensar seriamente en volverse cristiano; pero el temor de que sus vecinos
imaginaran que lo hacía para pasar por gracioso, o por llamar la
atención, lo hizo renunciar a su extravagante debilidad y propósito (El
apóstata arrepentido)

Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un


Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando,
pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos,
biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas
más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género
de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas

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contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin
que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis
(Los otros seis)

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y


presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la
lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.
Todo el mundo sabe —continuaba su razonamiento— que si los
Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma
de Jinete (Caballo imaginando a Dios)

—Es cierto —dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de


las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el
Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo
es que allí el cielo no se ve (El paraíso imperfecto)

Cerca del Bosque de Chapultepec vivió hace tiempo un hombre que


se enriqueció y se hizo famoso criando Cuervos para los mejores parques
zoológicos del país y del mundo y los cuales resultaron tan excelentes que
a la vuelta de algunas generaciones y a fuerza de buena voluntad y
perseverancia ya no intentaban sacar los ojos a su criador sino que por lo
contrario se especializaron en sacárselos a los mirones que sin falta y
dando muestras del peor gusto repetían delante de ellos la vulgaridad de
que no había que criar Cuervos porque le sacaban a uno los ojos (Los
cuervos bien criados)

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto


melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se
dedicó inmediatamente, pues odiaba este tipo de personas que dicen voy a
hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y
pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas. El
segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores
norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos
remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre
los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los
años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a
repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los
cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar
más.
—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.

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—Y muy buenos —le contestaban—; por eso mismo tiene usted que
publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos
quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo
voy a hacer”. Y no lo hizo (El zorro es más sabio)

Érase una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba
que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor
que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba
que era una Cucaracha (Monterroso, La cucaracha soñadora, La Oveja
Negra y demás fábulas)
Arreola

Muchos microrrelatos, como los de Arreola, están cerca de la breve


estructura ensayística, de la sátira, de la viñeta retratística, del poema; pero
esto también pasa en otros géneros, lo principal es que se mantengan los
rasgos genéricos básicos.

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre


que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual
de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero
andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos
de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de
cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos. En el umbral
de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su
cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un
fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada
por el sol. El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que
tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un
pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y
molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el
aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la
puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso,
desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se
lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del
caballero demente.
(Arreola, Teoría de Dulcinea, Bestiario)
https://www.uv.mx/lectores/cuentos/teoria-de-dulcinea-juan-jose-arreola/

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me


desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las

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caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos
invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas (Armisticio)

Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de


mí para encontrarte (Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco)

Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto


con las costillas intactas (Cláusula III)

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de


sus apariciones (Cuento de horror)
Casi toda la producción del escritor mexicano Arreola está
constituida por textos breves: Confabulario (1952), Bestiario (1959),
Confabulario total (1962), Palíndroma (1971) y Confabulario definitivo
(1986).

Borges

Por su parte, Borges transmite los enigmas de la personalidad, la


eternidad y la irrealidad del universo a través de algunos de sus
microrrelatos como el titulado Los dos reyes y los dos laberintos,
pertenecientes al Aleph (1949)
En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo
examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato
responde que será reprobado…(El adivino, Borges)

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los
primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus
arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan complejo y sutil
que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que
entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la
maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el
andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia
(para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el
laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la
tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no
profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en
Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer
algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y
estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus
castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima
de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo:
"¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste

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perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros;
ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay
escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que
recorrer, ni muros que te veden el paso."
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde
murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquél que no muere (Los dos
reyes y los dos laberintos, Borges)
El propio Borges, junto a Adolfo Bioy Casares, hizo la antología
Cuentos breves y extraordinarios (1973).
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es
exactamente infinito. Ninguna es la primera, ninguna es la última. No sé
por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a
entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número
(Borges, Infinitas páginas, El libro de arena)
https://ciudadseva.com/texto/el-libro-de-arena/
En 1960 Borges escribe El Hacedor, donde aparecen varios
microrrelatos al lado de los poemas: https://usercontent.one/wp/www.puro-
geek.com/wp-content/uploads/2021/11/jorge-luis-borges-El-
Hacedor-.pdf?media=1630018077, mientras que Bioy Casares compuso el
libro misceláneo Guirnalda con amores (1959), con microrrelatos que se
aproximan a la anécdota o la reflexión sobre el comportamiento humano.
Cortázar

Cortázar dio popularidad a este género en Europa con Historias de


cronopios y de famas (1962) y Un tal Lucas (1979), compuestos
exclusivamente por estas formas breves. También escribió libros
“misceláneos” como La vuelta al día en ochenta mundos (1967) y Último
round (1969).

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj


con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela
suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las
barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí
mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una
mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto
a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo
herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va
corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus
pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y
llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
(Cortázar, Instrucciones para dar cuerda al reloj, Historias de
cronopios y de famas)

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Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de
llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni
que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio
u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido
espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues
el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para
llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta
imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior,
piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de
Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará
con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los
niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en
un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
(Cortázar, Instrucciones para llorar, Historias de cronopios y de
famas)

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se


pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del
suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a ese plano, para dar
paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en línea quebrada,
hasta las alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano
izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal
correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón.
Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se
sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da
sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas
quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta
baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o
de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste
en mantener de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida,
aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente
superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir
una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la
derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo
excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño
dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte
equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de
confundirse con el pie antes citado). Le hace seguir hasta colocarla en el
segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y llevándola a la
altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con
lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los
primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la
coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie

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hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo
tiempo el pie y el pie). Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta
repetir alternativamente los movimientos hasta encontrarse con el final de
la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la
fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
(Cortázar, Instrucciones para subir una escalera, Historia de
cronopios y de famas)
https://www.textosenlinea.com.ar/cortazar/Historias%20de%20cronopios%
20y%20famas.pdf
Eduardo Galeano (1940-2015) es uno de los escritores más
reconocidos de América Latina con obras como El libro de los abrazos:
https://www.colegioemaus.edu.ar/assets/el-libro-de-los-abrazos.pdf
En su obra, analiza de manera crítica la realidad del continente.

En El mundo vislumbra la existencia humana como campos de


energía que entregan lo que tienen en su interior. De esta manera, lo
importante en la vida es cultivar el alma sobre otros intereses.

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo


subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde
arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay
dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos
los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente
de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos,
no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no
se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende (El mundo,
Galeano)

Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido.
La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño, para que el vencido no
resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la
boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre
(Celebración de la voz humana/1)

Ella estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que le
llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los dientes
apretados y los brazos cruzados. La madre pidió auxilio:
—Cuéntale un cuento, Onelio —pidió—. Cuéntale, tú que eres
escritor.
Y Onelio Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa,
comenzó su relato:

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—Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La
pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: “Te vas
a quedar enanita, pajarita, si no comes la comidita”. Pero la pajarita no
hacía caso a la mamita y no abría su piquito...
Y entonces la niña lo interrumpió:
—Qué pajarita de mierdita —opinó (El arte para los niños)

Dígame una cosa. Dígame si el marxismo prohíbe comer vidrio.


Quiero saber.
Fue a mediados de 1970, en el oriente de Cuba. El hombre estaba
ahí, plantado en la puerta, esperando. Me disculpé. Le dije que poco
entendía yo de marxismo, algo nomás, alguito, y que mejor consultaba a un
especialista en La Habana.
-Ya me llevaron a La Habana -me dijo-. Allá me vieron los médicos.
Y me vio el comandante. Fidel me preguntó: “Oye, ¿y lo tuyo no será
ignorancia?”
Por comer vidrio, le habían quitado el carnet de la Juventud
Comunista:
-Aquí, en Baracoa, me hicieron el proceso.
Trígimo Suárez era miliciano ejemplar, machetero de avanzada y obrero
de vanguardia, de ésos que trabajan veinte horas y cobran ocho, siempre
primero en acudir a voltear caña o tirar tiros, pero tenía pasión por el
vidrio:
-No es vicio -me explicó-. Es necesidad.
Cuando Trígimo era movilizado por cosecha o guerra, la madre le llenaba
la mochila de comida: le ponía algunas botellas vacías, para el almuerzo y
la cena, y para los postres, tubos de luz en desuso. También le ponía unas
cuántas lámparas quemadas, para las meriendas.
Trígimo me llevó a la casa, en el reparto Camilo Cienfuegos, de
Baracoa. Mientras charlábamos, yo bebía café y él comía lámparas.
Después de acabar con el vidrio, chupaba, goloso, los filamentos.
-El vidrio me llama. Yo amo al vidrio como amo a la revolución.
Trígimo afirmaba que no había ninguna sombra en su pasado. Él
nunca había comido vidrio ajeno, salvo una vez, una sola vez, cuando
estando muy loco de hambre le había devorado los anteojos a un
compañero de trabajo (La realidad es una loca de remate)

Una mañana nos regalaron un conejo de indias. Llegó a casa


enjaulado. Al mediodía le abrieron la puerta de la jaula. Volví a casa al
anochecer y lo encontré tal como le había dejado: jaula adentro, pegado a
los barrotes, temblando del susto de la libertad (El miedo, Galeano)

En España

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Uno de los autores españoles más relevantes en el camino hacia el
microrrelato en la primera mitad del siglo es Ramón Gómez de la Serna
con sus greguerías.

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió


estrangulado.

Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el


doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que
no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.

La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a


abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron
despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído
sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por
la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían
dejado encerrada con llave en el cuarto.

Llenos de terror, acudieron la policía y el juez. Era su deber.


Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un
dedo, porque era vigorosa como si en ella radicase junta toda la fuerza de
un hombre fuerte.

¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso?
¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?

Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma


para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano
de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y
destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia
(Ramón Gómez de la Serna, La mano)

Entre las autoras que cultivaron el género con asiduidad en los años
cincuenta cabe destacar a Ana María Matute con Los niños tontos (1956),
formada por piezas breves.
https://eclass.uoa.gr/modules/document/file.php/SPANLL227/Los%
20ni%C3%B1os%20tontos%281%29.pdf

La niña tenía la cara oscura y los ojos como endrinas. La niña


llevaba el cabello partido en dos mechones, trenzados a cada lado de la
cara. Todos los días iba a la escuela, con su cuaderno lleno de letras y la
manzana brillante de la merienda. Pero las niñas de la escuela le decían:
«Niña fea»; y no le daban la mano, ni se querían poner a su lado, ni en la

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rueda ni en la comba: «Tú vete, niña fea». La niña fea se comía su
manzana, mirándolas desde lejos, desde las acacias, junto a los rosales
silvestres, las abejas de oro, las hormigas malignas y la tierra caliente de
sol. Allí nadie le decía: «Vete». Un día, la tierra le dijo: «Tú tienes mi
color». A la niña le pusieron flores de espino en la cabeza, flores de trapo
y de papel rizado en la boca, cintas azules y moradas en las muñecas. Era
muy tarde, y todos dijeron: «Qué bonita es». Pero ella se fue a su color
caliente, al aroma escondido, al dulce escondite donde se juega con las
sombras alargadas de los árboles, flores no nacidas y semillas de girasol
(La niña fea)

Aquel niño era un niño distinto. No se metía en el río, hasta la


cintura, ni buscaba nidos, ni robaba la fruta del hombre rico y feo. Era un
niño que no amaba ni martirizaba a los perros, ni los llevaba de caza con
un fusil de madera. Era un niño distinto, que no perdía el cinturón, ni
rompía los zapatos, ni llevaba cicatrices en las rodillas, ni se manchaba
los dedos de tinta morada. Era otro niño, sin sueños de caballos, sin miedo
de la noche, sin curiosidad, sin preguntas. Era otro niño, otro, que nadie
vio nunca que apareció en la escuela de la señorita Leocadia, sentado en
el último pupitre, con su juboncito de terciopelo malva, bordado en plata.
Un niño que todo lo miraba con otra mirada, que no decía nada por todo
lo tenía dicho. Y cuando la señorita Leocadia le vio los dos dedos de la
mano derecha unidos, sin poderse despegar, cayó de rodillas, llorando y
dijo: ―¡Ay de mí, ay de mí! ¡El niño del altar estaba triste y ha venido a
mi escuela!
(Ana María Matute, El otro niño, Los niños tontos, 1956)

Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la


ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como
caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores
chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le
gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin
techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al
cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta
al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. ―Si al niño le
gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir‖. Pero el padre decía,
con alegría: ―No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que
piensa‖. Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia,
escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del
estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices.
Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los
sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y
les segaba la cabeza.

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(Ana María Matute, El niño que no sabía jugar, Los niños tontos,
1956)
Junto a Ana María Matute podemos leer Los crímenes ejemplares
(1957) de Max Aub como punto de partida en España de lo que es el
microrrelato.
Los crímenes ejemplares podrían ser incluidos en una tradición que
viene de los Caprichos de Goya.

Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en


la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos
hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad
inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a
uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un
criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy
tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden
aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no
obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán
conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella
condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho
menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se
pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy
un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si
ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había
citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las
ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y
Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me
dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si
hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido
nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde,
hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento.
Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos
cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo,
sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
-¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba
(Crimen ejemplar) https://ciudadseva.com/texto/crimen-ejemplar/
Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña
ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol
naciente, dorada. Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte,
cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer,
había desaparecido. Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo

17
que valía la pena, de acuerdo con sus ideas. -Ya te decía yo – le dijo a su
mujer. -Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi
hermana.
(Max Aub, El monte, Los pies por delante y otros cuentos
https://ciudadseva.com/texto/el-monte/)
https://www.academia.edu/34934108/Crimenes_ejemplares_Max_A
ub

En España también podemos destacar a Luis Mateo Díez, Juan


Pedro Aparicio y José María Merino, además de Juan José Millás
(Articuentos, 2011), y Manuel Vicent (A favor del placer, 1993), que han
compuesto piezas breves, “a caballo entre el artículo literario, la fábula y el
microrrelato”, donde utilizan componentes narrativos aunque no siempre
cuenten una historia.

Los invitados llegaron a casa a la hora prevista. Ángela y yo les


recibimos encantados. La cena fue exquisita. La conversación brillante y
entretenida hasta que las copas comenzaron a hacer efecto. Entonces se
iniciaron esos pequeños altercados que son fruto de las envidias y las
maledicencias y que lastran las amistades por largas que sean. Yo, como
siempre, me quedé dormido. Para las copas soy un desastre. Cuando
desperté, con el sol en la ventana y la mañana del domingo muy avanzada,
tardé un rato en percatarme del desastre en que se había convertido el
salón. Todo estaba destrozado. En la alfombra pisé una enorme mancha
que me pareció de sangre. La mancha se repetía en las paredes. Llamé a
Ángela, angustiado. La casa estaba vacía y lo que de ella pude ver, hasta
que sonó el teléfono, en parecidas condiciones al salón. El timbre del
teléfono acrecentó el dolor de cabeza que se apoderaba de mí. Me llevé la
mano a ella y sentí un bulto pegajoso. Temí desvanecerme. Descolgué el
aparato temblando. -Ninguno de vosotros me quiso nunca -musitó una voz
compungida y llorosa en el auricular, y en seguida escuché el sonido de un
disparo. Antes de salir al jardín y observar los cuerpos mutilados que
colgaban de los árboles dejé caer el teléfono con la sensación de que el
aroma quemado de la pólvora abrasaba mi mano.
(Luis Mateo Díez, Invitados, Los males menores)

La familia rodeaba al moribundo. El moribundo habló con lentitud:


—Siempre creí que yo no viviría mucho. Los niños clavaban en él sus
conmovidos ojos. El moribundo continuó tras un suspiro: —Siempre tuve el
presentimiento de que me iba a morir muy pronto. El reloj del comedor
tocó la media y el moribundo tragó saliva. —Luego, a medida que he ido
viviendo, llegué a creer que mi presentimiento era falso. El moribundo
concluyó juntando las manos: —Ahora, ya veis: con ochenta y seis años

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bien cumplidos comprendo que ese presentimiento ha sido la mayor verdad
de mi vida.
(Juan Pedro Aparicio, El presentimiento)

El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz


angustiada había dejado el siguiente mensaje: “Mamá, soy yo, Cristina,
que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si
puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme
estaré toda la tarde aquí, soy Cristina”.

Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin


cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos
conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son
como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las
pare.

Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del


contestador y alguien dijo: “Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y
encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada
todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo
soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU”. Evidentemente, tampoco
soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que
Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de
desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días
seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se
aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico
donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud
emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo
escuché: “Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta
misma tarde me voy a suicidar”. Tampoco soy Miguel, pero estuve tres
días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de
sucesos, y así no se puede vivir.

De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar


unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el
siguiente mensaje: “Marta, que vengas en seguida porque Manolito se ha
caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de
afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar
al bebé. Date prisa”. Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más
ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que
avisa no es traidor (Millás, Avisos)
https://narrativabreve.com/2014/11/microrrelato-juan-jose-millas-
avisos.html

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Era delgada y tenía el pelo blanco y largo como una actriz gótica.
Yo solo quería verla de nuevo y por eso le presté mi casaca. Para tener
una excusa y poder ir a su casa esta mañana. La madre se ha puesto a
llorar y me jura que su hija ha muerto hace años. Como no le he creído me
ha llevado hasta su tumba y allí estaba ella, blanca como una azucena y
con mi casaca negra sobre los brazos abiertos. Parecían alas. He querido
abrazarla y la madre me ha sujetado con fuerza. Ella corre hacia mí. No sé
quién me ha mordido primero (Fernando Iwasaki, La chica del auto-stop,
Por favor sea breve. Edición Clara Obligado, 2009).

Cómo puedes escribir un microrrelato (A modo de resumen)

-Busca y encuentra un título que será el embrión de tu microrrelato,


con una imagen evocadora. Atrapa a tu lector/a desde el inicio.

-Has de ser breve o muy breve, tan breve que apenas necesitarás
unas líneas para contar algo.

-El microrrelato se halla a medio camino entre distintos géneros


literarios. Siéntete libre para experimentar.

-Condensa una historia a pesar de no contar con muchas palabras, lo


que no signifique que tengas que resumirla. El microrrelato es tan sólo la
punta del iceberg de una historia mayor. Consiste en sugerir al lector para
que sea él quien imagine todo lo que no contamos. Comienza con el
clímax.

-Emplea elipsis. Aunque sí tiene una estructura, no obedece a la


clásica de presentación-nudo-desenlace. Comienza en la acción, en el
clímax. Cuenta sólo lo necesario para crear una imagen en la mente del
lector.

-Sé preciso en el empleo de las palabras adecuadas, elígelas bien.


Que no sobre ni falte nada, que cada palabra esté donde debe y que se trate
de la palabra correcta. Elige aquellas que evoquen aquello que quieres
transmitir. Revisa tu micro cuantas veces sean necesarias hasta alcanzar el
resultado que persigues. Tampoco debes usar muchos personajes o lugares,
ni contar algo que transcurra en un largo espacio de tiempo.

-Muestra lo que quieres contara través de una escena concreta.


El microrrelato tiene que dibujar en la mente del lector una escena
evocadora, con mucha fuerza, y el final ha de impactarle de manera que su

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imaginación no se detenga ahí, sino que siga trabajando una vez haya
concluido la lectura.

-Usa un giro final sorprendente o una frase que invite a la


reflexión.

-Emplea referencias conocidas. Si usas personajes famosos,


eventos históricos, situaciones literarias conocidas… no tendrás que
explicarlas.

-Escribe la historia lo mejor que puedas y luego revisa y recorta hasta


que consigas esa pequeña pieza de relojería que es el microrrelato.

*Ejercicios: Escribe un microrrelato al estilo de Monterroso o


Galeano o Arreola o Borges o Cortázar... Elige un solo estilo.

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