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Homilia

La homilía no debe ser utilizada por sacerdotes para emitir juicios o señalar a personas, ya que su función es ayudar a los fieles a comprender la Palabra de Dios y motivar a la conversión. Se deben respetar principios como la misericordia, la corrección fraterna y la dignidad de la persona, evitando así el daño y la desconfianza en la comunidad. La predicación debe ser un espacio de consuelo y luz, guiando a los fieles hacia Cristo en lugar de humillarlos.
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Homilia

La homilía no debe ser utilizada por sacerdotes para emitir juicios o señalar a personas, ya que su función es ayudar a los fieles a comprender la Palabra de Dios y motivar a la conversión. Se deben respetar principios como la misericordia, la corrección fraterna y la dignidad de la persona, evitando así el daño y la desconfianza en la comunidad. La predicación debe ser un espacio de consuelo y luz, guiando a los fieles hacia Cristo en lugar de humillarlos.
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Reflexión profunda: La homilía usada para juzgar

Por desgracia, cada vez es más frecuente escuchar a algún sacerdote


que usa la homilía para señalar con el dedo a alguien o a algún grupo
de personas. A veces movido por resentimiento o por enojo personal. Y,
paradójicamente, ese mismo sacerdote en otra ocasión puede predicar
diciendo que no hay que juzgar.

Se trata de un verdadero cortocircuito en el corazón del pobre


sacerdote, que quizá no tiene claro que la homilía es parte integrante
de la liturgia eucarística y cumple una función precisa: ayudar a los
fieles a comprender la Palabra de Dios y a traducirla en la vida (cf.
Sacrosanctum Concilium, 52).

No es un discurso personal, ni un espacio para desahogar juicios, sino


un acto de evangelización que debe anunciar la salvación e invitar a la
conversión con mansedumbre.

El Papa Francisco recuerda en Evangelii Gaudium:

«La homilía debe ser breve y evitar parecerse a una conferencia o una
clase. Debe tocar los corazones con la belleza de las imágenes y
motivar a hacer el bien» (EG, 138).

Cuando un presbítero utiliza la homilía para lanzar juicios duros contra


alguien, o peor aún, para aludir a personas presentes dando detalles
que las vuelven reconocibles, se violan tres principios fundamentales:

1. El principio evangélico de la misericordia

Jesús advierte con claridad:

«No juzguen y no serán juzgados» (Mt 7,1).


El juicio le corresponde solo a Dios. El anuncio cristiano debe ser
siempre una invitación a la conversión, no una condena pública.

2. El principio de la corrección fraterna

El Evangelio establece un método preciso:

«Si tu hermano comete una falta, ve y corrígelo a solas entre tú y él»


(Mt 18,15).

La homilía es un anuncio comunitario, no el lugar para tratar pecados


personales.

3. El principio de la dignidad de la persona

El Concilio Vaticano II recuerda que cada ser humano tiene una


dignidad inalienable. Exponer públicamente un pecado o una falta
(aunque no se diga el nombre, pero se dé a entender de quién se trata)
humilla a la persona y contradice la caridad cristiana.

Una homilía usada como instrumento de juicio:

• Destruye la comunión eclesial, porque genera miedo y desconfianza.

• Aleja de la Iglesia, sobre todo a quienes son más frágiles.

• Vuelve estéril el anuncio, porque en lugar de consolar y dar


esperanza, provoca resentimiento.

El Catecismo afirma:
«El respeto y el honor hacia la reputación de las personas prohíbe toda
actitud y palabra que puedan causar un daño injusto» (CEC, 2477).

El Misal Romano precisa:

«La homilía es necesaria para alimentar la vida cristiana; debe explicar


los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana, partiendo de la
Palabra de Dios» (IGMR, 65-66).

El Papa Francisco insiste:

«La homilía debe ser un diálogo del corazón entre el Señor y su pueblo,
mediado por el predicador» (EG, 142).

No un tribunal, no un escenario para emitir juicios, sino un espacio de


consuelo y de luz.

Si un sacerdote nota un comportamiento que le preocupa, el camino es


el diálogo personal y la corrección en la caridad, nunca la exposición
pública.

San Pablo enseña:

«Hermanos, si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes, que son


espirituales, corríjanlo con espíritu de mansedumbre» (Gal 6,1).

La Iglesia crece en la franqueza y en la verdad, pero siempre en la


caridad. Toda predicación debe llevar a Cristo, nunca a la humillación.

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