para realizar el deseo de que aquella muriese; y acentuadi cuya eficacia total y universal sólo se com,prende si es tam-
la normalidad, dio origen a la exagerada preocupación por la bién universalmente válida nuestra hipótesis sobre la psi-
madre como contrarreacción histérica y fenómeno de defen- cología infantil.
sa. Dentro de esta concatenación ya no es inexplicable que Me refiero a la saga de Edipo rey y al drama de Sófocles
las jóvenes histéricas muestren un apego tan tierno hacia que lleva ese título. Edipo, hijo de Layo (rey de Tebas) y
su madre. de Yocasta, es abandonado siendo niño de pecho porque un
También pude penetrar en profundidad la vida anímica oráculo había anunciado a su padre que ese hijo, todavía no
de un joven a quien una neurosis obsesiva le impedía casi la nacido, sería su asesino. Es salvado y criado como hijo de
existencia: no podía andar por la calle porque lo martirizaba reyes en una corte extranjera, hasta que, dudoso de su ori-
la prevención de que asesinaría a todos los que encontrase. gen, recurre también al oráculo y recibe el consejo de evitar
Pasaba los días urdiendo su coartada para el caso de que se su patria porque le está destinado ser el asesino de su padre
lo acusase de alguno de los asesinatos ocurridos en la ciudad. y el esposo de su madre. Entonces se aleja de la que cree su
Huelga decir que era un hombre de fina cultura y acendra- jiatria y por el camino se topa con el rey Layo, a quien da
da conciencia moral. El análisis —que por lo demás culminó muerte en una disputa rcjx:ntina. Después llega a Tebas,
con su curación— descubrió que la raíz de esa penosa re- donde resuelve el enigma propuesto por la Esfinge que le
presentación obsesiva eran sus impulsos de matar a su padre, iitiijn el camino. Aftradecidos, los tebanos lo eligen rey y
severo con algún exceso; para su asombro, tales impulsos lo premian con la mano de Yocasta. Durante muchos años
se habían exteriorizado en la conciencia cuando tenía siete reina en paz y dignamente, y engendra en su madre, no sa-
años, pero desde luego su origen se remontaba a la primera biendo quién es ella, dos varones y dos mujeres, hasta que
infancia. Después que murió su padre tras una dolorosa estalla una peste que motiva una nueva consulta al oráculo
enfermedad, y teniendo él treinta y un años, emergió el re- de parte de los tebanos. Aquí comienza la tragedia de Só-
proche obsesivo que se tradujo en la forma de esa fobia a focles. Los mensajeros traen la respuesta de que la peste
los extraños. De quien fue capaz de querer despeñar a su cesará cuando el asesino de Layo sea expulsado del país.
propio padre a los abismos, es creíble que tampoco perdo- Pero, ¿quién es él?
nará la vida a los que pasan; bien hará, pues, en encerrarse
en su habitación."* «Pero él, ¿dónde está él?
¿Dónde hallar la oscura huella de la antigua culpa?».
Según mis experiencias, y ya son muchas, los padres des- La acción del drama no es otra cosa que la revelación, que
empeñan el papel principal en la vida anímica infantil de avanza paso a paso y se demora con arte —trabajo com-
todos los que después serán psiconeuróticos; y el enamora- parable al de un psicoanálisis—, de que el propio Edipo es
miento hacia uno de los miembros de la pareja parental y el asesino de Layo pero también el hijo del muerto y de
el odio hacia el otro forman parte del material de mociones Yocasta. Sacudido por el crimen que cometió sin saberlo,
psíquicas configurado en esa época como patrimonio inal- Edipo ciega sus ojos y huye de su patria. El oráculo se ha
terable de enorme importancia para la sintomatología de la cumplido.
neurosis posterior. Pero no creo que los psiconeuróticos se líJipo rey es una de las llamadas tragedias de destino; su
distingan grandemente en esto de los otros niños que des- cíctto tráfico, se dice, estriba en la oposición entre la volun-
pués serán normales; que se creen algo por entero nuevo y tad oninipolcnlc de los dioses y la vana resistencia que a
propio de ellos. Mucho más verosímil, y abonado por ob- cllij oponen los Iionibres amenazados por la desgracia; los
servaciones ocasionales de niños normales, es que aquellos espectadores, conmoviilos hondamente, aprenderán en el
nos den a conocer, en forma extrema, esos deseos enamora- drama a somctcisc a la voluntad de los dioses y a compren-
dizos u hostiles hacia los padres que con menor nitidez e der su propia impoicncia. De acuerdo con esto, creadores
intensidad ocurren en el alma de casi todos los niños. En modernos intentaron producir un efecto trágico parecido ur-
apoyo de esta idea la Antigüedad nos ha legado una saga diendo esa misma oposición en una fábula inventada por
ellos. Sólo que los espectadores asistieron sin inmutarse al
'•••' [Este paciente se menciona nuevamente infra, 5, pág. 456.] fatal cumplimiento de una maldición o una predicción del
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oráculo en hombres inocentes que en vano se debatieron .laturaleza forzó en nosotros, y tras su revelación bien que-
contra ella; después de Edipo rey, las tragedias de destino rríamos todos apartar la vista de las escenas de nuestra
no produjeron efecto. niñez.^^
Si Edipo rey sabe conmover a los hombres modernos con En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hay un indi-
no menor intensidad que a los griegos contemporáneos de cio inconfundible de que la saga de Edipo ha brotado de un
Sófocles, la única explicación es que el efecto de la tragedia material onírico primordial cuyo contenido es la penosa tur-
griega no reside en la oposición entre el destino y la voluntad bación de las relaciones con los padres por obra de las pri-
de los hombres, sino en la particularidad del material en meras mociones sexuales. Aún no esclarecido Edipo, pero ya
que esa oposición es mostrada. Tiene que haber en nuestra caviloso con el recuerdo del oráculo, Yocasta lo consuela
interioridad una voz predispuesta a reconocer el imperio mencionándole un sueño que tantísimos hombres sueñan,
fatal del destino de Edipo, mientras que podemos rechazar, pero sin que eso, ella dice, importe nada;
por artificiosos, argumentos como los de Die Ahnjrau [de
Grillparzer] o de otras tragedias de destino. Y, en efecto, un «Son muchos los hombres que se han visto en sueños
factor así está contenido en la historia de Edipo. Su destino cohíihitando ron su madre: pero a(\»e\ para quien todo esto
nos conmueve únicamente porque podría haber sido el nues- es nniln, sopona sin pesadumbre la carga de la vida».
tro, porque antes de que naciéramos el oráculo fulminó so-
bre nosotros esa misma maldición. Quizás a todos nos es- I'",l sueño de tener comercio sexual con la madre sobrevie-
tuvo deparado dirigir la primera moción sexual hacia la ne, hoy como entonces, a muchos hombres, quienes lo cuen-
madre y el primer odio y deseo violento hacia el padre; tan indignados y atónitos. Es, bien se entiende, la clave de
nuestros sueños nos convencen de ello. El rey Edipo, que la tragedia y la pieza complementaria del sueño de la muerte
dio muerte a su padre Layo y desposó a su madre Yocasta, del padre. La fábula de Edipo es la reacción de la fantasía
no es sino el cumplimiento de deseo de nuestra infancia. frente a esos dos sueños típicos, y así como los adultos los
Pero más afortunados que él, y siempre que no nos hayamos vivencian con sentimientos de repulsa, así la saga tiene que
vuelto psiconeuróticos, hemos logrado después desasir de recoger en su contenido el horror y la autopunición. En lo
nuestra madre nuestras pulsiones sexuales y olvidar los demás, su configuración procede de un malentendido en la
celos que sentimos por nuestro padre. Retrocedemos espan- elaboración secundaria del material, al que procura poner al
tados frente a la persona en quien ese deseo primordial de
la infancia se cumplió, y lo hacemos con todo el monto de -•"• [Ñola agregada en 1914:] Ninguno de los descubrimientos de
represión que esos deseos sufrieron desde entonces en nues- la investigación psicoanalítica ha provocado una oposición tan acer-
ba, una negativa tan feroz ni unos malabarismos tan divertidos por
tra interioridad. A\ paso que el poeta en aquella investiga- parte de la crítica como esta referencia a las inclinaciones incestuo-
ción va trayendo a la luz la culpa de Edipo, nos va forzando sas infantiles, conservadas en lo inconciente. En los últimos tiempos
a conocer nuestra propia interioridad, donde aquellos im- se ha querido incluso presentar al incesto, contra todo lo que in-
pulsos, aunque sofocados, siguen existiendo. El contraste dica la experiencia, como meramente «simbólico». Ferenczi (1912c)
ha expuesto una ingeniosa sobreinterpretación del mito de Edipo,
con el cual el coro se despide de nosotros, basántlosc en un pasaje del epistolario de Schopenhauer. —• iAgre-
[Link] en 1919:1 E"l «complejo de Edipo», mencionado aquí, en La
inler/iretiHióii de los sueños, por primera vez, ha adquirido por obra
«. . .miradle: es Edipo, de ullctiores estudios una importancia insospechada para la com-
el que resolvió los intrincados enigmas prensión de la liisliiria de la lumianidad y el desarrollo de la religión
y ejerció el más alto poder; y la (ticidad. (t'.l. mi liliro 'Vólem y tabú, 1912-13 [ensayo IV].) •—
aquel cuya felicidad ensalzaban y envidiaban I En realidiul, lo esencial de este examen del complejo de Edipo y de
Edipo rey, como así también lo que sigue sobre Hamlet, ya había
todos los ciudadanos. sido planteado por Freud en una carta a Fliess del 15 de octubre de
¡Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal!», 1897 (Freud, 1950^;, Carta 71), AE, 1, págs. 307-8. Una insinuación
todavía más temprana del descubrimiento del complejo de Edipo
esa admonición nos hiere en nuestro orgullo —a nosotros, se incluyó en la carta del 31 de mayo de 1897 (Manuscrito N), ibid.,
pág. 296. La expresión «complejo de Edipo» parece haber sido uti-
que en sabiduría y en fortaleza nos creíamos tan lejos de lizada por primera vez en una obra publicada en «Sobre un tipo
nuestra infancia—. Como Edipo, vivimos en la ignorancia de particular de elección de objeto en el hombre» (Freud, \9\0h),
esos deseos que ofenden la moral, de esos deseos que la AE. 11, pág. 164.1
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servicio de un propósito teológico. (Cf. los sueños de exhi- a este el lugar junto a su madre, del hombre que le muestra
bición, págs, 254-5.) Desde luego, en este material como la realización de sus deseos infantiles reprimidos. Así, el
en cualquier otro, el intento de armonizar la omnipotencia horror que debería moverlo a la venganza se trueca en auto-
divina con la responsabilidad humana tiene que malograrse. rreproche, en escrúpulo de conciencia: lo detiene la sospecha
de que él mismo, y entendido ello al pie de la letra, no
En el mismo suelo que Edipo rey hunde sus raíces otra es mejor que el pecador a quien debería castigar. De tal
de las grandes creaciones trágicas, el Hamlet de Shakes- modo he traducido a lo conciente aquello que en el alma
peare,-"' Pero en el diverso modo de tratar idéntico material del protagonista tiene que permanecer inconciente; si al-
se manifiesta toda la diferencia de la vida anímica en esos guien quiere llamar histérico a Hamlet, no puedo yo sino
dos períodos de la cultura, tan separados en el liempo: se admitirlo como la consecuencia de mi interpretación. A ello
muestra el progreso secular de la represión en la vida espi- conviene muy bien la repugnancia por lo sexual que Hamlet
ritual de la humanidad. .En Edipo, como en el sueño, la fan- expresa en el coloquio con Ofelia, esa misma repugnancia
tasía del deseo infantil subterráneo es traída a la luz y reali- que en los años siguientes se apodera cada vez más del alma
zada; en Hamlcl permanece reprimida, y sólo averiguamos tlcl poeta hasta alcanzar su expresión culminante en Timón
su existencia —las cosas se encadenan aquí como en una (le Alciiíis. Desde luego, no jiuede ser sino la vida anímica
neurosis— por sus consecuencias inhibitorias. Cosa extraña: del propio creador la que nos sale al paso en Hamlet; de la
quedarse totalmente a oscuras acerca del carácter del héroe oiira de (¡eoig Biandes sobre Shakespeare (1896) tomo la
en nada perjudicó el efecto subyugante del más reciente de noticia de que el drama fue escrito inmediatamente después
esos dos dramas. La pieza se construye en torno de la vaci- de la muerte de su padre (en 1601), y por tanto en ple-
lación de Hamlet en cumplir la venganza que le está depa- no duelo, en la revivencia —tenemos derecho a suponerlo—
rada; las razones o motivos de esa vacilación, el íexto no de los sentimientos infantiles referidos a él. También es sa-
los confiesa; tampoco los ensayos de interpretación, que bido que un hijo de Shakespeare muerto prematuramente
son tantos y tan diversos, han podido indicarlos. Segíin la llevaba el nombre de Hamnct (idéntico a I l a m l e t ) . Si Ihi>7!-
concepción abonada por Goethe, y que es todavía hoy la Ict trata de la relación del hijo con los padres, Macbeth,
prevaleciente, Hamlet representa el tipo de hombre cuya escrito por esa misma época, aborda el tema de la esterili-
virtud espontánea para la acción ha sido paralizada por el dad. Así como cualquier síntoma neurótico, y también el
desarrollo excesivo de la actividad de pensamiento («debilita- sueño, son susceptibles de sobreinterpretación —y aun esta
da por la palidez del pensamiento»).* Oíros sost¡cni.'n que es indispensable para una comprensión plena—, de igual
el poeta quiso pintar un carácter cnfertni/.o, irresoluto, quc modo toda genuina creación literaria surgirá en el alma del
cae en el campo de la neurastenia. Pero la trama de la pic/n poeta por más de un motivo o incitación y admitirá más de
nos enseña que Hamlet en modo alguno se presenta como una interpretación. Aquí sólo he ensayado interpretar el es-
una persona incapaz para cualquier acción. Por dos veces lo trato más profundo de las mociones que se agitaban en el
vemos entrar en acción, una llevado por un súbito estallido alma del creador."^
de furia, cuando se abate sobre el que lo espía escondido
tras los tapices, y la otra con un plan meditado, y aun pér- '-'" [Ñola agregada en 1919:] Las indicaciones anteriores para una
loMiprcnsión analítica de Ilamlet han sido completadas después por
fido, cuando con el total desprejuicio de un príncipe del I'., jones y defendidas contra otras opiniones consignadas en la bi-
Renacimiento brinda a los dos cortesanos la misma muerte lilionrnlíii. (Vcnsc Jones, lyiOií ly, en forma más completa, 1949].)
que habían maquinado para él. ¿Qué lo inhibe, entonces, - \ Aa,rcnailo cu 19 50:] V,n cnanto a la premisa adoptada supra, a
en el cumplimiento de la tarea que le encargó el espectro salier, c|iie el autor de las obras de Shakespeare era el hombre de
Stratford, lie visto después mi error [cf. Freud, 1930£']. — [Agre-
de su padre? Aquí se nos ofrece de nuevo la conjetura: es gdílo en 1919;] Otros intentos de análisis de Macbeth se hallarán
la particular índole de esa tarea. Hamlet lo puede todo, en un ensayo mío [1916¿] y también en uno de Jckcls (1917). —
menos vengarse del hombre que eliminó a su padre y usurpó [La primera parte de esta nota se incluyó bajo una forma diferente
en la edición de 1911, pero se omitió desde 1914 en adelante: «Los
puntos de vista sobre el problema de Hamlet contenidos en el pasaje
-^ [Este párrafo se imprimió como nota al pie en la primera del texto han sido confirmados después y sustentados con nuevos
edición (1900), y fue incluido en el texto desde 1914 en adelante.] argumentos en un extenso estudio debido al doctor Ernest Jones, de
"• {Hamlet, acto III, escena 1.} Toronto (1910Í()- El ha señalado también la relación entre el ma-
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