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REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

INSTITUTO DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS COGNITIVO


CONDUCTUAL E INFANTO JUVENILES DIFERENCIAS
QUE SUMAN
SAN CRISTÓBAL - TÁCHIRA

Modelo Humanista

Autores: Jennifer Consolación García Colmenares V-24.782.982

Paola Andrea Cifuentes Ayala V-26.066.571

Cohorte 1

Facilitadores: Lic. David Marquez

Lic. Stephanny Delgado

San Cristóbal 02 de Junio de 2025


Índice
Introducción........................................................................................................................3

MODELO HUMANISTA......................................................................................................4

1. Enfoque humanista en psicoterapia..............................................................4

2. Historia y Evolución.............................................................................................5

3. Principales precursores......................................................................................6

4. Características Relevantes...............................................................................7

5. Técnicas de intervención utilizadas en trastornos e intervenciones


psicoterapéuticas
9

Conclusión.........................................................................................................................13

Referencias.......................................................................................................................14
Introducción

La psicoterapia humanista constituye una de las corrientes más


influyentes dentro de la psicología contemporánea y es reconocida como
la llamada “tercera fuerza” en oposición al conductismo y el
psicoanálisis. Surgida a mediados del siglo XX, se basa en una
concepción profundamente optimista de la naturaleza humana,
sosteniendo que cada persona posee un potencial innato para el
crecimiento, la autorrealización y el desarrollo de sus capacidades.
Desde este enfoque, la salud psicológica no se limita a la ausencia de
síntomas, sino que se concibe como un proceso de autodescubrimiento y
construcción de sentido, en el que la experiencia subjetiva, la libertad
personal y la responsabilidad individual desempeñan un papel central.

Este modelo teórico-práctico, plantea que el cambio terapéutico se


produce principalmente a través de una relación genuina entre
terapeuta y paciente, basada en la empatía, la aceptación incondicional
y la autenticidad. Más allá de técnicas rígidas o directrices impositivas,
la psicoterapia humanista valora el aquí y el ahora, confiando en la
tendencia natural de las personas hacia el desarrollo cuando se
encuentran en un entorno seguro y de apoyo. Su marco filosófico,
influido por la fenomenología y el existencialismo, concibe al ser
humano como un ente activo en la construcción de su propia vida, capaz
de elegir y dotar de significado a sus experiencias.

En el contexto de la infancia, el enfoque humanista ha encontrado


un campo de aplicación amplio, ya que reconoce en los niños la misma
capacidad de autoexploración y autorregulación que en los adultos,
adaptada a su forma natural de comunicarse: el juego. La presente
investigación abordará el fundamento teórico del enfoque humanista, su
historia y evolución, sus principales precursores, las características que
lo definen, sus técnicas terapéuticas más destacadas y su
implementación en la psicoterapia infantil.
MODELO HUMANISTA

1. Enfoque humanista en psicoterapia


El enfoque humanista surgió a mediados del siglo XX como reacción a
las corrientes predominantes (conductismo y psicoanálisis) y constituye
la “tercera fuerza” en psicología. Filosóficamente, hunde sus raíces en
tradiciones como el romanticismo, el existencialismo y la fenomenología,
que enfatizan la experiencia subjetiva y el libre albedrío. En este modelo
no se asume el determinismo clásico, por el contrario, se postula que las
personas son libres para elegir su forma de existencia y que la causa
principal de la conducta es la realidad subjetiva de cada individuo. Se
pone al ser humano “aspirante a la autorrealización plena” como centro
de estudio. De hecho, se considera que el ser humano es básicamente
bueno y está dotado de un impulso innato hacia el crecimiento personal.

“La psicoterapia humanista se enfoca en tratar el malestar desde el


propio individuo, promoviendo la toma de consciencia y un papel activo
del ‘cliente’ en su proceso” (Martínez, 2020). En lo psicológico, la
corriente humanista reivindica la importancia del yo experiencial: se
estudia al individuo como un todo biopsicosocial y como agente activo
en su desarrollo, no como un ente pasivo conformado por estímulos o
pulsiones inconscientes. El énfasis está en la capacidad de la persona
para construir su propio mundo interior único; de ahí que el tratamiento
se enfoque en el “aquí y ahora” y en facilitar la vivencia auténtica del
momento presente. En conjunto, la psicoterapia humanista postula que,
bajo las condiciones adecuadas, cada individuo dispone de recursos
internos para comprenderse mejor y orientarse hacia su realización
personal. Además, como movimiento histórico, fue formalizado en 1961
con la creación de la American Association of Humanistic Psychology y la
revista Journal of Humanistic Psychology, consolidándose en los años 60
como la División 32 de la APA.
2. Historia y Evolución.

La psicología humanista surge en el siglo XX, específicamente en las


décadas de 1950-60 en Estados Unidos como respuesta al desencanto
con los enfoques dominantes de la época: el psicoanálisis y el
conductismo. Ambos ofrecían visiones del ser humano
fundamentalmente deterministas y reduccionistas, que dejaban poco
espacio para la espontaneidad, la creatividad y la responsabilidad
personal. Abraham Maslow denominó esta nueva corriente como la
“Tercera Fuerza” de la psicología, en alusión a su papel complementario
al psicoanálisis y al conductismo. En contraste con la psicología
conductista y con el psicoanálisis, el humanismo reivindicó la libertad, la
singularidad y la experiencia subjetiva como ejes del estudio psicológico.

Los pioneros del humanismo fueron principalmente psicólogos


estadounidenses de mediados del siglo XX. Abraham Maslow formuló la
teoría de la jerarquía de necesidades y la idea de la autorrealización
como meta última del individuo; Carl Rogers desarrolló la terapia
centrada en la persona, enfatizando la empatía y la consideración
positiva incondicional en la relación terapéutica; Fritz Perls creó la
terapia Gestalt en los años 40-50, enfocada en la conciencia plena del
“aquí y ahora” y la responsabilidad y Rollo May integró la filosofía
existencial al ámbito psicológico durante los años 50-60. A fines de los
años 50, Maslow y Clark Moustakas coordinaron reuniones iniciales en
Detroit con colegas interesados en estos temas. Estos encuentros
preparatorios dieron origen poco después a la fundación de la American
Association for Humanistic Psychology (AHP) en la Universidad de
Brandeis. En 1964 tuvo lugar en Old Saybrook (Connecticut) la primera
conferencia invitacional de psicología humanista, donde figuras como
Maslow, Rogers, Rollo May y James Bugental discutieron el
planteamiento de un manifiesto programático y consolidaron el carácter
del movimiento.

La institucionalización del enfoque humanista se reflejó en la creación


de revistas y asociaciones especializadas, así como en su difusión en la
práctica profesional y educativa. En 1961 Anthony Sutich impulsó la
fundación del Journal of Humanistic
Psychology, primera revista académica dedicada al humanismo
psicológico. La AHP sirvió entonces de principal foro organizativo del
movimiento, auspiciando congresos y boletines; más tarde adoptaría
oficialmente el nombre “Association for Humanistic Psychology” al
expandirse internacionalmente. Con los años se integró el humanismo a
la estructura formal de la psicología: actualmente existe la Society for
Humanistic Psychology y múltiples asociaciones nacionales de psicología
humanista. El impacto en la práctica profesional fue significativo: los
principios humanistas inspiraron técnicas terapéuticas como la terapia
centrada en la persona y otras modalidades humanistas, y en educación
influyeron en la adopción de métodos de aula abierta, aprendizaje
autodirigido y enfoques pedagógicos centrados en el niño. De este
modo, el humanismo se consolidó como una corriente terapéutica
reconocida que aporta una visión optimista del crecimiento humano y
del potencial infantil.

3. Principales precursores
 Carl Rogers: (1902–1987) es considerado uno de los
fundadores de la psicoterapia humanista. Propuso la Terapia
Centrada en la Persona (o Cliente) como modelo terapéutico
donde el cambio genuino surge del propio cliente. Rogers
planteó que el terapeuta debe crear un clima terapéutico
seguro caracterizado por tres actitudes básicas:
autenticidad, empatía y aceptación incondicional positiva. En
otras palabras, el terapeuta genuino y sin máscaras, capaz
de entender el mundo interno del cliente sin juzgarle, facilita
que éste alcance una mayor conciencia de sí mismo. Rogers
sostenía además que “el hombre es un ser esencialmente
bueno” en búsqueda de su felicidad y autorrealización, y que
posee potenciales internos para modificarse cuando se
generan las condiciones adecuadas. Su terapia, desarrollada
en los años 40–50, puso énfasis en la relación terapéutica y
la alianza empática como factor clave de cambio,
desplazando el foco de técnicas específicas a la persona
misma.
 Abraham Maslow: (1908–1970) fue otro pilar de la psicología
humanista. Introdujo la jerarquía de necesidades, ilustrada
en una pirámide que culmina en la autorrealización. Según
Maslow, el crecimiento personal pleno sólo es posible una
vez que se satisfacen previamente las necesidades básicas
(fisiológicas, seguridad, afiliación y reconocimiento). En la
cúspide, la autorrealización implica desarrollar al máximo los
talentos y la creatividad propios. Maslow enfatizó la
importancia de experiencias cumbre y del potencial de las
personas para el crecimiento. Rogers y Maslow son “los
pioneros” del enfoque humanista en psicología. Sus
postulados cuestionaban el determinismo y la visión
pesimista de las otras escuelas, sosteniendo en cambio una
visión positiva del ser humano y su capacidad de elección.

 Virginia Axline: (1911–1984) adaptó los principios de Rogers


a la infancia. En 1947 desarrolló la Terapia de Juego No
Directiva o centrada en el niño, aplicando el enfoque
centrado en la persona a pacientes infantiles. En este
modelo, el niño dispone de libertad para jugar en un entorno
seguro; el terapeuta mantiene las mismas actitudes clave
rogerianas permitiendo que el niño explore sus sentimientos
a través del juego. Axline acuñó directrices básicas (por
ejemplo, aceptar al niño tal como es, permitirle expresarse
libremente, reflejar sus sentimientos) que subrayan la
importancia de que “sea el niño quien elija la dirección en la
que deben ir las sesiones”. Su obra, incluyendo casos
ilustrativos como Dibs in Search of Self (1964), mostró cómo
los niños pueden resolver conflictos internos y crecer
emocionalmente cuando se les brinda ese espacio
facilitador.

4. Características Relevantes
El enfoque humanista se caracteriza por varios principios claves (las
citas indican fuentes representativas):
 Enfoque en la autorrealización: Se asume que todo individuo posee
una tendencia actualizante innata hacia el crecimiento personal y
la realización de su potencial. Las necesidades y metas del cliente
guían el proceso, y la terapia busca facilitar su desarrollo pleno.
 Empatía: El terapeuta procura comprender y sentir el mundo
interno del cliente tal como lo vive él, captando su realidad
subjetiva. Esta conexión empática permite al cliente sentirse
comprendido y comenzar a integrar emociones difíciles.
 Aceptación incondicional positiva: Se valora al cliente “exactamente
como es”, sin juicios morales ni condiciones sobre su aceptación.
Esta actitud cálida y de profundo respeto crea un clima donde el
cliente puede explorar sus experiencias sin temor al rechazo.
 Autenticidad (congruencia): El terapeuta es genuino y transparente
con sus propios sentimientos, evitando mascararse o adoptar
posturas defensivas. La congruencia del terapeuta modela la
aceptación del yo auténtico y refuerza la confianza en la relación
terapéutica.
 Visión holística. Se considera a la persona como un todo integrado
(biopsicosocial). El individuo es visto en sus múltiples dimensiones
(física, emocional, cognitiva, social y espiritual), todas ellas
interconectadas. Por ejemplo, Garello destaca que el humanismo
concibe al hombre bajo una “visión holística” que integra cuerpo,
mente y entorno social. De este modo, no se estudian los síntomas
aislados, sino la construcción global del sujeto.
 Libre albedrío y responsabilidad personal: Se postula que las
personas tienen la capacidad de hacer sus propias elecciones y de
interpretar la realidad de manera única. Las circunstancias
externas influyen, pero no determinan por completo al individuo.
Rogers y sus seguidores resaltan la responsabilidad del cliente en
su cambio.
 Enfoque en la experiencia subjetiva y presente: La realidad humana
se ve como producto de las percepciones personales de cada
quien. Por ello, la terapia se centra en el “aquí y ahora” y en las
vivencias actuales más que en reinterpretaciones del pasado. Se
evita la interpretación simbólica excesiva;
en cambio, se otorga valor al propio relato del cliente. Como se
señala sobre el proceso terapéutico, éste es “no interpretativo y se
centra en el presente” usando los contenidos que el paciente
aporta.

Estas características se resumen en la frase rogeriana que guía la


práctica humanista: “no podemos cambiar, no podemos alejarnos de lo
que somos hasta que aceptamos lo que somos”. En conjunto, el enfoque
humanista enfatiza el poder sanador de una relación de confianza,
empatía y aceptación, creyendo en la tendencia natural de cada persona
a crecer y dar sentido a su vida.

5. Técnicas de intervención utilizadas en trastornos e


intervenciones psicoterapéuticas

El enfoque humanista en la intervención terapéutica con población


infanto-juvenil se basa en la creencia fundamental de que cada niño o
adolescente posee un potencial innato para el crecimiento, la
autorrealización y la capacidad de superar las dificultades. A diferencia
de otros enfoques que pueden centrarse en la patología o en la
modificación de conductas específicas, el humanismo pone el acento en
la persona como un ser único, valioso y con recursos propios.

Las intervenciones humanistas con niños y adolescentes no son


rígidas ni prescriptivas, sino que se adaptan a las necesidades
individuales de cada joven. Se centran en construir una relación
terapéutica sólida y en facilitar la autoexploración. Algunas de las
técnicas y estrategias utilizadas incluyen:

 Terapia de Juego: Es una herramienta fundamental, especialmente


con niños pequeños, ya que el juego es su lenguaje natural. A
través del juego (simbólico, libre, estructurado), los niños pueden
expresar emociones, explorar situaciones conflictivas y ensayar
nuevas formas de comportamiento en un entorno seguro y
contenido. Esta modalidad adapta los principios de Rogers al
contexto lúdico del niño: el terapeuta prepara un espacio con
juguetes y materiales diversos, y el niño decide libremente cómo
jugar. El papel del terapeuta es facilitador, no directivo:
permanece atento y abierto, reflejando los juegos y emociones del
niño sin interpretaciones forzadas.
En la práctica, esto se traduce en intervenciones como las
siguientes: durante la sesión, un niño con dificultades para
expresarse podría escoger muñecos o títeres y actuar una
situación de conflicto; el terapeuta observará y repetirá frases
como “Parece que te preocupas por lo que le pasó a tu muñeco”,
ayudando al niño a poner palabras a lo vivido. Otro ejemplo: un
niño muy retraído puede sentirse libre para dibujar escenas que le
angustian mientras el terapeuta muestra plena atención y
aceptación. En cada caso, las decisiones las toma el niño y el
terapeuta no impone ningún contenido, solo proporciona empatía,
reflejo y apoyo emocional.

 Arteterapia: Aquí el niño utiliza materiales artísticos (dibujo,


pintura, modelado) como medio de expresión emocional. El
proceso creativo permite externalizar ansiedades o conflictos (por
ejemplo, un dibujo que simboliza un miedo) y el terapeuta
humanista, con actitud comprensiva, ayuda a interpretarlos
respetuosamente. La espontaneidad artística facilita la exploración
de sentimientos, reforzando la autoestima y la comunicación no
verbal.

 Uso de Metáforas y Narrativas: A través de historias, imágenes


simbólicas o relatos, el terapeuta acompaña al niño o adolescente
a dar sentido a sus experiencias y resignificar eventos dolorosos.
El joven puede crear su propia historia, incorporar elementos
positivos y redefinirse a partir de sus recursos internos. Por
ejemplo, un niño que vivió una separación parental puede narrar
su experiencia como un viaje en el que, a pesar de los obstáculos,
descubre aliados y herramientas para avanzar. Las narrativas
permiten una comprensión más profunda y flexible de la propia
vida, facilitando el cambio.

 Escucha Activa y Reflejo de Sentimientos: Aunque no es una técnica


“simbólica” por sí sola, constituye la base de todas las
intervenciones humanistas. El terapeuta adopta una actitud
genuina y no directiva, validando
los sentimientos infantiles en cada actividad. Nombrar o reflejar la
emoción que el niño expresa (por ejemplo: “Veo que ese dibujo
muestra mucha tristeza”) le hace sentir comprendido y seguro.
Este estilo de intervención fortalece el vínculo terapéutico y
potencia que el niño construya sus propios recursos de
afrontamiento.

 Dramatización terapéutica (psicodrama infantil): Mediante el juego de


roles, cuentos teatrales o muñecos, el niño recrea situaciones
estresantes o traumáticas. Al dramatizar, puede enfrentar sus
miedos con distancia simbólica y recibir apoyo emocional. Esta
técnica, usada con cuidado no invasivo, le brinda control sobre la
situación narrada. Por ejemplo, representar con títeres escenas de
apego puede ayudar a un niño a vivir y resolver tensiones en el
vínculo familiar de manera segura.

 Preguntas Abiertas: Se utilizan para promover la reflexión y la


autoexploración, invitando al niño o adolescente a expresar
libremente sus pensamientos y emociones. En lugar de ofrecer
respuestas o interpretaciones cerradas, el terapeuta formula
preguntas que estimulan la elaboración personal, como “¿Qué
crees que necesitas para sentirte mejor?” o “¿Qué significado
tiene para ti esta situación?”. Este tipo de intervención fomenta la
autonomía, la toma de decisiones y la responsabilidad sobre el
propio proceso de cambio, principios fundamentales del enfoque
humanista.

 Enfoque en las Fortalezas: Consiste en centrar la atención


terapéutica en las habilidades, recursos y cualidades positivas del
menor, más que en sus limitaciones o problemas. El terapeuta
ayuda al niño o adolescente a identificar momentos en los que ha
afrontado con éxito dificultades, reforzando así su autoestima y
sentido de eficacia personal. Por ejemplo, un niño con ansiedad
social puede ser guiado a reconocer sus logros en interacciones
previas, para que los utilice como base en nuevos desafíos.
 Creación de un Espacio Seguro y Nutritivo: El entorno terapéutico se
diseña para ser cálido, acogedor y libre de juicios, transmitiendo
respeto y aceptación incondicional. Este espacio simbólico y real
permite que el menor explore sus emociones sin temor a críticas,
lo cual es crucial para trabajar con experiencias traumáticas o de
vergüenza. El ambiente seguro potencia la apertura emocional y
favorece que el niño se exprese a través del juego, el arte o la
conversación.

 Trabajo con la Incongruencia: El terapeuta ayuda al joven a


identificar la discrepancia entre su self real (cómo se percibe en el
presente) y su self ideal (cómo le gustaría ser). Reconocer esta
distancia permite trabajar hacia una mayor congruencia,
fomentando la autoaceptación y la coherencia interna. Por
ejemplo, un adolescente que se percibe como “tímido” pero desea
ser “más sociable” puede explorar pequeños pasos para actuar en
coherencia con esa meta, sin perder su autenticidad.
Conclusión

El enfoque humanista en psicoterapia ha representado un cambio


profundo en la manera de comprender y acompañar el desarrollo
humano. Frente a los modelos deterministas y reduccionistas que
dominaron la primera mitad del siglo XX, esta corriente colocó en el
centro de la práctica clínica valores como la libertad, la responsabilidad
personal, la autenticidad y la confianza en el potencial de cada
individuo. Su evolución histórica muestra cómo, desde sus fundamentos
filosóficos y su consolidación como movimiento organizado, ha logrado
integrar un marco teórico sólido con estrategias terapéuticas que
priorizan la relación genuina entre terapeuta y paciente como motor de
cambio.

En el ámbito infantil, la psicoterapia humanista ha demostrado ser


una herramienta particularmente valiosa al reconocer que el juego
constituye el medio natural de expresión y comunicación de los niños. La
Terapia de Juego Centrada en el Niño, inspirada en la obra de Virginia
Axline, no solo facilita la exploración emocional y la resolución de
conflictos internos, sino que también fomenta el desarrollo de la
autoestima, la autonomía y la autorregulación emocional. Los resultados
empíricos recientes respaldan la eficacia de este enfoque en diversas
problemáticas, reafirmando su relevancia clínica y educativa.

En definitiva, el enfoque humanista ofrece una visión integradora y


optimista del ser humano, que trasciende la simple eliminación de
síntomas para enfocarse en el desarrollo pleno de las capacidades y
potencialidades de la persona. En el trabajo con niños, esta perspectiva
aporta una metodología respetuosa, flexible y adaptada a sus
necesidades, reafirmando que cuando se les brinda un entorno seguro,
de aceptación y empatía, los menores despliegan de forma natural sus
recursos internos para crecer y transformarse. Así, el humanismo
continúa siendo una corriente terapéutica vigente, capaz de aportar
soluciones significativas tanto en la clínica como en la educación.
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