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Silvina Ocampo

Silvina Ocampo fue una escritora argentina que enfrentó dificultades para ser reconocida en el ámbito literario, especialmente a inicios del siglo XX. Su obra se vio favorecida por la revista Sur, fundada por su hermana Victoria Ocampo, donde publicó su primer libro de cuentos en 1937. La narrativa de Ocampo se caracteriza por el uso de elementos fantásticos y estrategias como la intriga de predestinación, que generan un efecto de suspenso en sus relatos.

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Silvina Ocampo

Silvina Ocampo fue una escritora argentina que enfrentó dificultades para ser reconocida en el ámbito literario, especialmente a inicios del siglo XX. Su obra se vio favorecida por la revista Sur, fundada por su hermana Victoria Ocampo, donde publicó su primer libro de cuentos en 1937. La narrativa de Ocampo se caracteriza por el uso de elementos fantásticos y estrategias como la intriga de predestinación, que generan un efecto de suspenso en sus relatos.

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Silvina Ocampo

Para las mujeres escritoras no fue fácil conquistar el espacio de las letras. Aún a fines
del siglo XIX y principio del XX, publicar obras, asistir a reuniones de los círculos
literarios y contar con el reconocimiento de los pares eran consideradas actividades
inaccesibles para las mujeres.
El proyecto cultural de la revista Sur permitió la difusión de obras de jóvenes
intelectuales argentinos en Europa y Estados Unidos, y a la vez, la traducción de
escritores extranjeros. Su fundadora fue Victoria Ocampo, hermana de Silvina. En 1931
apareció la primera publicación de la revista. Si bien se le criticaba su postura
europeísta y liberal que privilegiaba la traducción de autores europeos y una estética
vinculada al grupo Florida, la revista Sur determinó la conformación de un grupo
importante de escritores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, José Bianco y
Silvina Ocampo, entre otros.
En 1937 la revista Sur publicó el primer libro de cuentos de Silvina Ocampo: Viaje
olvidado. Fue una de las primeras narradoras cuya obra logró cierta difusión gracias a su
trabajo en Sur y su vínculo con el grupo Florida, aunque la cercanía con escritores del
grupo solapó mucho tiempo el reconocimiento de su literatura.
Las hermanas Ocampo provenían de una aristocrática familia de Buenos Aires, fueron
educadas en Europa. Silvina se dedicó a estudiar pintura en Francia y, si bien nunca la
abandonó, fue en su obra escrita donde pudo expresarse y trascender. En 1940 se casó
con el escritor Adolfo Bioy Casares. Ese año la pareja publicó junto con Jorge Luis
Borges la Antología de la literatura fantástica. En 1946 se publica Los que aman,
odian, novela policial escrita por la pareja.
Estos datos bibliográficos permiten contextualizar a la autora y su obra, pero las claves
de lectura solo pueden encontrarse en sus textos así que vale aclarar que lo que se
presenta es un recorrido que invita a seguir descubriendo la obra de Silvina Ocampo con
mayor profundidad dado que su literatura se caracteriza por ser compleja a nivel
temático y estructural.

Entre las múltiples formas de narración elegidas por Silvina Ocampo, la fantástica fue
una de las más explotadas. Existe un efecto de “algo más” que no se manifiesta
explícitamente. Este efecto se ve en su narrativa a través de la presencia de elementos de
la tradición literaria como metamorfosis, relaciones mitológicas o deformaciones de lo
real.
El suspenso del relato es un efecto que resulta, entre otras cosas, de aplicar una
estrategia denominada intriga de predestinación que consiste en anticipar de manera
ambigua, en las frases iniciales de dicho relato, un posible desenlace de la historia que
se va a narrar. Este recurso favorece el suspenso, en la medida en que predispone al
lector a esperar una resolución que tardará en concretarse. Así, el principio de La soga
nos sugiere ese futuro desastre que estaremos esperando que suceda en cualquier
momento.
La Soga, de Silvina Ocampo

A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del
tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la
chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que
servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva,
para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos.
Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga;
ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un
árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles,
después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente
una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la
cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito
las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía
cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga,
como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego,
poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel
movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un
circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”La soga parecía tranquila cuando
dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con
el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y
desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre
sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de
echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar
atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para
lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor. Si alguien le pedía: —Toñito, préstame la
soga. El muchacho invariablemente contestaba: —No. A la soga ya le había salido una
lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada,
parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buen.
Una soga, ¿de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en
las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto
y le dio agua. La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada
movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía. Toñito tomó la
costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita
sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. Una tarde de diciembre, el sol,
como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba
comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la
soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de
Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo
lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto
a él, lo velaba.

ACTIVIDAD 1
A. La intriga de la predestinación es una de las estrategias que caracterizan el
estilo de Silvina Ocampo. Aparece en La soga, pero también en otros
relatos.
Localizar el segmento donde se verifica la intriga de la predestinación y
comparar el efecto que genera en el siguiente cuento:
La boda
http://leedor.com/2018/04/22/la-boda-silvina-ocampo/

En casi todos los cuentos de Silvina Ocampo aparecen niños y niñas como protagonistas
o co-protagonistas. Algunos de ellos suelen ser siniestros o muy problemáticos, tal
como habrán observado en La boda. Los mundos de la infancia y la adolescencia están
atravesados por la crueldad y la perversión. Se establece así, un vínculo entre dos
esferas generalmente separadas: la infancia y la muerte. En Cielo de claraboyas el
recuerdo de una niña que presencia la muerte de Celestine, otra niña, se encuentra
organizado, al igual que en otros relatos, a través del uso de la metonimia1:

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del
hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía
vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves
sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras
achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño.

“No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a
quien acababan de darle un beso para que se durmiera, que no quería dormirse), y la
sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies
embotinados de institutriz perversa.”

“El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la
pollera furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó,
haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: `¡voy a matarte!´ Y como un trueno que
rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su
contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo,
como el que precede al llanto de un niño golpeado. Despacito fue dibujándose en el
vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados
con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer
anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del
patio.”

Este cuento se caracteriza por la velocidad del relato y las imágenes que se reconstruyen
desde la focalización de una niña que a través de una claraboya presencia un crimen. La
visualización de los hechos no es clara porque algo se interpone entre el ojo y lo que
1
2 La metonimia es una figura literaria que consiste en la sustitución de un término por otro que presenta con el
primero una relación de contigüidad espacial, temporal o causal. Tienen más ejemplos en
http://retorica.librodenotas.com/Recursos-estilisticos-semanticos/metonimia
ocurre. Algo similar en relación a mostrar/ocultar se evidencia en el cuento La calle
Sarandí.
Actividad 2
1. Leer:

La calle Sarandí

No tengo el recuerdo de otras tardes más que de esas tardes de otoño que han quedado presas
tapándome las otras. Los jardines y las casas adquirían aspectos de mudanza, había invisibles
baúles flotando en el aire y presencias de forros blancos empezaban ya a nacer sobre los muebles
obscuros de los cuartos. Solamente las casas más modestas se salvaban de las despedidas
invernales. Eran tardes frescas y los últimos rayos del sol amarillo, de este mismo rosado–
amarillo, envolvían los árboles de la calle Sarandí, cuando yo era chica y me mandaban al
almacén a comprar arroz, azúcar o sal. El miedo de perder algo me cerraba las manos
herméticamente sobre las hojas que arrancaba de los cercos; al cabo de un rato creía llevar un
mensaje misterioso, una fortuna en esa hoja arrugada y con olor a pasto dentro del calor de mi
mano. En la mitad del trayecto, de la casa donde vivíamos al almacén, un hombre se asomaba,
siempre en mangas de camisa y decía palabras pegajosas, persiguiendo mis piernas desnudas con
una ramita de sauce de espantar mosquitos. Ese hombre formaba parte de las casas, estaba
siempre allí como un escalón o como una reja. A veces yo doblaba por otro camino dando una
vuelta larguísima por el borde del río, pero las crecientes me impedían muchas veces pasar, y el
camino directo se volvía inevitable. Mis hermanas eran seis, algunas se fueron casando, otras se
fueron muriendo de extrañas enfermedades. Después de vivir varios meses en cama se levantaban
como si fuera de un largo viaje entre bosques de espinas; volvían demacradas y cubiertas de
moretones muy azules. Mi salud me llenaba de obligaciones hacia ellas y hacia la casa. Los
árboles de la calle Sarandí se cubrían de oleajes con el viento. El hombre asomado a la puerta de
su casa escondía en el rostro torcido un invisible cuchillo que me hacía sonreírle de miedo y que
me obligaba a pasar por la misma vereda de su casa con lentitud de pesadilla. Una tarde más
obscura y más entrada en invierno que las otras, el hombre ya no estaba en el camino. De una de
las ventanas surgió una voz enmascarada por la distancia, persiguiéndome, no me di vuelta pero
sentí que alguien me corría y que me agarraban del cuello dirigiendo mis pasos inmóviles adentro
de una casa envuelta en humo y en telarañas grises. Había una cama de fierro en medio del cuarto
y un despertador que marcaba las cinco y media. El hombre estaba detrás de mí, la sombra que
proyectaba se agrandaba sobre el piso, subía hasta el techo y terminaba en una cabeza chiquita
envuelta en telarañas. No quise ver más nada y me encerré en el cuartito obscuro de mis dos
manos, hasta que llamó el despertador.
Las horas habían pasado en puntas de pie. Una respiración blanda de sueño invadía el silencio; en
torno de la lámpara de kerosene caían lentas gotas de mariposas muertas cuando por las ventanas
de mis dedos vi la quietud del cuarto y los anchos zapatos desabrochados sobre el borde de la
cama. Me quedaba el horror de la calle para atravesar. Salí corriendo desanudando mis
manos; volteé una silla trenzada del color del alba. Nadie me oyó. Desde aquel día no volví a ver
más a aquel hombre, la casa se transformó en una relojería con un vendedor que tenía un ojo de
vidrio. Mis hermanas se fueron yendo o desapareciendo junto con mi madre. A fuerza de lavar el
piso y la ropa, a fuerza de remendar las medias, el destino se apoderó de mi casa sin que yo me
diera cuenta, llevándoselo todo, menos el hijo de mi hermana mayor. No quedaba nada de ellas,
salvo algunas medias y camisones remendados y una fotografía de mi padre, rodeado de una
familia enana y desconocida. Ahora en este espejo roto reconozco todavía la forma de las trenzas
que aprendí a hacerme de chica, gruesa arriba y finita abajo como los troncos de los palos
borrachos. La cabeza de mi infancia fue siempre una cabeza blanca de viejita. Mi frente de ahora
está cruzada por surcos, como un camino por donde han pasado muchas ruedas, tantas fueron las
muecas que le hice al sol. Reconozco esta frente nunca lisa, pero ya no conozco al chico de mi
hermana, era tierno y lo creí para siempre un recién nacido cuando me lo dieron todo envuelto en
una pañoleta de franela celeste porque era un varón. Me despertaba por las mañanas con una risa
de globitos bañada de aguas muy claras y su llanto me bendecía las noches. Pero la ropa que me
entregaban algunas familias para lavar o para coser, las vainillas de los manteles, las costuras,
invadían mis días mientras que el chico de mi hermana gateaba, aprendía a caminar e iba a la
escuela. No me di cuenta de que su voz se había desbarrancado de una manera vertiginosa a los
dieciséis años, como la voz de ese compañero de colegio que le ayudaba a hacerlos deberes. No
me di cuenta hasta el día en que pronunció un discurso ensayándose para una fiesta en el colegio;
hasta entonces había creído que esa voz obscura salía de la radio de al lado. Cuántas vainillas
habré hecho, vainillas de manteles y vainillas de bizcochuelo (pues no puedo desperdiciar la
oportunidad de cocinar algunos bizcochuelos o dulces para vender de vez en cuando), cuántos
ruedos y dobladillos habré cosido, cuánta espuma blanca habré batido lavando la ropa y los pisos.
No quiero ver más nada. Este hijo que fue casi mío, tiene la voz desconocida que brota de una
radio. Estoy encerrada en el cuartito obscuro de mis manos y por la ventana de mis dedos veo los
zapatos de un hombre en el borde de la cama. Ese hijo fue casi mío, esa voz recitando un discurso
político debe de ser, en la radio vecina, el hombre con la rama de sauce de espantar mosquitos. Y
esa cuna vacía, tejida de fierro...Cierro las ventanas, aprieto mis ojos y veo azul, verde, rojo,
amarillo, violeta, blanco, blanco. La espuma blanca, el azul. Así será la muerte cuando me
arranque del cuartito de mis manos.

ACTIVIDAD 2:

A. ¿Cuál es el recuerdo que recupera la protagonista? ¿De qué manera este cuento
puedo vincularse con la ESI? Justificar
B. Transcribir dos metonimias que hayan sido utilizadas en el relato.

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