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Las Cartas en El Nuevo Testamento

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Las cartas en el Nuevo Testamento

Aunque no es la primera en ser escrita, la carta a los Romanos es la más importante de Pablo y la
que más interpretaciones y discusiones ha generado a lo largo de la historia del pensamiento
cristiano. Al dirigirse a los romanos, Pablo ya es un experimentado misionero que ha fundado
iglesias. Él quiere viajar al occidente de Europa, incluso hasta España, y por esto se presenta ante
la comunidad de Roma y les muestra lo que para él significa el evangelio: una salvación por la fe
en Jesucristo, ofrecida a todos los hombres y mujeres sin discriminación, que nos hace parte de
una comunidad y nos permite encontrarnos con Dios, o ser encontrados por él, la búsqueda
esencial. En este sentido, la justificación por la fe nos lleva a practicar la justicia y la inclusión hacia
los demás. El que recibe gracia, extiende gracia.
1 y 2 Corintios es el registro de una larga correspondencia entre Pablo y la comunidad de
cristianos que vivía en la ciudad de Corinto. De esta correspondencia se conservan fragmentos,
que fueron recopilados en las dos cartas que conocemos. Una de las teorías más aceptadas entre
los especialistas es que 1 Corintios es la recopilación de dos cartas, mientras que 2 Corintios
recoge cuatro cartas. Pablo intenta responder a varias preguntas y problemas. Se evidencia un
fuerte enfrentamiento de grupos cristianos: la misión paulina enfrentada a las misiones helenistas.
Estos últimos se jactan de un evangelio de grandes palabras y de ser unos super-apóstoles. Pablo,
por el contrario, se ampara en la imagen de un Jesús sencillo, un mesías crucificado. Tal imagen
rompe con el esquema de predicadores ricos y poderosos, y de su dios ansioso de gloria y poder:
Porque los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos
un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados,
tanto judíos como griegos, un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es
más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios más fuerte que la fortaleza de los
hombres. (1 Cor 1,22-25).
Gálatas es una carta en la que Pablo demuestra la continuidad de su mensaje con el de Jesús de
Nazaret. A diferencia de los predicadores helenistas, en esta ocasión Pablo enfrenta a un grupo de
cristianos provenientes del judaísmo, que predican que son las leyes las que nos acercan más a
Dios, y en el cumplimiento de los mandamientos está la salvación. Esta predicación llega al
extremo de afirmar que, para ser cristianos, hay que volverse judíos. Así rechazan a quienes no se
convierten en judíos, es decir, no se circuncidan ni guardan los mandamientos de Moisés. Pero
Pablo, amparado en el evangelio de la gracia acogedora, demuestra que ante Dios todos somos
iguales, y que la gracia nos trae libertad, que la bondad practicada es consecuencia de la gracia, y
no condición para alcanzar el favor de Dios:
Por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios. Los que se han bautizado
consagrándose a Cristo se han revestido de Cristo. Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y
libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a
Cristo, son descendencia de Abrahán, herederos de la promesa (Gal 3,26-29).
Efesios es una carta tardía en la que se valora la plenitud espiritual de la comunidad de creyentes
y en Cristo, no sólo en el ámbito celestial sino también terrenal. Las tensiones con los grupos
judeo-cristianos han avanzado. Por esto muchos cristianos sienten dudas acerca de su salvación y
de su vida plena en Cristo. El autor escribe para mostrar que Dios ha escogido y asegurado a las
personas marginadas y las ha hecho parte de una gran familia, que es la Iglesia (no es todavía lo
que conocemos ahora como “Iglesia” –con sus estructuras y doctrinas-, sino un grupo de hermanos
y hermanas que se reúnen en torno a la memoria del Crucificado), nueva creación de una
humanidad unificada; edificio compacto y cuerpo en crecimiento que se llena de la plenitud de
aquel que llena completamente todas las cosas (1,22s). La unidad de esta Iglesia se realiza
derribando muros, aboliendo divisiones, e infundiendo un Espíritu fraterno.
Filipenses es una invitación a la alegría por parte de un hombre que está en las más difíciles
circunstancias. Desde la cárcel (1,7.13.17), Pablo retoma un himno cristológico (2,6-11), un
profundo poema acerca del Dios que se vacía de su divinidad para participar con los hombres de
todo lo humano y llevarlos en un camino de ascenso cristológico hacia la resurrección. Este Dios,
que no considera el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, es ejemplo de sencillez y
humanidad, por lo cual Dios le exalta. En esta línea de despojamiento, Pablo reflexiona sobre la
gratuidad de la vida, aún en medio de la desgracia, con un tono muy similar a la literatura estoica,
principalmente a las cartas de Séneca:
[…] he aprendido a bastarme con lo que tengo. Sé lo que es vivir en la pobreza y también en la
abundancia. Estoy plenamente acostumbrado a todo, a la saciedad y el ayuno, a la abundancia y
la escasez. Todo lo puedo en aquel que me da fuerzas (Fil. 4,11-13).
Similar a Efesios, Colosenses es un texto tardío que habla de la posición espiritual de Cristo frente
a las potencias del mal. En la antigüedad, se pensaba que todo lo que no podían controlar los
seres humanos se regía por poderes espirituales, desde una fiebre, hasta las estructuras del
imperio romano. Estas potencias político-espirituales eran llamadas “principados y potestades”
(1,16). Pero, por encima de estos poderes que parecieran incontrolables, está Cristo, cabeza y
señor de estos “principados y potestades”. La Iglesia está junto a él, gobernando por encima de
toda fuerza aparentemente incontrolable. Algunos cristianos enseñaban unas doctrinas “secretas”
que hablaban de revelaciones para gente selecta y escogida, una aristocracia espiritual, pero el
autor de la carta declara que todos somos iguales ante Dios, y que no hay nada que hacer excepto
abrirse a esa gracia que es regalo, y esto significa la fe.
Aunque 1 Tesalonicenses está ubicada hacia el final de las cartas de Pablo, ésta fue la primera
carta escrita por el autor, cerca del año 50 DC. En esta época temprana, Pablo predica que el
Señor ya llega. Es una obra que refleja la visión apocalíptica de las primeras comunidades, tan sólo
después de 20 años de la muerte de Jesús, y su creencia en que debemos estar preparados para
una segunda venida del Señor, llamada Parousía.
2 Tesalonicenses también toca el tema de la venida de Cristo. Las dos cartas tienen similitudes
estilísticas, como el uso de los vocablos, una introducción similar, una acción de gracias y el tema
de la segunda venida. Pero muchos críticos del Nuevo Testamento creen que la carta fue escrita
por alguno de los discípulos de Pablo, con ideas e influencia directa de Pablo, pero tratando de
corregir los errores que podrían suscitarse al pensar que Cristo vendría ya: muchos cristianos
estaban dejando de trabajar, otros vendían hasta la herencia para sus hijos, y muchos se volvían
fanáticos. De modo que el autor de la carta suaviza el discurso y hace notar que Cristo vendrá
pronto, pero no hay que dejar de vivir la vida cotidiana. Cristo también viene cada día:
Hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, les
pedimos que no pierdan fácilmente la cabeza ni se asusten por profecías o discursos o cartas
falsamente atribuidas a nosotros, como si el día del Señor fuera inminente (2 Tes 2,1-2).
1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito son las cartas llamadas Trito-paulinas (son de una tercera generación
de discípulos de Pablo, después de la generación de Colosenses y Efesios) o también Cartas
Pastorales (dan instrucciones a los líderes o pastores de las comunidades, para orientar las
iglesias). Estas cartas maduran y varían el concepto de Iglesia y de Enseñanza con respecto a las
primeras proclamaciones de Jesús y sus seguidores inmediatos. Ahora aparecen la Enseñanza
(una incipiente tradición) y la Iglesia como baluartes de la verdad, en una época de fuertes
discriminaciones y acusaciones contra los cristianos. Las cartas insisten en la piedad (eusebeia) y
en las buenas relaciones con la sociedad romana, como una manera de demostrar que los
cristianos pueden integrarse en medio de la sociedad sin necesidad de vender sus principios. Aquí
hay una mutación social dentro de la iglesia. Ya no son sólo los estratos más bajos del mundo
mediterráneo, sino que aparecen personas ricas que ofrecen sus casas para las celebraciones de
fe. Pero esto traerá sus propias problemáticas, que son las que enfrentan estas cartas.
Filemón es una carta que escribe Pablo desde la Cárcel. Un esclavo se ha fugado y ha llegado a
la prisión donde se encuentra con Pablo. El apóstol tiene que resolver la situación. Opta por
enviarlo a su “legítimo dueño” con una carta de presentación. Esto genera grandes problemas
interpretativos respecto a si es posible que los cristianos legitimen la esclavitud.
Hacia el final del Nuevo Testamento, hay un grupo de cartas que se llama Cartas
católicas o generales. El nombre “católico” significa “según el todo” (Kat-holon) o “general”, y las
cartas se llaman así porque van dirigidas no a comunidades específicas como los filipenses o los
romanos, sino a un público más amplio. Se trata de una colección general de documentos
producidos por antiguas comunidades de finales del siglo I, en la época en que ya la mayoría de
los apóstoles habían muerto.
Las llamadas cartas católicas inician con Hebreos, un escrito anónimo que es más un sermón que
una carta como tal. Trata el problema de la relación entre el cristianismo y el Primer Testamento.
En el texto, se presenta a Jesucristo como superior a Moisés (3,1-6), al sacerdocio (4,14-5,10), al
tabernáculo y al templo (9,1-28), es decir, a los baluartes de la institucionalidad judía. Así el grupo
cristiano en crecimiento trata de marcar límites con respecto a la religión de origen, de la cual se ha
separado. Como toda comunidad naciente, reflexiona ante la pregunta: ¿Quiénes somos? ¿En qué
nos diferenciamos de los demás? ¿En qué nos parecemos a ellos?
Santiago es una carta que presenta una manera distinta de comprender el cristianismo. El autor
intenta aclarar que la gracia no tiene ningún sentido sin las obras de misericordia; que para ser
cristianos es necesario atender a los pobres y marginados, pues el amor es el sello de la fe (2,24).
Para el autor no existe la ortodoxia (sana doctrina) sino la ortopraxis (práctica justa) y, en esta
línea, opta por la tradición de los profetas para ponerse de parte de los pobres como los elegidos
de Dios, dignos de todo cuidado por parte de la comunidad.
1 Pedro retoma el nombre del antiguo apóstol para dirigirse a las comunidades que viven en el
exilio. El contenido de la carta refleja la situación que están viviendo las comunidades de cristianos
en este lugar de Asia Menor: pobres y marginados por su forma de vida en un ambiente pagano y
de gobiernos injustos. Por esto el autor profundiza en la problemática de la afirmación de la
identidad: “Pero ustedes son raza elegida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido para
que proclame las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su maravillosa luz” (2,9).
2 Pedro está escrito a manera de testamento de despedida de un antiguo maestro. El autor
recuerda a sus discípulos todo lo que les ha enseñado (1,12-15), les advierte contra los falsos
maestros (2,1-3), y los anima a que sean fieles y tengan esperanza en medio de una época de
decadencia moral (2,10-22). Esta carta es un ejercicio de pseudoepigrafía, en la que el autor usa la
máscara de un personaje conocido para intentar decir lo que él hubiera enseñado en una nueva
época. El autor se incluye en la generación que vino después de los apóstoles (3,4), y no se
considera uno de los doce (3,2). El texto es una muestra del surgimiento de muchas
interpretaciones diversas del cristianismo, las cuales intenta combatir. Pero esto es una muestra
más de lo variado que se iba tornando el cristianismo en los primeros siglos de su conformación.
1, 2 y 3 de Juan son el producto de la comunidad que había escrito el evangelio de Juan. Por la
naturaleza de su mensaje, y el lengua en que se lo presenta, el Cuarto Evangelio había generado
dos interpretaciones diferentes: un grupo verticalizó en exceso el mensaje del evangelio y relativizó
la humanidad de Jesús, dando poca importancia a su ministerio público; para ellos, Jesús era un
maestro espiritual que vino al mundo a enseñar asuntos correspondientes al alma humana; el otro
grupo, un poco más horizontal, se opuso a esta interpretación, y rescató el valor de la vida material
de Jesús y de sus enseñanzas para la realidad. El autor de las cartas pertenece a este segundo
grupo y, por esto, dice a sus adversarios: “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor viene
de Dios; todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, ya
que Dios es amor. Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único
para que vivamos gracias a él” (1 Jn 4,7-9).
Judas es una de las cartas más cortas del Nuevo Testamento. Se trata de una respuesta a las
falsas enseñanzas cuya ética no se conforma a “la fe que los santos recibieron de una vez para
siempre” (3b). Para el autor, las verdaderas se distinguen de las falsas enseñanzas por las
prácticas de fe que tienen como consecuencia. La parte central se concentra en combatir estas
falsas enseñanzas y se vale de alusiones al Primer Testamento y escritos hebreos apócrifos para
fundamentar su marcada controversia.
Las cartas fueron la forma literaria más popular en el cristianismo antiguo. Esto no es sólo una
indicación formal sino que también tiene un profundo sentido teológico. La gran mayoría de los
textos neotestamentarios son cartas, es decir, escritura viva que pretende comunicar relaciones.
Las cartas sostienen amistades y amores, van más allá del dato o de la cifra, de la doctrina o el
dogma. La verdad de la fe cristiana nunca ha consistido en repetir ciegamente un credo o en vivir
un sacramento, ni tampoco en la organización de la iglesia a manera de sistema, de modo que
todo funcione bien, como una máquina.

Estas cartas no se escribieron para que repitiéramos proposiciones intelectuales, sino que son
testimonio vivo de relaciones entre hermanos y hermanas, huella de sus problemas, dolor de las
separaciones y anhelo de encontrarse de nuevo unos con otros –de allí incluso la insistencia en
reunirse después de la muerte-, pues lo que nos liga a Dios, más que el sacramento, es el
encuentro con el otro.

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