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Bajo La Luna de Loto

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Bajo la luna de Loto

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Rating: Explicit
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Category: Other
Fandom: 魔道祖师 - 墨香铜臭 | Módào Zǔshī - Mòxiāng Tóngxiù
Relationship: Lan Zhan | Lan Wangji/Wei Ying | Wei Wuxian
Characters: Lan Zhan | Lan Wangji, Wei Ying | Wei Wuxian
Additional Tags: Omega Verse, Alpha Lan Zhan | Lan Wangji, Omega Wei Ying | Wei
Wuxian, Pregnant Wei Ying | Wei Wuxian, Childbirth, Alternate
Universe - Royalty, Empress Wei Ying | Wei Wuxian, Emperor Lan Zhan
| Lan Wangji, Penis In Vagina Sex, Mirrors, Plot What Plot/Porn Without
Plot, Wei Ying | Wei Wuxian Has a Vulva, erotic birth, Vaginal
Fingering, sex during labor
Language: Español
Stats: Published: 2025-06-04 Words: 6,645 Chapters: 1/1
Bajo la luna de Loto
by VicoMejia337

Summary

PussyXian Week 2025


Día 7: Temática libre

Incluso en medio del intenso dolor del parto, Wei WuXian vuelve a sentir, con cada fibra de
su ser, cuán profundamente amado es. A su lado, Lan WangJi —el Alfa más respetado del
imperio— lo sostiene, guiándolo con ternura y firmeza mientras le ayuda a dar a luz, en una
unión que es tan plena y placentera como el lazo que los une.

Notes
See the end of the work for notes
Las campanas del palacio rompieron la quietud de la noche.

Por primera vez en décadas, su eco se extendía por cada rincón del Palacio Imperial
anunciando no una muerte o una guerra, sino el nacimiento del heredero imperial.

Trece repiques lentos, largos, llenos de reverencia. El sonido vibraba por los corredores como
un anuncio sagrado: la Emperatriz había entrado en trabajo de parto.

Lan WangJi dejó caer el pincel con el que estaba firmando un decreto y corrió.

Sí, corrió. Por primera vez desde su ascenso al trono, el Emperador del Reino de Gusu
rompió el protocolo imperial. Atravesó con rapidez cada uno de los pasillos del palacio. Sus
botas resonaban con fuerza contra el suelo de piedra. Su capa imperial ondeaba en el aire por
la velocidad con la que iba.

Las leyes del Palacio eran claras: ningún Alfa debía estar presente durante el alumbramiento
de un Omega real. Pero Lan WangJi no era un Alfa cualquiera. Era el Emperador. Y el
Omega que estaba a punto de dar a luz era su Esposo. Su vida. Su emperatriz.

Así que esa ley no le importó, le había prometido a su emperatriz que estaría con él en ese
momento. Y cumpliría con su palabra.

Las doncellas se apartaban, los eunucos se inclinaban, y nadie, nadie osó detenerlo.

Cuando entró al Jingshi —sus aposentos personales— convertidos en santuario para el


nacimiento, lo primero que vio fue el vapor que flotaba en el aire.

En el centro de la habitación, la tina imperial, tallada en mármol blanco y rodeada por


columnas de seda roja, estaba llena con infusiones de lavanda, pétalos de rosa, raíz de
angélica, jazmín fresco, y hojas de frambuesa. Una mezcla especial que, según las sanadoras
del linaje real, abría los canales del cuerpo y del alma. Ahora albergaba a la figura más
importante del imperio: la Emperatriz, Wei WuXian, vestido solo con una túnica de gasa roja.

Estaba en cuclillas en el agua tibia, sostenido por una doncella que murmuraba palabras
suaves mientras sus manos temblorosas le ofrecían apoyo bajo los brazos.

La tela, empapada y translúcida, no ocultaba nada.

El vientre prominente, suavemente redondeado, reposaba sobre sus muslos, oculto por el
reflejo ondulante del agua. Pero cada contracción hacía que su espalda se arqueara, que sus
muslos se tensaran, que su canal se abriera más... preparándose.

Wei WuXian trataba de acallar sus gemidos mordiéndose los labios, mientras su cuerpo
buscaba alivio balanceando suavemente sus caderas.

—Su aroma está cambiando, su Alteza —susurró una de las doncellas—. Será pronto.
Wei WuXian asintió soltando un jadeo, con los labios entreabiertos y la frente cubierta de
sudor.

Las doncellas levantaron la vista con un sobresalto al escuchar el crujido de las tablas de
madera, pero bajaron la mirada al reconocer la silueta que se reflejaba a través de las
columnas de seda.

El aroma en el aire cambió al instante.

—¡Su Majestad, no puede—!

Wei WuXian giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Lan WangJi cuando dió otro
paso hacia adelante, atravesando la tela.

—Lan Zhan…

—Déjennos solos —ordenó, sin levantar la voz.

Las doncellas dudaron, pero la mirada de la Emperatriz selló la voluntad del Emperador. Se
inclinaron y salieron en fila, cerrando las puertas tras de sí.

Y entonces, solo quedaron ellos dos.

Lan WangJi se acercó sin prisa, despojándose de su capa imperial, de sus botas, de su túnica.
El agua se agitó cuando se metió en la tina. Se arrodilló detrás de Wei WuXian, quien
jadeaba, inclinado hacia adelante, con las manos aferradas a los bordes de la bañera. Sus
caderas estaban elevadas, abiertas, moviéndose en un ritmo suave mientras respiraba
lentamente, esperando la siguiente contracción.

Sus manos buscaron de inmediato lo que más amaba: su vientre redondo, cálido, lleno de la
vida que ambos habían creado.

Lo sostuvo desde abajo, con los dedos extendidos, sintiendo cómo una nueva contracción
hacía que el cuerpo de Wei WuXian se tensara entre sus brazos.

—Inhala conmigo —murmuró el Emperador. Su aliento cálido se derramó sobre la nuca


mojada de su Emperatriz.

—Mmnh... sí…— Wei WuXian obedeció, respirando profundamente, dejándose guiar.

Lan WangJi presionó con cariño la parte baja de su vientre, ayudando a que el peso
descendiera. Con la otra mano, acariciaba el costado redondo, sintiendo cómo el cuerpo
respondía a cada contracción.

—Tu cuerpo sabe qué hacer. Y yo estoy aquí, para guiarte también.

Wei WuXian apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos, permitiéndose relajarse un
segundo en la calidez del agua, el olor a sándalo y la seguridad de los brazos que lo
envolvían.
—Sabes que no está permitido que estés aquí —bromeó después de un momento, con una
pequeña sonrisa curvando sus labios—. Podrías ser castigado por esto.

—Pero tú me lo pediste. Y yo no sé negarte nada.

La dicha que sintió por esas palabras fue sustituida por una nueva ola de dolor.

Wei WuXian se arqueó con un gemido ahogado, el agua chapoteó ligeramente a su alrededor.

—Nnngh… Lan Zhan…

—Estoy contigo —susurró él, bajando la frente a su cuello—. Cada segundo.

El Omega se balanceó de nuevo, buscando alivio… y entonces lo sintió.

Algo sólido. Semi duro. Tibio.

Chocando contra la curva suave de su trasero, descaradamente vivo bajo el agua.

Wei WuXian se quedó quieto por un momento, respirando agitado, antes de soltar una risa
baja, cargada de incredulidad y deseo.

—Lan Zhan, tú... ¿te pusiste duro por escucharme gemir de dolor?

Lan WangJi apoyó su frente en la espalda de su Omega.

—No puedo evitarlo… Eres hermoso, y más así. Preparándote para traer al mundo a nuestro
hijo.

Sus manos descendieron con delicadeza hasta los muslos de Wei WuXian, separándolos con
lentitud, sintiendo el calor y la humedad que no solo era del agua.

Deslizó su erección contra sus pliegues hinchados sin entrar, solo rozando, frotando una y
otra vez, lentamente.

Wei WuXian jadeó. Sus feromonas llenaron la habitación como una brisa espesa y dulce:
frutos rojos, vino, un toque cremoso de leche. Instantes después, sándalo y roble se
entrelazaron con ellas, creando un santuario aromático en el que solo existían ellos dos.

—Lan Zhan… si sigues así, me voy a correr dando a luz… —sollozó, temblando, aunque
sonreía.

Lan WangJi se inclinó, besando la curva de su cuello, lamiendo la marca de reclamo en su


piel.

—Nada me gustaría más que sustituir el dolor del parto por placer.

Con manos suaves, abrió sus labios inferiores, deslizando sus dedos hacia su clítoris,
tocándolo con ternura, estimulándolo en círculos que hacían que los gemidos de dolor se
confundieran con los de excitación.
Su miembro firme y tenso, se deslizaba entre sus labios húmedos con lentitud. A veces
rozaba su entrada, haciéndolo temblar. Pero no lo penetraba. No todavía.

Wei WuXian gimió alto cuando una contracción más fuerte lo atravesó. Su cadera se sacudió
con un espasmo involuntario. Su coño se abrió un poco más, dilatado y tembloroso.

Lan WangJi no dejo de sostenerlo. Una mano en la parte baja del vientre, de manera que sus
dedos seguían estimulando su clítoris y la otra sobre la pelvis, guiando, calmando, adorando.

El calor del agua, la fricción húmeda, los aromas entrelazados, sus respiraciones agitadas…
todo se condensaba en una sinfonía erótica y sagrada.

Y entonces, Lan WangJi lo penetró.

Fue un movimiento lento, sin violencia. Un instante perfecto en el que sus cuerpos se
alinearon, se reconocieron, se completaron. Wei WuXian dejo escapar un gemido ahogado.
Las paredes de su canal, sensibles, húmedas, palpitantes, lo recibieron con hambre. El
miembro del Emperador se hundió con lentitud reverente, y ambos se quedaron quietos por
un momento, como si el tiempo se hubiera detenido entre pétalos de rosa y respiraciones
entrecortadas.

—Ah… Lan Zhan… —susurró Wei WuXian, jadeante.

El movimiento comenzó entonces. Un vaivén lento. Lan WangJi lo embestía con cariño,
cuidando de rozar su punto G con la punta de su polla. Sus manos se movían por su vientre,
por sus pliegues, por su clítoris hinchado y Wei WuXian solo podía gemir y permitirse guiar.
Entregándose por completo al placer que el Emperador le estaba proporcionando.

Y cuando una nueva contracción sacudió su cuerpo, más intensa, más urgente, Lan WangJi
gimió contra su nuca y se hundió más profundamente en su interior. Su nudo empezó a
formarse.

Wei WuXian lo sintió al instante. El estiramiento súbito. El calor. El anclaje que no esperaba.
Su espalda se arqueó con una mezcla de sorpresa, dolor y placer.

—¡No… no puede ser! —se quejó entre jadeos, golpeando la palma contra el agua—. ¡Lan
Zhan, no! ¡¿Cómo… cómo pudiste anudarme en medio del parto?!

Pero Lan WangJi no respondió con disculpas. Solo se movió, una vez más, lento, firme, como
si su cuerpo supiera que eso era lo correcto.

—No es para retenerte —dijo, contra la curva de su cuello, su voz fue un susurro grave—. Es
para abrirte más. Para ayudarte.

Y lo hizo.

El nudo no dolía. No lo atrapaba. Lo abría. Lo expandía de una forma que ningún aceite,
ninguna posición, ninguna respiración, había logrado. Era una presión que lo ayudaba a
estirar sin lastimarlo y, a la vez, una conexión que le recordaba que de esa forma había sido
concebido el bebé que estaba a punto de nacer.
Wei WuXian dejó caer la cabeza entre sus brazos, rendido, abrumado, llorando de placer y
alivio.

Sus feromonas se dispararon de nuevo: dulces, embriagadoras, tan densas que la habitación
entera olía a hogar, a leche, a amor.

Las de Lan WangJi lo envolvían, dándole fuerza, apoyo y la seguridad de que todo estaría
bien.

—Shhh… mi Emperatriz… —murmuró Lan WangJi, besándole la espalda, —no te


contengas. Córrete para mí.

Una nueva contracción llegó, más fuerte, más intensa. Su cuerpo se arqueó, su coño se apretó
alrededor del nudo en su interior y gritó obscenamente mientras su orgasmo se extendía por
todo su cuerpo.

El agua seguía ondeando a su alrededor, derramándose en el piso. Wei WuXian jadeaba con
los ojos cerrados, su espalda seguía apoyada en el pecho firme de Lan WangJi y su canal aún
se contraía con los últimos espasmos de placer.

—Lan Zhan… —susurró, su voz aún temblaba por el fuerte orgasmo—. Aún duele… pero
eso ayudó mucho .

—Lo sé —murmuró Lan WangJi, besando su nuca, y comenzó a retirarse.

Lo hizo con una lentitud cuidadosa, con la misma devoción con la que se deshojan flores en
primavera. El nudo, completamente abultado, fue cediendo poco a poco, deslizándose
fácilmente de su interior, dejando tras de sí una oleada de placer, un suspiro largo y un
espasmo profundo que recorrió todo su vientre.

Y entonces, cuando quedó fuera por completo, cuando el vacío se sintió tan abrumador como
la plenitud… ocurrió.

Wei WuXian gimió, tembloroso, moviendo una vez más sus caderas cuando otra contracción
se hizo presente. El dolor se detuvo justo en la parte baja de su vientre , intenso, profundo e,
incluso dentro del agua, pudo sentir cómo algo cálido escurría de su interior.

No era solo el semen de Lan WangJi saliendo. El agua se enturbió ligeramente con un fino
hilo de sangre.

Su fuente se había roto.

El momento había llegado.

—Ah… Lan Zhan… —jadeó con los ojos muy abiertos—. Ya… ya viene. Lo siento bajando.

Lan WangJi ya lo sabía. Lo sintió en la forma en que el vientre descendió bajo sus manos, en
cómo el canal dejo salir su nudo sin resistencia.
Entonces, sin perder tiempo, salió de la tina, alcanzando una túnica para cubrir su desnudez
antes de sacar a su Omega del agua, ayudándolo a ponerse de pie sobre la alfombra.

La tela húmeda de su túnica se aferraba a su cuerpo, ahora tembloroso por la fuerza de las
contracciones y el cambio de temperatura. Lan WangJi la retiró tan rápido como pudo,
deslizando la seda empapada por sus hombros con la misma paciencia y cariño como lo
desnudó en su noche de bodas.

—Lo estás haciendo bien —murmuró, secando su piel con una toalla tibia que las doncellas
habían dejado junto a la tina. Cada roce era suave, respetuoso, como si quisiera consolar la
piel agitada de su Emperatriz.

Wei WuXian respiraba con dificultad, su pecho se alzaba en un ritmo entrecortado, sus labios
estaban entreabiertos, enrojecidos por contener sus gritos como lo dictaban las reglas.

—Puedes gritar, quejarte, llorar —le dijo Lan WangJi, besando su frente—. Nadie podrá
llamarte débil por demostrar que te duele.

—Pero... las reglas.

—¿Cuántas reglas no ha roto mi Omega desde que tomó su lugar como mi Emperatriz?

—Su Majestad es demasiado bueno conmigo.

—Tú eres quien es demasiado bueno conmigo. Convirtiéndome en padre.

Wei WuXian sonrió, ronroneando cuando Lan WangJi colocó otra túnica sobre sus hombros.
De hilos de seda, completamente impregnada con el olor a sándalo de sus feromonas.

—Oh, ngh —se inclinó, siendo sostenido por Lan WangJi mientras esperaba a que la
contracción cesara.

En el momento en que se reincorporó, Lan WangJi lo tomó entre sus brazos de nuevo y lo
llevó a la cama. Lo depositó con extremo cuidado sobre las sábanas blancas bordadas con
nubes y dragones —diseñadas para recibir al bebé imperial— y luego se colocó tras él de
nuevo, sosteniéndolo entre sus piernas. Sus brazos rodearon su vientre endurecido con
cuidado.

—Respira, Wei Ying. Ya casi está aquí.

Wei WuXian apretó su mano, jadeando, gimiendo con fuerza.

Frente a ellos, el espejo imperial reflejaba todo: las lágrimas no derramadas en los ojos
plateados de Wei WuXian, las gotas de agua que aún corrían por su piel, el temblor de sus
muslos abiertos. El mismo Emperador se había encargado de colocar el espejo, pues su
emperatriz deseaba observar el momento en que su cuerpo se abría para dar a luz al fruto de
su unión.

—Mírate —susurró Lan WangJi, detrás de él mientras sus manos cálidas acariciaban la
redondez de su vientre—. Te ves radiante.
Wei WuXian levantó la mirada hacia el espejo y gimió, no de dolor, sino de asombro. Su
reflejo le devolvió una imagen que no esperaba: no se vio débil ni destrozado. Se vio pleno.
Se vio hermoso. Con el sudor resbalando por su cuello, el vientre prominente, los pezones
endurecidos que derramaban pequeñas gotas de leche y las manos de Lan WangJi alrededor
de su abdomen.

Una nueva contracción lo sacudió. Wei WuXian jadeó, sus piernas se separaron
instintivamente, buscando más espacio; el reflejo en el espejo mostraba el temblor en sus
muslos y el brillo húmedo de su piel, la forma en que su vientre se contraía.

Cerró los ojos por un momento, respirando a través del dolor. Cuando volvió a abrirlos, su
Alfa ya estaba desenrollando cuidadosamente la seda blanca que colgaba del dosel. Lan
WangJi pasó la tela con delicadeza por debajo de sus brazos, ajustándola con precisión,
asegurándose de que el soporte envolviera su torso sin lastimarlo.

—Tira de ella cuando lo necesites —le dijo. Su voz fue tranquila, segura, como un ancla.

Wei WuXian asintió con un leve temblor en la mandíbula. Se aferró al tejido con ambas
manos y, al siguiente espasmo, alzó la parte superior del cuerpo con ayuda de la seda. Su
cuerpo se inclinó hacia delante con un jadeo suave. La tela crujió, se tensó, lo sostuvo. La
gravedad hizo el resto: su pelvis se abrió, su bebé descendió otro poco.

—Estás haciéndolo maravillosamente —susurró Lan WangJi contra su piel—. Deja que tu
cuerpo te guíe.

Wei WuXian obedeció. Se aferró con todas sus fuerzas a la tela, gimiendo abiertamente
mientras su cuerpo entero se arqueaba con cada contracción. Sus muslos estaban abiertos, su
vientre palpitaba, su coño latía con la cabeza del bebé descendiendo lentamente, atrapada aún
por la estrechez que se negaba a ceder por completo.

—Está tan apretado aún… no puedo… Lan Zhan… duele tanto… —sollozó Wei WuXian
entre espasmos que recorrían su canal de parto.

—Sí puedes, Wei Ying —declaró Lan WangJi con seguridad, acariciando su vientre tenso
desde atrás y dejando tiernos besos en su cuello—. Eres el Omega más fuerte de este reino.
Sé que puedes hacerlo. Solo un poco más mi Emperatriz, ya casi puedo ver la cabeza.

Wei WuXian miró el espejo una vez más, la cabeza de su bebé ya casi coronaba, pero su
canal necesitaba un poco más de dilatación y él se sentía tan lleno, tan al borde del
desgarramiento.

Entonces Lan WangJi se encontró con su mirada en el espejo. Wei WuXian tragó saliva
cuando vio cómo deslizaba una mano hacia abajo, entre sus muslos abiertos y rozaba la piel
estirada alrededor de la cabeza coronando. Sus caricias fueron lentas al principio, solo
trazando el contorno, explorando la abertura que le permitiría a su hijo nacer. Luego, sus
dedos subieron, encontraron su clítoris y lo acarició.

—¡Ah—ah! ¡Lan Zhan, no! ¡No me toques ahí, ahora no— ngh~!
Trató de resistirse, pero sus caderas empujaban por sí solas, sintiendo cómo con cada caricia
el canal de parto se aflojaba más. La sensación era abrumadora: su cuerpo estaba al borde,
atrapado entre el anhelo de liberarse y el deseo perverso de seguir sintiéndolo todo.

Y entonces Lan WangJi habló en voz baja.

—Relájate, amor mío. Nuestro hijo está casi aquí. Déjalo salir.

Una contracción lo interrumpió, su vientre se endureció bajo la mano del Alfa, el canal
palpitó con fuerza.

—¡No es digno—! —consiguió decir entre jadeos —¡Me voy a correr mientras nace! ¡No es
digno de una Emperatriz…!

Lan WangJi bajó la cabeza a su cuello, besando la piel húmeda de sudor. Su otra mano seguía
frotando su clítoris, esparciendo su lubricación por todo su coño.

—¿Quién decide qué es digno? —cuestionó, lamiendo su glándula—. No hay ninguna regla
que prohíba sentir placer al dar a luz.

Y entonces lo sintió. La mano de Lan WangJi deslizándose por la curva de su espalda.

Dos dedos acariciaron su entrada trasera, ese punto oculto, caliente, palpitante. A pesar del
dolor y la presión en su canal delantero, su cuerpo se estremeció al contacto.

—Ah… Lan Zhan… —jadeó.

—Confía en mí. Solo quiero ayudarte a abrirte más.

Los dedos presionaron con paciencia. Uno primero. Luego dos. Se deslizaron dentro de él
con sorprendente facilidad.

Wei WuXian se arqueó, aferrándose a la tela, enterrando su frente húmeda en su brazo, con
las piernas temblando bajo el peso del éxtasis. Podía sentir cómo su canal se contraía,
apretando la cabeza del bebé y los dedos de Lan WangJi al mismo tiempo.

—Te gusta esto… —susurró Lan WangJi, rozando con los labios su nuca. El jadeo de su
Omega le confirmaba más que cualquier palabra.

Y entonces, justo cuando una nueva contracción lo atravesó, Lan WangJi empezó a mover los
dedos.

Lentos. Rítmicos. Que no buscaban del todo la excitación sexual. Más bien, como si al
tocarlo así, desde dentro, pudiera guiar el ritmo del nacimiento, ayudarlo a abrirse no solo
con dolor, sino con placer.

—Ah~ ¡Lan Zhan! ¡Su Majestad! Me voy a… realmente me voy a correr... ngh~

—Hazlo. Quiero que te corras. Para que tu cuerpo se abra —dijo Lan WangJi, con voz firme,
casi como una orden.
Atrapó su clítoris entre sus dedos, moviéndolos de arriba hacia abajo sin soltarlo. Al mismo
tiempo, curvó los dedos dentro de él, tocando ese punto interno que lo hacía ver estrellas.

Wei WuXian lo vio todo.

En el espejo, se vio a sí mismo con las piernas temblando, la cabeza del bebé atrapada entre
sus labios hinchados y abiertos, mientras su Alfa lo deshacía con los dedos.

Y fue entonces que sucedió.

Wei WuXian se corrió entre lágrimas, con la cabeza inclinada hacia atrás, los labios
temblando en una mueca abierta de éxtasis y entrega, gimiendo por el orgasmo más violento
y dulce que había sentido en toda su vida. Su coño palpitó violentamente, aflojando todo,
abriendo aún más su canal, y en esa ola de espasmos dulces y excitantes…

La cabeza del bebé emergió.

El temblor en sus muslos fue incontrolable. Wei WuXian apenas podía sostenerse, el sudor
resbalaba por su espalda, por su cuello, por su sien. Su respiración era irregular, tanto por el
esfuerzo del parto como por su reciente orgasmo. Además, sentía cómo su cuerpo palpitaba
alrededor de la cabeza ya afuera. Cada fibra estaba tensa, saturada de calor y agotamiento,
pero no podía apartar los ojos del espejo frente a él.

Ahí lo veía todo.

La imagen era casi irreal: entre sus piernas abiertas, de su coño hinchado, rojo y brillante por
la mezcla de fluidos, la cabeza húmeda de su bebé ya había salido por completo. Era
pequeña, cubierta de mechones oscuros y pegajosos, rodeada por la piel estirada de su
entrada aún palpitante, que se abría de una forma que jamás creyó posible, vibrando aún por
el orgasmo que lo había desgarrado segundos antes.

Y ahí estaba Lan WangJi, detrás de él, observándolo, como si fuera la imagen más
maravillosa que había contemplado en su vida.

—Su cabecita… Lan Zhan… su cabecita ya salió.

—Sólo un poco más —murmuró, con un tono de voz tan suave y alentador que arrancó un
jadeo tembloroso de su Omega—. Ya casi, amor mío.

Wei WuXian asintió y se sostuvo con fuerza de la tela una vez más. Los músculos de sus
brazos se tensaban mientras una nueva contracción lo atravesaba sin piedad. Gritó mientras
su cuerpo se abría por completo. Sintió a Lan WangJi sacar su dedo de su interior. Esa firme
y ancha palma frotó círculos lentos y reconfortantes por toda su espalda.

—Lo estás haciendo bien, amor. Respira conmigo.

La contracción cesó, dándole a Wei WuXian la oportunidad de respirar, pero el alivio no duró
demasiado. Sintió la siguiente contracción extenderse como una ola ardiente desde su espalda
hasta la parte baja de su vientre, haciéndolo temblar. Se aferró con ambas manos a la seda que
colgaba del techo, y alzó la vista. Se miró.
Se vio a sí mismo arqueando la espalda, la boca entreabierta, la cara húmeda por el sudor y
las lágrimas. Vio el canal abrirse más, un chorro suave de fluidos cálidos derramándose al
mismo tiempo que su bebé comenzaba a girar lentamente, su cuerpecito asomando centímetro
a centímetro entre sus labios hinchados.

—Ah… ¡ahh!

El espejo capturaba cada detalle: cómo su entrada se abría generosamente, cediendo el paso,
brillante por su lubricación, por la atención previa de Lan WangJi. Cómo el cuerpecito del
bebé, morado, húmedo y tibio, iba saliendo poco a poco mientras sus caderas temblaban
violentamente por el esfuerzo.

—¡Lo veo! —jadeó Wei WuXian, sin poder apartar la mirada, completamente hechizado por
la visión de su propio cuerpo dándole vida a otro ser humano.

—Mn —asintió Lan WangJi. La mano que se había mantenido entre sus piernas empezó a
moverse nuevamente.

Wei WuXian dejo caer la cabeza sobre el hombro de Lan WangJi, moviendo ligeramente sus
caderas sin dejar de pujar mientras Lan WangJi acariciaba su clítoris hipersensible con el
pulgar. Los movimientos eran lentos, pero constantes, provocando que su clítoris emergiera
de su capucha, haciéndolo crecer y endurecerse como nunca antes.

—A-Ah… ¡LAN ZHAN!

Los dedos de Lan WangJi no se detuvieron. Las caderas de Wei WuXian respondían por
instinto. Un deleite tenue y profundo brotaba entre los espasmos del parto, como si su cuerpo
recordara que había sido amado primero, antes de abrirse para dar vida. Cada caricia
arrancaba un gemido, cada ola de calor lo aflojaba un poco más.

El placer brotó inesperado entre los espasmos de las contracciones. Wei WuXian lloró, su
respiración entrecortada se transformó en un gemido que terminó por rendirse a la sensación.

—Me voy a correr de nuevo… —advirtió, temblando.

—Hazlo —susurró Lan WangJi, antes de lamer su cuello y morderlo.

Eso fue lo que llevó a Wei WuXian al límite.

El cuerpo del Omega se contrajo otra vez en un espasmo intenso. El tercer orgasmo lo dobló
entero, gimiendo mientras sus caderas se sacudían entre el dolor del canal abriéndose y la
dulzura cruel del placer. Todo su cuerpo se estremeció, su canal se convulsionó alrededor del
bebé que descendía. Gotas espesas de su eyaculación mancharon la sábana bajo él. Su interior
se contrajo con fuerza, como si su orgasmo mismo empujara al hijo que nacía.

El cuerpo del bebé giró, sus bracitos resbalaron hacia afuera, encogidos, frágiles, seguidos
por su pecho redondeado y sus piernas regordetas.

Wei WuXian lo vio todo.


Vio el momento exacto en que su cuerpo se aflojó, temblando de alivio mientras el pequeño
cuerpo resbalaba fuera de él, cálido, húmedo, perfecto. Cayendo suavemente sobre el
colchón.

En el espejo, vio su reflejo inmediato: su canal aún abierto, palpitante, expulsando el último
hilo de fluidos, la sábana arrugada entre sus piernas… y a su bebé ahí, diminuto, cubierto de
vérnix y sangre, inmóvil.

—Ah... —jadeó, un instinto natural lo obligó a moverse.

No pensó. Se inclinó hacia adelante, con las piernas aún abiertas, los brazos extendiéndose
con desesperación. Sus dedos rozaron la suavidad resbaladiza del bebé, su pecho se contrajo.
Jadeó, no de dolor, sino de emoción.

Lo levantó él mismo.

Con ambas manos, torpemente, pero con una firmeza nacida del instinto más profundo. Lo
atrajo hacia su pecho, con el cordón aún conectándolos. El cuerpecito se pegó contra su piel
sudada, tibia, temblorosa. Y entonces lo sintió moverse. Patalear. Un pequeño gesto. Una
bocanada.

—Te tengo… te tengo… —susurró Wei WuXian, acunando a su diminuto cachorro contra su
pecho—. Mi pequeño rábano. Mi bebé…

—Lo hiciste, Wei Ying —susurró Lan WangJi, con un ligero temblor en su voz que pensó
que tendría, mientras se movía para buscar algo con que limpiar los fluidos del rostro del
bebé—. Lo trajiste al mundo… es hermoso y perfecto… como tú.

—Lo hicimos juntos —susurró Wei WuXian, sonriendo.

Con cuidado, recorrió las facciones del recién nacido: la frente amplia, la pequeña nariz recta
—tan parecida a la de Lan WangJi— los labios carnosos que temblaban, el puñito cerrado
que se agitaba torpemente.

—Mira... tiene tu nariz —su voz fue apenas un murmullo tembloroso entre el agotamiento y
la dicha.

Lan WangJi, aún detrás de él, tomó un paño limpio que una doncella había dejado antes de
retirarse y lo acercó con manos firmes, suaves. Ayudó a limpiar el vernix que cubría la
delicada piel del bebé, mientras Wei WuXian no podía apartar la mirada.

—Los cielos lo alaban, su Majestad —afirmó, con una sonrisa que se curvaba de puro orgullo
y ternura, al ver con claridad el sexo del recién nacido.

Lan WangJi apartó la vista por un instante del bebé para mirarlo a él, con un amor que era
imposible de ocultar.

—Mi Emperatriz es maravillosa —dijo con voz grave, cargada de una emoción que apenas
contenida.
Fue entonces cuando un pequeño sonido agudo rompió el silencio: el primer llanto resonó en
el Jingshi como una bendición largamente esperada.. Claro, fuerte, lleno de vida.

Las puertas se abrieron con rapidez, y las doncellas entraron sin demora. Una de ellas
sostenía la capa imperial limpia, bordada en oro blanco y azul, con el emblema del dragón de
Gusu. En silencio, esperaron a que Lan WangJi bajara de la cama y lo vistieron con la capa,
mientras sus ojos no se apartaban de Wei WuXian ni un solo segundo.

Al mismo tiempo, otras se acercaron con toallas limpias, recipientes y ungüentos. Rodearon
con cuidado a Wei WuXian, guiándolo con dulzura y firmeza para ayudarle a recostarse por
completo en la cama mientras una de ellas apartaba la tela que lo había sostenido durante
todo el parto.

Wen Qing, la doctora imperial, se acercó con calma solemne. Recibió al bebé con manos
firmes, envolviéndolo en paños tibios mientras lo evaluaba. Wei WuXian, no apartó la vista
de su hijo ni un instante.

Lan WangJi se inclinó junto a él. Su presencia era una fortaleza cálida.

—¿Está bien? —preguntó Wei WuXian.

Wen Qing asintió, con una pequeña sonrisa.

—Fuerte, peso correcto, con buen llanto. Salud perfecta... —levantó la mirada para mirar al
emperador, luego a las doncellas—. Y es un Alfa. Como su majestad.

Un murmullo recorrió la habitación, contenido, reverente. Entonces Wen Qing alzó la voz,
clara y firme:

—¡Ha nacido el príncipe heredero de Gusu! ¡La Emperatriz ha dado a luz al primogénito del
emperador, un Alfa digno de su linaje!

La proclamación se repitió como un eco creciente por los pasillos del palacio. Cada voz que
la replicaba lo hacía con más fuerza y júbilo, y en cuestión de segundos. Los eunucos que
servían a sus majestades salieron uno tras otro, caminando a través de los corredores del
palacio con estandartes blancos y dorados, repitiendo con voz clara y solemne:

—¡El príncipe heredero ha nacido! ¡El hijo del Emperador Lan WangJi y la Emperatriz Wei
ha llegado al mundo!

En lo alto de la torre del pabellón central, un guardia agitó una bandera celeste con bordes
dorados. Desde el extremo este del palacio, las campanas comenzaron a sonar.

No eran las campanas comunes del palacio. Eran las grandes campanas imperiales, colgadas
en la torre oriental de Gusu, fundidas con plata y jade, tocadas solo en ocasiones solemnes.
Su repique era profundo, vibrante, se extendía como un eco por los jardines de Gencianas, los
patios internos y más allá de los valles que rodeaban el palacio.

Clang.
Clang.

Clang...

Una, dos, tres…

A cada repique, la población se detenía en las calles, en los mercados, en los templos, y
alzaba la vista.

Trece campanadas en total, símbolo de buena fortuna y de la continuidad del linaje imperial.
Anunciando al reino el nacimiento del nuevo heredero.

Desde los jardines imperiales hasta el último rincón del mercado de la ciudad de Caiyi, el
sonido metálico y lleno de gozo vibró en el aire, cruzando los campos de arroz, despertando a
los monjes en sus retiros, llamando la atención de niños y ancianos. Las puertas de los
templos se abrieron de par en par. Los sacerdotes encendieron varitas de incienso. Las bestias
sagradas en los grabados parecieron inclinar la cabeza, y los guardianes de piedra del palacio
brillaron bajo la luz del alba.

Entonces, el cielo mismo respondió.

Desde la colina del Pabellón de la Serenidad, se encendieron fuegos artificiales celestiales.


No eran como los de las fiestas comunes; estos habían sido encargados por el propio
emperador Lan WangJi, con meses de antelación. Explosiones silenciosas estallaron en forma
de flores de loto, dragones celestiales y la emblemática nube doble de Gusu, el símbolo
ancestral del clan. El emblema se dibujó una y otra vez entre luces doradas y azul pálido.

Uno tras otro, estallidos de fuegos artificiales iluminaron el firmamento:

—¡Por la Emperatriz Wei! —gritaron las damas de palacio desde las terrazas, agitando
pañuelos de seda.

—¡Por el príncipe Alfa! —exclamaron los guardias desde la muralla oriental.

—¡Larga vida al linaje del Emperador de Jade! —corearon los comerciantes en los mercados
mientras arrojaban pétalos al aire.

Y entonces, entre los vítores, alguien gritó desde lo alto de una torre:

—¡El príncipe heredero ha nacido bajo la luna de loto!

Por un instante, todo quedó en silencio. Las miradas se alzaron al cielo, y en ese momento,
una brisa fresca se extendió por el aire, como un manto de esperanza y prosperidad que
cubría Gusu.

La luna de loto… rara y brillante, aparecía solo en noches claras y tranquilas, cuando el cielo
estaba limpio de nubes y el aire en paz. Su forma redonda y pálida, rodeada por un halo
suave, recordaba el corazón de una flor abierta.
Una luna rara, que solo había salido tres veces en el último siglo. Y ahora, sobre los cielos de
Gusu, reinaba nuevamente.

Decían que nacer bajo esa luna era señal de fortuna, paz, pureza, equilibrio y fortaleza para
sobresalir incluso en las adversidades.

El Emperador Lan WangJi mismo había nacido bajo la Luna del Jade —una luna silenciosa,
que no brillaba con intensidad sino con constancia. Los textos antiguos la relacionaban con la
pureza, sabiduría, serenidad, autocontrol, honestidad implacable y una mente serena que no
se deja arrastrar por los deseos mundanos. No era una luna de conquistas, sino de
permanencia. La de quien habla con firmeza sin necesidad de alzar la voz. La de quienes
eligen el deber sin perder su humanidad y de quienes siempre están donde el caos está. Y
bajo su reinado, Gusu había florecido como nunca antes. No había hambrunas, no había
guerras. Las rutas eran seguras, los cielos, limpios. Hubo orden, seguridad y prosperidad.

La Emperatriz Wei, en cambio, había nacido bajo la luna de fuego salvaje —una luna que
ardía con un brillo rojo-anaranjado, como una llama que nunca se apaga. Representaba el
espíritu indomable, la pasión imparable y la fuerza para abrir caminos donde no los hay. Se
decía que aquellos nacidos bajo ella llevaban un corazón de fuego, espíritu libre y pasión por
intentar lo imposible. No eran fáciles de domar, pero donde caminaban, dejaban huella,
siguiendo fielmente lo que les dictaba su corazón. Era la luna de quienes no temían desafiar
lo establecido y forjar su propio destino.

Tres lunas tan distintas, pero que de alguna forma se entrelazaban tan maravillosamente.

Y ahora, un heredero nacía bajo la más rara de todas.

El pueblo lo tomó como una señal.

Las casas cerraron sus puertas para volverse hacia los altares, las familias se postraron
agradecidas, y en los ventanales de las tiendas colgaban faroles nuevos, con listones blancos
y azules, símbolo de bendición y pureza. El lago de Caiyi brillaba con el reflejo de las luces
celestes, y sobre sus aguas se lanzaban pequeñas linternas flotantes con oraciones por la
prosperidad del nuevo príncipe.

Pero en el interior de la habitación imperial, mientras el mundo celebraba, Wei WuXian


amamantaba a su hijo por primera vez. El esfuerzo del parto aún se reflejaba en su rostro
pálido, pero no dejaba de mirar al pequeño con devoción casi incrédula.

Lan WangJi, de pie junto a la cama, lo miraba como si contemplara un milagro hecho carne.
No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su mirada lo decía todo: orgullo, devoción, amor.

Wei WuXian levantó su rostro hacia él, sonriendo, exhausto pero dichoso.

—¿Lo escuchas? —susurró—. Todo un reino celebrando por el nacimiento de su hijo, su


Majestad.

Lan WangJi tomó su mano, aún temblorosa, y la envolvió entre las suyas como si sostuviera
algo más frágil que la porcelana y más precioso que cualquier tesoro imperial. Se inclinó
lentamente y dejó un beso en sus nudillos, un roce suave pero lleno de cariño.

—Es nuestro hijo —susurró, con una voz tan baja que solo Wei WuXian pudo oírlo—.
Además, también están celebrando por ti. Por tu fortaleza. Por tu entrega. Por tu voluntad
inquebrantable.

Sus labios rozaron de nuevo su piel, esta vez más cerca de la muñeca.

—No olvides esto, Wei Ying —su voz fue tan solemne como cuando está dando una orden
frente a la corte—: El reino celebra el nacimiento de nuestro hijo… pero también celebra a su
madre. A ti. Por haberlo traído al mundo. Por tu valor. Por soportar el dolor del parto.

Levantó el rostro. Sus ojos brillaron con una intensidad callada, profunda.

—Te amo, Wei Ying. Mi hermoso Omega. Gracias por darme este hermoso regalo de valor
incalculable, que solo podré pagar reiterando que mi corazón te pertenece por completo.

Wei WuXian giró el rostro hacia Lan WangJi, sonriendo para disimular el temblor de sus
labios.

—Lan Zhan... —murmuró, con la voz entrecortada por el nudo en su garganta—. Ya te lo he


dicho... dame una advertencia antes de decir algo tan romántico.

Lan WangJi esbozó una de esas sonrisas sutiles que reservaba solo para él, cargada de ternura
y certeza. Se inclinó, lentamente, y lo besó. Fue un beso suave, tierno, pero apasionado, que
expresaba —sin necesidad de palabras— el amor que sentía por él.

—Considera esto tu advertencia eterna —susurró contra sus labios—. Nunca dejaré de
decírtelo.

Y entonces, sin poder evitarlo, Wei WuXian sintió que las lágrimas resbalaban por sus
mejillas. No de dolor, no de tristeza. Eran lágrimas dulces, cristalinas, nacidas del
agotamiento, la euforia y la dicha. Con una risa temblorosa, escondió su rostro entre el cuello
de Lan WangJi y murmuró contra su piel:

—Ah… Lan Zhan —suspiró, sin fuerza para disimular—Me hiciste correrme tres veces
mientras daba a luz. Tres… veces.

Lan WangJi ni siquiera parpadeó. Su mirada seguía fija en él.

Wei WuXian gimió dramáticamente, haciendo un puchero.

—¿Realmente no vas a dejar que conserve al menos una pizca de la dignidad que me queda?
—resopló con tono teatral—Soy tu Emperatriz. Acabo de dar a luz al heredero al trono con
lágrimas, gritos y… gemidos indecorosos. ¿Cómo voy a llevar la corona en alto después de
esto?

Lan WangJi lo observó en silencio por un momento, con esa intensidad suya que siempre lo
desnudaba hasta el alma.
Wei WuXian bajó la mirada, avergonzado, sintiendo que algo dentro de él se rompía solo por
mostrarse así. Vulnerable. Frágil. Emocional. Débil.

—No debería llorar… —murmuró, apenas audible—. No debería mostrarme así. No soy…
no soy sólo tu Omega, soy la Emperatriz de este imperio. Todos me miran. Esperan fuerza.
Esperan perfección. No esto…

Lan WangJi se acomodó con cuidado sobre la cama, abrazando a su Omega y al recién nacido
como si envolviera todo su universo entre los brazos. Besó la frente de Wei WuXian, luego
sus mejillas húmedas, y murmuró, con una sonrisa apenas perceptible:

—Eres mi Omega —empezó, besándole la sien—. Mi Emperatriz. Mi todo. Y también… —


bajó la voz hasta convertirla en un secreto compartido—, la criatura más indecente que los
dioses han puesto en mi camino.

Wei WuXian soltó una risa entrecortada, temblorosa, mitad por el cansancio, mitad por las
lágrimas que no podía detener.

—Frente a ellos, puedes ser lo que esperan que seas —dijo con calma—. Pero frente a mí…
puedes ser tú.

Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, secando sus lágrimas sin reproche alguno.

—No tienes que ocultarte. No tienes que fingir fuerza. Puedes llorar, reír, gritar. Puedes ser el
Omega desvergonzado que me enamoró… ruidoso, brillante, irreverente, indomable. Siempre
y cuando no dejes de ser mío.

Wei WuXian tragó saliva. Cerró los ojos un momento, y dejó escapar un sollozo. Uno suave,
libre, aliviado.

—La dignidad es para el trono —continuó Lan WangJi—. Tú me diste una familia. Me diste
un hijo. Me diste a ti. No hay nada más digno que eso.

Wei WuXian no discutió. No esta vez. Se dejó abrazar. Se dejó amar.

El recién nacido dormía entre ellos, acurrucado contra el pecho de Wei WuXian, ajeno al
estruendo de las campanas, a los fuegos artificiales que encendían el cielo, a las voces que
celebraban su nacimiento más allá de las murallas. Dormía tranquilo, porque su mundo
estaba completo. Estaba rodeado de amor. De seguridad. De ternura.

Y aunque aún no pudiera comprenderlo, ese amor sería su escudo.

Porque afuera Lan WangJi era el imponente Emperador de Jade: inquebrantable, temido,
reverenciado. Su sola mirada imponía respeto, su voluntad era ley. Gobernaba un imperio con
la firmeza de quien ha nacido para reinar.

Pero ahí, en ese momento íntimo, en la penumbra cálida de la habitación imperial, no había
corona sobre su cabeza ni trono bajo sus pies. Solo era un Alfa devoto, un padre agradecido,
y un hombre profundamente enamorado de su familia.
Se inclinó una vez más, sin preocuparse por la dignidad imperial, y besó con suavidad la
frente de Wei WuXian… luego la diminuta cabeza de su hijo.

Ese instante no pertenecía a la historia, ni a los anales del imperio, ni a las leyendas que con
seguridad nacerían de aquel día.

Ese instante era suyo.

Solo suyo.

Y no cambiaría nada por el.

Y Wei WuXian, el Omega que había conquistado el corazón del Emperador de Jade y dado a
luz al heredero del reino, sonreía. Porque era amado por el hombre más poderoso del imperio.

Y seguiría siéndolo. Por el resto de sus días.


End Notes

Porque por supuesto que no podía faltar mi perversión XD

Wowwww, termine un reto, tarde 😔 pero le terminé 🤭


Por ahora ya tengo suficiente de porno 🙂‍↔️ ahora me enfocaré en mis otras obras y algunas
nuevas que prometo las harán mojarse... el rostro de lágrimas 😹

Muchas gracias a las que siguieron este reto, agradezco sus kudos y comentarios 🫰🏻❤️

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