el consentimiento informado es más que un formulario: es un proceso de
comunicación que garantiza autonomía, respeto y transparencia. Su esencia es
que la persona comprenda que participa en “investigación”, conozca propósito,
procedimientos, riesgos, beneficios, alternativas y que su participación es
voluntaria. Un buen consentimiento se escribe en lenguaje llano, evita jerga
técnica y permite preguntas. Debe explicar cómo se protegerán privacidad y
datos, y qué ocurrirá con grabaciones o muestras biológicas si se recolectan.
En estudios con población vulnerable, la claridad y el tiempo para decidir son
cruciales; ofrecer compensaciones nunca debe convertirse en coerción. La
revisión por un comité de ética (IRB/CEI) evalúa proporcionalidad riesgo-
beneficio y la idoneidad del proceso de consentimiento. En la era digital, se
suman retos: consentimientos electrónicos, almacenamiento en la nube y
potencial uso secundario de datos. La regla de oro permanece: sin comprensión
genuina y libre decisión, no hay ética posible, aunque el estudio sea valioso
científicamente.