Pasamos años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás.
Que
Dios se había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente
teníamos mala suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos
quedamos donde dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en
automático, sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por
miedo, sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras
tanto, seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a
nosotras. Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú
no tienes la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuimPasamos
años creyendo que todo lo malo que no pasaba era culpa de los demás. Que Dios se
había olvidado de nosotras. Que la vida era injusta y que simplemente teníamos mala
suerte. Que éramos las buenas que siempre salían perdiendo. Nos quedamos donde
dolía, rodeadas de personas que no nos hacían bien, viviendo en automático,
sobreviviendo a días que no nos hacían sentir vivas. Nos callamos por miedo,
sonreímos por costumbre, fingimos estar bien para no molestar. Y mientras tanto,
seguíamos culpando al mundo. A los demás. A la vida. A todo, menos a nosotras.
Hasta que un día, una psicóloga nos dijo lo que nadie se había atrevido: «Tú no tienes
la vida que tienes por mala suerte. La tienes por tus decisiones». Y por fin lo
entendimos. Entendimos que no éramos las víctimas. Que muchas veces fuim