El basalto es una roca ígnea extrusiva de color oscuro, de
composición máfica —rica en silicatos de magnesio y hierro y en sílice—, que
constituye una de las rocas más abundantes en la corteza terrestre.
Los basaltos suelen tener una textura porfídica,
con fenocristales de olivino, augita, plagioclasa y una matriz cristalina fina. En
ocasiones puede presentarse en forma de vidrio, denominado sideromelano,
con muy pocos cristales o sin ellos.
El basalto es la roca volcánica más común y supera en cuanto a superficie
cubierta de la Tierra a cualquier otra roca ígnea, incluso juntas,1 ya que forma
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la mayor parte de los fondos oceánicos. Se pueden encontrar grandes
extensiones de basalto sobre los continentes a los cuales se les
denomina traps. A su vez, es común encontrarlo en Islas oceánicas y arcos
volcánicos continentales e insulares.
Rocas similares y a menudo emparentadas con basaltos incluyen la diabasa,
el gabro y la andesita.
También se encuentra en las superficies de la Luna y de Marte, así como en
algunos meteoritos.