El binario que figura en el cartel del Cuarto Encuentro Internacio
nal del Cam po Freudiano, “Histeria y obsesión”, constituye un pro
blem a clínico que creo poder calificar de actual, y del que se puede de
cir que su form alización se dem oró dem asiado. Se inicia, con estas
J om a d a s de Bordeaux, la discusión sobre este problem a clínico a c
tual cuya solución trae aparejadas consecuencias prácticas, técnicas
en la dirección de la cura.
La clínica psicoanalítica no es sólo u na recopilación de hechos - o
narración de casos- susceptibles de ser repartidos en clases de sín
tomas sino, tal como aquí se la pone en acción, un conjunto de cons
trucciones que varían en función de la ordenación subjetiva según la
cual está estructurada la propia experiencia psicoanalítica. Por las
m ism as razones, la clínica que se hace aquí, en el psicoanálisis, no es
por fuerza la clínica que se hace en otros lados. Para nosotros
-nosotros, los psicoanalistas cuya referencia capital es la enseñanza
de Lacan, referencia que no se lim ita a la cita, ya que los sím bolos que
Lacan creó tienen peso en lo real de la experien ciay determ inan en ella
una estructura cuyos fenóm enos inventariam os después-, para nos
otros, pues, la ordenación subjetiva de la experiencia psicoanalítica
está dada de una manera prevaleciente por un discurso sin palabras,
que se encierra en una fórmula, la del discurso analítico, cuya puesta
en acto supone como condición previa lo que, en n uestrajerga, llam a
mos h isterización del sujeto. No creo excederm e si digo que hay aquí
una su erte de consenso, de verdad de vulgata: la histerización es
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situada por nosotros como la condición subjetiva de la puesta en acto
del inconsciente en la experiencia analítica. Desde ella tenemos que
responder, precisamente, por el conjunto de la clínica de las neuro
sis. Por consiguiente, no podem os sustraernos a la exigencia de
situar, mediante las coordenadas m ás precisas, en las form as más
diversas de las neurosis, el estatuto de la histeria.
En realidad, el problem a se desdobla en dos preguntas. Una, pro
piamente clínica, interroga lo que podem os designar con el término
-cu ya impropiedad es excusable porque nos permite confrontar nues
tra clínica con la de los otros psicoanalistas (quiero decir: aquellos que
no están con nosotros}- de “núcleo" histérico de la neurosis o quizá
diríam os más gustosam ente “m ecanism o". La otra pregunta, que es
técnica y atañe a la dirección de la cura, recae sobre el momento
histérico en la cura de las neurosis.
El síntom a de la obsesión se propone como vía de acceso a esta pro
blem ática general. Se distingue por la evidencia fenom énica del rasgo
que en alemán se llam a Zwang, es decir, fenómenos de coacción, de
forzamiento, que se m anifiestan en el pensamiento y en los actos del
sujeto. Si bien Freud nunca dijo “el inconsciente estructurado como
un lenguaje", afirm a sin em bargo a la histeria estructurada como una
lengua. Aceptemos, pues, este desafio de derivar de la histeria la ob
sesión. El plantea para nosotros la cuestión de la construcción de la
fórm ula de transformación que, de la una, haría surgir la otra. Si bien
he propuesto como título de esta contribución la sigla irónica P^O, ella
no ofrece sin em bargo la fórm ula que buscam os. La elegí para que
hiciera las veces de esa fórm ula que Freud im plica y que aún es
preciso encontrar.
En efecto, en el caso princeps de “El hom bre de las ratas” que La-
can celebra en 1969 escribiendo que de él proviene todo lo que sabe
m os de la neurosis obsesiva, Freud distingue histeria y obsesión en
estos términos: “En lugar de hallar, com o sucede regularmente en la
histeria, un compromiso, una expresión para los dos contrarios [ma
tando, por así decir, dos pájaros de un tiro], las dos tendencias con
tradictorias se encuentran aquí [en la neurosis obsesiva] satisfacién
dose una después de la otra no sin que el sujeto intente crear entre
las dos un nexo lógico”. Esta observación de Freud im plica una forma-
lización implícita: sitúa la histeria a partir del compromiso, es decir,
para expresarlo en la form a más sim ple y siguiendo de cerca al texto,
a partir de un m odo de expresión del dos en uno. La obsesión es ca
racterizada en térm inos idénticos, pero a partir de lo que se opone a
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ese comprom iso histérico, a saber el Zwang, la coacción sin com pro
miso, que extrae su naturaleza de forzamiento precisam ente del des
pliegue tem poral de los contrarios. Este eslabonam iento de los con
trarios proporciona en cierto modo la esencia del Zw ang en Freud, en
tanto que opuesto a la condensación efectuada por el com prom iso
histérico. Esta form alización im plícita ¿no es la que Lacan enseña
cuando estructura la experiencia analítica con un par de significantes
que él escribe S , S2, un par que sustrae al tercero que sin em bargo
entraña, el intervalo que los separa, a saber, donde yace la clave se
ñalada por Freud de lo que él llam a nexo lógico? ¿No es así como se
puede representar la oposición correlativa de los dos m odos de repre
sión que Freud, en otro lu gar de la observación, asigna a estas dos
neurosis? En lo que plantea como propio de la histeria, a saber la
represión por amnesia, que recae sobre uno de los dos términos,
dejando al otro la carga de representarlo también, se reconoce, a la
letra, el esquem a de la alienación que Lacan presentó en form a lógica
por la caída en las profundidades del significante 1. En la obsesión,
dice Freud, el m ecanism o es diferente y en el fondo m ás simple: el
sujeto “despoja al traum a de su carga afectiva, de suerte que sólo
queda en el recuerdo consciente un contenido representativo indife
rente y en apariencia n im io”. Para nosotros, esto se traduce del si
guiente modo: en la obsesión, al precio del sinsentido, Sx y S2
permanecen en presencia, explícitos. Y la fenom enología de la o bse
sión abunda en m anifestaciones de esa coexistencia, en la coacción
que se impone al sujeto, con un afecto de absurdidad, en la com pen
sación tanto como en el conjuro. La diferencia que Freud establece
constituye para nosotros u na invitación a situar la histeria y la
obsesión como dos m odos de la división, en cierta form a interna, del
sujeto, la de dos en uno en la histeria y, en lo que atañe a la obsesión,
la que deriva de ella en cuanto escisión. La histeria, en este aspecto,
presenta el modo m ás puro de la división del sujeto, aquel que
sim bolizam os por una $. Se trata de un sujeto que asum e su división.
Por el contrario, el sujeto de la obsesión la tapa, intenta aislarla, la
suelda, conectando, sacrificando toda verosimilitud, S, y S2. Y esto se
comprueba, en la fenom enología del pensamiento som etido al Zwang,
por el predom inio de las fórmulas. Aunque no sean todas tan
destacadas, extravagantes y apremiantes como la que Freud presenta
en “El hom bre de las ratas", para nosotros esto sigue siendo legible en
el texto de la experiencia.
En este aspecto, definam os el Zw ang de la obsesión com o una ten
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tativa de efectuar una sutura definitiva del sujeto. ¿Y por qué no
definir esta m ism a sutura como el m odo obsesivo de la represión, que
debe ser distinguida, ciertamente, de la forclusión? Aquello que del
sujeto retorna en la obsesión, reto m a en la cadena significante bajo
el modo de la conversación consigo mismo. La sutura no se realiza en
la obsesión sino a este precio: 1) a causa de esta sutura, el sujeto se
ve conducido a conversar consigo mismo, no con otro. De este modo,
la cadena significante se le impone regularm ente en su dim ensión de
voz; 2) de una voz tanto más paradójica y que crea m ayor confusión
en la m edida en que su atribución sigue siendo estrictam ente subje
tiva, es decir que, como regla general, no irrumpe en lo real; 3) pero
ella desconcierta al sujeto por la introducción en el significante de
partículas que desm ienten su intención significativa, cuyo topos
ejem plar tenem os en el hombre de las ratas en esta forma de conjuro,
de plegaria: “Que Dios la proteja”, donde se evoca irresistiblem ente un
ne, una negación que es la inscripción del sujeto retornando como
sujeto de un W unsch explícito; 4) la coacción también se vuelca en
la duda y Freud es el primero en conjugar, en esta observación, Zwang
und ZweifeL El forzamiento que introduce el pasaje al acto culmina
en una dubitación inexorable.
Nos veríam os conducidos, pues, a situar la obsesión como la re
pulsa de la alienación. Y diré que es en la clínica de la obsesión donde
se pueden descubrir asimismo, de la m anera más pura, las m otivacio
nes clínicas de lo que Lacan construyó como lógica de la alienación.
Esto m uestra por qué razón definió Lacan esa alienación por lo que
él llamó la elección forzada, que es precisamente la conexión del
Zw ang con lo que él hace salir del ZweifeL Esta lógica ilustra a las
claras que, a despecho de la obsesión, no se puede tener las dos cosas
a la vez. Una sola o ninguna. El sujeto de la obsesión, por lo tanto, cae
bajo la acción de una alienación reforzada: la del “yo no pienso". En
la línea de Lacan, tenemos por tanto con qué despertar la clínica de
la obsesión.
Esta sutura de la obsesión es sin duda rechazo del sujeto del in
consciente, que se las arregla con la introducción de las partículas que
he mencionado. A l respecto, en relación a la elección forzada, sin duda
el carácter obsesivo consiste en no dejar que se pierda nada. Hace
mucho tiempo que los psicoanalistas notaron su afinidad con la re
tención y comentaron en la vertiente del erotism o anal el espíritu de
econom ía y hasta de avaricia. Sin embargo, la elección forzada no se
impone m enos al sujeto de la obsesión que intenta desmentirla. Este
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sujeto cae entonces bajo el efecto de una virulencia reforzada de la ex i
gencia de la pérdida. Esta es la paradoja, incluso fenomenológica: no
quiere perder nada, pero busca sacrificarse. Freud lo observa, en par
ticular en el D iario del análisis del hom bre de las ratas. El sujeto se
daba a sí m ism o esas órdenes interdictivas bajo esta form a habitual:
“¿Qué sacrificio estoy dispuesto a hacer para que...?” Esta sutura
subjetiva dem uestra aquí cómo im plica el sacrificio de goce. Hay en
ella una especie de correlación paradójica donde se conjugan la
supuesta avaricia y el ascetism o: por un lado, no perder nada del
significante, pero por otro, sacrificar su goce. Ahora bien, sacrificar el
goce al significante se ilustra con el “yo no pienso", rechazo del incons
ciente que se traduce de buena gana por un “yo cuento”. Y supongo
que la concurrencia conoce la suerte que Lacan deparó al significante
rata -m u y cerca, al ras del texto de Freud-, señalando que está pre
cisam ente encargado de dar fe del sacrificio del goce al significante.
Del sujeto de la obsesión es particularm ente cierto decir que gira [des
plazamiento] continuam ente el haber de goce a la contabilidad.
Por eso m odificaré la versión de la alienación para la obsesión
-esa alienación que Lacan ilustró con lo que encontró en el uso co
rriente, “La bolsa o la vida”, “La libertad o la m uerte"- diciendo que se
caracteriza por esa elección a decir verdad imposible, pero que el su
jeto de la obsesión se consagra a encarnar: “La bolsa y la m uerte”, no
perder nada (hay que llegar hasta ahí), así sea al precio de la vida. Lo
cual abre un espacio de ultratum ba en que el sujeto adm inistra su ha
ber como ya muerto, es decir que sacrifica al significante tanto la v i
da como la libertad. En esto se percibe la conexión original entre el
Zw ang y la muerte. Y éste es tam bién -notém oslo, aunque aquí ha
yam os perm anecido en la vertiente su bjetiva- el estatuto que el sujeto
de la obsesión impone al Otro, del que duda gustoso y a ju s to título,
si el Otro no existe. Pero ju stam en te el prim er aporte de Lacan a la
cuestión de la obsesión es haber subrayado que la función del Otro
se aviene, en la neurosis obsesiva, a ser cumplida por un muerto, y
por la razón siguiente: el m uerto no goza, el goce es una “propiedad”
del ser vivo, al que ella califica. El m uerto no goza, lo cual no le impide
subsistir en las m em orias reducido al estado de significante, donde
vive entre dos muertes. Esto es adem ás lo que el sujeto se esfuerza por
cargar sobre sí mismo: no es que sea susceptible, que tenga m al ca
rácter, sino exactam ente, está m ortificado. Por lo tanto, el odio se
dirige aquí a todo ser de goce que escaparía al significante, por lo cual
surge para él, a su despecho, la injuria lanzada contra lo m ás preciado
142 Jacques-Alain Miller
que tiene, mediante la cual se esfuerza en cercar al objeto indecible.
El insulto es un m odo que Lacan señala por tocar a lo real.
A qu í es donde m ejor se sitúa la exigencia subjetiva que el obsesivo
pone de m anifiesto en la clínica: que el lugar del Otro sea un desierto
de goce. Se consagra especialm ente a realizarlo. Freud lo dice a su m a
nera cuando habla del retiro del afecto. Y, mediante una notación fu l
gurante que pueden encontrar en la página 255 de la edición francesa
de los Cinqpsychanalyses, en “El hom bre de las ratas”, indica que la
consecuencia del retiro del afecto es la disyunción de las relaciones de
causalidad. A quí podemos, mediante nuestras fórmulas, decir un
poco más, a saber, que se trata del vaciado del objeto a fuera del lu
gar del Otro. De este modo traducim os que lo que falta, lo que no se
presenta, lógicamente, al sujeto de la obsesión, debido a la soldadura
significante a través de la cual se cumple su sutura, necesariam en
te, es la función de la causa. Por eso decim os que el objeto a es la causa
del deseo. Y con ello se nos hace posible aclarar el estatuto de la su
perstición -lo que desde Freud se llam a superstición- o de la om nipo
tencia del pensam iento en la obsesión. Esto no falta nunca, está siem
pre presente, incluso com o una suerte de inclinación: el sujeto no
puede evitar pensar que una coincidencia no lo es. Pues bien, no hay
aquí una suerte de rasgo casual sino una suerte de rasgo de cons
trucción: lo que llam am os superstición u omnipotencia del pensa
miento es el esfuerzo hecho para taponar con significante esa hiancia
de la causa constatada en el nivel significante. A quí bastaría con re
cordar el corte que produjo en la historia del pensamiento el cuestio-
namiento de la causalidad, ni más ni menos que por Hume. Hume
demostró, ante la sorpresa general, la causa irreductible en el nivel del
significante, lo que pone en m archa un proceso de verificación
infinito: “Tal vez en lo que sigue, quedará por fin falseado". Recono
cen ustedes aquí la epistem ología que S ir Karl Popper dedujo de ello,
dado el caso, contra el psicoanálisis. Por nuestra parte, nos inclina
ríamos a considerar que se deja engañar por su fantasma.
De este modo, el sujeto de la obsesión tiene que asegurarse de que
todo el goce ha pasado al nivel del significante. Esto im plica que el goce
de que se trata esté muerto. Lo ilustra una escena, cuyas versiones
son constantes cuando la obsesión predomina, esa escena inolvidable
y hierática, contem poránea de la aparición de su patología, que se
evoca en el caso del Hom bre de las ratas: “Se complacía entonces en
imaginar que su padre estaba todavía vivo y podía volver de un
m omento a otro. Se ingenió entonces para trabajar de noche. Entre la
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medianoche y la una, interrum pía su tarea, abría la puerta de entrada
como si su padre estuviera ante ella, volvía y contem plaba su pene en
el espejo de la entrada”. Y un pequeño pasaje com plem entario que
figura en el D iario del análisis -q u e Lacan, en la época en que habló
del texto, no conocía —, señala que ese sexo em pezaba a ponerse
erecto. Por lo demás, en otro pasaje m uy llam ativo de este texto Freud
evoca lo que en la edición francesa se tradujo por “lacune dans le
cognoscible" [laguna en lo cognoscible], d ie L ü ck e d e s Wissbaren. Con
leer pura y sim plem ente esta escena advertim os que no es otra cosa
sino la presentación al padre muerto del significante del goce. Y o digo
que esta escena es hierática y que hace las veces de una hierogamia;
aunque ella sea una, en efecto, para el sujeto: el sujeto está casado con
su órgano. Esto no es m ás que la puesta en acto, la puesta en escena
de la m etáfora paterna, de un modo ciertam ente delirante, pero no
psicótico. Esta escena es, si se quiere, el estadio del espejo del falo, y
la llam ada del Nom bre-del-Padre está estrictam ente presentificada en
ella puesto que el sujeto oye que llaman a la puerta - la precisión figura
en el Diario de un análisis-, abre - a un padre que no está ahí pero cuyo
significante sí lo está desde el momento en qu e la puerta se ha
abierto-, y exhibe la significación del falo. En esta época ese falo está
sustraído al uso -e s un tiempo en que el sujeto se abstiene de
m asturbarse- tanto como al intercambio. Aquí se encuentra situada
exactam ente la frontera entre la psicosis y la obsesión.
Esa exhibición, esa ostentación de la insignia de la virilidad ante
el Otro como muerto, reaparece en todos los casos que merecen la cali
ficación de neurosis obsesiva y pone en escena la conjunción de la bol
sa y la muerte. Tam bién es lo que indica que si el sujeto de la obsesión
puede ser amigo de la muerte, tiene dificultades con el amor, no tiene
problem as de oblatividad, sino que dar lo que no tiene le resulta
problemático.
A sí pues, diré que la clave de lo que da su sostén a la obsesión es
la confusión del ideal con el Otro. Este es también el secreto de lo que
precipita al Hom bre de las ratas en la gran zozobra que lo conduce a
iniciar su análisis con Freud. ¿Qué cosa lo precipita a analizarse con
Freud? Indudablem ente, una coyuntura dram ática que repite la es
tructura que había apresado a su padre: tiene qu e pagar, y en el nivel
del significante se percibe un agujero. Pero ¿por qué interviene el d i
nero como tal? A quí se debe considerar como esencial quién le a nu n
cia esa deuda, supuestam ente simbólica, diciéndole que tiene que de
volver el importe, es decir, aquel que se hizo fam oso en la clínica bajo
144 Jacques-Alain Miller
el nom bre de “capitán cruel”. Este hombre no es otra cosa que lo que,
en esta historia, da fe de la disyunción del ideal y del Otro, de I y de
A. Y esta disyunción se advierte no bien el sujeto im agina a su padre
muerto víctim a de sevicias. En este sentido, el capitán m erece ser con
siderado como el factor que desencadena la gran zozobra obsesiva.
Esto es válido para la entrada en análisis del sujeto de la obsesión,
cuando ésta se efectúa de esa m anera dramática. Tal entrada se debe
al encuentro de un Otro que no es el padre muerto, sino que está vivo,
es decir, del O tro que goza. Este goce del Otro es lo que se refleja en
el propio rostro del paciente, donde Freud acaba leyéndolo. El Otro go
za y no le bastará con hacer ostensible el falo em balsamado: el Otro
tiene el goce malvado. Por supuesto, el sujeto de la obsesión quiere sa
crificarse, ésta es la base de su posición, pero a condición de que el
Otro no goce de ello. Su castración com o tal no lo perturba tanto, pero
de él es especialm ente cierto que no quiere sacrificarla al goce del
Otro, es decir, hacerla servir a un O tro que no estaría m [Link] veo
anunciarse ya en el presentimiento que asaltó un día al hom bre de las
ratas cuando visitaba la tumba de su padre: vio pasar, creyó, una rata.
La ilusión se repite después del relato del capitán: el suelo se levan
taba ante él com o si debajo hubiera una rata. Esta rata no es la de la
cuenta, sino la de un goce insituable en el lugar del significante. En
el fondo, eso se mueve en el Otro.
A sí pues, la entrada en análisis del sujeto de la obsesión se cumple
de buena gana por una zozobra de transferencia que determ ina su lle
gada ante un otro susceptible de e n ca m a r al sujeto-supuesto-saber.
Pero para que este paso sea concebible, es preciso que el otro haya pa
sado a ser el Otro. El Otro de la obsesión se presenta com o el Uno, el
Uno que cuenta. Para que este Otro de la obsesión pase a ser el Otro
como tal, es m enester que sea puesto en conexión con lo que nosotros
llamamos el objeto a como distinto del significante. Y el factor desen
cadenante es el encuentro del goce del Otro, necesario para desem bri
dar la sutura del sujeto-supuesto-saber, siendo la obsesión en sí m is
m a el bloqueo de la significación del sujeto-supuesto-saber. Precisa
mente porque en esta zozobra se cumple el reencuentro del goce con
el lugar del Otro, podemos ser sensibles al rasgo casi paranoico de
esos m om entos que consiste en identificar el goce con el lu gar del
Otro.
A hora convendría introducir casos que no fuesen el de Freud y en
los que se pudiera m ostrar esas zozobras motivadas, ya sea por una
m ujer que goza, ya sea por el goce del amo. Me parece que este punto
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de partida debería perm itim os, en el futuro, abordar la cuestión del
m ecanism o y del m om ento histéricos.
(Texto establecido p o r E lisabeth Doisneau)