Cuestionario de Historia de la Iglesia Antigua y Medieval
José de Sá Araújo Neto
1. ¿Qué es la Edad Media?
Los humanistas y filólogos del siglo XV fueron quienes, al referirse a una época
situada entre la Edad Antigua y la Edad Moderna, acuñaron la expresión "Edad Media". Si
la Edad Antigua se asumió como la época de la espléndida cultura grecolatina y la Edad
Moderna como la que recuperó los valores de la cultura clásica, la Edad Media fue
considerada un período oscuro, marcado por invasiones, peste, superstición y decadencia
cultural. Un ejemplo de su empleo lo encontramos en Melchor Goldast, quien, en 1604,
utilizó el término para referirse a la consuetudo medii aevi.
Tradicionalmente, la Edad Media se ha delimitado espacialmente en Europa y Asia, y
cronológicamente entre los siglos V y XV. Sin embargo, esta división, tanto temporal
como geográfica, es reductiva y parte de la premisa de que todo un milenio estuvo
marcado por la oscuridad y la decadencia. Por ello, al preguntarse qué significa realmente
la expresión "Edad Media", resulta imprescindible analizar su origen, sus
condicionamientos ideológicos y la posibilidad de una ampliación conceptual. No
obstante, en el marco del curso de Historia de la Iglesia y por razones prácticas, asumo la
Edad Media como el período que comienza con la caída del Imperio Romano de
Occidente (ca. 476 d.C.) y concluye con la caída del Imperio Bizantino (ca. 1453 d.C.),
delimitando su extensión geográfica a Europa, Asia y la región mediterránea. Lejos de
adoptar una visión negativa tradicional, enfoco el análisis en los principales
acontecimientos que transformaron el mundo hasta entonces conocido.
Consecuentemente, asumo la división tradicional, distinguiendo tres subperíodos con
sus respectivos núcleos temáticos: la Alta Edad Media (siglos V-X), incluyendo las
invasiones y el asentamiento de los bárbaros, la reconstrucción de Europa hasta
Carlomagno, la expansión del islam y la reforma de Cluny; Plena Edad Media (siglos XI-
XIII), el período de mayor prosperidad con la consolidación del feudalismo, las reformas
eclesiásticas (especialmente la impulsada por Gregorio VII), los movimientos
pauperísticos (intentos de retornar al modelo de Vita apostólica), la reforma de Císter y el
auge de la Escolástica; Baja Edad Media (siglos XIV-XV), que se caracteriza por crisis
eclesiásticas y sociales, la peste negra, el Destierro de Aviñón, el Cisma de Occidente y el
progresivo alejamiento entre el derecho eclesiástico y el civil.
Así, la Edad Media puede ser interpretada de múltiples maneras, en un espectro que va
desde su consideración como una época de oscuridad y decadencia hasta su percepción
como el período de la auténtica cristiandad. Procurando evitar ambos extremos y
atendiendo al enfoque del curso de Historia de la Iglesia Antigua y Medieval, he seguido
la división tradicional y los referentes espaciales y temporales, pero centrando el análisis
en lo que llamo "núcleos temáticos": aquellos acontecimientos clave para la
reconstrucción social, religiosa y cultural de Europa. De este modo, la Edad Media se
presenta como un período de transformación cultural y social, atravesado de principio a
fin por la fe cristiana, la cual, mientras influye en las nuevas estructuras en formación,
también se adapta y se modifica con las contribuciones del mundo germánico.
2. ¿Qué sucede con la Iglesia con las llamadas invasiones bárbaras?
A partir de las incursiones de los pueblos bárbaros y la consecuente desestabilización y
caída del Imperio Romano de Occidente en 476 d.C., la Iglesia se convirtió en la única
institución capaz de salvaguardar una continuidad social y cultural. El abandono de las
áreas urbanas y la configuración de una sociedad predominantemente campesina llevaron
a la Iglesia a extender su proceso de evangelización más allá de los límites de las
ciudades, alcanzando las regiones rurales.
Los obispos comenzaron a desempeñar funciones propias de la administración civil y
judicial. Podemos visualizar el peso de estas nuevas responsabilidades en los escritos del
Papa Gregorio Magno (ca. 590-604), donde se evidencia su labor no solo religiosa, sino
también civil, en tiempos en que la peste, la hambruna y las invasiones azotaban Roma.
Por su parte, los monasterios desempeñaron un papel crucial en la conservación de la
cultura grecolatina, mientras que los monjes se convirtieron en grandes misioneros entre
los pueblos germánicos. Los monjes irlandeses realizaron una destacada labor misionera y
además introdujeron una nueva práctica penitencial: las tarifas penitenciales y las
confesiones privadas, un modelo que tuvo gran repercusión en la evolución de la
disciplina eclesiástica. Algunos de los monjes más influyentes fueron: San Columbano
(ca. 540-615): fundador de varios monasterios en Italia y Francia; San Agustín de
Cantorbery (ca. 600): Enviado por el Papa Gregorio Magno para evangelizar Inglaterra, se
le atribuye la conversión del rey Etelberto de Kent y la consolidación de la Iglesia en las
tierras anglosajonas; Beda el Venerable (ca. 672-735): Gran erudito de la Alta Edad
Media.
El contacto entre la evangelización cristiana y las costumbres de los pueblos bárbaros
propició un intercambio cultural y espiritual. La acción misionera del obispo Ulfilas en el
siglo IV, llevó el cristianismo arriano a los visigodos. Con el paso del tiempo, la mayor
parte de los pueblos germánicos adoptaron el cristianismo, con la excepción de los
francos, quienes permanecieron paganos hasta la conversión de su rey, Clodoveo, en 496,
un acontecimiento clave que le garantizó el apoyo de los galorromanos y sentó las bases
de la dinastía merovingia. Casi un siglo después, en 589, Recaredo, rey de los visigodos,
abrazó la fe cristiana nicena en el III Concilio de Toledo, marcando el fin del cristianismo
arriano en Hispania. Como la conversión de un monarca solía implicar la conversión de
sus súbditos, la Iglesia floreció en estos territorios, impulsando el desarrollo cultural y
teológico. En este contexto, se destaca la evolución del rito mozárabe en la Iglesia
hispano-visigótica.
Así, las incursiones bárbaras, la fragmentación del Imperio, la hambruna y otros
factores sociales exigieron una pronta respuesta de la Iglesia. Como institución, fue la
única que logró mantenerse firme, asumiendo funciones sociales y judiciales, mientras
que, desde su carisma, expandió su misión más allá de las antiguas fronteras imperiales,
facilitando un intercambio cultural que trascendió el ámbito grecolatino. De esta manera,
la Iglesia desempeñó un papel fundamental en la configuración del nuevo espíritu europeo
tras la caída del Imperio Romano de Occidente, un proceso que culminó con la coronación
de Carlomagno, en la basílica de San Pedro en el año 800, como Emperador de los
romanos y del Imperium Christianum en Occidente.
3. ¿Qué es la Reforma Gregoriana? Causas, desarrollo y consecuencias.
La Reforma Gregoriana fue un movimiento de transformación profunda dentro de la
Iglesia Católica, impulsado por el papa Gregorio VII durante su pontificado (1073-1085).
Su propósito era restaurar la disciplina eclesiástica, fortalecer la autoridad del Romano
Pontífice bajo el principio de plenitudo potestatis y garantizar la independencia de la
Iglesia frente al poder secular (libertas ecclesiae).
Con el fin de la dinastía carolingia y la consolidación del sistema feudal, la Iglesia
comenzó a experimentar tensiones más constantes con el poder temporal, especialmente
debido a la injerencia del emperador y los príncipes en la investidura de obispos y abades.
En este contexto, la institución eclesiástica enfrentó situaciones recurrentes de corrupción,
como la venta de cargos eclesiásticos (simonía) y el concubinato de los clérigos
(nicolaísmo). En este escenario, en 1073, ascendió a la Sede de Pedro el monje
cluniacense Hildebrando, quien adoptó el nombre de Gregorio VII para su pontificado. En
1074, convocó un sínodo en el que condenó la simonía y la falta de observancia del
celibato. Al año siguiente, prohibió la investidura de cargos eclesiásticos por parte de los
laicos, lo que desencadenó el conflicto conocido como la Querella de las Investiduras.
Como se refleja en su Dictatus Papae (1075), Gregorio VII defendió que el Romano
Pontífice poseía la plenitudo potestatis, es decir, una autoridad universal que abarcaba
tanto los asuntos religiosos como los temporales, con el poder incluso de deponer
emperadores y eximir a los súbditos de su fidelidad hacia príncipes considerados injustos.
En respuesta a las reformas de Gregorio VII, el emperador Enrique IV decretó su
destitución en el Sínodo de Worms (1076), a lo que el Papa respondió con su deposición y
la liberación de sus súbditos del deber de obediencia. Temiendo una alianza entre los
nobles alemanes y el pontífice, Enrique IV acudió a Canosa (1077), donde, vestido con
ropas penitenciales, solicitó el perdón papal para recuperar su legitimidad. Este conflicto
culminó con el sitio de Roma (1084) y el exilio de Gregorio VII. No obstante el trágico fin
del Papa, sus sucesores continuaron defendiendo la supremacía del Vicario de Cristo.
Finalmente, la Querella de las Investiduras se resolvió con el Concordato de Worms
(1122), firmado entre el Papa Calixto II y el emperador Enrique V. En el ámbito
eclesiástico, la reforma ocasionó el movimiento de la Pataria, que combatía las prácticas
inmorales del clero. Además, hubo un fortalecimiento de la vida comunitaria de los
clérigos mediante la consolidación de los canónigos regulares.
Así, la Reforma Gregoriana representó un punto de inflexión para la Iglesia en
Occidente, respondiendo a una crisis en la disciplina y vida espiritual del clero, así como
en su relación con el poder temporal. Una de sus consecuencias más notorias fue el
fortalecimiento de la autoridad del Romano Pontífice, promoviendo un proceso de
centralización que incluyó la unificación canónica y litúrgica, facilitada por los legados
papales y la implantación del rito romano en sustitución a los ritos desarrollados en cada
lugar.
4. El monacato cluniacense y cisterciense. Distinciones y relevancia.
Durante la Alta Edad Media, los monasterios seguían la Regla de San Benito, pero sin
constituir una orden unificada. Con el auge del sistema feudal, muchas de estas abadías
acumularon extensas propiedades y riquezas, lo que llevó a que los nobles asumieran el
papel de patronos, llegando incluso a designar a los abades. Además, la intervención de
Roma eximió a ciertos monasterios de la jurisdicción episcopal, lo que, sumado a la
creciente influencia secular, derivó en abusos y relajación de la disciplina monástica. Ante
esta situación, San Benito de Aniano (750-821) impulsó una reforma orientada a restaurar
la austeridad y la observancia de la Regla benedictina. Este movimiento sentó las bases
para la fundación del monasterio de Cluny y, en respuesta a sus excesos, dio origen a la
tradición cisterciense, marcada por una vuelta a la simplicidad y el rigor monástico.
Bernón, monje borgoñón nacido en 860, adoptó las ideas de San Benito de Aniano y las
aplicó en sus fundaciones de Gigny y Baume. En 894, obtuvo del Papa Formoso el
privilegio de exención, la libre elección del abad y la protección directa de los apóstoles
Pedro y Pablo. Gracias al apoyo de Guillermo de Aquitania, se concretó la fundación del
monasterio de Cluny, sometido únicamente a la Sede Apostólica. San Odón de Cluny y
sus sucesores—Aymaro, Máyolo, Odilón y Hugo—expandieron la reforma cluniacense
por toda Europa en los siglos X y XI, dando origen a la primera federación monástica con
Cluny como centro. Solo por citar algunos elementos de relevancia eclesiástica, podemos
señalar que, de San Odón, la Iglesia heredó la figura del obispo coadjutor; de San Odilón,
la conmemoración de los fieles difuntos, y de Pedro el Venerable, la festividad de la
Transfiguración y la creación de un monasterio en Toledo destinado a la traducción de
obras clave para la cultura occidental. Además, los abades de Cluny fueron eximios
mediadores para dirimir cuestiones temporales. En particular, San Hugo pudo intervenir
en la querella entre el Papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV, de quien había sido
preceptor.
En 1098, en respuesta a la riqueza institucional, las injerencias en asuntos temporales y
el ritualismo litúrgico, un grupo de monjes de la Abadía de Molesmes liderado por su
abad, San Roberto de Molesmes, y con el apoyo del arzobispo Hugo de Lyon, se
estableció en las tierras donadas por el vizconde de Beaune. Posteriormente, surgieron los
monasterios de La Ferté (1113), Pontigny (1114) y Clairvaux (1115). En Citeaux, los
monjes buscaron restaurar la observancia de la Regla, promover la sencillez y la
austeridad, incluso en su arquitectura, establecer el trabajo manual, especialmente agrícola
y ganadero, como práctica ascética. Sin embargo, las exigencias de la vida de oración
llevaron a la incorporación de los hermanos conversos, conformando una comunidad
dividida entre monjes del coro, dedicados al oficio y la liturgia, y hermanos conversos,
encargados del trabajo manual. Entre sus figuras más influyentes, se destaca Bernardo de
Clairvaux, cuya obra literaria y liderazgo marcaron profundamente la cristiandad,
llegando a recibir el apelativo de “árbitro de Europa”, elevando el prestigio de la Orden.
Por lo tanto, los monacatos cluniacense y cisterciense representaron dos formas de
renovación de la vida ascética y comunitaria en Occidente, guiadas por la Regla de San
Benito. Frente a las tensiones con el poder temporal, Cluny consolidó un modelo
monástico influyente, orientado a preservar el patrimonio cultural y la independencia
religiosa dentro del mundo feudal. En contraste, Citeaux surgió como una respuesta a los
excesos cluniacenses, promoviendo un estilo de vida más austero y aislado. Así, ambas
tradiciones monásticas dejaron una profunda huella en la evolución cultural, religiosa y
política de la Europa posterior a la dinastía carolingia y su fragmentación.
5. Las Cruzadas. Causas y modos de acción.
Las cruzadas fueron un fenómeno de índole religiosa, política y social que surgió a
finales del siglo XI y atravesó gran parte de la Edad Media. En un contexto de creciente
expansión musulmana – que había llegado a dominar importantes lugares sagrados de la
cristiandad –, el Papa Urbano II aprovechó la solicitud de auxilio presentada por el
emperador bizantino Alejo I Comneno, quien en 1095 pidió apoyo para contrarrestar la
amenaza de los turcos selyúcidas contra su imperio. Durante el Concilio de Clermont,
Urbano II convocó a los nobles y caballeros cristianos a emprender una expedición militar
destinada a liberar Tierra Santa y garantizar el libre acceso a los peregrinos.
Las motivaciones para la convocatoria a la guerra santa abarcaban diversas
dimensiones. Por un lado, se pretendía, entre otros objetivos, reunificar las Iglesias
oriental y occidental, canalizar la violencia feudal en favor de la Iglesia y responder a los
relatos – aunque en ocasiones exagerados – de la persecución a los peregrinos.
Simultáneamente, inciden otros factores sociológicos, como el incremento demográfico en
Europa occidental, el surgimiento de un espíritu de reforma religiosa que se afianzó en los
siglos siguientes y la concesión de indulgencias, que ofrecían el perdón de los pecados a
cambio de participar en la cruzada.
En un primer momento, la convocatoria atrajo a un numeroso contingente de
campesinos, liderados por figuras carismáticas como Pedro el Ermitaño (1050–1115). Su
cruzada popular, caracterizada por la falta de adiestramiento militar y organización – lo
que llevó a que la mayoría cayera por el camino a causa del cansancio, de las
enfermedades y de la desorganización –, contrastó con la expedición organizada por la
nobleza. Posteriormente, gracias al liderazgo del noble lorenés Godofredo de Bouillon (c.
1060–1100), en el contexto de la Primera Cruzada, más exitosa, se logró la toma de
Jerusalén en 1099, liberando así los lugares sagrados del dominio sarraceno. Con ello, se
sentaron las bases para el establecimiento de varios estados cruzados, organizados a partir
del modelo feudal occidental, como el Reino de Jerusalén, que se constituyó bajo el
cuidado de Godofredo de Bouillon.
En total, se pueden identificar nueve cruzadas dirigidas a Tierra Santa, campañas que se
extendieron desde finales del siglo XI hasta fines del siglo XIII. Si bien la Primera
Cruzada puede considerarse exitosa al lograr el establecimiento de Estados cruzados, las
expediciones subsiguientes no alcanzaron el mismo nivel de éxito, especialmente tras la
recaptura de Jerusalén por Saladino en 1187. La Cuarta Cruzada (1202–1204), convocada
por el Papa Inocencio III, se desvió de su propósito original y culminó con el saqueo de
Constantinopla por parte de los propios cruzados. La Sexta Cruzada (1228–1229), liderada
por el emperador excomulgado Federico II, consiguió la devolución de Jerusalén, Belén y
Nazaret mediante un tratado negociado con el sultán al-Kamil; en 1229, Federico II fue
coronado rey de Jerusalén.
Además de las cruzadas dirigidas a Tierra Santa, es fundamental destacar aquellas
emprendidas con objetivos diversos. En este contexto, vale la pena mencionar la Cruzada
Albigense, que se extendió aproximadamente desde 1209 hasta 1244. Estas campañas,
impulsadas para combatir la herejía cátara – conocidos en el sur de Francia como
albigenses debido a su fuerte arraigo en la región de Albi – no solo pretendían erradicar
una doctrina considerada herética, sino que también ocasionaron una devastación
significativa en el Languedoc y facilitaron la consolidación del poder real francés en el
sur.
Por lo tanto, las cruzadas surgieron impulsadas por motivaciones eminentemente
militares, aunque no se redujeron únicamente al fervor religioso. La misión de rescatar los
territorios considerados sagrados y de proteger a los peregrinos se entrelazó con diversas
pretensiones de índole política, económica y social. Así, tras la Primera Cruzada, se
establecieron los Estados cruzados – el Reino de Jerusalén, el Principado de Antioquía, el
Condado de Edesa y el Condado de Trípoli – que evidencian el impacto político y
territorial de estas campañas. Asimismo, cabe destacar otras expediciones, como la
Cruzada contra los albigenses, emprendida para combatir una herejía que atacaba la
estructura y el poder de la Iglesia, y que reflejó además la intención de consolidar el poder
real francés en el sur.
6. El nacimiento de las Universidades.
Las universidades surgieron como una creación característica del Occidente cristiano
durante la Edad Media. Su función inicial fue, en gran medida, la formación de los
clérigos a través del estudio de las siete artes liberales, la filosofía y la teología, saberes
hasta entonces solo enseñados en escuelas catedralicias y monásticas. Un claro ejemplo lo
constituye Fulberto, obispo de Chartres, quien en el siglo XI transformó su escuela
catedralicia en un reconocido centro del saber. En un primer momento, estas instituciones
se conocían como studium generale, denominación que destacaba su carácter universal y
el alcance de sus enseñanzas.
Gradualmente, las universidades (universitas studiorum) emergieron como centros
integradores del saber en la Edad Media. En sus inicios, los obispos otorgaban la
autorización para que los maestros – generalmente canónigos – enseñaran. No obstante,
con el tiempo creció el deseo de autonomía y se consolidó un fuerte sentimiento de
corporación entre profesores y alumnos, lo que impulsó la organización interna de estos
centros. La obtención de privilegios, frecuentemente formalizados mediante bulas papales,
les permitió dotarse de una autonomía considerable, orientada a especializarse en
determinados saberes y a gestionar sus propios asuntos.
Las universidades de Bolonia y Oxford son consideradas como las más antiguas de
estas instituciones, habiéndose fundado aproximadamente en 1088 y en algún momento
del siglo XI (con 1096 como una fecha aproximada para Oxford). Sin embargo, en el
contexto ibérico, la Universidad de Salamanca se destaca por haber adoptado
tempranamente el título de “universidad” en el sentido moderno, lo que marca una
transformación en la organización del saber. Por su parte, la Universidad de París,
establecida poco después de Bolonia, llegó a ejercer una influencia preponderante en el
campo teológico en todo el occidente cristiano.
Respecto a su método de enseñanza, la lectio y la disputatio constituyeron dos
momentos fundamentales. La primera consistía en la lectura y el comentario de los textos
básicos de cada disciplina, lo que permitía a los estudiantes conocer y dominar la
autoridad de cada materia, o sea, lo que una sentencia o texto oficial con que se trataba un
asunto afirmaba acerca de su naturaleza. La segunda se basaba en un debate oral,
fundamentado en la silogística aristotélica, donde se discutían y contrastaban las ideas
extraídas de las autoridades, utilizándolas para construir tesis acerca de un caso concreto.
La disputa debía terminar con el desarrollo o solución de un problema, sea filosófico,
teológico o canónico, claramente con la victoria de uno de los disputantes y de su tesis.
Por ende, las universidades representaron una contribución fundamental del Occidente
cristiano medieval que transformó radicalmente la transmisión del conocimiento. Desde
sus inicios, concebidas como centros fundados por autoridades eclesiásticas o civiles con
el fin de formar al clero, evolucionaron hasta convertirse en organismos autónomos y
prestigiosos, dotados de un fuerte carácter corporativo. Así, inauguraron un modelo propio
de enseñanza, basado en la lectura, el comentario y el debate, que se mantuvo vigente e
influyente en la configuración del pensamiento occidental, incluso con el decaimiento de
la Escolástica.
7. Las herejías, enfermedades y disputas conciliaristas.
a) Las herejías
A partir del siglo XI, el declive del sistema feudal, el surgimiento de la burguesía y la
centralización del poder eclesiástico en Roma crearon el ambiente propicio para el
surgimiento de movimientos disidentes. Estos grupos se vincularon a doctrinas
mesiánicas, proféticas, milenaristas y a la adopción de la pobreza voluntaria, y en muchos
casos expresaron su protesta contra el poder eclesiástico, rechazando la riqueza en nombre
del seguimiento de Cristo pobre, que envió a sus apóstoles a predicar a toda creatura.
Destacaremos algunos grupos disidente y los principales rasgos de su doctrina.
Predicadores como Arnaldo de Brescia cuestionaron abiertamente la institución
eclesiástica, rechazando sus riquezas en nombre de una vida de austeridad. Algunos años
después de su condena y muerte en 1155, emergió un nuevo movimiento de predicación
evangélica, conocido como los Pobres de Lyon (más tarde identificados con los
valdenses), que defendía un retorno a la sencillez apostólica.
Paralelamente, el milenarismo se difundía como corriente disidente, proclamando la
inminencia de la segunda venida de Cristo, la llegada del Anticristo y la confrontación
entre el bien y el mal. En este contexto, el monje cisterciense Joaquín de Fiore teorizó que
la historia se dividía en tres edades – la del Padre, del Hijo y del Espíritu. Otro
representante de la ruptura con las doctrinas oficiales fue Dulcino, cuya predicación no
solo defendía posturas heréticas previas, sino que también planteaba una radical
separación entre lo espiritual y lo material.
Se destacan los cátaros o albigenses, cuya doctrina se basaba en un dualismo que
remite, en ciertos aspectos, a tradiciones orientales como el zoroastrismo. Creían en un
dios bueno, creador de lo espiritual, y en un dios malo, responsable de la creación de la
materia, lo que implicaba el rechazo de todo lo material – incluso prácticas fundamentales
como el matrimonio y la procreación – para alcanzar la pureza del alma. Quienes
alcanzaban a renunciar enteramente a sus bienes, eran llamados “perfectos” o “buenos
hombres”. Además, se consideraban cristianos, aunque negaban la encarnación de Cristo y
todo lo que estuviese vinculado a la materia.
b) Las enfermedades
A partir del siglo XIV, especialmente durante la gran epidemia de 1346-1351, la peste
negra se consolidó como la enfermedad que más aterrorizó a la población europea. Se cree
que llegó a Europa a través de rutas comerciales marítimas provenientes de Asia, siendo
transmitida principalmente por las pulgas del roedor, tradicionalmente identificado como
la rata negra. Además, las continuas guerras generaban devastación, destrucción y hambre,
agravando aún más la crisis. En este escenario de calamidad, la muerte se volvió una
obsesión: se buscaban chivos expiatorios, lo que llevó a la persecución popular y estatal
de grupos como los judíos, y a la atribución de la culpa al diablo, considerado señor de
brujos y brujas.
Esta oleada de terror se reflejó tanto en la espiritualidad como en el arte. En el ámbito
espiritual, se interpretaba la peste como un castigo divino que solo podía cesar mediante la
expiación y la penitencia, lo que impulsó prácticas como la flagelación y la organización
de procesiones de flagelantes por las ciudades europeas. En el arte, resultaron frecuentes
las representaciones de la muerte en forma de un esqueleto danzante, como se aprecia en
el fresco de la Iglesia de la Santa Trinidad en Hrastovlje (Eslovenia, 1490), obra que
simboliza la ineludible igualdad de todos ante la muerte. Asimismo, se difundieron los
textos conocidos como ars moriendi, que, impulsados por la imprenta del siglo XV, se
popularizaron rápidamente; estos manuales expresaban el deseo de alcanzar una "buena
muerte" y advertían que, en el último momento, el diablo intensificaría sus esfuerzos para
arrebatar el alma del creyente.
Cabe también destacar que la figura del diablo y el terror que causa obsesiona a la
gente mucho más que antes. Una especie de fiebre satánica llena toda Europa. Satanás
interviene por medio de los brujos. La persecución, el imaginario mítico y supersticioso y
el uso de tortura para arrancar confesiones genera muchas víctimas, condenadas a la
hoguera.
c) Disputas conciliaristas
El contexto que precede y propicia las disputas conciliaristas se sitúa en el período
conocido como el Gran Cisma de Occidente (1378–1417). Tras la muerte de Gregorio XI
en 1378, los cardenales reunidos en Roma eligieron a un arzobispo italiano, Urbano VI;
sin embargo, gran parte de ellos, reunidos en Fondi, eligió a un cardenal francés,
Clemente VII, quien continuó la línea de papas en Aviñón –la cual comprendía a los siete
últimos papas franceses (de 1309 a 1377). Durante casi cuatro décadas la cristiandad se
vio dividida, existiendo simultáneamente un papa en Roma y otro en Aviñón, lo que
inmergía a la Iglesia en una profunda confusión.
Ante esta situación, los canonistas propusieron tres vías para resolverla: la renuncia de
ambos papas, abriendo la posibilidad de una nueva elección (via cessionis); la designación
de un árbitro de presunta neutralidad que decidiera sobre la legitimidad del papado (via
compromisii); la celebración de un concilio ecuménico que deliberase acerca de la
legitimidad de los pontífices, convocatoria que debía ser hecha por ambos papas (via
concilii). Cada una de estas propuestas reflejaba una visión diferenciada sobre la fuente
última de la autoridad en la Iglesia.
Al constatar que el papa de Roma, Gregorio XII, y el de Aviñón, Benedicto XIII, se
mostraban reacios a ceder parte de su autoridad, un grupo de cardenales convocó el
Concilio de Pisa en 1409. Este concilio, en un intento de resolver la crisis, depuso a ambos
pontífices y eligió a Alejandro V, lo que agravó la crisis al dar lugar a una situación en la
que coexistían tres papas.
Con la muerte de Alejandro V y bajo la presión del emperador Segismundo – quien
pretendía imponer a su candidato, Juan XXIII – se convocó el Concilio de Constanza
(1414–1418). En este concilio triunfaron las tesis conciliaristas, que defendían la
supremacía del concilio sobre el papa. Esta concepción estaba amparada en el
pensamiento de teólogos como Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua. La decisión
conciliar se formalizó mediante el decreto Haec sancta (o Sacrosancta) del 6 de abril de
1415. En consecuencia, Juan XXIII y Gregorio XII renunciaron, y Benedicto XIII fue
depuesto. Finalmente, en 1417 el concilio eligió a Martín V como nuevo papa, quien se
comprometió a convocar y obedecer las decisiones de los concilios.
Más tarde, Martín V convocó el Concilio de Pavía en 1423 y el Concilio de Basilea en
1431. Su sucesor, Eugenio IV, decidió en 1437 trasladar las reuniones del concilio desde
Basilea a Ferrara y, posteriormente, a Florencia. Sin embargo, los partidarios de las tesis
conciliaristas continuaron defendiendo la superioridad del concilio y, al percibir que
Eugenio IV obstaculizaba la realización de dicho concilio, llegaron a amenazar con
deponerlo. Esto se materializó en 1439 con la elección del antipapa Félix V, aunque la
deposición de Eugenio IV no tuvo efecto, y el concilio se cerró en 1445. Finalmente, las
disputas conciliaristas culminaron con la victoria del poder papal, reflejada en la
abdicación del antipapa Félix V en 1449.
Obras utilizadas en las respuestas:
J. COMBY, Para leer la historia de la Iglesia. De los orígenes al siglo XV, I (Verbo Divino,
Pamplona 61993).
F. LABARGA, Historia de la Iglesia antigua y medieval (Manuales ISCR; Ediciones
Universidad de Navarra, Pamplona 2021).