Gobernando las Emociones en el Señor
Enfocado en los jóvenes y la generación moderna débil de carácter
Jeremías 17:9
Introducción:
La juventud es una etapa de intensas emociones, marcada por alegrías desbordantes y
también por angustias profundas. Es un tiempo en el que los sentimientos parecen determinar cada
decisión, desde la elección de amistades hasta la manera de enfrentar los problemas. En una
generación como la actual, donde la cultura ha exaltado el “seguir el corazón” como si fuera el
criterio supremo de vida, los jóvenes se encuentran más vulnerables que nunca a ser gobernados
por sus emociones en lugar de aprender a gobernarlas en Cristo. El consejo más repetido en redes
sociales, en la música popular y hasta en las series y películas es: “haz lo que sientas”, “escucha a tu
corazón”, “sé fiel a tus emociones”. Pero la Escritura presenta un diagnóstico radicalmente distinto:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías
17:9). La Palabra de Dios no nos llama a seguir nuestro corazón, sino a someterlo a la verdad de
Cristo.
Juan Calvino, consciente de la condición humana, afirmó con claridad: “El corazón humano es una
fábrica de ídolos” (Institución de la Religión Cristiana). Dentro de esos ídolos se encuentran también
nuestras emociones desordenadas, que fácilmente se convierten en nuestro dios y dictan la manera
en que hablamos, decidimos y nos relacionamos. Veremos cómo las emociones forman parte del
diseño de Dios, pero también cómo el pecado las distorsionó; exploraremos las debilidades
emocionales que los jóvenes enfrentan en la generación moderna, observaremos el llamado bíblico a
gobernarlas en el Señor, y reflexionaremos sobre cómo el mal manejo de las emociones puede
dañar a otros.
Primero:
I.- La naturaleza de las emociones humanas
Las emociones no son algo que debamos negar o reprimir como si fueran intrínsecamente malas.
Por el contrario, son parte del diseño original de Dios en el ser humano. Cristo mismo experimentó
emociones en su vida terrenal: lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35), se compadeció de las
multitudes como ovejas sin pastor (Mateo 9:36), mostró indignación ante la hipocresía religiosa
(Marcos 3:5) y se regocijó en el Espíritu Santo (Lucas 10:21). Estas manifestaciones nos enseñan
que las emociones son buenas en sí mismas cuando están sometidas a la voluntad de Dios, pues
expresan lo más profundo de nuestra humanidad. Jonathan Edwards, en su obra clásica Religious
Affections, señaló que la verdadera religión no es una simple aceptación racional de doctrinas, sino
que involucra también nuestros afectos, es decir, emociones orientadas correctamente hacia Dios.
Edwards afirmaba: “Los afectos religiosos genuinas son aquellas que se someten a la verdad divina
y producen obediencia a Dios”.
El problema de las emociones surge a partir de la caída. El pecado no eliminó las emociones, pero
las distorsionó. En lugar de expresar amor hacia Dios y hacia el prójimo, las emociones tienden a
volverse hacia uno mismo. El amor se convierte en lujuria, la tristeza en desesperación, la ira en
violencia y el gozo en idolatría de placeres pasajeros. Martín Lutero ilustró esta realidad diciendo que
“nuestros afectos, si no son disciplinados, son como caballos salvajes que necesitan ser domados
por el Evangelio”. Así, los jóvenes deben entender que el llamado cristiano no es a reprimir las
emociones ni a exaltarlas como soberanas, sino a ordenarlas bajo la verdad de Cristo.
Debilidades emocionales de los jóvenes en la generación moderna
Los jóvenes de nuestra época enfrentan una situación distinta a la de generaciones anteriores. La
cultura digital ha intensificado el mundo emocional: las redes sociales generan comparaciones
constantes, los “likes” y comentarios influyen en la autoestima, y la inmediatez de la tecnología
produce jóvenes que buscan satisfacción instantánea, incapaces de cultivar paciencia y carácter.
Esto ha llevado a que la juventud actual sea más vulnerable a las debilidades emocionales que la
Biblia describe.
Una de las emociones más problemáticas es la ira. Proverbios 29:11 nos recuerda: “El necio da
rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega”. Sin embargo, los jóvenes muchas veces
reaccionan con enojo desmedido ante frustraciones pequeñas: una mala nota, una palabra ofensiva
en redes, la corrección de un padre o maestro. La ira mal dirigida produce rupturas en amistades,
resentimiento en la familia y violencia en la sociedad. El enojo no controlado es una de las mayores
señales de falta de dominio propio.
Otra debilidad creciente es la ansiedad. Jesús advirtió: “No os afanéis, pues, por el día de mañana”
(Mateo 6:34), pero la generación actual vive dominada por la preocupación constante: miedo al
fracaso académico, al rechazo social, a no cumplir las expectativas. La ansiedad, cuando no se
entrega a Dios, paraliza al joven e impide que viva en paz y confianza en la soberanía divina.
Junto con la ansiedad aparece la depresión, que se ha convertido en una epidemia silenciosa. La
tristeza crónica y la autocompasión crecen en jóvenes que se comparan continuamente con otros.
Las redes sociales muestran vidas aparentemente perfectas, generando frustración y descontento
con lo que Dios les ha dado. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que nuestra identidad no está en lo
que poseemos ni en cómo nos ven los demás, sino en Cristo: “Vuestra vida está escondida con
Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).
El terreno del amor y la atracción romántica también es campo fértil para emociones
descontroladas. La juventud es una etapa en la que los sentimientos románticos pueden ser
intensos, pero cuando no están gobernados por la sabiduría de la Palabra, terminan llevando a
pecados de inmoralidad, dependencias emocionales tóxicas y rupturas dolorosas. Pablo exhorta:
“Huid de la fornicación” (1 Corintios 6:18), pues sabe que una de las áreas donde los jóvenes más
fácilmente son arrastrados es en los deseos desordenados.
En general, se observa que la generación moderna es frágil de carácter. Son muchos los jóvenes
que no saben manejar la frustración, que se sienten devastados por un comentario negativo o que
necesitan constantemente la aprobación de otros. Pablo lo describió proféticamente: “En los
postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos...” (2
Timoteo 3:1-2). Esta auto-obsesión ha producido jóvenes emocionalmente débiles, incapaces de
enfrentar con firmeza los desafíos de la vida cristiana. R. C. Sproul, en La Santidad de Dios, comenta
que la falta de dominio propio es evidencia de nuestra depravación y que el Espíritu Santo obra
precisamente para restaurar esa capacidad de obedecer a Cristo en nuestras emociones y deseos.
El llamado bíblico a gobernar las emociones
La Escritura es clara en cuanto a la necesidad de gobernar nuestras emociones en el Señor. Pablo,
en Gálatas 5:22–23, enseña que el dominio propio es fruto del Espíritu Santo. Esto significa que
controlar las emociones no es un simple esfuerzo humano, sino el resultado de la obra regeneradora
del Espíritu en la vida del creyente. La vida cristiana no consiste en negar lo que sentimos, sino en
rendir cada sentimiento a la autoridad de Cristo.
El proceso comienza con la renovación de la mente. Efesios 4:23 nos llama a ser “renovados en el
espíritu de vuestra mente”. La mente, saturada con la Palabra, interpreta las emociones y las alinea
con la voluntad de Dios. Si dejamos que las emociones interpreten la realidad, seremos arrastrados
por ellas; pero si la verdad de Dios interpreta nuestras emociones, seremos transformados.
Cristo es el ejemplo perfecto de cómo las emociones deben ser gobernadas. Cuando mostró ira,
fue santa, dirigida contra la injusticia y la hipocresía. Cuando lloró, lo hizo por amor y compasión, no
por desesperación. Cuando se alegró, fue en el Espíritu, no en placeres mundanos. Él nunca pecó
en sus emociones, mostrando que éstas, cuando se ordenan bajo la voluntad del Padre, glorifican a
Dios.
La disciplina espiritual es también fundamental en este proceso. La oración, la lectura constante de
la Palabra, la meditación, el ayuno y la comunión con la iglesia fortalecen el carácter. Richard Baxter
escribió: “El corazón no disciplinado es un campo abierto para Satanás; pero el corazón que vive en
disciplina espiritual se convierte en un jardín cultivado para Dios”. El dominio de las emociones no se
alcanza en un instante, sino en una vida de perseverancia y práctica espiritual.
El daño que causa el mal manejo de las emociones
Cuando los jóvenes no aprenden a gobernar sus emociones, terminan causando daño, no solo a sí
mismos, sino también a quienes los rodean. Una de las formas más comunes de daño es a través de
las palabras. Santiago 3:5-6 compara la lengua con un fuego que puede incendiar un bosque entero.
Una palabra dicha en un momento de ira puede herir profundamente, destruir amistades y quebrar
relaciones familiares. Jóvenes que no controlan sus emociones terminan dejando cicatrices en otros
que tardan años en sanar.
La violencia y el resentimiento son otra consecuencia del mal manejo de la ira. Pablo advierte:
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” (Efesios
4:26–27). La ira que no se resuelve se convierte en raíz de amargura, afectando no solo al joven,
sino a toda la iglesia.
Asimismo, el culto a las emociones puede llevar a idolatría. Muchos jóvenes, en lugar de someterse
a la Palabra, toman decisiones según lo que sienten. Esto los conduce a la desobediencia y a un
cristianismo superficial. Cuando las emociones se convierten en el criterio supremo, el joven se hace
esclavo de sí mismo.
Finalmente, un joven que no gobierna sus emociones da un mal testimonio al mundo. ¿Cómo
puede predicar el evangelio de la paz alguien que vive dominado por la ira? ¿Cómo puede hablar de
la esperanza en Cristo quien vive en ansiedad sin descanso? Jesús nos llama a ser luz del mundo
(Mateo 5:16), pero eso requiere que nuestras emociones reflejen el carácter de Cristo, no el
desorden del mundo.
Principios prácticos para gobernar las emociones en el Señor
El primer paso es reconocer la propia debilidad. El salmista clama: “¿Quién podrá entender sus
propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12). El joven debe admitir que sus
emociones tienden al desorden y que necesita la gracia de Dios para gobernarlas.
El segundo paso es llevar cada emoción a la oración. Pablo exhorta: “Por nada estéis afanosos,
sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego” (Filipenses 4:6).
La ansiedad, la tristeza, la ira o el gozo deben ser llevados delante de Dios, quien transforma el
corazón y da paz.
El tercer paso es ejercitar el dominio propio en lo cotidiano. El carácter no se forma en las grandes
decisiones, sino en la disciplina diaria: controlar el tiempo en redes sociales, evitar la gratificación
inmediata, responder con paciencia a una corrección, practicar la puntualidad, ser moderado en la
comida y responsable en los estudios. Estas pequeñas prácticas forman un carácter capaz de
enfrentar emociones más intensas.
El cuarto paso es caminar en comunidad. Hebreos 10:24–25 nos recuerda la importancia de
exhortarnos unos a otros. Los jóvenes no deben enfrentar solos la batalla de las emociones, sino
rodearse de hermanos y líderes maduros que les animen, corrijan y acompañen.
Finalmente, el joven debe recordar su identidad en Cristo. Muchas emociones desordenadas nacen
de no saber quiénes somos. La inseguridad, la comparación y la ansiedad se debilitan cuando
entendemos que “vosotros estáis completos en Él” (Colosenses 2:10). Nuestra seguridad no
depende de la aprobación de otros, ni de logros académicos, ni de la apariencia física, sino de estar
unidos a Cristo por la fe.
Conclusión
La juventud moderna enfrenta un campo de batalla emocional más intenso que nunca. La cultura
les invita a dejarse arrastrar por sus sentimientos, pero la Palabra les llama a someter cada emoción
al señorío de Cristo. Las emociones, cuando son gobernadas por el Espíritu, se convierten en un
medio de glorificar a Dios: la ira se transforma en celo santo, la tristeza en dependencia de Dios, la
ansiedad en oración y el gozo en testimonio del evangelio.
Jonathan Edwards afirmó: “Cuando el Espíritu de Dios cambia el corazón, también transforma los
afectos para que toda emoción fluya hacia la gloria de Dios”. Ese debe ser el anhelo de todo joven
cristiano: no suprimir las emociones, sino redimirlas, gobernarlas y utilizarlas como instrumentos de
amor a Dios y al prójimo.
La generación moderna es débil de carácter, pero en Cristo puede levantarse una juventud fuerte
en dominio propio, firme en la fe y capaz de enfrentar un mundo gobernado por emociones
desordenadas. El llamado del evangelio es claro: no seamos esclavos de nuestros sentimientos, sino
siervos de Cristo, gobernando nuestras emociones en Él, para no dañar a otros, sino edificar en
amor.