TEMARIO
TEMARIO
La historia de la cultura también presenta una fisonomía clásica, que principia con el estudio de
las instituciones implantadas desde el primer momento como son las universidades para terminar
con las innovaciones propias de la etapa ilustrada, las academias, los colegios, los observatorios
astronómicos o los jardines botánicos, productos la mayoría de las veces de las grandes
expediciones auspiciadas por los gobiernos reformistas.
Al mismo tiempo, se da cuenta de las noticias del Nuevo Mundo transmitidas por los primeros
cronistas y de las realizaciones más relevantes de la ciencia, la literatura y el arte indianos a lo
largo de los tres siglos de vigencia de la soberanía española. Finalmente, el estudio de las Luces
desemboca en el capítulo dedicado a las bases intelectuales de la independencia.
Ahora bien, este esquema esencial de desarrollo de las líneas principales permite la aparición de
los frentes avanzados de la historia moderna en el campo del americanismo. Así, el apartado de
la historia política se enriquece con las nuevas problemáticas de la formación de las élites de
poder, las jerarquías sociales en las comunidades indígenas, las experiencias de las sociedades
misionales o las representaciones del poder, con su cohorte de imágenes del rey distante, entradas
triunfales de las distintas autoridades, variedad de fiestas y profusión de arquitecturas efímeras.
La historia económica no sólo presenta la lógica historia de los sectores productivos y de los
intercambios, de las formas de organización del trabajo y de la detracción fiscal. En este caso,
aparecen también otras temáticas como el llamado "imperialismo ecológico" (con la imposición de
explotaciones intensivas de minas o de bosques), la construcción de infraestructuras (urbanas,
viarias, portuarias o defensivas), la cultura material (incluyendo herramientas, vivienda, muebles y
vestuario) y la historia de la alimentación, con la consabida riqueza de los préstamos de productos
y de hábitos alimenticios y culinarios.
La historia social se hace eco de las materias habituales relativas a los grupos sociales,
contemplando las divisorias por estatuto jurídico (libres y esclavos), origen étnico (europeos,
indígenas y africanos), posición estamental y clasista (nobles, eclesiásticos, mercaderes,
artesanos, agricultores) y nacimiento (peninsulares y criollos), y llamando la atención sobre los
conflictos y las revueltas hasta culminar con las guerras de independencia. Sin embargo, al mismo
tiempo introduce nuevas reflexiones sobre el papel de la familia como célula básica, sobre los
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lazos de parentesco y su función social, sobre la problemática de la emigración (motivaciones,
diferenciación por procedencia geográfica, por sexo y por origen social, cadenas migratorias,
geografía de la instalación en suelo americano), sobre las formas de la sociabilidad rural y urbana,
sobre la condición y las actividades específicas de las mujeres en el Nuevo Mundo, así como,
finalmente, sobre los distintos aspectos de la vida cotidiana.
Por último, tampoco la historia de la cultura se limita a las temáticas clásicas del proceso de
aculturación y de las grandes realizaciones en los distintos campos de la ciencia y de la creación
literaria y artística. También aquí el americanismo se hace eco de la controversia sobre los
diferentes estratos de la producción cultural, detectando la existencia de una cultura popular
particularmente rica y variada, que se puede expresar a través de una religiosidad específica, de
una iconografía propia, de las prácticas mágicas, de las elaboraciones mestizas o sincréticas. La
historia del consumo cultural, por su parte, trata de establecer los progresos de la alfabetización y
la permanencia de las lenguas vernáculas, hace el inventario de las librerías y las bibliotecas,
analiza la difusión de la cultura escrita, establece las tipologías de los viajes como vehículo de
conocimiento. Y, más allá, la historia de las mentalidades se ocupa de las resistencias a la
aculturación, de la percepción del mundo, de la expresión de los sentimientos, de las actitudes
ante la muerte y el más allá.
La primera expansión europea fuera de sus fronteras fue en buena medida el fruto de una
expansión interna anterior en el tiempo. Así, las primeras motivaciones de los descubrimientos
son, por un lado, el "hambre del oro", que empuja a los europeos hacia las fuentes del metal dorado
subsahariano, lo que exige bordear la costa occidental africana, y, por otro, el acceso directo a las
especias, convertidas en un elemento imprescindible de la alimentación europea y amenazadas
de carestía y rarefacción tras la instalación de los turcos otomanos en Constantinopla (ahora
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Istanbul) y El Cairo.
Ahora bien, mientras Portugal procedía a ocupar la mayor parte del Mediterráneo atlántico, una
serie de expediciones amparadas por los reyes de Castilla habían situado en la órbita hispánica al
último de los archipiélagos de la región, las islas Canarias. Dejando al margen el descubrimiento
primerizo de Lanzarote y las restantes tentativas de implantación llevadas a cabo por otros
navegantes a lo largo del siglo XIV, la verdadera conquista se había iniciado a comienzos del siglo
XV (1402) por obra de los caballeros normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle,
quienes se habían puesto bajo la protección de Enrique III de Castilla. Y así, tras una serie de
incidencias (tras la venta de los derechos de Bethencourt al conde de Niebla en 1418), el
archipiélago había llegado a estar bajo el señorío de una serie de súbditos de los monarcas
castellanos (finalmente, Diego García de Herrera e Inés de Peraza). Dejando bajo dominio señorial
las "islas menores" de Lanzarote, Fuerteventura, Hierro y Gomera, los Reyes Católicos (en 1477,
antes incluso de la conclusión de la guerra civil) rescataron sus derechos sobre las "islas mayores"
de Gran Canaria (ocupada entre 1480 y 1483 por Juan Rejón y Pedro de Algaba), La Palma
(conquistada por Juan Fernández de Lugo en 1492-1493) y Tenerife (ocupada por el mismo
conquistador con el título de adelantado, entre 1493 y 1496), que empezarían a denominarse
desde ahora islas reales, frente a las islas señoriales, aunque todas ellas serían colocadas bajo la
autoridad de un Capitán General de Canarias (1589).
La conquista de las islas Canarias tuvo para España una trascendencia incluso mayor que la de
la colonización de los restantes archipiélagos para Portugal. Por un lado, y pese a algunas
importantes diferencias (dependencia directa del Consejo de Castilla, nada de doble república de
españoles e indios), la incorporación del archipiélago constituiría el banco de pruebas de la futura
conquista de América: sistema de capitulaciones de los soberanos con particulares (que organizan
la hueste y buscan el apoyo financiero de los mercaderes), sometimiento de los indígenas
(guanches de Tenerife, bimbaches del Hierro y habitantes de las restantes islas), empleo
alternativo de la fuerza o la negociación con los jefes o guanartemes (integrados y evangelizados),
declive de los pobladores aborígenes (diezmados por las epidemias o vendidos como esclavos),
establecimiento de las instituciones castellanas e introducción de nuevos cultivos (particularmente,
la caña de azúcar). Por otro lado, la situación geográfica del archipiélago le confería una función
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de portaaviones en relación con las futuras exploraciones dirigidas rumbo a las regiones más
occidentales, que se beneficiarían además de su enclave en el callejón de los alisios que desembo-
caba directamente en el mar de las Antillas. Finalmente, la conclusión de la conquista permitió la
reconstrucción, con objetivos comerciales, de la fortaleza de Santa Cruz de la Mar Pequeña,
edificada durante la etapa anterior a la instalación española, muy cerca del territorio que más tarde
se denominaría Ifni (1496).
La llegada de Colón, después de algo más de dos meses de navegación (octubre 1492), a la isla
de Guanahaní (bautizada San Salvador, en las Bahamas, seguramente la actual Watling), significó
el descubrimiento de un Nuevo Mundo (aunque para el almirante siguiera siendo Asia o la India,
la antesala del Cipango y el Catay de Marco Polo), hecho que desató inmediatamente un conflicto
diplomático con Portugal, que se solventó con la emisión por parte del papa Alejandro VI (un Borja,
un hombre de la corona aragonesa) de las famosas bulas Inter caetera (3 y 4 mayo 1493)
concediendo a los soberanos todas las tierras halladas a 100 leguas al oeste de las islas de Cabo
Verde y finalmente con la firma del tratado de Tordesillas (7 junio 1494), que establecía el definitivo
reparto del ámbito de las exploraciones entre España y Portugal, fijando la divisoria en una línea
imaginaria situada de norte a sur a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Este acuerdo
reservaba América para España (aunque permitiría el asentamiento lusitano en Brasil, que se haría
efectivo después de la arribada de Pedro Alvarez Cabral, en abril de 1500), a cambio de garantizar
la expansión portuguesa por Asia hasta las islas de las especias, aunque (como veremos) no
evitaría el contencioso por la posesión de las Molucas, solventado durante el reinado de Carlos I
por el tratado de Zaragoza (1529).
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En cualquier caso, el primer viaje de Colón permitió el reconocimiento de otra serie de islas del
mismo archipiélago de las Bahamas, antes de avistar Cuba (bautizada en principio como Juana)
y Santo Domingo (llamada La Española, nombre que conservaría durante mucho tiempo), donde
se perdería la nao Santa María, con cuyos materiales el almirante construiría el primer asenta-
miento en el Nuevo Mundo, el Fuerte Navidad. Al regreso, un temporal separó las dos carabelas,
aunque ambas conseguirían llegar a salvo a la Península. El éxito de la expedición impuso el
recibimiento de Colón por parte de los soberanos, a la sazón en Barcelona, y el apoyo para
organizar una segunda flota, que partiría para las Antillas el mismo año de 1493.
Las exploraciones se proseguirían durante el reinado de los Reyes Católicos, tanto por el propio
Colón, que completaría un ciclo de cuatro expediciones, como por otros navegantes, los
protagonistas de los llamados "viajes menores" o también "viajes andaluces" por el protagonismo
de los marinos del condado de Niebla, avezados a las "entradas" en los territorios musulmanes
del norte de Africa. En el segundo viaje, Colón descubre Puerto Rico (llamada Borinquen por los
indígenas, noviembre 1493) y Jamaica (mayo 1494), mientras en el tercero toca por fin en Tierra
Firme al alcanzar las bocas del Orinoco después del descubrimiento de Trinidad (julio 1498). Entre
tanto, otras expediciones alcanzan el golfo de Paria, la isla Margarita, la isla de Curaçâo y las
costas de Venezuela (1499), poco antes de que Vicente Yáñez Pinzón arribe a las costas de Brasil
(enero de 1500). Colón, por su parte, explorará las costas de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y
Panamá en el transcurso de su último viaje (1502).
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La primera vuelta al mundo fue el resultado de un proyecto para alcanzar por Occidente las tierras
de Asia (siguiendo el viejo sueño colombino), a fin de reclamar para España frente a Portugal la
posesión de las islas Molucas, cuya confusa ubicación geográfica originaba dudas sobre la
adscripción a una u otra potencia de acuerdo con los pactos contenidos en el tratado de
Tordesillas. Firmadas las capitulaciones entre Carlos V y el navegante portugués Fernâo de
Magalhâes (Fernando de Magallanes) en 1518, las cinco naves aparejadas al efecto zarparon de
Sevilla al año siguiente (agosto 1519). Tras efectuar la invernada en las costas de Patagonia, el
descubrimiento del que sería llamado estrecho de Magallanes permitió alcanzar el Océano
Pacífico en noviembre de 1520. La flota arribó primero a las islas Marianas y más tarde a las islas
Filipinas, con la adversa circunstancia de la muerte en el empeño tanto del propio de Magallanes
como de los restantes responsables de la escuadra y de parte de la oficialidad. Asumido el mando
por el español Juan Sebastián Elcano, la expedición llegó a las Molucas, atracando en Tidore,
donde se procedió a la carga de las codiciadas especias de la región. Inmediatamente después,
la nave Victoria, que finalmente sería la única que completaría la travesía, inició el retorno,
doblando el cabo de Buena Esperanza y entrando en el puerto de Sevilla, con sólo 18 tripulantes
supervivientes en setiembre de 1522. Así se realizó la primera circunnavegación del planeta, que
sería relatada por el italiano Antonio de Pigafetta.
La instalación de los españoles en las Antillas fue el preludio para la conquista de América, para
el sometimiento militar de las poblaciones amerindias que habitaban la mayor parte del continente,
en un área comprendida durante el siglo XV entre las actuales fronteras de México y el territorio
de las actuales repúblicas de Chile y Argentina. La dominación española se impuso así sobre unos
pueblos de muy diferente implantación territorial, efectivos demográficos, modos de vida y niveles
culturales.
En 1492 América podía contar con unos 30 millones de habitantes (cifra a medio camino
entre los partidarios de una alta cota de poblamiento, unos 75 millones, y los partidarios de un
continente semidesértico, menos de 10 millones), aunque muy desigualmente distribuidos, con
una alta densidad en el México central de la Confederación Azteca (tal vez de 10 a 12 millones,
una cifra media entre las distintas propuestas, de 5 a 25 millones), una concentración menor en
los Andes Centrales del Imperio de los Incas (tal vez 6 millones en las repúblicas actuales de
Ecuador, Perú y Bolivia) y algunos otros núcleos de población de cierta consideración, como la
avanzada área cultural chibcha o muiska (quizás más de 3 millones de habitantes en la actual
Colombia), las Antillas (quizás medio millón de habitantes en Santo Domingo, la más poblada,
pero pronto despoblada) y la América Central (tal vez menos del millón de habitantes), mientras el
resto (tal vez unos 6 millones, que apenas si establecieron contacto con los europeos hasta bien
entrado el siglo XVII) se repartían entre América del Norte (salvo México) y las demás regiones
del continente.
Este es el mundo que conocen los españoles, que van a iniciar la conquista imponiendo
su superioridad militar (cañones y caballos) sobre las áreas más ricas, más pobladas y más evolu-
cionadas políticamente (dando así la impresión de una conquista del continente por la espalda),
mientras apenas si se animan a penetrar en regiones más pobres, menos pobladas y menos
organizadas políticamente, donde las perspectivas de éxito económico eran menores y las
dificultades de imponerse militarmente a los indígenas dispersos e incontrolables eran superiores.
Como norma general, la conquista y colonización del siglo XVI progresó en aquellas regiones en
que existieron menos distancias culturales entre conquistadores y conquistados, mientras que las
regiones más alejadas en este sentido sólo serían incorporadas en los dos siglos siguientes.
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La conquista prosiguió en los siguientes años hacia el sur (Guatemala, El Salvador y Honduras),
donde encontraron el grupo asentado por Vasco Núñez de Balboa en Panamá, que subía en
dirección opuesta (Nicaragua y Costa Rica). Por el contrario, la exploración de los territorios más
al norte (California, Florida y, sobre todo, los actuales estados de Nuevo México, Arizona y Texas)
no ofrecieron suficientes atractivos a sus protagonistas para iniciar una empresa de colonización.
Las noticias sobre un país de fabulosas riquezas (Eldorado) movió a Francisco Pizarro a
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emprender la conquista del segundo de los grandes imperios, el de los Incas del Perú (1532-1533).
Desembarcado en Túmbez, atravesó los Andes hasta llegar a Cajamarca, donde se apoderó del
soberano (que sería ejecutado poco tiempo después), y más tarde a la capital, Cuzco, que tomó
sin oposición. La fundación de Lima (1535) marcó el fin de la conquista, pese a la resistencia de
los indígenas, que se prolongaría en el estado de Vilcabamba hasta 1572.
Lima fue el punto de partida para prolongar la conquista hacia el norte y hacia el sur. Hacia el
norte, Sebastián de Belalcázar fundó Quito (1534), prosiguiendo la marcha por el territorio de los
chibchas o muiskas hasta llegar a confluir con otros conquistadores procedentes del Caribe como
Jiménez de Quesada. La fundación de Santa Fe de Bogotá (1536) puso fin a esta etapa, ya que
la exploración del Amazonas por Francisco de Orellana demostró la inmensa dificultad de abrirse
camino por la selva y detuvo el esfuerzo de colonización. Hacia el sur Diego de Almagro se
encontró con la resistencia de los araucanos, protegidos por el desierto de Atacama, de modo que
Chile no pudo considerarse ocupado hasta la expedición de Pedro de Valdivia (fundador de
Santiago en 1541), y aun así este "Flandes americano" fue una región sin pacificar (la revuelta de
Lautaro y Caupolicán costó la vida a Valdivia en 1553) y una especie de subcolonia peruana hasta
el siglo XVIII.
Si el paralelo 21 marcó el límite de la penetración española al norte, dejando por tanto al margen
de la colonización toda la costa atlántica americana por encima de dicha latitud, tampoco fue muy
activa la ocupación de los territorios situados al sur de Brasil, que se emprendió desde los
establecimientos de Buenos Aires (fundada en 1536 y por segunda vez en 1580) y Asunción
(fundada en 1537 en el río Paraguay, como base de penetración al interior). Brasil, por su parte,
fue también reconocido, pero poco más, en la primera mitad de siglo por los portugueses, que se
limitarían a fundar algunos establecimientos costeros en Río de Janeiro (Guanabara), Salvador
(Bahía) y Olinda y Recife (Pernambuco).
LECTURAS RECOMENDADAS:
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en el siglo XVI y su aplicación a los indios americanos y a los negros africanos, CSIC, Madrid,
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Una vez efectuada la conquista se inició la colonización, que implicó importantes decisiones sobre
la organización administrativa, social y económica. La América española se dividió en dos
virreinatos (Nueva España y Perú), cada uno de los cuales incluía diversas audiencias para el
ejercicio de las más altas funciones judiciales: Santo Domingo (en las Antillas), México, Nueva
Galicia y Guatemala (para el virreinato novohispano), Panamá, Nueva Granada, Quito, Lima y
Charcas (para el virreinato peruano). La hacienda pública dispuso una serie de oficinas regionales
(las cajas reales) servidas por varios funcionarios dependientes directamente de la Corona.
18
Finalmente, las áreas de alto valor estratégico se dotaron de gobernaciones de acusado carácter
militar, como fue el caso de Cuba y de Chile.
La sociedad se organizó a partir de ahora sobre la base de la separación entre "la república de los
españoles" y "la república de los indios", impuesta por los misioneros para defender a éstos de
aquéllos y consentida por los colonizadores desinteresados de la población indígena salvo en lo
que afectara a sus intereses como encomenderos o empresarios mineros. Los españoles se
concentraron en las ciudades, organizadas según una cuadrícula hipodámica cuyo centro es la
plaza mayor (donde se yerguen los edificios del cabildo o ayuntamiento, de la iglesia, de las
oficinas públicas y, finalmente, de la audiencia y el palacio del virrey o el gobernador donde existían
tales autoridades), quedando fuera los cercados o barrios, es decir las áreas suburbanas que
albergan a la población indígena o mal asentada.
Los indios siguen viviendo en su mayoría en sus antiguos pueblos, donde conservan sus
autoridades originales (los caciques mesoamericanos y los curacas peruanos), sobre las que se
superponen unos funcionarios reales, los corregidores de indios y su personal subalterno. Más
tarde, la acción combinada del desplazamiento de los trabajadores destinados a las minas o al
servicio público o doméstico urbano, las muertes ocasionadas por las epidemias y endemias (el
llamado "choque microbiano" que diezmó a poblaciones muy vulnerables a las enfermedades de
origen europeo) y la desintegración y desmoralización social y personal causada por la conquista
provocaron una despoblación de las viejas comunidades, que exigen de los misioneros como
respuesta la creación de nuevos pueblos de indios de tipo castellano, llamados reducciones o
congregaciones, que estuvieron sujetas a los resultados más diversos, desde el fracaso absoluto
al éxito duradero que permitió la transmisión de una vigorosa cultura popular, producto sincrético
de diversas tradiciones, que nos ha legado hasta hoy el tesoro de su arquitectura, sus vestidos,
su artesanía, sus ceremonias, sus fiestas, su avasalladora música.
Sin embargo, fue preciso recurrir también a la organización de una economía de subsistencia,
fundamentalmente agrícola y ganadera. Una opción que enlazaba con la aspiración de los
conquistadores de convertirse en una aristocracia señorial terrateniente al estilo de la vieja nobleza
castellana que era el modelo a imitar. De este modo, aparece el sistema de encomienda,
constituida por el grupo de indios que debe pagar un tributo en especie y en servicio a cada nuevo
y auténtico señor de vasallos. Las Leyes Nuevas de 1542 trataron de eliminar toda forma de
esclavitud, servidumbre y encomienda, aunque la protesta solidaria de la clase de los
conquistadores obligó a un compromiso que guardaba algunas semejanzas con el que se había
producido con la implantación del absolutismo en la Europa occidental. Se procedió a la supresión
19
de las prestaciones personales de los indios, a la exacción de la "renta centralizada" por el
soberano y a la abolición del señorío jurisdiccional. Los encomenderos conservaron sus privilegios
económicos (tierras y tributos en metálico de los indios recaudados por funcionarios reales, pero
no encomiendas perpetuas que fueron abolidas en el transcurso de tres o cuatro generaciones),
al tiempo que se veían privados de sus atribuciones en materia gubernativa y judicial en favor de
los oficiales de la Corona.
Los intercambios no pudieron tener una base más sencilla a lo largo de todo el siglo. Consistieron
en la exportación de productos agrícolas andaluces (vino y aceite, los llamados "frutos" por
antonomasia) y productos manufacturados europeos (sobre todo telas, las llamadas "ropas" por
antonomasia), más los cargamentos de hierro de Vizcaya y de mercurio de Almadén (embarcado
este último en una flota separada de galeones conocidos con el nombre de "los azogues") y en la
importación de metales preciosos (fundamentalmente plata), que se complementaban con algunos
otros productos, entre los cuales destacaban los colorantes (grana y añil), destinados a alterar
profundamente el mercado y el ramo del tinte en la Europa de la segunda mitad de la centuria. La
plata indiana servía por tanto para pagar las remesas metropolitanas, por lo que una parte
importante pasaba directamente a las arcas de los mercaderes (españoles y también extranjeros)
que habían hecho de intermediarios con los proveedores del norte de Europa, destino final de un
porcentaje difícil de calcular del metal precioso, lo que ha hecho pensar en la economía española
como mero "puente de plata" entre América y Europa. Sin embargo, tampoco debe desdeñarse la
plata retenida en las arcas hispanas, tanto a través de la propia actividad comercial
(avituallamiento de los buques, venta de licencia de embarques, importe de los fletes, beneficios
del comercio a comisión, retribución de las exportaciones nacionales y participación en los seguros
y en los riesgos de mar, el sistema crediticio fundamental para el funcionamiento de la Carrera),
como a través de los ingresos propios de la Corona, esencialmente los derechos de aduana y el
quinto real sobre los metales preciosos.
20
La llegada de plata produjo además uno de los fenómenos mayores de la historia de la economía
de los tiempos modernos, la llamada revolución de los precios. En un sentido, se trata del proceso
de potenciación del crecimiento europeo iniciado en la anterior centuria (que, como vimos, tuvo un
primer origen demográfico y agrario) gracias a la disposición de abundantes medios metálicos de
pago, los cuales habrían evitado el estrangulamiento de los intercambios y habrían propiciado la
inversión en todos los sectores a partir de una inflación moderada y por tanto estimulante. En el
caso español, sin embargo, el fenómeno se presentó bajo su aspecto patológico, ya que la riada
de plata produjo una inflación excesiva en una economía caracterizada por la escasa flexibilidad
de la demanda y por el bajo nivel tecnológico que impedía aumentar la producción al ritmo de la
inversión. Este doble techo de la demanda y de la tecnología (propio en mayor o menor medida
de todas las economías preindustriales), enfrentado con la fuerte inyección de metal precioso
provocó el aumento de los precios españoles en relación con los europeos al tiempo que la
circulación de dinero barato, lo que llevó a los empresarios a desinteresarse por la inversión en
una economía cada vez menos competitiva y empujó a los consumidores a adquirir los productos
importados a mejor precio. De este modo, como señalaban los contemporáneos, la riqueza de
España fue la causa de su pobreza, por más que en el declive económico del siglo XVII entren
otros factores más relacionados con la evolución del mundo rural.
LECTURAS RECOMENDADAS:
BAYLE, Constantino: Los cabildos seculares en la América española, Sapientia S.A. de Ediciones,
Madrid, 1952.
CANTÙ, Francesca (coord.): Las cortes virreinales de la Monarquía española: América e Italia, Ed.
Collana Studi e Ricerche, Università di Roma Tre, Roma, 2008.
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SCHÄFER, Ernesto: El Consejo Real y Supremo de las Indias en la administración colonial (2
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LECTURAS RECOMENDADAS:
LOHMANN VILLENA, Guillermo: Las defensas militares de Lima y Callao hasta 1746,
Publicaciones EEHA, Sevilla, 1964.
O’DONNELL Y DUQUE DE ESTRADA, Hugo (coord.): Historia Militar de España. Tomo III: Historia
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2012.
PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo-Emilio; y TORRES RAMÍREZ, Bibiano: La Armada del Mar del Sur,
Publicaciones EEHA, Sevilla, 1987.
LECTURAS RECOMENDADAS:
CHEVALIER, François: La formación de los latifundios en México. Tierra y sociedad en los siglos
XVI y XVII, Fondo de Cultura Económica, México, 1976 (2ª ed., 1ª edición en francés1953).
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FLORESCANO, Enrique: Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, 1500-1821,
Ediciones Era, México, 1976.
RÍO MORENO, Justo del: Los inicios de la agricultura europea en el Nuevo Mundo (1492-1542),
Sevilla, 1991.
SERRERA CONTRERAS, Ramón María: Tráfico terrestre y red vial en las Indias españolas,
Lunwerg Ediciones, Barcelona, 1992.
SILVA SANTISTEBAN, Fernando: Los obrajes en el virreinato del Perú, Museo Nacional de
Historia, Lima, 1964.
CONTENIDOS: Los reales de minas: oro, plata y mercurio. La mita y el trabajo minero. La
artesanía urbana. La industria de los tintes: grana, añil y palo campeche. La industria naval.
El comercio interamericano.
LECTURAS RECOMENDADAS:
ARCILA FARIAS, Eduardo: Comercio entre Venezuela y México en los siglos XVII y XVIII, El
Colegio de México, México, 1959.
BAKEWELL, Peter: Mineros de la Montaña Roja. El trabajo de los indios en Potosí, 1545-1650,
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BORAH, Woodrow: Comercio y navegación entre México y Perú en el siglo XVI, Instituto Mexicano
de Comercio Exterior, México, 1975.
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colonización, Padilla Libros, Sevilla, 2010.
LANG, Mervyn F.: El monopolio estatal de mercurio en el México colonial (1550-1710), Fondo de
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LOHMANN VILLENA, Guillermo: Las minas de Huancavelica en los siglos XVI y XVII, P. de la
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TePASKE, John J.: A New World of Gold and Silver, edición de Kendall W. Brown, Brill Edit.,
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III. 5. La Real Hacienda en América
CONTENIDOS: Los Tribunales de Cuentas y las Cajas Reales. El tributo indígena. La minería
y el quinto real. Avería y almojarifazgo. Las rentas estancadas. El situado.
LECTURAS RECOMENDADAS:
ARTOLA, Miguel: La Hacienda del Antiguo Régimen, Alianza Editorial, Madrid, 1982.
SÁNCHEZ BELLA, Ismael: La organización financiera de las Indias (Siglo XVI), P. de la EEHA,
Sevilla, 1968.
TePASKE, John: La estructura fiscal del Imperio español, 1560-1800, Caracas, 1980.
TePASKE, John y KLEIN, Herbert S.: La Real Hacienda de Nueva España: La Real Caja de México
(1576-1816), Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 1976.
LECTURAS RECOMENDADAS:
DÍAZ BLANCO, José Manuel: Así trocaste tu gloria. Guerra y comercio colonial en la España del
siglo XVII, Marcial Pons, Madrid, 2012.
ELLIOTT, John H.: España, Europa y el Mundo de Ultramar (1500-1800), Taurus, Madrid, 2010.
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LADERO QUESADA, Miguel Ángel: Las Indias de Castilla en sus primeros años. Cuentas de la
Casa de la Contratación (1503-1521), Editorial Dykinson, Madrid, 2008.
LORENZO SANZ, Eufemio: Comercio de España con América en la época de Felipe II (2 vols.),
Institución Cultural Simancas / SPDPV, Valladolid, 1979.
MORINEAU, Michel: Incroyables gazettes et fabuleux métaux. Les retour des trésors américains
d' après les gazettes hollandaises (XVI-XVIII siècles), Cambridge-París, 1985.
MOUTOUKIAS, Zacarías: Contrabando y control colonial en el siglo XVII, Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1988.
Durante el siglo XVII, la América española consolida sus estructuras económicas, sociales y
administrativas, aunque debe afrontar las consecuencias derivadas de la caída de la población
indígena y de la presencia en el continente de nuevas potencias europeas, que si ya habían abierto
las hostilidades en el transcurso de la centuria anterior ahora proceden a la colonización de los
espacios marginales descuidados por los españoles. De esa forma, al lado de una América ibérica
aparecen ahora las Américas francesa, inglesa y en menor grado holandesa. Como consecuencia,
la administración hispana se muestra cada vez más recelosa de los avances de las potencias
enemigas y organiza la defensa del territorio y de las rutas marítimas ante la presencia de las flotas
enemigas y el hostigamiento de los corsarios y los piratas, que adoptan la fórmula típicamente
americana de los bucaneros y filibusteros de las Antillas.
La economía desarrolló las líneas trazadas en el siglo anterior, con la novedad de una mayor
diversificación productiva (la plata y los tintes navegan cada vez más en compañía de los primeros
productos de plantación, como el tabaco, el azúcar y el cacao) y de un declive general del tráfico
con la metrópoli, que quizás no dependa tanto de una crisis colonial como de una crisis
metropolitana que repercute en las colonias. En cualquier caso, el declive de la población indígena
exige la transferencia de población africana: unos 300.000 esclavos durante el siglo, la mitad de
los cuales se instalan en México para dedicarse al cultivo de las tierras tropicales y al servicio
doméstico.
La población española instalada en el siglo XVI (un máximo de 250.000 personas entre el
descubrimiento y 1630) no recibe apenas nuevos efectivos a todo lo largo del siglo. Por otra parte,
la descompensación migratoria de los primeros tiempos (varones jóvenes y solteros), sólo
contrarrestada más tarde ya muy avanzado el siglo XVI con la prioridad dada a la emigración
familiar, había generado el primer fenómeno de mestizaje (los mestizos por antonomasia), que se
prolonga con la afluencia africana generando nuevos cruces raciales, singularmente la aparición
de los mulatos (blanco y negra) y los zambos (indio y negra), distinciones que son al mismo tiempo
raciales y sociales.
25
religiosos), que empiezan a recibir nombres degradatorios (gachupines en Nueva España,
chapetones en Perú) y a considerarse competidores en el terreno de los oficios públicos o de las
actividades comerciales.
La nueva clase criolla procede de los herederos de los conquistadores (normalmente de segunda
fila), de los primeros encomenderos y de los grupos urbanos de enriquecimiento más reciente. Los
niveles inferiores incluyen a los mercaderes (que se reservan la distribución interior, mientras los
hombres de los consulados, los flotistas, retienen la relación con la metrópoli) y a los segundones
que se labran una carrera clerical o civil, ocupando aquellos cargos que requieren títulos univer-
sitarios y formación jurídica, singularmente en las audiencias y sobre todo a partir del momento en
que las penurias de la hacienda generalizan la venta de oficios en las décadas centrales del siglo.
La verdadera nobleza se basa en los recursos de la tierra, es decir son propietarios de haciendas
o de plantaciones, que amplían gracias a las usurpaciones sobre comunidades indias,
sancionadas por las llamadas composiciones, aunque tampoco desdeñan los beneficios
procedentes de los obrajes, los alquileres de casas o las operaciones crediticias. De este modo,
pasan primero a configurar el patriciado urbano (ejerciendo su hegemonía sobre una sociedad de
profesionales, comerciantes, artistas y domésticos), constituyen después un mayorazgo y
finalmente adquieren un título de nobleza de Castilla, que les garantiza la supremacía en un mundo
donde los titulados españoles sólo figuran como representantes del soberano al frente de los dos
virreinatos.
Esta nueva clase dirigente es la que anima las cortes virreinales, la que construye los palacios que
rivalizan con los virreinales, la que forma (siempre junto a la iglesia) la necesaria clientela para
arquitectos y pintores, la que pone de moda el paseo a pie o en carroza, la que organiza las fiestas,
las veladas musicales y las representaciones teatrales, la que confiere un nuevo lustre a las
mayores ciudades, la que permite la afirmación de un nuevo orgullo, similar al que experimentan
las urbes metropolitanas, tal como se expresa por ejemplo, en la obra de Bernardo de Balbuena,
Grandeza Mexicana (1602).
El mapa de la administración real (gobierno secular) se doblaba del mapa religioso del gobierno
eclesiástico que debía atender a la evangelización (pieza justificativa del dominio político), que
estuvo sostenida por las órdenes religiosas, especialmente en este siglo por los misioneros
franciscanos, dominicos y agustinos, a los que se unirían algunas otras órdenes en las centurias
siguientes, sobre todo la de los jesuitas. La creación de obispados siguió de cerca la creación de
virreinatos y audiencias: Santo Domingo, la primera sede episcopal americana, fue erigida en
1511, mientras que antes de promediar la centuria ya se habían consagrado los tres primeros
arzobispos de Indias en Santo Domingo, México y Lima.
El impacto del Nuevo Mundo entre sus descubridores produjo las primeras creaciones intelectuales
directamente vinculadas con América, que habría de conocer el desarrollo de una rica cultura a lo
largo de los tres siglos de la época colonial. La visión primeriza de las Indias dio lugar a una serie
de relatos de viaje de primera calidad, como fueron los propios Diarios de Cristóbal Colón o las
Cartas de viaje de Amerigo Vespucci. Siguieron las narraciones de los protagonistas de la
conquista, como Hernán Cortés (con sus espléndidas Cartas de relación), aunque la verdadera
obra maestra del género es la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal
Díaz del Castillo, que quiso así contradecir en algunos puntos la Historia de la conquista de México
publicada por Francisco López de Gómara en 1532, veinte años antes de su segunda gran obra,
la Historia General de las Indias (1552). Finalmente, también a mediados de siglo aparecen otros
testimonios de gran valor, como especialmente la Crónica del Perú (1553), de Pedro Cieza de
26
León, que por su calidad historiográfica, su sentido crítico en la valoración de las guerras civiles
que asolaron el territorio antes y después de la muerte de Pizarro y su acerada pluma debe figurar
entre los grandes cultivadores de esta literatura. A continuación vinieron las obras de los
misioneros, que dieron cuenta de las costumbres indígenas (como la detallada Historia de los
indios de Nueva España de fray Toribio de Benavente, 1541) o hicieron una clara defensa de sus
posiciones, como en la Apologética historia de fray Bartolomé de las Casas (publicada en 1559).
Una segunda generación de trabajos sobre América, dentro de esta última línea de contenido
etnográfico, no pudo ver la luz en su tiempo por el recelo de Felipe II, que prohibió su publicación
por un decreto de 1577. Así no pudo difundirse hasta nuestro siglo la obra maestra del género, la
Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún. A su lado hay que
poner un buen número de diccionarios de las principales lenguas americanas (náhuatl, quéchua,
aymará) aparecidos todos en la segunda mitad del siglo, a excepción del dedicado al guaraní, algo
más tardío, de 1640.
Tras el interés histórico, etnográfico y lingüístico llegó el turno a la curiosidad por la flora y la fauna
del Nuevo Mundo, que ya se había manifestado también en los descubridores de primera hora.
Debe citarse por su carácter precursor la Historia Natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de
Oviedo (1535), la recopilación de Francisco Hernández sobre medicina y farmacia titulada Rerum
medicarum Novae Hispaniae, que no fue publicada hasta 1628, a pesar de haber sido enviado su
autor en misión oficial por el propio Felipe II, y sobre todo, la obra maestra del género debida al
jesuita José de Acosta, la Historia natural y moral de las Indias, publicada en 1590 y destinada a
cambiar por su sistematización la visión del mundo heredada de la Antigüedad y sólo corregida en
algunos detalles por el descubrimiento de América.
También la literatura inicia sus primeros pasos en América. Si Gutierre de Cetina (+1557?) trae de
Europa las formas renacentistas de su poesía (como en su famoso madrigal "Ojos claros,
serenos"), la aventura americana inspira el mejor poema épico español, La Araucana (1569-1592)
de Alonso de Ercilla, que relata la derrota de los indígenas chilenos, exaltando sin embargo la
valentía de sus caudillos, como Lautaro o Caupolicán.
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El siglo XVII asiste al nacimiento de la primera literatura criolla, del mismo modo que se desarrolla
un arte barroco de gran originalidad (que ya ofrece los primeros grandes nombres) y la música se
diversifica entre aquella que sigue la corriente europea, la de tradición autóctona, la de
procedencia africana y la que funde todos los elementos en una síntesis sincrética. En cualquier
caso, nace una verdadera cultura americana.
La historiografía criolla encuentra su primera gran figura en el Inca Garcilaso de la Vega, que en
su Historia de la Florida (1605) escribe una verdadera epopeya de la conquista llevada a cabo por
Hernando de Soto, mientras que en su obra mayor, los Comentarios Reales de los Incas (1609)
aplica el método y el estilo del humanismo europeo a una temática precolombina.
También es ya plenamente americana la literatura satírica de Juan del Valle Caviedes (Baile del
amor médico) y la crítica literaria de Juan de Espinosa Medrano (Apologético en favor de don Luis
de Góngora, 1662), autores integrados ambos dentro del círculo peruano, que ya había conocido
un primer florecimiento intelectual durante el breve mandato (1614-1621) del virrey príncipe de
Esquilache, delicado poeta, que había patrocinado una brillante tertulia literaria y (con) la fundación
de la Academia Antártica, muy influida por el humanismo italiano. Si el dramaturgo novohispano
Juan Ruiz de Alarcón produce la mayor parte de su obra en España (La verdad sospechosa),
México en cambio se ilustra con la gran figura de Juana Inés de la Cruz (1651-1695), pensadora
(como demuestra su Carta atenagórica criticando el Sermón del Mandato de António de Vieira),
música, autora dramática (de comedias y de autos sacramentales como El divino Narciso) y, sobre
todo, excelente poetisa, feminista ("hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón") y apasio-
nada ("mi corazón deshecho entre tus manos"), que mereciera el sobrenombre de "nuevo fénix
americano".
Los escritos más significativos de la época participan de una admiración por la exuberancia de los
recursos y las riquezas americanas, así como de la ansiedad intelectual y espiritual del barroco.
Prueba de la primera de estas tendencias es la obra de Antonio León Pinelo, de significativo título:
El Paraíso en el Nuevo Mundo. Por el contrario, ambas confluyen en quien comparte con la
religiosa jerónima las más altas cimas de la creación intelectual mexicana del Seiscientos, Carlos
de Sigüenza y Góngora. Verdadero uomo universale, erudito de curiosidad infatigable, editor del
primer periódico americano (el Mercurio Volante), su obra se reparte entre la loa admirativa a su
patria americana (Paraíso Occidental, 1683), sus inclasificables escritos La gloria de Querétaro o
La primavera indiana (1688), que incorpora el elemento maravilloso a una literatura donde se dan
cita la mitología pagana, la devoción cristiana y el fervor patriótico, y finalmente la redacción de
una aventura real, Los infortunios de Alonso Ramírez (1690), cuya acción pasa de América a los
territorios orientales, no sólo hasta ese finisterre del imperio que eran las islas Filipinas, sino incluso
más allá, hasta el Océano Indico, convertido en escenario de la rivalidad entre las distintas
potencias europeas.
28
La escultura se benefició de la respuesta dada a la exigencia barroca del horror vacui, tanto en las
portadas (verdaderos retablos de piedra), como en los suntuosos y luminosos interiores (con sus
retablos dorados y sus impresionantes artesonados de tradición mudéjar o clásica), igualmente
tocados por un exotismo decorativo exuberante y avasallador. La pintura encuentra sus primeras
figuras de relieve, como Cristóbal de Villapando (1645-1714), en México bajo la influencia de
Valdés Leal, y Melchor Pérez de Holguín (1665-1724), en el Alto Perú y bajo la influencia de
Zurbarán, sin duda el mejor pintor de la América meridional. Por último, también la música
encuentra su primer autor de genio en Juan de Araujo (1646-1712), maestro de capilla de la
catedral de Lima, nacido en España y muerto en Charcas.
LECTURAS RECOMENDADAS:
COOK, Noble David: La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo, Siglo XXI,
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COOK, Noble D. y LOVELL, W. George (eds.): Juicios secretos de Dios. Epidemias y despoblación
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YBOT LEÓN, Antonio: La Iglesia y los eclesiásticos españoles en la empresa de Indias, tomos
XVI: Las ideas y los hechos y XVII: La obra y sus artífices de la Historia de América y de los
pueblos americanos dirigida por A. BALLESTEROS BERETTA, Salvat, Barcelona, 1954 y 1963.
LECTURAS RECOMENDADAS:
ACOSTA LUNA, Olga Isabel: Milagrosas imágenes marianas en el Nuevo Reino de Granada,
Iberoamericana/Vervuert, Madrid-Frankfurt, 2011.
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Orígenes y desarrollo desde su aparición hasta nuestros días (11 vols.), La Normal, Madrid, 1957-
1982.
CORTÉS, Hugo R.; GODOY, Eduardo; e INSÚA, Mariela (eds.): Rebeldes y aventureros. Del Viejo
al Nuevo Mundo, Iberoamericana Vervuert, Madrid, Frankfurt, 2008.
KOHUT, Karl; y ROSE, Sonia V. (eds.): La formación de la cultura virreinal. Vol. I: La etapa inicial,
Iberoamericana Vervuert, Madrid, Frankfurt, 2000.
KOHUT, Karl; y ROSE, Sonia V. (eds.): La formación de la cultura virreinal. Vol. II: El siglo XVII,
Iberoamericana Vervuert, Madrid, Frankfurt, 2004.
LEONARD, Irving A.: La época barroca en el México colonial, Fondo de Cultura Económica,
México, 1975.
MEDINA, José Toribio: Historia de la imprenta en los antiguos dominios españoles de América y
Oceanía (2 vols.), Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, Santiago de Chile, 1958.
SANZ CAMAÑES, Porfirio: Las ciudades en la América Hispana: siglos XV al XVIII, Sílex
Ediciones, Madrid, 2004.
Como bien caracteriza Céspedes del Castillo, después del periodo de conquista y colonización en
que se expanden los horizontes en el continente americano con relativa rapidez, a partir de finales
del siglo XVI el ritmo se ralentiza, se estanca y, en algunas áreas, incluso se produce una
involución, que permite hablar de crisis en el siglo XVII. Por otra parte, la población urbana tendió
a concentrarse cada vez más en las ciudades y los crecientes barrios indios en las afueras de las
ciudades, fueron los primeros barrios proletarios del Nuevo Mundo. El proceso de concentración y
crecimiento sorprende por su rapidez y su volumen, sobre todo si se tiene en cuenta tanto la
modesta inmigración metropolitana, como la coincidencia con una etapa de declive de la población
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nativa. Ambas circunstancias pueden ser la causa de que a partir de 1630 el proceso se detenga,
de modo que, según las regiones, el número de ciudades va a crecer poco o definitivamente se va
a estancar hasta que vuelva a reactivarse, ya en el siglo XVIII.
Asimismo, no se ha de perder de vista que el proceso de desarrollo urbano se llevó a cabo sobre
una enorme extensión territorial, lo que quiere decir que las ciudades americanas estuvieron
emplazadas muy lejos unas de otras. Las inmensas dimensiones del espacio del nuevo continente
debieron parecer inhumanas y monstruosas a los europeos de la época, de ahí que hicieran uso
del transporte marítimo siempre que pudieron y aprovecharan las corrientes fluviales navegables.
No obstante, se fue desarrollando una red de caminos, lentos y costosos de transitar, gracias a la
introducción de ganado europeo de silla, tiro y carga (hecho que permitió romper la debilidad
tecnológica aborigen que suponía el uso de la fuerza humana para el transporte de las cargas).
Remotos núcleos urbanos muy lejanos entre sí y unidos por largos caminos fueron el resultado
inevitable de un proceso de expansión fronteriza y asentamientos emprendidos con limitados
recursos humanos y económicos sobre un espacio geográfico vastísimo (circunstancia que
potenció la autosuficiencia e independencia para poder mantener viva la ciudad). Se perpetúa la
tradición medieval de la frontera, que es ante todo poblar, crear un pequeño mundo organizado
según las normas culturales metropolitanas para vivir en él y de él, pues la experiencia demostraba
que, para poder llenar las alforjas del ansiado oro, era indispensable llevar semillas y animales,
cuya producción y reproducción aseguraran la supervivencia en el ínterin. De todas formas, van a
aparecen unas estructuras urbanas que darían lugar a cinco tipos funcionales básicos:
1. Las ciudades agrícolas, generalmente fundadas en los tiempos de la conquista, que ya han
generado su propia mano de obra y recursos agropecuarios, en forma de proletariado rural blanco,
mestizo e indio hispanizado y de explotaciones rurales de tipo europeo y carácter comercial
próximas a la ciudad. Este tipo de agricultura dio lugar a las plantaciones, un sistema agrario
latifundista en régimen de monocultivo, que exigía para su rentabilidad el trabajo intensivo de una
mano de obra barata. Las plantaciones se extendieron a lo largo del siglo XVII por distintas
regiones americanas, empezando por el Brasil y siguiendo por las Antillas tanto francesas (Saint-
Domingue, especialmente), como inglesas (Jamaica, especialmente) o españolas (Cuba,
especialmente), donde el principal cultivo sería siempre el azúcar, aunque estuvieran en muchos
casos vinculados a otros, tales como el tabaco, el añil o el café. Se ha de señalar que mientras las
Indias inglesas (particularmente las colonias de Virginia y Maryland) se dedicaron pronto al tabaco,
las Indias españolas diversificaron más su producción: cacao (en México, en Venezuela, en Nueva
Granada, en el reino de Quito), tabaco (en Cuba), algodón o café. Además, el trabajo forzoso deja
de ser gratuito y tiende a desaparecer, mientras la encomienda se transforma en renta monetaria
(‘tributo de indios’, que acabaría siendo un mero impuesto).
2. Las ciudades comerciales en puntos clave de rutas de tráfico tanto costero como interior y que
en su mayoría van apareciendo a medida que se desarrollan las rutas de intercambio. Varios
modelos: Arica (transbordo de mercancías con recuas de mulas), Panamá (transbordo de
mercancías europeas hacia el Perú y de plata perulera hacia el Caribe), La Habana
(aprovisionamiento y escala de los convoyes de la Carrera de Indias), Cartagena de Indias
(mercado de venta de productos de los galeones de Tierra Firme comprados con el oro de Nueva
Granada), Lima (puerto de enlace de refuerzos y abastecimiento y centro de desarrollo agrícola
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con plantas y técnicas europeas).
3. Las ciudades mineras, entre las cuales había pocas prominentes (Potosí o Zacatecas) ya que
su fundación y mantenimiento dependía de la riqueza de sus filones metálicos y del tiempo que
tardaban en agotarse. Algunas de ellas, al agotarse sus vetas se transformaron gracias a la riqueza
agropecuaria que habían desarrollado a su alrededor.
4. Las ciudades ganaderas, surgidas en ricas zonas de pastos dedicadas a la ganadería extensiva,
que requería poca inversión de capitales y mano de obra. Su prosperidad dependía de que
comercializaran adecuadamente tanto las materias primas para la incipiente industria colonial (lana
de oveja, cueros de vacuno, sebo, etc.) como el ganado mayor (caballar y mular para el transporte)
y las reses (obtención de leche y carne fresca o de tasajo). El ganado podía criarse con muy poca
mano de obra y trasladarlo a largas distancias con escasos gastos por rutas en las que había un
mínimo de pastizales y agua. La combinación de ricos pastos y ganadería importada de Europa
iba a generar en el Nuevo Mundo la proliferación de una forma de vida muy especializada: es la
vida a caballo de las que se han llamado, no sin razón, ‘culturas del cuero’ y que han generado
tipos humanos tan originales, pese a su ascendencia europea, como el vaquero, el gaucho, el
charro y el llanero.
5. Las ciudades industriales (aunque sería mejor denominarlas artesanales), de aparición más
tardía. Su existencia hay que vincularla a la abundancia de materias primas y mano de obra para
la producción de manufacturas de consumo común en las áreas colonizadas. Como ejemplo se
puede citar Puebla de las Ángeles, que en 1604 contaba con una gran dotación de obrajes o
talleres para la fabricación de paños de la tierra (tejidos bastos de calidad media), que daban
empleo a un número significativo de operarios cualificados. La industria textil fue una de las más
importantes en la producción manufacturera colonial, pero siempre su producción se destinó al
consumo interno de productos baratos y de uso común. Nunca se pensó en conquistar mercados
exteriores, mientras los productos de lujo (y por tanto caros) eran suministrados por el comercio
transatlántico de la Carrera de Indias o por el contrabando.
Dentro de la caracterización general del siglo XVII, se ha de aludir también a las economías
marginales y de frontera. La producción de metales preciosos representaba a finales del
Quinientos sólo una parte relativamente pequeña de la producción total de las colonias y utilizaba
una fracción modesta del total de mano de obra disponible, pero actuó como motor, principio
organizador y elemento dominante en la economía indiana. La estructura minera, que se había
erigido en la columna vertebral de la estructura económica global, fue integrando en ésta a una
constelación de economías comarcales por medio del comercio interprovincial. La agricultura, la
ganadería, la pesca, el sector de servicios y la muy diversificada artesanía manufacturera
ocuparon a la mayor parte de la mano de obra y representaron en conjunto un alto porcentaje de
la producción total.
Se denominan economías marginales a todas las comarcales poco o nada vinculadas a la red de
tráfico interprovincial y de exportación. Entre ellas las hubo españolas e indígenas. Las españolas
se hallaban en lugares caracterizados por su escasa población, por su relativa pobreza de recursos
naturales, por su aislamiento físico, por no disponer de capital de inversión, por no estar en
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condiciones de ofrecer ningún producto competitivo en el comercio interprovincial, o por varias de
estas razones conjuntamente. Fueron economías que reproducían las pautas de la conquista,
aspirando a la autosuficiencia y la diversificación económica. Su estructura era casi idéntica: una
minoría de colonos en ciudades pobres y pequeñas, o incluso en zonas rurales, para explotar
mejor los excedentes de producción de las comunidades indígenas y a éstas como fuente de mano
de obra (ya no forzosa, gracias a la abolición de las encomiendas), con la esperanza de descubrir
minas o de reunir dinero para iniciar un cultivo de cosecha exportable. Algunos colonos,
acostumbrados a la pobreza y a una vida fácil gracias al trabajo de los aborígenes, acabaron
sepultados en un pequeño universo (que pronto sería mestizo), culturalmente castellano
tradicional y cada vez más arcaizante a causa de su aislamiento, mientras otros colonos salieron
huyendo de esos lugares en busca de mejores oportunidades. Es fácil encontrar economías
marginales de este tipo a lo largo y ancho de las Indias.
Por otra parte, la integración de las comunidades indígenas en la economía colonial de tipo
europeo se fue produciendo lenta y gradualmente, según las diferentes circunstancias geográficas
e históricas de cada lugar, originándose una serie amplísima de variantes en el proceso y el ritmo
de aculturación. Así, en territorios de civilizaciones aborígenes avanzadas, el grado y rapidez de
integración económica estuvo en función de la distancia entre cada comunidad autóctona y la
ciudad colonial más próxima. Incluso cuando ya había fenecido el sistema de encomiendas, las
comunidades de indios siguieron participando en la economía colonial entregando parte de sus
cosechas y producción artesana para satisfacer el ‘tributo de indios’, luego cultivando plantas
europeas para pagarlo con la cosecha correspondiente y, por último, con siembras de tipo
comercial cuyo producto vendían para satisfacer el tributo en moneda.
En las zonas lejanas y de difícil acceso, las comunidades nativas pudieron continuar sus formas
tradicionales de producción, pero antes o después terminaron aprendiendo y adoptando (aunque
fuese parcial y selectivamente) nuevas tecnologías agrícolas, la cría de aves de corral y otros
animales domésticos de origen europeo, plantas cultivables llevadas por los colonos desde otras
regiones del continente, ganado mayor y buen número de técnicas artesanales del Viejo Mundo.
Además, en la periferia del territorio colonizado se encuentran otras economías marginales, las
denominadas ‘de frontera’, en zonas desiertas o poco pobladas en las que los europeos entran en
contacto con culturas aborígenes de tipo nómada o sedentario de subsistencia. Se puede
establecer un abanico de modelos según las variantes de su origen:
1. Frontera minera, cuyo asentamiento inicial está vinculado con el hallazgo de un filón explotable,
ya sea por indicaciones suministradas por los nativos, ya por descubrimiento casual o por una
exploración deliberada. Se trata de una frontera de evolución rápida, que fracasa y se abandona
o tiene éxito y origina un núcleo urbano rodeado (si los suelos y el clima lo permiten) de
explotaciones agropecuarias y plantas metalúrgicas.
2. Frontera agrícola, que se establece con la roturación de tierras y con asentamientos rurales que
viven de una agricultura comercial. Aparecen ciudades agrícolas, como mercados donde las
cosechas se negocian y se adquieren los suministros.
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3. Frontera ganadera, basada en la ganadería extensiva y con población escasa y de muy baja
densidad. Tiene éxito en regiones geográficas de sabana o de pradera natural, donde el ganado
se reproduce bien y exige cuidados mínimos.
5. Frontera misional, cuya finalidad es la evangelización pacífica de los indios. La misión está
integrada por una iglesia y un convento humildes en torno a los cuales se espera que se vaya
asentando un pueblo de indios neófitos para ser instruidos en las prácticas religiosas y en las
técnicas y modos de vida propios de los campesinos metropolitanos, tendentes a crear una
economía autárquica.
Los modelos de frontera rara vez se encuentran en estado puro, ya que se suceden o se mezclan
entre ellos. Por ejemplo, las fronteras misionales de más éxito se convierten en agrícolas, hasta
dejar de ser misionales e incluso fronteras. Lo típico de las fronteras es lo transitorio, pues al éxito
de la frontera sucede su desaparición como tal cuando se produce la plena integración económica
y la aculturación. De modo que, en esa nueva sociedad local surgida, sólo van a permanecer las
huellas culturales de la frontera que la originó y que al final se integrarán en los rasgos de un
folklore típico de la zona.
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entre veinte o veinticinco esclavos y otros tantos bueyes para procesar la caña y el jugo y más de
sesenta cabezas de ganado adicionales si el trapiche no estaba movido por una rueda hidráulica.
Los empleados y los esclavos se alojaban en dependencias del ingenio, que también estaba
dotado de la planta industrial para el procesado, de establos para el ganado y de almacenes para
los víveres y para el azúcar envasado. Un despliegue humano, técnico y económico que no se
podía afrontar por la huida de los emprendedores hacia otros sectores ubicados lejos de las islas,
por lo que, en consecuencia, las Antillas quedaron relativamente desiertas y muy empobrecidas.
En efecto, una vez agotados los placeres auríferos antillanos, las estructuras económicas, sociales
y administrativas afrontan las consecuencias derivadas de la caída de la población indígena y de
la presencia en el continente de nuevas potencias europeas, que si ya habían abierto las
hostilidades en el transcurso de la centuria anterior ahora proceden a la colonización de los
espacios marginales descuidados por los españoles. De esa forma, al lado de una América ibérica
aparecen ahora las Américas francesa, inglesa y en menor grado holandesa. Como consecuencia,
la administración hispana se muestra cada vez más recelosa de los avances de las potencias
enemigas y organiza la defensa del territorio y de las rutas marítimas ante la presencia de las flotas
enemigas y el hostigamiento de los corsarios y los piratas, que adoptan la fórmula típicamente
americana de los bucaneros y filibusteros de las Antillas. Y es que en el siglo XVII la piratería se
fragmentaría en multitud de pequeñas acciones protagonizadas por una colonia de marinos fuera
de la ley instalados en las pequeñas Antillas y viviendo de la carne de los rebaños asilvestrados
(asados sobre una enramada llamada boucan en francés, de donde el nombre de bucaneros), que
navegan a bordo de barcos de pequeñas dimensiones (llamados fly-boats en inglés, de donde el
nombre de filibusteros), antes de que el desarrollo económico de la región induzca a ingleses y
franceses a poner término a sus prácticas en el siglo siguiente.
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a la ya existente en Brasil. Las "islas del azúcar" pasan a ser así uno de los ámbitos coloniales
más rentables de Francia, que conseguirá mantenerse de modo estable en la región, pese a la
constante rivalidad que la enfrentará con Inglaterra (especialmente en el transcurso de la centuria
siguiente).
Los ingleses también se establecen en las Antillas a lo largo del siglo XVII: islas Bermudas (1612),
Barbados (1625), islas Bahamas (1670) y, sobre todo, Jamaica (ocupada en 1655), que se
convierte en otro gran centro de producción de azúcar sobre bases similares a las de las demás
economías de plantación, hasta llegar a ser, desde 1680, el más rico emporio de toda la región,
con su comercio asegurado por la Royal African Company (no se puede olvidar que la implantación
en el área caribeña se completa con los asentamientos de la costa hondureña, donde, en pugna
con las autoridades españolas, los cortadores de palo campeche no cejan en la explotación de la
rica madera tintórea demandada por la industria textil europea).
Hay que tener presente en primer lugar, que la economía de plantación fue el origen de la
esclavitud en América. Y, por tanto, fue también el factor de aceleración de la trata de esclavos,
que a su vez generó el llamado “comercio triangular” entre Europa, África y el Nuevo Mundo, así
como la transferencia masiva de esclavos africanos al Nuevo Mundo y, por último, las diversas
formas de una cultura afroamericana, cuyas variables se identifican con las diversas regiones
colonizadas (América española, portuguesa, francesa, inglesa o neerlandesa). En segundo lugar,
que la incapacidad de España para satisfacer la demanda de sus colonias era con frecuencia
compensada por el intenso contrabando y que estas bases extranjeras tenían un valor
geoestratégico añadido al estar enclavadas en un lugar privilegiado para las rutas comerciales.
Para explotar las minas y reducir prohibitivos costes de transporte desde la metrópoli, fue
necesario crear una extensa infraestructura de producción, tanto agropecuaria como industrial,
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además de larguísimas líneas y numerosos nudos de tráfico desde las cuencas mineras hasta los
puertos atlánticos. Se acentuó el ideal de autosuficiencia económica típico de la época de la
conquista. No obstante, a partir de mediados del XVII se produjo un proceso de decadencia por
agotamiento del mineral.
En Nueva España los cañaverales dieron al azúcar un papel relevante en la exportación hacia la
metrópoli, sin embargo, a finales del siglo XVI y principios del XVII sólo algunas plantaciones
próximas a Veracruz enviaron cantidades apreciables hacia Europa, mientras el consumo interior
iba creciendo. De todas formas, faltó mano de obra y capital de inversión ya que la mano de obra
esclava era cara y los capitales estaban casi monopolizados por la minería de plata, que a su vez
era la que atraía a los colonos más emprendedores.
Tanto las fuerzas militares como los religiosos continuaron luchando por el control de las
poblaciones indígenas, de modo que en las décadas siguientes se aceleró el ritmo de la creación
de misiones y la consiguiente incorporación de los aborígenes al sistema colonial, estableciéndose
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una frontera misional bastante dinámica. En paralelo, fue aumentando la fundación de pueblos,
que fueron erigidos a partir de las antiguas encomiendas.
A mediados del siglo XVII, hubo una serie de epidemias (cólera, sarampión, gripe e incluso peste)
que diezmaron la población de las ciudades coloniales (sobre todo en Caracas) afectando tanto a
los españoles como a los aborígenes y a los esclavos. Hacia 1661 los misioneros, continuando
con su programa de fundación de reducciones indígenas, emprendieron una nueva etapa en el
establecimiento de misiones, especialmente a lo largo de los Llanos centrales.
Si en el Quinientos había sido la producción de trigo uno de los motores que había influido en el
desarrollo económico de Caracas, en el siglo XVII hubo un cambio de tendencia, decayendo la
producción cerealística de forma sustantiva, que ya no se dedicaba a la exportación, sino que
quedó circunscrita al consumo interno reduciéndose el cultivo del trigo a las zonas templadas de
los Andes, desde donde era transportado hacia Mérida y Maracaibo a lomos de mulas. Sin
embargo, la economía venezolana que había estado muy orientada al contrabando con Brasil
sufrió una reorientación muy positiva gracias, por un lado, a los incentivos fiscales en la exportación
hacia la metrópoli del excelente tabaco de Barinas (en los Llanos) y, por otro lado, al incorporarse
al circuito del tráfico interprovincial exportando zarzaparrilla, tejidos de algodón y, sobre todo,
cacao (al que se le reservó desde 1695 el vasto mercado consumidor de Nueva España). Por
tanto, el difícil despegue de Venezuela vino de la mano del cultivo de los productos de plantación
(cacao, caña de azúcar y tabaco) y de la explotación de otros productos como la sal y los cueros.
Pasando a otro tema, con motivo de la Unión de las Coronas, los holandeses tuvieron dificultades
para abastecerse en Setúbal y Cabo Verde de la sal que necesitaban para la conservación de sus
arenques (su producto de exportación estrella). Por este motivo a partir de 1599 los holandeses (y
también los franceses, aunque en menor grado), comenzaron a buscar otras fuentes para hacer
acopio de sal y pusieron sus ojos en la península de Araya a causa de la pureza de la materia
prima de sus salinas y a su posición geoestratégica para poder ejercer el contrabando con Cumaná
e isla Margarita.
En efecto, desde comienzos del siglo XVII los holandeses mostraron un especial interés por un
punto concreto de la zona sur oriental del Caribe venezolano, la península de Araya donde había
unas importantísimas salinas (de gran valor para el procesado de carnes y pescados). Al comienzo
sólo fueron unas incursiones piráticas, pero la instalación en tan preciado enclave y la construcción
de instalaciones para la explotación de las salinas, alertaron a las autoridades españolas, por lo
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que se organizó una flota para enfrentarse a los barcos holandeses fondeados en Araya, que
fueron derrotados (1605).
El periodo 1665-1669 es conocido como el quinquenio de los piratas. En 1666 Maracaibo sufrió
ataques y saqueos de los filibusteros y los bucaneros, hasta el punto de que el gobernador,
Fernández de Fuenmayor, permaneció en la ciudad para supervisar su reconstrucción y la de las
fortificaciones que debían neutralizar los posibles nuevos ataques de los piratas ingleses. El
gobernador, en su afán de reforzamiento del área, envió desde Coro un grupo de colonos a
Jamaica, pero fue un fracaso porque eran pocos y estaban mal dotados para poder poner en
marcha una colonia fuerte que pudiera ofrecer resistencia a las invasiones extranjeras. Mientras
tanto, los piratas ingleses, franceses y holandeses hostigaron con asiduidad regiones como
Trujillo, La Guaira, Coro, Puerto Cabello, Cumaná, Araya, Trinidad y Margarita.
Tras las disputas entre los almagristas y los pizarristas y de la rebelión de los encomenderos (tanto
por la supresión de las encomiendas hereditarias como por la supresión del trabajo personal de
los indígenas), el virrey Hurtado de Mendoza realizó la pacificación del Perú (1556-1560), aunque
la organización que posibilitaría su desarrollo posterior se debió al virrey Toledo (1569-1581),
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quien, entre otras medidas, impuso la distribución del trabajo indígena por medio de la mita para
proveer de mano de obra las minas de Potosí (plata) y Huancavelica (mercurio, necesario para el
proceso de amalgama).
Aunque en el norte novohispano hemos visto cómo se desarrollaban los núcleos agropecuarios
para surtir las necesidades de los reales de minas, en Potosí no fue posible desarrollar la
autosuficiencia, porque se hallaba enclavada en un lugar improductivo en razón de su clima, suelos
y altitud. De ahí que, en su torno, se originaran las primeras rutas largas, establecidas y
consolidadas sin reparar demasiado en los costes del transporte, para dar salida a los metales
preciosos y obtener de zonas lejanas los suministros que no podía generar por sí misma, pero que
sí se puede permitir el lujo de pagar. A lo largo de esas rutas de la plata que atravesaban espacios
marginales indígenas, parajes de naturaleza escarpada y desolados desiertos, se fue
estableciendo una red de posadas, cuadras, pastizales y pequeñas chacras (granjas en quechua)
con cultivos de subsistencia capaces de soportar una población de arrieros transportistas de
mercancías varias, mensajeros y viajeros (de forma ocasional).
Como bien señala Céspedes del Castillo, la vida de esas gentes del camino es tan poco conocida
como interesante. Los arrieros profesionales estaban integrados por individuos de diferentes
niveles (desde el modesto empresario al simple acemilero) y procedencias. En efecto, los
españoles aportaron el ganado y la técnica; los indios hispanizados aportaron su conocimiento del
terreno, gracias al cual se pudo establecer el trazado de las rutas; y los mestizos, los cuales fueron
los que mejor se adaptaron a este género de vida itinerante. Aunque alguna de las rutas de la plata
se trazó aprovechando las antiguas sendas del comercio aborigen a larga distancia, la mayor parte
fueron creaciones de la época colonial. Y es que los caminos incaicos, que eran las mejores vías
de comunicación indígenas, si bien es verdad que siguieron transitándose, hubieron de ser
readaptados en profundidad, pues habían sido trazados para el paso de peatones siguiendo las
líneas de menor distancia y no para que pasaran recuas de mulas, que han de seguir la línea de
menor pendiente. El uso de carros y carretas estuvo reservado a los espacios geográficos llanos
(como la Pampa) o los trayectos cortos, de los cuales el más significativo es el camino que une
Lima a El Callao, uno de los pocos que podrían llamarse calzada y no simple pista de ripio. Por
último, comentar que el caballo fue utilizado como vehículo para viajeros, aunque en terrenos
accidentados era sustituido con ventaja por la mula, que se erigió en la reina de los caminos
coloniales, tanto como animal de carga como de silla.
La cuenca minera del Alto Perú (lo que hoy es Bolivia), de suelos pobres para la producción
agrícola o de pastizales para la ganadería, necesitó crear extensas zonas satélites que
proporcionaran lo necesario para la demanda de su densa población. Así, llegaban a esta zona
los ‘paños de la tierra’ o tejidos de los obrajes de Cuzco, Cajamarca y Quito; la costa peruana
contribuía con harinas, maíz, aceitunas, aceite, salazones de pescado, azúcar y vinos; madera,
cacao y sombreros de Guayaquil; además, se surtía de ganado y productos agrícolas de Salta y
Tucumán; y de Chile llegaba cobre, harinas y frutos secos. Si la minería peruana tuvo, a causa de
la mita, un efecto despoblador y destructivo, es también cierto que fue el origen de la red de
comercio interprovincial más extensa, compleja y rica de todo el continente.
Finalmente, habría que mencionar que una catástrofe natural, el terremoto de 1687, tuvo graves
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consecuencias en este territorio. Lima quedó destruida, se alteraron los cursos de las corrientes
fluviales, los extensos sistemas de regadío de la costa peruana se arruinaron y, por si faltara algo,
una plaga de tizón asoló la agricultura peruana, convirtiéndose de excedentaria en deficitaria de
cereales. Este hecho propició que Lima, que ya importaba de Chile productos ganaderos y cobre,
dependiese en estos años finales de la centuria de masivas importaciones de trigo chileno. En
consecuencia, hay que destacar el papel que Chile desempeñó en el sur como sub-colonia de
Lima (situación que se prolongaría hasta mediados del siglo XVIII).
El reino de Nueva Granada, integrado en el virreinato del Perú, se organizó en torno a la Real
Audiencia de Santafé de Bogotá (a mediados del siglo XVI) que era el órgano de poder que
administraba la justicia, organizaba la administración pública y debía ‘pacificar el territorio’.
Comprendía los territorios de Santa Marta, Río de San Juan, Popayán, Guayana, Cartagena y la
Capitanía general de Venezuela.
Si bien se había ido fortificando a lo largo del Seiscientos su frente litoral (destacando el fuerte de
San Luis de Bocachica), el corsario barón de Pointis logró invadir la plaza con una gran flota
fuertemente artillada (abril-julio 1697), destruir las fortificaciones de la bahía y volver con inmensas
riquezas provenientes del botín del saqueo de la ciudad, que le granjearon el favor de Luis XIV.
La mayor parte de la dotación de la armada francesa sufrió de fiebre amarilla, una triste ‘justicia
poética’. Tras la incursión de Pointis se afrontaron las reformas en los fuertes de Bocachica y las
baterías de Tierrabomba. Asimismo, la ciudad se restauró siguiendo su trazado irregular, las casas
se edificaron en piedra coralina y ladrillo con gruesas capas de cal que contribuían a refrigerar los
interiores de las viviendas. Son característicos los techos altos y los balcones muy voladizos cuyo
objetivo era proporcionar sombra en las calles y atemperar las altas temperaturas.
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También en la costa con una profunda bahía, buen refugio para las flotas navales, Santa Marta
como capital de gobernación, asumió la colonización hacia el interior y basó su economía en una
producción de subsistencia y un comercio minorista que eran bastante rentables. Así, su economía
se enfocó hacia las haciendas esclavistas en torno a las tierras fértiles al sur de la actual Ciénaga
(Magdalena), unas tierras llanas que permitían el cultivo de banano, maíz y guayaba.
Aunque nunca fue tan activo y dinámico desde el punto de vista mercantil como las ciudades
costeras, el interior se fue desarrollando e incluso recibió oleadas de colonos castellanos,
toledanos y madrileños que se asentaron en estas tierras más acordes con las temperaturas de
sus regiones de origen.
Como era lógico Santafé de Bogotá fue uno de los núcleos urbanos que despegó y en el siglo XVII
se desarrolla en un nuevo emplazamiento a la otra orilla del río San Francisco, urbanizándose
organizadamente en cuadrícula con amplias plazas y edificaciones públicas a tenor de lo requerido
por un prestigioso centro administrativo. Su desarrollo se fundamentó en torno a sus funciones de
tipo administrativo, manteniendo una agricultura con amplia producción de tubérculos y también
explotó la producción de las minas de sal gema en Zipaquirá (Cundinamarca), a unos 50 kilómetros
de la urbe capitalina, que ya habían sido explotadas por los muiscas en la época precolombina.
Los indígenas muiscas fueron también los que se dedicaron al laboreo minero del cobre y las
esmeraldas (Boyacá y Cundinamarca), los productos más significativos del reino neogranadino.
No obstante, la disminución demográfica de la población autóctona hizo precisa la importación de
esclavos africanos para emplearlos en la explotación minera. Fue la región en la que se desarrolló
con mayor intensidad la encomienda, tal vez por la disponibilidad de terrenos muy adecuados para
su explotación y la abundancia de indígenas ‘encomendables’, pese a que la explotación
desmedida de éstos los fue diezmando al tiempo que los españoles defensores de los aborígenes
fueron arrestados y condenados a muerte. Así, a comienzos del siglo XVII en Cundinamarca y
Boyacá había censados ocho pueblos de indios con un censo de casi 61.500 indígenas, en los
que fue bastante complejo aplicar las leyes indianas en defensa de los autóctonos.
Finalmente, nos vamos a referir a la provincia de Antioquía (ubicada en las regiones andina y
caribe en el noroccidente colombiano) y a los yacimientos de oro que prestan originalidad a la
producción minera del reino de Nueva Granada (cuyos centros más significativos son Chocó,
Nariño y Cauca en la zona Andes-Pacífico). La ubicación de la actual Santa Fe de Antioquía data
de finales del siglo XVI (1587) y se convirtió en la capital de la provincia de Antioquía. Entre 1626
y 1644 comenzó la ocupación económica del valle de Aburrá, se fundó la villa de Nuestra Señora
de la Candelaria de Medellín y un poblado, al que se denominó San Lorenzo de Aburrá, cuya
creación tenía por objetivo resguardar y proteger a los indígenas. En 1646 se trasladó el poblado
de San Lorenzo al sitio de Aná, al ángulo que forman el río Medellín con la quebrada de Santa
Elena, este emplazamiento corresponde en la actualidad a la capital antioqueña (Medellín). Habrá
que esperar al siglo XVIII para que el oidor y visitador de la provincia de Antioquía, Mon y Velarde,
propiciara el cambio de la estructura social y jurídica de la región con un nuevo reparto de tierras,
la muy significativa autorización de ocupar tierras que tenían dueño pero nunca se habían labrado
y cultivado y el proceso de nuevas fundaciones para ser colonizadas, al tiempo que fomentó la
siembra de cacao y algodón en el territorio antioqueño (incorporándose a la economía de
plantación del Setecientos).
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Pues bien, el eje central de la economía antioqueña fue la explotación de sus yacimientos de oro,
constituyéndose el oro en motor de la actividad económica de la provincia como mercancía en sí
y como capital disponible para realizar nuevas inversiones, por lo que los ciclos de la producción
aurífera se han convertido en uno de los temas más estudiados sobre el periodo colonial.
Simplificando, se puede decir que hubo dos grandes ciclos estructurales (el primero de 1550 a
1620 y el segundo entre 1680 y 1820), mientras el periodo intermedio (1620-1680) se suele
considerar como de una profunda crisis económica durante el cual a duras penas la provincia pudo
sostenerse a sí misma, pese a que la minería seguía constituyendo el motor principal de la
economía. El primer ciclo se caracterizó por la explotación de lavaderos fluviales o aluviones
mediante la utilización de trabajo indígena. El estancamiento de la producción se debió al
agotamiento de la tecnología y al tipo de explotación, propios del primer ciclo del oro, cuya
decadencia es muy marcada a mediados del siglo XVII. El segundo ciclo, se fundamentó en la
explotación de la minería de veta y por la utilización de la mano de obra esclava, como
consecuencia del descenso demográfico de la población indígena. Este período se caracterizó por
la ampliación de la frontera minera en Antioquia.
Es necesario tener en cuenta que, independientemente de las técnicas y los tipos de minas en
explotación (aluvión o placeres y veta o filón), la circulación del oro no se hacía necesariamente
por intermedio de los mineros, sino que obedecía a circuitos mucho más amplios, en los que
comerciantes y ganaderos jugaban un papel fundamental al registrar el oro en polvo en casas de
fundición que no eran necesariamente las mismas en donde se extraía. Este escenario, por tanto,
puede introducir una divergencia entre las cifras de producción, ya que las aparentes caídas de la
producción se pueden deber más al lugar de registro que al de la producción real. Además, hay
que tener en cuenta que, ante la dificultad de emplear mano de obra indígena, las minas de aluvión
antiqueñas eran trabajadas con mano de obra esclava importada a través de los puertos fluviales.
No se ha de perder de vista que la introducción de esclavos en el laboreo minero precisaba de una
inversión cuantiosa, convirtiéndose en el largo plazo y a medida que los yacimientos se agotaban,
en una forma antieconómica de explotación minera. No sólo la compra de los mismos era costosa
sino que suponían un costo adicional en la manutención y mantenimiento para que su rendimiento
compensase la reducción de las tasas de rentabilidad de los mineros. Es una manera descarnada
de presentar una realidad desde el punto de vista del ‘empresario minero’.
No obstante, el siglo XVII fue testigo de uno de los procesos de territorialización más sólidos de
este espacio y que se consolidó en torno al valle de Aburrá. Durante este tiempo se fue
desarrollando una relación asimétrica entre la capital de la provincia, Santafé de Antioquía, y el
otro centro urbano en el valle, Medellín, debido a que Santafé basaba su economía exclusivamente
en el oro sin generar otros bienes para el comercio interprovincial, mientras que en el valle de
Aburrá, Medellín se erigió en un modelo de frontera productiva, de modo que el negocio ganadero,
que comenzó como abastecimiento de la demanda del centro minero en decadencia de Santafé
de Antioquía, se orientó en una segunda etapa al suministro de carne fresca en los centros urbanos
entrando en un circuito más amplio que permitía consolidar las redes de intercambio. Así, los
estancieros del valle ofrecían su ganado a los mataderos locales a precios bajos, pero por un
número determinado de reses, lo cual permitía un abastecimiento local regular de carne al tiempo
que al ganadero le garantizaba que todos los habitantes de la zona estuviesen obligados a comprar
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su carne. Además, al predominar la explotación de minas de aluvión, la frontera minera, por su
carácter móvil, incorporaba de forma relativamente fácil nuevas zonas a los territorios ya
consolidados, las que una vez integradas continuaban funcionando en la dinámica territorial de la
provincia.
Las redes viarias abiertas para el suministro de reses se vieron pronto transitadas por
comerciantes que vieron negocio al observar que los ganaderos habían captado oro en polvo en
las zonas mineras y que lo registraban en las cajas donde la tarifa del quinto resultara más
favorable o dónde iba destinada la remesa ganadera a su cargo. Este circuito se consolidó en la
segunda fase gracias al fortalecimiento de la arriería a lo largo del siglo XVII, que permitió a los
comerciantes controlar una proporción cada vez mayor de oro en polvo, ya que muchos mineros
y mazamorreros (negros que habían conseguido comprar su libertad y se dedicaban a la actividad
minera de manera independiente) usaban el oro como medio de cambio o pago y para ellos era
un negocio redondo.
El enorme peso que los estudios antropológicos nacionales de Paraguay, Brasil y Argentina en la
producción académica del siglo XX, desvirtuó la imagen sobre el pasado colonial del ámbito del
Río de la Plata, dando una visión simplificada de la extensa región y además cayendo en el
anacronismo de interpretarla no en su conjunto sino en clave de la fragmentación territorial de la
modernas naciones, lo cual implicaba hacer el análisis de los procesos según los límites
territoriales que se trazaron en el siglo XIX tras las independencias de cada una de estas áreas,
como si hubiera una continuidad territorial entre la colonia y la república y como si existieran unos
límites naturales para territorios homogéneos, dejando en un segundo plano las características
económicas, políticas y culturales de la región. Tales proyecciones han de tomarse con reservas,
huir de la búsqueda de las raíces de la singularidad nacional ya en el periodo colonial y abordar
su estudio en los amplios contornos establecidos en la etapa colonial como un todo que era
gestionado a través de la administración metropolitana.
La enorme superficie que abarcaba el virreinato del Perú dificultaba las tareas de gobierno en un
ámbito tan extenso como el comprendido por las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay,
Tucumán y Santa Cruz de la Sierra, el corregimiento de Cuyo, la provincia de Charcas y Colonia
de Sacramento. Vamos a intentar dar unas pinceladas sobre cada uno de los espacios que
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comprenden tan extensos territorios.
Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires en 1536, pero los ataques indígenas, la falta de agricultura
y la ausencia de minerales hacían poco atractiva la región, de modo que fue abandonada y se ha
de esperar a 1580 para que fuera refundada por Juan de Garay. Hay que partir de la base de que
Buenos Aires fue concebida en el conjunto imperial como un puerto de escala en la ruta al Asia
por Occidente (abierta con la expedición de Magallanes-Elcano), por lo que el fracaso de las
expediciones a las islas de la Especiería organizadas desde puertos andaluces y gallegos dieron
al traste este primitivo propósito. Buenos Aires desapareció porque su posible función como puerto
del Paraguay no justificaba su existencia precaria y costosa. Como ya se ha apuntado, la sed de
oro de los colonos es de sobra conocida, pero no se puede olvidar la obsesión de los colonizadores
por plantar semillas, criar animales y obtener la propiedad del suelo que trabajan. De hecho, todas
las conquistas de terreno que alcanzaron el éxito tuvieron el apoyo de una base cercana y bien
abastecida que garantizase el aprovisionamiento, así como la compra de suministros de todas
clases a los mercaderes. De ahí el fracaso o el lento progreso de las empresas de conquista
organizadas y abastecidas desde España, como por ejemplo, la de Buenos Aires.
El cambio de tendencia se produjo cuando la Unión de las Coronas (1580) le adjudicó una nueva
función, la de proveer al Brasil de harina, cuero, sebo y ganado de origen europeo, que se había
reproducido de manera espectacular en las praderas naturales del Plata. En contrapartida, Buenos
Aires recibía del Brasil hierro procedente de Europa y esclavos de África. Además, se había
comprobado que la ruta más corta entre Angola (suministradora de esclavos) y Perú era la de
Buenos Aires y también se había calculado que los fletes del hierro necesario para las minas del
Perú eran menores por Buenos Aires que por la habitual ruta de Panamá. De hecho, durante el
gobierno de Hernando Árias de Saavedra a comienzos del siglo XVII, se tomaron medidas para
estimular el crecimiento de la pequeña villa portuaria que era entonces Buenos Aires y, además
se crearon escuelas de primeras letras, se instalaron hornos para la cocción de tejas y ladrillos
(mucho más sólidos que el adobe) y no sólo se reconstruyó el fortín que protegía el asentamiento
de los ataques piráticos, sino que se construyó un torreón defensivo para el puerto en la
desembocadura del Riachuelo.
De ahí que la refundación de Buenos Aires se haya producido en 1580 y se desarrolle al amparo
del comercio interprovincial con los puertos brasileños, con un éxito tan inquietante que alarmó a
la Corona y no sin razón. A comienzos del Seiscientos, la plata del Alto Perú que empezó a llegar
a Buenos Aires era tan apetecible para los mercaderes brasileños, portugueses y flamencos que
el tráfico interprovincial Brasil-Buenos Aires se convertiría en una mera etapa de un comercio de
contrabando de plata entre el Alto Perú y los Países Bajos con una simple escala en Portugal.
Para evitar este drenaje de plata y defender los intereses del comercio legal Alto Perú-Lima-
Panamá-Sevilla se prohibió en 1613 la salida de plata hacia Buenos Aires y se fundó una aduana
en Córdoba de Tucumán (que comenzó a funcionar en 1623 cobrando gravámenes de hasta el
50% del valor de las mercancías internadas desde Buenos Aires. Ni estas ni otras prohibiciones
legales pudieron detener una fuerte corriente comercial espontánea. Cuando Portugal se separa
de la Corona española (1640) el tráfico entre Buenos Aires y Brasil cesó en teoría, aunque en la
práctica se planteó un dilema de difícil resolución: o el contrabando lo realizan los españoles a
través de Buenos Aires o, si este se neutraliza, lo hacen los portugueses directamente desde el
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sur de Brasil, pues durante los años de la unión de las Coronas los lusos ya habían establecido
bases en Potosí, conocían el negocio de la plata y habían creado unas rutas de contrabando.
Durante un prolongado espacio de tiempo que se extiende hasta finales del siglo XVII y aún más,
la heterogénea población rioplatense en las fronteras entre las colonias de España y Portugal fue
asociada con la barbarie. Con el fin de homogeneizar a los habitantes de esta región y ajustar su
comportamiento a las leyes indianas, la monarquía hispánica implantó políticas de control, que en
el corto plazo no lograron modificar las práctica económicas, políticas y simbólicas de esta
población, ni su débil percepción del Estado, manteniendo los autóctonos sus dinámicas de
organización relativamente autónomas.
Cuando los indígenas fueron forzados a trabajar en las haciendas y plantaciones, huyeron hacia
tierras más lejanas. Los jesuitas (igual que lo habían hecho los dominicos en el Caribe) protestaron
del trato que recibían los nativos en Brasil. Pese a que el monarca portugués había proclamado la
libertad de los indios (1570) y que con la Unión de las Coronas se siguió aplicando esta política
proteccionista, se había generalizado la práctica de la caza de aborígenes a través de las
bandeiras (las bandas armadas que capturaban guaraníes). Se llamaba bandeirantes a los
hombres de Sâo Paulo (enclavado en el altiplano, aislado del litoral y sin alternativas económicas
al estar desconectado de las redes comerciales) que penetraban en tierras del interior para hacer
esclavos a los indígenas y venderlos en la costa a las plantaciones productoras de azúcar. Las
partidas de bandeirantes paulistas estuvieron activas entre 1590 y 1690 comprando y cazando
esclavos. Aunque dirigidas y financiadas por portugueses, la mayor parte de sus miembros eran
mestizos, armados con arcos y flechas (casi nunca empleaban espadas o armas de fuego) y
caminaban a pie, pues apenas usaban caballos.
Debido a las acciones violentas contra la población indígena de origen guaraní (rivales y enemigos
de los tupíes), los bandeirantes se convirtieron en un objetivo a batir por los padres de la
Compañía. Los jesuitas llegaron a entrenar militarmente y a armar a los guaraníes de las
reducciones para que los indígenas pudieran defenderse de los paulistas. Y es que los
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bandeirantes paulistas habían devastado las misiones jesuíticas de la región del Guayrá en
Paraguay, hasta el punto de que entre 1628 y 1631 más de sesenta mil indios fueron capturados.
Por otra parte, la colonización de Salta, Tucumán y el norte argentino se inició y prosperó gracias
a las necesidades de abastecimiento del Alto Perú (región rica en recursos mineros y pobre en
suelos agrarios) de ganado mayor y subsidiariamente de productos agrícolas. Precisamente la
colonización del actual norte argentino sigue los parámetros del modelo de frontera agrícola para
abastecer la región minera del Alto Perú. Mientras que el caso de la Pampa es paradigmático del
modelo de frontera ganadera, que a su vez va siendo sustituida por una agrícola. Tucumán y Salta
son ejemplos elocuentes de ciudades que, por el carácter semoviente de su riqueza, pudieron
despachar su producción a mercados compradores muy distantes.
Salta está situada en el noroeste argentino en la zona montañosa de los Andes y se fundó en 1582
(cuando aún estaba en la memoria colectiva la primera guerra calchaquí) por iniciativa del virrey
Álvarez de Toledo y con el objetivo de interconectar las provincias y así facilitar el auxilio
interprovincial en caso de que se produjeran levantamientos indígenas. Se enviaron colonos al
valle calchaquí y a Salta para que la provincia de Tucumán se pudiera unir para comerciar con la
ciudad de la Plata (que a lo largo de su historia ha recibido los nombres de Charcas, La Plata,
Chuquisaca y Sucre). Además, con la fundación de Salta se mitigaba la fuerte resistencia que los
indios chiriguanos oponían al avance español y al mismo tiempo se creaba un centro poblacional
que permitiera hacer escala en las comunicaciones entre Lima y Buenos Aires. La fundación fue
un éxito y a lo largo del siglo XVII la población prosperó rápidamente basando su dinámico
desarrollo en el abastecimiento de la opulenta Potosí, que pagaba bien por los suministros que
recibía y cuyo entorno era estéril para los cultivos y la crianza de ganado, como ya se ha
comentado.
En este espacio del norte argentino hay que mencionar Tucumán que, tras ser arrasada en 1578
por los calchaquíes fue reubicada un poco más al este, en un lugar más salubre por el avenamiento
de las aguas, para facilitar la conexión con el Camino Real que comunicaba el Alto Perú, productor
de plata, con el Río de la Plata y quedar más resguardada con respecto a los calchaquíes.
Por último, se va a tratar otro de los espacios integrados en el área de los ríos de la Plata y del
Paraguay. Desde los lejanos tiempos (1516) en que Díaz de Solís intentaba encontrar un paso
entre el océano Atlántico y el Pacífico y remontó las aguas del Plata, otros exploradores también
navegaron por este río, por el Paraná, el Paraguay y el Uruguay e hicieron expediciones terrestres
hacia el Chaco y Chiquitos. En 1537 se fundó Asunción, que se convertiría en la cabecera de una
de las provincias de la época virreinal y en un dinámico núcleo desde el que partieron corrientes
pobladoras y colonizadoras que se extendieron por territorios que en la actualidad forman parte
de los estados de Paraná, Mato Grosso del Sur y Santa Catarina (integrados en Brasil), Santa
Cruz de la Sierra en el Chaco (hoy Bolivia), y en la actual Argentina tanto la ciudad más antigua,
Corrientes, fundada en el nordeste (1588), como en el Chaco, Concepción de Nuestra Señora del
Bermejo (1585), uno de cuyos fundadores, Hernando Árias de Saavedra, fue el primer criollo
(nacido en Asunción 1564) que ocupó la gobernación de la región del Plata-Paraguay.
Del mismo modo que había ocurrido en el territorio que sería Argentina, los españoles no
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encontraron minerales en el área del Paraguay, por lo que estas tierras no tenían interés para
posibles colonos, más interesados en unos beneficios rápidos (aunque inciertos) derivados de la
minería que en seguir cultivando la tierra como en la metrópoli. Esa es una de las causas por las
que Asunción es un núcleo de exploración y expansión hacia otros horizontes. No obstante, la
población autóctona guaraní recibió relativamente bien a los pocos españoles que se instalaron
en la zona y, lógicamente, se produjo un rápido mestizaje a través de matrimonios mixtos y de
uniones espontáneas. Por otra parte, la colonización del sur del Paraguay fue realizada por los
jesuitas, que agruparon a los indios autóctonos en reducciones, o sea en comunidades
autárquicas, en las que toda la propiedad era poseída en común. Aunque la producción les
permitía ser autosuficientes, los nativos vivían existencias controladas por los religiosos (de forma
parecida a los encomenderos, luego estancieros, que cuidaban de los indios en régimen de
libertad, les adoctrinaban y dirigían sus vidas) ya que los padres de la Compañía eran los que se
encargaban de tomar todas las decisiones internas e incluso de gobierno, porque las reducciones
quedaban fuera de la jurisdicción colonial de Asunción (lo cual provocó ciertos conflictos en
algunas ocasiones).
Hernandarias, el gobernador criollo al que ya nos hemos referido al tratar de las medidas para
estimular y consolidar el asentamiento de Buenos de Aires, emprendió varios viajes de
exploración, pudiendo destacar expediciones a Brasil para contener a los bandeirantes y al río
Uruguay para comprobar su navegabilidad durante unos seis meses (1604), enviando un informe
a Felipe III con las observaciones sobre sobre las tierras, destacando la adecuación de las situadas
al este del río para ser introducidos ganados (especialmente vacunos), que por sus especiales
características garantizarían la reproducción y la consiguiente prosperidad de la zona. También
realizó una fallida expedición a la Patagonia buscando la mítica ciudad de los Césares (1604),
siendo capturado por los aborígenes tehuelches, de los que pudo escapar. El rey le otorgó el título
de ‘Protector de los Naturales’ (1610) en agradecimiento por haber sido el introductor de las
reducciones franciscanas y jesuíticas en la región (1608). Es importante tener en cuenta que en
1612 se redactaron unas ordenanzas en las que se declaraba a los indios convertidos por los
jesuitas libres del servicio de encomiendas. Además del título, la Corona le había recompensado
con algo más sustancial, dos islas en la confluencia del río Negro con el Uruguay (las conocidas
en la actualidad como Lobos y Vizcaíno) en las que en 1611 liberó una considerable cantidad de
reses y en 1617 repitió la operación soltando en las islas cincuenta terneras y varios toros, dando
origen a la riqueza ganadera de la región, cuya explotación fue uno de los motivos para realizar la
colonización del actual territorio de Uruguay, que había sido desdeñado por los españoles y había
quedado despoblado.
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estuvieron ligados en mayor o menor grado con el tráfico comercial ilegal o contrabando,
manteniéndose durante esta época la zona costera en un alto grado de subdesarrollo.
Para concluir, la ganadería constituyó (junto con la minería) el sector económico que más fuerte
impacto recibió con la colonización española, pues era prácticamente inexistente en América (con
la excepción de los camélidos andinos). La expansión y multiplicación del ganado, así como la
introducción de las técnicas españolas de pastoreo (utilización común de los pastos, montes y
baldíos) supuso un violento cambio en la fauna original americana y el uso de la tierra,
particularmente en áreas pobladas por agricultores indígenas tradicionales. El ganado invadió y
destrozó los cultivos abiertos de los indios, transformando tierras de cultivo en campos de
pastoreo. La extensión de las reses por las pampas estimuló la ganadería, mientras los gauchos
agrupaban los animales en manadas que desplazaban por amplias extensiones de terreno, al
tiempo que las tribus autóctonas eran desplazadas de sus tierras. La introducción de especies
domésticas europeas, que en América se desarrollaron rápidamente, desde el ganado mayor
(vacuno, caballar y mular) al ganado menor (lanar y caprino) y de cerda, aves de corral, etc.,
supuso una impresionante transmigración de especies, que alteró sustancialmente el medio
americano. Aunque la ganadería es una actividad extendida por la cuenca del Río de la Plata
(incluida la zona septentrional de la Pampa), se puede extender a todas las Indias, ya que la
ganadería tiene especial arraigo en otras dos grandes áreas: occidente y norte de Nueva España
(desde Jalisco a Texas) y las llanuras del interior de Venezuela. En estas tres áreas la actividad
ganadera dio lugar a un tipo humano peculiar, el vaquero, que hasta hoy se considera
representativo del respectivo país: el charro mexicano, el llanero venezolano y el gaucho argentino.
En fin, el peso económico de la región del Río de la Plata se había polarizado en torno a las
actividades comerciales del puerto de Buenos Aires, así como se detectó durante el siglo XVII el
aumento de la presencia de portugueses en las redes comerciales, mientras que la falta de
metropolitanos en la región contribuyó a la creciente participación de los criollos en los cabildos y
audiencias.
LECTURAS RECOMENDADAS:
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2000.
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53
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Las reformas administrativas también fueron importantes. Se crearon dos nuevos virreinatos
(Nueva Granada, en 1717 y 1739, y Río de la Plata, 1776), se erigieron nuevas audiencias
(particularmente, Caracas, 1776, Buenos Aires, 1785, y Cuzco, 1787) y se implantó el sistema de
intendencias para modernizar todo el aparato administrativo. La hacienda se benefició de un
proceso de mayor racionalización y rigor, al tiempo que la Corona aumentaba y controlaba mejor
sus monopolios: pólvora, azogue, tabaco, papel sellado, lotería, naipes y pulque y aguardiente de
caña.
La defensa fue reforzada, mediante la atención dedicada a los ocho apostaderos para la marina
de guerra y a la red de fortificaciones, mediante la creación de un ejército regular compuesto de
cuerpos fijos (reclutados in situ) y expedicionarios (procedentes de España) para reforzar las
milicias urbanas y mediante la creación de eficaces instituciones para la protección de las fronteras
(como la Comandancia General de las Provincias Internas, 1776) o de otros lugares estratégicos
(como la Capitanía General de Venezuela, 1777). No fue tan brillante el ejercicio del regalismo,
que culminó con la expulsión de los jesuitas, que dejaron un vacío imposible de colmar en muchas
instituciones educativas, así como en las misiones y reducciones que regentaban, especialmente
las famosas de los guaraníes del Paraguay.
El siglo XVIII convierte a América (al igual que Asia y África) en campo de batalla del
expansionismo europeo. Si Portugal conserva y aun extiende su dominio brasileño y España
mantiene casi intacta su integridad territorial (salvo algunas cesiones marginales, como Florida,
compensadas con las incorporaciones de otros territorios, como California, Arizona, Texas o
Luisiana en los actuales Estados Unidos y la controvertida colonia de Sacramento, el actual
Uruguay), Francia cede a Inglaterra la mayor parte de sus territorios por la paz de París (1763):
Canadá, las tierras al este del Mississippi y algunas islas antillanas que ya no recuperaría más,
como Granada o Dominica. Sin embargo, la revuelta de las Trece Colonias (o sea, las establecidas
en la costa atlántica de los actuales Estados Unidos) consagraría en detrimento de Inglaterra la
primera independencia de una colonia americana respecto de su metrópoli, dando así un ejemplo
que las españolas no tardarían en seguir.
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Las Antillas francesas (Saint-Domingue, Guadalupe y Martinica) fueron respetadas por el tratado
de París. La economía de plantación (azúcar, sobre todo, más algodón, añil, cacao y el café de la
Martinica, que se incorpora ahora de forma decidida) continuó siendo la base de la prosperidad,
permitiendo el enriquecimiento de los grandes puertos especializados de la metrópoli (Burdeos,
Nantes, Rouen, Marsella) y de los aristocráticos plantadores criollos (créoles), que estaban al
frente de una sociedad marcada por las divisiones entre los grandes blancos, los pequeños
blancos, los mulatos y los negros. Sin embargo, eran muchas las cuestiones pendientes, como la
supresión del monopolio comercial metropolitano, la concesión de la plenitud de derechos a los
libertos y la abolición de la trata al estar fuera de cuestión la más radical abolición de la esclavitud.
En cualquier caso, la clase de los mulatos (que se habían convertido en pequeños propietarios,
mercaderes, intendentes de plantación, etc.) estaba ya preparada para plantear sus reivindica-
ciones apoyados por los negros frente a los grandes blancos, como sucedería apenas proclamada
la Revolución Francesa.
Brasil continúa su expansión a lo largo del siglo XVIII. Por un lado, penetra hacia el interior, por la
cuenca del Amazonas hacia los confines orientales del virreinato del Perú, donde deben
encontrarse las comisiones bilaterales para la fijación de los límites definitivos entre ambos
dominios coloniales. Por el otro, mientras los bandeirantes prosiguen sus raids contra el Paraguay
español, el gobierno portugués reclama la colonia del Sacramento, aunque también en este caso
los años finales de siglo imponen una solución favorable a las pretensiones hispanas. La economía
de plantación también se desarrolla sin solución de continuidad, pero la gran novedad de la
economía brasileña del siglo es el descubrimiento y puesta en explotación de las minas de oro de
la región que será llamada Minas Gerais, en torno al gran centro de Ouro Preto: empieza así el
"ciclo del oro", que permitirá la renovación del stock europeo de metales preciosos. Del mismo
modo, la política reformista del marqués de Pombal potencia el crecimiento de las regiones
azucareras y mineras, la expansión de las ciudades (singularmente Rio de Janeiro) y la fundación
de sociedades estatales de comercio, como las compañías de Bahía y de Pernambuco.
V. 1. El reformismo administrativo
LECTURAS RECOMENDADAS:
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Droz, Genève, 1972.
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México, 1983 (1ª ed. en inglés, Albuquerque, 1977).
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NAVARRO GARCÍA: Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas
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BANNON, John Francis: The Spanish Borderlands Frontier, 1513-1821, University of New Mexico
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V. 4. El crecimiento económico
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CARMAGNANI, Marcello: Las islas del lujo. Productos exóti, nuevos consumos y cultura
económica europea, 1650-1800, Marcial Pons / El Colegio de México (Col. Ambos Mundos),
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La Ilustración conoció una brillante variante colonial en la América española. Las nuevas ideas se
difundieron a través de las universidades reformadas o de nueva planta (la de San Jerónimo de
La Habana, la de Santa Rosa de Caracas, la de Santiago de Chile), de la prensa (que empieza a
proliferar en los grandes centros regionales), de las Sociedades Económicas de Amigos del País
(que llegan a ser un total de quince, si se cuenta la de Manila), de las instituciones (cátedras,
observatorios, jardines botánicos) creadas en buena medida a raíz de las grandes expediciones
científicas.
Así, alcanza nuevas expresiones la afirmación del orgullo criollo del siglo anterior. Es el sentido
que puede atribuirse a las proclamaciones de las élites ilustradas de las capitales virreinales, que
ante el crecimiento de la población (se superan los quince millones de habitantes), el progreso de
la urbanización, el embellecimiento de las ciudades, la proliferación de las obras públicas (fuentes,
alamedas, paseos) o la edificación de nuevos palacios o nuevas iglesias no pueden por menos de
creer que la Lima del virrey Amat es una de las más bellas poblaciones del orbe y que México, que
ha superado en número de habitantes a la capital metropolitana, es la "Roma del Nuevo Mundo".
También dentro de este mismo espíritu cabe incluir en cierto modo la reivindicación de América,
escrita (con el fin de rechazar la descalificación de Cornelius de Pauw) por el jesuita expulso
español Francisco Xavier Clavijero, y aparecida en Italia y en italiano: la Storia antica del Messico
(1780). Y ya dentro de una posición independentista, las obras de fray Servando Teresa de Mier
(sus Memorias, por ejemplo) le convierten en la encarnación del criollismo militante y en un
adelantado de la teoría de la emancipación.
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como José de Alcedo (autor de un Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales
(1786-89), Antonio de Alzate, astrónomo (Observación del tránsito de Venus por el disco del sol)
y experto en cuestiones de minería (Noticia de las minas de azogue que hay en la Nueva España)
o José de Baquíjano, que también de ocupa de cuestiones de minería, además de denostar en el
más puro espíritu del mercantilismo tardío la apertura comercial como una de las causas de la
crisis de la economía peruana.
El siglo XVIII marca el apogeo del arte barroco colonial. Pese a los intentos por reconducir las
artes plásticas hacia el clasicismo, patente en la actuación de la Academia de Bellas Artes de San
Carlos de México (fundada en 1778-1785 ¿?), el barroco produce ahora sus más celebradas obras
maestras en La Habana (Cuba), México, Querétaro y Guanajuato (Nueva España), Cartagena de
Indias y Popayán (Nueva Granada), Lima y Arequipa (Perú). La música también deja multitud de
obras y de figuras, algunas de primera línea, como Manuel de Zumaya, considerado el mejor
compositor mexicano de todos los tiempos. En definitiva, si América no pudo arrogarse la
hegemonía cultural del mundo hispánico (como pretendía el criollismo más exaltado), sí que puede
decirse que consiguió alcanzar en el siglo XVIII un indiscutible esplendor en el terreno de la
creación artística.
Las trece colonias de América del Norte se habían convertido a fines del siglo XVIII en una de las
más importantes regiones pobladas por europeos fuera de Europa. El conjunto tenía una cohesión
muy laxa, ya que cada colonia disponía de su propia constitución, de su propia asamblea
parlamentaria y de su propio gobernador o representante de la Corona. La característica más
61
llamativa era el contraste entre el régimen de libertades políticas vigente en cada una de las
colonias perfectamente autónomas y la estricta dependencia económica de todas ellas respecto
de la metrópoli, que les imponía el papel de mercado reservado para sus manufacturas, así como
severas restricciones para su desarrollo industrial, es decir la estricta observancia de un riguroso
pacto colonial. Un trato discriminatorio que tenía forzosamente que suscitar la impaciencia de una
sociedad ya acostumbrada al ejercicio de la libertad.
El detonante fue la aprobación por la metrópoli de un arancel aduanero sobre las importaciones
de ron y melazas procedentes de las Antillas y de un impuesto sobre el papel sellado. El rechazo
a tales medidas fue doble, económico y, más aún, político. La elevación de las tasas causaba un
perjuicio inmediato a los importadores y a los consumidores, pero, sobre todo, la votación de los
impuestos se hacía sin consentimiento de los súbditos de las colonias, que no enviaban
representantes al Parlamento de Londres y no aceptaban que los diputados metropolitanos se
arrogasen la supuesta defensa de sus intereses. El gobierno abolió finalmente las tasas un año
más tarde, pero en 1767 la agitación volvía a reproducirse ante la noticia de una nueva disposición
imponiendo aranceles sobre la importación de papel, vidrio, plomo y, sobre todo, té, cuya venta
fue cedida a la Compañía de las Indias en régimen de en 1773. La respuesta fue la famosa Boston
Tea Party (1773): los "hijos de la libertad" disfrazados de indios tiraron al mar todos los
cargamentos de la compañía. Finalmente, en 1776 se producía la Declaración de la Independencia
de los Estados Unidos, que hubo de ser impuesta por la fuerza de las armas en el transcurso de
una guerra que se decantó a favor de los "insurgentes", conducidos por George Washington, tras
las batallas de Saratoga (1777) y Yorktown (1781), las cuales obligaron a Inglaterra a firmar el
tratado de Versalles (1783).
La secesión de las Trece Colonias se convirtió en un modelo para la América española, que pronto
iba a acusar también el impacto de otro acontecimiento trascendental, la Revolución Francesa,
que significó un nuevo incentivo para emprender un proceso generalizado de cambio en unos
territorios donde ya empezaba a germinar la semilla de la emancipación. En efecto, el proyecto
ilustrado, tanto por su propia dinámica interna, como por la influencia de la creación de los Estados
Unidos y la proclamación de la República Francesa, terminó por convertirse entre algunos en un
proyecto liberal, radicalmente incompatible con la pervivencia de la Monarquía Absoluta, que
además incluía en su crítica del Antiguo Régimen un completo rechazo del sistema colonial, es
decir una propuesta de independencia.
Al mismo tiempo, la idea de la acción directa gana adeptos. El primer grupo conspirativo se
constituye en Santa Fe, en torno a la tertulia de Antonio Nariño, donde se dan cita Camilo Torres,
Francisco Antonio Zea y Pedro Martín de Vargas. En 1797 una primera conspiración para
conseguir la sublevación de Venezuela, organizada en La Guaira por Manuel Gual y José María
España y cuyo programa se expone en una Proclama a los habitantes libres de la América
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Española, es abortada por las autoridades y lleva al cadalso al último de sus promotores. Del
mismo modo, Francisco de Miranda, considerado "el precursor" por antonomasia, ensaya en 1806
una doble teantativa de desembarco con fines subversivos que tampoco llega a buen término.
Será la crisis de 1808 la que ofrezca la gran oportunidad a los independentistas. La invasión
napoléonica de la metrópoli, la abdicación de Carlos IV, la reclusión de Fernando VII en Francia,
la proclamación de José I como soberano y la resistencia de los patriotas de la Junta Suprema y
de las Cortes de Cádiz, son el perfecto caldo de cultivo para la aparición de un paralelo movimiento
de juntas en América (Quito, La Paz, Chuquisaca, ya en 1809), el paso de muchos indecisos al
bando de la emancipación y el desencadenamiento de los movimientos insurreccionales, tanto en
Nueva España, con las revueltas de Miguel Hidalgo y José María Morelos, como en América del
Sur, donde Simón Bolívar decreta en 1813 la guerra a muerte contra los españoles.
Sin embargo, el retorno al trono español de Fernando VII pone fin al primer período emancipador
(1808-1814) y abre una etapa de restauración de la situación anterior gracias a la fuerza de las
armas (184-1816). El proceso no se detiene, sin embargo, sino que se aviva a partir del mismo
año de 1816 con la proclamación de la independencia del Río de la Plata (Congreso de Tucumán),
seguida por el regreso de Bolívar en 1817, la fulgurante campaña de 1818 de José de San Martín
(que cruza los Andes desde Cuyo y tras ganar la batalla de Chacabuco declara la independencia
de Chile) y la victoria de Bolívar en Boyacá en 1819, que conlleva la liberación de Nueva Granada.
La última fase da comienzo con el pronunciamiento de Riego de 1820, que impide el envío a
América de nuevas tropas realistas, propiciando así las últimas grandes victorias: Carabobo (1821,
que supone la independencia de Venezuela), Pichincha (1822, que implica la liberación de
Ecuador) y, finalmente, Junín y Ayacucho (1824), que significan la independencia de Perú. Al
mismo tiempo, Agustín de Itúrbide negocia el Plan de Iguala (1821), que otorga la independencia
a México e, indirectamente, a Guatemala. Sólo queda el ciclo de las independencias tardías de
Uruguay (1828) y, finalmente, de Santo Domingo, que conquista su definitiva soberanía en 1865
después de una serie de complejas vicisitudes. Cuba y Puerto Rico (así como las islas Filipinas,
Marianas y Carolinas) quedarán todavía unidas a la metrópoli hasta que la crisis de 1898 permita
su independencia.
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