Historia
Historia
Etimología
La palabra historia deriva del griego ἱστορία (léase historia, traducible por «investigación» o
«información», conocimiento adquirido por investigación), del verbo ἱστορεῖν («investigar»).
De allí pasó al latín historia, que en castellano antiguo evolucionó a estoria (como atestigua el
título de la Estoria de España de Alfonso X el Sabio, 1260-1284) y se reintrodujo
posteriormente en el castellano como un cultismo en su forma latina original.
La etimología remota procede del protoindoeuropeo *wid-tor- (de la raíz *weid-, «saber, ver»
—construcción hipotética—)[6] presente también en las palabras latinas idea o visión, en las
germánicas wit, wise o wisdom, la sánscrita veda,[7] y las eslavas videti o vedati, y en otras
lenguas de la familia indoeuropea.[8]
La palabra antigua griega ἱστορία fue usada por Aristóteles en su Περὶ τὰ ζῷα ἱστορίαι (léase
Perí ta zóa jistoríai, traducido "Historia acerca de los animales", latinizado Historia animalium,
traducible por Historia de los animales [el título griego es plural y el latino es singular]).[9] El
término se derivaba de ἵστωρ (léase jístōr, traducible por «hombre sabio», «testigo» o «juez»).
Se pueden encontrar usos de ἵστωρ en los himnos homéricos, Heráclito, el juramento de los
efebos atenienses y en las inscripciones beocias (en un sentido legal, con un significado similar
a «juez» o «testigo»). El rasgo aspirado es problemático, y no se presenta en la palabra cognata
griega εἴδομαι («aparecer»). La forma ἱστορεῖν («inquirir»), es una derivación jónica, que se
expandió primero en la Grecia clásica y más tarde en la civilización helenística.
Definición
A su vez, se llama «historia» al pasado mismo, e incluso puede hablarse de una «historia
natural» en que la humanidad no estaba presente,[cita requerida] que se utilizaba en oposición
a la historia social, para referirse no solo a la geología y la paleontología, sino también a
muchas otras ciencias naturales —las fronteras entre el campo al que se refiere
tradicionalmente este término y el de la prehistoria y la arqueología son imprecisas, a través de
la paleoantropología—, y que se pretende complementar con la historia ambiental o
ecohistoria,[n. 3] y actualizarse con la denominada «Gran Historia».[10][11][12]
Ese uso del término «historia» lo hace equivalente a «cambio en el tiempo»[n. 4] En ese
sentido, se contrapone al concepto de filosófico equivalente a esencia o permanencia (lo que
permite hablar de una filosofía natural en textos clásicos y en la actualidad, sobre todo en
medios académicos anglosajones, como equivalente a la física). Para cualquier campo del
conocimiento, se puede tener una perspectiva histórica —el cambio— o bien filosófica —su
esencia—. De hecho, puede hacerse eso para la historia misma (véase tiempo histórico[n. 5]) y
para el tiempo mismo. En este sentido, todo pasado en relación con el presente hace alusión al
tiempo y a su cronología, y por lo tanto tener historia.[cita requerida]
Estudio de la historia
Como ciencia
No todos los historiadores aceptan la identificación de la historia con una ciencia social, al
considerarla una reducción en sus métodos y objetivos, comparables con los del arte si se
basan en la imaginación (postura adoptada en mayor o menor medida por Hugh Trevor-Roper,
John Lukacs, Donald Creighton, Gertrude Himmelfarb o Gerhard Ritter). Los partidarios de su
condición científica son la mayor parte de los historiadores de la segunda mitad del siglo XX y
del XXI (incluyendo, de entre los muchos que han explicitado sus preocupaciones
metodológicas, a Fernand Braudel, E. H. Carr, Fritz Fischer, Emmanuel Le Roy Ladurie, Hans-
Ulrich Wehler, Bruce Trigger, Marc Bloch, Karl Dietrich Bracher, Peter Gay, Robert Fogel, Lucien
Febvre, Henri Marrou, Lawrence Stone, E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Carlo Cipolla, Jaume
Vicens Vives, Manuel Tuñón de Lara o Julio Caro Baroja). Buena parte de ellos, lo hicieron
desde una perspectiva multidisciplinar (Braudel combinaba historia con geografía, Bracher con
ciencia política, Fogel con economía, Gay con psicología, Trigger con arqueología), mientras los
demás citados lo hacían a su vez con las anteriores y con otras, como la sociología y la
antropología. Esto no quiere decir que entre ellos hayan alcanzado una posición común sobre
las consecuencias metodológicas de la aspiración de la historia al rigor científico, ni mucho
menos que propongan un determinismo que (al menos desde la revolución einsteniana de
comienzos del siglo XX) no proponen ni las llamadas ciencias duras.[n. 6]
Por su parte, los historiadores menos proclives a considerar científica su actividad tampoco
defienden un relativismo estricto que imposibilitaría de forma total el conocimiento de la
historia y su transmisión, y de hecho de un modo general aceptan y se someten a los
mecanismos institucionales, académicos y de práctica científica existentes en la historia y
comparables a los de otras ciencias (ética de la investigación, publicación científica, revisión por
pares, debate y consenso científico, etcétera).[cita requerida]
La utilización que hace la historia de otras disciplinas como instrumentos para obtener,
procesar e interpretar datos del pasado permite hablar de ciencias auxiliares de la historia de
metodología muy diferente, cuya subordinación o autonomía depende de los fines a los que
estas mismas se apliquen.[cita requerida]
Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, de
Antonio de Herrera, edición de 1601
En la enseñanza media de la mayor parte de los países, los programas de historia se diseñaron
como parte esencial del currículo. En especial la agregación de historia presente en los lycées
franceses desde 1830 adquirió con el tiempo un prestigio social incomparable con los cargos
similares en otros sistemas educativos y que caracterizó el elitismo de la escuela laica
republicana hasta finales del siglo XX.
Historiador
Tampoco deben confundirse los supuestos fines teleológicos del hombre en la historia con los
fines de la historia, es decir, la justificación de la propia historia como memoria de la
humanidad. La historia, al ser una ciencia social, no puede abstraerse del porqué se encarga de
estudiar los procesos sociales: explicar los hechos y eventos del pasado, sea por el
conocimiento mismo, sea porque nos ayudan a comprender el presente.
Cicerón bautizó a la historia como maestra de la vida,[23] y como él Cervantes, que también la
llamó madre de la verdad.[n. 7]
Benedetto Croce remarcó la fuerte implicación del pasado en el presente con su toda historia
es historia contemporáea. La historia, al estudiar los hechos y procesos del pasado humano, es
un útil para la comprensión del presente y plantear posibilidades para el futuro.[24]
Salustio llegó a decir que entre las distintas ocupaciones que se ejercitan con el ingenio, el
recuerdo de los hechos del pasado ocupa un lugar destacado por su gran utilidad.[25]
Un tópico muy difundido (atribuido a Jorge Santayana) advierte que los pueblos que no
conocen su historia están condenados a repetirla,[26] aunque otro tópico (atribuido a Karl
Marx) indique a su vez que cuando se repite lo hace una vez como tragedia y la segunda como
farsa.[27]
La radical importancia de ello se basa en que la historia, como la medicina, es una de las
ciencias en que el sujeto investigador coincide con el objeto a estudiar. De ahí la gran
responsabilidad del historiador: la historia tiene una proyección al futuro por su potencia
transformadora como herramienta de cambio social; y a los profesionales que la manejan, los
historiadores, les es aplicable lo que Marx dijo de los filósofos (hasta ahora se han encargado
de interpretar el mundo y de lo que se trata es de transformarlo).[28] No obstante, desde otra
perspectiva se pretende una investigación desinteresada para la objetividad en la ciencia
histórica.[29] Aunque llegar a conocer los hechos tal como fueron, como pretendía Leopold
Ranke, es imposible, sí es un imperativo de la investigación histórica acercarse al máximo a ese
objetivo, y además hacerlo con una perspectiva tal que sitúe los hechos en su contexto, de
modo que al conocimiento factual se añada el entendimiento de lo que realmente pasó; y
aunque sea inevitable que sesgos de todo tipo alteren la forma en que tal entendimiento se
produce, al menos ser conscientes de cuáles pueden ser y en qué grado actúan.[30]
Ramas
Historiografía
La identificación del concepto de historia con la narración escrita del pasado produce, por un
lado, su confusión con el término historiografía (historia se llama a la vez al objeto estudiado, a
la ciencia que lo estudia y al documento resultado de ese estudio); y por otro justifica el
empleo del término prehistoria para el período anterior a la aparición de la escritura,
reservándose el nombre historia para el periodo posterior.
Según ese uso restrictivo, la mayor parte de la humanidad queda fuera de la historia, no tanto
porque no accede personalmente a la lectura y la escritura (el analfabetismo fue la condición
común de la inmensa mayoría de la población, incluso para las clases dominantes, hasta la
imprenta), sino porque los reflejados en el discurso histórico han sido siempre muy pocos, y
grupos enteros quedan invisibilizados (las clases bajas, las mujeres, los discrepantes que no
pueden acceder al registro escrito), con lo que ha sido objeto de preocupación de algunos
historiadores la reconstrucción de la visión de los vencidos y la historia desde abajo.
Lo mismo ocurre con gran número de pueblos y culturas (las consideradas como culturas
primitivas, en una terminología ya desfasada de la antropología antigua) que no tienen historia.
El tópico los idealiza al considerar que son pueblos felices.[n. 8] Entran en ella cuando se
produce su contacto, habitualmente destructivo (aculturación), con civilizaciones (sociedades
complejas, con escritura). Incluso en ese momento no son propiamente objeto de la historia
sino de la protohistoria (historia realizada a partir de las fuentes escritas producidas por los que
generalmente son sus pueblos colonizadores por oposición a los pueblos indígenas). No
obstante, independientemente de que los historiadores y los antropólogos ideológicamente
tengan una tendencia etnocentrista (eurocentrista, sinocentrista[31] o indigenista) o, de forma
opuesta, multiculturalista o relativista cultural, existe la posibilidad de obtener o reconstruir un
relato fiable de los acontecimientos que afectan a un grupo humano utilizando otras
metodologías: fuentes arqueológicas (cultura material) o historia oral. En buena parte, esta
diferencia es artificial, y no necesariamente novedosa: el mismo Heródoto no puede sino usar
ese tipo de fuentes documentales cuando redacta la que se considera la primera Historia, o al
menos acuña el término, en la Grecia del siglo V a. C. para que el tiempo no abata el recuerdo
de las acciones de los hombres y que las grandes empresas acometidas, ya sea por los griegos,
ya por los bárbaros, no caigan en olvido; da también razón del conflicto que puso a estos dos
pueblos en la lid. Así comienza su obra titulada Ἱστορίαι (léase históriai, literalmente
«investigaciones», «exploraciones», latinizado Historiae —«Historias», en plural—), seminal
para la ciencia histórica, y que suele denominarse en castellano Los nueve libros de historia. La
lid citada son las guerras médicas y los bárbaros, persas.[32]
Historiología
Artículo principal: Historiología
Filosofía de la historia
Historia universal
Periodización tradicional
En cuanto a la división del tiempo prehistórico en Edad de la Piedra y Edad de los Metales, fue
propuesta en 1836 por el arqueólogo danés Christian Jürgensen Thomsen.[n. 10]
La evolución tecnológica presenta dos grandes cesuras en el pasado de la humanidad: la
revolución neolítica y la revolución industrial, lo que permite hablar de tres grandes periodos:
el caracterizado por la exclusividad de sociedades cazadoras-recolectoras, el preindustrial y el
industrial (a veces se emplea el adjetivo postindustrial para el periodo de la historia más
reciente).[n. 11]
Prehistoria
del
Cobre Edad
del
Bronce Edad
del
Hierro
paleolítico Proto-
neolítico
Historia de Europa
Contemporánea
Antigüedad clásica Antigüedad tardía Alta Edad Media Baja Edad Media
XVI siglo
XVII siglo
XIX siglo
XX siglo
XXI
Pinturas rupestres de Cueva de las Manos (Río Pinturas, Argentina, cerca de 9000 años de
antigüedad). Representan esquemáticamente a un hombre y a grupos de animales; también se
observan otros símbolos, destacadamente las manos que dan el nombre al lugar. Esta forma de
arte prehistórico, aunque es un testimonio valiosísimo para la reconstrucción del pasado, no es
una fuente histórica en el sentido clásico de la palabra, sino arqueológica.
Prehistoria. Desde la aparición del hombre (diferenciación de las distintas especies del género
Homo, subtribu hominina, superfamilia Hominoidea, orden de los primates), de fechas
inciertas, hace más de dos millones de años; hasta la aparición de la escritura, en torno al iv
milenio a. C.[35] Se considera un campo académico o especialidad muy ligada a la Arqueología.
Paleolítico (etimológicamente Antigua Edad de Piedra, por la piedra tallada). Los hechos más
decisivos son los ligados a la evolución humana, en lo físico, y a la evolución cultural primitiva
(utilización de herramientas y del fuego y desarrollo de distintos tipos de colaboración y
conducta social primitiva; destacadamente el lenguaje). Los grupos sociales no superarían el
tamaño de hordas, con una densidad de población inferior a un habitante por kilómetro
cuadrado. La economía se limitaba a una relación depredadora con el medio ambiente (caza,
pesca y recolección), lo que no impedía un impacto notable (primera humanización del paisaje
natural y extinciones provocadas por la presión de la actividad humana en los ecosistemas
donde se introduce).
Paleolítico superior. Ligado a la cultura material asociada al Homo sapiens moderno: el modo 4
(Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense, Magdaleniense —en Europa—, Clovis y Monte Verde
—en América, donde por primera vez aparecen homínidos—); desde hace 35 000 años hasta
hace 10 000 años aproximadamente. Ya no hay cambios significativos para la
paleoantropología en el registro fósil; las variaciones entre distintos grupos son mucho más
sutiles: las estudiadas tradicionalmente por la antropología física y que se conocían como razas
humanas, y que la moderna genética de poblaciones estudia con renovadas metodologías
(genética molecular). Junto con la paleo-lingüística pretende reconstruir las migraciones
primitivas.[n. 13]
Neolítico (etimológicamente «nueva Edad de Piedra», por la piedra pulimentada: modo 5). Del
viii milenio a. C. al iv milenio a. C. aproximadamente. Su inicio en cada zona está ligado al
desarrollo de la denominada Revolución Neolítica: sustitución de la economía depredadora
(caza, pesca y recolección) por la economía productora (agricultura y ganadería), lo que
intensificó extraordinariamente la densidad de población (de crecimiento limitado —régimen
demográfico antiguo—) y el impacto en el medio ambiente. Aparición de la cerámica,
sustitución del nomadismo por el sedentarismo (asentamientos estables o aldeas). Tuvo lugar a
partir del viii milenio a. C. en el Creciente fértil del Oriente Próximo, y se difundió hacia el norte
de África y Europa (en España a partir del vi milenio a. C.) y Asia. La aparición de la agricultura y
la ganadería se produjo de forma endógena en otras zonas del mundo (con seguridad en
América, de forma menos clara en otras zonas).
Edad de los Metales. Desde el iv milenio a. C. (o más tarde, según la zona), que aunque es una
época ya histórica en el Próximo Oriente Antiguo, es aún prehistórica en la mayor parte del
mundo. Innovaciones tecnológicas de difusión paulatina (metalurgia, rueda, arado, vela).
Algunas aldeas se amurallan y aumentan de tamaño hasta transformarse en ciudades. La
economía y la sociedad se hace más compleja (excedentes, comercio a larga distancia,
especialización del trabajo, estratificación social con una élite dirigente caracterizada por la
exhibición de riqueza en forma de armas y monumentos funerarios). El tránsito a la historia se
dará cuando se complete la formación de las sociedades complejas (civilizaciones) con estado y
religión institucionalizada, que producirán la escritura.
Los miles de guerreros del ejército de terracota (Xian, siglo III a. C.) servían para garantizar el
eterno mandato de Qin Shi Huang, autoproclamado primer emperador de China, temeroso de
los innumerables enemigos cuya venganza esperaba en la vida después de la muerte. Las
civilizaciones extremo-orientales se caracterizaron por su continuidad, que no se vio
interrumpida por la discontinuidad entre Edad Antigua y Edad Media propia de la civilización
occidental. Especialmente la civilización china, el ejemplo más estable de imperio hidráulico,
vio la repetición aparentemente perpetua de ciclos dinásticos de auge (interpretado
tradicionalmente como premio por respetar el equilibrio del mandato del cielo),
descomposición interna (interpretada como consecuencia del desequilibrio al no respetarlo) e
invasiones exteriores (interpretadas como castigo y oportunidad de reiniciar el ciclo), que
continuó hasta el siglo XX.
El acueducto de Segovia, una construcción utilitaria romana de finales del siglo I, sigue
determinando la personalidad de una ciudad contemporánea, junto con otros hitos de su
historia como las murallas o la catedral. Otras muestras de la pervivencia de la romanización en
la actualidad son la lengua, el derecho, la religión, etc.
Edad Antigua
Antigüedad clásica: Entre el siglo VIII a. C. y el siglo II. De validez restringida a las civilizaciones
griega y romana, caracterizadas por la cultura clásica (término de gran ambigüedad, que en su
aspecto espacial y temporal puede considerarse ampliado a todo el Próximo Oriente por el
helenismo posterior al Imperio de Alejandro Magno y al Mediterráneo occidental por el
helenizado Imperio romano; o restringido al periodo clásico del arte griego —siglo V a. C. y
siglo IV a. C.—; o de forma aún más estricta reducido al siglo de Pericles —la Atenas de
mediados del siglo V—), y unos precoces conceptos de libertad, democracia y ciudadanía que
se basaban paradójicamente en la sumisión de otros pueblos y la utilización intensiva de la
fuerza de trabajo esclava. Ambas civilizaciones contaban sus eras desde fechas del siglo VIII a.
C. (la primera olimpiada o la fundación de Roma, respectivamente). Simultáneamente se
desarrolló el Imperio persa, que ocupa el espacio intermedio y pone en contacto las
civilizaciones mediterráneas con las civilizaciones asiáticas, especialmente la hindú, mientras
que las civilizaciones de Extremo Oriente, como la china, se desarrollan de forma
prácticamente independiente, y las americanas en total desconexión.
Dos guerreros griegos en combate singular. Tras ellos hay carros de guerra. Fragmento de una
crátera ática de figuras negras, Selinunte, siglo VI a. C. (contemporánea a las reformas de
Clístenes). El equipamiento militar para el combate cuerpo a cuerpo (casco, lanza) es similar al
que usarán los hoplitas, pero ellos luchan agrupados en falanges, y el escudo estará diseñado
para proteger tanto al compañero de filas como al que lo lleva.
Dos guerreros griegos en combate singular. Tras ellos hay carros de guerra. Fragmento de una
crátera ática de figuras negras, Selinunte, siglo VI a. C. (contemporánea a las reformas de
Clístenes). El equipamiento militar para el combate cuerpo a cuerpo (casco, lanza) es similar al
que usarán los hoplitas, pero ellos luchan agrupados en falanges, y el escudo estará diseñado
para proteger tanto al compañero de filas como al que lo lleva.
Sarcófago Ludovisi, hacia 250. Las legiones romanas luchan contra los godos, que en los siglos
siguientes (periodo de las invasiones bárbaras) contribuirán decisivamente tanto a la
continuidad como a la Caída del Imperio romano, tras la que instaurarán algunos de los más
importantes reinos germánicos de la Alta Edad Media.
Sarcófago Ludovisi, hacia 250. Las legiones romanas luchan contra los godos, que en los siglos
siguientes (periodo de las invasiones bárbaras) contribuirán decisivamente tanto a la
continuidad como a la Caída del Imperio romano, tras la que instaurarán algunos de los más
importantes reinos germánicos de la Alta Edad Media.
Chac Mool (Chichén Itzá, ciudad maya fundada en el siglo VI). Las civilizaciones
mesoamericanas desarrollaron una cultura peculiar ligada a la guerra ritualizada entre
ciudades-estado rivales, que incluía el sacrificio de los prisioneros para garantizar el orden
cosmológico, además de una antropofagia de debatida consideración.[39]
Chac Mool (Chichén Itzá, ciudad maya fundada en el siglo VI). Las civilizaciones
mesoamericanas desarrollaron una cultura peculiar ligada a la guerra ritualizada entre
ciudades-estado rivales, que incluía el sacrificio de los prisioneros para garantizar el orden
cosmológico, además de una antropofagia de debatida consideración.[39]
Un caballero, un clérigo y un campesino (los tres órdenes feudales) ilustran la miniatura de una
letra capitular en un manuscrito medieval.
Edad Media: De validez restringida a Occidente, desde la caída del Imperio romano de
Occidente (siglo V) hasta la caída del Imperio romano de Oriente (siglo XV). En un periodo tan
prolongado se produjeron dinámicas muy complejas, que poco tienen que ver con los tópicos
de aislamiento, inmovilismo y oscurantismo con que se la definía desde la perspectiva de la
modernidad, que la infravaloraba como un paréntesis de atraso y discontinuidad entre una
mitificada Edad Antigua y su renacimiento en la moderna.
Alta Edad Media: siglo V al siglo X. Una época en la que destaca el retroceso de la vida urbana y
de la descomposición del poder político central que caracterizan al feudalismo. La Iglesia, sobre
todo a través del monacato, se convierte en la única continuidad de la tradición intelectual. La
nobleza y el clero, vinculados familiarmente, son los señores que ejercen el poder político,
social y económico sobre los campesinos sometidos a servidumbre. Castillos y monasterios se
imponen en un paisaje de bosques, baldíos y pequeñas aldeas casi incomunicadas.[40]
Baja Edad Media: Del siglo XI al siglo XV. A veces se restringe al siglo XIV y al siglo XV, como
Crisis de la Edad Media o Crisis del siglo XIV; denominándose el periodo del siglo XI al siglo XIII
como Plenitud de la Edad Media. Se produce una revolución urbana y un aumento de la
actividad comercial y artesanal de una incipiente burguesía, al tiempo que se fortalece el poder
de las monarquías feudales. Los poderes universales (Pontificado e Imperio) se enfrentan y
entran en crisis. Las Cruzadas demuestran la capacidad de expansión europea hacia el oriente
del Mediterráneo, mientras en la península ibérica se terminan imponiendo los reinos
cristianos a Al-Ándalus (España musulmana) en un proceso denominado La Reconquista. La
universidad medieval reelaboró el saber antiguo a través de la escolástica (revolución del siglo
XII). En los siglos finales se conforman los rasgos que caracterizarán todo el periodo del Antiguo
Régimen: una economía en transición del feudalismo al capitalismo, una sociedad estamental y
una monarquía autoritaria en transición a la monarquía absoluta.[41]
El David de Miguel Ángel (1504), obra cumbre del Renacimiento italiano, y ejemplo de la
confianza en el ser humano propia del antropocentrismo humanista.
Edad Moderna: De mediados o finales del siglo XV a mediados o finales del siglo XVIII. (Para los
anglohablantes, Early Modern Times, es decir, «Primera Edad Moderna» o «Edad Moderna
Temprana»). Se toma como hitos que marcan su comienzo la Imprenta, la toma de
Constantinopla por los turcos o el descubrimiento de América; como final, la Revolución
francesa, la Independencia de los Estados Unidos de América o la Revolución industrial. Es por
primera vez, un periodo de validez casi mundial, puesto que para la mayor parte del mundo
(con la excepción solo parcial de China o Japón —que tras unos primeros contactos optan por
cerrarse a la influencia exterior en mayor o menor medida— o de espacios recónditos de
América, África y Oceanía —colonizados en el siglo XIX—), significó la imposición de la
civilización occidental y la denominada economía-mundo. Se inició con la era de los
descubrimientos y la expansión del imperio español y el portugués, mientras el mundo de las
ideas experimentaba las innovaciones del Renacimiento, la Reforma Protestante y la
Revolución científica; contrapesadas por la Contrarreforma y el Barroco. Mientras en la Francia
de Luis XIV triunfaba el absolutismo, en otras partes de Europa noroccidental lo hacían las
primeras revoluciones burguesas que desafiaban al Antiguo Régimen (revolución neerlandesa,
revolución inglesa) y en el sur y este del continente se observaba un proceso de
refeudalización. El eje de la civilización se desplazó de la cuenca del Mediterráneo al océano
Atlántico. La crisis del siglo XVII y los tratados de Westfalia reedificaron un nuevo equilibrio
europeo que imposibilitaba las hegemonías española o francesa, y que se mantuvo durante el
siglo XVIII, caracterizado intelectualmente por la Ilustración. A lo largo de todo el periodo se
van gestando los modernos conceptos de nación y estado.[42]
Prueba nuclear en el atolón de Bikini, 26 de marzo de 1954, en plena Guerra fría. La era nuclear
se inauguró en 1945, cuando los Estados Unidos lanzaron en Hiroshima y Nagasaki las primeras
bombas atómicas. La Unión Soviética la siguió en lo que se denominó carrera nuclear o carrera
de armamentos (simultánea a la carrera espacial), así como las otras tres potencias con
derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: Reino Unido, Francia y China.
Otros países no firmantes del tratado de no proliferación nuclear han desarrollado este
armamento: abiertamente India y Pakistán; sin reconocerlo Israel, Sudáfrica —lo desmanteló al
caer el régimen de apartheid— y quizá otros.
Edad Contemporánea. Desde mediados o finales del siglo XVIII hasta el presente. (Para los
anglohablantes Later Modern Times, es decir, «Segunda Edad Moderna» o «Edad Moderna
Tardía»). Una inicial era de las revoluciones (revolución industrial, revolución burguesa y
revolución liberal) acabó con el Antiguo Régimen y dio paso en la segunda mitad del siglo XIX al
triunfo del capitalismo que se extiende con el imperialismo a todo el mundo, al tiempo que se
veía contestado por el movimiento obrero. Las guerras napoleónicas dieron paso a un periodo
de hegemonía británica durante la era Victoriana. El comienzo de la transición demográfica
(primero en Inglaterra, poco después en el continente europeo y posteriormente en el resto
del mundo) produce una verdadera explosión demográfica que altera de forma radical el
equilibrio social y el del hombre con la naturaleza, sobre todo a partir de la segunda revolución
industrial (paso de la era del carbón y de la máquina de vapor a la era del petróleo y el motor
de explosión y la era de la electricidad). La primera mitad del siglo XX se marcó por dos guerras
mundiales y un período de entreguerras en el que las democracias liberales enfrentadas a la
crisis de 1929 se ven desafiadas por los totalitarismos soviético y fascista. La segunda mitad del
siglo XX se caracterizó por el equilibrio del terror entre las dos superpotencias (Estados Unidos
y la Unión Soviética), y la descolonización del Tercer Mundo, en medio de conflictos regionales
de gran violencia (como el árabe-israelí) y una aceleración de la innovación tecnológica (tercera
revolución industrial o revolución científico-técnica). Desde 1989, la caída del muro de Berlín y
la desaparición del bloque socialista condujeron al mundo actual del siglo XXI presidido por la
globalización tanto de la economía como de la presencia política, militar e ideológica (poder
blando) de la única superpotencia, así como de sus aliados (potencias clásicas —Unión
Europea, Japón—), socios o posibles rivales (potencias emergentes —China—) y opositores
(potencias menores, como algunos países islámicos, y movimientos a veces expresados en
terrorismo —11-S—).[43]
Historia nacional
Véase también
Cronología
Demografía histórica
Gran Historia
Genealogía
Geohistoria
Historia universal
Historiografía
Método histórico
Notas
Por regla general, se escribe con mayúscula inicial cuando haga referencia a estudios o
materias regladas en contextos académicos (ciencia) y en minúscula cuando haga referencia a
hechos pasados (objeto de estudio).[1]
A partir del ser humano, surge la historia, al poder estudiar y reflejar por escrito su propio
pasado y el que le precede (Prehistoria). El concepto de "prehistoria" es un convencionalismo,
que hacía alusión a una historia previa a la historia oficial de la Iglesia (sobre la creación del
mundo, Adán y Eva, etcétera), cuya denominación, que también representa un campo
académico, se mantiene por tradición. Actualmente, la disciplina para el estudio de la historia
se centra, fundamentalmente, en la historia del ser humano; también se debe tomar en cuenta
que las ciencias históricas estudian muchas y diferentes realidades del pasado.
El historiador francés Marc Bloch la definió como la "ciencia de los hombres a través del
tiempo". Bloch, M. Introducción a la historia. México: Fondo de Cultura Económica.
Se puede aplicar esa perspectiva temporal para cualquier otro campo de conocimiento, como
el tiempo geológico, el tiempo biológico, el tiempo astronómico, etcétera.
De hecho, son habituales las polémicas entre los propios historiadores sobre este punto,
siendo muy llamativo el reproche que Cipolla (en su ensayo paródico El papel de las especias...
-1973- y Las leyes fundamentales de la estupidez humana -1976-, recogidos en Allegro ma non
tropo. Barcelona: Crítica-Drakontos, 1991 ISBN 84-7423-509-X) realizaba a los métodos
cliométricos de Fogel y Stanley Engerman, o los debates de las distintas tendencias dentro de
los historiadores marxistas británicos. Véase el artículo de Javier Ortiz Cassiani Historia y modas
intelectuales, Historia Crítica núm. 28, 2004. José Álvarez Junco, Los malos usos de la Historia,
21 de diciembre de 2013:
la Historia académica, una actividad que algunos de sus practicantes defienden como científica.
No lo es, desde luego, en el mismo sentido en que puedan serlo las ciencias duras, en primer
lugar porque el número de variables que entran en cada fenómeno es poco menos que infinito;
es decir, que las “causas” de los hechos históricos no son únicas, ni en general claras. A estos
asuntos se les puede aplicar aquello que dijo Oscar Wilde sobre la verdad: que raras veces es
simple y nunca es pura. Tampoco es la Historia un conocimiento aséptico u objetivo porque los
datos que nos llegan sobre el pasado (documentos, ante todo) son parciales, muchas veces
escasos y, sobre todo, subjetivos, emitidos por alguien que estaba implicado en la situación
que describía. Una distorsión a la que se añade la que introducimos nosotros mismos, quienes
recogemos e interpretamos esos datos, que también somos parciales y subjetivos, ya que
anotamos unos hechos y descartamos otros según que nuestra visión del mundo los considere
o no significativos. Dentro de estas limitaciones, sin embargo, la Historia aspira a un status de
ciencia social, un tipo de conocimiento que no admite la arbitrariedad, el ocultamiento o el
falseamiento de fuentes. Y esto es lo malo: que muy buena parte de la Historia que se escribe
cae en este tipo de deformación porque tiene una finalidad política: es decir, que se usa como
argumento al servicio de una causa; normalmente, a justificar la existencia de la organización
política en la que habitamos (o la de otra organización alternativa que pretendemos crear).
Si a esta [historia] se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino
haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos;
aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella
que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera estender la pluma en las
alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y
peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada
apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del
camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,
testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
En el siglo XVI los historiadores de la literatura y los filólogos, estudiando el latín señalaron tres
fases en su gradual evolución: la "alta edad" o "superior" que llegaba hasta Constantino, etapa
del latín clásico; la "edad media" de la lengua, que alcanzaba desde Constantino a Carlomagno
(siglos IV al IX), y la "edad ínfima" iniciada en el 842 con el primer texto en romance, Los
Juramentos de Estrasburgo. Por eso precisamente Ch. D. Du Cange tituló su famoso diccionario
Glossarium ad scriptores mediae et infimae latinitatis (Paris, 1678). La primera ocasión en que
se designa el término Edad Media con sentido histórico parece haber sido en 1639, por el
liejense Rasuin en su Laodium. La expresión pasaría desde ese mismo siglo XVII a designar el
período de transición entre la antigüedad clásica y el renacer de su cultura experimentada en la
Edad Nueva que habita tomado cuerpo a lo largo del siglo XV. Y, en consecuencia, su uso tendía
a menospreciar los valores de dicha edad intermedia como un puente o una noche de “mil
años”. Los pedagogos fueron los responsables de que este nuevo concepto de la Edad Media
adquiriera carta de naturaleza en los manuales o síntesis de historia. Un profesor de fines del
siglo XVII, Cristóbal Séller (1634-1707) o Celarius —como gustaba llamarse latinizando su
nombre a la manera humanista— introdujo la modalidad en uno de los manuales escolares de
Historia Antigua editado en 1685, y la claridad que implicaba para la explicación histórica le
indujo a repetirla en otro, titulado Historia Medii Aevi a temporibus Constanini Magni ad
Constaninopolim a Turcis captam deducta (Jena, 1688). Otro profesor, Loescher, la repitió en un
manual alemán: Geschicchte der Mittleren Zeiten (1725), y no tardó en generalizarse el nuevo
concepto, porque resultaba cómoda esa división de la historia.
Riu, M. (1978) Prólogo a la edición española, en La historia del mundo en la Edad Media (The
Shorter Cambridge Medieval History, The Later Roman Empire To The Twelfth Century): tomo I,
pg. XXIV. Madrid: Sopena.
Uno de los principales autores que buscan la integración metodológica de lingüística, genética,
demografía y arqueología es Luigi Luca Cavalli-Sforza. Es necesario señalar que este tipo de
investigaciones, y sobre todo su divulgación mediática, eventualmente son interpretadas como
confirmación de teorías etnográficas e historiográficas ya obsoletas (identificación de lo
indoeuropeo, lo celta o lo ibero con razas en vez de con culturas como se hace desde la
arqueología moderna) o de identificaciones nacionales anacrónicas:
No hay razas. Desde el punto de vista de la genética, solo vemos gradientes geográficos.
Lluis Quintana-Murci, del Instituto Pasteur de París, citado por Gary Stix Huellas de un pasado
lejano, en Investigación y Ciencia, septiembre de 2008, ISSN 0210-136X pg. 19.
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Bibliografía
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Enlaces externos
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Cronología Histórica
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