La Narraciã N de Lo Traumã¡tico. Mariana Wikinski
La Narraciã N de Lo Traumã¡tico. Mariana Wikinski
Mariana Wikinski
En su célebre texto El Narrador, Walter Benjamin (1936), se pregunta cómo puede el “minúsculo y
quebradizo cuerpo humano” soportar la inscripción de la experiencia traumática. ¿Cómo podría
narrarla? ¿Cómo podría sobre ella construir experiencia?
Nos proponemos en esta oportunidad partir de la idea de cierta negatividad en el contacto del sujeto
con la experiencia y con la alteridad, en la medida en que ambas excedan la capacidad simbolizante
del sujeto. Se trataría de pensar el contacto del sujeto con aquella experiencia que no lo enriquece,
sino que desmantela su capacidad perceptiva y organizativa.
¿Qué modos de narración podrán construirse a partir de esta clase de experiencia?
¿Será que la experiencia se vuelve apropiable sólo a partir del momento en que se logra narrarla,
sólo si se logra narrarla? ¿Será que se transforma en experiencia al narrarla? Incluso si esa narración se
realiza para uno mismo, incluso si en esa narración no se agota su sentido, algo permite que su
“traducción” a materia lingüística abra al menos la ilusión de suponerle un sentido.
Es justamente en las experiencias traumáticas extremas en donde ya no rigen las reglas de la
humanidad. Como lo escribe J. Mèlich (2000, p.82): “En el Lager la ley era clara: cada uno para sí mismo”.
Agamben (2005, p.59), por su parte plantea que en los testimonios se refleja que en los campos de
concentración “ninguno era bueno con los musulmanes”.
¿Somos siempre y en cualquier circunstancia frente al otro quienes creemos que debemos ser? ¿Qué
circunstancias podrían desafiar nuestra intención de hospitalidad con el otro, colocándonos en la
posición de sentirlo casi como nuestro enemigo? En ningún testimonio encontramos la posibilidad de
un gesto de hospitalidad con el musulmán. Primo Levi intentará, con dolor y generosidad, pero
mucho después, cuando ya habían muerto, acogerlos en su relato: al musulmán nadie quería verlo.
La experiencia traumática podría ser definida como una experiencia de contacto con la alteridad, con
lo extraño, y entonces también con “lo otro” en uno mismo. Aquello que necesitamos al mismo
tiempo, y quizás en igual medida, olvidar y recordar.
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recuerdo y su narración, sino en el sentido de una marca indescifrable dentro sí, con la cual el sujeto
debe vivir.
Las vivencias no son sino explosiones discontinuas, sacudidas del presente destinadas a
flotar irredentas en la memoria, en una mera acumulación sin enseñanza (Morey, 2006).
Se nos aclara en la contratapa del libro Sin destino, de Imre Kertész (2005) que no es un texto
autobiográfico. ¿Será posible atravesar la experiencia concentracionaria, poner distancia con ella, y
luego correr el riesgo de asomarse nuevamente a su abismo construyendo “ficción”, sin rastros de lo
vivido?[1] ¿Recurrirá Kertész al recurso de la ficcionalización, para transformar en algo más soportable
la experiencia que atravesó? ¿Importaría acaso que este relato no responda punto a punto con su
experiencia vivida para juzgar si se trata o no de un relato autobiográfico? ¿Deberíamos acaso suponer
que un texto merece ser denominado “autobiográfico” sólo cuando relata la vida real, sin
ficcionalización alguna?[2]
Me pregunto si no será precisamente la capacidad de ficcionalización, así como la disposición de
elementos del lenguaje que den cuenta del sentido de esa experiencia mientras es vivida, lo que
situará al sujeto en mejores condiciones para descifrarla, y por ende, para soportarla. Si la
ficcionalización no constituye el modo de regular (en el mejor de los casos) una aproximación gradual
al horror experimentado por “quien ha visto la Gorgona”. Si son dos los tiempos, primero el de la
vivencia y luego el del encuentro con el lenguaje que permita narrarla, o son uno y otro el mismo
momento en el que se constituyen en el presente de la experiencia las posibilidades de nominación
que harán de ella una experiencia apropiable.
Si la ficcionalización pudiera transformar el horror vivido en recuerdo integrable a la propia historia,
quizás ese sea también el recurso con el que se puede en el “mientras tanto” de lo insoportable,
sobrevivir.
En su novela Sin destino Imre Kertész nos presenta un personaje que construye un universo ficcional
durante el primer tiempo de su confinamiento en un campo de concentración, y este trabajo de
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ficcionalización de su propio acontecer no sólo le ofrece la posibilidad de soportar la experiencia
concentracionaria, sino que simultáneamente abre con crudeza ante el lector la ventana de la
historia acontecida. El protagonista construye una ficción transitoria que no sólo no aleja al lector del
conocimiento de la historia real, sino que lo transforma en testigo. El lector ve lo que el protagonista
se niega a ver.
La ficción que construye el protagonista coloca al lector en un contacto insoportable con la
experiencia histórica relatada, por lo que la ficción omite, y porque los puntos ciegos de su
protagonista no son puntos ciegos para el lector, que queda capturado en la desolación de no poder
compartir con el protagonista la imposible ilusión de que lo que está ocurriéndole, no le esté
ocurriendo en realidad
El lector sabe más que el protagonista, sabe que los presos que György ve al llegar al campo de
concentración no son en realidad presos.
Una ficción adentro de otra: la del protagonista dentro de la del escritor.
Al comienzo del libro, György, un adolescente de alrededor de 14 años, no comprende bien lo que
está ocurriendo, e intenta construir una rutina basada en la utilización del pase oficial para el trabajo
en una fábrica. Asimismo, prefiere suponer que la vieja que murió en el vagón que lo trasladaba al
campo de concentración debía morir porque era vieja. “Todo lo que vi durante el trayecto resultó de mi
agrado” (p. 93), nos dice György acerca de su llegada al campo de concentración. “Todo era pulcro,
cuidado y hermoso. (…) Sólo faltaba un pequeño detalle: no había ninguna señal de vida. Pensé que eso era
natural, al fin y al cabo, a esas horas la gente estaría trabajando” (p. 94). “En Buchenwald también había un
horno crematorio, por supuesto, pero sólo uno, y no era el objetivo del campo, no era su móvil ni su razón de
ser –lo puedo afirmar con toda seguridad- sino que en él sólo se incineraba a la gente que moría en el campo,
debido a accidentes naturales de la vida, por decirlo así” (p. 130-131)
A medida que el texto avanza, su experiencia en el campo de concentración va siendo narrada con
diferencias formales y de contenido muy significativas respecto de la primera parte. Aun cuando
sigue incansablemente mostrándonos su empecinamiento en no ver lo que estaba ocurriendo, el
narrador (todo el libro está escrito en primera persona) va perdiendo su carácter adolescente (y no
precisamente por el mero paso del tiempo), e incluye reflexiones que solamente podrían ser volcadas
por él mucho después de haber retornado de los campos. Este último “tiempo” del libro es el más
reflexivo, es aquel en el que al narrador ya no le importa dar cuenta de las cosas “con detalle”, sino
trasmitir algo de su experiencia. Y alejándose de los “detalles”, se aleja de la ficción que dentro del
campo había intentado construir.
Es curiosa la construcción de esta novela, ya que el narrador habla en presente mientras desmiente –
en el sentido defensivo del término- la función de los hornos crematorios, pero también habla en
presente cuando ya sabe perfectamente para qué se utilizaban. ¿Cuándo fue escrita, entonces? La
novela pareciera tener el formato de un diario: día a día, en el presente de la historia, sin que sea
resignificado al final de su escritura aquello que no se comprendía al principio. Lo doloroso del texto
no es centralmente lo que György nos cuenta, sino lo que nosotros sabemos y él aún no sabe.
Es imposible asumir frente a este texto “la suspensión de la incredulidad” que Coleridge propondría al
lector de novelas o de poesía, porque de antemano no había tal incredulidad en el lector. Más bien
en este caso “la suspensión de la incredulidad” recorrería el camino inverso: el lector desearía
acompañar al protagonista en la improbable tarea de abandonar el universo ficcional y “creer”
finalmente en la realidad de lo que está viendo. Se habrá de reconocer una realidad mortífera
justamente en la medida en que sea el protagonista y no el lector quien “suspende la incredulidad”. El
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lector no puede desprenderse de la idea de que lo que le ocurre a György ocurrió en realidad, y que
también ese fue el destino del escritor.
En el contenido del relato hay una relación significativa entre los primeros días de la llegada al campo
de concentración, y los días y meses subsiguientes. Ese adolescente optimista e ingenuo que mira a
los “presos” preguntándose qué clase de delincuentes serían, diferenciándose radicalmente de
“ellos”, asiste luego azorado a su progresiva trasformación en uno más de ellos, hasta que
comprende que no puede hacer nada para evitarlo, que su destino podría haber sido el de las
chimeneas, y todavía podría serlo.
Lo que sería mucho después el abandono de la pelea por vivir, se anuncia cuando escribe: “Al terminar
ese día sentí por primera vez, que algo se había degradado definitivamente en mi interior...” (p.173). Cuando
ya no puede sostener ningún nivel de ficcionalización de lo que le estaba ocurriendo, György se
desmorona, se desvanece, y la distancia consigo mismo avanza en el texto, hacia un momento en el
que parece ir convirtiéndose paulatinamente en un musulmán.
Pero luego György se ve rescatado por el tintineo de las ollas y el olor a la sopa de zanahoria. Es allí
cuando recupera el deseo de vivir (¿se parecerán en algo la magdalena de Proust, -que lo aproxima
por azar al encuentro y evocación de un pasado resguardado en su memoria involuntaria,
transformable en experiencia precisamente a partir de ese encuentro-, y la sopa de zanahoria cuyo
olor en el campo de concentración produce en György un “sentimiento en el pecho entumecido que fue
creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos de lágrimas”?, [p. 192])
Tres líneas temporales podemos leer en este libro:
a) La de György (personaje/relator/protagonista) desde el principio hasta el final de la historia.
Desde la capacidad inicial para relatar detalladamente, aunque desapasionadamente, lo
acontecido, pasando luego por la dificultad para ordenar lo vivido en el relato, hasta su
regreso a casa, ya siendo otro, marcado por una experiencia de la que parece ir
logrando apropiarse a medida que se ve en la necesidad de diferenciarse de lo que los demás
suponen erróneamente acerca de lo que él vivió : el infierno, le dicen (y él lo niega) ; que debe
olvidarse, le dicen ( y él también lo niega).
b) La línea temporal al interior de la experiencia concentracionaria, en la que el personaje
intenta dar cuenta de lo que va viviendo, utilizando sus propias herramientas conceptuales,
(en contra de cierto principio de realidad, alterando lo percibido, interpretándolo de un modo
defensivo) hasta que se va dando cuenta de que resultan totalmente ineficaces. A partir de
allí, renuncia al intento de nominación de lo vivido, renuncia a habitar su propio cuerpo, y se
entrega a una especie de desapropiación de la propia vida. Llega así al extremo de la ajenidad
con la propia experiencia, hasta que a través del reencuentro con su capacidad perceptiva, el
olor, el oído, la vista, se reconoce a sí mismo nuevamente y recupera el deseo de vivir.
c) Por último, la línea temporal del autor, Imre Kertész, que comienza a escribir este texto en
1960. Quince años después de haber sido liberado escribe un texto que contiene una
reflexión acerca de la vivido; lo vivido por él es en este texto experiencia trasmisible, relato,
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narración. Si recordáramos a Benjamin, diríamos que Kertész no volvió mudo del campo de
batalla.
La ficcionalización podría recubrir el agujero simbólico al que nos exponen las experiencias
traumáticas. “Al reflexionar ahora sobre todas estas cosas, comprendo que yo asistí a aquel proceso de una
manera gradual, acostumbrándome a cada fase, sin verlo en realidad”, dice György (p.157).
¿Acaso se podría decir, a pesar de que plantea haber atravesado tramos “en que parecía no vivir su
propia vida”[3], que Kertész no ha constituido en esos tramosexperiencia? Si no se hubiera apropiado
finalmente de esa experiencia, ¿cómo podría saberlo, cómo podría enunciar el haber sido expropiado
de su propio pensamiento, de su propia ética y hasta de su propio cuerpo?
György vuelve trasformado del campo de concentración. Se había alterado su “orden de verdad”.
Comienza a comprenderlo cuando intenta narrar, dar cuenta de ello. Quizás ya nunca más se olvidará
de haberlo comprendido.
Tres años después de haber sufrido un grave accidente ferroviario, en el que habían fallecido dos
amigos de su edad, Adrián, que en el momento del accidente tenía 20 años, y estaba en
psicoterapia desde antes de este acontecimiento, me dice: “Ando por la calle y me imagino que me voy
a morir, pero no es una muerte prolijita. Estalla una bomba y se me desprende la cabeza, se cae arriba mío
una maceta y me destroza, paso por abajo del toldo de un negocio, el toldo se me cae encima y termino
despachurrado con mis órganos dispersos por todas partes. Perdoname que te lo diga así, pero me pasa que
tengo esas fantasías.” También aclara: “Es curioso, porque yo hubiera creído que si imaginaba mi muerte,
iba a ser en un accidente de tren, pero en realidad se me aparecen esas imágenes.”
Desde el accidente hasta hoy, él ha hablado mucho de lo que le ocurrió, tuvo algunas lesiones,
tardó en recuperarse, pero no estuvo en peligro su vida. El centro de su sufrimiento fue siempre la
pérdida de sus amigos.
Pero la índole de lo traumático para él fue múltiple. No fue sólo pensar que él mismo hubiera
podido morir y darle una y mil vueltas a la revisión del momento en el que había decidido
cambiarse de asiento, haber sufrido lesiones sin saber si tendría secuelas a largo plazo, haber
perdido a sus amigos, haber atravesado muy prematuramente la experiencia de la ausencia de
garantías respecto del cuidado que lo adultos podrían ofrecerle. No fue sólo la interrupción brusca
y despiadada de la omnipotencia adolescente.
Cuando ya todo aquello había tenido un lugar en su elaboración, quedaba aún un resto que
operaba como signo puro, que no remitía a otra cosa que a sí mismo, sin que él alcance a
descifrarlo. Y era absolutamente singular. A pesar de que el accidente que sufrió tuvo alguna
resonancia mediática, no existió relato colectivo que pudiera dar cuenta de lo que a él le había
ocurrido. Era también la materialidad de lo que vio, lo que oyó, lo que olió: esto era lo que
finalmente quedaba en un fondo inmetabolizado. Diríamos incluso que aún cuando no lo hubiera
visto, sabía que eso había ocurrido, y que él estaba ahí. Lo no visto, o lo visto parcialmente -de
hecho recuerda cómo volvió la cabeza frente a algunas imágenes- se completa con lo imaginado,
imponiendo al aparato psíquico el mismo trabajo elaborativo. Aquello estaba en un lugar
inaccesible al recuerdo y a la palabra. Rebotaba en las paredes del aparato psíquico sin amortiguar
nunca su potencia y sin poder transformarse en otra cosa. Empezamos a animarnos a decir y
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escuchar qué realmente vio, qué sospechó, cómo se defendió, qué escuchó, qué comprendió desde
el primer momento. Es lo único de lo que aún no había hablado: los cuerpos despedazados, los
gritos, los llantos, el olor. La sensorialidad de lo vivido en su carácter siniestro. A esto sensorial que
queda inscripto y resulta irreductible mientras no pueda ser elaborado, lo llamamos signos de
percepción: es allí donde lo traumático deja su huella.
Y me pedía disculpas por tener que decírmelo y por necesitar explicarme con detalles cuál era su
fantasía, porque advertía en esta fantasía sus cualidades obscenas. Porque no era sencillo habitarla,
ni ponerla en palabras, y sabía que no era sencillo escucharla. Sé perfectamente que tampoco me
contó todo. Sonreía incómodo por momentos durante su relato, se detenía de pronto con pudor y
dejaba que yo imagine, o que yo decida no imaginar. Se protegió y me protegió de este relato, pero
esa experiencia retornaba insistente. Permaneció inscripta fragmentariamente, desligada,
“transitando” por el aparato psíquico, sin ser conciente -como lo expresaba Silvia Bleichmar- y al
mismo tiempo sin estar reprimida. Era una pesadilla diurna, en vigilia, que ambos sabíamos remitía
a una experiencia real. Era un resto que además de la sensorialidad del momento vivido, encontró
aportes en las lecturas de los expedientes judiciales que debió hacer durante sus declaraciones, en
los comentarios a veces casuales que escuchó a lo largo de estos años. Llegaba ahora a un punto en
el que era posible contarlo y al mismo tiempo era imposible no contarlo. Porque su retorno era
terriblemente angustiante.
Esta pregunta es objeto de profundos debates. Brevemente, el eje de esta discusión está en esa
tensión que podemos suponer entre la posibilidad de decir lo que nos ha ocurrido cuando
contamos con la fluidez del lenguaje como herramienta, y su imposibilidad cuando lo ocurrido no
ha sido del orden de lo ordinario, cuando ha tenido el carácter de lo traumático, cuando atravesó
de un modo inesperado nuestras vidas y nos colocó en situación de anonadamiento. Se dice que
aquello acontecido es “imposible de poner en palabras”. La experiencia de Adrián que relaté al
comienzo nos da una idea de lo difícil que es construir narración sobre un hecho que ha
desordenado al psiquismo, y vulnerado todas sus defensas.
Pero sustentada en esta dificultad, se ha establecido la idea absoluta de imposibilidad. Y lo que se
discute es –en última instancia- el valor de la voz de los testigos.
Cuando me refiero en este texto a lo traumático como aquello difícil de poner en palabras -como
tantas veces se ha dicho- no estoy de ninguna manera adhiriendo a la idea de que el trauma y sus
efectos no pueden transcribirse en palabras. Todo lo contrario. Considero que el trauma y su narración
construyen su relación en torno del término exigibilidad. Exigibilidad del trauma que nunca es mudo,
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siempre produce manifestaciones: sintomáticas o lenguajeras, manifiestas o veladas. Esta exigibilidad
incumbe luego a la narración, que deberá representar algo de lo traumáticamente vivido.
Si bien lo traumático ofrece resistencia a su narratividad, hablar exclusivamente de la inefabilidad
de lo traumático y clausurar allí la cuestión, supone el cuestionamiento de la palabra del testigo en
su conjunto. Habrá sin ninguna duda una distancia entre el hecho ocurrido y su inscripción psíquica,
y luego habrá una distancia entre su inscripción psíquica y su relato. Pero no sólo no considero que lo
traumático es inefable, sino que me interesa particularmente conocer los mecanismos por los cuales su
narratividad puede producirse, como de hecho todos sabemos que se ha producido prolíficamente, en los
textos insustituibles y de enorme valor universal que se han escrito a partir de experiencias de sufrimiento
extremo.
En principio la palabra “narración” no necesariamente remite a una puesta en palabras. Hay
muchas formas de narrar. Pero sea cual sea su materia, palabra o imagen, se trata siempre de una
forma del lenguaje, una lengua que pretende representar, dar a entender algo, articulando sus
partes en una secuencia, y que se dirige a un interlocutor real o imaginario.
La índole de lo traumático, decíamos, no contribuye en absoluto ni a su narratividad ni a su puesta
en palabras. Es precisamente su inaccesibilidad a la simbolización, lo que confiere a un hecho su
carácter traumático para un sujeto determinado: un acontecimiento es traumático, precisamente
porque se ha sustraído a toda posible significación por parte del sujeto, porque ha quebrantado su
sistema de comprensión del mundo.
En 1893 Freud hace la siguiente descripción de “trauma psíquico”: “En calidad de tal obrará toda
vivencia que suscite los afectos penosos del horror, la angustia, la vergüenza, el dolor psíquico”
(p.31). Afectos (como diría Silvia Bleichmar) que ofrecen un obstáculo a la ligadura y a la
historización. El trauma es ruptura de una envoltura.
Podríamos preguntarnos entonces de qué hablamos cuando pensamos en su acceso al universo de
lo narrable, qué operación psíquica será necesaria para que lo traumático acceda a este estatuto,
cuánto de lo que originariamente lo constituyó se conservaría y cuánto se perdería en esa
transcripción. La materia que constituye el trauma es absolutamente diversa de la materia que
constituye el lenguaje.
La narración de lo traumático compromete tres vertientes que se iluminan entre sí. Tres espacios
en los que esta narración se puede desplegar de modos muy diversos: el espacio terapéutico, el
espacio literario y el espacio jurídico. Digo que se iluminan entre sí porque el espacio terapéutico y
el literario toman del jurídico la necesidad de dar testimonio; el jurídico y el terapéutico toman del
literario la necesidad de narrar; y el espacio literario y el jurídico contienen siempre algo del
sufrimiento que se despliega en el espacio terapéutico. Sería difícil entender lo que se juega en el
acto de narrar lo traumático si uno no apela a lo que cada una de estas situaciones, tan disímiles
entre sí, nos puede decir acerca de ese acto.
Decía entonces sufrimiento, testimonio, necesidad de narrar. En un mismo acto, el acto de
narrar, se hacen presentes el sufrimiento del sujeto frente a lo vivido y por lo tanto el obstáculo en
la construcción del recuerdo; la presencia del otro que escucha su testimonio y da sentido a lo
relatado, y la necesidad del propio sujeto sufriente de “decir”, capturando algo muchas veces
indescifrable para él mismo. Tres líneas siempre presentes en el desarrollo de la narración de lo
traumático, en las que no es posible evitar las vías de encuentro con el dolor, no resulta en
absoluto irrelevante quién escucha o interpreta aquello que se tiene para decir, ni resulta posible
acallar la propia voz sin pagar por ello un precio muy alto.
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No pienso aquí a la narración como un puro acceso a la palabra. A cualquierpalabra. Hay
una diferencia radical entre el relato de lo acontecido y la narración de lo traumático. La diferencia
radica precisamente en el carácter de “fetichismo narrativo” -feliz expresión que tomo de Eric
Santner (2007) y que él propone en otro contexto de discusión- que puede observarse frente a
una oleada de palabras que pretendan relatar lo traumático, plagadas a veces de descripciones
minuciosas de hechos, en muchos casos obscenamente, y que no conducen ni al narrador ni a su
interlocutor a ningún lugar de significación respecto de lo que ha verdaderamente fracturado al
aparato psíquico, al sujeto, a la identidad o al yo de quien narra. Lo acontecido será en este relato
del orden de lo universal, el relato aludirá a la reconstrucción de los hechos al modo de una
crónica, consistirá en una recolección y descripción de hechos comprobables, fechables. Pero lo
traumático no es exactamente eso. El trauma no es el hecho. El trauma es la inscripción de ese hecho en
el aparato psíquico, y es de índole absolutamente singular, de orden psíquico y no de orden
acontecimental, aunque –no está de más recordarlo- no nos resulte en absoluto irrelevante el
carácter fáctico de aquello que se vuelve traumático.
Harun Farocki presentó en Buenos Aires en febrero de 2013 una instalación de 20 minutos
llamada Serious Games III: Immersion (Juegos serios III: Inmersión, 2009). En ella se observaba la
implementación de un abordaje “terapéutico” desarrollado por el Institute for Creative
Technologies (Universidad de South California) dirigido a los soldados que regresaban de la guerra con Irak,
pero propuesto para el tratamiento del denominado Stress Post Traumático en general. El Instituto describe
detalladamente en su página este método y lo denomina Virtual Reality Exposure Therapy[4]. Está inspirado
en un exitoso juego virtual de táctica de combate y simulación (Full Spectrum Warrior) y consiste
básicamente en exponer al ex combatiente -a través de los recursos de la realidad virtual- a las imágenes
que su propio relato evoca, de modo que resulta confrontado visualmente con su memoria traumática. No
es menor aclarar que el/la terapeuta que acompaña ese relato desde la máquina, interviene gozoso/a
estimulando al soldado a que siga relatando los detalles siniestros de lo recordado (“muy bien”, “vamos
bien”, “adelante”, “continúe”, “lo está haciendo muy bien”, etc.).
Para sostener su validez, este recurso debe partir necesariamente de varias premisas: la primera de
ellas, por supuesto, es que el mero hecho de relatar lo traumáticamente vivido es en sí mismo
terapéutico. La segunda es que las imágenes virtuales que genera la máquina reproducen con
exactitud las imágenes percibidas por el soldado en el momento traumático, como si fuera posible
trasladar punto a punto primero la imagen percibida a relato, y luego el relato a imagen virtual,
para que luego una máquina recree “con exactitud” lo efectivamente percibido (vale la pena aclarar
que aunque es predominante el recurso visual, las máquinas reproducen también olores y otras
clases de percepciones). La tercera premisa es que “lo traumático” se concentra exclusivamente en
el momento en el que se produce el acontecimiento (“ví desaparecer la mitad del cuerpo de mi
compañero”, este es uno de los relatos registrados), y que por ende, una vez revivido visualmente y
relatado ese hecho puntual (con anteojos virtuales de por medio), el impacto de lo traumático se
atenuará.
Por supuesto, Farocki cuestiona la posibilidad de recrear o sustituir las imágenes de la memoria por
cualquier medio tecnológico de realidad virtual. Pero además lo que nos interesa acá es relevar
hasta qué punto se ha exacerbado el malentendido respecto del lugar de la palabra frente a lo
traumático, y cómo -de maneras no tan aberrantes- se ha ido implementando en algunas terapias
de corte cognitivo-conductual la idea de que hablar en sí mismo es terapéutico. Agregaríamos
incluso, por si hiciera falta, que a veces el silencio, lo no dicho, dice más que lo dicho y resulta más
terapéutico.
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Narrar el trauma no es relatarlo en su carácter anecdótico-fáctico. Su narración implica el trabajo
de simbolización y reconocimiento del lugar que el trauma ha ocupado en el aparato psíquico, la
comprensión de la cualidad por la cual ha sido traumática su inscripción. La experiencia traumática
es quizás intransferible, pero no es incomunicable.
Concluimos entonces, que la narración no es exclusivamente el resultado del modo en el que un
sujeto determinado puede ordenar y explicitar lo vivido, sino el resultado de diversos factores: la
constitución del aparato psíquico, la cualidad del hecho traumático, la oportunidad en la que su
narración pueda producirse, el interlocutor real o imaginario, y las circunstancias históricas que dan
lugar a este relato, serán elementos centrales en la forma que adquirirá la narración. Pero además
estamos planteando que la posibilidad de narrar, y la posibilidad de simbolización y significación de
lo vivido se determinan mutuamente.
Más arriba decíamos que el sufrimiento, la escucha y la necesidad de contar son tres elementos
presentes en el acto de narrar lo traumático. Le vamos a dedicar a cada uno de ellos unas breves
líneas.
…es un concepto psicoanalítico, metapsicológico, que da cuenta de los elementos psíquicos que no
se ordenan bajo la legalidad del inconsciente ni del preconciente, que pueden ser manifiestos sin
por ello ser concientes, que aparecen en las modalidades compulsivas de la vida psíquica, en los
referentes traumáticos no sepultables por la memoria y el olvido, desprendidos de la vivencia
misma, no articulables.
Es decir, frente a aquello traumático que queda inscripto como huella mnémica o como signo de
percepción, tenemos un sujeto sujetado a ese modo particular del recuerdo. El yo no alcanza a
apropiarse de los efectos de lo ocurrido, pero los habita y es habitado por ellos.
Retomando entonces algunas ideas definidas más arriba: relato de lo acontecido y narración de lo
traumático no son equivalentes. Lo traumático adquiere ese estatuto justamente en el punto en el
que se sustrae a toda significación, por ende, su pura transcripción en palabras, sin que se
acompañe de una actividad simbolizante, resuena en nosotros como un puro acto fónico, nos hace
suponer que no es lo traumático lo que se relata, sino lo acontecido, casi como si fuera externo al
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narrador. Adrián produce actividad simbolizante cuando puede ligar esa imagen de su propia
muerte, que es insistente y está desarticulada de su experiencia, imagen de una muerte por
despedazamiento, con una experiencia de la cual formaba parte la imagen insoportable del
despedazamiento de los cuerpos de personas amadas.
Lo acontecido puede ser relatado por muchos testigos, incluso por parte del sujeto mismo que lo
ha padecido, pero no se corresponde punto a punto con aquello que ha quedado inscripto como
trauma en el aparato psíquico. Los testigos o las víctimas no podrían construir un mismo relato,
aunque hayan estado allí, en el mismo lugar y en el mismo momento, porque en cada uno lo
acontecido ha quedado ligado a vivencias absolutamente singulares, como singular era su aparato
psíquico antes de que ocurriera lo que ocurrió. Y porque además en todos los casos, y también en
el de Adrián, las oportunidades de procesar lo ocurrido han sido singulares, como ha sido
singular el modo en el que queda inscripto lo ocurrido en cada historia familiar.
Lo real acontecido, sin ser en absoluto irrelevante, de alguna manera y como efecto de lo
traumático, en este camino quedará transformado, y definirá sólo hasta cierto punto cuál será la
marca que dejará en el aparato psíquico, porque esta marca se inscribirá en las coordenadas que
constituían previamente al aparato, y trastocarán su ordenamiento. Lo real acontecido se ligará con
elementos heterogéneos a esa marca, desligará representaciones que antes estaban ligadas entre
sí, arrastrará consigo hacia el territorio del inconciente representaciones que antes estaban
disponibles a la conciencia, alterará los modos en los que el yo habrá podido hasta ese momento
articular un eje de consistencia subjetiva y también sus mecanismos de defensa, afectará la
construcción de sus rasgos de identidad, producirá fracturas en la construcción de la memoria. El
aparato psíquico hará todo lo que esté a su alcance para que lo traumático no se inscriba, para
transformar lo heterogéneo en homogéneo. Pero, como en una cinta de Moebius, lo traumático
será el modo en que al interior del aparato quedará inscripto aquello externo ocurrido. Lo inscripto
no será ni definidamente interno, ni definidamente externo.
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Tanto en la construcción de aquello que quedará inscripto, como en la construcción del relato, las
condiciones históricas incidirán en la forma que este adquirirá, las palabras que lo constituirán, su
sintaxis, su modo de enunciación, así como el modo en el que será escuchado y comprendido por
los interlocutores[5]. En el trabajo de encontrar las palabras que se acerquen a la trasmisión de lo
vivido, el narrador cuenta con las representaciones disponibles para su época. Todo
acontecimiento tiene o habrá de tener algún modo de inscripción narrativa en la comunidad en la
que se produce. Incluso los traumas más íntimos resultan pre-significables.
Pero cuando el trauma que debe ser narrado no es de índole individual, sino que es un trauma
colectivo, será crucial el aporte de los recursos narrativos disponibles para el conjunto de la
sociedad, puesto que podrán tanto facilitar como obturar -e incluso clausurar- el trabajo de
significación individual. El juego que se produce entre los modos colectivos y los modos individuales
del recordar, es profundamente complejo.
En ese sentido la abogada C. Varsky (2011) señala la transformación que sufrieron los testimonios a
partir de los juicios abiertos cuando cesó el Terrorismo de Estado en Argentina. En los años ochenta
se trataba de denunciar lo ocurrido e identificar a los responsables, pero en la reapertura de los
juicios ocurrida a partir de los años 2003-2004, el testimonio comienza a ser enunciado en primera
persona. La autora da por sentado, asimismo que es tarea de los abogados dar respuesta a los “
‘cambios’ (sic, entrecomillado) en los relatos, que tienen que ver con el paso del tiempo, con las
circunstancias del relato o el lugar donde se brinda testimonio…” (p.58).
Las circunstancias históricas pueden operar como un extraordinario recurso para la construcción de
la narración, pero también podrían obturarla ofreciendo representaciones que -en la medida en
que no tengan claramente un correlato con lo experimentado- alteran su significación y por lo
tanto la posibilidad de construir a partir de ellas narración e inscripción de una experiencia
singular.
La psicoanalista y escritora Perla Sneh (2012) en su libro Lenguaje y exterminio, indaga la relación
entre la aniquilación y el lenguaje, y –entre otras cosas- se detiene particularmente en el
arrasamiento de la lengua como uno de los efectos del exterminio. “El idioma mismo deviene víctima”
(p. 71), escribe, refiriéndose al idish. Se pregunta con razón qué efectos produce en la narración
del exterminio de los judíos el hecho de que las fuentes historiográficas no estén escritas en el
idioma de muchas de las víctimas, qué efectos produjo su desaparición en los modos en los que el
exterminio es relatado. Qué otras palabras han debido ser utilizadas para trasmitir lo ocurrido y a
partir de allí, qué se ha perdido en las elaboraciones que sobre este hecho se han podido producir.
Así como para el historiador –según escribe Dominick LaCapra (2007, p. 176) -“…las técnicas
convencionales son particularmente inadecuadas con respecto a sucesos que, en efecto, son cuestiones
límites”, nosotros podríamos decir que para quien historiza su propio pasado traumático e intenta
narrarlo, los recursos narrativos convencionales de la narración pueden ser particularmente
inadecuados. “Ante hechos semejantes -escribe LaCapra en relación al trabajo del historiador- el
lenguaje puede colapsar y el minimalismo puede terminar siendo la mejor forma de representación”.
Quién mejor que Primo Levi (2009, p. 31) para acercarnos a ese universo de la propia experiencia
traumática, que al tiempo que es transformada en narración, revela los claroscuros de esta tarea.
Pero ¿qué decir del silencio del mundo civil, del silencio de la cultura, de nuestro propio
silencio ante nuestros hijos, ante los amigos que regresan de largos años de exilio en
lejanos países? Este silencio no se debe solamente al agotamiento, al desgaste de los años,
a la normal disposición del ‘primum vivere’. No es debido a la vileza. Vive en nosotros una
instancia más profunda, más digna, que en muchas circunstancias nos aconseja callar
sobre el Lager, o cuanto menos atenuar, censurar las imágenes, aún muy vivas en nuestra
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memoria. Es vergüenza. Somos hombres, pertenecemos a la misma familia humana a las
que pertenecen nuestros verdugos.
En el acto de narrar lo traumático, se pone en juego su representabilidad. Para que la huella que lo
traumático ha dejado en el aparato psíquico devenga en representación, para que esa
representación sea capturada por el sujeto hablante, para que se trasforme en discurso que
significa lo vivido y para que además se transforme en elemento discursivo dirigido a otro, lo
traumático debe atravesar un profundo trabajo de transformación.
Walter Benjamin (1936) da cuenta del efecto enmudecedor que la experiencia traumática de la
Gran Guerra produjo en los soldados que estaban en el campo de batalla, así como de la
imposibilidad misma de construir experiencia sobre ese hecho. Benjamin se refiere a la
imposibilidad de integrar al propio relato una experiencia cuando esta se presenta absolutamente
lejana y disruptiva respecto de la propia. ¿Cómo puede “una generación que fue a la escuela en un
tranvía tirado por caballos”, -se pregunta Benjamin- incluir en su trama narrativa la experiencia de la
intemperie, la experiencia de habitar un paisaje en el que todo había cambiado “a excepción de las
nubes”?
Los mecanismos de defensa que operan frente a una situación traumática (omnipotencia, negación,
disociación afectiva, disociación del otro [Berezin, 2010]) ofrecen al psiquismo coartadas para
atenuar el sufrimiento, pero al mismo tiempo dañan la trama psíquica, construyen modos
estereotipados de funcionamiento con extraordinarios mecanismos de fijación en relación a los
otros y a las propias vivencias, producen efectos en la “memoria psíquica” de lo vivido, contribuyen
a cimentar modos de fijación identificatoria, constriñen el “menú” de herramientas psíquicas con
las cuales enfrentar la realidad psíquica y la realidad material, generan lagunas en el pensamiento y
en la posibilidad de recordar. En definitiva, afectan la posibilidad de construir experiencia.
El relato llano y crudo del acontecimiento es el relato de un sujeto que aún no pudo apropiarse de
su experiencia. La narración de lo traumático entra en relación dialéctica con la posibilidad de
construir experiencia. No es objeto central de este texto, pero esta diferencia es de un incalculable
valor clínico.
Benjamin (1929) toma el concepto proustiano de memoria involuntaria y lo expande, lo transforma
en objeto de teoría de la historia y de la subjetividad de los hombres. Al interior mismo de la
subjetividad de cada uno “hay un saber -aún-no-conciente de lo que ha sido, y su afloramiento tiene la
estructura del despertar”.[6]
Porque para el autor reminiscente el papel capital no lo desempeña lo que él haya vivido,
sino el tejido de su recuerdo, la labor de Penélope rememorando. ¿0 no debiéramos
hablar más bien de una obra de Penélope, que es la del olvido? ¿No está más cerca el
rememorar involuntario, la mémoire involontaire de Proust, del olvido que de lo que
generalmente se llama recuerdo?
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¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? (…) Bebo un segundo trago que no
me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos (…) Ya se ve
claro que la verdad que yo busco no está en él sino en mí. El brebaje la despertó, pero no
sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con
menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro
de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva.
Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”. (1913,
p.45)
Y luego, cuando aquello que él busca, “acaba de perder el ancla a una gran profundidad”, cuando ese
“instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos” comienza a surgir, su
conciencia se ve conducida por fin a la huella de un olor y un sabor que aguardaban inscriptos
perdurablemente en el recuerdo, y entonces culmina diciéndonos:
…así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las
ninfas del Vívonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia
y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando
forma y consistencia, sale de mi taza de té. (p.47)
Benjamin nos dice: no es lo que vivimos, el acto puro lo que queda inscripto, sino el tejido que con
él podamos construir. Ese tejido no es el efecto de la voluntad de su autor, no es el efecto de su
olvido voluntario, ni del recuerdo voluntario. Somos presa de lo que nuestra memoria involuntaria
pueda capturar. Ambos, olvido y recuerdo, construyen un tejido que sobreimprime lo vivido.
Nuestro pensamiento diurno alcanza apenas a capturar pequeñas franjas de lo recordado. Las
intermitencias que el recuerdo produzca, tejerán también el anverso y reverso de la trama, sus
claroscuros, sus pliegues. El recuerdo no se inscribe en un tejido aleatorio. El mismo recuerdo
prescribe cómo ha de tejerse.
Lo traumático, podríamos decir, prescribe el modo en que podrá ser recordado. Recuerden a
Adrián. El tejido que pudo construir revelaba en su trama una zona de claroscuro que había
permanecido inaccesible. Era una zona nocturna en su vida diurna. Esa oscuridad y su
relampagueo, no obedecían ni a un esfuerzo en olvidar ni a un esfuerzo en recordar, era una
intermitencia que tejía y destejía el recuerdo cada día.
A la hora de intentar comprender con qué materia prima se construye la narración de lo traumático
es insoslayable la idea proustiana de una memoria que rompe con toda linealidad temporal, que
contiene vestigios inaprensibles de lo vivido, que está expuesta continuamente a la evocación y
transfiguración de lo acontecido, que responde al ordenamiento de un sujeto absorto en una
rememoración sensorial. El concepto de memoria involuntaria es insoslayable cuando intentamos
comprender los laberintos desconcertantes que recorremos en el olvido y en la recuperación del
recuerdo.
Igualmente insoslayable es la idea freudiana de un aparato psíquico escindido, de un sujeto
escindido, capturado por sus tensiones pulsionales, sus defensas, su deseo.
El recuerdo es materialidad, inscripción, marca. Su apropiación será el resultado del trabajo de la
memoria que quizás centellea involuntariamente, pero luego construye una red que atrapa al
recuerdo y lo inserta en una cadena de significación. De allí surgirá la posibilidad de construir con
ese recuerdo, con esa marca, una narración.
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Bibliografía general
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[1] En relación a la escritura de la historia como ficción, ver H. White (2010), especialmente el capitulo Realismo figural en la literatura
testimonial (pp.183-201), y L. Arfuch (2010), especialmente el apartado titulado Identidad narrativa, historia y experiencia (pp. 90-
94). Esther Cohen (2006) en su libro Los Narradores de Auschwitz(pp.97-109) presenta un interesante análisis de este libro de Kertész.
[2]Acerca del carácter ficcional de la memoria y del inevitable efecto ficcional que se produce en todo relato, ver E. Müller (2011) El
material clínico... ficción es, trabajo presentado en el Colegio de Psicoanalistas el 7 de julio de 2011. Aquí Müller desarrolla - partiendo
de Saer- la idea de que todo relato es por su estructura misma y las reglas que lo constituyen como tal, una construcción
ficcional.[Link] También L. Arfuch. (2010, pp.44-49), apartado En torno
de la autobiografía.
[3] Conferencia dictada en Hamburgo por I. Kertész, citada por J. Larrosa (2007).
[4] Para más detalles ver [Link] y [Link]
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[5] La creencia de Ambroise Paré respecto de la composición de la cola del cometa que observó, despierta en el historiador Marc Bloch
(1949) la siguiente reflexión: “La obediencia al prejuicio universal había triunfado de (sic. Creemos que una traducción adecuada
debería ser“…había triunfado sobre….”) la acostumbrada exactitud de su mirada, y su testimonio, como tantos otros, no nos informa de
lo que vio en realidad, sino de lo que, en su tiempo, se creía natural ver” (p.95)
[6]Benjamin, W., Libro de los Pasajes, Akal, Madrid, 2005. citado por R. Forster, (2009). p.28.
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