Unidad 2: Para pensar la relación entre el niño, la educación y la “literatura infantil”
El cuento del niño malo (1865)
Mark Twain
Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros
de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman
James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.
Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y
tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le
profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez que se hubiese marchado, el mundo sería duro y
frío con él.
La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá
enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan con su voz dulce y lastimera para
que se duerman; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a
sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim y su mamá no
estaba enferma ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.
Al contrario, la mujer era fuerte y muy poco piadosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que
si se partía la nuca no se perdería gran cosa. Solo conseguía acostarlo a punta de bofetadas y jamás
le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su habitación le tiraba las orejas.
Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la
mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho;
pero acto seguido… no se sintió mal ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien
hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se comen sin
permiso la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió
no volver a hacer fechorías, ni se levantó con el corazón liviano, lleno de dicha, ni fue a contarle a
su madre lo que había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de
orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros;
pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse,
tan pérfido y vulgar, que estaba “buenísima”; metió la brea, y dijo que esta también estaría
buenísima, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña,
iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le
pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.
Una vez se subió a un árbol de manzana del granjero Acorn para robar manzanas, y la rama no se
quebró, ni se cayó de él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa,
ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno.
Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al
cachorro, y cuando este lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así pasaba en esos libros
sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en levitas, sombrero de copa y
pantalones muy cortos, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos y que
no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido sucedía en los libros de las clases de religión.
Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en
la gorra a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, un niño obediente, el niñito bueno
del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba
estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la
gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro
ofendido lo acusó del robo, y cuando iba a recibir unos buenos azotes en castigo sobre sus hombros
temblorosos, no apareció de repente un juez de paz de peluca blanca, que dijera indignado:
-No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquel es el culpable!: yo pasaba por la puerta del
colegio en el recreo y fui testigo del robo.
De modo que a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les dio un sermón a los compungidos
colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio(…). No; en
los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido juez vejete pasó ni
armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó
porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los niños buenos, y decía que este era un imbécil.
Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.
Pero lo más extraño que le sucedió jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó;
y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo.
Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta
las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto
muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad
cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo (…). No logro comprender cómo
diablos se escapó este Jim. ¿Sería que estaba hechizado? Sí… esa debe ser la razón.
La vida de Jim era encantadora, así de sencillo. Nada le hacía daño. Llegó al extremo de darle un
taco de tabaco al elefante del zoológico y este no le tumbó la cabeza con la trompa. En la despensa
buscó esencia de hierbabuena, y no se equivocó ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su
padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a
su hermanita en la sien, y ella no quedó en coma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días
de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón para su hermano. Oh, no; la niña recuperó su
salud.
Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este
mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud
estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho
como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.
Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a
todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más
pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil
es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena fortuna como la del
pecador y suertudo Jim.
El cuento del niño bueno (1875)
Mark Twain
Había una vez un niño bueno, llamado Jacob Blivens, que siempre obedecía a sus padres,
por absurdas y poco razonables que fueran sus exigencias, que siempre se estudiaba la Biblia y
jamás llegaba tarde a catequesis los domingos. No le gustaba escaparse de la escuela, aunque si lo
pensaba bien era lo mejor que se podía hacer. Era tan extraño su modo de comportarse que
ninguno de los demás chicos lo comprendía. No decía mentiras por mucho que le conviniera.
Opinaba que mentir era malo, y que eso le bastaba. Y era tan honesto que rayaba la ridiculez.
Las curiosas costumbres de aquel Jacob no tenían igual: no jugaba a las canicas los
domingos, no robaba los nidos de pájaros, no les daba monedas calientes a los monos de los
organilleros; no parecía interesado en ninguna diversión sensata. Los demás chicos no entendían
cómo era esto posible, pero no llegaban a ninguna conclusión satisfactoria.
Como dije antes, sólo se les ocurrió que estaba “chiflado”, por lo que lo tomaron bajo su
protección, y no permitían que le sucediera nada malo.
Este niño bueno se leía todos los libros de catequesis, pues ese era su mayor deleite.
He ahí el secreto. Creía firmemente en los niñitos buenos que salen en los libros. Ansiaba
encontrarse a alguno vivo, pero nunca lo consiguió. Quizás todos morían antes de tiempo.
Cada vez que leía sobre alguno particularmente bueno pasaba las páginas hasta el final,
para ver qué había sido de él, porque habría gustado viajar cientos de millas para conocerlo. Pero
era inútil: el niñito bueno siempre moría en el último capítulo, donde había una ilustración del
funeral, con sus parientes y los niños de la clase rodeando la tumba, en pantalones que les
quedaban demasiado chicos y sombreros demasiado grandes y todo el mundo moqueando en
pañuelos que parecían sábanas. Esto lo desanimaba. Nunca podría ver a ninguno de esos niños
buenos porque siempre morían en el último capítulo.
Jacob albergaba la noble ambición de aparecer en un libro de moral, con ilustraciones que
lo representaran negándose a mentirle a su madre y a ella sollozando de emoción; o en
ilustraciones que lo representaran en el umbral de la puerta, dándole una moneda a una pobre
mendiga con seis hijos, y diciéndole que lo gastara como quisiera, pero sin derrocharlo, porque
derrochar es pecado; o mostrando su magnanimidad al negarse a acusar al niño malo que lo
acechaba a la vuelta de la escuela, y que lo perseguía hasta la casa
amenazándolo con un palo. He aquí la ambición del joven Jacob Blivens: quería aparecer en un
libro de catequesis.
A veces se sentía un poco incómodo cuando pensaba que los muchachitos buenos morían.
A él le encantaba vivir, como es obvio, y eso era el peor de ser un personaje de esos libros. Jacob
sabía que ser de una bondad tan increíble era más mortal que la tuberculosis. Le dolía pensar que si
lo ponían en un libro, de todos modos no lo llegaría a ver, o, peor, si llegaran a publicar el libro
antes de que él muriera, no alcanzaría éxito porque faltaría la imagen de su funeral en el último
capítulo. No sería un verdadero libro de moral si no incluía su discurso final en su lecho de muerte.
Al final tuvo que resignarse a las circunstancias: a vivir con rectitud, a durar cuanto pudiera, y a
tener listas sus últimas palabras por si llegaba el momento.
Pero por alguna razón nada le salía bien a este niño bueno; nada le resultaba como a los
niños buenos de los libros, que siempre la pasaban de maravilla, mientras a los malos se quebraban
la pierna. En su caso había algún tornillo flojo en algún lado y le sucedía exactamente lo
contrario. Cuando descubrió a Jim Blake robando manzanas, se paró debajo del árbol para contarle
la historia del niño malo que se cayó del manzano de un vecino y se quebró el brazo. Jim también
se cayó del árbol, pero justo encima de Jacob que se quebró el brazo, y a Jim no le pasó nada de
nada. Jacob no podía entenderlo. En los libros las cosas no eran así.
Y una vez unos chicos malos guiaron a un ciego hasta hacerlo caer en un charco. Jacob
salió en su ayuda, esperando recibir su bendición; pero el ciego no sólo no le dio ninguna bendición
sino que le dio un bastonazo en la cabeza y le dijo que pobre de él si lo volvía a empujar para
después fingir ayudarlo. Así no sucedía en los libros. Jacob buscó en todos para asegurarse.
Otra cosa que Jacob siempre había querido hacer era encontrar un perro callejero cojo,
hambriento y perseguido, para llevarlo a casa, cuidarlo y ganarse para siempre la gratitud del
animal. Cuando encontró uno se puso feliz; lo llevó con él a casa y le dio comida, pero cuando lo fue
a acariciar, el perro se le abalanzó y le destrozó la ropa, excepto la parte delantera, y lo dejó en un
estado lamentable. Revisó los textos que había leído, pero no logró comprender. Era de la misma
raza de los perros qua estaban en los libros, pero éste no actuaba como aquéllos.
Hiciera lo que hiciera, este pobre chico siempre se metía en un lío. Por las mismas cosas
por las que los niños de los libros eran recompensados, a él le resultaban puras calamidades. Un
domingo, camino de su clase de religión, vio a unos niños malos, felices zarpando en un bote de
vela. Se llenó de consternación, pues por sus lecturas sabía que los chicos que van a navegar los
domingos invariablemente mueren ahogados. Entonces salió a toda velocidad en una balsa para
prevenirlos, pero un tronco golpeó su bote y lo tiró al agua. Un hombre lo rescató a tiempo, y el
médico le sacó el agua que había tragado. A Jacob le dio pulmonía y estuvo en cama nueve
semanas. Pero lo más inexplicable de todo fue que los chicos malos del bote pasaran un día
fabuloso y regresaron a casa sanos y salvos. Jacob Blivens dijo que estas cosas no sucedían en sus
libros. Esto lo dejaba anonadado.
Cuando se alivió estaba desanimado, pero de todos modos resolvió seguir haciendo
esfuerzos por ser bueno. Sabía que hasta ahora sus experiencias no servirían para aparecer en un
libro, pero albergaba la esperanza de batir un récord, si podía aferrarse a la vida hasta completar el
tiempo que le tocaba vivir. En el peor de los casos podía acudir al discurso que había preparado
con sus últimas palabras.
Un buen día descubrió que ya era hora de hacerse a la mar como grumete. Visitó al capitán
de un barco y solicitó su ingreso, y cuando este le pidió recomendaciones, con enorme orgullo
esgrimió su Biblia y señaló la dedicatoria: “A Jacob Blivens, con afecto, de su maestro”. Pero el
capitán, hombre burdo y vulgar, dijo:
—¡Al carajo con eso! Eso no demuestra que sabe lavar platos ni fregar pisos.
Fue lo más extraordinario que le sucediera a Jacob en toda su vida. Una alabanza de un maestro,
escrita sobre una Biblia, nunca dejaba de conmover a los capitanes barcos ni había dejado de abrirle
las puertas de todos los oficios honorables y lucrativos. Esto jamás había sucedido en ningún libro
que hubiese leído. No podía creer lo pasaba.
A este muchachito siempre le iba mal. Nada le salía según decían los libros de moral. Un
día, dedicado a buscar niños malos para sermonearlos, encontró unos cuantos en una fundición de
hierro haciendo una travesura contra unos catorce o quince perros, a los que habían atado en una
larga hilera, y estaban adornando con tarros de dinamita pegados del lomo. El corazón de Jacob se
conmovió. Se sentó sobre uno de los tarros (cuando el deber lo llamaba no le importaba
ensuciarse), agarró al primer perro por el collar, y echó su mirada de reproche al malvado de Tom
Jones; pero en aquel preciso instante entró el viejo herrero hecho una fiera. Todos los chicos malos
salieron espantados, menos Jacob que, sabiéndose inocente, se incorporó y empezó a echarse uno
de sus discursos moralistas (…). Pero el tipo no esperó a escuchar el resto. Tomó a Jacob Blivens
por una oreja, le hizo dar la vuelta y le pegó una nalgada con la palma de la mano. En un abrir y
cerrar de ojos, el buen muchachito, todo untado de pólvora, estalló y salió como una bala por el
techo, rumbo al sol, con los fragmentos de los quince perros colgándole detrás como la cola de una
cometa. Y sobre la faz de la tierra no quedaron ni señas del herrero ni de la vieja herrería y, en
cuanto a Jacob Blivens, no tuvo oportunidad de decir sus últimas palabras después de tanto trabajo
que le costó escribirlas, a menos que se las dijera a los pájaros porque la mayor parte de su cuerpo
cayó en la copa de un árbol en un condado vecino y el resto quedó disperso entre cuatro pueblos
más o menos cercanos, y fueron necesarias cinco pesquisas para descubrir sí había muerto o no, y
cómo había ocurrido todo. Jamás había visto la gente un niño tan desparramado.
Así pereció el niño bueno, que si bien todo lo hacía de la mejor manera posible, nada le
resultaba como en los libros. Todos los niños que siguieron su ejemplo prosperaron, menos él. Su
caso es de veras sorprendente. Y probablemente jamás pueda ser explicado.