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José Bianco 2

El documento analiza la obra de José Bianco, destacando su relación con el tiempo y la casualidad en la creación literaria, así como su lucha interna entre el deseo de escribir y la percepción de su incapacidad. Se menciona su novela 'La pérdida del reino', que refleja el fracaso literario de su protagonista, Rufino Velázquez, y se compara su estilo y trayectoria con la de Borges, resaltando sus diferencias fundamentales. A pesar de su escasa producción literaria, Bianco es reconocido por su musicalidad y la profundidad de sus ensayos, dejando un legado significativo en la literatura argentina.

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José Bianco 2

El documento analiza la obra de José Bianco, destacando su relación con el tiempo y la casualidad en la creación literaria, así como su lucha interna entre el deseo de escribir y la percepción de su incapacidad. Se menciona su novela 'La pérdida del reino', que refleja el fracaso literario de su protagonista, Rufino Velázquez, y se compara su estilo y trayectoria con la de Borges, resaltando sus diferencias fundamentales. A pesar de su escasa producción literaria, Bianco es reconocido por su musicalidad y la profundidad de sus ensayos, dejando un legado significativo en la literatura argentina.

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José Bianco pierde su reino

Otoño 1986

¿Cómo entender la obra de Bianco? toda ella parece fruto de la casualidad: Sombras suele
vestir --su primer relato, publicado junto con Las ralas por Siglo XXI-- fue escrito para la
Antología de la literatura fantástica que prepararon Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y
Borges; sin embargo, Bianco se demoró tanto en escribir su cuento que finalmente la Antología
se publicó en 1940 sin él; Sur lo presentó en su número 85, de octubre de 1941, y en 1967 fue
incluido en la nueva edición de la Antología: se tardó 27 años en llegar a su sitio
supuestamente original. La pérdida del reino fue iniciada en 1950 y publicada en 1972, 22 años
después; la verdad es que Bianco la había abandonado desde 1955, y en 1970, "porque
andaba bastante aburrido, decidí continuarla". Los libros de ensayos Ficción y realidad (1946-
1976) --Monte Avila Editores-- y Homenaje a Marcel Proust seguido de otros artículos --UNAM--
son en realidad el producto de los trabajos escritos por Bianco para periódicos y revistas, que
se animó a seleccionar y editar gracias a los estímulos de sus amigos. Las ratas, su otro relato,
publicado por las ediciones de Sur en 1943, parece ser el único de sus textos que no necesitó
de una urgencia exterior para completarse, pero uno podría aventurar que Bianco se vio
compelido por el otro, por su conciencia tal vez, para lograrlo.

Bianco hizo literatura a pesar de sí mismo, y aún más: contra su más explícita voluntad, En su
terror por una obra grandiosa puede hallarse tanto la conciencia de sus propios límites --sobre
todo si, como parece ser, tenía siempe frente a sí la imagen adorada de Proust-- como la
perversa certeza de, negándola, construir una obra superior, tan superior y exquisita que no
puede prodigarse en derroches sino concentrarse en un par de tomos incomparables. Los de
Bianco lo son pero, aun así, uno no deja de ver en ellos una construcción trunca, inacabada,
inarmónica.

Hablando de Marcel Proust, Bianco da la clave de una interpretación que, especulativa y todo,
me parece la más justa: de la enfermedad y el sufrimiento surgen las obras admirables. Proust
escribió En busca del tiempo perdido luego de la muerte de su madre y como un recurso
secreto para recuperarla y para deshacerse de ella definitivamente; en Borges es evidente
también el deseo de reconquistar un pasado glorioso, el de sus abuelos militares, a través de
las palabras; Truman Capote lo dice de otro modo en el prólogo de su Música para
camaleones: Dios da al mismo tiempo la página y el látigo: la página para que el escritor se
exprese en ella, y el látigo para que se torture; en El arco y la flecha, Edmund Wilson sustenta
en la desdicha vital toda una teoría literaria, y hace de Dickens (huérfáno, pobre, solitario) un
ejemplo clásico; Juan Quiñones, el personaje de la tetralogía de Emilio Rabasa, ese divertido
escritor mexicano del siglo XIX, lo dice en El cuarto poder: "El hambre es el origen del talento".
En fin, esta tradición literaria puede llegar al infinito y tiene en Lord Byron, en Oscar Wilde y en
Jean Genet algunos de sus arquetipos. Bianco no sufrió ni tuvo enfermedades, no fue herido
jamás: ¿de qué podía escribir ? Sólo cle la imposibilidad de hacerlo. Hizo de su felicidad la
causa de su tristeza, el único surtidor de una literatura que desea permanecer.

Escribir de no poder escribir. La pérdida del reinoque toma su nombre de los versos de Darío
que sirven de epígrafe, extraídos de su Nocturno dedicado a Mariano de Cavia: "Y el pesar de
no ser lo que yo hubiera sido/ la pérdida del reino que estaba para mí..." es la relación del
fracaso literario de Rufino Velázquez, un hombre acosado por una biografia monocorde y atroz,
perseguido por la insatisfacción de una vida sexual descubierta tardíamente y convencido de
que es imposible escribir de lo que se ignora. Rebasada la línea de los cuarenta años e
impulsado por una de sus amigas-musas-amantes, Velázquez empieza a reunir materiales para
una novela que será la narración de su propia existencia, una vida que parecía garantizada
hacia la felicidad y que con el asesinato del padre, el descubrimiento de sus infidelidades y el
enamoramiento imposible de Ruflo --su nombre típico en el libro-- por su media hermana, Inés
Hurtado (luego Inés Venturelli) y por Laura Estévez (a su vez, laberínticamente, media hermana
de Inés), termina por ser arrastrada a la desdicha y la confusión. Una muerte temprana,
producto de una enfermedad que conduce a la parálisis progresiva, cierra definitivamente la
puerta de Velázquez hacia la literatura e interrumpe los aprestos de conquista del reino que
estaba para sí.
Bianco se sirve de un recurso conocido pero eficaz para contar la desgracia de Rufino
Velázquez: inventa a un narrador anónimo que, en las primeras páginas de la novela, conoce
accidentalmente a un Velázquez en la víspera de la muerte; se identifican, congenian y, poco
antes de fallecer, el escritor fracasado pone en manos del escritor desconocido la caja de sus
apuntes y recuerdos. La novela ha empezado por el final, que es su verdadero principio; el
narrador entiende el absurdo compromiso moral en el que se encuentra, y de esa caja íntima
extrae los elementos para escribir la novela de la vida triste de Rufino Velázquez que Rufino
Velázquez no pudo escribir.

El juego es extraordinario y revela nuevamente la obsesión de Bianco por separarse de la


literatura para pennanecer en ella. Su gran novela es la novela escrita por una mano anónima
acerca de la novela que el novelista original no escribió; es, entonces, un producto bastardo, un
accidente, un proyecto realizado por el sentido del deber, una simple casualidad. A reserva de
interpretaciones ambiciosas y fallidas, y sin el deseo de caer en la trampa de identificar a
Rufino Velázquez con José Bianco, todo Bianco está aquí, más que en la trama, en la
estructura de la novela, en el modo elegido para escribirla. Y Bianco está también en el tema --
ser escritor es imposible, nadie es escritor, nuestras mejores páginas las han escrito los otros--
y en el sentido de las anécdotas: si la vida, como resulta evidente, es aburrida, la literatura no
tiene por qué no serlo. Uno descubre estas cosas luego de la angustiosa lectura de la novela,
pero en su transcurso no puede cludirse la idea de que las modestas orgías y las risibles
subversiones de esos jóvenes burgueses de Buenos Aires son triviales y absolutamente
prescindibles. Es molesto descubrir esto en Bianco, verlo de pronto narrar como en México lo
hacían Juan García Ponce, Salvador Elizondo o alguno más de los escritores de los sesenta,
aferrados a una sensualidad "perversa" o a cierto experimentalismo formal que ahora --y tal vez
desde entonces-- huelen arancio

Hay que agradecerle a Bianco esa épica del fracaso; agradecerle la musicalidad y el final súbito
de Las ratas, con ese facinante personaje adolescente desde cuya perspectiva están narrados
los hechos; agradecerle la magia torturante de Sombras suele vestir --el título se debe ahora a
Góngora en Varia imaginación-- y la gracia, la erudición, el buen sentido y la ironía de sus
mejores ensayos: "Centenario de Proust", "El ángel de las tinieblas" (sobre Proust y Léautaud),
"De nuevo Julien Benda" y "Así es Sarmiento"; agradecerle también ese Señor Baranowski de
Modigliani en la portada de su libro. Yo, por mi parte, le agradezco a Bianco un milagro que le
atribuyo: haber encontrado, diez años después de su publicación, la edición original de La
pérdida del reino, que desde siempre tuvo fama de inencontrable, en una librería desconocida
de la ciudad de México.

Borges y Bianco: senderos que se bifurcan


ENRIQUE MERCADO

CON UN PAR de meses de diferencia, han muerto José Bianco yJorge Luis Borges, dos
escritores argentinos de primerísima importancia (casi da pena afirmarlo, porque es obvio para
todos). La muerte se ha encargado de reunir otra vez a dos escritores que no sólo se
conocieron sino que también emprendieron juntos muchos afánes literarios y compartían
admiraciones e intereses. Sin embargo, dificilmente podrían hallarse dos personalidades
literárias más divergentes que las de Bianco y Borges, cada uno de los cuales representa por
su parte una manera íntima y vital de ejercer el oficio de escribir, maneras que en realidad se
contraponen y se rechazan. Sus muertes --la de Bianco, el 26 de abril, apenas referida por la
prensa, y la de Borges, el 14 de junio, profusamente cubierta por las agencias internacionales
de noticias-- parecen querer decirnos que esas diferencias en su obra y en el modo de hacer
literatura son, a fin de cuentas, accidentales, porque lo que resta de ambos es ese trabajo de
las cuartillas. Pero entonces habría que utilizar la expresión inventada por Luis Cardoza y
Aragón para referirse a André Breton y a Louis Aragon, y decir que Bianco y Borges son los
hermanos enemigos de la literatura latinoamericana contemporánea.

Una relación de sus oposiciones: frente a la prolijidad de Borges --casi 70 libros escritos
individualmente o en colaboración--, la paciente esterilidad de Bianco --cuatro libros: una
novela, un tomo de cuentos, dos de ensayos--; ante la diversidad de los temas y los lugares
borgianos --la biblioteca, los libros, el Oriente, el tiempo, el pasado, la identidad--, el estrecho
perímetro de los temas de Bianco --el fracaso literario, algunas fántasmagorías, Buenos Aires
siempre--; frente a la fáma creciente de Borges, casi inevitable para el autor --traducciones,
premios, cursos en universidades extranjeras, el acoso impertinente de la prensa--, el
anonimato de Bianco; ante la construcción, aparentemente modesta pero siempre decidida. de
una figura literaria en Borges, el deseo irrenunciable de Bianco de no reconocerse ni en sus
propias páginas; José Bianco le confiesa a Danubio Torres Fierro en una entrevista aparecida
en Plural en enero de 1976: "En la actualidad, tampoco me considero un escritor."

Podían tener muchos puntos de encuentro, pero finalmente las obras de Bianco y de Borges
son la negación del espejo: entre una y otra sé tiende una diferencia atroz que las hace
inconciliables. De todas maneras, ambos gustaban de la paradoja, y lo es afirmar que sus
diferencias los hermanan: ambos deseaban una literatura que abarcara el mundo, que reuniera
sus mejores esencias en un punto y en un momento determinados; ambos creían, a pesar de
las declaraciones de Bianco, en el deber moral de entregarle a la literatura su existencia toda,
ya fuera como lectores o como escritores; ambos deseaban la elaboración de libros perfectos y
la obra de Borges lo es en la misma medida en que La pérdida del reino, la gran única novela
de Bianco, es perfecta en su exhibición de una carrera literaria --la de Rufino Velázquez--
sustentada en el fracaso y la imposibilidad.

Los unió Sur, la revista que Victoria Ocampo fundó en los años treinta, de la cual Bianco fue
secretario de redacción durante 23 años (entre 1938 y 1961) y donde Borges publicó algunos
de sus mejores textos. Los unió su gusto por Henry James, su pasión por la escritura
fantástica, su total adhesión a la literatura. Los unió la muerte

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