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Vida y Socialismo

El documento analiza la situación actual del socialismo frente a la crisis del capitalismo, destacando la pérdida de oportunidades y el descontento de la clase trabajadora. Se critica la falta de una estrategia efectiva por parte de la izquierda y la necesidad de un replanteamiento en su enfoque hacia el socialismo. Se aboga por un diálogo y estudio profundo para construir un nuevo camino hacia el socialismo, evitando acciones precipitadas en un contexto adverso.

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El documento analiza la situación actual del socialismo frente a la crisis del capitalismo, destacando la pérdida de oportunidades y el descontento de la clase trabajadora. Se critica la falta de una estrategia efectiva por parte de la izquierda y la necesidad de un replanteamiento en su enfoque hacia el socialismo. Se aboga por un diálogo y estudio profundo para construir un nuevo camino hacia el socialismo, evitando acciones precipitadas en un contexto adverso.

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Vida y Socialismo

Publicamos periódicamente notas y artículos sobre nuestra vida como


trabajadores y nuestros problemas crecientes. Pensamos que estos
problemas tienen una solución: el socialismo.

EDITORIAL #11: La oportunidad perdida

3 agosto, 2024 10:06 am

Contra la tendencia a la degradación y decadencia del sistema


capitalista, la única solución benéfica para la humanidad es el
socialismo. En 1990, esta idea sufrió un golpe devastador con la caída
estrepitosa de la experiencia soviética. Una década más tarde, una
oleada de descontento se abrió paso en muchos puntos del globo. Esa
oleada fue contenida en reaccionarios movimientos burgueses
nacional-reformistas y anti-socialistas. El golpeado movimiento
socialista se alineó, en demasiadas ocasiones, con estos movimientos
burgueses.

Pero vemos que el declive civilizatorio del sistema capitalista no


encuentra solución en gestión burguesa alguna, por más
«distributiva», «con inclusión», «sensible», «humana» que se
presente. Esto explica que el nacional-reformismo (y también el
liberalismo conservador, allí donde gobierna) se hunda en el
descrédito y provoque rechazos airados de amplios sectores de la
clase trabajadora. Allí donde se puede elegir y votar (no en todos los
países con la misma extensión y profundidad) se expresa un vasto,
multitudinario, rechazo al estado de cosas vigente encarnado en el
personal político que pone la cara desde hace 15, 20 o 30 años en las
administraciones nacionales1.

El panorama político y económico tiene algunas cuestiones más


claras
En primer lugar, es muy profundo el repudio al peronismo como
conducción del conjunto de la clase trabajadora. La indignación de
sectores progresistas apenas iniciado el gobierno (las asambleas
barriales) no tuvo apoyo masivo. No hay una oleada de resistencia a
los despidos y el tema salarial se encuentra sujeto por el miedo a los
despidos en un contexto de recesión. Más que «frenar» el paro
general, la CGT contribuye a disuadir los posibles conflictos de base o
sectoriales, que se apagan al compás de los despidos. La marcha
universitaria fue un instante excepcional de convergencia entre las
viejas expectativas de la clase media amenazadas, una convocatoria
sin dirigentes tradicionales visibles y una consigna aglutinante y
puntual (que pasó de «defendamos la universidad» a la defensa «de
la educación pública»)2. La desaceleración del ritmo inflacionario, por
comparación con 2023, también es un elemento de moderación.

En segundo lugar, resulta innegable el avance político de Milei en


medio de notorias muestras de improvisación. La combinación de la
impericia institucional con la aprobación sucesiva de leyes, a nuestro
juicio, se explica tanto por la imposibilidad del conjunto de las otras
corrientes para torpedear al gobierno sin un plan alternativo, como
por un aprendizaje del hacer política burguesa (cómo tratar con «la
casta»), cuyo exponente público fue el nombramiento de Francos y la
aprobación de la Ley Bases. En el principal conflicto en este terreno,
seducir a los gobernadores y reunir sus votos en el Congreso, parece
haber avanzado bastante.

Un elemento importante de esa consolidación es haber localizado un


contrincante definido y problemático. Definido, porque su peso
institucional (el PJ y la provincia de Buenos Aires) lo vuelve
suficientemente notorio y, claramente, la antítesis ideal de los
libertarios. Y problemático, porque arrastra la crisis del peronismo,
que se expresa en una interna sin fin. Milei ya eligió a Kicillof cuando
Máximo, Cristina, los gobernadores, la CGT y el resto del aparato
peronista todavía no resolvió a quién elegir.

En tercer lugar, los problemas más graves se ubican en el terreno de


la gestión económica. Y los inconvenientes fueron creados por la
propia burguesía, que es una clase social hecha de particulares en
disputa: su principal objetivo es acumular. Sólo bajo amenaza de
disolución depone algo de sus intereses. Y la situación actual no
presenta amenazas de ese tipo. De manera que cada fracción de la
clase burguesa reclama su parte y complica la estabilidad económica
de un capitalismo inviable como el argentino. El banco Macro
vendiendo sus bonos «sin avisar», los productores agrarios
negándose a liquidar gran parte de la cosecha gruesa, los tira y afloje
con el mundo de la energía entre la suba de tarifas y la contención de
la inflación, etc., son expresiones naturales del individualismo y la
competencia que caracterizan a esta sociedad. Los más leales apoyos
al gobierno provienen, como en todo gobierno, de unas fracciones
favorecidas a costa de otras: Mercado Libre, a la que le suman
negocios; los armadores de Tierra del Fuego, a los que les mantienen
los aranceles; el mundo de las apuestas… Como puede apreciarse, se
trata de fracciones que prácticamente no producen riqueza genuina.

En pocas palabras, no es el déficit fiscal, no es la emisión monetaria,


no es el tamaño del Estado, no es nada de eso lo que trastorna la vida
en este país. Se trata, fundamental y abrumadoramente, de un
sistema incapaz de producir lo que su población consume.

La izquierda no desentonó consigo misma

En ese Triángulo de las Bermudas cuyos vértices son la poca


combatividad obrera, la consolidación política del gobierno y la
inestabilidad económica del país, tenemos que abordar la situación de
la izquierda y el porvenir. No sólo ha fracasado la estrategia
consistente en ser más nacionalistas que el peronismo, sino que
insistir con ella nos pone otra vez al final de la lista de espera entre
las alternativas políticas de los trabajadores: atrás de los libertarios y
atrás del peronismo, que se remoza por el mero hecho de no estar
gobernando. No sentir frustración por esta realidad sería negar algún
factor de ella.

Por eso, en primer lugar, ninguna de nuestras críticas a la izquierda


reformista ha disminuido. Nada sustancial ha hecho para diferenciarse
de ambos campos burgueses y permanece, a los ojos de la población
en general, situada como la izquierda del peronismo. Es decir, como
el destacamento más consecuente del «campo popular».
Segundo, a pesar de la ausencia de éxitos en décadas y de la pérdida
de una gran oportunidad en el pasado reciente, la izquierda insiste en
disputar las mismas banderas dentro del «campo popular» (es decir,
dentro de una de las fracciones burguesas): el luchismo, el
honestismo, la defensa del Estado burgués y el nacionalismo. Las
cuatro son problemáticas, ahora más que nunca. El luchismo, porque
hay pocas luchas, entonces se vuelve un indicador artificial y
peligroso. El honestismo, porque se encuentra contradicho por su
cercanía, a veces ideológica y a veces material, con los ladrones del
peronismo. El estatismo burgués, porque promueve esperanzas en un
mecanismo que aceita la explotación y la facilita, aun cuando
incorpore a su patrimonio entidades y funciones económicas y
sociales. Y el nacionalismo, porque es la negación del socialismo.

Lo que pasó en las elecciones de 2023 no fue una irrupción


inexplicable sino el resultado de un hartazgo cocinado a fuego lento
durante décadas, cuya gota que rebalsó el vaso fueron los últimos 4
años: contra el peronismo y contra todo lo que se pareciera un poco
al peronismo (desde Rodríguez Larreta hasta el FITU), millones de
trabajadores apoyaron a Milei. Entonces, al practicar la misma
amnesia que los interesados (el PJ y la CGT), la izquierda se mimetiza
más que nunca con el partido del orden capitalista. Como un niño que
se tapa los oídos y grita para no escuchar, la izquierda niega lo
sucedido: la crisis del principal partido burgués de masas, el que
controla la mayoría de los organismos de la clase trabajadora y el que
la progresía cree que es la alternativa al capitalismo, ha sufrido una
derrota histórica y un drenaje de voluntades. Y ninguno de esos
millones de trabajadores que retiró su apoyo al peronismo se lo dio a
la izquierda. Esta catástrofe (no haber sabido consolidar algo de esa
ruptura con el peronismo y su necesidad de alternativas) es un
problema tan obvio como silenciado.

Ahora bien, ese resultado oscurece el futuro porque plantea la


regeneración del peronismo ante la probabilidad de una nueva crisis.
Ante esa regeneración, la izquierda hegemónica mimetizada con el
partido del orden es un obstáculo político para construcción de una
corriente socialista, porque nos aleja de la conciencia de los
trabajadores. Y decimos «la izquierda», en general, porque no vemos
en las grandes organizaciones que componen el FITU ni en las que
orbitan a su alrededor disposición a pensar de manera distinta y
renovada estos problemas.
Los saltos de la conciencia

La conciencia no avanza por grados, progresivamente, arrastrándose


como una oruga o un tren, atravesando las estaciones más cercanas
al propio pensamiento en dirección a las más alejadas. Avanza de la
manera opuesta: cada visión de las cosas se sostiene relativizando las
anomalías… hasta que éstas se vuelven insostenibles. Entonces esa
visión, esa ideología, esa manera de estabilizar las representaciones
que del mundo tenemos, estalla y se produce un salto, una ruptura
impensada3.

Por eso los argumentos más sofisticados, mejor justificados y


presentados a las masas de la forma más pedagógica posible pueden
tener una eficacia nula si, previamente, la confianza en una visión de
mundo no alcanzó su punto crítico. Eso fue lo que sucedió con
muchos peronistas frente a la inconsistencia del «Estado presente»
que no se encuentra por ningún lado, la precarización y miseria
crecientes que sí se encuentran por todos lados y que, para colmo,
deben ser aceptadas para «no hacerle el juego a la derecha»
mientras se naturaliza la impostura del «roban, pero hacen».

Otra visión de mundo anima el espacio de la izquierda. Su estrategia


genérica supone que existe un «campo popular» cuya franja izquierda
es el socialismo, el cual se legitima en una serie de pruebas: ser más
consecuente, más honesto y más luchador que el resto de ese campo
en la defensa de los intereses nacionales. Esta visión resiste con
empeño a los contra-argumentos porque ya se encuentra instalada en
el paradigma mental de casi todos los militantes.

Sin embargo, ante un cataclismo como el provocado por el triunfo de


Milei, se abren pequeñas crisis para esos militantes. En menor
medida, para algunos peronistas. Y, dentro de algún tiempo, para los
votantes obreros de Milei.

En base a todo lo dicho, pensamos que hoy no es el momento de la


agitación, las consignas demandantes y la convocatoria a la lucha.
Son acciones necesarias pero imposibles –ahora mismo– de ser
planteadas con éxito por la izquierda en general (y absurdas si las
agitamos nosotros). Por supuesto que podemos plegarnos a una larga
tradición utópica y ucrónica: plantear como inmediato lo que no
puede pasar aquí o no puede pasar ahora. Esto satisface en alguna
medida el enojo y la indignación personal. Pero resulta absolutamente
inútil. Hay un tiempo de esparcir las piedras y un tiempo de reunirlas.

Hacer, juntos, lo que nos pide la situación, que no es lo que se viene


haciendo

En lugar de agitar consignas memorizadas, ubicuas y perennes,


necesitamos dialogar con los compañeros en crisis, con los
compañeros que palpan en su actividad militante las insuficiencias del
Programa de Transición y otras recetas aprendidas como si fueran
válidas para todo tiempo y lugar. A la vez que estudiamos y
debatimos para entender mejor qué es el socialismo, necesitamos
debatirlo con esos compañeros para poner a prueba sus ideas y las
nuestras. Para el luchismo, hay que estar en la calle sin importar lo
que esté pasando. Pero si nos abstenemos de convocar a la acción
frenética y miramos a nuestro alrededor, entonces vamos a advertir
que la realidad nos pone un límite. Y esto nos da una oportunidad.
Una oportunidad… ¿para qué?

En noviembre de 1922, cuando la burguesía le daba un respiro a la


revolución rusa (un respiro alentado, en gran parte, por el fracaso de
la revolución mundial), Lenin propuso aprovechar de esta manera la
oportunidad:

Considero que lo más importante para todos nosotros, tanto para los
rusos como para los camaradas extranjeros, es que, después de cinco
años de revolución rusa, debemos estudiar. Sólo ahora hemos
obtenido la posibilidad de estudiar. Ignoro cuánto durará esta
posibilidad. No sé durante cuánto tiempo nos concederán las
potencias capitalistas la posibilidad de estudiar tranquilamente. Pero
debemos aprovechar cada minuto libre de las ocupaciones militares,
de la guerra, para estudiar, comenzando, además, por el principio.
El partido en su totalidad y todos los sectores de la población de Rusia
lo demuestran con su afán de saber. Esta afición al estudio prueba
que nuestra tarea más importante ahora es estudiar y estudiar.4

La propia genealogía de los libertarios que hoy gobiernan nos entrega


algunas lecciones prometedoras5. Por ejemplo, que se puede
pertenecer a una minoría política durante mucho tiempo y, en un
lapso relativamente breve, aprovechar una crisis para salir de esa
situación marginal. Por ejemplo, que la acción política puede pasar
primero por la consolidación de un programa y una afianzada base
militante, en lugar y antes de pasar a privilegiar la acción callejera.
Mientras tanto, podríamos participar de la más amplia unidad de
acción gremial defensiva, sin dejar de lado la crítica a las corrientes
políticas burguesas, la que hoy gobierna (LLA) y la que propició esa
llegada al gobierno (el peronismo).

Hay otra tarea que valoramos por su importancia: reunirnos. Re unir a


algunos de los militantes socialistas dispersos, confundidos por la
derrota de su estrategia (ese inconmovible 2,68% electoral) y su
tenaz persistencia a pesar de los resultados. Re unirnos, una y otra
vez, entre nosotros, para ponernos de acuerdo en un programa. Hay
que debatir y pensar mucho, porque si bien es cierto que –como
escribió Simón Rodríguez– «inventamos o erramos», para inventar
colectivamente, para inventar un programa colectivo, hay que
trabajar mucho en común: descubrir las diferencias bajo las
coincidencias aparentes y no segregarlas, sino resolverlas.

Somos una pequeña parte de una parte pequeña de la ya minoritaria


izquierda socialista. Intentamos reconstruir un nuevo camino hacia el
socialismo y no nos creemos originales ni extraordinarios: debe haber
otros como nosotros. Otros que quieran comenzar a hacer lo que el
trotskismo no ha hecho durante décadas: discutir, pensar y ponerse
de acuerdo antes de actuar. Ejercitar el diálogo y el debate con los
compañeros, armados de paciencia y armados de una confianza
precisa: otra estrategia es necesaria y es posible6. En cambio,
ninguna acción masiva es hoy posible y, por lo tanto, no puede ser
necesaria. Tiene que haber, es esperable que existan, compañeros en
busca de un espacio militante democrático, que trabaje y razone un
camino para el socialismo de ahora. Y de mañana.
Pero que la situación sea muy adversa no significa que nos convoque
al sacrificio. Rechazamos el sacrificio. El sacrificio no es nuestra
vocación. Al contrario, nuestra vocación es la buena vida. También
nos negamos al apriete moral. Porque la tarea que nos proponemos
requiere largo aliento y necesita autonomía decisoria.

Sabemos que una parte de la militancia de izquierda se ha construido


sobre los valores del «hombre nuevo» en la sociedad vieja. Una
superioridad moral que presiona sobre los hombros del militante y
promueve su vocación de sacrificio. Pablo Giussani habla de una
«cotidiana necesidad de heroísmo» que justifica «una metodología
para titanes»: con el tiempo, esa perspectiva hace que el militante se
perciba a sí mismo como un ser humano excepcional. Esa manera de
luchar por el socialismo ha fracasado en construir el socialismo. Y
también ha fracasado en construir militantes socialistas que sean
capaces de crítica y, a la vez, capaces de compromiso.

No nos resignamos. No vamos a abandonar la tarea por los fallos de la


herramienta. Nos proponemos optar por el compromiso consciente, la
democracia plena y la claridad creciente en lo que nos proponemos.
Esto sólo puede emerger del debate sostenido. Porque reunirnos es,
también, cuidarnos. Ayudarnos a no ser absorbidos por la lógica de la
vida cotidiana del capitalismo. Robarle tiempo al tiempo. Pero
evitando el recurso tradicional de la auto segregación sectaria.

Al momento de frustración que vivimos se puede responder de dos


maneras. O bien con obcecación repetitiva, seguir como siempre,
seguir como si nada, satisfechos de que continuar así nos provea ese
lugar que consideramos digno: ser socialistas. O bien creando otra
perspectiva, una que nos permita acceder a un lugar más fértil:
militar por el socialismo.7

NOTAS:

1 Escribimos al respecto «Cuatro elecciones y un rechazo general».


2 Antes de la marcha publicamos «De la Argentina en que comía a la
que se come a sí misma (Por qué marchamos el 23 de abril)».
Después de la marcha, «¿Y ahora qué? (Sobre la marcha universitaria
del 23 de abril)». En ambos textos caracterizamos las limitaciones
corporativas de esa movilización. Y en «Despotismo ilustrado (Cómo
los progres afianzan el voto libertario)», analizamos la consigna de
llevar un libro como parte de la apología del yo que necesita hacer
pasar toda causa (gremial, política, social) por la propia biografía.

3 El año pasado dedicamos un curso, que puede verse en YouTube, a


partir del libro El fin de la excepción humana, de Jean-Marie Schaeffer,
cuyo último capítulo nos resultó muy fértil para alcanzar esta
concepción de los cambios en el pensamiento según saltos y no
según progresos. Intentamos compendiar los resultados de ese curso
en «El error de Descartes (Apuntes para el problema de la
conciencia)». Este año incorporamos el trabajo de Stanislas Dehaene,
cuyas investigaciones sobre la génesis de la conciencia en el cerebro
y los procesos de aprendizaje están siendo muy aprovechadas por
nuestras preocupaciones. (Dehaene tiene varios libros publicados por
Siglo XXI en la colección «Ciencia que ladra»).

4 V. I. Lenin, «Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la


revolución mundial», informe pronunciado ante el IV° Congreso de de
la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922.

5 Los ensayos de Sergio Morresi, Martín Vicente, Melina Vázquez,


Ezequiel Saferstein, Pablo Semán y Nicolás Welschinger compilados
en el libro Está entre nosotros (¿De dónde sale y hasta dónde puede
llegar la extrema derecha que no vimos venir?) son una referencia
ineludible para nosotros. Asimismo, la compilación de textos liberales
organizada por Luis Diego Fernández bajo el título (Utopía y mercado)
Pasado, presente y futuro de las ideas libertarias nos ha ayudado
mucho a pensar.

6 Sintetizamos una propuesta en «La hipótesis programática (Un


debate ausente en la izquierda socialista)».
7 Hablamos de esta diferencia en «La resignación crispada y el
conformismo informado (Los sostenes paradójicos del statu quo y el
allanado campo de la derecha)».

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problemas crecientes. Pensamos que estos problemas tienen una solución: el socialismo.
EDITORIAL #11: La
oportunidad perdida
3 agosto, 2024 10:06 am

Contra la tendencia a la degradación y decadencia del sistema capitalista, la única solución benéfica
para la humanidad es el socialismo. En 1990, esta idea sufrió un golpe devastador con la caída
estrepitosa de la experiencia soviética. Una década más tarde, una oleada de descontento se abrió
paso en muchos puntos del globo. Esa oleada fue contenida en reaccionarios movimientos
burgueses nacional-reformistas y anti-socialistas. El golpeado movimiento socialista se alineó, en
demasiadas ocasiones, con estos movimientos burgueses.

Pero vemos que el declive civilizatorio del sistema capitalista no encuentra solución en gestión
burguesa alguna, por más «distributiva», «con inclusión», «sensible», «humana» que se presente.
Esto explica que el nacional-reformismo (y también el liberalismo conservador, allí donde gobierna)
se hunda en el descrédito y provoque rechazos airados de amplios sectores de la clase trabajadora.
Allí donde se puede elegir y votar (no en todos los países con la misma extensión y profundidad) se
expresa un vasto, multitudinario, rechazo al estado de cosas vigente encarnado en el personal
político que pone la cara desde hace 15, 20 o 30 años en las administraciones nacionales1.

El panorama político y económico tiene algunas cuestiones más claras

En primer lugar, es muy profundo el repudio al peronismo como conducción del conjunto de la clase
trabajadora. La indignación de sectores progresistas apenas iniciado el gobierno (las asambleas
barriales) no tuvo apoyo masivo. No hay una oleada de resistencia a los despidos y el tema salarial
se encuentra sujeto por el miedo a los despidos en un contexto de recesión. Más que «frenar» el
paro general, la CGT contribuye a disuadir los posibles conflictos de base o sectoriales, que se
apagan al compás de los despidos. La marcha universitaria fue un instante excepcional de
convergencia entre las viejas expectativas de la clase media amenazadas, una convocatoria sin
dirigentes tradicionales visibles y una consigna aglutinante y puntual (que pasó de «defendamos la
universidad» a la defensa «de la educación pública»)2. La desaceleración del ritmo inflacionario, por
comparación con 2023, también es un elemento de moderación.

En segundo lugar, resulta innegable el avance político de Milei en medio de notorias muestras de
improvisación. La combinación de la impericia institucional con la aprobación sucesiva de leyes, a
nuestro juicio, se explica tanto por la imposibilidad del conjunto de las otras corrientes para
torpedear al gobierno sin un plan alternativo, como por un aprendizaje del hacer política burguesa
(cómo tratar con «la casta»), cuyo exponente público fue el nombramiento de Francos y la
aprobación de la Ley Bases. En el principal conflicto en este terreno, seducir a los gobernadores y
reunir sus votos en el Congreso, parece haber avanzado bastante.

Un elemento importante de esa consolidación es haber localizado un contrincante definido y


problemático. Definido, porque su peso institucional (el PJ y la provincia de Buenos Aires) lo vuelve
suficientemente notorio y, claramente, la antítesis ideal de los libertarios. Y problemático, porque
arrastra la crisis del peronismo, que se expresa en una interna sin fin. Milei ya eligió a Kicillof cuando
Máximo, Cristina, los gobernadores, la CGT y el resto del aparato peronista todavía no resolvió a
quién elegir.

En tercer lugar, los problemas más graves se ubican en el terreno de la gestión económica. Y los
inconvenientes fueron creados por la propia burguesía, que es una clase social hecha de
particulares en disputa: su principal objetivo es acumular. Sólo bajo amenaza de disolución depone
algo de sus intereses. Y la situación actual no presenta amenazas de ese tipo. De manera que cada
fracción de la clase burguesa reclama su parte y complica la estabilidad económica de un
capitalismo inviable como el argentino. El banco Macro vendiendo sus bonos «sin avisar», los
productores agrarios negándose a liquidar gran parte de la cosecha gruesa, los tira y afloje con el
mundo de la energía entre la suba de tarifas y la contención de la inflación, etc., son expresiones
naturales del individualismo y la competencia que caracterizan a esta sociedad. Los más leales
apoyos al gobierno provienen, como en todo gobierno, de unas fracciones favorecidas a costa de
otras: Mercado Libre, a la que le suman negocios; los armadores de Tierra del Fuego, a los que les
mantienen los aranceles; el mundo de las apuestas… Como puede apreciarse, se trata de
fracciones que prácticamente no producen riqueza genuina.

En pocas palabras, no es el déficit fiscal, no es la emisión monetaria, no es el tamaño del Estado, no


es nada de eso lo que trastorna la vida en este país. Se trata, fundamental y abrumadoramente, de
un sistema incapaz de producir lo que su población consume.

La izquierda no desentonó consigo misma

En ese Triángulo de las Bermudas cuyos vértices son la poca combatividad obrera, la consolidación
política del gobierno y la inestabilidad económica del país, tenemos que abordar la situación de la
izquierda y el porvenir. No sólo ha fracasado la estrategia consistente en ser más nacionalistas que
el peronismo, sino que insistir con ella nos pone otra vez al final de la lista de espera entre las
alternativas políticas de los trabajadores: atrás de los libertarios y atrás del peronismo, que se
remoza por el mero hecho de no estar gobernando. No sentir frustración por esta realidad sería
negar algún factor de ella.

Por eso, en primer lugar, ninguna de nuestras críticas a la izquierda reformista ha disminuido. Nada
sustancial ha hecho para diferenciarse de ambos campos burgueses y permanece, a los ojos de la
población en general, situada como la izquierda del peronismo. Es decir, como el destacamento más
consecuente del «campo popular».

Segundo, a pesar de la ausencia de éxitos en décadas y de la pérdida de una gran oportunidad en


el pasado reciente, la izquierda insiste en disputar las mismas banderas dentro del «campo popular»
(es decir, dentro de una de las fracciones burguesas): el luchismo, el honestismo, la defensa del
Estado burgués y el nacionalismo. Las cuatro son problemáticas, ahora más que nunca. El luchismo,
porque hay pocas luchas, entonces se vuelve un indicador artificial y peligroso. El honestismo,
porque se encuentra contradicho por su cercanía, a veces ideológica y a veces material, con los
ladrones del peronismo. El estatismo burgués, porque promueve esperanzas en un mecanismo que
aceita la explotación y la facilita, aun cuando incorpore a su patrimonio entidades y funciones
económicas y sociales. Y el nacionalismo, porque es la negación del socialismo.

Lo que pasó en las elecciones de 2023 no fue una irrupción inexplicable sino el resultado de un
hartazgo cocinado a fuego lento durante décadas, cuya gota que rebalsó el vaso fueron los últimos 4
años: contra el peronismo y contra todo lo que se pareciera un poco al peronismo (desde Rodríguez
Larreta hasta el FITU), millones de trabajadores apoyaron a Milei. Entonces, al practicar la misma
amnesia que los interesados (el PJ y la CGT), la izquierda se mimetiza más que nunca con el
partido del orden capitalista. Como un niño que se tapa los oídos y grita para no escuchar, la
izquierda niega lo sucedido: la crisis del principal partido burgués de masas, el que controla la
mayoría de los organismos de la clase trabajadora y el que la progresía cree que es la alternativa al
capitalismo, ha sufrido una derrota histórica y un drenaje de voluntades. Y ninguno de esos millones
de trabajadores que retiró su apoyo al peronismo se lo dio a la izquierda. Esta catástrofe (no haber
sabido consolidar algo de esa ruptura con el peronismo y su necesidad de alternativas) es un
problema tan obvio como silenciado.

Ahora bien, ese resultado oscurece el futuro porque plantea la regeneración del peronismo ante la
probabilidad de una nueva crisis. Ante esa regeneración, la izquierda hegemónica mimetizada con el
partido del orden es un obstáculo político para construcción de una corriente socialista, porque nos
aleja de la conciencia de los trabajadores. Y decimos «la izquierda», en general, porque no vemos
en las grandes organizaciones que componen el FITU ni en las que orbitan a su alrededor
disposición a pensar de manera distinta y renovada estos problemas.

Los saltos de la conciencia


La conciencia no avanza por grados, progresivamente, arrastrándose como una oruga o un tren,
atravesando las estaciones más cercanas al propio pensamiento en dirección a las más alejadas.
Avanza de la manera opuesta: cada visión de las cosas se sostiene relativizando las anomalías…
hasta que éstas se vuelven insostenibles. Entonces esa visión, esa ideología, esa manera de
estabilizar las representaciones que del mundo tenemos, estalla y se produce un salto, una ruptura
impensada3.

Por eso los argumentos más sofisticados, mejor justificados y presentados a las masas de la forma
más pedagógica posible pueden tener una eficacia nula si, previamente, la confianza en una visión
de mundo no alcanzó su punto crítico. Eso fue lo que sucedió con muchos peronistas frente a la
inconsistencia del «Estado presente» que no se encuentra por ningún lado, la precarización y
miseria crecientes que sí se encuentran por todos lados y que, para colmo, deben ser aceptadas
para «no hacerle el juego a la derecha» mientras se naturaliza la impostura del «roban, pero
hacen».

Otra visión de mundo anima el espacio de la izquierda. Su estrategia genérica supone que existe un
«campo popular» cuya franja izquierda es el socialismo, el cual se legitima en una serie de pruebas:
ser más consecuente, más honesto y más luchador que el resto de ese campo en la defensa de los
intereses nacionales. Esta visión resiste con empeño a los contra-argumentos porque ya se
encuentra instalada en el paradigma mental de casi todos los militantes.

Sin embargo, ante un cataclismo como el provocado por el triunfo de Milei, se abren pequeñas crisis
para esos militantes. En menor medida, para algunos peronistas. Y, dentro de algún tiempo, para los
votantes obreros de Milei.

En base a todo lo dicho, pensamos que hoy no es el momento de la agitación, las consignas
demandantes y la convocatoria a la lucha. Son acciones necesarias pero imposibles –ahora mismo–
de ser planteadas con éxito por la izquierda en general (y absurdas si las agitamos nosotros). Por
supuesto que podemos plegarnos a una larga tradición utópica y ucrónica: plantear como inmediato
lo que no puede pasar aquí o no puede pasar ahora. Esto satisface en alguna medida el enojo y la
indignación personal. Pero resulta absolutamente inútil. Hay un tiempo de esparcir las piedras y un
tiempo de reunirlas.

Hacer, juntos, lo que nos pide la situación, que no es lo que se viene haciendo

En lugar de agitar consignas memorizadas, ubicuas y perennes, necesitamos dialogar con los
compañeros en crisis, con los compañeros que palpan en su actividad militante las insuficiencias
del Programa de Transición y otras recetas aprendidas como si fueran válidas para todo tiempo y
lugar. A la vez que estudiamos y debatimos para entender mejor qué es el socialismo, necesitamos
debatirlo con esos compañeros para poner a prueba sus ideas y las nuestras. Para el luchismo, hay
que estar en la calle sin importar lo que esté pasando. Pero si nos abstenemos de convocar a la
acción frenética y miramos a nuestro alrededor, entonces vamos a advertir que la realidad nos pone
un límite. Y esto nos da una oportunidad. Una oportunidad… ¿para qué?

En noviembre de 1922, cuando la burguesía le daba un respiro a la revolución rusa (un respiro
alentado, en gran parte, por el fracaso de la revolución mundial), Lenin propuso aprovechar de esta
manera la oportunidad:

Considero que lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los
camaradas extranjeros, es que, después de cinco años de revolución rusa, debemos estudiar.
Sólo ahora hemos obtenido la posibilidad de estudiar. Ignoro cuánto durará esta posibilidad. No sé
durante cuánto tiempo nos concederán las potencias capitalistas la posibilidad de estudiar
tranquilamente. Pero debemos aprovechar cada minuto libre de las ocupaciones militares, de
la guerra, para estudiar, comenzando, además, por el principio.

El partido en su totalidad y todos los sectores de la población de Rusia lo demuestran con su afán
de saber. Esta afición al estudio prueba que nuestra tarea más importante ahora es estudiar y
estudiar.4

La propia genealogía de los libertarios que hoy gobiernan nos entrega algunas lecciones
prometedoras5. Por ejemplo, que se puede pertenecer a una minoría política durante mucho tiempo
y, en un lapso relativamente breve, aprovechar una crisis para salir de esa situación marginal. Por
ejemplo, que la acción política puede pasar primero por la consolidación de un programa y una
afianzada base militante, en lugar y antes de pasar a privilegiar la acción callejera. Mientras tanto,
podríamos participar de la más amplia unidad de acción gremial defensiva, sin dejar de lado la
crítica a las corrientes políticas burguesas, la que hoy gobierna (LLA) y la que propició esa llegada al
gobierno (el peronismo).

Hay otra tarea que valoramos por su importancia: reunirnos. Re unir a algunos de los militantes
socialistas dispersos, confundidos por la derrota de su estrategia (ese inconmovible 2,68% electoral)
y su tenaz persistencia a pesar de los resultados. Re unirnos, una y otra vez, entre nosotros, para
ponernos de acuerdo en un programa. Hay que debatir y pensar mucho, porque si bien es cierto que
–como escribió Simón Rodríguez– «inventamos o erramos», para inventar colectivamente, para
inventar un programa colectivo, hay que trabajar mucho en común: descubrir las diferencias bajo las
coincidencias aparentes y no segregarlas, sino resolverlas.

Somos una pequeña parte de una parte pequeña de la ya minoritaria izquierda socialista.
Intentamos reconstruir un nuevo camino hacia el socialismo y no nos creemos originales ni
extraordinarios: debe haber otros como nosotros. Otros que quieran comenzar a hacer lo que el
trotskismo no ha hecho durante décadas: discutir, pensar y ponerse de acuerdo antes de actuar.
Ejercitar el diálogo y el debate con los compañeros, armados de paciencia y armados de una
confianza precisa: otra estrategia es necesaria y es posible6. En cambio, ninguna acción masiva es
hoy posible y, por lo tanto, no puede ser necesaria. Tiene que haber, es esperable que existan,
compañeros en busca de un espacio militante democrático, que trabaje y razone un camino para el
socialismo de ahora. Y de mañana.

Pero que la situación sea muy adversa no significa que nos convoque al sacrificio. Rechazamos el
sacrificio. El sacrificio no es nuestra vocación. Al contrario, nuestra vocación es la buena vida.
También nos negamos al apriete moral. Porque la tarea que nos proponemos requiere largo aliento
y necesita autonomía decisoria.

Sabemos que una parte de la militancia de izquierda se ha construido sobre los valores del «hombre
nuevo» en la sociedad vieja. Una superioridad moral que presiona sobre los hombros del militante y
promueve su vocación de sacrificio. Pablo Giussani habla de una «cotidiana necesidad de
heroísmo» que justifica «una metodología para titanes»: con el tiempo, esa perspectiva hace que el
militante se perciba a sí mismo como un ser humano excepcional. Esa manera de luchar por el
socialismo ha fracasado en construir el socialismo. Y también ha fracasado en construir militantes
socialistas que sean capaces de crítica y, a la vez, capaces de compromiso.

No nos resignamos. No vamos a abandonar la tarea por los fallos de la herramienta. Nos
proponemos optar por el compromiso consciente, la democracia plena y la claridad creciente en lo
que nos proponemos. Esto sólo puede emerger del debate sostenido. Porque reunirnos es, también,
cuidarnos. Ayudarnos a no ser absorbidos por la lógica de la vida cotidiana del capitalismo. Robarle
tiempo al tiempo. Pero evitando el recurso tradicional de la auto segregación sectaria.

Al momento de frustración que vivimos se puede responder de dos maneras. O bien con obcecación
repetitiva, seguir como siempre, seguir como si nada, satisfechos de que continuar así nos provea
ese lugar que consideramos digno: ser socialistas. O bien creando otra perspectiva, una que nos
permita acceder a un lugar más fértil: militar por el socialismo.7

NOTAS:

1 Escribimos al respecto «Cuatro elecciones y un rechazo general».

2 Antes de la marcha publicamos «De la Argentina en que comía a la que se come a sí misma (Por
qué marchamos el 23 de abril)». Después de la marcha, «¿Y ahora qué? (Sobre la marcha
universitaria del 23 de abril)». En ambos textos caracterizamos las limitaciones corporativas de esa
movilización. Y en «Despotismo ilustrado (Cómo los progres afianzan el voto libertario)», analizamos
la consigna de llevar un libro como parte de la apología del yo que necesita hacer pasar toda causa
(gremial, política, social) por la propia biografía.
3 El año pasado dedicamos un curso, que puede verse en YouTube, a partir del libro El fin de la
excepción humana, de Jean-Marie Schaeffer, cuyo último capítulo nos resultó muy fértil para
alcanzar esta concepción de los cambios en el pensamiento según saltos y no según progresos.
Intentamos compendiar los resultados de ese curso en «El error de Descartes (Apuntes para el
problema de la conciencia)». Este año incorporamos el trabajo de Stanislas Dehaene, cuyas
investigaciones sobre la génesis de la conciencia en el cerebro y los procesos de aprendizaje están
siendo muy aprovechadas por nuestras preocupaciones. (Dehaene tiene varios libros publicados por
Siglo XXI en la colección «Ciencia que ladra»).

4 V. I. Lenin, «Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial», informe


pronunciado ante el IV° Congreso de de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922.

5 Los ensayos de Sergio Morresi, Martín Vicente, Melina Vázquez, Ezequiel Saferstein, Pablo
Semán y Nicolás Welschinger compilados en el libro Está entre nosotros (¿De dónde sale y hasta
dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?) son una referencia ineludible para
nosotros. Asimismo, la compilación de textos liberales organizada por Luis Diego Fernández bajo el
título (Utopía y mercado) Pasado, presente y futuro de las ideas libertarias nos ha ayudado mucho a
pensar.

6 Sintetizamos una propuesta en «La hipótesis programática (Un debate ausente en la izquierda
socialista)».

7 Hablamos de esta diferencia en «La resignación crispada y el conformismo informado (Los


sostenes paradójicos del statu quo y el allanado campo de la derecha)».

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