LG 25
25. Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del
Evangelio [75]. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos
discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados
de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la
fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del
Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas
(cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores
que la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión con
el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad
divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben
aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él
con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento
de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano
Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con
reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer
expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige
principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente
proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo.
Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la
infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero
manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro,
enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una
doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la
doctrina de Cristo [76]. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando,
reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces
de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de
la fe [77].
Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando
define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito
de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad.
El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma
infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos
los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una
forma definitiva la doctrina de fe y costumbres [78]. Por esto se afirma, con razón,
que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento
de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo,
prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación
de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el
Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en
calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside
el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de
la fe católica [79]. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el
Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el
sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia
por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo
se mantiene y progresa en la unidad de la fe [80].
Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él
definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la
cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida
por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y
especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu
de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia [81]. El
Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del
asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos [82] para investigar
adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no
aceptan ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito
de la fe [83].
DV 10
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito
sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el
pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la
comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración
(cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la
conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.
Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o
transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya
autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente,
no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le
ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye
con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único
depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se
ha de creer.
Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el
Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están
entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y
que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen
eficazmente a la salvación de las almas.