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La contaminación ambiental y sus efectos

a la tierra y los humanos

El aire, antes limpio y fresco como el aliento de la Pachamama, ahora


era una mezcla asfixiante de hollín y gases. La ciudad, otrora un valle
fértil y vibrante, se había convertido en un laberinto gris, donde el sol
luchaba por abrirse paso entre una capa opaca de smog. Este era el
mundo que heredó Emilia, una niña de diez años con ojos que
reflejaban la tristeza de un cielo siempre nublado.

Emilia vivía con su abuela, Mama K’oya, en una pequeña casa de


adobe en la periferia, lejos del brillo engañoso de la ciudad. Mama
K’oya, con sus manos arrugadas por el trabajo y la sabiduría
ancestral, le contaba historias de un tiempo pasado, donde el río
corría cristalino, los cerros estaban verdes y el aire era puro. Historias
que a Emilia le costaba creer, tan lejanas parecían de su realidad.

La escuela de Emilia estaba a tres kilómetros de su casa, un recorrido


que antes era un placer, entre campos de flores silvestres y el canto
de los pájaros. Ahora, el camino era un laberinto de basura, el río
estaba contaminado, y el aire quemaba sus pulmones. A menudo,
Emilia tosía, su pecho dolía, y sentía una fatiga que la hacía arrastrar
los pies.

Un día, mientras caminaba a la escuela, Emilia vio a un grupo de


hombres quemando basura en un terreno baldío. Una densa columna
de humo negro se elevaba hacia el cielo, mezclándose con el smog ya
existente. La tos la invadió con más fuerza, y sintió un nudo en la
garganta. En ese momento, vio una pequeña planta, una flor
silvestre, luchando por sobrevivir entre la basura y el hollín. Sus
pétalos estaban marchitos, pero aún se aferraba a la vida.

Esa imagen, la pequeña flor luchando contra la contaminación, la


impactó profundamente. Esa noche, Emilia no pudo dormir. Las
historias de su abuela resonaban en su mente, junto con la imagen de
la flor. Comprendió que la contaminación no era algo abstracto, sino
una amenaza real que afectaba a todo, incluso a las plantas más
pequeñas.

Al día siguiente, Emilia decidió actuar. Con la ayuda de su abuela,


empezó a limpiar el camino a la escuela, recogiendo la basura y
plantando semillas de flores silvestres. Convocó a sus compañeros de
clase, explicándoles la importancia de cuidar el medio ambiente. Al
principio, algunos se burlaron, pero poco a poco, más niños se unieron
a su iniciativa.
Juntos, limpiaron el terreno baldío donde los hombres quemaban
basura, plantando árboles y creando un pequeño jardín. Organizaron
una campaña de concientización en la escuela, enseñando a sus
compañeros la importancia del reciclaje y el cuidado del agua. Incluso
lograron convencer a algunos adultos de unirse a su causa.

Pasaron meses, y lentamente, el entorno empezó a cambiar. El


camino a la escuela se volvió más limpio, las flores silvestres
florecían, y el aire, aunque aún contaminado, era un poco más
respirable. El río, aunque aún lejos de su antigua pureza, mostraba
signos de recuperación.

Emilia no había logrado limpiar toda la contaminación de la ciudad,


pero había sembrado una semilla de esperanza. Había demostrado
que incluso una niña pequeña, con la ayuda de su comunidad, podía
hacer una diferencia. La pequeña flor marchita le había enseñado una
lección invaluable: la resiliencia de la naturaleza y la importancia de
la lucha por la preservación del medio ambiente. La lucha continúa,
pero ahora, Emilia sabía que no estaba sola. Su corazón, antes lleno
de tristeza, ahora latía con la fuerza de la esperanza, con la certeza
de que un futuro mejor era posible, un futuro donde el aire volviera a
ser limpio y fresco como el aliento de la Pachamama. Un futuro donde
la flor silvestre no tuviera que luchar por sobrevivir entre la basura y
el hollín. Un futuro que dependía de la acción colectiva y la
responsabilidad de cada u

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