Revista Complutense de Historia de América iSSN: 1132-8312
1999, 25: 253-280
“Formar patria a hombres que no la tienen “.
Pedro Andrés García, entre la frontera colonial
y la política de conquista
Pedro NAVARRO FLORIA (*)
Consejo Nacional de investigaciones Científicas y Técnicas
Conicet <Argentina)
RESUMEN
Pedro Andrés García, experimentado militar al servicio del Virreinato del
Río de la Plata y luego de los primeros gobiernos criollos de Buenos Aires, es
el referente más importante para analizar las políticas hacia la frontera indíge-
na del sur rioplatense en las primeras décadas del siglo XIX. A través de una
serie de escritos generados entre 1810 y 1823, demuestra su profundo conoci-
miento del campo y sus problemas, manifiesta su oposición tanto a la política
belicista —aplicada hasta 1790 y propugnada por una facción criolla aproxi-
madamente desde 1815— como a una situación puramente defensiva, y se in-
dina por el sistema mixto de alianzas, comercio y demostración de fuerza que
haría propio Juan Manuel de Rosas durante su largo gobierno en Buenos Aires,
hasta 1852. Aunque su punto de partida es la propuesta agrarista de incorporar
a los indios, su opinión fue girando hacia la convicción de la necesidad de la
conquista armada del territorio.
El presente trabajo analiza fuentes que permanecieron inéditas hasta 1997.
Palabras clave: pulperías, tehucíche, cona, araucano, huilliches, chacras,
malones, pampas.
Pedro Andrés García (1758-183311 fue un militar español que vivió
desde su juventud en el Río de la Plata, desempeñando diversas misiones
a través de las cuales se convirtió en el mayor especialista del país en lo
referente a la frontera sur. Llegó en 1776 como alférez del cuerpo de in-
<~) Becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CON]CET) en el Museo de la Universidad del Contahue (Neuquén, Argentina).
253
Pedro Navarro Fío ria “Formar patria a hombres que no la t,enen
genieros del ejército de Pedro de Cevallos. En seguida fue destinado a la
Costa Patagónica, y en 1780 a la frontera sur de Mendoza. Esta expe-
riencia «parece haberlo convencido desde temprano de que la solución
del problema indígena residía en una sabia combinación entre fuerza,
alianzas y seducción para atraerlos a las ‘ventajas de la vida civiliza-
da”»’. Se distinguió en la reconquista de Buenos Aires en 1806, al fren-
te de los Cántabros, y se inclinó por la revolución en 1810. Promovido
por Manuel Beigrano, con quien compartía una ideología económica
agrarista, fue comisionado a las Salinas Grandes para tantear la situación
de los caciques fronterizos. Allí comenzó a generar una serie de informes
y diarios de viaje que cubren su visión sobre el tema hasta 1823, y que
utilizaremos en este trabajo como fuente documental para analizar de qué
modo el movimiento revolucionario de mayo de 1810 propuso un re-
planteo de la situación de lafrontera sur rioplatense, y cuáles fueron las
ideas de su agente más autorizado sobre los pueblos indios y su relación
con el nuevo Estado en construcción.
Cabe acotar que la bibliografía hallada sobre García y su obra —ex-
haustivamente citada a lo largo de este trabajo—— es escasa y se liniita a
comentar aspectos generales de sus propuestas. Por otra parte, la edición
completa de sus escritos es demasiado reciente como para haber genera-
do otros análisis.
García resume en sus escritos la mirada del observador de frontera, la
ciencia de frontera que hemos abordado en otros trabajos2. Al mismo
tiempo, enlaza el profundo conocimiento de ese ámbito basado en su ex-
periencia bajo la administración colonial, con los nuevos problemas que
conllevaba la crisis de la independencia, que derivarían en la ruptura de
la paz fronteriza en tomo de 1820 y en la apertura del ciclo dominado por
la política indígena de Juan Manuel de Rosas. Rastrearemos esta evolu-
chin de su pensamiento y de su circunstancia, con la ayuda de los si-
guientes documentos3:
J. GELMAN: «Presentación». Un funcionario en busca del Estado, Pedro Andrés García
y la cuestión agraria bonaerense, 1810-1822. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1997.
p. 21.
2 Cfr. nuestro trabajo «Ciencia de frontera y mirada metropolitana: las ciencias del hom-
bre ante los indios de la Araucanía, las Pampas y la Patagonia (1779-1829)». Cuadernos del Ins-
tituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano <Buenos Aires). 17 (1998).
Los Informes de 1810, 1813 («a» y ab») y 1820 y el Plan de 1816, los citaremos según
fueron publicados en Un ffincionario en busca del Estado. Pedro Andrés García y la cuestión
agraria bonaerense. 1810-1822, BernaL Universidad Nacional de Quitmes, [997, Y con esa pa-
Revista Complutense de Historia de América 254
¡999, 25: 253-280
Pedro Navarro Fío ria Formar patria a hombres que no la tienen
Informe, Morón, 6 de setiembre de 1810 (Informe 1810).
Diario de un viaje a Salinas Grandes, 21 de octubre al 22 de di-
ciembre de 1810 (Diario 1810).
• Informe. Buenos Aires, 26 de noviembre de 1811 (Informe 1811).
• Informe, Buenos Aires, 9 de abril de 1813 (Informe iSBa).
• Informe sobre fronteras y milicia, Buenos Aires, 30 de octubre de
1813 (Informe 1813b).
• Nuevo plan de fronteras de la Provincia de Buenos Aires, Morón,
8 de marzo de 1816 (Plan 1816).
• Informe sobre fronteras e indios, Buenos Aires, 15 de junio de
1820 (Informe 1820).
• Informe [en colaboración con J05é de la Peña y Zazueta], 26 de
noviembre de 1821 (Informe 1821).
• Diario de la expedición de 1822 a los campos del sud de Buenos
Aires desde Morón hasta Sierra de la Ventana [en colaboración
con J05é María de los Reyes], 3 de febrero de 1823 (Diario 1823).
UNA EVALUACIÓN DE LA EXPERIENCIA
García desarrolló, en primer lugar, un completo balance —único en
la época— tanto de la política de conquista llevada a cabo tradicional-
mente por España como de la paz posterior a 1790, que habría permiti-
do, con el auxilio de las “luces del siglo” (Informe
4. En1821:
todos412),
sus un desa-
escritos,
rrollo incipiente de la agricultura bonaerense
ginación; los Diarios de 1810 y 1823 <terminado en ese año aunque corresponde a la comisión
desarrollada de marzo a junio de 1822) y los Informes de 1811 y 1821, los citaremos según su
publicación y paginación en Pedro DF Anoajs (editor): Colección de obras y docwnenios relati-
vos a la historia antiguo y moderna de las Provincias del Río de la Plata, Buenos Aires, Plus Ul-
tra, 1969 (IY edición: Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1835-1837), t. IV. En todos los casos,
a fin de evitar la repetición de referencias, citaremos entre paréntesis según el carácter del docu-
mento (Informe, Diario o Plan), el año y las páginas; [Link].: Diario 1810: 303-304.
F. E. BARBA: Frontera ganadera y guerra con el indio, La frontera y la ocupación ga-
nadera en Buenos Aires entre los siglos XVIII y XIX. La Plata, UniversidadNacional de La Pla-
ta, 1997, pp. 7-9. El autor ensaya una periodización del desarrollo de la frontera bonaerense en
los siglos XVIII-XIX, fundada en el paralelismo entre expansión ganadera e intcnsif¡cación de la
respuesta bélica del indio. Así, propone una primera etapa hasta el Reglamento de Comercio Li-
bre de 1778 o la formación de los cuerpos de Blandengues en 1779, una segunda caracterizada
por la acción del virrey Vértiz en el avance de las fronteras y la creación de nuevos asentamien-
tos, un tercer período de paz generalizada entre 1780 (nosotros preferiríamos tener en cuenta los
255 Revista Complutense de Historia de América
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria Formar patria a hombres que no la tienen
distinguió muy claramente ambas etapas, que entendía como dos meto-
dologías extremas e irreconciliables aplicadas hasta entonces (Plan 1816:
134). Frente a la primera, la fuerza “que destruya y aniquile hasta el
exterminio a estos indios” (idem), la posición crítica de García era ter-
minante: “Errado fue, y muy dañoso a la humanidad, el deseo de con-
quistar a los indios salvajes a la bayoneta, y de hacerlos entrar en las pri-
vaciones de la sociedad, sin haberles formado necesidades, ni inspirado
el gusto de nuestras comodidades” (Informe 1811: 277-278) o “privando
a los indios de gustar de los placeres de la sociedad” (Plan 1816: 140;
prácticamente las mismas palabras se repiten en el Informe 1820: 134).
Este método “los escarmienta, y contiene por algún tiempo, hasta que se
rehacen”, pero “su carácter feroz y vengativo, hace que jamás perdonen
el agravio” (Plan 1816: 134). Todavía en 1821 —como veremos, en cir-
cunstancias muy distintas— García insistía en la inutilidad de la guerra
permanente que se desarrolló hasta la paz de 1790 (Informe 1821: 412).
En cambio, a la “amistad conciliadora” del trato reciproco y el co-
mercio, resultante de la paz firmada por el virrey Loreto5 (PIan 1816:
134), la criticaba por inconsecuente (Informe 1811: 278), por permitir a
los indios robar impunemente, por poner en riesgo la existencia misma
de las estancias ganaderas (Plan 1816: 134-135) transformándose en un
“sistema de amistad aparente~. a medias y mal conducido, [que] causa
más daños que una viva guerra” (idem, 140). Finalmente, para 1820, ya
era evidente que “esta reciprocidad de trato se ha viciado” porque el
avance de las estancias al sur hacía recelar a los indios. Los vaivenes po-
líticos, a partir de 1815, fueron los que impidieron, según García, hacer
un parlamento general y un necesario reajuste del sistema (Informe 1820:
154-155). Lo que resultaba insostenible, a la luz de la experiencia, era el
mantenimiento de un régimen que controlaba hasta cierto punto a quie-
nes pasaban la frontera hacia Buenos Aires, pero no a quienes salían, y
fundamentalmente qué se llevaban del espacio intermedio —para enton-
graves enfrentamientos de los años ‘80 y la paz de 1790 como hito) y 1855, y la última cúspa mar-
cada desde entonces por la expansión ganadera.
El texto del tratado entre Loreto y el cacique Callf¡lqui se puede consultar en su fuente
del Archivo General de la N~ción (Buenos Aires), Biblioteca Nacional, legajo 189, ms. 1877, o
en su transcripción en L.R. NACIJZZI: Identidades impuestas, Tehuelches, aucas y pampas en
el norte de la Patagonia. Buenos Aires, Sociedad Argentina de Antropología, 1998, Pp. 195-197.
Es de destacar que el tratado prescribe a los indios su establecimiento en «la banda norte de las
sierras» y el reconocimiento de Callfilqui como «cacique principal de todas las Pampas», además
de establecer un acuerdo militar y comercial.
Revista Complutense de Historia de América 256
1999. 25: 253-280
Pedro Navarro Florta “Formar patria a hombres que no la tienen
ces poblado de estancias y de campos de labranza— entre los fortines y
las tolderías.
El balance sobre las políticas llevadas a cabo hasta la revolución con-
cluía, inevitablemente, con el análisis de los principales problemas de la
frontera. Estos son, en los escritos de García, fundamentalmente dos: un
comercio fronterizo abusivo para los indios, que los mantiene al margen
de la vida social “civilizada” al mismo tiempo que los hace creciente-
mente dependientes de los “vicios” que le provee, y el funcionamiento
del circuito ganadero que se iniciaba en las estancias bonaerenses y lle-
gaba hasta el sur de Chile, percibido desde la capital porteña como un
“robo de ganado” inadmisible. “La experiencia de siglos tiene acredita-
do, que ni la dádiva ni el más dulce agasajo es bastante a contener la pa-
sión dominante al robo de este vecino [el indio]” (Informe 1810: 55). En
el mismo texto, remitiéndose a su experiencia de Mendoza en 1780, Gar-
cía propone guardias al pie de las Sierras bonaerenses, que permitan el
comercio pero no los malones, es decir, la entrada de indios al territorio
bajo control del Estado con fines de intercambio legal y pacífico en las
pulperías, pero no su salida con animales apropiados ilegalmente. En ese
mismo año afirmaba que el principal motivo del daño a la frontera “es,
pues, el franco comercio con la capital y frontera, fomentado casi por de-
terminado número de hombres, que... a pretexto de robos y extracciones
de ganados, piden permiso para ir a hacer sus rescates a los mismos tol-
dos, y esto se hace llevando carretas cargadas de bebidas adulteradas (he
seguido el rastro de ellas hasta las mismas tolderías), llevándoles cuchi-
líos, sables y espadas,... uniformes..., y ya he hallado entre ellos armas de
fuego y el uso correspondiente” (Diario 1810: 304). De modo que uno y
otro problema estaban íntimamente ligados en ese “determinado número
de hombres” a quienes García denunciaba como vendedores de alcohol y
armas a los indios, a cambio de parte del mismo ganado que éstos habían
arreado tierra adentro. Gracias a esos “traficantes”, señalaba García, los
indios tenían todo tipo de armas (idem, 358-359). El corolario, entonces,
fue la propuesta de regular desde el Estado el comercio fronterizo, como
en Chile. Y también como en el país hermano, el conocimiento profundo
de los mecanismos de la frontera llevaba a un funcionario leal a desnu-
dar la corrupción del aparato militar. En 1821, García proponía que se
prohibiera el comercio desde los fortines, y que junto con la distribución
de tierras y la colonización civil y militar, se buscara desmilitarizar la
frontera “mientras no estén perfectamente deslindadas las atribuciones de
257 Revista Complutense de Historia de América
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Ebria “Formarpatria a hombres que no la tienen
las respectivas jurisdicciones, política y militar” acusando al “despotis-
mo militar” de los despojos y ultrajes en la campaña (Informe 1821: 428-
430).
LA FRONTERA Y LOS INDIOS
Sin embargo, este análisis puede aparecer como una serie de señales
fragmentarias dejadas por García en el ir y venir de tantas cabalgatas por
la Pampa bonaerense, cuando en realidad es el núcleo de un diagnóstico
completo y complejo de la realidad fronteriza. ¿Qué era la frontera para
García? Aunque a nuestro veterano observador le haya faltado el fino
instrumental teórico con el que, una generación después, Sarmiento des-
cribiría el “sistema” de la campaña como un mundo con leyes propias, lo
que le sobraba era experiencia y vivencia. Así, nos describía esa realidad
peculiar sin sistematicidad pero con el tono asombrado de quien ve.
García veía, en primer lugar, no solamente la “barbarie” de más allá
de la frontera, sino también la de adentro. Así como consideraba que los
indios fronterizos “son los introductores de los indios de tierra adentro”,
teniendo “todos... innatos unos mismos vicios”, también era cieno que
“la clase de gentes aquí pobladas son poco menos feroces e inciviles que
los mismos indios” (Diario 1810: 302), y que esa población de frontera
ejercía tanto un mal ejemplo (idem, 298) como su complicidad en robos
y malones: los caciques ancianos se quejan, diciendo que, en cuanto
“...
a excesos que se cometen, la mayor parte son causados por los mismos
cristianos” (idem, 303-304). Al mismo tiempo que identificaba la princi-
pal causa de este estado de los indigentes de la campaña en la falta de
propiedad privada de la tierra es causa de que, hallándose disper-
—“...
sas nuestras gentes, sin pueblos, sin civilización nitrato, no disten grados
y se resientan de la misma barbaridad y costumbres de nuestros limítro-
fes del sud” (Plan 1816: 146)—, García describía “la multitud de malva-
dos y asesinos desertores” que acompañaban a los caciques a los parla-
mentos, “todos ellos vestidos como bárbaros, y su mayor gala en el
caballo: ninguno de los que vimos dejaba de tener sus espuelas, estribos
y chapeado de plata” (Diario 1823: 517). Respecto de las problemáticas
de los desertores y de las cautivas —los dos tipos más característicos de
la permeabilidad cultural de la frontera—, el Diario de 1823 es el docu-
mento en que García más se extiende. Subraya la peligrosidad de los de-
Revista Complutense de Historia de América 258
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria “Formar patria a hombres que no la tienen
sertores, por su presencia y su mala influencia actual y por su impacto fu-
turo. En este sentido, la expedición capitalina se asombró en 1822 por el
orden de la formación de parada o de combate de los pampas, dotados de
armas y uniformes criollos, todo ello producto del contacto fronterizo y
del contacto con los desertores (idem, 525-527): “Esta primera perspec-
Uva nos hizo conocer el carácter guerrero y militar a que tiende directa-
mente el genio de estos bárbaros, y que el mism los conduce a un ade-
lantamiento que tal vez nos será funesto” (idem, 526). Asimismo, “la
codicia, petulancia e interés” de los indios y la violencia con que los ca-
ciques e indios en general los conminaban a darles toda la yerba, azúcar
y ganado que llevaban (idem, 534), fue interpretada por García y sus
compañeros como producto de las malas compañías: los desertores que,
“acostumbrados a la vida salvaje, sus figuras son las mismas que las de
los indígenas” (idem, 539). El de las cautivas, en cambio, era un proble-
ma que impactaba su sensibilidad pero que le provocaba una reflexión
política: “nuestra población fronteriza dentro de poco desaparecerá, lo
mismo que nuestras poblaciones de industria, y servirán para aumentar la
suya, como lo hemos visto, y privarnos de los brazos industriosos que
forman la riqueza de nuestro país... Estas observaciones deben suminis-
trar al gobierno los conocimientos precisos... o al menos darle a conocer
el carácter de las tribus vecinas...” (idem, 566-567).
La “barbarie” del otro lado de la frontera, en cambio, visible en los
indios fronterizos “introductores” o intermediarios de los de tierra aden-
tro, se expresaba para García en una cierta “adulteración” de las costum-
bres y los caracteres ancestrales, producto del contacto con los malos
cristianos. Ni los ranqueles ni los llamados pampas, cercanos a la fronte-
ra, llegaban para el observador al “grado de civilización e industria” de
los araucanos. De ambos, el “pampa~~ bonaerense sería la “raza” más
“adulterada” en sus costumbres, ladrones, avaros, audaces, orgullosos,
hipócritas, piratas, desconfiados. Incluso el idioma araucano, que por en-
tonces hablaban todos los habitantes de la Pampa, García lo hallaba “al-
go adulterado” en la frontera (idem, 635-637). En cuanto al uso de estos
gentilicios, preferimos seguir aquí el criterio de considerarlos como me-
ros rótulos destinados a posibilitar la convivencia y el trato, y no produc-
to de un estudio etnográfico6, aunque los observadores de la frontera no
hayan renunciado a un conocimiento más profundo. Para el caso presen-
6 NÁcuzal, 1998, pp. 133 y 162.
259 Revista Complutense de Historía de América
l999, 25: 253-280
Pedro Navarra Floria “Formar patria a ltornbres que no la llenen
tado, García usa el término geográfico “pampas” simplemente para de-
nominar a los habitantes de la campaña bonaerense, que según la antro-
pología actual habrían sido grupos de origen tehucíche septentrional, ya
para entonces araucanizados7. A los más lejanos silos identifica con gen-
tilicios precisos, aunque no en función de un mejor análisis sino con el
propósito de fundamentar su hipótesis de la existencia de distintos “gra-
dos de civilización” y de una “adulteración” creciente en la medida en
que se intensificaba el contacto fronterizo. Esa frontera que “adultera” a
los indios y barbariza a los blancos, era el problema sobre el que García
centraba su análisis.
A través de esta óptica, de la profunda crítica que la experiencia de
García fue construyendo sobre la situación de la campaña, es posible le-
er su análisis de los distintos grupos indígenas que conoció en sus reco-
rridas, parlamentos y tratos. Si bien los hacía partícipes de los vicios pro-
venientes de la frontera, también es cierto que hacía una caracterización
muchas veces positiva. El alcoholismo, adoptado de los criollos y poten-
ciado por el tráfico ilegal de aguardiente, era un problema común con la
población de la campaña, pero que en los indios adquiría síntomas parti-
culares que hacían peligrosa la presencia de blancos en el momento de la
borrachera: “Los efectos de la bebida en el indio son los comunes, pero
con una violencia y desafuero extraño: recuerdan los agravios hechos a
sus mayores y deudos, y se empeñan en vengarlos en aquel acto” (Diario
1810: 311). Doce años después, impactado por el desorden y el desen-
freno que provocaba en los pueblos fronterizos la presencia de una dele-
gación criolla con obsequios del gobierno provincial, García sacaba una
conclusión pesimista: “¿No son [estos hechos] suficientes para probar
hasta la evidencia, la falacia y mala fe de estas hordas de hombres bár-
baros? No hay tal vez sino uno solo que tenga sensibilidad, y aquellas
cualidades que constituyen a los seres racionales y los distinguen de los
que no lo son... No queda pues duda que será efímero cualquier esfuerzo
que se haga para entablar paces y pactos de amistad... Era insufrible la
presencia de esta horda desenfrenada” (Diario 1823: 604-605 y 610).
Otro dato criticado duramente por García era el de las creencias y su-
persticiones indígenas. Tanto que atribuía el decrecimiento de su pobla-
ción a la guerra y a la costumbre de enterrar a las mujeres con el marido
muerto, extendiendo el problema a los tehuelches, “con genio e idioma
Cfr. idem, pp. 70-71, 84, y fundamentalmente ¡¡¡-121.
Revista Complutensede Historia de América 260
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria ‘Formar patria a hombres que no la tienen
de distinta especie” pero con iguales costumbres (idem, 625-628). El
choque cultural que le provocaba el contacto con estos pueblos queda ex-
presado en su incapacidad de comprender lo que calificaba como “la hol-
gazanería y repugnancia al trabajo de estos hombres” (idem, 635).
Sin embargo, como decíamos, esto no fue obstáculo para que García
elaborara una caracterización que, partiendo de sus experiencias de diá-
logo con los principales caciques de la Pampa, resultara generalmente fa-
vorable. En 1810, cuando Epumur se quejaba de Lincon y los malos cris-
tianos que había entre ellos, y ofrecía protección y garantías a los
parlamentarios del gobierno. García lo veía, por lo juicioso y venerable,
“un verdadero descendiente del anciano Colocolo, que expresa nuestro
Ercilla en su Araucana” (Diario 1810: 316-318). Finalmente, García pu-
do mantener, el 17 de noviembre del año de la revolución, un parlamen-
to con el más receloso de los jefes indios8, el conocido Carripilún, que se
titulaba “rey de todos los pampas”, con quien el virrey Liniers había ra-
tificado la paz de 1790 (idem, 337-340). “Aquí se me ofrece observar que
no sólo los extranjeros, desafectos a nuestra nación, tratan injustamente
a los indios, como incapaces de razón, para dar desestimación y despre-
cio a nuestras obras, sino que también en las ciudades capitales de Amé-
rica se encuentran hombres de casi iguales sentimientos. En aquellos hay
un crasisimo error, fomentado por una innata aversión que nos profesan;
en éstos es una pública ignorancia... Los indios tienen sagacidad, pronti-
tud, disposiciones y ejecuciones muy oportunas...” (idem, 357). En su úl-
timo diario, el del viaje de 1822, García reafirmaba esta postura, ahora
respecto de Lincon: “Este hombre singular, y tal vez el más racional en-
tre todos los que habitan este país, ha estado infinitas veces en esta ciu-
dad [de Buenos Aires]: su genio, carácter y amabilidad lo hacen aprecia-
ble y digno de habitar en otra sociedad más ilustrada. Se viste como
cualquier otro hombre; su figura y fisonomía no indican que es indígena.
sino un paisano decente” (Diario 1823: 612). Unas páginas antes se con-
fesaba impresionado por la figura de un cona que visitó el campamento:
“La figura de este pampa, a pesar de su ceño, es hermosa y severa, sus
Es antológico el diálogo mantenido en i806 por este cacique y Luis de la Cruz, en el que
aquel reafirmó la alianza hispano-pehuenche, no sin dejar en claro sus temores respecto de las
exploraciones y proyectos que llevaba adelante la administración colonial de ambos lados de los
Andes. Cfr. mis trabajos Ciencia y política en la región norpatagónica: el ciclofundador (1779-
¡806). Temuco, Universidad de La Frontera. 1994, p. 87, o «Ciencia de frontera y mirada me-
tropolitana...», p. 125.
261 Revista Complutense de Historia de América
l999, 25: 253-280
Pedro Navarro E/oria “Formar patria a hombres que no la tienen . --
facciones toscas y bien hechas, su talla alta, corpulento y bien propor-
cionado” (idem, 506).
También pertenece al Diario de 1823 la caracterización más comple-
ta de los pueblos indios del sur, intento de clasificación incluido, genera-
do por Pedro Andrés García. Solamente en un informe anterior, en don-
de se desarrollan las opciones políticas existentes frente a los indios,
nuestro observador incluía una caracterización muy general:
“El carácter de estos indios es marcado por la ferocidad y la co-
bardía; válense siempre de la sorpresa y de la perfidia, y usan con
crueldad de la victoria... El número a que ascienden ya, por su libre
reproducción9, es muy respetable sin duda. El ocio en que viven los
mantiene siempre miserables y sus escaseces los precisan a robarse
unos a otros, y todos se conspiran contra los hacendados españoles...
Hay entre estas tribus algunas que blasonan de su origen araucano:
aunque se diferencian poco en el carácter común de los demás sal-
vajes, lienen con todo alguna más aplicación a cieno género de la-
bores, crías de ganado lanar y vacuno... Al contrario los pampas,
propiamente dichos, en la carrera de Patagones, y también los que
después siguen internados hasta la cordillera de Valdivia, que lla-
man gtiilliches’0, son generalmente inquietos, invasores de las de-
más tribus y siempre dispuestos al robo y a la matanza” (Informe
1811: 286-287).
En 1823, a propósito del parlamento al que García había convocado
a los caciques de la Pampa, observaba a los distintos grupos y marcaba
diferencias: “La tribu [de los] huilliches, aún no se había reunido toda...
Esta tribu es respetada de las demás, por su carácter guerrero; y por la
respetabilidad de sus fuerzas, jamás ha entrado en coalización [sic] con
ninguna...”. Habitan “pacíficamente” la costa, desde las Sierras hasta el
río Negro, son numerosos y respetados, y monopolizan el comercio con
Patagones. García marcaba un contraste permanente con la hostilidad de
los ranqueles (Diario 1823: 536-537). Concluido el parlamento con los
Resulta curiosa la inquietud de García por los factores decrecimiento o disminuci6n ve-
getativa de la población en la campaña: así como asignaba a la poligamia indígena (Diario 1810:
299) la responsabilidad del crecimiento de esos grupos, culpaba al fenómeno de las cautivas
(Diario 1823: 566-567) tanto de potenciar ese crecimiento como de poner en peligro el pobla-
mento rural criollo.
‘~ Como veremos, García asignaba el nombre de huilliches («gente del sup>, en araucano)
a los tehuciches o «patagones». Cír. NAcUzzí, 1998, pp. 70-71.
Revista Complutense de Historia de América 262
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Fiarla “Formarpatria a hombres que no la tienen
“pampas”, aparecieron los llamados “huilliches”, que no se juntaban con
aquellos dado “que a la tribu tehuelcha [sic] jamás se le imputarían estas
calidades degradantes” (idem, 552-553). Estos “huilliches, de hermosa
talla y bien puestos a caballo”, se presentaron con sus pinturas y armas;
“su talla es ciertamente respetable”, dado que no eran otros que los “pa-
tagones”: “Esta tribu es aquella, aunque han degenerado mucho de los
patagones, en que se hallan hombres de tallas extraordinarias” (idem.
555). Ya en las Sierras, que García recorría para pacificar los ánimos
después de las entradas punitivas del gobernador Rodríguez, observaba
“una población no interrumpida de establecimientos de ganadería de to-
das clases” (idem, 559) e “inmensos rodeos” (idem, 576). Finalmente, la
población pastora del área serrana bonaerense se le presentaba al agente
del Estado con rasgos bucólicos, casi utópicos:
Arribamos a la ribera de un arroyuelo, en cuyas orillas se en-
- contraban muchas poblaciones de indígenas, que a la noticia salían
de sus casas a recibirnos... Tuvimos en este momento unos instantes
deleitosos al ver la mansedumbre y humildad de las mujeres y ju-
ventud indígena, que a nuestra arribada nos recibían con demostra-
dones de cariño y de paz, e igualmente al presenciar los atractivos
de la naturaleza que a nuestra vuelta se presentaban por todas par-
tes” (idem, 576-577)
Esta visión entraba en contraste con las ideas ya citadas acerca del
ámbito fronterizo más cercano, y de los problemas y los tipos humanos
que García había observado allí.
Finalmente, ensaya una clasificación:
“Los ranqueles no son de la misma especie [sic] que la tribu
pampa... Ninguna de ellas llega al grado de civilización e industria
de los araucanos... El ranquel parece haberle heredado (como fami-
ha que de ellos recibe su origen) el valor y la constancia para la lu-
cha, pero no sus virtudes, que los hacían recomendables en medio de
su estado salvaje. El pampa, raza que recibe su origen, al parecer,
del occidente de los Andes, se halla más adulterado en sus costuni-
bres que el anterior. No tienen las virtudes ni el valor extraordinario
de los primeros, ni la constancia de los segundos... Son guerreros
por naturaleza, pero no valientes con orgullo como sus antepasados
y sus vecinos [los araucanos].”
263 Revista Complutense de Historia de América
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria “Formar patria a hombres que no la tienen --.
Hace falta recordar aquí la precariedad de las generalizaciones de
García y de las identidades atribuidas a los diferentes grupos. Los
“pampas” eran vistos por García, según ya citamos, como ladrones, ava-
ros, audaces, orgullosos, hipócritas, piratas, desconfiados. Los ranqueles
‘~son más guerreros y sanguinarios”, ambiciosos, orgullosos, constantes,
intrépidos, “gallardos y ágiles en el caballo”. Los “aucaces” (identifica-
dos también como “pampas”) “son guerreros, aunque no en igual grado”,
más ágiles y mejores jinetes, más sanguinarios y cobardes.
“Estas dos castas traen su origen de los araucanos: su idioma y
costumbres son las mismas, sin embargo de que el primero se halla
algo adulterado... Los huilliches, tribu de distinta especie, son hom-
bres con cualidades diferentes de las otras dos. Estos no descienden
de aquellos, y si de los patagones: su talla es aventajada, su tez más
negra, su figura más noble... son ágiles y bien hechos... valientes con
honor.., hospitalarios y afables, constantes en sus amistades, ama-
bles en su vida doméstica, hombres de bien, legales en sus tratos, e
industriosos más que todos...” (idem, 635-636).
Como información etnográfica, esta clasificación no aporta más que
la distinción entre los dos grandes “complejos” culturales, el araucano y
el tehucíche —para usar una terminología que proviene de los trabajos de
Federico Escalada y Rodolfo Casamiquela—, que por entonces interac-
tuaban y se interpenetraban intensamente en el ámbito pampeano y nor-
patagónico.
Pero la imagen que García nos transmite de los pueblos indios del sur
parece estar, como es natural, fuertemente teñida por su experiencia fron-
teriza. Por eso, la principal variable que observa es la distancia a la fron-
tera. Cuanto más alejados de ella, mejor conservan los indios sus carac-
teres originales, que incluyen rasgos tan desechables como sus creencias,
pero que no han experimentado, en general, la “adulteración” del con-
tacto con los malos cristianos, su alcohol, sus armas y sus vicios. En la
medida en que se confundían con la población rural bonaerense, resulta-
ba difícil distinguir a unos de otros; se operaba una cierta “barbarización”
de la campaña a través de las cautivas, los tránsfugas, los exblandengues
y en general de los indigentes privados de la propiedad de la tierra. La
permeabilidad de ese mundo intermedio entre la “civilización” y la “bar-
barie” implicaba claramente, contrastado por el pensamiento agrarista de
García y de parte de los revolucionarios criollos, el peligro de pérdida de
Revista Complutense de Historia de América 264
1999,25: 253-280
Pedro Navarro Fío ria “Formar patria a hombres que no la tienen t.
la campaña, en el sentido de que se convirtiera en tierra de nadie, inso-
ciable y estéril. De allí que las iniciativas, las respuestas al “¿qué hacer
con la campaña?”, hayan resultado progresivamente radicalizadas. Y
también crecientemente radicalizada y violenta la respuesta a la cuestión
indígena.
¿INCORPORAR A LOS INDIOS?
Si la táctica era, como veremos, una “política intermedia”, fundada
en el trato pacifico pero apuntalada por una fuerza usada a discreción, y
la estrategia era la conquista de la Pampa hasta el río Negro, ¿cuál era la
idea, el proyecto fundamental? García buscaba “promover el acerca-
miento del ‘orden real’ al orden para el que naturalmente se prestaban”
las Pampas. Las medidas propuestas “adquieren, en la visión del exposi-
tor, una jerarquía fundacional, que no tiene en cuenta la ocupación pree-
xistente del espacio por parte de los indígenas... Y la manera en que ins-
trumentalmente deberán ejecutarse es desarrollada por el autor con la
rapidez y la limpieza que la Utopia otorga al razonamiento de quienes es-
tán ganados por ella... El discurso va ordenando la realidad,..”t1. Efecti-
vamente, tras el discurso del científico de frontera hay una utopia que lo
guiaba, que es nada menos que el pensamiento agrarista de los revolu-
cionarios criollos ilustrados, reflejado en un proyecto colonizador que se
presenta como política fundamental del Estado. “Mil pueblos florecien-
tes, en medio de los campos ahora desiertos, serán un monumento más
glorioso que cuantos ha levantado la vanidad de los conquistadores”.
Acerca de Buenos Aires, dice García que “su grandeza y esplendor son
efimeros, porque no estriban en la tierra, la única capaz de consolidar la
felicidad de un Estado”. “La revolución.., va a poner sus provincias en es-
tado de desplegar cada una las riquezas de su respectivo suelo”. Según su
diagnóstico, la mezcla de chacras y estancias originaba pleitos, además
de la situación irregular de los ocupantes de tierras realengas y los co-
merciantes ambulantes abusadores —en contraste con el labrador, “ver-
dadero ciudadano”—. “Es, pues, indispensable transformar estos hom-
bres en ciudadanos virtuosos, aplicados e industriosos” (Informe 1811:
D. VnXAR: La cuestión india en la memoria elevada por Pedro A. García, noviembre
de ¡811. Santa Rosa, Universidad Nacional de La Pampa, 1987, pp. 4-5.
265 Revista Complutense de Historia de América
l999, 25: 253-280
Pedro Navarro Ebria “Formar patria a hombres que no la tienen - -. - -
261-265). Diez años después, García exponía, como acabamos de ver, la
relación entre “prosperidad pública” y “felicidad individual”, fundadas
ambas en el trabajo de la tierra. En 1823, en su último diario, llamaba a
los labradores y pequeños ganaderos “primeros brazos del Estado” (Dia-
rio 1823: 473).
El proyecto de colonizar fue repetido en múltiples ocasiones por Gar-
cía, siempre en el contexto de una política redistributiva de la tierra
pública por el “gobierno paternal” (Informe 1811: 267) de un Estado ac-
tivo. Aparece mencionada en su primer informe tras la revolución (In-
forme 1810: 57), y al año siguiente proponía su plan de mensurar, entre-
gar tierras, formar pueblos y fijar las fronteras (Informe 1811: 267). A
renglón seguido, García desnudaba su utopía:
“Asegurar para siempre nuestros campos de las incursiones de-
vastadoras de sus bárbaros vecinos, hacer de ellos una misma fami-
lia con nosotros, extender nuestras poblaciones hasta las faldas de
la cordillera famosa de Chile, formar provincias ricas en las pro-
ducciones de los tres reinos de la naturaleza, y dar un vuelo rápido
a nuestro comercio, a nuestra industria, a nuestra agricultura, que
lleven luego la opulencia a nuestra afortunada patria: hacemos ver-
daderamente independientes de las provincias del continente ame-
ricano y de la Europa, por la posesión de las primeras riquezas de
las naciones, he aquí los grandes objetos que se propuso este go-
bierno cuando me confié la comisión del arreglo de fronteras”
(idem, 276-277).
En los dos informes de 1813 se reitera la misma idea de mensurar la
tierra, dividir y repartir, fonnar poblaciones y proveer a su seguridad (In-
forme 1813a: 109). En ambos insistía en la idea de “asegurar para siem-
pre” la campaña, “o sucumbir a las incursiones de un enemigo despre-
ciable que feroz e inhumano nos hace la guerra, es la alternativa en que
nos hallamos: ella es dura, pero no es menos cierta” (Informe 1813b:
123). En 1821 también mencionaba la necesidad de distribuir tierras a los
indigentes de la campaña, desertores, etc., y de arraigar a los blandengues
casados dándoles un solar en que vivir (Informe 1821: 429 y 432).
Una faceta interesante de estos proyectos colonizadores, que nos per-
mitirá compararlos con otros similares pero posteriores, es el lugar que
se le asigna a la población indígena. García insistía, al menos hasta me-
diada la primera década revolucionaria y muy a tono con las manifesta-
Revista Complutense de Historia de América 266
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Ebria ‘Formar patria a hombres que no la tienen~’...
ciones indigenistas de los primeros gobiernos patrios, en la incorporación
de los indios como ciudadanos activos del Estado. Así como en 1811 pe-
día “hacer de ellos una misma familia con nosotros.., miembros útiles del
Estado, que tendrán un mismo idioma, costumbres y religión que noso-
tros” (Informe 1811: 276 y 289), en el plan de fronteras de 1816 concre-
taba mejor esas ideas. En las nuevas poblaciones de frontera:
“Se destinarán tres o más cuadras, para repartir a los indios que
quieran venir a sociedad, y lo mismo terreno para chacras, que estoy
ciel-to se poblarán presto, porque ha sido petición que me han hecho
algunos para cuando llegase este caso,:., y protegiéndolos con es-
mero en sus propiedades, y auxiliándolos para sus labranzas, harán
esos mismos más conversiones que los misioneros de Propagan-
da...” (Plan 1816: 144).
Al comentar esta faceta de su obra, Martínez Sierra señala acertada-
mente la coincidencia de García con Luis de la Cruz, Francisco de Vied-
ma y otros funcionarios ilustrados que habían tratado de cerca a los indí-
genas, en cuanto a que la buena convivencia resultada del trato realizado
por funcionarios honestos y humanitarios12. Un dato más acerca del con-
tenido utópico del proyecto de García, que como toda utopía servida no
como meta sino como hoja de ruta.
Sin embargo, en los documentos ulteriores la idea no se repite: ¿con-
clusiones tomadas de la experiencia de los difíciles años de 1819 en ade-
lante? Es probable, En definitiva, compartimos con Villar la idea de la in-
compatibilidad entre las concepciones de la propiedad de la tierra que
defendían una y otra sociedad, desencuentro que llevaba inevitablemen-
te al desalojo de los indios, que devenían idealmente en sujeto antiutópi-
co u obstáculo13. En la medida en que se afirmara la necesidad de impul-
sar la colonización agrícola, entendida como proceso inseparable
—como se la interpretó hasta fines del siglo XIX— de una aculturación
completa, de una “civilización”, se estaba dejando afuera a quienes no se
mostraban de ninguna manera dispuestos a dejar avasallar su cultura.
¡2 R. MARTÍNEZ SIERRA: El mapa de las Pampas. Buenos Aires, 1975, t. 2, pp. 16-i7. El
autor glosa extensamente el Diario de 1810 (pp. 12-15), varios documentos de García relaciona-
dos con sus gestiones de 1813 (26-27), el Plan de 1816 (47-50), el Informe de 1821 (56-58) y el
Diario dc ¡823 (58-62).
‘ fdem, pp. 8-9 y 5.
267 Revista Complutense de Historia de América
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria “Formar patria a hombres que no la tienen
DE LA POLÍTICA “INTERMEDIA” A LA CONQUISTA ARMADA
Como funcionario heredero de una política colonial que no compar-
tía en su totalidad, y comprometido con la construcción del nuevo orden
estatal derivado de la emancipación, es lógico que las propuestas de Gar-
cía respecto de la frontera fuesen críticas con sus precedentes, al mismo
tiempo que iban puliendo, sobre la marcha —como se fue haciendo todo
en los tiempos de la revolución— el modelo deseado. La asignatura pen-
diente desde la época colonial era la apropiación de la rica tierra de la
Pampa. ¿Cómo era posible que Buenos Aires ocupara prácticamente la
misma franja de territorio, entre el Rio de la Plata y el Salado, que en los
tiempos de la conquista? Esta era la cuestión de fondo. Pero sobre ella
también se recortaban el conjunto de problemas de la campaña que aca-
bamos de recorrer en las palabras de García, la situación real y concreta
de la frontera de la primera década revolucionaria, y la ruptura del frágil
statu quo logrado en 1790 con los indios. La respuesta al problema cer-
cano, era que había que terminar con la frontera —al menos, con esa
frontera y esa problemática—; mientras que la respuesta a la cuestión
más general —la estrategia para la colonización— seguía siendo la mis-
ma: había que avanzar e incorporar tierras nuevas. Pero ¿cómo?
De la crítica a la política de conquista y a la política de trato comer-
cial sin perspectivas de avance, García dedujo una propuesta de “política
de justo medio”, que significase trato pacífico pero firme, sin perder de
vista el propósito de adelantar el límite y controlar esa frontera interme-
dia que constituía el problema más grave, y haciendo uso moderado de la
fuerza cuando fuese necesario. Este esquema lo planteó tanto en 1811 co-
mo en 1816 y en 1823, en circunstancias políticas muy distintas. Al prin-
cipio, hacia hincapié en los factores atractivos para los indios. Afirmaba
que ‘nosotros no podemos tener una garantía segura de las tribus salva-
jes: sus intereses están en contradicción con los nuestros”, y opinaba que
esta circunstancia autorizaba a mantener relaciones de fuerza, salvo con
los “indios amigos”. Sin embargo, también observaba que los indios:
“Desean con ardor muchos de nuestros artículos, y no será difí-
cil que por el estímulo de algunos regalos los decidamos a entrar en
contratas ventajosas... El interés, que los indios conocen y defien-
den, les haráentrar en sociedad... cuando adviertan que las pieles de
su caza, los tejidos ordinarios de su industria, los vellones exquisi-
tos de ovejas, tienen fácil expendio en cambio de los artículos de su
Revista Complutense de Historia de América 268
l999, 25: 253-280
Pedro Navarro floria “Formar patria a hombres que no la tienen”...
lujo o de sus necesidades, se harán más aplicados, estimarán sus re-
laciones, y luego serán unos miembros útiles del Estado, que tendrán
un mismo idioma, costumbres y religión que nosotros” (Informe
1811: 287-289).
Cinco aflos después, y tras criticar las dos metodologías extremas e
irreconciliables aplicadas hasta entonces al trato con los indios, afirmaba
la necesidad de “ponerles un respeto amistoso a los indios, y fin seguro
a su animosidad” (Plan 1816: 134), concluyendo que:
“Nos hallamos en tal situación, que es preciso jugar alternativa-
mente de las dos armas; es decir, que dando un valor que no pueden
tener para con los indios a los sagrados nombres de la amistad y de
la buena fe, debemos decorarías con el respeto de las armas, y nun-
ca hacer uso de ellas, sino en los apurados términos de una agre-
sión”.
A diferencia de las críticas que levantada años después el sistema de
fortines, García no veía por entonces dificultades en reunir y mantener un
ejército capaz de refrenar a los indios (idem, 140-141). Finalmente, en
1823. sostenía la necesidad de reprimir por la fuerza a la “horda desen-
frenada”, manteniendo los buenos términos con los caciques amigos, fie-
les y de buenos sentimientos (Diario 1823: 605).
Identificada la táctica, la metodología, analicemos la estrategia de
más largo alcance. Es decir, la propuesta de ocupar nuevas tierras14. En-
tre la política conservadora de mantener la línea de fortines en el río Sa-
lado o en sus proximidades, y las propuestas de máxima de llevar la fron-
tera al río Colorado o al río Negro —plan que ya había formulado
Sebastián Undiano Gastelú en 1804 y reiterado Francisco Javier Viana en
1815—, García también postuló un “justo medio” apropiado a sus fines.
Si el problema de fondo era la frontera, y ese espacio estaba bastante bien
definido, en lo que hacía a la campaña bonaerense, como la franja inter-
media entre el Salado y las sierras de Tandil y la Ventana, se trataba, en
lo fundamental, de ocupar ese espacio. Es decir, llevar los fortines a las
k BARBA, 1997, pp. 72-77, hace una breve reselia de las propuestas de García de 1810 y
1816, en el contexto de las distintas estrategias de avance. MnTINEZ SmíutA, 1975, con mayor
precisión aún, titula significativamente el capítulo Xl de su obra «Definiendo los caracteres de
una conquista»: se trata de la especificación de las estrategias que llevarían, a partir de 1815, a
concretar progresivamente los objetivos definidos ya en los últimos años de la colonia.
269 Revista Complutense de Historia de América
1999. 25: 253-280
Pedro Navarro Floria - Formar patria a hombres que no la tienen ---
Sierras. Esto pennitiría controlar mejor el paso de los indios hacia las
pulperías y hacia la ciudad, y su regreso, impidiendo los robos de gana-
do (Informe 1810: 55) que se producían, en general, en esa “tierra de na-
die” ocupada por incipientes establecimientos ganaderos pero fuera del
control del Estado. Más adelante, esta idea básica se fue enriqueciendo
hasta formar parte de un plan más extenso, consistente en tratar con los
dos o tres grandes “caciques gobernadores” de la frontera sur. Un trato
con ellos debería buscar fortificar las sierras y la desembocadura del río
Colorado. Desde allí, proponía reconocer el Colorado hasta sus nacien-
tes, por el Desaguadero hasta San Rafael o por el Neuquén hasta la Cor-
dillera, obra “científica, militar y política” que completaría lo iniciado
bajo la administración colonial (Plan 1816: 136-139). Este reconoci-
miento se complementaría con el control de algunos puntos estratégicos:
en 1811 proponía una nueva línea que uniera la desembocadura del Co-
lorado, las Salinas Grandes y San Rafael (Mendoza), y otra en la Cordi-
llera desde el paso del Portillo (a Talca) hasta “las nacientes del río Ne-
gro”, formando un cuadro con el Negro, los Andes y la frontera sur
(Informe 1811: 279-280). La falta de adelantamiento de la frontera de-
mostraba, para él, “nuestro menguado interés en el adelanto de la patria”
(Plan 1816: 132). En sus últimos proyectos, finalmente, García ya pro-
puso claramente una secuencia de avances, con destino final en la Pata-
gonia: se trataba de contener a los indios, inicialmente, en las Salinas
Grandes; poblar Tandil, Laguna Blanca y Cabeza de Buey; prevenir la re-
acción de los indios; impedir el comercio desde los fortines; distribuir
tierras para indigentes, desertores, etc.; desmilitarizar la frontera... (In-
forme 1821: 426-430). Tras su última recorrida de campo, al concluir que
sus informes buscaban “esparcir la luz sobre los ulteriores proyectos de
invasión en el desierto”, García señalaba que tras la fortificación de las
Sierras bonaerenses, en un segundo movimiento, se debía empujar a los
indios más allá del Colorado y del Negro (Diario 1823: 663-670).
La construcción progresiva de esta convicción de que convenía ade-
lantar la frontera lo más lejos posible, teniendo en cuenta que el río Ne-
gro se presentaba entonces como el último obstáculo conocido que sepa-
raba a la inmensa Pampa de la Patagonia ignota, no fue ajena a los
vaivenes del trato fronterizo con los indios y de las polémicas que estos
suscitaron en Buenos Aires.
Haciendo un breve rodeo por la historia económica, recordemos que
tras la caída de Napoleón en 1815 y el cese del bloqueo continental eu-
Revista Complutense de Historia de América 270
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Fío ria “Formar patria a hombres que no la tienen”..
ropeo, se disparó la revolución industrial y los vínculos comerciales se
liberalizaron definitivamente. Esto presionó sobre la demanda de pro-
ductos agropecuarios a nivel mundial. La tensión se hizo sentir, en el
ámbito de nuestro estudio, de ambos lados de la frontera. Los indígenas
de la Pampa y de la Norpatagonia vieron crecer los requerimientos de
ganado de parte del mercado chileno, lo que los empujó a intensificar
la presión sobre las estancias bonaerenses y perfeccionar el funciona-
miento del circuito ganadero que unía ambos extremos del mundo pa-
naraucano. Los hacendados bonaerenses sintieron el incremento de la
demanda de los mercados europeos y norteamericanos con los que es-
taban directamente vinculados, y esto los impelía a buscar más y mejo-
res tierras.
Desde 1816, la provincia venia desarrollando una política expansi-
va de tierras, empujada por el exitoso comercio de cueros y de carne sa-
lada. Al año siguiente fue designado Juan Ramón Balcarce como co-
mandante general de la campaña, y se fundó Dolores. En 1818, cuando
una comisión especial estableció la frontera en Kakelhuincul (200 km.
al sur de la ciudad de Buenos Aires), Francisco Ramos Mejía —desta-
cado como estanciero de excelente relación con los pampas— ya traba-
jaba más allá del Salado y la sociedad formada por Rosas, Terrero y
Cía., prohibida la actividad saladeril en la que se había iniciado, ya se
volcaba a la actividad de cría en la estancia Los Cerrillos, también ocu-
pando mano de obra india. Según Lynch, “Rosas y sus socios acumula-
ban propiedades como operación comercial y aprovechaban toda cir-
cunstancia para comprar más. Especulaban con tierra y con ganado de
acuerdo con el mercado, comprando en momentos en que aumentaba la
presión de los indios y los valores caían”15. Las operaciones especula-
tivas y el uso de la mano de obra indígena hacían que estancieros como
Rosas e incluso Ramos Mejía coaccionaran al gobierno provincial para
mantener una frontera indígena cercana y hasta cierta presión controla-
da de los indios sobre las estancias. En manos de los mismos estancie-
ros quedaría, entonces, la puesta en práctica de una serie de medidas de
ordenamiento de la campaña, decretadas entre 1815 y 1817 a pesar de
las convulsiones políticas internas: la exigencia a los trabajadores rura-
les de papeleta del patrón so pena de ser tenidos por vagos, la intención
(fallida) de reglamentar las concesiones de tierras al sur del Salado, la
5 1. LYNcH: Juan Manuel de Rosas, 1829-1 852. Buenos Aires, Emecé, 1984, Pp. 30-31.
271 Revista Complutense de Historia de América
l999. 25: 253-280
Pedro Navarro Floria “Formar patria a hombres que no ¿a tienen
reorganización de las milicias (cumplida a medias), el restablecimiento
de los blandengues, etc.’6
Para entonces, resultaba evidente que la cuestión agraria bonaerense
—los modos de apropiación y tenencia de la tierra, las condiciones de
trabajo— se había agravado a raíz de las guerras civiles. En este escena-
rio es donde Pedro Andrés García aparece como “un defensor de los in-
tereses del Estado por encima de los intereses privados y de clase”’7. Afi-
nando los conceptos, podríamos decir que García era un auténtico
revolucionario, como lo fueron Belgrano, Castelli y otros hombres de
1810, con sentido del Estado’8. Y esta orientación de su acción por la
utopía de un nuevo Estado que implantara un nuevo orden de cosas, lle-
yaba a García a precisar cada vez mejor sus propuestas para la campaña
y la frontera.
1819 y 1820 fueron los años en que se rompió definitivamente el pre-
cario equilibrio anterior. Primero fue la amenaza realista interna —desde
la montonera de los Carrera— y externa —los proyectos españoles de re-
conquista del Río de la Plata— lo que obligó a Feliciano Chiclana a ce-
lebrar un parlamento, en nombre del Directorio, con los principales caci-
ques de la Pampa, para sostener el apoyo mutuo frente al embate de los
maturrangos. Como sintetizaba un autor, “García en Salinas Grandes,
Chiclana en Leuvucó y don Francisco Ramos Mexía en el sud de la Pro-
vincia de Buenos Aires, iniciaban a los bárbaros [sic] en el camino de la
revolución”, camino que llevó a la paz de 1820 firmada por el goberna-
dor Martin Rodríguez’9.
La oposición de Rosas y otros hacendados a la guerra, como el con-
sejo en contrario de García, no fueron impedimento para que Rodríguez
intentara inútilmente cortar los suministros a los Carrera y atacara por
“ J. C. WALTHER: La conquista del desierto, Síntesis histórica de los princ¡~ales sucesos
ocurridos y operaciones militares realizadas en la Pampa y Patagonia, contra los indios (años
¡527-1885) [19481. Buenos Aires, Eudeba, 1980, pp. 136-140.
“ GELMAN, 1997, p. 36.
8 Desde un punto de vista teórico, no coincido con la postura de Gelman de tratar al re-
volucionario y al «funcionario en busca del Estado» como términos mutuamente excluyentes.
Creo que los auténticos revolucionarios de 1810 fueron ambas cosas a la vez: se rebelaron con-
tra un orden colonial quebrado y en retroceso, que se parecía más a un Estado ausente que a un
Estado opresor, y buscaron construir desde nuevas bases otro orden estatal. Parte de este nuevo
orden era la utop(a agrarista. De todos modos, la dilucidación del sentido de la revolución inde-
pendentista excede en mucho los límites y propósitos de este trabajo.
~ E. ST!EBEN: De Garay a Roca. La guerra con el indio de las Pampas. Buenos Aires,
1941, p. 66.
Revista Complutense de Historia de América 272
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro ¡‘¿oria “Formar patria a hombres que no la tienen
equivocación tanto a los serranos bonaerenses como a los pampas de la
estancia de Ramos Mejía, desatando una sangrienta represalia de mil qui-
nientas lanzas sobre Dolores. La “guerra sin cuartel, despiadada, desas-
trosa, cruel al extremo, que sólo termina en 1883, en el territorio del Neu-
quén... 60 largos años de lucha sin perdón y sin tregua basada en la ley
del Talión.., fue la consecuencia de este error lamentable o de la impo-
tencia del Estado de Buenos Aires”20. Efectivamente, entre las campañas
de Rodríguez y la de Rauch a las Sierras en 1827, se operó la primera eta-
pa del avance militar definitivo sobre el territorio indio: la destrucción y
el desplazamiento hacia el oeste del importante núcleo ganadero indíge-
na del área serrana bonaerense. Con esta pérdida del mejor ámbito pro-
pio de cría, se terminaba de forzar a los pastores pampeanos a buscar la
renovación de sus stocks en las estancias fronterizas. En adelante, los
malones volverían a ser como en el siglo XVIII: estratégicos, masivos, y
organizados como empresa económica colectiva que movilizaba gran
cantidad de hombres y de recursos.
Respondiendo a un oficio del gobierno que lo consultaba acerca de
cómo poner fin a los malones, García manifestaba “lo perjudicial que se-
rá siempre abrir una guerra permanente con dichos naturales, contra quie-
nes parece no puede haber un derecho que nos permita despojarlos con
una fuerza armada sino en el caso de invadirnos... Entre tanto, no me pa-
rece acertada, antes muy perjudicial, la hostilidad arbitraria sobre los in-
dios, porque en estos casos unen sus fuerzas y sufragios contra noso-
tros...”; aconseja mantenerse “en respeto y defensiva” hasta que se pueda
celebrar un parlamento, y recién después hacer propósitos de avanzar (In-
fonne 1820: 153, 156 y 159).
Fue en este contexto que Rosas presentó su segunda memoria al go-
bierno de la Provincia2t, y que García debió actuar como pacificador an-
te los caciques agraviados. Aunque Gelman presenta a ambos en una po-
sición coincidente y amistosa, hasta el punto de que Rosas, en su
campaña de 1833, habría puesto en práctica los proyectos de García22, es
fácil advertir que los propósitos de ambos eran bien distintos y nacían de
diferentes actitudes frente a la realidad de la campaña. La primera dife-
~‘ Idem, pp. 84-85.
21 J~ M. oc Rosxs: «Segunda memoria al gobierno de Buenos Aires» [1821], en A.
SALDIAS: Historia de la Confederación Argentina. Rozas y su ¿poca. Buenos Aires, Lajouane,
1892, t. 1, pp. 307-321.
22 GEut~, 1997, Pp. 39-40 y particularmente la nota 35.
273 Revista Complutense de Historia deAtnérica
1999. 25: 253-280
Pedro Navarro Floria Formar patria a hombres que no la tenen -. -
rencia que salta a la vista, entre las propuestas ya analizadas de avance
fronterizo de García y la de Rosas, es que éste propugnaba el adelanta-
miento de las guardias no más allá de los límites de las estancias exis-
tentes, a fin de que los propios hacendados mantuvieran control sobre
ellas y de que no se privara a sus campos de la mano de obra “pampa”:
“Entre la Sierra y las guardias actuales.., se presenta un campo
inmenso, parte vacío y parte poblado con estancias nuestras. A dis-
tancias proporcionadas en estos campos se encuentran los verdade-
ros puntos que están indicando hasta dónde nos conviene al presen-
te llevar las guardias en la sección del sur, sin alarmar generalmente
a los indios, sin incomodar a los pampas, y sin exponemos a per-
derlo todo por avanzar demasiado la línea fuera de tiempo. Es pues
de necesidad urgente sacar las guardias [más afuera], al paso que es
notable necedad querer llevarlas ahora hasta la Sierra...
¿Cuál es nuestra población para aprovechar ese sobrante in-
menso de campos, que resultaría unútil para estancia y propio para
refugio de ladrones?...
La facultad por lo tanto de sacar prontamente las guardias, ¿a
quiénes podrá mejor confiarse que a los hacendados y labradores?
Ellos que son las víctimas del desorden y de la indefensión en que
se halla la campaña, ellos son los primeros interesados en el pronto
arreglo...”23
De aquí deducía Rosas una fuerte crítica de la opción bélica y la ne-
cesidad de una política defensiva:
“La empresa más riesgosa, peligrosa y fatal, capaz de concluir
con la existencia, con el honor, y con el resto de fortunas, que ha
quedado en la campaña, es la de sostener guerra a los indios, y mo-
ver expedición contra ellos. La guerra, ese azote de la humanidad,
ese mal alguna vez necesario, antes de romperse, o de ejecutarse, de-
be ser el efecto de la más pensada elección entre dos males necesa-
nos, como el menor: debe ser el resultado de una necesidad inevita-
ble, por utilidad y conveniencia de la Provincia.
La guerra no puede hacer refluir sobre la Provincia el menor
bien...
23 ROSAS, 1821, PP. 311-314.
Revista Complutense de Historia de América 274
1999, 25: 253-250
Pedro Navarro Floria “Forrnar patria a hombres que no la tienen
El hecho solo de perpetuar la guerra, el gobierno debe conside-
rarlo un mal gravísimo: los indios acostumbrándose a vivir de la
guerra, formarían escuela militar para ella; y acaso adoptarían el
plan de consumir el poder del ejército por medio de la guerra de re-
cursos... Con la guerra el comercio pierde, la campaña acaba de des-
moralizarse, y la rivalización se fomenta...
Lejos pues de nosotros la ejecución de un proyecto de expedi-
ción: la paz es la que conviene a la Provincia. Unos tratados que la
afianzasen, traerían la civilización, la población y el comercío...
Los indios hasta llegarían a suplir la presente escasez de brazos en
la campaña. En mis estancias Los Cerillos y San Martín tengo al-
gunos peones indios pampas, que me son fieles y son de los me-
jores. . -
Poner por lo tanto las fronteras en un pie brillante de defensi-
va, es hoy lo que necesita la campaña...”24
Es claro, de todos modos, que el destinatario de esta toma de posición
antibelicista no era García sino, en primer lugar, el gobernador Rodrí-
guez, que a principios de ese mismo año 1821 había soliviantado a los
pobladores de la Pampa con su expedición punitiva. Lynch resume la
propuesta de Rosas en “conquista de la zona desocupada entre las estan-
cias y las tolderías; la formación de una milicia regular; pacíficas rela-
ciones con los indios, mediante un sistema de recompensas y obsequios;
un fuerte poder ejecutivo en el sector rural, con poderes extraordinarios
delegados a los estancieros. ~“25, destacando los rasgos que se repetirían
en su estilo de gobierno desde 1829 —y en particular en su política indí-
gena— y en la expedición de 1833. Efectivamente, tanto en 1825 como
en 1828 Rosas hizo gala de su prestigio entre los indios garantizando la
paz con sucesivos gobiernos, y entre los estancieros consiguiendo la fi-
nanciación que permitiría sostener el sistema defensivo26.
~ Idem, PP. 308-3 10.
~> LYNCH, 1984, p. 32.
26 SALDÍAS, 1892,1, PP. 11-17, hace una interesante relación de la vieja prosapia de Rosas
(n. 1793) en relación con los indios: su tío bisabuelo Domingo Ortiz de Rozas, gobernador de
Buenos Aires (1742-1745), donde contuvo a los indios en Luján, y presidente de Chile (1746-
1156), donde ratificó la paz en la frontera sur, fundó colonias y reconstruyó Concepción después
del terremoto de 1751, siendo titulado Conde de Poblaciones; su abuelo materno Clemente Ló-
pez Osomio (muerto por los indios en 1783), hacendado en Rincón de López y constante lucha-
dor de la frontera; y su padre León Ortiz de Rozas (1760-1839), expedicionario con Juan de la
Piedra a Puerto Deseado en 1785, prisionero de los tehuelches y liberado por el recuerdo de su
tío Domingo, hacendado desde 1806 como heredero de los campos de su suegro López.
275 Revista Complutense de Historia de América
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Ebria ‘Formar patria a hombres que no la tienen”...
García, en cambio, tras recorrer los campos arrasados por Rodríguez
y después por el malón de represalia, concluyó en su informe de 1821
que convenía avanzar más allá, pero mareé diferencias llamativas res-
pecto de las propuestas dominantes. En primer lugar, su llamamiento a
desmilitarizar la frontera, en el entendimiento de que “mientras no estén
perfectamente deslindadas las atribuciones de las respectivas jurisdiccio-
nes, política y militar, no podrá hacerse el servicio, como corresponde a
la tranquilidad y adelantamiento de los pueblos”, y acusando al “despo-
tismo militar” de los despojos y ultrajes producidos en la campaña (In-
forme 1821: 430). En segundo lugar —y esto es lo que hace al informe
de 1821, presentado en conjunto con José de la Peña, definitivamente
distinto de los demás— formulando una serie de elementos de teoría eco-
nómica agrarista, en apoyo de una política de paz. García y De la Peña
comienzan afirmando la inutilidad de la guerra permanente desarrollada
hasta 1790, e invocando la autoridad de su propia experiencia, que resu-
mía cuarenta años de observaciones directas por mar y tierra. Según las
ideas económicas expresadas (idem, 415, retomadas en 436-438), la
“prosperidad pública” depende de la población y riqueza de la tierra,
mientras que la “felicidad individual” también depende de la agricultura,
que da trabajo y materias primas para la industria, el comercio y la nave-
gación. Su interpretación de esa experiencia es que, en contraste con los
desastres producidos por las guerras civiles, el comercio fronterizo abier-
to en 1790 permitió la radicación de estancias al sur del Salado y la in-
corporación de indios como peones y como trabajadores en la ciudad
(idem, 418). En definitiva, una encendida defensa del trato pacífico co-
mo actitud básica. De otro modo, no habría sido posible la utopia colo-
nizadora a través de la cual García propuso incorporar a la nueva patria
tanto la tierra como la gente de la Pampa. Sin embargo, y tras pasar por
esta dura experiencia de 1821, la última conclusión de García, como ya
hemos visto, se inclinaba por una política de conquista progresiva pero
inexorable.
Resulta muy interesante constatar el seguimiento del debate que co-
menzó a darse, en 1822, a través de la prensa porteña27. Tanto El Argos
de Buenos Aires como La Abeja Argentina presionaban a los agentes de
la política de fronteras, proponían objetivos y generaban opinión pública
acerca de estos temas. En el primero de los casos, durante la comisión pa-
~‘ Cfr. MARTINEZ SísutA, 1975, t. 2, pp. SS y 77-78.
Revista Complutense de Historia de América 276
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Ebria “Formar patria a hombres que no la tienen
cificadora de García, se presiona para que las tratativas no desembo-
quen en ninguna forma de capitulación, y se publica correspondencia
de Carmen de Patagones avalando la idea de avanzar la frontera hasta
fortificar el paso del Colorado y Choele Choel. El Argos parece así re-
flejar la opinión militarista. En cambio, la serie de artículos publicados
por La Abeja bajo la firma de Vicente López y Planes y con el título de
“Historia de nuestra frontera interior”, como también algún aporte de
Manuel Moreno, respalda la acción diplomática de García y carga las
tintas sobre los estancieros que no proveen a la defensa de sus propias
tierras. También colaboraban en estas columnas Felipe Senillosa y
otros personajes de la ¿lite intelectual rivadaviana que daba vida a la
Universidad de Buenos Aires y que avalaría más tarde con su prestigio
al Salón Literario de la generación del ‘37. En definitiva, en 1822 y
1823, podemos observar un anticipo del importante papel que cumpli-
ría más tarde la prensa escrita en la formación de opinión acerca de la
política indígena.
A la luz de la evolución posterior del problema indígena, resulta
significativo advenir la divergencia que se dio a partir de este momen-
to. En la encrucijada de 1820 fue donde se bifurcaron definitivamente
las tendencias: la opción por la guerra, que entonces encamaba el go-
bernador Rodríguez, representante del “despotismo militar” de Buenos
Aires, o la opción por la conquista gradual y pacífica, con el apoyo de
las armas pero no ofensiva, ideada por García y realizada por Rosas
(aunque ambos coincidían en la estrategia pero divergían profunda-
mente en cuanto al modelo de desarrollo deseado). Tras la caída de Ro-
sas en 1852 y alimentada por la prédica racista de la generación ilus-
trada del ‘37, la opción dominante sería la primera, aunque entonces
fuertemente sostenida por los intereses ganaderos. La constante, prác-
ticamente de la revolución independentista en adelante, fue entonces la
preponderancia de los intereses de los estancieros y del latifundio28. La
variable fue la estrategia.
* * *
28 BARBA, 1997, Pp. 136-143, presenta una buena síntesis acerca de la interesante y per-
manente correspondencia entre los intereses de los grandes propietarios y las políticas de tierra
pública entre la revolución y 1890.
277 Revisto Complutense de Historia de América
l999, 25: 253-280
Pedro Navarro Fiaría “Formar patrio a hombres que no la tienen
Desde algunos estudios anteriores, se ha tomado a Pedro Andrés Gar-
cía y su propuesta colonizadora como precedente de los proyectos de
Sarmiento y de Adolfo Alsina, por ejemplo. Respecto de Sarmiento, po-
demos decir que el sanjuanino mostré desde sus primeros escritos un ce-
rrado antiindigenismo, plenamente alineado con los racismos positivistas
de mediados del siglo. Si bien profundizó y extendió notablemente la
propuesta de la colonización agrícola, y pudo realizar parte de su sueño
desde cargos de gobierno, Sarmiento postulé desde el principio una polí-
tica de reemplazo de población, apoyándose en fundamentos pseudo-
científicos propios de la época.
Un curioso artículo de Francisco Bilbao publicado en Buenos Aires
en 185V~, en el cual el autor, impactado por la actualidad del asunto, co-
mentaba el informe de García de 1811, nos ilustra acerca de la vigencia
que, efectivamente, mantenía su diagnóstico sobre la frontera, pero tam-
bién acerca de cuánto habían cambiado ya las cosas. Al impacto de la
cuestión indígena sobre la defensa del Estado de Buenos Aires, sobre la
seguridad de la campaña y su riqueza, se agregaba ahora su influencia
sobre “el crédito nacional respecto a la Europa, necesario para llamar la
inmigracién”30. Tras constatar el importante aumento de la población ni-
ral y de los recursos para la guerra ocurrido desde entonces, Bilbao con-
dula proponiendo un sistema de colonias agrícolas militares, siguiendo
el modelo sueco, pero sin mencionar siquiera a los indios ni a sus dere-
chos sobre la tierra. Un enfoque que sí resulta interesante en el artículo,
a modo de mirada alternativa a la dominante en su ápoca, es la dura crí-
tica que hace de la carencia de rigor científico de los formadores de opi-
nion: “Aquí el cristianismo del autor está a la altura de la ciencia —
cuánta diferencia, respecto a nuestros diaristas de hoy en día, que se
complacen y aún fomentan el exterminio Más abajo, imputa a la so-
ciedad de mediados de siglo “falta de ciencia y de corazón”3í. Para en-
tonces, efectivamente, la metodología rigurosa aunque frugal de los
científicos de frontera había sido dejada de lado, y se preferían los ar-
gumentos racistas de moda, más funcionales al esquema socioeconomí-
co dominante.
29 F. BILBAO: «La frontera». Revista del Nuevo Mundo (Buenos Aires), 1-2 (l857).
~ p. 257.
p. 259.
Resista Complutense de Historia de América 278
1999, 25: 253-280
Pedro Navarro Floria “Formar patria a hombres que no la tienen
Alsina también constituye un caso cercano a García. Incluso se ha lle-
gado a comparar las estrategias de uno y otro pretendiendo asimilarías32.
Las autoras del trabajo citado afirman que ambos pretendían colonizar
con los indios, y que “era evidente que se trataba de realizar un progra-
ma agrario con la participación del indígena”33, aunque en sus mismas
conclusiones señalan que la inmigración y la colonización fueron las di-
rectrices de la ley 817 de Avellaneda y de los proyectos de la época, que
dieron la tierra “al labrador europeo”34. No se trata de un detalle, sino de
la definición misma del sujeto de proyectos de envergadura. El indige-
nismo de García fue funcional a las medidas y declaraciones de los pri-
meros gobiernos revolucionarios tales como la que consideraba a los in-
dios “vástagos de un mismo tronco... amigos, compatriotas y hermanos”,
o el decreto que incorporé a los auxiliares militares indígenas a los cuer-
pos de españoles amparándose en que “ambos son iguales y siempre de-
bieron serlo”35. En este sentido, también es continuador del discurso co-
lonial que expresaron funcionarios de la frontera como Luis de la Cruz,
destinado a mantener un statu quo que evitaba problemas a ambas partes
sin abandonar el ideal evangelizador y “civilizador” implícito en toda la
política española en América. Pero en García se expresa el giro hacia un
nuevo modo de relación fronteriza, resultante de las convulsiones revo-
lucionarias y que caracterizada el lapso que corre hasta la apropiación
efectiva de la Pampa y la Patagonia por el Estado argentino: la estrategia
conquistadora que se expresaba en la táctica de las alianzas parciales, los
obsequios y el dejarque el tiempo hiciera lo suyo, táctica cuyo mejor ex-
ponente fue, sin duda, Juan Manuel de Rosas.
En definitiva, el análisis de los escritos de Pedro Andrés García y de
su contexto histórico nos ha permitido acceder a la problemática de la
frontera con los indios durante la primera década revolucionaria y hasta
la ruptura del lapso de paz iniciado en 1790. Esta ruptura parece ser fru-
32 Me refiero al trabajo de A. M. GARÚA y N. 1. RODRíGUEz: «El coronel Pedro A. García
y el doctor Adolfo Alsina: una estrategia compartida». Congreso Nacional de Historia sobre la
Conquista del Desierto (Gral. Roca, 1979), Academia Nacional de la Historia Buenos Aires,
ANH, 1980, t. 1.
~ Idem, pp. 191 y 195.
~ Idem, p. 201.
~‘ Ambas son citas de WALTHER, 1980, Pp. 128-129. La primera es de Feliciano Chiclana,
que como presidente interino de la Junta de Gobierno recibió en octubre de 1811 a varios caci-
ques de los que había tratado García en su expedición del año anterior; la segunda es de un de-
creto de junio de 1812.
279 Revista Complutense de Historia de América
1999. 25: 253.280
Pedro Navarro FIarla Formar patria a hombres que no la tienen
to de la presión creciente generada por el avance de las estancias bonae-
renses al sur del Salado. Sin embargo, dentro de este contexto general, y
en el plano de las ideas que sustentaban los distintos modelos de desa-
rrollo propuestos, las estrategias de conquista territorial y las tácticas pa-
ra lograrla, es posible advertir la presencia de un debate centrado en la
encrucijada de principios de la década de 1820. En el nivel de los mode-
los sociocconémicos, la mayor divergencia parece estar entre los proyec-
tos de colonización agrícola guiada por la mano paternal del Estado
(agrarismo de Beigrano, García, etc.) y el afianzamiento de las estancias
como modo de apropiación de la tierra, acompañado de una fuerte dele-
gación de poder en manos de los hacendados (proyecto de Rosas). Uno y
otro modelo coincidían en la estrategia de conquista. Sin embargo, una
nueva discrepancia surgía en el nivel de las tácticas: mientras los exper-
tos en la frontera como García, De la Peña o Rosas preferían un trato fun-
damentalmente pacífico con los indios, que usara moderadamente la
fuerza para la disuasión pero que permitiera el comercio y el uso de ma-
no de obra indígena, en cambio los militares profesionales porteños co-
mo Rodríguez avalaban la guerra. Esta última opción terminaría impo-
niéndose en la segunda mitad del siglo.
Revista Complutense de Historia de América 280
l999, 25: 253-280