Santo Tomás de Aquino
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1. Fundamento metafísico del bien
El pensamiento ético de Santo Tomás de Aquino no puede entenderse sin su
metafísica. Para él, todo lo que existe participa del ser, el cual proviene de Dios, que
es el ipsum esse subsistens, el ser mismo subsistente. En consecuencia, el bien se
identifica con lo que perfecciona el ser, y toda acción humana se juzga buena en la
medida en que orienta al hombre hacia su plenitud. En las criaturas, esencia y
existencia están separadas, lo que las hace contingentes y limitadas. Solo Dios,
cuya esencia es idéntica a su existencia, puede ser considerado el Bien supremo y
el fin último de toda vida moral. De este modo, la ética de Tomás encuentra su raíz
en el orden del ser y en la participación de las criaturas en el bien divino.
2. La ley natural y la razón práctica
La moral en Tomás se funda en la ley natural, entendida como la participación de la
ley eterna de Dios en la criatura racional. Esta ley universal y objetiva es accesible
a la razón humana y se resume en el principio fundamental: “el bien debe hacerse
y buscarse, y el mal debe evitarse”. A partir de este principio, la razón práctica dirige
al hombre a obrar conforme a su naturaleza y a cumplir con sus inclinaciones
básicas: conservar la vida, reproducirse y educar a la descendencia, buscar la
verdad y vivir en comunidad. Así, la ética tomista se apoya en la racionalidad como
capacidad de discernir lo bueno, pero reconoce que este orden moral tiene su origen
en Dios.
3. Las virtudes como camino moral
El perfeccionamiento moral del hombre se alcanza a través de la práctica de las
virtudes. Tomás, siguiendo a Aristóteles, define la virtud como un hábito operativo
bueno que dispone a obrar conforme a la recta razón. Distingue entre virtudes
cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) que perfeccionan las
facultades humanas naturales, y virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) que
son infundidas por Dios y orientan directamente hacia Él. La vida ética, por tanto,
consiste en cultivar estos hábitos para encaminar la libertad hacia el bien verdadero,
integrando la dimensión racional y la dimensión espiritual del ser humano.
4. El fin último del hombre: la bienaventuranza
Para Tomás, todo ser humano actúa en función de un fin, y todos los fines parciales
se subordinan a un fin supremo. Este fin último es la felicidad o bienaventuranza.
Sin embargo, distingue entre una felicidad imperfecta y una felicidad perfecta. La
primera puede alcanzarse en esta vida mediante la contemplación, el ejercicio de la
razón y la práctica de las virtudes, pero resulta incompleta porque se basa en bienes
finitos. La felicidad perfecta, en cambio, consiste en la visión de Dios “cara a cara”
en la vida eterna, algo que trasciende las capacidades de la razón y solo es posible
mediante la gracia divina. De esta forma, la ética de Tomás es teleológica, pues
dirige todas las acciones humanas hacia la consecución de ese fin último.
5. La dimensión teológica de la ética
Aunque la razón humana es capaz de descubrir normas morales y de alcanzar
verdades fundamentales sobre el bien, para Santo Tomás la perfección de la vida
ética requiere de la revelación y la gracia. La fe no destruye la razón ética, sino que
la eleva y la conduce a su culminación. La ética tomista, en consecuencia, no es
autónoma ni meramente racionalista, sino que está integrada en una visión cristiana
de la existencia, en la cual la moralidad se entiende como participación en el orden
divino. El hombre, por tanto, no solo está llamado a obrar conforme a su razón
natural, sino a abrirse al don de la gracia que lo conduce hacia la verdadera felicidad
en Dios.
Así, el pensar ético de Santo Tomás de Aquino puede resumirse como un sistema
en el que la moral humana se basa en la naturaleza racional del hombre, en la
práctica de las virtudes y en la ley natural, pero se completa y perfecciona
únicamente en la dimensión teológica, donde el fin último es la unión con Dios como
bien supremo.
San Agustín de Hipona
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1. Fundamento del pensar ético agustiniano
El reconoce que la verdadera sabiduría no se alcanza únicamente por la razón, sino
también por la fe y la iluminación divina. La filosofía, entendida como amor a la
sabiduría, encuentra su plenitud en el cristianismo, donde Dios se presenta como
fundamento de la verdad y de la felicidad. De este modo, la ética agustiniana tiene
un carácter práctico, pues pretende orientar la vida del ser humano hacia el bien
supremo.
2. La virtud como orden del amor
El núcleo central de la ética agustiniana es el ordo amoris, es decir, el orden del
amor. Para San Agustín, la virtud consiste en amar lo que debe ser amado, en el
grado y en el orden correctos. Las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad)
ocupan el lugar superior, porque orientan directamente hacia Dios, mientras que las
virtudes morales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) regulan la vida humana
y social, pero siempre subordinadas a las primeras. De esta manera, la vida buena
y justa no depende solo de la razón, como sostenían los filósofos griegos, sino de
un amor rectamente ordenado hacia Dios y el prójimo.
3. El amor como fuerza central del alma
San Agustín concibe el amor como el motor del alma y el principio que unifica todas
las acciones humanas. El hombre se define por lo que ama, y su destino moral
depende del objeto de ese amor. En este marco, distingue dos tipos de amor: la
caritas, que es el amor a Dios y al prójimo por Dios, y la cupiditas, que es el amor
desordenado a los bienes temporales y efímeros. La caritas eleva al hombre a la
verdadera felicidad, mientras que la cupiditas lo encadena a la infelicidad y al temor
constante de perder los bienes mundanos. La ética agustiniana, por tanto, consiste
en orientar la voluntad y los afectos hacia la caridad, evitando que la concupiscencia
desordene el amor.
4. Libertad, voluntad y gracia
La libertad ocupa un lugar fundamental en la moral agustiniana. El hombre es libre
de elegir, pero su libertad está debilitada por el pecado original, lo que lo inclina
hacia el mal. De ahí que la gracia divina sea imprescindible: no elimina la libertad,
sino que la sana y la fortalece, permitiendo orientar la voluntad hacia el bien. Para
San Agustín, la verdadera libertad no es simplemente “poder elegir”, sino “no poder
pecar”, es decir, vivir en armonía con el orden del amor y con la voluntad de Dios.
En esta tensión entre libertad humana y gracia divina se enmarca también su
reflexión sobre la predestinación, siempre entendida como presciencia de Dios y no
como negación de la voluntad libre.
5. El problema del mal y la responsabilidad moral
Otro aspecto esencial del pensar ético agustiniano es su explicación del mal. Contra
el maniqueísmo, San Agustín sostiene que el mal no tiene sustancia propia, sino
que es una privación del bien. Sin embargo, el mal moral sí tiene un carácter positivo
en cuanto implica la libre elección de la voluntad que se aparta de Dios. El pecado
surge cuando el hombre desordena el amor, prefiriendo bienes inferiores y
temporales a Dios, que es el bien supremo. Por ello, el hombre es responsable de
sus actos y carga con la obligación moral de ordenar su amor correctamente, con la
ayuda indispensable de la gracia.
6. El fin último: la felicidad en Dios
El destino de la vida moral es alcanzar la beatitudo, la verdadera felicidad, que no
puede hallarse en los bienes efímeros del mundo, sino únicamente en la unión con
Dios. La felicidad consiste en amar y gozar de Dios, el único bien eterno e inmutable
que no puede perderse. Todos los demás bienes son útiles y deben ser amados solo
en la medida en que conducen al hombre hacia Él. En este sentido, San Agustín
distingue entre uti (usar de los bienes temporales) y frui (gozar de Dios por sí
mismo). La vida moral, entonces, es un camino de purificación del amor que
conduce a la unión definitiva con Dios, donde el hombre encuentra la inmortalidad,
la paz y la bienaventuranza eterna.
El pensar ético de San Agustín se centra en la idea de que el hombre es lo que ama,
y su vida moral depende del orden que dé a ese amor. La virtud es ordo amoris, la
libertad necesita de la gracia, y el fin último del hombre es la felicidad en Dios. De
este modo, su ética supera la racionalidad griega al integrar la afectividad, la
voluntad y la fe cristiana en un sistema donde la caridad es la ley suprema.
� Síntesis comparativa (no copiar)
• Agustín: Ética del amor → el hombre es lo que ama; la virtud es ordo amoris;
la libertad necesita de la gracia; la felicidad es amar y gozar de Dios.
• Tomás: Ética del ser y de la razón → el bien perfecciona el ser; la ley natural
y la virtud guían la acción; la gracia eleva la naturaleza; la felicidad suprema
es la visión de Dios.
� En otras palabras: Agustín moraliza el amor, Tomás racionaliza la virtud.
Ambos coinciden en que la gracia y Dios son el fin último, pero llegan allí desde
caminos distintos: la afectividad y la interioridad en Agustín, la razón y la
metafísica en Tomás.
Más simple…
Santo Tomás de Aquino
La vida es como un camino, y en ese camino Santo Tomás explica que todos
caminamos siempre buscando algo: la felicidad.
1. ¿Qué es el bien?
Para Tomás, todo lo bueno es lo que nos ayuda a ser mejores y más completos.
Dios es el Bien más grande porque Él es el ser mismo, el que nos da la vida. Así
que cuando hacemos el bien, en realidad nos vamos acercando a Dios.
2. La ley natural
Dios puso dentro de nosotros una especie de brújula que se llama ley natural. Esa
brújula siempre nos dice: “Haz el bien y evita el mal”. Gracias a ella, sabemos que
debemos cuidar la vida, buscar la verdad, ayudar a los demás y vivir en paz.
3. Las virtudes
Para caminar bien por ese camino, necesitamos practicar ciertas “habilidades” que
Tomás llama virtudes.
• Las cardinales son como las reglas de juego: prudencia (pensar antes de
actuar), justicia (dar a cada uno lo suyo), fortaleza (ser valiente) y templanza
(controlar los deseos).
• Las teologales son regalos que vienen de Dios: fe, esperanza y caridad
(amor).
4. La felicidad verdadera
Aunque podamos sentirnos felices con cosas de este mundo (jugar, comer, tener
amigos), Santo Tomás dice que esa es una felicidad incompleta. La felicidad
perfecta solo se alcanza cuando estamos con Dios para siempre, viéndolo cara a
cara en la vida eterna.
5. La razón y la fe
Tomás también explica que nuestra inteligencia puede ayudarnos a entender qué
está bien y qué está mal, pero para llegar a lo más grande, necesitamos la fe. La fe
es como una escalera que nos permite subir más alto de lo que la razón puede
llegar.
San Agustín de Hipona
El corazón humano puede entenderse como una caja de tesoro en la que se guarda
aquello que más se ama. Para San Agustín, lo que ponemos dentro de esa caja es
lo que nos convierte en lo que somos.
1. El amor es lo más importante
Agustín dice: “El hombre es lo que ama”. Si amamos cosas pasajeras (dinero, fama,
placeres), nuestro corazón se llena de miedo porque esas cosas se pueden perder.
Pero si amamos a Dios y al prójimo, nuestro corazón se llena de alegría que nunca
se acaba.
2. El orden del amor (ordo amoris)
El secreto está en amar en el orden correcto. Primero debemos amar a Dios,
después al prójimo y luego a las demás cosas. Si desordenamos ese amor, aparece
el pecado y nos alejamos de la felicidad.
3. El amor como fuerza central del alma
Agustín usa dos palabritas en latín:
• Caritas: amor bueno, el amor a Dios y al prójimo por Dios.
• Cupiditas: amor malo o desordenado, cuando amamos más lo material que
lo eterno.
El verdadero camino hacia la felicidad es la caritas.
4. La libertad y la gracia
Él dice que somos libres para elegir entre el bien y el mal, pero nuestra libertad está
herida por el pecado. Por eso necesitamos la gracia de Dios, que es como una
medicina que cura nuestro corazón para poder amar bien.
5. El mal
Para Agustín, el mal no es una cosa que exista por sí sola, sino la ausencia de bien.
El mal aparece cuando usamos mal nuestra libertad, cuando elegimos amar lo que
no debemos.
6. La felicidad verdadera
La beatitudo o felicidad plena no se alcanza en los bienes temporales de este
mundo, sino únicamente en la unión definitiva con Dios. Los bienes terrenales (como
las riquezas, los placeres o cualquier posesión material) pueden ser utilizados (uti)
en la medida en que conducen al hombre hacia el fin último, pero solo Dios puede
ser verdaderamente gozado (frui), pues es el único bien eterno e inmutable.
Santo Tomás de Aquino enseña que la práctica del bien conduce al hombre a Dios,
pues en su interior posee una brújula moral —la ley natural— que lo orienta hacia
lo correcto. El perfeccionamiento de la vida ética exige ejercitar las virtudes, del
mismo modo que se fortalecen los músculos con el entrenamiento. Sin embargo, la
felicidad más plena no se encuentra en los bienes efímeros de este mundo, sino en
la unión eterna con Dios, que constituye el fin último del ser humano.
San Agustín de Hipona sostiene que la vida humana depende del modo en que se
ama. Cuando el amor se ordena correctamente —primero hacia Dios y luego hacia
el prójimo—, el hombre alcanza la verdadera felicidad. Sin embargo, dado que la
libertad se encuentra herida por el pecado, resulta indispensable la gracia divina
para orientar rectamente la voluntad. En este sentido, la plenitud de la existencia
consiste en amar y vivir en Dios para siempre.