descubrimiento de las siete ciudades
de cíbola y quivira
Universidad Autónoma de Sinaloa
Dr. Juan Eulogio Guerra Liera
rector
M.C. Jesús Madueña Molina
secretario general
L.A.E. y M.A. Manuel de Jesús Lara Salazar
secretario de administración y finanzas
Dr. Juan Ignacio Velázquez Dimas
secretario académico universitario
M.C. Ilda Elizabeth Moreno Rojas
directora de editorial
Primera edición: junio de 2011
Segunda edición: abril de 2015
D. R. © Ilda Elizabeth Moreno Rojas,
compiladora y directora de la colección
D. R. © Gustavo Aguilar Aguilar,
por el prólogo
D. R. © Universidad Autónoma de Sinaloa
Ángel Flores s/n, Centro, 80000,
Culiacán, Sinaloa
Dirección de Editorial
ISBN: 978-607-737-078-9
Edición con fines académicos, no lucrativos.
Editado e impreso en México
DESCUBRIMIENTO
Obras universales 2
DE LAS SIETE CIUDADES
DE CÍBOLA Y QUIVIRA
Marcos de Niza
Antonio de Mendoza
Francisco Vázquez de Coronado
Compilación de Ilda Elizabeth Moreno Rojas
Prólogo de Gustavo Aguilar Aguilar
universidad autónoma de sinaloa
méxico, 2015
A los lectores
La Universidad Autónoma de Sinaloa se suma a la celebración
del Día Mundial del Libro con la reedición de esta obra. De esta
manera, nuestra institución se propone fomentar en el público
universitario la memoria y la imaginación, como señalara el poe-
ta argentino Jorge Luis Borges acerca del libro, y consciente de
que con ello se logra un entorno más humano, respetuoso y so-
lidario.
Esta obra es un peculiar relato de viaje por el noroeste novo-
hispano que documenta la búsqueda de siete ciudades míticas de
nuestra región. Se trata, por un lado, de una interesante narración
que concentra una visión histórica y geográfica de la época de
la Conquista y, por el otro, de una exploración fascinante que el
lector podrá emprender para reconocer un territorio trazado por
la palabra.
Estos testimonios son, pues, una invitación a conocer el pasa-
do común, las costumbres y la realidad de aquel tiempo, como
una forma de comprender y explicar nuestro presente. Se preten-
de asimismo que este diálogo anime la pasión crítica, fortalezca
los conocimientos y vigorice nuestra cultura y valores.
Dr. Juan Eulogio Guerra Liera
Rector
7
La travesía transoceánica:
historia y mito de Cíbola en la Nueva España
Gustavo Aguilar Aguilar
Después de un largo asedio, Mérida fue conquistada por Muza
ibn Nusair en el año 713. La relevancia que supuso esta victoria
para la expansión islámica en la península ibérica fue mayúscula,
pues implicó por vez primera el establecimiento de una suerte de
contrato social entre conquistadores y dominados, mismo que sir-
vió de base para el establecimiento del dominio en el resto de los
territorios de la cristiandad.1 Este triunfo árabe originó un fuerte
rumor que con el paso del tiempo se constituiría en un mito que
acompañaría a los españoles en la conquista del Nuevo Mundo:
la huida de siete obispos de Mérida que edificaron igual número
de ciudades más allá del Mar Océano,2 «en las que resguardaron
reliquias religiosas y fabulosos tesoros».3
Los nombres de las nuevas ciudades, y la santa cruzada contra
la herejía y la barbarie advertida en los nativos, ilustran la extra-
polación de una visión histórica y mitológica a la nueva realidad
fundada por los españoles en América. Esta concepción expre-
sada en la analogía como sempiterna divisa nos ofrece la clave
interpretativa del proceso de expansión territorial de la Corona
1
Maximiliano Macías Líañez, Mérida. Monumental y artística (bosquejo para
su estudio), Editorial Maxtor, Valladolid, 2008, p. 14.
2
Así era llamado entonces el océano Atlántico.
3
Yuri Leveratto, «La leyenda de las siete ciudades de oro de Cíbola», en http//
www.yurileveratto.com/articolo.php?id=14 (consultado el 21/03/2011).
9
10 la travesía transoceánica
hispánica en la Nueva España y, particularmente, de la búsqueda
de la mítica Cíbola.
Por instrucción del monarca Carlos I, Pánfilo de Narváez par-
tió el 17 de junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda
para conquistar todo el territorio existente desde el río de las Pal-
mas hasta la Florida. En 1528, dicha expedición naufragó en las
costas de Florida y sólo hubo cuatro sobrevivientes: Alvar Núñez
Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Baltasar Doran-
tes de Carranza y un esclavo negro llamado Esteban. El viacrucis
de estos hombres se extendió durante ocho años, pues fue hasta
1536 cuando pudieron entablar nuevamente contacto con españo-
les. Este encuentro tuvo lugar en el río Petatlán.
Pocos días después, ante las autoridades de la Corona españo-
la, Alvar Núñez ofreció testimonio bajo juramento del infortuna-
do destino de la expedición de la que formó parte: la muerte de
su tripulación, los innumerables peligros y la existencia de ricas
ciudades fueron la parte medular del mismo.4 Este hecho sería
el detonante definitivo para que la Corona española organizara
una empresa de gran envergadura en el noroeste y norte novo-
hispano hacia mediados del siglo xvi. De la génesis, desarrollo y
consecuencia de este proceso dan cuenta los tres documentos que
integran el presente volumen.
El 20 de noviembre de 1538, el gobernador de Nueva Galicia,
Francisco Vázquez de Coronado, entregó a fray Marcos de Niza
una instrucción del virrey de la Nueva España, Antonio de Men-
doza. En dicho documento se estipula que el franciscano debía
partir a la Villa de San Miguel, que se ubicaba en la provincia de
Culiacán, y exhortar a los españoles habitantes de esa región a
4
En 1542, Alvar Núñez Cabeza de Vaca fijaría por escrito esa experiencia en
una obra intitulada Naufragios.
gustavo aguilar aguilar 11
que dieran un buen trato a los indígenas; y a estos últimos debía
decirles «que pierdan el temor y conozcan a Dios Nuestro Señor,
que está en el cielo, y al Emperador, que está puesto de su mano
en la tierra para regirla y gobernarla». La alianza entre la Corona
y el clero, es decir, la estrategia conjunta de conquista basada en
lo militar y lo espiritual, en la espada y la cruz, figura al inicio del
documento intitulado «Descubrimiento de las siete ciudades, por
el padre Fray Marcos de Niza».
El otro elemento nodal en el escrito anteriormente mencio-
nado lo constituye la petición a fray Marcos de Niza de que
avanzara tierra adentro, llevando como guía al ya mencionado
esclavo Esteban,5 y de que elaborara un detallado informe de los
recursos naturales de esas tierras y de las relaciones existentes
entre los pueblos que ahí habitaban.
El 7 de marzo de 1539, fray Marcos de Niza parte de la Villa
de San Miguel acompañado de fray Onorato, Esteban y unos po-
cos indígenas liberados para tal empresa. Lo que el franciscano
asienta en la parte primera de su relación se corresponde perfec-
tamente con la solicitud de información del virrey, pero en un
segundo momento, específicamente a su arribo a Vacapa, y tras
recibir la buena nueva de Esteban, quien iba a la cabeza de la ex-
ploración por orden del fraile, tiene una extraña coincidencia:
Y porque me pareció digno de poner en este papel lo que este indio,
que Esteban me envió, dice la tierra, lo quiero hacer, el cual afirma y
dice: que en esta primer provincia hay siete ciudades muy grandes;
todas debajo de un señor, y de casas de piedra y de cal, grandes; las
5
En el documento aparece como Estaban de Dorantes, es decir, se le asigna
una preposición más el apellido de otro de los sobrevivientes de la expedición
de Pánfilo de Narváez: Baltasar Dorantes de Carranza.
12 la travesía transoceánica
más pequeñas de un sobrado y de una azotea encima, y otras de dos
y tres sobrados, y la del señor de cuatro, juntas todas por su orden; y
en las portadas de las casas principales muchas labores de piedras de
turquesas, de las cuales, dijo, que hay en gran abundancia.
Casi al final de su relación, fray Marcos de Niza añadiría otro
elemento a esa imagen:
Solamente vi, desde la boca de la abra [sic], siete poblaciones razona-
bles, algo lejos, un valle abajo muy fresco y de muy buena tierra, de
donde salían muchos humos; tuve razón que hay en ella mucho oro
y que lo tratan los naturales de ella en vasijas y joyas, para las orejas y
paletillas con que se raen y quitan el sudor, y que es gente que no con-
siente que los de esta otra parte de la abra [sic] contraten con ellos.
La larga serie de infortunios, entre los que destaca la muerte
de Esteban, terminarán por completar la historia de este viaje. Sin
embargo, al igual que en el caso de la expedición de Alvar Núñez
Cabeza de Vaca, lejos de mitigar el ánimo de los conquistadores
la relación de fray Marcos de Niza aumentó el interés por descu-
brir, conquistar y pacificar esas tierras, tal y como se constata en el
texto «Asiento y capitulaciones, entre el virrey de Nueva España,
don Antonio de Mendoza, y el adelantado, don Pedro de Alvarado,
para la prosecución del descubrimiento de tierra nueva, hecho por
fray Marcos de Niza», signado el 29 de noviembre de 1540.
Por mar, Hernando de Alarcón y Pedro de Alvarado, gober-
nador de las provincias de Guatemala y Honduras, y por tierra el
gobernador de Nueva Galicia, Francisco Vázquez de Coronado,
fueron enviados por el virrey Antonio de Mendoza a cumplimen-
tar la empresa anteriormente indicada. El resultado de esta expe-
dición se infiere desde el propio título de la relación que Vázquez
gustavo aguilar aguilar 13
de Coronado dirige al monarca español: «Carta de Francisco Váz-
quez de Coronado al Emperador, dándole cuenta de la expedi-
ción a la Provincia de Quivira, y de la inexactitud de lo referido
por fray Marcos de Niza, acerca de aquel país».
Vázquez de Coronado no encontró «oro ni otro metal en toda
aquella tierra; y las demás, de que me dieron relación, no son sino
pueblos pequeños; y en muchos de ellos no siembran ni tienen
casas sino de cueros y cañas, y andan mudándose con las vacas».
Todo el posterior desarrollo de la expansión territorial de la Co-
rona en la Nueva España le concede la razón al gobernador de
Nueva Galicia. Sin embargo, preguntarnos por la distancia his-
tórica que separa la mirada del conquistador de la del clérigo en
modo alguno es ocioso, sino fundamental para entender por qué
fray Marcos de Niza vio lo que Francisco Vázquez de Coronado
no pudo encontrar.
Apuntamos al comienzo de este escrito que la mitología eu-
ropea realizó también la travesía atlántica hacie el Nuevo Mun-
do. Señalamos de forma particular un episodio histórico que se
inscribe en las luchas entre el islam y la cristiandad, y la leyenda
que se forjó a partir de la toma de Mérida por los árabes. Y he-
mos podido apreciar la similitud en el número y riqueza de las
siete ciudades que encontró el franciscano fray Marcos de Niza
en América y las que supuestamente fundaron los obispos de Mé-
rida. Entonces, cabe preguntar: ¿en verdad fray Marcos de Niza
apreció panorámicamente la opulencia y majestuosidad de esas
siete ciudades? Permítasenos formular una hipótesis más que una
respuesta: Francisco Vázquez de Coronado encarnaba el pragma-
tismo del conquistador y por eso no tuvo la fe necesaria para creer
en la existencia de esas ciudades fundadas más allá del Mar Océa-
no; por su parte, fray Marcos de Niza representó en esta empresa
el idealismo puesto al servicio de la reivindicación de la fe católica.
14 la travesía transoceánica
Creemos que ambos libraban batallas distintas, y por tal motivo
uno vio lo que para el otro fue invisible: el órgano que ve es el ór-
gano de la tradición.6
Culiacán, Sinaloa, marzo de 2011.
6
Marshall Sahlins, Islas de historia. La muerte del capitán Cook. Metáfora,
antropología e historia, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 139.
Descubrimiento de las siete ciudades,
por el padre fray Marcos de Niza
Instrucción de don Antonio de Mendoza,
visorrey de Nueva España
Primeramente: luego como llegáredes a la provincia de Culiacán,
exhortaréis y animaréis a los españoles que residen en la Villa de
San Miguel que traten bien los indios que están de paz y no se
sirvan de ellos en cosas excesivas, certificándoles que haciéndolo
así, que les serán hechas mercedes y remunerados por Su Ma-
jestad los trabajos que allá han padecido, y en mí tendrán buen
ayudador para ello; y si hicieren al contrario, que serán castigados
y desfavorecidos.
Daréis a entender a los indios que yo os envío, en nombre de
Su Majestad, para que digáis que los traten bien y que sepan que
le ha pesado de los agravios y males que han recibido; y que de
aquí adelante serán bien tratados, y los que mal les hicieren serán
castigados.
Asimismo les certificaréis que no se harán más esclavos de
ellos, ni los sacarán de sus tierras, sino que los dejarán libres
en ellas, sin hacerles mal ni daño: que pierdan el temor y conoz-
can a Dios Nuestro Señor, que está en el cielo, y al Emperador,
que está puesto de su mano en la tierra para regirla y gobernarla.
Y porque Francisco Vázquez de Coronado, a quien Su Majes-
tad tiene proveído por gobernador de esa provincia, irá con vos
15
16 descubrimiento de las siete ciudades
hasta la Villa de San Miguel de Culiacán, avisarme cómo provee
las cosas de aquella villa, en lo que toca al servicio de Dios Nues-
tro Señor y conversión y buen tratamiento de los naturales de
aquella provincia.
Y si con el ayuda de Dios Nuestro Señor y gracia del Espíri-
tu Santo, halláredes camino para pasar adelante y entrar por la
tierra adentro, llevaréis con vos a Esteban de Dorantes por guía,
al cual mando que os obedezca en todo y por todo lo que vos le
mandáredes, como a mi misma persona; y no haciéndolo así, que
incurra en mal caso y en las penas que caen los que no obedecen
a las personas que tienen poder de Su Majestad para poderles
mandar.
Asimismo lleva el dicho gobernador, Francisco Vázquez, los
indios que vinieron con Dorantes, y otros que se han podido re-
coger de aquellas partes, para que, si a él y a vos os pareciere que
llevéis en vuestra compañía algunos, lo hagáis y uséis de ellos,
como viéredes que conviene al servicio de Nuestro Señor.
Siempre procuraréis de ir lo más seguramente que fuere posi-
ble, e informándoos primero si están de paz o de guerra los unos
indios con los otros, porque no déis ocasión a que hagan algún
desconcierto contra vuestra persona, el cual será causa para que
contra ellos se haya de proceder y hacer castigo; porque de esta
manera en lugar de ir a hacerles bien y darles lumbre, sería al
contrario.
Llevaréis mucho aviso de mirar la gente que hay, si es mucha o
poca, y si están derramados o viven juntos.
La calidad y fertilidad de ella, la templanza de la tierra, los ár-
boles y plantas y animales domésticos y salvajes que hubiere, la
manera de la tierra, si es áspera o llana, los ríos, si son grandes o
pequeños, y las piedras y metales que hay en ella; y de las cosas
marcos de niza 17
que se pudieren enviar o traer muestra, traerlas o enviarlas, para
que de todo pueda Su Majestad ser avisado.
Saber siempre si hay noticia de la costa de la mar, así de la
parte del Norte como de la del Sur, porque podría ser estrecharse
la tierra y entrar algún brazo de mar la tierra adentro. Y si llegá-
redes a la costa de la mar del Sur, en las puntas que entran, al pie
de algún árbol señalado de grande, dejar enterradas cartas de lo
que os pareciere que conviene aviar, y al tal árbol donde queda-
re la carta hacerle alguna cruz porque sea conocido; asimismo
en las bocas de los ríos y en las disposiciones de puertos, en los
árboles más señalados, junto al agua, hace la misma señal de la
cruz y dejar las cartas, porque, si enviare navíos, irán advertidos
de buscar esta señal.
Siempre procuraréis de enviar aviso con indios de cómo os va y
sois recibido y lo que halláredes, muy particularmente.
Y si Dios Nuestro Señor fuese servido que halléis alguna po-
blación grande donde os pareciese que habrá buen aparejo para
hacer monesterio y enviar religiosos que entendiesen en la con-
versión, avisaréis con indios o volveréis vos a Culiacán. Con todo
secreto daréis aviso para que se provea lo que convenga sin alte-
ración, porque, en la pacificación de lo que se hallare, se mire el
servicio de Nuestro Señor y bien de la gente de la tierra.
Y aunque toda la tierra es del Emperador Nuestro Señor, vos en
mi nombre tomaréis posesión de ella por Su Majestad, y haréis las
señales y autos que os pareciesen que se requieren para tal caso;
y daréis a entender a los naturales de la tierra que hay un Dios
en el cielo y el Emperador en la Tierra, que está para mandarla y
gobernarla, a quien todos han de ser sujetos y servir.
Don Antonio de Mendoza.
18 descubrimiento de las siete ciudades
Certificaciones
Digo yo, fray Marcos de Niza, de los Observantes de San Francis-
co, que recibí un traslado de esta instrucción firmada del Ilustrísi-
mo señor don Antonio de Mendoza, visorrey y gobernador de la
Nueva España, la cual me entregó por mandado de Su Santidad y
en su nombre, Francisco Vázquez de Coronado, gobernador des-
ta nueva Galicia; el cual traslado es sacado de esta instrucción
de verbo ad verbum, y con ella corregida y concertada, la cual
dicha instrucción prometo cumplir fielmente y de no ir ni pasar
contra ella ni contra cosa de lo en ella contenido, ahora ni en
ningún tiempo. Y porque así lo guardaré y cumpliré, firmé aquí
mi nombre, en Tonalá, a veinte días del mes de noviembre de mil
y quinientos treinta y ocho años, adonde me dio y entregó en el
dicho nombre la dicha instrucción, que es en la provincia de esta
Nueva Galicia.- Fray Marcos de Niza.
Digo yo, fray Antonio de Cibdad-Rodrigo, fraile de la Orden
de los Menores y ministro provincial que a la sazón soy de la pro-
vincia del Santo Evangelio de esta Nueva España, que es verdad
que yo envié a fray Marcos de Niza, sacerdote, fraile, presbítero y
religioso y en toda virtud y religión tal, que de mí y de mis herma-
nos los definidores diputados para de ellos tomaron consejo en
las cosas arduas y dificultosas, fue aprobado y habido por idóneo
y suficiente para hacer esta jornada y descubrimiento, así por la
suficiencia arriba dicha de su persona, como por ser docto, no
solamente en la teología, pero aun en la cosmografía, en el arte
de la mar; y así consultado y definido que fuese él, fue con otro
compañero, fraile lego, que se llama fray Onorato, por mandato
del señor don Antonio de Mendoza, visorrey de esta dicha Nueva
España; y Su Santidad le dio todo el aparejo y recabo que fue me-
nester para el dicho camino y jornada; y esta instrucción que aquí
marcos de niza 19
está escrita, la cual yo vi y Su Santidad lo comunicó conmigo,
preguntándome lo que de ella me parecía, y pareciéndome bien,
se dio al dicho fray Marcos, por mano de Francisco Vázquez de
Coronado, la cual él recibió sin falta y ejecutó fielmente, como en
efeto ha parecido. Y porque lo sobredicho es así verdad y en ello
no ha falencia ninguna, he escrito esta fe y testimonio y lo firmé
de mi nombre.- Fecha en México, a veinte y seis días de agosto,
año de mil quinientos treinta y nueve.- Fray Antonio de Cibdad-
Rodrigo, ministro provincial.
Relación
Con ayuda y favor de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Seño-
ra, y del seráfico nuestro padre San Francisco, yo, fray Marcos de
Niza, fraile profeso de la Orden de San Francisco, en cumplimien-
to de la instrucción arriba contenida, del Ilustrísimo señor don
Antonio de Mendoza, visorrey y gobernador por Su Majestad de
la Nueva España, partí de la villa de San Miguel, de la provincia
de Culiacán, viernes siete días del mes de marzo de mil quinien-
tos treinta y nueve años, llevando por compañero al padre fray
Onorato y llevando conmigo a Esteban de Dorantes, negro, y a
ciertos indios, de los que el dicho señor Visorrey libertó y compró
para este efecto, los cuales me entregó Francisco Vázquez de Co-
ronado, gobernador de la Nueva Galicia, y con otra mucha canti-
dad de indios de Petateán, y del pueblo que llaman del Cuchillo,
que serán cincuenta leguas de la dicha villa. Los cuales vinieron al
valle de Culiacán, significando gran alegría, por haberles certifi-
cado los indios libertados que el dicho Gobernador envió delante
a hacerles saber su libertad y que no se habían de hacer esclavos
de ellos ni hacerles guerra ni mal tratamiento, diciéndoles que así
20 descubrimiento de las siete ciudades
lo quiere y manda Su Majestad. Y con esta compañía que digo,
tomé mi camino hasta llegar al pueblo de Petateán, hallando en el
camino muchos recibimientos y presentes de comida, rosas y
otras cosas de esta calidad, y casas que me hacían de petates y ra-
mas, en todas las partes donde no había poblado. En este pueblo
de Petateán holgué tres días, porque mi compañero fray Onorato
adoleció de enfermedad, que me convino dejarlo allí; y conforme a
la dicha instrucción, seguí mi viaje por donde me guió el Espíritu
Santo, sin merecerlo yo. Yendo conmigo el dicho Esteban de
Dorantes, negro, y algunos de los libertados y mucha gente de la
tierra, haciéndome en todas partes que llevaba muchos recibi-
mientos y regocijos y arcos triunfales y dándome de la comida
que tenían, aunque poca, porque dicen haber tres años que no
llovía, y porque los indios de aquella comarca más entendían en
esconderse que en sembrar, por temor de los cristianos de la villa
de San Miguel, que hasta allí solían llegarles a hacer guerra y es-
clavos. En todo este camino, que serían 25 o 30 leguas de aquella
parte de Petatean, no vi cosa digna de poner aquí, excepto que
vinieron a mí indios de la isla en que estuvo el Marqués del Valle,
de los cuales me certifiqué ser isla, y no como algunos quieren de-
cir, tierra firme; y vi que de ella pasaban a la tierra firme en balsas,
y de la tierra firme a ella, y el espacio que hay de la isla a la tierra
firme puede ser media legua de mar, poco más o menos. Asimis-
mo me vinieron a ver indios de otra isla mayor que ella, que está
más adelante, de los cuales tuve razón haber otras treinta islas
pequeñas, pobladas de gente y pobres de comida, excepto dos,
que dicen que tienen maíz. Estos indios traían colgadas de la gar-
ganta muchas conchas, en las cuales suele haber perlas; yo les
mostré una perla que llevaba para muestra, y me dijeron que de
aquellas había en las islas, pero yo no les vi ninguna. Seguí mi
camino por un despoblado de cuatro días, yendo conmigo indios,
marcos de niza 21
así de las islas que digo como de los pueblos que dejaba atrás; y al
cabo del despoblado, hallé otros indios, que se admiraron de ver-
me, porque ninguna noticia tienen de cristianos, a causa de no
contratarse con los de atrás por el despoblado. Estos me hicieron
muchos recibimientos, y me dieron mucha comida, y procura-
ban de tocarme en la ropa, y me llamaban Sayota, que quiere de-
cir en su lengua «hombre del cielo», a los cuales, lo mejor que yo
pude, hice entender por las lenguas lo contenido en la instruc-
ción, que es el conocimiento de Nuestro Señor en el cielo y de Su
Majestad en la tierra. Y siempre, por todas las vías que podía,
procuraba de saber tierra de muchas poblaciones y de gente de
más policía y razón que con los que topaba; y no tuve nueva más
de que me dijeron que la tierra adentro, cuatro o cinco jornadas
donde se rematan las cordilleras de las sierras, se hace una abra
llana y de mucha tierra, en la cual me dijeron haber muchas y
muy grandes poblaciones en que hay gente vestida de algodón.
Y mostrándoles yo algunos metales que llevaba para tomar razón
de los metales de la tierra, tomaron el metal de oro y me dijeron
que de aquel hay vasijas entre aquella gente de la abra, y que traen
colgadas de las narices y orejas ciertas cosas redondas de aquel
oro, y que tienen unas paletillas de él, con que raen y se quitan el
sudor. Y como esta abra se desvía de la costa, y mi intención era
no apartarme de ella, determiné dejarla para la vuelta, porque en-
tonces se podría ver mejor. Y así anduve tres días, poblados de
aquella misma gente, de los cuales fui recibido como de los de atrás.
Llegué a una razonable población que se llama Vacapa, donde me
hicieron gran recibimiento y me dieron mucha comida, de la cual
tenían en abundancia, por ser toda tierra que se riega. Hay de esta
población a la mar cuarenta leguas; y por hallarme tan apartado
de la mar y por ser dos días antes de la Dominica de Pasión, de-
terminé estar allí hasta la Pascua, por certificarme de las islas que
22 descubrimiento de las siete ciudades
arriba digo que tuve noticia. Y así envié mensajeros indios a la
mar por tres vías, a los cuales encargué que me trajesen gente de
la costa y de algunas de aquellas islas para informarme de ellos; y
por otra parte envié a Esteban de Dorantes, negro, al cual dije que
fuese por la derrota del Norte, cincuenta o sesenta leguas, para
ver si por aquella vía se podría tener razón de alguna cosa grande
de las que buscábamos; y concerté con él que si tuviese alguna
noticia de tierra poblada y rica que fuese cosa grande, que no
pasase adelante, sino que volviese en persona o me enviase indios
con esta señal que concertamos: que si la cosa fuese razonable,
me enviase una cruz blanca de un palmo; y si fuese cosa grande,
la enviase de dos palmos; y si fuese cosa mayor y mejor que la
Nueva España, me enviase una gran cruz. Y así se partió el dicho
Esteban, negro, de mí, Dominica de Pasión después de comer,
quedando yo en esta población, que digo que se dice Vacapa. Y de
ahí a cuatro días, vinieron sus mensajeros de Esteban con una
cruz muy grande, de la estatura de un hombre; y me dijeron, de
parte de Esteban, que a la hora me partiese en su seguimiento por-
que había topado gente que le daba razón de la mayor cosa del
mundo; y que tenía indios que habían estado en ella, de los cuales
me envió uno. Y este me dijo tantas grandezas de la tierra, que
dejé de creerlas para después de haberlas visto o de tener más
certificación de la cosa; y me dijo que había treinta jornadas, des-
de donde quedaba Esteban hasta la primera ciudad de la tierra,
que se dice Cíbola. Y porque me pareció digno de poner en este
papel lo que este indio, que Esteban me envió, dice de la tierra, lo
quiero hacer, el cual afirma y dice: que en esta primer provincia
hay siete ciudades muy grandes, todas debajo de un señor, y de
casas de piedra y de cal, grandes; las más pequeñas de un sobrado
y una azotea encima, y otras de dos y de tres sobrados, y la del se-
ñor de cuatro, juntas todas por su orden; y en las portadas de las
marcos de niza 23
casas principales muchas labores de piedras turquesas, de las cua-
les, dijo, hay en gran abundancia. Y que las gentes de estas ciuda-
des anda muy bien vestida. Y otras muchas particularidades me
dijo, así de estas siete ciudades como de otras provincias más ade-
lante, cada una de las cuales dice ser mucho más cosa que estas
siete ciudades; y para saber de él cómo lo sabía, tuvimos mu-
chas demandas y respuestas; y hallele de muy buena razón. Di
gracias a Nuestro Señor, diferí mi partida en seguimiento de Es-
teban de Dorantes, creyendo que me aguardaría como concerté
con él, y también porque prometí a los mensajeros que envié a la
mar que los aguardaría; porque siempre propuse de tratar, con
la gente que tratase, mucha vedad. Los mensajeros vinieron día
de Pascua Florida, y con ellos gente de la costa y de dos islas, de
los cuales supe ser las islas, que arriba digo, pobres de comida,
como lo había sabido antes, y que son pobladas de gente; traían
conchas en la frente y dicen que tienen perlas. Certificáronme de
treinta y cuatro islas, cerca las unas de las otras, cuyos nombres
pongo en otro papel, donde asiento el nombre de las islas y pobla-
ciones. La gente de la costa dicen que tiene poca comida, así ellos
como los de las islas, y que se contratan los unos con los otros por
balsas; aquí la costa se va al Norte cuanto más puede. Estos indios
de la costa me trajeron rodelas de cuero de vacas, muy bien labra-
das, grandes, que les cubren de pies a cabeza, con unos agujeros
encima de la empuñadura para poder ver detrás de ellas; son tan
recias que creo que no las pasará una ballesta. Este día me vinie-
ron tres indios, de los que llaman pintados, labrados los rostros y
pechos y brazos; estos están en cerco a la parte del este y llegan a
confinar gente de ellos cerca de las siete ciudades. Los cuales dije-
ron: que me venían a ver porque tuvieron noticia de mí, y entre
otras cosas, me dieron mucha noticia de las siete ciudades y pro-
vincias que el indio de Esteban me dijo, casi por la misma manera
24 descubrimiento de las siete ciudades
que Esteban me le envió a decir; y así despedí la gente de la costa;
y dos indios de las islas dijeron que se querían andar comigo siete
o ocho días. Y con ellos y con los tres pintados que digo, me partí
de Vacapa, segundo día de Pascua Florida, por el camino y derro-
ta que llevaba Esteban, del cual había recibido otros mensajeros,
con otra cruz del tamaño de la primera que envió, dándome prisa
y afirmando ser la tierra, en cuya demanda iba, la mejor y mayor
cosa que jamas se oyó. Los cuales mensajeros, particularmente,
me dijeron sin faltar en cosa punto de lo que dijo el primero; an-
tes dijeron mucho más y me dieron más clara razón. Y así caminé
aquel día, segundo día de Pascua, y otros dos días por las mismas
jornadas que llevó Esteban, al cabo de los cuales topé con la gente
que le dio la noticia de las siete ciudades y de la tierra de delan-
te. Los cuales me dijeron que, de allí, iban en treinta jornadas a la
ciudad de Cíbola, que es la primera de las siete; y no me lo dijo
solo uno, sino muchos; y muy particularmente me dijeron la
grandeza de las casas y la manera de ellas, como me lo dijeron los
primeros. Y decíanme que, además de estas siete ciudades, hay
otros reinos que se llaman Marata y Acus y Totonteac; quise tres
saber a qué iban tan lejos de sus casas, y dijéronme que iban por
turquesas y por cueros de vacas y otras cosas; y de lo uno y de lo
otro tienen en aqueste pueblo cantidad; asimismo quise saber el
rescate con que lo habían, y dijéronme que con el sudor y servicio
de sus personas, que iban a la primera ciudad, que se dice Cíbola,
y que sirven allí en cavar las tierras y en otros servicios, y que les
dan cueros de vacas, de aquellos que allí tienen, y turquesas, por
su servicio. Y estos de este pueblo traen todos turquesas colgadas
de las orejas y de las narices, finas y buenas, y dicen que de ellas
están hechas labores en las puertas principales de Cíbola. Dijé-
ronme que la manera del vestido de los de Cíbola es: unas camisas
de algodón, largas hasta el empeine del pie, con un botón a la
marcos de niza 25
garganta y un torzal largo que cuelga dél, y las mangas de estas
camisas, anchas tanto de arriba como de abajo; a mi parecer es
como vestido bohemio. Dicen que andan ceñidos con cintas de
turquesas, y que encima de estas camisas los unos traen muy bue-
nas mantas y los otros cueros de vacas muy bien labrados, que
tienen por mejor vestido, de que en aquella tierra dicen que hay
mucha cantidad, y asimismo las mujeres andan vestidas y cubier-
tas hasta los pies de la misma manera. Recibiéronme estos indios
muy bien y tuvieron mucho cuidado de saber el día que partí de
Vacapa, para tenerme en el camino comida y aposentos; y traían-
me enfermos a que los curase, y procuraban de tocarme en la
ropa, sobre los cuales yo decía el Evangelio. Diéronme algunos
cueros de vaca, tan bien adobados y labrados que en ellos parecía
ser hechos de hombres de mucha policía, y todos decían que ve-
nían de Cíbola. Otro día seguí mi camino, llevando comigo los
pintados que no me querían dejar. Llegué a otra población, donde
fui muy bien recibido de la gente de ella, los cuales asimismo pro-
curaban de tocarme la ropa, y me dieron noticia de la tierra que
yo llevaba, tan particularmente como los de atrás, y me dijeron
cómo de allí había ido gente con Esteban Dorantes, cuatro o cinco
jornadas; y aquí topé una cruz grande, que Esteban me había de-
jado, en señal de que la nueva de la buena tierra siempre crecía, y
dejó dicho que me dijesen que me diese mucha prisa, que él me
aguardaría al cabo del primer despoblado. Aquí puse dos cruces y
tomé posesión, conforme a la instrucción, porque me pareció ser
aquella mejor tierra que la que quedaba atrás, y que convenía des-
de allí hacer autos de posesión. Y de esta manera anduve cinco
días, hallando siempre poblado y gran hospedaje y recibimiento y
muchas turquesas y cueros de vaca y la misma razón de la tierra;
y luego me decían todos de Cíbola y de aquella provincia, como
gente que sabía que iba en demanda de ella, y me decían cómo Es-
26 descubrimiento de las siete ciudades
teban iba delante, del cual tuve allí mensajeros de los vecinos de
aquel pueblo que habían ido con él, y siempre cargándome la
mano en decir la grandeza de la tierra y que me diese prisa. Aquí
supe que, desde dos jornadas, toparía con un despoblado de cua-
tro jornadas, en que no hay comida, mas que ya estaba prevenido
para hacerme casas y llevarme comida; dime prisa, pensando de
topar al fin con Esteban porque allí me envió a decir que me
aguardaría. Antes de llegar al despoblado topé con un pueblo
fresco, de regadío, a que me salió a recibir harta gente, hombres y
mujeres, vestidos de algodón y algunos cubiertos con cueros de
vacas, que en general tienen por mejor vestido que el de algodón.
Todos los de este pueblo andan encaconados con turquesas que
les cuelgan de las narices y orejas, y a ésta llaman cacona; entre los
cuales venía el Señor deste pueblo y dos hermanos suyos, muy
bien vestidos de algodón, encaconados, y con sendos collares de
turquesas al pescuezo; y me trajeron mucha caza de venados, co-
nejos y codornices, y maíz y piñol, todo en mucha abundancia; y
me ofrecieron muchas turquesas y cueros de vaca, y jícaras muy
lindas y otras cosas, de lo cual no tomé nada porque así lo acos-
tumbro hacer después que entré en la tierra donde no tenían no-
ticia de nosotros. Y aquí tuve la misma relación que antes, de las
siete ciudades y reinos y provincias, que arriba digo que tuve; yo
llevaba vestido un hábito de paño pardo, que llaman de Zaragoza,
que me hizo traer Francisco Vázquez de Coronado, gobernador
de la Nueva Galicia; y el Señor de este pueblo y otros indios ten-
taron el hábito con las manos, y me dijeron que de aquello había
mucho en Totonteac, y que lo traían vestido los naturales de allí,
de lo cual yo me reí, y dije que no sería sino de aquellas mantas de
algodón que ellos traían; y dijéronme: «¿piensas que no sabemos
que eso que tú traes y lo que nosotros traemos es diferente? Sabe que
en Cíbola todas las casas están llenas de esta ropa que nosotros
marcos de niza 27
traemos; mas en Totonteac hay unos animales pequeños, de los
cuales quitan lo con que se hace esto que tú traes». Yo me admiré
porque no había oído tal cosa hasta que llegué aquí, y quíseme
informar muy particularmente de ello, y dijéronme que los ani-
males son del tamaño de dos galgos de Castilla que llevaba Este-
ban; dicen que hay muchos en Totonteac; no pude atinar qué gé-
nero de animales fuese.
Otro día entré en el despoblado, y donde había de ir a comer,
hallé ranchos y comida bastante, junto a un arroyo, y a la noche
hallé casas y así mismo comida, y así lo tuve cuatro días que me
duró el despoblado. Al cabo de ellos, entré en un valle muy bien
poblado de gente, donde en el primer pueblo salieron a mí mu-
chos hombres y mujeres con comida; y todos traían muchas tur-
quesas que les colgaban de las narices y de las orejas; y algunos
traían collares de turquesas, de las que digo que traían el Señor y
sus hermanos del pueblo antes del despoblado, excepto que aque-
llos traían sola una vuelta, y estos traían tres y cuatro, y muy bue-
nas mantas y cueros de vaca; y las mujeres las mismas turquesas
en las narices y orejas; y muy buenas naguas y camisas. Aquí ha-
bía tanta noticia de Cíbola como en la Nueva España de México y
en el Perú del Cuzco; y tan particularmente contaban la manera
de las casas y de la población y calles y plazas de ella, como perso-
nas que habían estado en ella muchas veces, y que traían de allá
las cosas de policía, que tenían habidas por su servicio, como los
de atrás. Yo les decía que no era posible que las casas fuesen de la
manera que me decían, y para dármelo a entender tomaban tie-
rra y ceniza, y echábanle agua; y señalábanme cómo ponían la
piedra y cómo subían el edificio arriba, poniendo aquello y pie-
dra hasta ponerlo en lo alto; preguntábales a los hombres de
aquella tierra si tenían alas para subir aquellos sobrados; reíanse
y señalábanme a escalera, también como la podría yo señalar, y
28 descubrimiento de las siete ciudades
tomaban un palo y poníanlo sobre la cabeza y decían que aquella
altura hay de sobrado a sobrado. También tuve aquí relación del
paño de lana de Totonteac, donde dicen que las casas son como
las de Cíbola y mejores y muchas más, y que es cosa muy grande
y que no tiene cabo. Aquí supe que la casta se vuelve al poniente;
muy de recio, porque hasta la entrada de este primer despoblado
que pasé, siempre la costa se venía metiendo al Norte; y como
cosa que importa mucho volver la costa, quíselo saber, y así fui en
demanda de ella y vi claramente que en los treinta y cinco grados
vuelve al Oeste, de que no menos alegría tuve que de la buena
nueva de la tierra. Y así me volví a proseguir mi camino y fui por
aquel valle cinco días, el cual es tan poblado de gente lúcida, y tan
basto de comida, que basta para dar de comer en él a más de tres-
cientos de caballo; riégase todo y es como un vergel, están los
barrios, a media legua y a cada cuarto de legua, y en cada pueblo
de estos hallaba muy larga relación de Cíbola, y tan particular-
mente me contaban de ella, como gente que cada año van allí a
ganar su vida. Aquí hallé un hombre, natural de Cíbola, el cual
dijo haberse venido de la persona que el Señor tiene allí en Cíbo-
la puesta, porque el Señor de estas siete ciudades vive y tiene su
asiento en alguna de ellas, que se llama Ahacus, y en las otras
tiene puestas personas que mandan por él. Este vecino de Cíbola
es hombre de buena disposición, algo viejo y de mucha más razón
que los naturales de este valle y que los de atrás; díjome que se
quería ir comigo para que yo le alcanzase perdón. Informeme
particularmente de él, y díjome que Cíbola es una gran ciudad, en
que hay mucha gente y calles y plazas, y que en algunas partes de
la ciudad hay unas casas muy grandes, que tienen a diez sobrados,
y que en estas se juntan los principales ciertos días del año; dicen
que las casas son de piedra y de cal, por la manera que lo dijeron
los de atrás, y que las portadas y delanteras de las casas principa-
marcos de niza 29
les son de turquesas; díjome que de la manera de esta ciudad, son
las otras siete, y algunas mayores, y que la más principal de ellas
es Ahacus; dice que a la parte del sureste hay un reino que se lla-
ma Marata, en que solía haber muchas y muy grandes poblacio-
nes, y que todas tienen estas casas de piedra y sobrados, y que
estos han tenido y tienen guerra con el Señor de estas siete ciuda-
des, por la cual guerra se ha disminuido en gran cantidad este
reino de Marata, aunque todavía está sobre sí y tiene guerra con
estos otros. Y así mismo dijo que, a la parte de sureste, está el
reino que llaman de Totonteac; dice que es una cosa, la mayor del
mundo y de más gente y riquezas; y que aquí visten paños de lo
que es hecho esto que yo traigo, y otros más delicados y que se
sacan de los animales que atrás me señalaron, y que es gente de
mucha policía, y diferente de la gente que yo he visto. También
dijo que hay otra provincia y reino muy grande, que se dice Acus,
porque hay Ahacus: y Ahacus, con aspiración, es una de las siete
ciudades, la más principal, y sin aspiración, Acus, es reino y pro-
vincia por sí; díjome que los vestidos que traen en Cíbola son de
la manera que atrás me habían dicho; dice que todos los de aque-
lla ciudad duermen en camas altas del suelo con ropas y toldos
encima, que cubre las camas; díjome que iría conmigo hasta Cí-
bola y adelante, si lo quisiere llevar. La misma relación me dieron
en este pueblo otras muchas personas, aunque no tan particular-
mente. Por este valle caminé tres días, haciéndome los naturales
todas las fiestas y regocijos que podían; aquí en este valle vi más
de dos mil cueros de vacas, extremadamente bien adobados, vi
mucha más cantidad de turquesas y collares de ellas, en este valle,
que en todo lo que había dejado atrás; y todo dicen que viene de
la ciudad de Cíbola, de la cual tienen tanta noticia como yo de lo
que traigo entre las manos; y así mismo la tienen del reino de
Marata, y de Acus y del de Totonteac. Aquí en este valle, me traje-
30 descubrimiento de las siete ciudades
ron un cuero, tanto y medio mayor que de una gran vaca, y me
dijeron que es de un animal que tiene sólo un cuerno en la frente
y que este cuerno es corvo hacia los pechos, y que de allí sale una
punta derecha, en la cual dicen que tiene tanta fuerza que ningu-
na cosa, por recia que sea, deja de romper si topa con ella; y dicen
que hay muchos animales de estos en aquella tierra; la color del
cuero es a manera de cabrón y el pelo tan largo como el dedo.
Aquí tuve mensajeros de Esteban, los cuales de su parte me dije-
ron que iba ya en el postrer despoblado, y muy alegre, por ir más
certificado de las grandezas de la tierra; y me envió a decir que,
desde que se apartó de mí, nunca había tomado a los indios en
ninguna mentira, y que hasta allí todo lo había hallado por la
manera que le habían dicho y que así pensaba hallar lo demás. Y
así lo tengo por cierto porque es verdad que desde el primer día
que yo tuve noticia de la ciudad de Cíbola, los indios me dijeron
todo lo que hasta hoy he visto; diciéndome siempre los pueblos
que había de hallar en el camino y los nombres de ellos; y en las
partes donde no había poblado, me señalaban dónde había de co-
mer y dormir, sin haber errado en un punto, con haber andado
desde la primera nueva que tuve de la tierra hasta hoy, ciento
y doce leguas, que no parece poco digna de escribir la mucha
verdad de esta gente. Aquí en este valle, como en los demás
pueblos de atrás, puse cruces e hice los autos y diligencias que
convenían, conforme a la instrucción. Los naturales de esta villa
me rogaron que descansase aquí tres o cuatro días porque estaba
el despoblado cuatro leguas de aquí; y desde el principio de él
hasta llegar a la ciudad de Cíbola, hay largos quince días de cami-
no; y que me querían hacer comida y aderezar lo necesario para
él. Y me dijeron que con Esteban, negro, habían ido de aquí más
de trescientos hombres acompañándole y llevándole comida, y
que conmigo también querían ir muchos, por servirme y porque
marcos de niza 31
pensaban volver ricos; yo se lo agradecí y les dije que aderezasen
presto, porque cada día se me hacía un año con deseo de ver a
Cíbola. Y así me detuve tres días sin pasar adelante, en los cuales
siempre me informé de Cíbola y de todo lo demás, y no hacía sino
tomar indios y preguntarles aparte a cada uno por sí, y todos se
conformaban en una misma cosa, y me decían la muchedumbre
de gente y la orden de las calles y grandeza de las casas y la mane-
ra de las portadas, todo como me lo dijeron los de atrás. Pasados
los tres días, se juntó mucha gente para ir comigo, de los cuales tomé
hasta treinta principales, muy bien vestidos con aquellos collares
de turquesas, que algunos de ellos tenían a cinco y a seis vueltas;
y con estos tomé la gente necesaria que llevase comida para ellos y
para mí, y me puse en camino. Por mis jornadas, entré en el des-
poblado, a nueve días de mayo, y así fuimos: el primer día, por un
camino muy ancho y muy usado, llegamos a comer a una agua,
donde los indios me habían señalado, y a dormir a otra agua, don-
de hallé casa que habían acabado de hacer para mí y otra que es-
taba hecha donde durmió Esteban cuando pasó, y ranchos viejos
y muchas señales de fuego de la gente que pasaba a Cíbola por
este camino. Y por esta orden caminé doce días, siempre muy
abastado de comidas de venados, liebres y perdices del mismo
color y sabor de las de España, aunque no tan grandes, pero poco
menores. Aquí llegó un indio, hijo de un principal de los que ve-
nían comigo, el cual había ido en compañía de Esteban, negro, y
venía aquejado el rostro y cuerpo, cubierto de sudor, el cual mos-
traba harta tristeza en su persona, y me dijo que, una jornada
antes de allegar a Cíbola, Esteban envió su calabazo, con mensa-
jeros, como siempre acostumbraba enviarlo delante, para que su-
piesen cómo iba; el calabazo llevaba unas hileras de cascabeles y
dos plumas, una blanca y otra colorada; y como llegaron a Cíbola,
ante la persona que el Señor tiene allí puesta, y le dieron el cala-
32 descubrimiento de las siete ciudades
bazo; como lo tomó en las manos y viendo los cascabeles, con
mucha ira y enojo, arrojó el calabazo en el suelo y dijo a los men-
sajeros que luego se fuesen, que él conocía qué gente era aquélla,
que les dijesen que no entrasen en la ciudad, si no que a todos los
matarían; los mensajeros se volvieron y dijeron a Esteban lo que
pasaba, el cual les dijo que aquello no era nada, que los que se
mostraban enojados les recibían mejor; y así prosiguió su viaje
hasta llegar a la ciudad de Cíbola, donde halló gente que no le
consintió entrar dentro, y le metieron en una casa grande que está
fuera de la ciudad, y le quitaron luego todo lo que llevaba, de res-
cates y turquesas y otras cosas que había habido en el camino de
los indios; y que allí estuvo aquella noche sin darle de comer ni
de beber, a él ni a los que con él iban. Y otro día de mañana, este
indio hubo sed y salió de la casa a beber en un río que estaba cer-
ca, y de ahí a poco rato, viendo ir huyendo a Esteban y que iban
tras él gente de la ciudad, y que mataban algunos de los que iban
con él; y que como esto vio, este indio se fue, escondido, río arriba
y después atravesó a salir al camino del despoblado.
Con las cuales nuevas, algunos de los indios que iban comigo
comenzaron a llorar, yo con las ruines nuevas temí perderme, y
no temí tanto perder la vida, como no poder volver a dar aviso de
la grandeza de la tierra, donde Dios Nuestro Señor puede ser tan
servido y su santa fe ensalzada y acrecentado el patrimonio Real
de Su Majestad. Y con todo esto, lo mejor que pude los consolé y
les dije que no se debía de dar entero crédito a aquel indio; y ellos,
con muchas lágrimas, me dijeron que el indio no diría sino lo que
había visto; y así me aparté de los indios, a encomendarme a
Nuestro Señor y a suplicarle guiase esta cosa como más fuese ser-
vido y alumbrase mi corazón; y esto hecho, me volví a los indios
y con un cuchillo corté los cordeles de las petacas, que llevaba de
ropa y rescates, que hasta entonces no había llegado a ello ni dado
marcos de niza 33
nada a nadie, y repartí de lo que llevaba por todos aquellos prin-
cipales, y les dije que no temiesen y que se fuesen comigo; y así lo
hicieron. Yendo por nuestro camino, una jornada de Cíbola, to-
pamos otros dos indios de los que habían ido con Esteban, los
cuales venían ensangrentados y con muchas heridas; y como lle-
garon, ellos y los que venían comigo comenzaron tanto llanto,
que de lástima y temor también a mí me hicieron llorar; y eran
tantas las voces que no me dejaban preguntarles por Esteban, ni
lo que les había sucedido, y roguéles que callasen y supiésemos lo
que pasaba y dijeron: que «¿cómo callarían, pues sabían que de
sus padres, hijos y hermanos, eran muertos más de trescientos
hombres, de los que fueron con Esteban?, y que ya no osarían ir a
Cíbola como solían». Todavía, lo mejor que pude, procuré de
amansarlos y quitarles el temor, aunque no estaba yo sin necesi-
dad de quien a mí me lo quitase; pregunté a los indios, que venían
heridos por Esteban y lo que había pasado, y estuvieron un rato
sin hablar, llorando con los de sus pueblos, y al cabo me dijeron
que como Esteban llegó una jornada de la ciudad de Cíbola, envió
sus mensajeros con su calabazo a Cíbola al Señor, haciéndole sa-
ber su ida, y cómo venía a hacer paces y a curarlos; y como le
dieron el calabazo y viendo los cascabeles, muy enojado arrojó en
el suelo el calabazo y dijo: «yo conozco esta gente, porque estos
cascabeles no son de la hechura de los nuestros, decidles que lue-
go se vuelvan, si no que no quedará hombre de ellos»; y así se
quedó muy enojado. Y los mensajeros volvieron tristes, y no osa-
ban decir a Esteban lo que les acaeció, aunque todavía se lo dije-
ron, y él les dijo: que no temiesen, que él quería ir allá, porque,
aunque le respondían mal, le recibían bien. Y así se fue y llegó a la
ciudad de Cíbola, ya que se quería poner el sol, con toda la gente
que llevaba, que serían más de trescientos hombres, sin otras mu-
chas mujeres; y no les consintieron entrar en la ciudad, sino en
34 descubrimiento de las siete ciudades
una casa grande y de buen aposento que estaba fuera de la ciudad.
Y luego tomaron a Esteban todo lo que llevaba, diciendo que el
Señor lo mandó así; y en toda esa noche [dijeron] no nos dieron
de comer ni de beber. Y otro día, el sol de una lanza fuera, salió
Esteban de la casa, y algunos de los principales con él, y luego
vino mucha gente de la ciudad, y como él los vio echó a huir y
nosotros también; y luego nos dieron estos flechazos y heridas y caí-
mos; y cayeron sobre nosotros otros muertos, y así estuvimos
hasta la noche, sin osarnos menear, y oímos grandes voces en la
ciudad y vimos sobre las azoteas muchos hombres y mujeres que
miraban, y no vimos más a Esteban, sino que creemos que le fle-
charon como a los demás que iban con él, que no escaparon más
de nosotros. Yo, visto lo que los indios decían, y el mal aparejo
que había para proseguir mi jornada como deseaba, no dejé de
sentir su pérdida y la mía, y Dios es testigo de cuánto quisiera
tener a quién pedir consejo y parecer, porque confieso que a mí
me faltaba. Díjeles que Nuestro Señor castigaría a Cíbola y que
como el Emperador supiese lo que pasaba, enviaría muchos cris-
tianos a que los castigasen; no me creyeron porque dicen que na-
die basta contra el poder de Cíbola; pediles que se consolasen y
no llorasen, y consolelos con las mejores palabras que pude, las
cuales sería largo de poner aquí. Y con esto los dejé y me aparté,
un tiro o dos de piedra, a encomendarme a Dios, en lo cual tarda-
ría hora y media; y cuando volví a ellos, hallé llorando un indio
mío que traje de México, que se llama Marcos y díjome, «padre,
estos tienen concertado matarte, porque dicen que por ti y por
Esteban han muerto a sus parientes, y que no ha de quedar de
todos ellos hombre ni mujer que no muera. Yo torné a repartir
entre ellos lo que me quedaba, de ropa y rescates, por aplacarlos,
y díjeles que mirasen que si me mataban, que a mí no me hacían
ningún mal porque moría cristiano y me iría al cielo, y que los
marcos de niza 35
que me matasen penarían por ello porque los cristianos venían en
mi busca, y contra mi voluntad los matarían a todos. Con estas y
otras muchas palabras que les dije se aplacaron algo, aunque to-
davía hacían gran sentimiento por la gente que les mataron. Ro-
gueles que algunos de ellos quisiesen ir a Cíbola, para ver si había
escapado alguno otro indio, y para que supiesen alguna nueva de
Esteban, lo cual no pude acabar con ellos. Visto esto, yo les dije
que, en todo caso, yo había de ver la ciudad de Cíbola, y me dije-
ron que ninguno iría comigo; y al cabo, viéndome determinado,
dos principales dijeron que irían comigo, con los cuales y con mis
indios y lenguas, seguí mi camino hasta la vista de Cíbola, la cual
está asentada en un llano, a la falda de un cerro redondo. Tiene
muy hermoso parecer de pueblo, el mejor que en estas partes yo
he visto; son las casas por la manera que los indios me dijeron,
todas de piedra con sus sobrados y azoteas, a lo que me pareció
desde un cerro donde me puse a verla. La población es mayor que
la ciudad de México; algunas veces fui tentado de irme a ella por-
que sabía que no aventuraba sino la vida, y ésta ofrecí a Dios el
día que comencé la jornada; al cabo temí, considerando mi peli-
gro y que si yo moría no se podría haber razón de esta tierra, que
a mi ver es la mayor y mejor de todas las descubiertas. Diciendo
yo a los principales que tenía conmigo cuán bien me parecía Cí-
bola, me dijeron que era la menor de las siete ciudades, y que
Totonteac es mucho mayor y mejor que todas las siete ciudades y
que es de tantas casas y gente que no tiene cabo. Vista la disposi-
ción de la ciudad, parecióme llamar aquella tierra el nuevo reino
de San Francisco, y allí hice, con ayuda de los indios, un gran
montón de piedra y encima de él puse una cruz delgada y peque-
ña porque no tenía aparejo para hacerla mayor, y dije que aquella
cruz y mojón ponía en nombre de don Antonio de Mendoza, vi-
sorrey gobernador de la Nueva España por el Emperador, nuestro
36 descubrimiento de las siete ciudades
señor, en señal de posesión, conforme a la instrucción; la cual
posesión dije que tomaba allí de todas las siete ciudades y de los
reinos de Totonteac y de Acus y de Marata, y que no pasaba a ellos
por volver a dar razón de lo hecho y visto. Y así me volví, con
harto más temor que comida, y anduve hasta topar la gente que se
me había quedado todo lo más aprisa que pude, los cuales alcancé
a dos días de jornada y con ellos vine hasta pasar el despoblado,
donde no se me hizo tan buen acogimiento como primero, por-
que, así los hombres como las mujeres, hacían gran llanto por la
gente que les mataron en Cíbola. Y con el temor, despedime luego
de aquella gente de aquel valle, y anduve el primer día diez leguas;
y así anduve a ocho y a diez leguas sin parar hasta pasar el segun-
do despoblado. Volviendo, y aunque no me faltaba temor, deter-
miné de allegar a la abra de que arriba digo que tenía razón, don-
de se rematan las sierras; y allí tuve razón que aquella abra va
poblada muchas jornadas a la parte de este, y no osé entrar en ella
porque como me pareció que se había de venir a poblar y seño-
rear esta otra tierra de las siete ciudades y reinos que digo, que
entonces se podría mejor ver, sin poner en aventura mi persona y
dejar por ello de dar razón de lo visto. Solamente vi, desde la boca
de la abra, siete poblaciones razonables, algo lejos, un valle abajo
muy fresco y de muy buena tierra, de donde salían muchos hu-
mos; tuve razón que hay en ella mucho oro y que lo tratan los
naturales de ella en vasijas y joyas para las orejas y paletillas con
que se raen y quitan el sudor, y que es gente que no consiente que
los de esta otra parte de la abra contraten con ellos: no me supie-
ron decir la causa por qué. Aquí puse dos cruces y tomé posesión
de toda esta abra y valle, por la manera y orden de las posesiones de
arriba, conforme a la instrucción. De allí proseguí la vuelta de mi
viaje, con toda la prisa que pude, hasta llegar a la Villa de San
Miguel, de la provincia de Culiacán, creyendo hallar allí a Fran-
marcos de niza 37
cisco Vázquez de Coronado, gobernador de la Nueva Galicia; y
como no lo hallé, proseguí mi jornada hasta la ciudad de Com-
postela, donde le hallé. Y de allí luego escribí mi venida al Ilustrí-
simo señor visorrey de la Nueva España, y a nuestro padre Fray
Antonio de Ciudad-Rodrigo, provincial, y que me enviasen a
mandar lo que hacía. No pongo aquí muchas particularidades
porque no hacen a este caso; solamente digo lo que vi y me dije-
ron por las tierras donde anduve y de las que tuve razón, para
darla a nuestro padre provincial, para que él la muestre a los pa-
dres de nuestra orden, que le pareciese, o en el capítulo por cuyo
mandado yo fui para que la den al Ilustrísimo señor visorrey de la
Nueva España, a cuyo pedimento me enviaron a esta jornada.-
Fray Marcos de Niza, vice-comissarius.
Legalización
En la gran ciudad de Temixtitán, México de la Nueva España, dos
días del mes de setiembre, año del nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo de mil y quinientos treinta y nueve años, ante el muy
Ilustrísimo señor don Antonio de Mendoza, visorrey y goberna-
dor por Su Majestad en esta Nueva España, y presidente de la
Audiencia y Cancillería Real, que en ella reside, estando presentes
los muy magníficos señores, licenciado Francisco de Ceiños, oi-
dor por Su Majestad en la dicha Real Audiencia, y Francisco Váz-
quez de Coronado, gobernador por Su Majestad en la provincia
de la Nueva Galicia, y en presencia de nos Juan Baeza de Herrera,
escribano mayor de la dicha Real Audiencia y de la Gobernación
de la dicha Nueva España, y Antonio de Turcios, escribano de Sus
Majestades y de la dicha Real Audiencia; pareció el muy reveren-
do padre fray Marcos de Niza, vice-comisario en estas partes de
38 descubrimiento de las siete ciudades
las Indias del mar Océano, de la orden de señor San Francisco, y
presentó ante Su Santidad y ante nos los dichos escribanos y tes-
tigos escritos, esta instrucción y relación firmada de su nombre y
sellada con el sello general de las Indias, la cual tiene nueve hojas,
con esta en que van nuestros signos; y dijo y afirmó y certificó ser
verdad lo contenido en la dicha instrucción y relación, y pasar lo
en ella contenido para que Su Majestad sea informado de la ver-
dad de lo que en ella se hace mención. Y Su Santidad mandó a nos
los dichos escribanos, de como así la presentaba y declaraba el
dicho vive-comisario, lo asentásemos al pie de ella y lo diésemos
por fe signado con nuestros signos.- Testigos que a ello fueron
presentes: los susodichos, Antonio de Almagner y fray Martín de
Ozocastro, fraile de la misma orden.- En fe de lo cual, yo el dicho
Juan Baeza de Herrera, escribano susodicho, hice aquí este mío
signo a tal, <†> en testimonio de verdad.- Juan Baeza de Herre-
ra.- Yo el dicho Antonio de Turcios, escribano susodicho, que a
lo que dicho es presente fui, hice aquí este mío signo a tal, <†> en
testimonio de verdad.- Antonio de Turcios.
Asiento y capitulaciones entre el virrey de Nueva
España, don Antonio de Mendoza, y el adelantado,
don Pedro de Alvarado, para la prosecución del
descubrimiento de tierra nueva hecho por fray
Marcos de Niza
En el nombre de Dios, amén: manifiesto sea a todos los que la
presente carta de compañía, asiento y concierto vieren, como en
el pueblo de Tiripitio, de la Nueva España, lunes veintinueve días
del mes de noviembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador
Jesucristo de mil quinientos y cuarenta años; estando presentes
el muy ilustre señor don Antonio de Mendoza, visorrey y gober-
nador por Su Majestad en esta Nueva España, y presidente de
la Audiencia Real que reside en la ciudad de México, y el muy
magnífico señor adelantado: don Pedro de Alvarado, gobernador
por Su Majestad de las provincias de Guatemala y Honduras; y
en presencia de nos Juan de León y Diego de Robledo, escriba-
nos de Sus Majestades, y de los testigos infraescritos, que a ello
fueron presentes; los dichos señores dijeron: que por cuanto Su
Majestad mandó tomar y tomó asiento y concierto con el dicho
señor adelantado, don Pedro de Alvarado, sobre el descubrimien-
to que se ofresció hacer en la Mar del Sur, hacia el poniente, y en
la vuelta que hace la tierra de esta Nueva España, y para saber los
secretos de la costa de ella, como se contiene en el dicho asiento
y capitulación y concierto y capítulos de ella, a que dijeron que se
referían, y habían y hubieron aquí por insertos y escritos, como si
de verbo ad verbum fuese aquí insertos y escritos; en la cual, por
un capítulo de ella, Su Majestad manda que en el dicho descubri-
miento, conquista y pacificación, el dicho señor visorrey tenga la
39
40 asiento y capitulaciones entre el virrey de nueva españa...
tercera parte, conforme a la dicha capitulación, en compañía con
el dicho señor adelantado don Pedro de Alvarado; y en cumpli-
miento de ella, el dicho señor adelantado ha hecho y comenzado
a hacer el dicho viaje con nueve navíos, que al presente tiene
surtos en el puerto de Santiago de Buena Esperanza de Colima,
y una galera y una fusta, y con ellas, una fragata, que está varada
en el puerto de Acapulco, los cuales dichos navíos han nombre:
la capitana nombrada Santiago, otra nombrada San Francisco,
otra nombrada Alvar Núñez, otra nombrada Antón Hernández, otra
nombrada de Figueroa, otra nombrada la Galera, otra la fusta,
otra la fragata, que son todas doce velas, prestas para seguir su
viaje con la buena ventura, marinadas con gente de pie y de ca-
ballo en prosecución del descubrimiento y asiento, que con Su
Majestad así dio. Y el dicho señor visorrey ha enviado a Francisco
Vázquez de Coronado, gobernador y capitán general de la Nueva
Galicia, en nombre de Su Majestad, por tierra, con gente de pie y
de caballo y pertrechos y bastimentos, a traer al servicio de Dios
y de Su Majestad las tierras y provincias y gentes que el padre fray
Marcos de Niza y otros, por Su Señoría enviados, descubrieron y
asimismo a descubrir todo lo que más pudiesen y ponerlo debajo
del dominio y señorío de Su Majestad así mismo envió por mar
al capitán Hernando de Alarcón, con tres navíos y gente bastante
en ellos a descubrir; el cual es ya venido del dicho descubrimiento
que en nombre de Su Majestad hizo, en que ha gastado muchas
sumas de pesos de oro, por lo cual y para lo que en ello ha servido
y sirviere, Su Majestad lo ha escrito que le hará gratificación y
merced conforme a sus servicios, y encargado la prosecución
de la pacificación y descubrimiento de ella. Por tanto, los dichos
señores visorrey y adelantado dijeron: que porque convenía así al
servicio de Dios y de Su Majestad, y por evitar algunos inconve-
nientes, que se podrían seguir si no hubiere acuerdo y concierto
antonio de mendoza 41
entre ellos e hiciesen compañía, hacían e hicieron la dicha com-
pañía, asiento y concierto entre ellos, en la forma siguiente y con
los capítulos y condiciones que de suyo se hará mención:
Primeramente: que el dicho señor visorrey da al dicho señor
adelantado la quinta parte de todos los aprovechamientos que, en
lo que así es ido a pacificar y descubrir el dicho Francisco Váz-
quez de Coronado y capitanes y gente, hubiere, así por mercedes
de Su Majestad, oficios y tenencias, como de los aprovechamien-
tos que en cualquier manera hubiere o tuviere; de todo lo que el
dicho Francisco Vázquez de Coronado hubiere descubierto por
su persona o por sus capitanes y gente, en la conquista de la di-
cha tierra nueva hasta el día de hoy; y así mismo el dicho señor
visorrey da al dicho señor adelantado la quinta parte de todos los
aprovechamientos y mercedes que de Su Majestad y de la tierra,
en cualquier manera hubiere, de lo que por mar y por tierra des-
cubrió el dicho capitán Hernando de Alarcón, con los tres navíos
y gente que el dicho visorrey envió, que al presente están en el
puerto de Acapulco.
Ítem: que de lo que hoy descubrieren o conquistaren o poblaren
o pacificaren el dicho Francisco Vázquez de Coronado y capitanes
y gente de su armada, fuera de lo que hasta el día de hoy tuviere
descubierto, u otro capitán o gente, por mandado del dicho señor
visorrey o en su nombre, además de lo que tienen descubierto
o poblado o pacificado hasta el día de hoy, como dicho es en la
dicha tierra, el dicho señor visorrey ha de dar por bien y da al
dicho señor adelantado la mitad de todos los aprovechamientos
que en ella hubiere y de las mercedes que Su Majestad en ello le
hiciere en cualquier manera, según arriba es dicho, sin que el uno
tenga más que el otro, ni el otro más que el otro, así en los oficios,
tenencias y mercedes, como de los demás aprovechamientos que
en cualquier manera hubiere; y asimismo el dicho señor visorrey
42 asiento y capitulaciones entre el virrey de nueva españa...
da al dicho señor adelantado la mitad de todo lo que descubrie-
ren, de hoy día de la fecha de esta en adelante cualesquier na-
víos suyos; en los parajes y derrotas contenidos en la capitulación
que el dicho señor adelantado tomó con Su Majestad. De todo
lo susodicho, el dicho señor don Antonio de Mendoza, visorrey,
dijo: que, de su propia voluntad, hace donación al dicho señor
adelantado, don Pedro de Alvarado y a sus herederos y sucesores
y a quien del o de ellos hubiere causa y razón; donación pura y
perfecta, y no revocable, ahora y para siempre jamás, por buenas
obras que del dicho señor adelantado ha recibido; así de la cuar-
ta parte, que así le da de lo de la dicha tierra nueva, como de la
mitad, según que en estos dos capítulos se hace mención; y, así
mismo, de los gastos que en lo susodicho el dicho señor visorrey
ha hecho, le hace la dicha donación de todo ello y en recompensa
de la armada y parte de capitulación que el dicho señor adelan-
tado da al dicho señor visorrey, y gastos de ella, como parece por
los capítulos que de suyo se hará mención; y él cede y traspasa
desde ahora la posesión y señorío y propiedad de ello, con todas
las fuerzas y firmezas que puede y de derecho debe.
Y atento lo susodicho, y teniendo respecto que el dicho señor
visorrey da al dicho señor adelantado la dicha cuarta parte de lo
que así Su Majestad le hiciese merced y de los aprovechamientos
e intereses que hubiere en la dicha tierra nueva y en lo que así
descubrió el dicho capitán Alarcón, y la mitad de los aprovecha-
mientos y mercedes, que en cualquier manera hubiere, de lo que
descubrieren, donde hoy día de la fecha de esta en adelante, el
dicho Francisco Vázquez y sus capitanes y gente y navíos, según
se contiene en los capítulos antes de este; que en recompensa de
lo susodicho, el dicho señor adelantado, don Pedro de Alvarado,
ha por bien y le place que así como el dicho señor visorrey tiene
por merced de Su Majestad la tercia parte de su conquista y des-
antonio de mendoza 43
cubrimiento, por la presente, le da al dicho señor don Antonio de
Mendoza, visorrey, la mitad de la dicha capitulación y contrata-
ción y asiento que con Su Majestad tomó; y le hace merced de dar
sobre el dicho descubrimiento de las dichas tierra firme, islas y
costas, según más largamente se contiene en la dicha capitulación
y en todas las demás provisiones y poderes que Su Majestad le
dio, a que dijo que se refería y refirió, y que había aquí por expre-
sadas, como si de verbo ad verbum fuesen escritas; y que hayan y
gocen igualmente en todo lo que se descubriere y conquistare
y pacificare en las dichas tierra firme, islas y costa, en el dicho
asiento y capitulación contenidas sin que el uno tenga más que
el otro, ni el otro más que el otro, así en los oficios, tenencias y
mercedes contenidas en la dicha capitulación como de los demás
aprovechamientos, que en cualquier manera hubiere en lo que
descubriere con la armada que tiene fecha el dicho señor adelan-
tado y el dicho señor visorrey enviare a descubrir por las demar-
caciones, conforme a la dicha capitulación.
Ítem: el dicho señor adelantado, don Pedro de Alvarado, en
recompensa de lo susodicho, da más al dicho señor don Antonio
de Mendoza, visorrey, la mitad de los dichos navíos, galera y fusta
y fragata, que de uso van nombradas con todos los pertrechos,
velas y aparejos, armas y aderezos a ellas pertenecientes, con los
bastimentos, marinados y según y de la manera que el dicho se-
ñor adelantado los tiene en el dicho puerto de Colima y Acapul-
co, que sea la propia suya, como lo es del dicho señor adelantado,
don Pedro de Alvarado. El cual de su propia, libre y espontánea
voluntad sin ser inducido ni apremiado para ello, sino porque así
dijo que le estaba bien y le convenía; dijo que hacía e hizo gracia y
donación al dicho señor visorrey y a sus herederos y sucesores y a
quien del o de ellos hubiere o viere causa y razón, así de la mitad
de la dicha armada, como de lo que dicho es de suyo, en el capí-
44 asiento y capitulaciones entre el virrey de nueva españa...
tulo antes de este; donación pura y perfecta y no revocable, para
ahora y para siempre jamás; por cargos en que dijo ser al dicho
señor visorrey y muchas y muy buenas obras que de él había re-
cibido, que son dignas de mayor remuneración, y por razón de lo
susodicho; y le cedía y cedió y traspasaba y traspasó, desde ahora,
al dicho señor visorrey la posesión y señorío y propiedad de toda
la dicha mitad de sus navíos y armada, que, como dicho es, tiene;
ni más ni menos que él la tiene, como si por mandamiento de
juez competente le fuese dada la posesión de ella; por cuanto él
desde ahora se la cede y trespasa y da por lo susodicho, según que
es declarado con todas las firmezas que puede y de derecho debe,
para que de por medio esté la dicha armada y sea de ambos sin
que el uno tenga más que el otro en ello, para en la dicha compa-
ñía, en cumplimiento de la dicha capitulación, inviarla donde les
pareciere que más convenga, dividida o junta.
Ítem: es condición entre los dichos señores visorrey y adelan-
tado que los gastos que hasta el día de hoy se han hecho en las
dichas sus armadas y en aderezarlas y abastecerlas, así por parte
del dicho señor Visorrey, en lo de la dicha tierra nueva y en los
navíos que envió con el dicho capitán Hernando de Alarcón, y
gastos que el dicho señor adelantado, en hacer y comprar los di-
chos navíos y marinearlos y abastecerlos y con toda la dicha su ar-
mada y gente de ella hasta hoy dicho día, se vayan unos por otros,
de manera que uno al otro ni el otro al otro sea obligado a pagar
ninguna cosa ni parte de ellos, sino que los unos se compensen
con los otros y se vayan unos por los otros, día que el dicho señor
visorrey pida cosa alguna al dicho señor adelantado, ni el dicho
señor adelantado al dicho señor visorrey hasta el día de hoy como
es dicho.
Ítem: que los gastos que donde hoy dicho día en adelante se hi-
cieren, así por mar como por tierra, por parte de los dichos seño-
antonio de mendoza 45
res visorrey y adelantado, sean de por medio y comunes de ambas
partes, y que cada uno haya de pagar y pague la mitad de ellos;
y la orden que en esto se ha de tener sea conforme al concierto y
orden y asiento que sobre ello se diese entre ellos.
Ítem: es condición que esta dicha compañía, asiento y capitu-
laciones de ella, haya de durar y dure por espacio y tiempo de
veinte años, cumplidos, primeros siguientes, los cuales corran y
se cuenten desde hoy de la fecha de esta compañía; y que en este
tiempo los dichos señores visorrey y adelantado y los dichos sus
herederos y quien de ellos hubiere causa y razón, lo han de cum-
plir y guardar y cumplan y guarden, según y de la manera está
especificado y declarado.
Ítem: es condición que, si alguno de los dichos señores visorrey
y adelantado y sus herederos y quien de ellos hubiere causa y ra-
zón quisiere disponer por cualquier vía de la dicha compañía y
de lo que en ella tiene y tuviere, toda o de alguna parte de ella, sea
obligado a requerir al compañero si la quisiere por el tanto; y si
la vendiese sin lo requerir al dicho compañero, que la tal venta
sea en sí ninguna, y la otra parte lo pueda tomar por el tanto, den-
tro de dos meses, primeros siguientes, que vinieren a su noticia.
Ítem: que en esta dicha compañía ninguna de las dichas partes
pueda meter ni meta otro ningún compañero sin consentimiento
de ambos a dos.
Ítem: que se nombre y por la presente se nombra el puerto de
Acapulco, para el cargo y descargo de lo que fuese necesario para
la dicha compañía, hasta que otra cosa parezca.
Ítem: que el cargo y descargo de la susodicha no pueda ser en
otra parte sino en el dicho puerto de Acapulco, y conforme a esto,
se dé la instrucción e instrucciones a los capitanes, que por los
dichos señores fueren nombrados en la dicha armada.
46 asiento y capitulaciones entre el virrey de nueva españa...
Ítem: que el astillero donde se han de hacer los navíos han de
ser en el puerto de Xirabaltique, que es en la provincia de Gua-
temala.
Ítem: que el dicho señor adelantado hará las casas necesarias
para el dicho astillero, en el dicho puerto, y tendrá cargo de ello y
tendrá en él los oficiales que Su Majestad manda en el asiento que
tomó con el dicho señor adelantado.
Ítem: que el dicho señor adelantado dará pez y alquitrán y jar-
cia y carretas y estopa y velas; y desto terná cargo de facer hacer
e hará.
Ítem: que el dicho señor visorrey proveerá y mandará proveer de
clavazón y anclas y cables y botaren y artillería para dicho efecto.
Ítem: que asimismo el dicho señor visorrey ha de mandar y
mandará hacer las casas necesarias para el cargo y descargo, en el
dicho puerto de Acapulco.
Ítem: que todos los gastos, así los que el señor visorrey hiciere
en hacer y mandar hacer lo susodicho, como los que así hicieron
en ello el dicho señor adelantado, sean y han de ser de por medio.
Ítem: que los dichos señores puedan gastar y gasten, cada uno
de ellos en cada un año, hasta mil castellanos de minas en esto sin
consultarlo el uno con el otro; y si más hubieren de gastar, que sea
con consulta y parecer del otro, y de lo que el uno y el otro gastare
haya libro, cuenta y razón, con día, mes y año; y que cada un año
por el mes de diciembre sea obligado a fenecer cuenta de lo que
hubieren gastado, y pagar lo que debiere la una parte a la otra.
Y de esta manera y con estos dichos capítulos, asiento y con-
diciones, los dichos señores don Antonio de Mendoza, visorrey y
adelantado, don Pedro de Alvarado, prometieron, como caballe-
ros, y se obligaron de lo así cumplir y tener y guardar esta dicha
compañía y asiento y concierto, capítulos y condiciones en ella
contenidas, según y de la manera que de suyo va declarado y es-
antonio de mendoza 47
pecificado y en esta escritura se hace mención; y de no ir ni ve-
nir, ellos ni otro por ellos, contra ella, ahora ni en tiempo alguno,
ni por alguna manera durante el tiempo de la dicha compañía,
so pena de cincuenta mil de buena moneda de Castilla, la mitad
para la cámara y fisco de Su Majestad y la otra mitad para la parte
obediente que por ello estuviere y lo guardare y mantuviere; y la
pena pagada o no que todavía sean obligados de guardar y cum-
plir lo contenido en este dicho asiento y compañía, según dicho
es. Y para lo así tener y guardar y cumplir y haber por firme,
dijeron que obligaban y obligaron sus personas y bienes, y asi-
mismo las personas y bienes de los dichos sus herederos y suce-
sores, muebles y raíces, habidos y por haber; y lemas de esto, si lo
así no tuvieren y guardaren y cumplieren, como dicho es, dieron
poder cumplido a todos y cualesquier jueces y justicias de Sus
Majestades, así de la su casa y corte y cancillerías, como de todas
las ciudades, villas y lugares de sus reinos y señoríos, ante quien
esta escritura pareciere e de ella y de lo en ella contenido fuere
pedido y demandado cumplimiento de justicia, para que por to-
dos los remedios y rigores del derecho les constriñan, compelan
y apremien a lo así tener y guardaré cumplir y pagar, hasta que lo
susodicho haya su cumplido y debido efecto, bien así como si así
fuese juzgado como por sentencia definitiva de juez competen-
te, la cual fuese por ellos pedida y consentida y a su pedimento
dada y pasada en cosa juzgada; en razón de lo cual dijeron que
renunciaban cualesquier leyes, fueros y derechos y ordenamien-
tos reales, canónicos y civiles, comunes y municipales, especiales
y generales, y cualesquiera libertades y preminencias y cauciones,
que por ser caballeros de la orden del Señor Santiago les pueden
aprovechar, como en otra cualquier manera, que no les vaya en
esta razón, en juicio ni fuera dél. Y otrosí, dijeron que renuncia-
ban y renunciaron su propio fuero y jurisdición y domicilio, y
48 asiento y capitulaciones entre el virrey de nueva españa...
como dicho es, se sometieron al fuero y jurisdicción real de Sus
Majestades y especialmente dijeron que renunciaban y renuncia-
ron la ley y regla del derecho, en que dizque general renunciación
de leyes fecha no vaya; y además de esto, para mayor abunda-
miento y validación y firmeza de lo susodicho, los dichos señores
don Antonio de Mendoza, visorrey y adelantado, don Pedro de
Alvarado, prometieron y juraron y a Dios y a Santa María, y a las
palabras de los Santos Evangelios, doquier que más largamente
son escritos, y por el hábito del Señor Santiago que en sus pechos
tenían, donde pusieron sus manos derechas e hicieron pleito ho-
menaje como caballeros hijos de algo, una, dos y tres veces; una,
dos y tres veces, una, dos y tres veces, según uso y costumbre y
fuero de España, en manos de don Luis de Castilla, caballero hijo
de algo de la orden del Señor Santiago, que de él recibió de lo así
mantener, guardar y cumplir esta dicha compañía y asiento y
concierto, y capítulos y condiciones en ella contenidos, según que
aquí va especificado y declarado. Y dijeron que consentían y con-
sintieron que de esta escritura y compañía se saque un treslado, o
dos o más, en pública forma para las dichas partes, y signados y
autorizados de nos los dichos escribanos. Lo cual otorgaron ante
nos, como dicho es, que hecho y pasó en el dicho día, mes y año
susodicho, estando en el dicho pueblo de Tiripitio. Testigos, que
fueron presentes a lo que dicho es: el reverendísimo señor don
Francisco Marroquín, primero obispo de Guatemala, y el señor
licenciado Alonso Maldonado, oidor de la Audiencia Real de Su
Majestad y el veedor Peralmíndez Cherino, y Gregorio López y
Hernán Pérez de Vocanegra y Antonio de Zárate, vecinos de la
ciudad de México y estantes en este dicho pueblo. -Don Anto-
nio de Mendoza. El adelantado Alvarado. Por testigo, Episcopus,
Cuahutemallensis. Por testigo, el licenciado Alonso Maldonado,
don Luis de Castilla.
Carta de Francisco Vázquez de Coronado
al Emperador, dándole cuenta de la expedición
a la Provincia de Quivira y de la inexactitud
de lo referido por fray Marcos de Niza acerca
de aquel país
Su Cesárea Católica Majestad
A 20 de abril deste año escribí a Vuestra Majestad de esta pro-
vincia de Tiguex, en respuesta de una letra de Vuestra Majestad
hecha en Madrid a 11 de junio del año pasado, y le di particular
cuenta y razón de esta jornada que el virrey de la Nueva España
me mandó hacer en nombre de Vuestra Majestad a esta tierra que
descubrió fray Marcos de Niza, provincial de la orden de Señor
San Francisco, y de lo que es toda ella y de la calidad de la gente,
como Vuestra Majestad lo habrá mandado ver por mis cartas. Y
que entendiendo en la conquista y pacificación de los naturales
de esta provincia, ciertos indios, naturales de otras provincias
adelante de estas, me habían dado relación que en su tierra había
muy mayores pueblos y casas mejores que las de los naturales de
esta tierra, y que había señores que los mandaban, y que se ser-
vían en vasijas de oro y otras cosas de mucha grandeza. Y aunque,
como a Vuestra Majestad escribí, por ser relación de indios y más
por señas, no les di crédito hasta que por mis ojos lo viese, pare-
ciéndome la relación muy grande y que importaba al servicio de
Vuestra Majestad que se viese, me determiné con la gente que aquí
tengo de irla a ver, y partí de esta provincia, a 23 del mes de abril
pasado, por donde los indios nos quisieron guiar. Y a los nueve
días que caminé, llegué a unos llanos tan grandes que por donde
49
50 carta de francisco vázquez de coronado al emperador...
yo los anduve no los hallé cabo, aunque caminé por ellos más de
300 leguas; y en ellos hallé tanta cantidad de vacas de las que a
Vuestra Majestad escribí que había en esta tierra, que numerarlas
es imposible porque ningún día caminé por los llanos hasta que
volví donde las hallé, que las perdiese. Y a los 17 días de camino,
topé una ranchería de indios que andan con estas vacas, que los
llaman querechos, los cuales no siembran y comen la carne cruda
y beben la sangre de las vacas que matan. Estos adoban los cueros
de las vacas, de que en esta tierra viste toda la gente de ella; tie-
nen pabellones de cueros de vacas adobados y ensebados muy bien
hechos, donde se meten y andan tras las vacas, mudándose con
ellas; tienen perros, que cargan, en que llevan sus tiendas y palos
y menudencias; es la gente más bien dispuesta que yo hasta hoy
he visto en Indias. Estos no me supieron dar razón de la tierra
a donde me llevaban los guías; y por donde me quisieron guiar,
caminé otros cinco días, hasta llegar a unos llanos, tan sin seña
como si estuviéramos engolfados en la mar, donde desatinaron
porque en todos ellos no hay una piedra ni cuesta ni árbol ni mata
ni cosa que lo parezca; hay muchas y muy hermosas dehesas de
buena yerba. Y estando perdidos en estos llanos, ciertos hombres
de caballo, que salieron a caza de vacas, toparon unos indios que
también andaban a caza, los cuales son enemigos de los que topé
en la rachería pasada, y otra nación de gente que se llaman los
teyas, todos labrados los cuerpos y rostros, gente asimismo cre-
cida, de muy buena disposición. También comen estos la carne
cruda como los querechos; viven y andan por la misma manera
que ellos con las vacas. De estos, tuve relación de la tierra donde
me llevaban las guías, que era no como me habían dicho, porque
estos me hicieron en ella las casas de paja y de cueros y no de
piedra y de altos, como me las hacían las guías que llevaba, y en
ellas poca comida de maíz. Y con esta nueva recibí harta pena,
francisco vázquez de coronado 51
por verme en aquellos llanos sin cabo; donde tuve harta necesi-
dad de agua, y hartas veces la bebí, tan mala, que tenía más parte
de cieno que de agua. Allí me confesaron los guías que, en sola
la grandeza de las casas, no me habían dicho verdad porque eran
de paja; que en la muchedumbre de gente y otras cosas de poli-
cía, la decían. Y los teyas estaban contra esto. Y por esta división
que había entre los unos indios y los otros, y también porque ya
había algunos días que mucha de la gente que conmigo llevaba,
no comían sino sólo carne porque se les acabó el maíz que de esta
provincia sacamos, y porque desde donde topé estos teyas hasta
la tierra donde me llevaban las guías, me hacían más de cuarenta
días de camino; aunque se me representó el trabajo y peligro que
en la jornada habría por la falta de aguas y de maíz, me pareció,
por ver si habría en qué servir a Vuestra Majestad, pasar adelante
con solos treinta de caballo hasta llegar a ver la tierra, por hacer
verdadera relación a Vuestra Majestad de lo que en ella viese. Y
envié toda la demás gente, que conmigo llevaba, a esta provincia,
y por caudillo a don Tristán de Arellano; porque según la falta
que habían de aguas, además que habían de matar toros y vacas
con que sustentarse, que no tenía otra comida, era imposible de-
jar de perecer mucha gente, si todos pasaran adelante. Y con so-
los los treinta de caballo, que tomé para mi compañía, caminé 42
días, después que dejé la gente, sustentándonos en todos ellos de
sola la carne que matábamos de toros y vacas a costa de algunos
caballos que nos mataban, porque son, como he escrito a Vuestra
Majestad, muy bravos y fieros animales; y pasando muchos días
sin agua y guisando la comida con freza de vacas, porque no hay
ningún género de leña en todo estos llanos, fuera de los arroyos y
ríos, que hay bien pocos.
Plugo a Nuestro Señor que, al cabo de haber caminado por
aquellos desiertos sesenta y siete días, llegué a la provincia que
52 carta de francisco vázquez de coronado al emperador...
llaman Quivira, donde me llevaban las guías y me habían seña-
lado casas de piedra y de muchos altos; y no sólo no las hay de
piedra, sino de paja, pero la gente de ellas es tan bárbara como
toda la que he visto y pasado hasta aquí, que no tienen mantas ni
algodón de que hacerlas, sino cueros que adoban de las vacas que
matan, porque están poblados en un río bien grande. Comen la
carne cruda, como los querechos y teyas. Son enemigos unos de
otros, pero toda es gente de una manera; y estos de Quivira hacen
a los otros ventaja en las casas que tienen y en sembrar maíz. En
esta provincia, de donde son naturales las guías que me llevaron,
me recibieron de paz, y aunque cuando partí para allá me dijeron
que en dos meses no la acababa de ver toda, no hay en ella, y en
todo lo demás que yo vi y supe, más de veinticinco pueblos de
calles de paja, los cuales dieron la obidiencia a Vuestra Majestad y
se pusieron debajo de su Real señorío. La gente de ellos es crecida
y algunos indios hice medir y hallé que tenían diez palmos de
estatura; las mujeres son de buena disposición, tienen los rostros
más a imagen de moriscas que de indias. Allí me dieron los na-
turales un pedazo de cobre, que un indio principal traía colgado
del cuello; envíolo al visorrey de la Nueva España porque no he
visto en estas partes otro metal sino aquel y ciertos cascabeles de
cobre que le envié y un poquito de metal que parecía oro, que no
he sabido de dónde sale, mas de que creo que los indios que me
le dieron le hubieron de los que yo aquí traigo de servicio, porque
de otra parte yo no le puedo hallar el nacimiento ni sé de dónde
sea. La diversidad de lenguas que hay en esta sierra y haber teni-
do falta de quién los entienda, porque en cada pueblo hablan la
suya, me ha hecho daño porque me ha sido forzado enviar ca-
pitanes y gentes por muchas partes para saber si en esta tierra
habría donde Vuestra Majestad pudiese ser servido; y aunque con
toda diligencia se ha buscado, no se ha hallado ni tenido rela-
francisco vázquez de coronado 53
ción de ningún poblado, sino es de estas provincias, que es harto
poca cosa. La provincia de Quivira está de México novecientas y
cincuenta leguas; por donde yo vine está en cuarenta grados. La
tierra en sí es la más aparejada que se ha visto para darse en ella
todas las cosas de España, porque además de ser en sí gruesa y
negra y tener muy buenas aguas de arroyos y fuentes y ríos, hallé
todas las cosas de España y nueces y uvas dulces y muy buenas
y moras. A los naturales de aquella provincia, y a los demás que
he topado por donde pasé, he hecho todo el buen tratamiento
posible, conforme a lo que Vuestra Majestad tiene mandado; y
en ninguna cosa han recibido agravio de mí ni de los que han
andado en mi compañía. En esta provincia de Quivira me detuve
veinticinco días, así por ver y pasear la tierra, como por haber re-
lación si adelante había alguna cosa en que pudiese servir a Vues-
tra Majestad porque las guías que llevaba me habían dado noticia
de otras provincias adelante de ella. Y la que pude haber es que
no había oro ni otro metal en toda aquella tierra; y las demás de
que me dieron relación no son sino pueblos pequeños, y en mu-
chos de ellos no siembran ni tienen casas sino de cueros y cañas,
y andan mudándose con las vacas. Por manera que la relación
que me dieron fue falsa porque me moviese a ir allá con toda la
gente, creyendo que, por ser el camino de tantos desiertos y des-
poblados y falto de aguas, nos metieran en parte donde nuestros
caballos y nosotros muriéramos de hambre. Y así lo confesaron
las guías, y que por consejo y mandamiento de los naturales de
estas provincias lo habían hecho. Y con esto, después de haber
visto la tierra de Quivira, y habida la relación que arriba digo de
lo de adelante, volví a esta provincia a poner recaudo en la gente
que envié a ella y a hacer relación a Vuestra Majestad de lo que es
aquella tierra, porque viéndola escribí a Vuestra Majestad que se
la haría. Yo he hecho todo lo a mí posible por servir a Vuestra Ma-
54 carta de francisco vázquez de coronado al emperador...
jestad y descubrir tierra, donde Dios Nuestro Señor fuese servido
y ampliado el Real Patrimonio de Vuestra Majestad, como su leal
criado y vasallo; porque desde que llegué a la provincia de Cíbo-
la, a donde el visorrey de la Nueva España me envió en nombre
de Vuestra Majestad, visto que no había ninguna cosa de las que
fray Marcos dijo, he procurado descubrir esta tierra, doscientas
leguas y más a la redonda de Cíbola, y lo mejor que he hallado
es este río de Tiguex en que estoy y las poblaciones de él, que no
son para poderlas poblar, porque además de estar cuatrocientas
leguas de la mar del Norte, y de la del Sur más de doscientas,
donde no puede haber ninguna manera de trato, la tierra es tan
fría, como a Vuestra Majestad tengo escrito, que parece imposible
poderse pasar el invierno en ella porque no hay leña ni ropa con
que se puedan abrigar los hombres, sino cueros de que se visten
los naturales, y algunas mantas de algodón en poca cantidad. Yo
envío al visorrey de la Nueva España relación de todo lo que he
visto en las tierras que he andado; y porque don Gonzalo Pérez
de Cárdenas va a besar las manos a Vuestra Majestad, el cual en
esta jornada ha trabajado mucho y servido muy bien a Vuestra
Majestad y dará razón a Vuestra Majestad de todo lo de acá, como
hombre que lo ha visto, a él me remito.- Y guarde Nuestro Señor
la Su Cesárea Católica persona de Vuestra Majestad, con acrecen-
tamientos de mayores reinos y señoríos, como sus leales criados
y vasallos deseamos.- Desta provincia de Tiguex 20 de octubre
de 1511 años.- Su Cesárea Católica Majestad.- Humilde criado y
vasallo de Vuestra Majestad, que sus Reales pies y manos besa.-
Francisco Vázquez de Coronado.
ÍNDICE
al lector. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
la travesía transoceánica: historia y mito de cíbola
en la nueva españa
Gustavo Aguilar Aguilar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
descubrimiento de las siete ciudades, por el padre fray
marcos de niza
Marcos de Niza. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15
asiento y capitulaciones, entre el virrey de nueva
españa, don antonio de mendoza, y el adelantado,
don pedro de alvarado, para la prosecución
del descubrimiento de tierra nueva, hecho por fray
marcos de niza
Antonio de Mendoza. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
carta de francisco vázquez de coronado al emperador,
dándole cuenta de la expedición a la provincia
de quivira y de la inexactitud de lo referido
a fray marcos de niza acerca de aquel país
Francisco Vázquez de Coronado. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
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Esta segunda edición del número 2 de la colección
Obras Universales, se terminó de imprimir en abril
de 2015 en los talleres de Pandora Impresores,
ubicados en Caña 3657, La Nogalera,
C. P. 44479, Guadalajara, Jalisco.
El tiraje consta de 1000 ejemplares.