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DÍAZ, Rosa. Las Muertas

Libro de poesía
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LAS MUERTAS

(Salmos de la mujer que escribe)

Rosa Díaz
LAS MUERTAS
(Salmos de la mujer que escribe)

Rosa Díaz
© del libro Rosa Díaz
© del prólogo Ángel Prieto de Paula
© de la portada José Javier Lacalle “Laka”
Diseño y maquetación: Pablo Glez, de Langarika
ISBN 978-84-606-8523-4
La publicación original de este libro fue realizada por Zurgai - Poetas por su
pueblo, Bilbao, 2015

Editado por Poesía y Métrica – Blanca Izquierdo Albelda – Cristina Longinotti


ISSN 2660-6224 - Madrid, marzo de 2024
Centro de Investigaciones Estéticas Latinoamericanas - Universidad de Chile
PRÓLOGO

Rosa Díaz y la flor del desierto

Escribo estas líneas después de haber leído a Rosa Díaz de arriba


abajo, o si se quiere desde su primer libro al último, pero sin haber
cruzado con ella una palabra acerca de la obra que prologo, como si
asumiéramos que otra cosa supondría, en su caso, condicionarme a la
hora de escribir este preámbulo, y en el mío atentar contra su pudor
de poeta que dice cuanto tiene que decir en su poesía, pero solamente
en ella. Así que no me asiste información alguna de la autora más allá
de sus versos, lo que me hace sentir como un lector que otea, sin lazarillo
o cicerone, mundos y almas que me conciernen extrañamente.

En su centro está la palabra de Rosa como una flor en el desierto —il


fiore del deserto, por recordar al gran Leopardi— que aroma y salva, y
que da testimonio de su pujanza con la fragilidad y la caducidad en que
se asienta su belleza.

Al lector que comience el libro por estas palabras, contraviniendo


el consejo ya tópico de “saltarse el prólogo” que dan incluso los propios 3
prologuistas, lo pondré en situación con un par de anotaciones
que acaso le ayuden en la lectura: la primera, acerca del título, Las
muertas, y su función vertebradora a lo largo del libro; la segunda,
sobre la disposición de los poemas, concebidos como una secuencia
salmódica e iterativa de tonos bíblicos (lo que, por cierto, se plasma en
el subtítulo: Salmos de la mujer que escribe).

Sobre el título, creo que hay una explicación más o menos convincente,
aunque no parece llenarlo todo. Cabría decir que ese título
taxativo y escueto es una extensión analógica del título del tercer poema
(“De las muertas”), composición donde la autora apela a las muchas
mujeres que han muerto, asesinadas he de entender, a manos de
los hombres que habían de protegerlas, acompañarlas, amarlas. Pero
hay más, y de ahí que hablara de la insatisfacción de esta explicación
primaria. En su conjunto el libro, constituido por una docena de poemas
formulados desde un punto de vista ginocéntrico y alusivos a las
diversas mujeres del mundo, está signado por la muerte: junto a la de la
mujer asesinada por el hombre, la de la anciana que, en compañía del
nieto, ha recorrido cuarteles, visitado aduanas y atravesado destacamentos
militares exhibiendo la foto del hijo de cuyo paradero solicita
noticia; o, ante los conciertos burocráticos de la humanidad, la de “la
niña bomba [que] contagia su muerte alrededor de los comercios y
los supermercados”... Una cadena de muertes nos sitúa frente a un
espejo que devuelve nuestro rostro en el que se registran el estupor y
el espanto..., y algunas veces una recóndita alegría, pues aunque muchas
de las almas que vivaquean por estas páginas están señaladas por el
dolor y la miseria, otras —y a veces ellas mismas— se hallan cerca del
fulgor de lo primitivo, de la plenitud de los orígenes y del lugar ameno
donde se fundó la vida.

El segundo rasgo al que me refería, relativo a la condición salmódica


de estos poemas, es más que una marca de estilo. Y ello sin
desdeñar el estilo, que se ve afectado por la recursividad y el balanceo
—avance y recurrencia, progreso y reiteración— de versículos y
sartas de letanía que van enhebrando el texto poético, con fórmulas
en las que resuenan los libros salmódicos, sapienciales o apocalípticos
de la Biblia. Pero, además del estilo, interesa notar cómo estos procedimientos
discursivos están puestos al servicio de las impetraciones,
las plegarias que se lanzan al aire o a la divinidad, los efluvios del alma
como una melopea que salta de lo telúrico (porque estos son poemas
terrenales) a lo onírico (pues en ellos, también, baten alas los sueños).

4
Es así como se articula la llamada espiritual de Rosa Díaz; una llamada
que concuerda con la idea spinoziana a la que en alguna poética se ha
referido la autora, donde confluyen inteligencia, sentido y verdad.
Todo ello se pone en pie en las conturbadoras estampas que
remiten, en buena medida, a aquellos territorios en que se radican las
historias bíblicas, cuyo rezumo viene hasta nuestros días y se manifiesta
en las luchas étnicas, el despojamiento de la tierra, la vida precaria
en los campamentos de refugiados, las persecuciones y los odios seculares,
las termitas de la violencia como una regurgitación contemporánea
de antiguas maldiciones. En más de una ocasión asoma la
estambre mitológica de la mujer con alcuza de Dámaso Alonso, subida
en un vagón desbocado que no para en ningún sitio y la conduce a
un destino incógnito (“Hasta la muchacha con alcuza / que corre a su
vejez en trenes despiadados”): un emblema inquietante del enigma de
la existencia.

Esta poeta, que ha afirmado de sí misma que no ha tenido nunca


“patria ni rey ni paraíso”, se siente sin embargo vinculada a la humanidad
doliente, siempre desde una perspectiva inclusiva de mujer; y a
la vida originaria y plena que se expresa en los restos de civilizaciones
barridas por el tsunami noroccidental, la globalización, la tecnolatría.
Por eso hay poemas que, entre los cascotes y las ruinas, nos muestran
los remanentes de la dignidad ante el avance de las hordas deshumanizadoras.
Por un lado, los hombres: “Ellos nacieron nómadas. Pastorean
los yaks. / Buscan los pastizales de la supervivencia”. Junto a ellos, acunando
el mundo en sus brazos, ellas: “Escucharon los pasos de la nieve,
el soplido del viento, / el crecimiento de la hierba y el rumiar de sus
animales. / Secaron las boñigas y encendieron la estufa. / Asumieron
la disciplina de ordeñar. / Huelen a leche rosa, a misteriosa ubre: / sus
manos son el mundo”.

Los poemas de este libro conjuntan su contenido histórico, el


mismo que recogía temáticamente la vieja poesía social o civil cuando
se pronunciaba sobre los males evitables, con un aire mitológico que
parece provenir de la poesía protohistórica, esa que, en un tiempo
fundacional y cíclico, brotó en labios que imploran, invocan, agradecen,
musitan. En medio de un desierto de conflagraciones e infortunios, estos
versos se alzan, y volvemos al comienzo, como una flor —una rosa,
en el caso de Rosa— que exhala belleza y misericordia.

Ángel L. Prieto de Paula


10

5
Vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Francisco de Quevedo
1
1

6
El día transmite el mensaje al día,
y la noche a la noche pasa la noticia

Salmos, 19,2

7
DE LAS QUE TEJÍAN LA FELICIDAD

A Antonio Rivero Taravillo

He apagado mis ojos para ver desde el corazón


como se ven los fiordos y las nubes.
El día transmite el mensaje al día,
y la noche a la noche pasa la noticia
para que coincidamos en el tiempo
de aquella bata suya de flores amarillas,
con la que bajaba a la playa cuando los niños eran chicos,
cuando hacíamos chalecos para ellos sin saber que tejíamos la felicidad.

⎯ Me volví remolona. –Me dice-.


Dejé de hacer punto y de bajar a la playa,
olvidé las agujas y las ganas de comer.
Llegué a los fuegos fatuos que erizan los cadáveres 8
allá donde el frío o en la patria del viento.

Acaso las flores que empezaban a pudrirse dentro de mí


tengan que ver con esto,
la casa roída por los aconteceres de la yedra, también.
A punto está de caerse pero la adecento con cal viva,
me afano con el corrosivo orín y aljofifo las losetas de la galería
porque en ella cabrán nuestros pasos…

Busco el blanco, el verde y el azul: el azul en las vigas,


el verde en los hierros y el blanco en las paredes…,
el azul en las vigas, el verde en los hierros
y el blanco en las paredes… -Repite-.
Y repite y repite porque es la salmodia de ese tiempo.

Así la veo llegar a los pasadizos de su lluvia,


la que aporreaba las canales y todo lo dejaba perdido.
Y es curioso, porque lo que tuvo en esa época
sigue estando allí:
“El cuarto de los humildes”
lleno de cachivaches.
Las sillas rotas, los sofás con los muelles saltados
y los gatos desperezándose entre la pátina de polvo y las telarañas.
El ventanuco del tejado, la galería, el patio, las aspidistras
y yo con vestido de niña.

Ni falta jaula de pájaro, ni pájaro,


ni canto de pájaro atado a un trozo de claridad.

Hasta la muchacha con alcuza


que corre a su vejez en trenes despiadados,
lleva sus trajes, se peina como ella.
9
También hurga el limo, y como náufraga
va sobre los cachalotes amortajados por las algas
y la quietud de las embarcaciones.

Entra en lo desaparecido y en la inteligencia del arte.


Cruza el bosque que dicen de Perséfone,
las catástrofes de Bruguel el Viejo y en los martirios de Caravaggio.
Se acomoda en la barca de Delacroix y, Velázquez,
le pide los ojos para esa hilandera que va a cortar el hilo.

Esto y más la observa desde los nichos de adobe,


donde las sombras se entretienen royendo
los cartílagos santos de los niños.

Y así hasta dar con la gracia del ondear del trigo


y el día transmite su mensaje al día,
y la noche a la noche pasa la noticia de algo que nunca pongo en pie,
pero me alerta,
y miro hacia el tiempo de aquella bata suya de flores amarillas,
con la que bajaba a la playa cuando los niños eran chicos,
cuando hacíamos chalecos para ellos sin saber que tejíamos la felicidad.

10
Yo amo la morada de tu casa,
el lugar en que se asienta tu gloria…

Salmos, 26,8

11
DEL TIEMPO ATRAPADO

A Julia Uceda

Yo amo la morada de tu casa,


el lugar en que se asienta tu gloria.

Déjame que entre en el patio del pozo –le dije-.


Déjame que vea lo lejos que estoy del círculo negro
y medroso de esa agua.
Déjame, y cuando intuyas que he ido a por mí,
echa el cubo, y sácame con los ojos y las trenzas secas
andando entre los geranios,
entre los bultos de la pared humilde que daba a la cocina
porque yo amo la morada de tu casa
y el lugar en que se asienta tu gloria.
12
Allí, en el espacio de la cal, Carmen “la Canilla”
con santa liturgia, cierra un colchón de foñico.
Pincha la aguja en la tela adamascada, tira de ella,
y en su mano alza el hilo a los paisajes de Dios.

Se mueven los vilanos.


Llegan las pavesas de los rastrojos
y yo miro cómo se va quedando esa estirpe del maíz,
ese trozo de campo, la antigua Rota y el corazón del mar,
atrapado y dentro del colchón que vamos a mullir
porque han llegado los primos, y tú y la tita Agustina,
estáis echadas en el dormitorio grande hablando de vuestras cosas.

Ya ves que amo la morada de tu casa


y el lugar donde se asienta tu gloria,
la cortina de encaje que empuja el viento con olor a higuera.
Guárdame como la niña de tus ojos
Salmos, 17, 8

13
DE LAS MUERTAS
A todas vosotras
con todos vuestros nombres en mi grito.

Guárdanos como la niña de tus ojos.


Te rogaron antes de alimentar la sombra
y el envés de los girasoles…

Pero las atacó el frío.


Supieron que habían olvidado la respiración,
cuando iban sanas y salvas por la prisa
y los horarios de los supermercados y de las oficinas,
de las obligaciones domésticas
y los colegios de los hijos:
cuando se disponían a vivir.
14
Las sorprendieron en sus casas y a medio arreglar
o maquilladas y a punto de coger el autobús.
En las escaleras, en las calles, en los parques infantiles
y hasta en los territorios marcados con “órdenes de alejamiento”.

Guárdalas como la niña de tus ojos,


porque te digo que las atacó el hombre:
sus hombres.
Los que ejerciendo su violencia mortal,
las dejaron muertas y al auspicio de las ambulancias.

Estaban aprendiendo a decir no.


Eran asustadizas como animales chicos, y andaban por el miedo
porque dormían o habían dormido con sus asesinos.

Las acorralaron con espíritu de sal.


Llenaron de cicatrices las expresiones de sus rostros
y las vejaron donde más les dolía.

Ninguna pudo ocultar ya sus raras pertenencias,


y se diferenciaron de nosotras por la manipulación
con la que atacaron las estructuras de sus pensamientos,
por las cuchilladas engastadas en el corazón.

Sombras violáceas vimos por sus ojos,


rutas de sangre sobre los sitios de los besos

Así la contemplaron sus hijos, los titulares de las rotativas


y las estadísticas de la violencia de género.

Y hay un árbol en Katra.


Un mango donde llamaron las madres y nadie les pudo contestar.
Sus niñas iban dentro del martirio y pálidas las encontraron
y nutridas ya por la cadaverina. 15
El alma atragantada entre las hojas. Descosidas de la luz, ahorcadas
y alimentando la sombra y el envés de los girasoles.

¡Qué horror de árbol! Qué horror de árbol amable


por el que trepan los niños y cuya fruta es grata al paladar.

El mango es el mismo, sí, y su labor bondadosa


recuerda el hilo del almíbar en la fiebre de sol de su naturaleza.

No se han ido sus pájaros ni se ha perdido la ruta de sus insectos,


los niños van a gatear su altura y, las adolescentes, ponen sus esperanzas
en los muchachos que, con una mirada, aspiran el perfume de su corazón.
Vienen como salidas de la pimienta y el azafrán, el hindi entre los ojos.

¿Quién las guardará para que no alimenten la sombra


ni el envés de los girasoles?
Escucha mis palabras; considera mi lamento.
Está atento a la voz de mi clamor…
Salmos, 5, 1, 4

16
DE LA QUE SALIÓ DE LA CIUDAD SANTA

A José Fernández de la Sota

Escucha sus palabras porque el Níger es más que un enigma


cuando lo empuja el harmattan, el viento empolvado del desierto
suspendido en la Torre del Agua
y en el ocaso púrpura de la mezquita de Djinguereber.

Vino el oro del sur y la sal del norte,


las monedas, del país de los blancos;
pero los cuentos estaban escondidos en la Ciudad Santa de Tombuctú.

Allí tenía los pies,


cuando cogió el lio de trapo, que era el llanto de la niña,
y anduvo por el anochecer con la vía láctea hacia otro porvenir.

Dejó atrás la Madraza de Sankoré y la de Sidi Yahya,


la ancianidad de sus padres, el mísero ajuar
y el hoyo de su cuerpo sobre la estera.
Cogió a la niña,
17
y el miedo la siguió por los campamentos de refugiados,
por las colas de la sed, por las mafias, por los nómadas del pastoreo,
por los hombres azules o por los que abusan del Santo Corán.

Considera su lamento porque a punto está de sucumbir


y tiene un hermoso nombre, claro como su alma en su primera amanecida.

Su piel viene a ser como el polvo de la canela,


su dentadura, como la nieve en la quebrada sin mácula de sol.
¿No querrás verla en los polígonos industriales,
explotada por un proxeneta en los asientos de atrás?

¿No querrás verla, ahíta de los miserables de la globalización,


los que ponen todas sus neuronas y toda su indignidad en el glande?
¿Tú no querrás?

Pero la niña llora sin saber por qué. Es un ruidito a corazón abierto.

Llora como enfermedad.


Como semilla triste que empujan los muertos hacia afuera.
Llora el retortijón en el estómago, la denuncia, la falta,
la calamidad de la leche, de las mujeres, en las patéticas cuarentenas.
¿De dónde viene la minúscula sangre de la niña, si no es de las faltas
de los que murieron con el miedo en los ojos, de los que van a morir,
de los que tuvieron y de los que aún tienen que tragarse el mar?

Llora como si gateara las fronteras, como si fuera la música,


la salmodia de las madres de todos los seres del desafío.

Por todos llora con su llanto chico, con su menudeo de llanto.


Como atrapada en los alambres fronterizos llora.
Llora como dentro ya de las concertinas.
¿Ves, escuchas su sonido de pájaro, de agua,
su lágrima gota huyendo hacia el mar?

Considera su lamento.

Es la contadora de heridas, la recolectora de los daños,


la coleccionista de injusticia, la buscadora del cuenco de arroz.

18
…reúne como en odre las aguas del mar
y hace estanques de los abismos.
Salmos, 31,8

19
DE LA QUE MUEVE EL MAR

A Ángel L. Prieto de Paula

Reúne como en odre las aguas del mar


y hace estanques de los abismos.
—Ya no hago punto ni bajo a la playa.
-Me dijo-. Yo dormía.

⎯ A veces
cojo el movimiento del mar pero no sé qué hago con él,
-siguió- es tan espeso que me surgen batallas,
armas sospechosas que buscan corazones,
cabezas donde alojaron la bala y su quemazón.

Muchachas forzadas ante los ojos de sus padres.


Mujeres ofrecidas para lo más bajo. 20
Héroes que combaten con la sed y el sol.
Esclavos y esclavistas.
Rutas.
Cementerios anclados.
Ciudades sumergidas en el horror oscuro de un grito balanceándose.

Charcos de rabia muevo,


cauces donde se acomodaron desperdicios que llamábamos ojos,
extremidades que nos facilitaron la existencia.

Y he empezado a sentir nausea, pero por qué:


Reúno como en odre las aguas del mar
y hago estanques de los abismos.

El mar es grande, en él cabrá todo, cabremos todos:


los cierros, los balcones,
las salas amuebladas con los enseres de los anticuarios
y las casas de empeño.

Estoy arruinada y en los huesos, y tengo una sonrisa permanente


desde que no recuerdo qué pasó con mis labios.

Busco en la carcoma, en los pasillos de fuego…


¡Ya los encontraré!

Harán pasarelas sobre los oleajes, sitios donde asentar la mecedora,


cajones de olvido donde aparezca todo.

Aunque no sé, no sé, quizás reboce el mar y quizás nos escupa.


Quizás no sea posible acomodarse ya en otro espacio
que no sea en el auge de nuestras mariposas:
esa devoración
que transforma en ceniza nuestros cuerpos.
21
Ellos, los lepidópteros,
son ya los vencedores de la primera muerte…

No sé.
Ya dormía cuando ella llegó y se puso a remover el mar,
a reunir en odre sus aguas y hacer estanques de los abismos.
Mi corazón es como la cera,
que se derrite dentro de mis entrañas,
Salmos, 22,15

Ni alzó su alma a cosas vanas ni juró con mentiras.

Salmos, 24,4

22
DE LAS TRES HERMANAS
A la memoria de Pilar Quirosa Cheyrouse

⎯ Mi corazón es como la cera,


que se derrite dentro de mis entrañas.

Dijo
con los ojos mojados aún en la inocencia.

Según las presentó, vino con sus hermanas,


pero las dos mujeres en nada coincidían con ella,
tal vez nacieron muertas y su madre nunca se lo dijo.

Pasaron, y el camino se volvió desierto,


se hizo cisterna seca, guiñapos de ropa que olían a injusticia
acabada de acontecer, a dolor echado
sobre el cuerpo presente de aquella madre. 23
La mujer de los ojos inocentes
-la de la cera en el corazón- sembró palabras,
recogió sus entrañas y se subió a sus pasos.
Ni alzó su alma a cosas vanas ni juró con mentiras.
Ni tan siquiera se olvidó de amar.

Pasó el sol y la luna y el tiempo de la poda.


La misa del vino y de los cereales
y así se cumplieron los ciclos de la lluvia,
el canon de las fiestas y de las alimañas.

La mediana, la que el sino adornó con flores de litemia,


regresó por la trasera de la noche salpicada de oscuridad.
¡Qué extraño se le hizo intentar abrazar un abrigo vacío!

La pequeña,
la que seguía dentro de sus ojos con el largo cabello de Absalón,
no regresó jamás. Quizás había aceptado su condición de piedra
y fielmente cumplía sus funciones.

También cabía la posibilidad, que ella fuera hija única


como ahora -en los sueños- le decía su madre.

⎯ Mi corazón es como la cera,


que se derrite dentro de mis entrañas. –Digo-.

24
Cuando el dragón se vio precipitado en la tierra,
se dio a perseguir a la que había parido al hijo varón
Apocalipsis, 13

25
DEL NOMBRE PERDIDO

A Rogelio Reyes Cano

La mujer no sabía que su patria


era una cosa mala que podía llegar a ser peor.
Rezó la sura por su nuera,
cerró el destrozo que ya era su casa
y echó a andar con el niño y las preguntas del niño.

No hablaré de la sangre, ni de los huecos del cuerpo


ni de sus pudriciones,
ni de las labores de las bómbices ni del trágico vuelo de las moscas.
Nada diré de la ruina ni del comportamiento de los hombres,
ni del día a día con las aniquilaciones de la muerte
en la ciudad que dicen “Donada por Dios”.
26
Mentaré las búsquedas, las inseguridades, los destrozados
autobuses, los viandantes que consiguen el trozo de pan,
la hortaliza que sale de lo yermo de una tierra como maldecida.
De esos que viven el calvario de las preguntas y las informaciones
y llevan un nombre colgado en el pordioseo de las palabras,
en el suplicatorio inútil que hacen a los que no le saben contestar.

La mujer enseña la foto en un acto de ignorancia y de senectud,


señala la estatura del hijo siempre temiéndose lo peor,
y el que la mira la ve como entorpecimiento,
le coge la cédula y los permisos de paso, y se los devuelve
en el desconcierto de las colas.

Así una y otra vez da el nombre del hijo


en las mesas de los oficiales y sus subordinados.
Lleva el cansancio haciendo nudos en su respiración
pero no olvida adecentar al nieto.
El agua, la geografía de los ríos poderosos
en contrapunto del buche de agua en su triste recipiente.
Los caminos vecinales, la urbe, la climatología
y un cuartel y otro cuartel.
Las interrogaciones de los destacamentos,
las administraciones militares a punto de no existir.
Las listas interminables donde no encuentran el nombre que precisa.
Perdidas sus letras y la hermosura de su comprensión,
las señas de su identidad van en el caos y en la desesperanza.

La bolsa, el viento, las manzanas, la caja de galletas,


la nutrición del nieto, el juego del nieto;
el cuento para dormir al nieto
en sitios derruidos comidos por las bombas.

Los saqueos, los dinares envueltos junto a su corazón.


El no saber. 27
El silencio del que no sabe.
El silencio del que no se atreve a dar respuesta.

Y está el duelo de los otros.


Y está la condolencia del que se apiada,
y se pone en el lugar de la mujer perdida con un nombre
y le ofrece lo que tiene, llevarla a un conocido, a un mutilado
que pudo estar en ese reclutamiento y dice.
—El pueblo está aquí al lado, aquí mismo…

Y vuelta a empezar
oyendo a otro que instruye en desgracias,
y que escribe en un recorte de papel
el nombre que a ella le cuelga de la boca.

El borbollar del té, la hospitalidad amable de los desconocidos,


el sorbo caliente al lado del chaflán de una casa en ruina
que aún huele a yerbabuena. Salaam aleikum:
La miseria en la cuna de las civilizaciones.

La mujer sigue,
y sigue como loca pacífica en una ruta extraña
donde da vueltas, vueltas sobre lo mismo y sobre sí misma.
Plazas, calles y pasadizos donde juegan los niños
con la propia desgracia de jugar con la vida.
Y juegan a matarse, a no tener piedad y a mofarse del débil.

¿Dónde estarán los pájaros y el canto de los pájaros,


los oídos que los escuchaban,
las manos del huerto, las cuidadoras de las flores?

La mujer lleva los ojos secos, nada de llanto, se para,


y cuando se para, el niño por fin deja el sudor de aquella
abrazadora mano y corre a tirar piedras, 28
cascotes que se estallan
sobre los trozos de cristal salvados por un tiro de gracia,
esparcidas se ven vísceras y fluidos corporales.
Pero el niño no distingue aquello, de la suciedad,
él no repara y retoza, y da patadas a todo lo que puede
hasta que la mujer grita su nombre sacando la manopla
y el buche de agua, y le lava las manos y la cara.
Lo sienta, trastea en la bolsa, saca algo manoseado
comprado de estraperlo para comer,
hace cuentas, repasa los dinares y el resto de todo su pasar.

Y andando por el tiempo a la intemperie,


el nieto tiene las mangas más cortas, los zapatos más chicos.
Todo se hace más viejo, más imposible de componer.

Han dormido en palacios acribillados,


en jefaturas de policías abandonadas,
en zanjas, en camiones para desguazar.
Y un día llega el día y no tiene intención de levantarse
ni de quitarse del sol.
No atiende al rezo ni al nieto.
Ni le ataca el pantalón ni guarda las guedejas de su pelo.

El niño le tira de una manga una y otra vez,


y no sabe qué hacer con la que duerme para siempre.
La llama con los nombres dulces que tienen las abuelas
pero no atiende, ni siquiera se espanta la mosca de los labios.

Si llega a ser mayor, recordará que aún era hermosa


como las mujeres de Babilonia,
cuando el monstruo de la guerra se puso a perseguir
a la que había parido al hijo varón.

29
En la senda de la justicia está la vida;
mas el camino extraviado conduce a la muerte.
Proverbios, XII, 28

30
DE LOS CAMINOS EXTRAVIADOS
A Antonio Ortiz Ortiz
y a Elena Barroso Villar

Yo no trafico con armas, yo no soy terrorista


ni me lucro con la beligerancia.
Le tomé cariño a Ana Frank.
Pasé por sus páginas. Repasé la historia.
Maldije a Hitler y al arcediano de Écija.
Estuve en el muro de las lamentaciones.
Llegué al cementerio de Praga.
Al gueto de Cracovia. Al miedo de Auschwitz.
A la calle Levíes de mi ciudad.

Ahora no sé si parecerá extraño


que recuerde la guerra de los “Seis días” como un extravío,
como la visión tuerta de un parche imposible 31
sobre una franja oscura.

Por ese extravío veo pasar los ojos cerrados de los niños
y el dolor de sus padres cuando los llevan a las sepulturas.
Arrasados sus hogares y sus guarderías
la ruina de sus enseres entra en mi casa y mi sofá se llena de angustia,
y un ínfimo juguete junto a la sangre
cruza la frontera que hay entre la paz y el terror.

Luego miro el poblado de abuelos, de hijos,


de muchachas en edad, de mujeres que no saben
dónde han puesto sus manos.

La cacharrería que movilizaban cuando daban a su prole de comer


se ve en los escombros,
y entre los escombros la almohada de los sueños.
¿Dónde estará la herida que montó en la ambulancia?
La herida tenía ojos, iba en un cuerpo ¿dónde está?
Porque una niña espera en una cola de no sé qué.
Con su botella de plástico espera
como si alguien le hubiera indicado estate quietecita aquí
y aquí es el infierno, y en ese infierno sigue esperando
a esa herida que tenía besos y palabras en la boca.

Espera, y yo la veo tan cerca, tan aquí mismo


con la tristeza instalada como susto de cada día,
que el reportaje de su carne traspasa mi ámbito de familia
y es como si esperara dentro de mí o conmigo dentro,
y ambas no sabemos qué hacer.

Quizás ya no tenga a nadie que le abroche


el vestido empolvado que lleva.
Nadie que alise el oblongo cabello, que ponga compostura, 32
alimento a su existir.

Mientras, los líderes de opinión, construyen frases tibias,


frases manifiestas que no creen obstáculos en las transacciones
ni en los acuerdos de estados.

Un enviado de la ONU llora.


Se tapa la cara pero se escucha llorar.
Tiene el pelo blanco y dignidad en sus gestos
pero viene a ser una impotencia rodeada de cascotes y más heridas.
Biberones dejados por la inapetencia de la muerte,
osos de peluches abandonados,
cuentos que se acabaron sin terminar.

Y pienso en Barenboim.
En la batuta de Barenboim.
En la música con la que Barenboim
intenta reconciliar las vísceras.

El enviado de la ONU aún llora


cuando en ese animal de sol que es el desierto,
un hombre, y otro hombre, y otro hombre
esperan de rodillas su tiro en la nuca o la hoja de su degüello.

Hay un animal debajo de las piedras.


El monstruo del terror se agita y yo no soy terrorista,
yo no trafico con armas, yo no me lucro con la beligerancia.

Amo a Averroes y a Omar Khayyam tanto como a Maimónides.


Pero la niña bomba contagia su muerte
alrededor de los comercios y los supermercados,
hay muchachas que opositan a morir,
y muchachos que sueñan con el paraíso tras un kalashnikov.
33
¿Qué pasó en Occidente…?
Se extendieron los campos de opio,
los palacios de nieve de los gánsteres.
El nuevo wéstern. El adiestramiento de los muyahidines…

Ya dije que hay un animal debajo de las piedras


pero yo no soy terrorista ni trafico con armas,
yo no me lucro con la beligerancia.
Porque su vida en nada se parece a la de los otros,
y sus sendas son extrañas.
Libro de la Sabiduría, 2, 16

34
DE LOS MAESTROS DE LA TIERRA

A Juan de Dios Ruiz Copete,


a Antonio Hernández
y a Francisco Morales Lomas

Porque su vida en nada se parece a la de nuestros hombres


y sus sendas son extrañas,
parecen maestros de la tierra.
Ellos nacieron nómadas. Pastorean los yaks.
Buscan los pastizales de la supervivencia.
Cruzan
los paisajes del vértigo, las aguas turbulentas de los ríos.
Mercadean la sal y las legumbres
y giran molinillos de plegarias para implorarle a Dios.

Ellas tendieron la alfombra y el mueble de sus enseres 35


en el sitio del destino.
Sembraron su dignidad en el fluir de la naturaleza
y en el peligro de sus estaciones.
Escucharon los pasos de la nieve, el soplido del viento,
el crecimiento de la hierba y el rumiar de sus animales.
Secaron las boñigas y encendieron la estufa.
Asumieron la disciplina de ordeñar.
Huelen a leche rosa, a misteriosa ubre:
sus manos son el mundo.

Sus manos son el mundo


cuando van en el té y en la luz que arde en la manteca,
y del Dios de la Muerte, las protegen
los mantras que repiten ante el Dios de la Vida.
Sus hijas bordan los delantales de las ocasiones,
sus hijos ejercitan los caballos y amaestran las águilas.
Y cuando sacrifican,
escogen del redil el cabrito oportuno,
el que sabe de la sal de sus dedos y le admite la puñalada certera
porque no hay maldad en sus manos,
ni codicia, ni siquiera agresividad.
Cumplen el ciclo de lo justo y de las necesidades de la casa.
Agasajan al huésped
y eso lo sabe el día y el espíritu de la cordillera.

Cuando descansan, se sientan a tejer mantas de colores,


borlas que adornan las gualdrapas de los caballos,
los que van a correr con sus hombres y levantan la apuesta y la porfía.
Por eso se acicalan y lucen los zarcillos de la boda,
los delantales bordados para la ocasión.

Los nietos, que aprendieron su historia


y llevan en sus frentes su bendición, 36
ayudan con el cuenco de la sangre, miran el arte del desuello,
disponen los secaderos de la carne,
derriten la grasa y vierten las especias.

Porque su vida en nada se parece a la de nosotros


y sus sendas son extrañas,
se alegran con el vino de cebada, con el júbilo
que los conduce al sitio que prueba la dignidad que marca la vejez.

Parece que se han alejado de los “Seres del Sufrimiento”


y no morirán en los pasillos de Occidente,
en los cubículos de la soledad.

Se quedarán dormidos y encontrarán el vuelo de las gruyas.


Su vida nada tiene que ver con la de nosotros,
nuestras sendas son extrañas
y no parecemos maestros de la tierra.
El que habla verdad declara lo justo
Proverbios, 12, 17

37
DE LAS PALABRAS

A José María Barrera

El que habla verdad declara lo justo.


Y hablo de las palabras,
de ésas que pueden expresar lo imposible, según Confucio,
y de las que aún faltan para desentrañar el magma de la vida.

Las que construyen o derriban las casas del amor


poniendo los mensajes de los ojos en los oídos
y dando vida a lo que hace pensar.

Las que se adquieren y se guardan en el complejo neuronal


para que se entiendan las ideas,
para que traduzcan la necesidad imperiosa de los amantes
y sus apetitos sentidos como vaharada de calor. 38
Fui conquistándolas, las manejo, las utilizo
y llego a los flancos de las que son como los dioses:
tiranas y justísimas, infinitas y amorfas.
Que llegan donde no llega el pensamiento y así se justifican.
Lo mismo conforman la metafísica
y los valores con los que se mastica la fe,
como las armas que afilan los políticos para derrotar a los contrarios.
Para pavonear desde los atriles de los Parlamentos
con castillos de humo que no pueden cumplir.

Las que dicen, desdicen, ilusionan, engañan, utilizan, dan vigencia


y acribillan con ellas los pósteres electorales y, solo a veces,
las llenan de júbilo en los expedientes de los ministerios.

¡Ah las palabras que acarician a los perros


y ellos las olfatean, las detectan!
Accionan las orejas y las sienten como restos de amor que se les lanza.

Palabras para los felinos.


Los que no se apaciguan en los brazos y buscan a zarpazos la libertad,
pero que las comprenden y te devuelven el gesto de su amor
–con una mirada oblicua– en el preámbulo del salto de su huída.

Palabras para cobijar a la ternura,


para las onomatopeyas que forman el sonido de la risa del niño.
Y agitadoras palabras que movieron los corredores de las minas
y el vaivén de las máquinas.
Las de la pasión que nos cierran la boca
y suben a la mordida de los besos.

¿Y cómo no traer su combate procaz,


la destrucción que origina el lanzamiento de sus dardos;
su guerra entre los dientes, entre los bisbiseos, 39
entre la sonrisa con sustantivos de alfileres
que buscan el acerico del corazón?

Palabras floretes que gesticulan el arte de la esgrima.


Palabras cobras que envenenan los hechos, las actitudes.

Palabras que levantan muros.


Gelatinosas palabras que se esparcen como plaga
y deshacen las recolecciones del amor.
Que fusilan y paralizan los abrazos
porque van cargadas de munición competente.

Escupen bosta.
Se visten de uniforme.
Llevan correajes y máuseres.
Proyectiles atómicos con la normativa de no escuchar,
sino de ser solamente yoismo y arte del monólogo,
y así zahieren los diferentes estatus del recuerdo.

Esos que memorizábamos en los altares primarios de la existencia


cuando el zumbido de las alas y el aviso paladial:
cuando éramos inquilinos del silencio…

40
Hazme justicia Señor
Porque soy inocente
Porque he confiado en ti
Y no en los líderes.
Ernesto Cardenal

41
DE LAS SUPLICACIONES

A Alejandro Rojas Marcos

Porque soy inocente hazme justicia, Señor.


Salí a porfiar el salario. Pedí por mí y por mis enemigos.
Fui a por la dignidad.
Le puse fin al horario de la esclavitud,
al sábado y su tarde de oficina.

De los uniformes volví ilesa


cuando se alejaron los que se cuadraban ante el dictador.
Todo tenía que cambiar porque yo era mujer,
porque estaba en el sur del sur
y así lo decían los jóvenes arcángeles de la pana.

Fui la torpe, la menos diestra, pero ejercité mis manos y mis ojos, 42
y cuando amamantaba a mis hijos espulgaba lentejas
y arreglaba la literatura oral.

Quité la sordina de las abuelas que seguían hilando el miedo,


el bisbiseo con el que las madres contaban su historia de familia.

Me ofuscó que cambiándolo todo,


todo pudiera quedar igual con los “Tancredi”
y sus desparpajos garibaldinos,
con las reflexiones “felinas” de don Fabrizio
y las hienas que habrían de venir.

Por aquel entonces,


yo afianzaba mis gotas de sangre jacobina
por si el sur podía alcanzar el norte.
Y poco más:
Mi patria era la tierra de mis padres y la suela de mi zapato.
Porque soy inocente hazme justicia, Señor.
Se movieron los parias de la tierra,
los latinos, los rumanos, los negros y los kosovares:
Pero yo no era latina,
ni rumana, ni negra ni kosovar.

Ahora estoy aquí llegando al hábitat de la indigencia,


al rastrero engaño de las entidades,
a la ceguera degenerada que la letra pequeña entraña a veces.

Expulsada de mis cuatro paredes mi cama es ya un cartón,


la desidia de los jardines,
la búsqueda de los bancos del frío.

Ahora estoy aquí con mi último plato de lentejas que miro como oro,
como flujo de amor con el que sigo amamantando a mis hijos 43
y a los hijos de mis hijos.

Esto nada tiene que ver con la Gran Depresión.


Hoy no se arrojan al vacio los accionistas de Wall Street
ni hay financiero que ponga una bala frente a su paladar.

Esto es mío y de los míos,


de la mujer del albañil y del albañil,
de las muchachas que escupen las grandes superficies,
de las estrepitosas colas del paro sostenible o no sostenible.

También de la abuela y su miserable lista de supermercado.


De los autónomos, de los jóvenes, de los estudiantes,
de los bilingües que sirven café en horario de fines de semanas.
De los que suben la estadística del índice de trabajo
con una bochornosa remuneración.
De las limpiadoras de los hospitales.
De los médicos y los MIR que ven el caos,
la espera y las listas de esperas de las enfermedades espantosas,
de los que mueren de pie en las salas de urgencia.

Porque soy inocente hazme justicia, Señor.


Míranos con delicadeza
como se miran los que se acogen a los fueros
y nos hablan desde su opacidad.

Esto no es contra ellos. Sus tiendas


no están a punto de fracasar ni ellos acorralados hasta la extenuación.
Los veo sonreír en los telediarios
contando su cuento chino con el contagioso lenguaje de los cínicos.

¿Qué es un cínico?
Nada que ver con Diógenes
y, sí, con alguien que usa el burladero para su propia indulgencia. 44
Que me diga el letrado, moderador de tanta avaricia,
¿dónde acaba el desamparo de mis hijos,
los honrados, los que solo aspiraban a vivir?
¿Con qué cuento le cuento el engañoso truco?

Ha venido un tanque a mi casa y yo no sé qué hacer con él.


Un tanque que tiene mi tamaño y mi ropa
y usa mi palabra como munición.
Y yo, que soy pacífica y he perdonado todas sus historias,
tengo que estar ahí porque no puedo ceder a tanta impudicia,
a tanto dolor como ésta produce.

¿Dónde están mis ilusiones? No aquí ni en esta tranquilidad


que, ofende, porque es una falta a la razón y a la inteligencia.

El niño chico tiene hambre, ya sí.


También él con su triste fiambrera de colegio
tiene un hambre absurda de macarrones,
de un vaso de yogur caducado y hasta de una pequeña chuchería,
no sabe si comerá en verano, si en esto habrá también vacación,
Colas como de auxilios sociales veo,
colas que regresan a la nana de la cebolla
y al vientre trágico de muchas bisabuelas.

El hombre de los periódicos también va a cerrar.


El peluquero hace ajustes de cuentas,
baja los precios y despide a su empleada.
El sur se ahoga,
y yo soy aquella muchacha que discutió con su madre
para convencerla que teníamos que empezar a creer.

Hazme justicia, Señor. Te hablo de mí,


de los asaltos que me proporcionó la tradición del mundo. 45
No me libré de su crónica sanguinaria en mi primera edad.
Vi la tonsura de los viejos albergues.
Las agujereadas ropas de los mendigos.
Escuché dónde se quedaban los ajuares,
las bibliotecas de los abuelos, las máquinas de coser,
las pianolas, las sábanas de hilo…

Todo un mundo infeliz allí como una dejación de flores tristes,


y yo soy aquella muchacha que discutió con su madre hasta convencerla,
de que todo iba a cambiar.
Esta vez sí, le dije.
Esta vez sí tras la balada de aquellos parlamentos.

Mi madre ya no está,
y yo ya soy como mi madre y como la madre de mi madre
cuando me escuchaban incrédulas,
cuando ya sabían cómo pueden cambiar los ideales del hombre
con el poder y el tiempo.

Debí estar loca para no creerlas. Ahora lo sé


cuando no encuentro en las casas ganas de vivir,
de preparar un ágape para amigos,
de ir al cine o de salir a comprar. Sí, a comprar.

Comprar tendría que ser bueno.


Es bueno porque el dinero anda,
se mueve, va y viene y, a veces, llega a casi todos.

Recuerdo
cuando los niños querían ser médicos y arquitectos felices,
viajar a la luna, saber el flujo de otras fronteras
y pulsar el pulso de los aviones.

Si hubieran penalizado a los avaros 46


y a los marxistas cultos que aspiraron a burgueses,
todo sería más creíble.

Ahora,
decir que la mujer más poderosa del mundo no tiene corazón,
es una obviedad.
Y si digo Putin, Obama, Netanyahu, Musa Mara…
Ucrania, Afganistán, Mali, Estados Unidos o Israel…,
solamente habré dicho nombres.
Nombres que los mueven remotos intereses.
Nombres estampados en pliegos de papel
que no se apiadarán de los sentimientos,
de ninguno de nuestros sentimientos.

Verás,
yo tengo un nieto.
Un nieto brillante como tantos otros.
Un nieto que malvive en una ciudad que no es la suya
y estoy empezando a temer por él.

47
Está la izquierda bajo mi cabeza
y su diestra me abraza.

Cantar de los Cantares, 8, 3

48
DE LA MUJER QUE DUERME

Sonrió con incredulidad,


como Sara cuando vio pasar el vaticinio de su alumbramiento
delante de su tienda.

Se había relajado en los afeites. Guardó el óleo de la mirra.


Dejó de ponerse la alheña en el pelo
y de separar las piernas para el que envejeció.

¡El que llegaba ahora, era tan mayor y tan comprometido


cuando la vida los hizo coincidir,
que ella rechazó sus ojos y dobló su recuerdo…!

Se enteró de su muerte
cuando el hombre santo dijo su nombre
y vio pasar llorando a todas las mujeres de su casa. 49
Quizás por eso sonrió incrédula, o tal vez sería
porque él regresaba desde su mejor edad.

Le cosió sus besos en sus labios


y la condujo a la casa de sus padres,
a la cama donde su madre lo vino a concebir.

Desbrochó impaciente su vestido y sintió la prisa de su corazón.


Succionó el grano dulce de sus frutas,
agitó el pistilo de la escondida orquídea de su sexo.
Hizo rebozar el pozo de la carestía, propició el arcano
y entró al sendero como ave en el nido,
como pez en el agua nadando a lo profundo;
balanceándose,
huyendo,
contaminándola con su cadencia
hasta el golpeteo de los relámpagos y los rayos,
hasta la rendición del último gemido.

A la mujer que no tiñe su pelo con alheña


y luce su edad como una joya,
la cubrió el guardado en los pabellones de la muerte,
el que oculta el tiempo en otro tiempo,
y en el sueño encuentra lo que no tiene fin.

Tomó en prenda su ropa y se la devolvió al amanecer.


Y dormida la dejó sin romperla ni mancharla:

Limpia su alma,
secas las sábanas de su ajuar.

50
INDICE

Prólogo.................................................................................................................3
De las que tejían la felicidad.................................................................................8
Del tiempo atrapado...........................................................................................12
De las muertas....................................................................................................14
De la que salió de la ciudad santa.......................................................................17
De la que mueve el mar......................................................................................20
De las tres hermanas..........................................................................................23
Del nombre perdido...........................................................................................26
De los caminos extraviados................................................................................31
De los maestros de la tierra...............................................................................35
De las palabras...................................................................................................38
De las suplicaciones...........................................................................................42
De la mujer que duerme....................................................................................49
Colofón
Este libro se escribió en Sevilla, entre el 29 de mayo y el 31 de julio de 2014, y su
primera edición se terminó de imprimir en Grafilur, Bizkaia, el día 3 de septiembre del
año 2015.

DÍAZ, ROSA. Con más de cuarenta títulos publicados,


ha cultivado distintos géneros literarios. En 1980 se
fecha La célula infinita, de donde parte su evolución
creativa como poeta y las distintas líneas matrices que
van a configurar su obra, desde la lírica al coloquialismo
y desde los registros culteranos y metafísicos al
testimonio cívico. En La palabra vivida (poesía reunida
1980-2005), edición de José María Barrera, Sevilla 2005,
están recogidos trece poemarios y la primera versión de
Los campos de Dios, cuya segunda edición, corregida y
aumentada, se publica en Granada, en 2007. En esa
década, se recogen sus artículos publicados en ABC, en
el volumen A piel de página, el ensayo Verbo y Gracia,
la biografía del político Alejandro Rojas Marcos y dos
sagas de literatura infantil: El abecedario de Julieta inicia sus publicaciones en Hiperión y, Adivina
adivinarás, en Anaya. A estas ediciones le seguirá Esperando a Grenouille, Barcelona, 2013, Las
muertas, Bilbao, 2015, la novela juvenil La importancia de llamarse T, Sevilla, 2015, La célula infinita
(2ª edición) Barcelona, 2021, Vintage (tiempo sobre vinilo), Madrid, 2020 y, El hip-hop de Blanca
N, Sevilla, 2023. Sus libros han obtenido premios de ámbito nacional: Ciudad de Alcalá de Henares,
Fray Luís de León, Miguel Hernández, Bienal de León, Aljabibe, Ciudad de Jaén, etc. o el Charo
González de literatura infantil. Parte de su obra poética está recogida en la Biblioteca Cervantes
Virtual (Director y Semblanza Crítica: Ángel L. Prieto de Paula). Han publicado estudios sobre su
obra, en revistas especializadas, Rogelio Reyes Cano, Julia Uceda, Francisco Morales Lomas, José
Fernández de la Sota, Ádam Bartolomé Gallardo Cuenca y Antonio Rodríguez Almodóvar, etc.
Invitada a numerosos eventos culturales nacionales e internacionales. Incluida en el programa
“Poetas en el Aula”, de la consejería de Educación y Ciencia, en el “Circuito Literario” de la Junta
de Andalucía y en el “Circuito Infantil y Juvenil” 1ª y 2ª Enseñanza e IES. Vocal por Sevilla de la
Asociación Colegial de Escritores de España (2000-2008). Coordinadora del ciclo “Aula Atenea” del
Excmo. Ateneo de Sevilla, (2002-2009). Vicepresidenta 1ª de la Asociación de Críticos y Escritores
Andaluces (2008-2019). Delegada de Relaciones Institucionales de ACE Andalucía (2015-2019).
Miembro del Jurado de los Premios de la Crítica Andaluza (2002-2020). Actualmente es Consejera
de ACE Andalucía. Entre otros reconocimientos: Medalla de Don Luis de Góngora (Martes
Literarios) de La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba. (Disertación
y estudio: Mª José Porro Hernández). Autor 2010, Manifiesto del Día de la Lectura en Andalucía,
Pacto Andaluz por el Libro. Correspondiente de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y
Buenas Letras “Luis Vélez de Guevara”, de Écija. (Discurso: Cuatro mujeres de la literatura, Écija,
2019). Designada para leer el Discurso Institucional del día de La Bandera de Andalucía, 4 de
diciembre de 2022. Junta de Andalucía, Palacio de San Telmo de Sevilla.
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