Unidad I: Metafísica
Negación de la metafísica
Nietzsche y su filosofía a martillazos
NIETZSCHE, FRIEDRICH WILHELM (1844-1900), filósofo y crítico
de la cultura alemán. Nacido en una pequeña ciudad de la
provincia prusiana de Sajonia, la primera educación de
Nietzsche se centró en la religión, las lenguas clásicas y la
literatura. Tras un año en la Universidad de Bonn, se trasladó a
Leipzig, donde prosiguió sus estudios clásicos. Fue nombrado
profesor en la Universidad suiza de Basilea como filólogo
clásico, antes incluso de doctorarse, a la sorprendente edad de
veinticuatro años. No le quedaban más que veinte años de vida
productiva, que terminaron con un hundimiento mental y físico
en enero de 1889, del que nunca se recuperó. Ocupó su plaza
en Basilea durante una década, hasta que en 1879 renunció por
el deterioro de su salud debido a la enfermedad que había
contraído en 1870 sirviendo como sanitario voluntario en la
guerra franco-prusiana.
En Basilea dio clases sobre temas diversos, relacionados principalmente con los estudios
clásicos, incluyendo la filosofía y también las literaturas griega y latina. Durante sus primeros
años de estancia también se relacionó intensamente con el compositor Richard Wagner, y su
fascinación por él se refleja en varias de sus obras primerizas –sobre todo en su primer libro,
El origen de la tragedia (1872) y en su posterior ensayo Richard Wagner en Bayreuth (1876)–.
Su ulterior ruptura con Wagner, que culminó con su polémico El caso Wagner (1888), le afectó
profunda y dolorosamente. Si al principio veía al compositor como un genio creativo que
mostraba el camino de una renovación cultural y espiritual, pasó a verle a él y a su arte como
epítomes que exacerbaban el problema fundamental que progresivamente iba ocupándo su
atención. Este problema era la absorbente crisis intelectual y cultural que Nietzsche
caracterizaría más tarde en términos de la «muerte de Dios» y el advenimiento del
«nihilismo». Los modos de pensar tradicionales religiosos y metafísicos iban desvaneciéndose,
dejando un vacío que la ciencia moderna no podía rellenar, dañando así la salud de la
civilización. En El nacimiento de la tragedia había buscado pistas en los griegos e inspiración
en Wagner, creyendo que su arte tenía la clave de un nuevo florecimiento de la humanidad
libre, tanto del consuelo de la fe religiosa como de la confianza en la razón y la ciencia como
sustitutos de ella.
Diccionario Akal de filosofía.
"Sin música la vida sería un error"
Nietzsche, F.
Richard Wagner. "La cabalgata de las
valquirias".
1
Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. (1873)
Parte I
En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes
sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer.
Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo
un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los
animales astutos tuvieron que perecer.
Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado
suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene
el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando
de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto
ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.
No es sino humano, y solamente su poseedor y
creador lo toma tan patéticamente como si
alrededor de él girase el universo. Pero si
pudiéramos entendernos con un mosquito,
llegaríamos a saber, que también él navega por el
aire con ese mismo pathos y se siente el centro
volante de este mundo.
Cualquier ser insignificante que posea un mínimo soplo de conocimiento, se hincharía
inmediatamente de orgullo; y el más orgulloso de los hombres, el filósofo, quiere que desde
todas partes, los ojos del universo tengan telescópicamente puesta su mirada sobre sus
acciones y pensamientos.
Es remarcable, que tal estado lo produzca el intelecto, él que, precisamente, sólo ha sido
añadido como un recurso a los seres más desdichados, delicados y efímeros, para
conservarlos un minuto en la existencia. Ese orgullo ligado al conocimiento los engaña
acerca del valor de la existencia, pues lleva en él la más aduladora valoración sobre el
conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño.
El intelecto, como un medio para la conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas
primordiales en la ficción, pues ésta es el medio por el cual se conservan los individuos
débiles y poco robustos, como aquellos a los que les ha sido negado, servirse, en la lucha
por la existencia, de cuernos o de la afilada dentadura de los animales carniceros.
Este arte de la ficción alcanza su máxima expresión
en el hombre: aquí el engaño, la adulación, la
mentira y el fraude, la hipocresía, el vivir del brillo
ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo
encubridor, el teatro ante los demás y ante uno
mismo, es hasta tal punto la regla, que es casi
inconcebible el hecho de que haya surgido un
impulso sincero hacia la verdad.
¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso sobre su propio
cuerpo? Ella (la naturaleza) ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese
mirar, por una vez, hacia fuera y hacia abajo, a través de una hendidura del cuarto de la
conciencia y vislumbrase entonces que el ser humano descansa sobre la crueldad, la codicia,
la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia! Y entonces… ¿De dónde
procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad? 2
En la medida en que el individuo quiera conservarse frente a otros, tendrá que utilizar el
intelecto, casi siempre, tan sólo para la ficción.
Pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por aburrimiento, desea existir en
sociedad, precisa de un tratado de paz, y procura que desaparezca de su mundo el más
grande bellum ómnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Este tratado de paz
conlleva algo que promete ser el primer paso para ese enigmático impulso hacia la verdad.
Porque en este momento se fija lo que desde entonces debe ser verdad, es decir, una
designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, que proporciona las primeras
leyes de la verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.
El mentiroso utiliza las legislaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como
real; dice, por ejemplo, yo soy rico cuando la designación correcta para su estado sería
pobre. Si hace esto de manera interesada y conllevando perjuicios, la sociedad no confiará
ya más en él y lo expulsará.
Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados por
engaños. En el fondo, tampoco detestan el fraude, sino las consecuencias graves, de ciertos
tipos de fraude. El hombre nada más desea la verdad en un sentido limitado: desea las
consecuencias agradables de la verdad, aquellas que conservan la vida, es indiferente al
conocimiento puro y sin consecuencias, y está hostilmente predispuesto contra las verdades
que puedan tener efectos perjudiciales.
Y además, ¿qué sucede con esas convenciones
del lenguaje? ¿Son quizá productos del
conocimiento, del sentido de la verdad?
¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es
el lenguaje la expresión adecuada de todas las
realidades?
Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en
posesión de una verdad en el grado que acabamos de señalar.
¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos articulados de un estímulo nervioso. Pero
partiendo del estímulo nervioso inferir además una causa existente fuera de nosotros, es ya
el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. Si la verdad estuviese
solamente determinada por la génesis del lenguaje ¡Cómo podríamos decir legítimamente, la
piedra es dura, como si además captásemos lo duro de otra manera y no únicamente como
excitación completamente subjetiva!
La cosa en sí (esto sería justamente la verdad pura y sin consecuencias) es también
totalmente inaprehensible y en absoluto deseable para el creador del lenguaje. Éste se limita
a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas recurre
a las metáforas más atrevidas. ¡En primer lugar, un estímulo nervioso extrapolado en una
imagen!, primera metáfora. ¡La imagen, transformada de nuevo, en un sonido articulado!,
segunda metáfora.
HOJA
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Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores
y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas, que no corresponden en
absoluto a las esencias primitivas.
Pero pensemos sobre todo en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de
manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia
singular y completamente individualizada a la que debe su origen, sino que debe ser
apropiada al mismo tiempo para innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos
similares, esto es, jamás idénticas estrictamente hablando; así pues, ha de ser apropiada
para casos claramente diferentes.
Todo concepto se forma igualando lo no-igual.
Del mismo modo que es cierto que una hoja nunca es totalmente igual a otra, asimismo es
cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas
diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la
representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese La
Hoja, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido
tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero que ningún ejemplar
resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo.
Decimos que un hombre es honesto. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?,
preguntamos. Nuestra respuesta suele ser como sigue: A causa de su honestidad. ¡La
honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos
nada en absoluto de una cualidad esencial que se llame la honestidad, pero sí de numerosas
acciones individualizadas, por lo tanto desiguales, que nosotros igualamos omitiendo lo
desigual, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de
ellas una cualidad oculta con el nombre de honestidad.
La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que
también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni
conceptos, así como tampoco, en consecuencia, géneros, sino solamente una X que es para
nosotros inaccesible e indefinible.
¿Qué es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias,
antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas
que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que,
después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas,
obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son,
metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible.
Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta, por
tanto, miente inconscientemente de la manera que hemos
indicado, y precisamente en virtud de esta inconsciencia, en virtud
de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad. En ese
instante el hombre pone sus actos como ser racional bajo el
dominio de las abstracciones: ya no soporta ser arrastrado por las
impresiones repentinas, por las intuiciones y, ante todo, generaliza
todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos.
Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe
escaparse siempre de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos presenta una rígida
regularidad y se apoya en la lógica, el rigor y la frialdad que son propios de las matemáticas.
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Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, después la busca de nuevo exactamente
allí y, además, la encuentra, en esa búsqueda y en ese descubrimiento no hay, pues, mucho
que alabar; sin embargo, esto es lo que sucede al buscar y al encontrar la verdad dentro de
la jurisdicción de la razón.
Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de examinar un camello, digo: he
ahí un mamífero, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero
es de un valor limitado; quiero decir, es antropomórfica de pies a cabeza y no contiene ni un
solo punto que sea verdadero en sí, real y universalmente válido, prescindiendo de los
hombres.
El investigador de tales verdades tan sólo busca en el fondo, la metamorfosis del mundo en
los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y
consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación.
Del mismo modo que el astrólogo considera las estrellas al servicio de los hombres y en
conexión con su felicidad y su desgracia, así considera un tal investigador que el mundo en
su totalidad está ligado a los hombres
Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas, pero
entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata como
objetos puros.
Olvida, por lo tanto, que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las
toma por las cosas mismas. Sólo gracias al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo
como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia.
Incluso la misma relación de un estímulo nervioso con la imagen producida no es, en sí,
necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha
transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de seres humanos entonces
acaba por tener el mismo significado para el hombre que si fuese la única imagen necesaria,
como si la relación entre la excitación nerviosa originaria con la imagen producida fuese una
estricta relación de causalidad.
Entonces, ¿qué es para nosotros, en definitiva, una ley de la naturaleza? No nos es conocida
en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la
naturaleza.
Por consiguiente, todas esas relaciones en su esencia, para
CIENCIA
nosotros son incomprensibles por completo; en realidad sólo
conocemos de ellas lo que nosotros aportamos. Toda la regularidad
que tanto respeto nos impone en las órbitas de los astros y en los
procesos químicos, coincide en el fondo con aquellas propiedades Hipótesis
que nosotros aportamos a las cosas, de modo que, con ello, nos
infundimos respeto a nosotros mismos.
De aquí resulta, que esa artística creación de metáforas con la que Teorías
comienza en nosotros toda percepción presupone ya esas formas,
y, por tanto, se realizará en ellas; sólo partiendo de la firme
persistencia de estas formas primordiales resulta posible explicar el
que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas Leyes
mismas el edificio de los conceptos.
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Parte II
Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje;
más tarde la ciencia.
Si ya el hombre que actúa ata su vida a la razón y sus conceptos para no ser arrastrado ni
perderse a sí mismo, el investigador construye su cabaña junto a la torre de la ciencia para
poder cooperar en su edificación y para encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya
existente.
De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le
amenazan y que oponen a la verdad científica verdades de un tipo completamente diferente
con las más diversas etiquetas.
Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese
impulso fundamental del hombre del que no se puede
prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se
prescindiría del hombre mismo, no está en verdad
dominado ni apenas domado por el hecho de que con sus
evanescentes productos, los conceptos, se construya un
mundo nuevo, regular y rígido, que es como una fortaleza
para él. Dicho impulso se busca para su actividad un campo
nuevo y un cauce distinto, y los encuentra en el mito y, de
modo general, en el arte.
Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera
nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias, continuamente muestra el afán de
configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente
irregular, tan inconsecuente, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de
los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere consciencia de que
está despierto, gracias al rígido y regular tejido conceptual y, justamente por eso, llega a la
creencia de que está soñando si, en alguna ocasión, ese tejido conceptual es desgarrado por
el arte.
Aquel enorme entramado y andamiaje de los
conceptos, es solamente un armazón para el
En “El origen de la tragedia, desde el
intelecto liberado y un juguete para sus más
espíritu de la música” (1872),
audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo
Nietzsche plantea una concepción del
mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar
ser humano como la convicencia de
irónicamente, así revela que no necesita de
dos fuerzas antagónicas que viven en
aquellos recursos y que ahora no se guía por
él. Por un lado el aspecto apolíneo
conceptos, sino por intuiciones.
(Apolo, dios del sol) que contiene la
claridad, el conocimiento, la mesura,
la prudencia, la razón, el orden, la
estabilidad, etc. Por otra parte, el
aspecto dionisíaco (Dionisio, dios del
vino) que contiene la intuición, el arte,
las emociones, el cambio, la pasión, la
parte irracional del ser humano.
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Hay épocas en las que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno
(racional) angustiado ante la intuición, el otro (intuitivo) mofándose de la abstracción; es tan
irracional este último como poco artístico el primero.
Ambos ansían dominar la vida: éste (el hombre racional) sabiendo afrontar las necesidades
más imperiosas, mediante la previsión, la prudencia y la regularidad, aquél (el hombre
intuitivo), como un héroe desbordante de alegría, sin ver sus propias necesidades y sin
tomar como real nada más que la vida disfrazada en la apariencia y la belleza.
Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones únicamente con esta ayuda
previene la desgracia, sin ni siquiera extraer algún tipo de felicidad de las abstracciones
mismas, aspirando a estar lo más libre posible de dolores, el hombre intuitivo,
manteniéndose en medio de una cultura, cosecha a partir ya de sus intuiciones, además de
la prevención contra el mal, un flujo constante de claridad, jovialidad y redención que
afluyen constantemente. Es cierto que, cuando sufre, su sufrimiento es más intenso; e
incluso sufre con mayor frecuencia, porque no sabe aprender de la experiencia y una y otra
vez tropieza en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente.
Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, grita como un condenado y no
encuentra ningún consuelo. Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad,
emanciparse de los engaños y protegerse de las sorpresas seductoras, ahora, en la
desgracia, como aquél en la felicidad, lleva a cabo la obra maestra de la ficción; no presenta
un rostro humano que se contrae y se altera, sino, por así decirlo, una máscara con digna
simetría en los rasgos, no grita, ni siquiera lo más mínimo altera el tono de voz. Cuando todo
un chaparrón descarga sobre él, se envuelve en su capa y se marcha, a paso lento, bajo la
lluvia.
Actividad
1) ¿Cuál es la concepción antropológica de Nietzsche? Explica.
2) ¿Cuál es la concepción epistemológica de Nietzsche? Explica
3) ¿Cómo se origina el lenguaje según el autor?
4) ¿Cuál es su concepción teleológica con respecto al ser humano?
5) ¿Qué fue lo que más te llamó la atención de Nietzsche? ¿Por qué?
6) ¿Cuál es su consideración del arte en la vida del ser humano? Explica
7) ¿Cuáles son las diferencias entre el pensamiento de Nietzsche y el de Aristóteles?
8) Según Nietzsche ¿Cómo llega el ser humano a la verdad? Desarrolla
9) ¿Qué piensas tú sobre los temas abordados por el autor? Desarrolla al menos uno de los
temas que consideras relevantes en el texto.
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