EL NIÑO Y EL JOVEN, MOTORES
DE DESARROLLO
Presentación del libro por Jorge Luis Borges
No sé si alguna vez la sabiduría fue de los hombres o si ello es una
mera superstición de nuestra presente zozobra, como la Edad de Oro del
griego, la dulzura de vivir que precedió a la Revolución Francesa o la Belle
Époque. Sea lo que fuere, pienso que es un error sentimental situar las
Utopías en el “cualquier tiempo pasado”, que suscitó la incrédula sonrisa
del austero Manrique. Mejor es divisarlas en el futuro, que puede ser fruto
de nuestra voluntad y de nuestra fe, y no en un ayer irrecuperable… No sé
tampoco si en el curso de los siglos pretéritos hemos abundado en
conocimiento; sé que ahora nos abruma la información trivial y precipitada
de lo ocurrido en todo el planeta desde la víspera. Los periódicos son como
palimpsestos, cada nueva escritura tapa la escritura anterior y es leída para
el olvido, ya que sabemos que la borrará la de la misma tarde. Su tema
preferido es la historia contemporánea; todos la leen con avidez, pero
suelen ignorar la anterior. Es como si recorriéramos cada día la más
reciente página de una incesante y populosa novela y no supiéramos muy
bien quiénes son los diversos personajes ni qué les ocurrió anteriormente.
Conjugar de un modo armonioso la sabiduría, el conocimiento y la
información es el arduo problema que la enseñanza tiene que resolver.
“El niño es padre del hombre”, famosamente escribió Wordsworth;
también cabría decir que el hombre es la larga sombra que el niño
proyectará en el tiempo. Instruir a un niño es preparar la venidera historia
del mundo. Así lo entendió Wells, que acabó por sacrificar su mágico genio
de narrador de pesadillas a la redacción laboriosa de obras polémicas o
didácticas o de bien intencionadas compilaciones. Lo hizo
deliberadamente: desde el punto de vista de la moral, debemos admirar esa
decisión, aunque no sus frutos grisáceos. La palabra moral me trae a la
memoria un pasaje de la malévola biografía de Milton que escribió el
doctor Johnson. Milton, según se sabe, fundó una escuela particular en
cuyo programa figuraban la astronomía, la física, las matemáticas, la
zoología y la botánica; Johnson agudamente observa: “La prudencia y la
justicia son virtudes de todos los tiempos y de todos los sitios; somos
continuamente moralistas y raras veces geómetras… Podemos tratar a una
persona casi toda la vida y no tener oportunidad de apreciar sus
conocimientos de astronomía o de hidrostática, pero su índole mental y
moral se revela inmediatamente. Quienes se oponen a mi juicio parecen
postular que la misión del hombre en la Tierra es vigilar el crecimiento de
las plantas o el curso de los astros. Sócrates pensaba que nuestro deber es
evitar el mal y obrar con justicia”.
Desde luego, no hay razón valedera para que un hombre se niegue a
los placeres del álgebra, de la economía política (si los hay) o de la
especulación filosófica, pero concuerdo en lo esencial con el argumento de
Johnson. La ética es el mayor problema de nuestro tiempo. A las flaquezas
inherentes a la condición humana, nuestra perseverancia ha agregado
muchas, de diversa raíz. Básteme nombrar esas raíces, cuya numeración,
por cierto, no agotaré: la publicidad, que nos induce a creer que la noticia
impresa de un hecho es más real que el hecho; la omnipotencia del Estado
y el imperialismo, que mide la grandeza de las naciones por la mera
extensión de su territorio; el nacionalismo, que exagera el valor de lo
ocurrido en el país de cada uno de sus prosélitos; el creciente culto de lo
plebeyo, de lo rústico y bárbaro; el abuso de la estadística, que está
reemplazando a la ética, ya que se tiende a creer que un delito —la tortura
o el secuestro, digamos— es perdonable si es frecuente; el lujo, que es la
forma más costosa de la vulgaridad, la distribución despareja de los bienes
materiales del mundo, y por ende de los espirituales, que ha suscitado la
curiosa creencia de que la gente rica es feliz y promueve la miseria, la
codicia, el rencor y el crimen…
Los teólogos afirman que si la divinidad se distrajera del universo
durante una fracción de segundo, toda esta máquina de constelaciones y de
átomos, desde mi mano hasta la más lejana estrella del firmamento, se
esfumaría como un sueño. La conservación es una perpetua creación;
continuamente estamos labrando el arca que ha de salvarnos del diluvio.
Fritz Mauthner ha observado que todos los hombres descubren que les ha
tocado vivir en una época de transición. La nuestra no lo es menos que las
demás, futuras o pretéritas. La educación no es un instrumento infalible
(ninguno lo es), pero es el más precioso de todos. Tal vez sea el único.
Ética a Nicómaco
Aristóteles
No nos consagramos a estas indagaciones para saber lo qué es la
virtud, sino para aprender a hacernos virtuosos; de otra manera este estudio
sería completamente inútil. Es por lo tanto necesario, que consideremos
todo lo que se refiere a las acciones, para aprender a realizarlas, porque
ellas son las que deciden soberanamente de nuestro carácter, y de ellas
depende la adquisición de nuestras cualidades.
Es un principio comúnmente admitido, que es preciso obrar
conforme a la recta razón. Aceptamos también este principio,
reservándonos explicar más tarde lo que es la recta razón, y cuál es la
relación que guarda con las demás virtudes.
Convengamos desde luego en este punto; a saber, que toda discusión
que tiene por objeto los actos del hombre no puede ser más que un
bosquejo vago y sin precisión porque no puede exigirse rigor en los
razonamientos sino en cuanto lo permite la materia a que se aplican. Las
acciones y los intereses de los hombres no pueden someterse a ninguna
prescripción inmutable y precisa. Y si el estudio general de las acciones
humanas presenta estos inconvenientes, con mucha más razón el estudio
especial de cada una de ellas en particular presentará mucha menos
precisión aún; porque no cae en el dominio de un arte regular, ni, lo que es
más, en el de ningún precepto formal. Pero cuando se obra, es una
necesidad constante guiarse en vista de las circunstancias en que uno se
encuentra.
La violencia desmedida de los ejercicios o la falta de ejercicio
destruyen igualmente la fuerza. Lo mismo sucede respecto al comer y
beber: los alimentos en grande o en pequeña cantidad destruyen la salud;
mientras que, por lo contrario, tomados en debida proporción, la dan, la
sostienen y la aumentan. Lo mismo absolutamente sucede con la templanza
el valor y todas las demás virtudes. El hombre que a todo teme, que huye y
que no sabe soportar ninguna contrariedad, es un cobarde; el que no teme
nunca nada y arrostra todos los peligros, es un temerario. En igual forma, el
que goza de todos los placeres y no se priva de ninguno, es intemperante; y
el que huye de todos sin excepción, es un ser insensible. Y esto es así,
porque la templanza y el valor se pierden igualmente por exceso que por
defecto, y no subsisten sino mediante la moderación.
El mismo fenómeno se repite respecto a las virtudes: sólo a
condición de abstenernos de los placeres, es como podemos hacernos
templados; y una vez que lo somos, podemos abstenernos de los placeres
con más facilidad que antes. La misma observación puede hacerse respecto
al valor: habituándonos a despreciar todos los peligros y a arrostrarlos, nos
hacemos valientes; y una vez que lo somos, podemos soportar mejor los
peligros sin el menor temor.
Se hace justo el hombre ejecutando acciones justas, templado
ejecutando acciones de templanza; y que si no se practican actos de este
género, es imposible que nadie llegue nunca a ser virtuoso. Pero el común
de las gentes no practica estas acciones; y pagándose de vanas palabras,
creen crear una filosofía y se imaginan que por este método adquieren una
verdadera virtud. Esto es poco más o menos lo mismo que hacen los
enfermos que escuchan muy atentos a los médicos, pero que no hacen nada
de lo que los mismos les ordenan; y así como los unos no pueden tener el
cuerpo sano, cuidándose de esta manera; lo mismo los otros no tendrán
jamás muy sana su alma, filosofando de esta suerte.
La virtud moral es la que concierne a las pasiones y a los actos del
hombre, y en nuestros actos y en nuestras pasiones es donde se dan, ya el
exceso, ya el defecto, ya el justo medio. Con los actos sucede
absolutamente lo mismo que con las pasiones: pueden pecar por exceso o
por defecto, o encontrar un justo medio. Ahora bien, la virtud se manifiesta
en las pasiones y en los actos; y para las pasiones y los actos el exceso en
más es una falta; el exceso en menos es igualmente reprensible; el medio
únicamente es digno de alabanza, porque el sólo está en la exacta y debida
medida; y estas dos condiciones constituyen el privilegio de la virtud. Y
así, la virtud es una especie de medio, puesto que el medio es el fin que ella
busca sin cesar.
Además, el mal pertenece a lo infinito; pero el bien pertenece a lo
finito, puesto que no puede uno conducirse bien sino de una sola manera.
He aquí cómo el mal es tan fácil y el bien, por lo contrario, tan difícil;
porque, en efecto, es fácil no lograr una cosa, y difícil conseguirla. He aquí
también, por qué el exceso y el defecto pertenecen juntos al vicio; mientras
que sólo el medio pertenece a la virtud: «Es uno bueno por un sólo camino;
malo, por mil.»
Por lo tanto, la virtud es un hábito, una cualidad que depende de
nuestra voluntad. He aquí por qué la virtud, tomada en su esencia y bajo el
punto de vista de la definición que expresa lo que ella es, debe mirársela
como un medio.
Hemos visto que la virtud moral es un medio. Se ha visto además,
que este carácter de la virtud nace de que ella aspira sin cesar a este
prudente término medio en todo lo que se refiere a las pasiones y a los
actos del hombre. Debemos comprender también en vista de esto por qué
debemos hacer lo posible para ser virtuosos. En todas las cosas es muy
difícil llegar a ocupar el verdadero medio. Y he aquí por qué el bien es a un
tiempo una cosa rara, laudable y bella.
Como es muy difícil encontrar este apetecido medio, es preciso,
como ya se ha dicho, mudar de procedimiento, y entre los males tomar el
menor. Y así, deberemos estudiar bien las tendencias que advirtamos como
más naturales en nosotros; porque la naturaleza nos las da muy diversas; y
lo que nos obligará a conocerlas, serán las emociones de placer y dolor que
sentiremos. Será preciso que nos inclinemos en sentido contrario; porque
alejándonos con todas nuestras fuerzas de la falta que tememos, nos
colocamos en el medio.
Para resumir nuestro pensamiento en algunas palabras, diremos que
observando esta conducta conseguiremos encontrar el verdadero medio. Es
cierto que es punto difícil, y lo es sobre todo en la práctica ordinaria de las
cosas.
El que se separa muy poco del bien no se expone a censuras, sea que
se separe en más, o que se separe en menos; mientras que el que se aleja
más, no puede librarse de la crítica por una falta que todo el mundo ve.
Pero determinar en términos perfectamente precisos hasta qué punto y en
qué medida es reprensible el hecho, esto no es fácil, porque tampoco lo es
precisar cada una de las cosas que es preciso sentir para comprenderlas
como es debido.
Sea lo que quiera, resulta suficientemente probado, que la cualidad
media es siempre la única laudable, y que para marchar derechos nos es
preciso inclinarnos ya del lado del exceso, ya del lado del defecto; porque
de este modo alcanzaremos más fácilmente el medio y el bien.
Misión de la universidad
José Ortega y Gasset
Decía Leonardo da Vinci: “El que no puede lo que quiere,
que quiera lo que puede”. Este imperativo tiene que ser quien
dirija radicalmente toda reforma universitaria. Solo puede crear
algo una apasionada resolución de ser lo que estrictamente se es.
No solo la universitaria, sino toda la vida tiene que estar hecha
con una materia cuyo nombre es autenticidad. Una institución en
que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar es una
institución falsa y desmoralizada. Sin embargo, este principio de
la ficción inspira todos los planes y la estructura de la actual
Universidad. Por eso yo creo que es ineludible volver del revés
toda la Universidad o, lo que es lo mismo, reformarla
radicalmente, partiendo del principio opuesto. En vez de enseñar
lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que
enseñar solo que se puede enseñar, es decir, lo que se puede
aprender. Trataré de desarrollar las implicaciones que van en esa
fórmula.
Se trata, en verdad, de un problema más amplio que el de la
enseñanza superior. Es la cuestión capital de la enseñanza en
todos sus grados. En la enseñanza, en la educación hay tres
términos: lo que habría que enseñar –o el saber-, el que enseña o
maestro y el que aprende o discípulo. Pues bien: con increíble
obcecación, la enseñanza partía del saber y del maestro. El
discípulo, el aprendiz, no era principio de la Pedagogía. La
innovación de Rousseau y sus sucesores fue simplemente
trasladar el fundamento de la ciencia pedagógica del saber y del
maestro al discípulo y reconocer que son éste y sus condiciones
peculiares lo único que puede guiarnos para construir un
organismo con la enseñanza. La actividad científica, el saber,
tiene su organización propia, distinta de esta otra actividad en que
se pretende enseñar el saber. El principio de la Pedagogía es muy
diferente del principio de la ciencia.
Pero hay que dar un paso más. En vez de perderse en
estudiar minuciosamente la condición del discípulo, es preciso
circunscribir el tema y considerar al discípulo como aprendiz.
Entonces se cae en la cuenta de que no es el joven lo que nos
obliga a ejercitar una actividad especial que llamamos enseñanza
sino algo sobre manera formal y simple. Verán ustedes.
Aunque hay en el planeta aire de sobra, no todo él es de la
misma calidad. El “aire puro” se da solo en ciertos lugares de la
tierra, a cierta altura sobre el nivel del mar, bajo un clima
determinado. Es decir, el “aire puro” es escaso. La cosa es de una
simplicidad estupefaciente pero innegable; la escasez es el
principio de la actividad económica. Con la enseñanza sucede
algo parecido. ¿Por qué existen actividades docentes? ¿Por qué es
la pedagogía una ocupación y una preocupación del hombre?
El hombre se ocupa y preocupa de la enseñanza por una
razón tan simple como lamentable: para vivir con firmeza,
desahogo y corrección hace falta saber una cantidad enorme de
cosas, y el niño, el joven tienen una capacidad limitadísima de
aprender. Esta es la razón. Si la niñez y la juventud durasen cada
una cien años, o el niño y el joven poseyesen memoria,
inteligencia y atención en dosis ilimitadas, no existiría la
actividad docente. La escasez, la limitación en la capacidad de
aprender, es el principio de la instrucción. Hay que preocuparse
de enseñar exactamente en la medida en que no se puede
aprender.
¿No era demasiado casual que la actividad pedagógica entre
en plena erudición hacia mediados del siglo XVIII y desde
entonces no haya hecho sino crecer? ¿Por qué no antes? La
explicación es sencilla: justamente en esta fecha viene a granar la
primera gran cosecha de la cultura moderna. En poco tiempo
aumenta gigantescamente el tesoro de efectivo saber humano. La
vida, entrando de lleno en el nuevo capitalismo, que los recientes
inventos habían hecho posible, adquiere una gran complicación y
exige creciente pertrecho de técnicas. Por eso, porque era forzoso
saber muchas cosas cuya cuantía desbordaba la capacidad de
aprender, se intensificaba y amplía también de pronto la actividad
pedagógica, la enseñanza.
En cambio, apenas si hay enseñanza en las épocas
primitivas. ¿Para qué, si apenas hay que enseñar, si la facultad de
aprendizaje supera con mucho la materia asimilable? Sobra
capacidad. Solo hay algunos saberes: ciertas recetas mágicas y
rituales para fabricar los más difíciles utensilios –por ejemplo, la
canoa-, o bien para curar enfermedades y distraer a los demonios.
Solo esto hay de enseñable. Pero precisamente porque es tan
poco, cualquiera, sin más, sin aplicable esfuerzo lo aprendería.
Entonces se produce un fenómeno sorprendente, que de manera
más inesperada confirma mi tesis. En efecto: la enseñanza aparece
en los pueblos primitivos con un aspecto inverso: la función de
enseñar consiste -¿quién lo diría?- en ocultar. Aquellas recetas se
conservan como un secreto que se transmite arcanamente a unos
pocos. Los demás las aprenderían demasiado pronto. De ahí el
hecho universal de los ritos técnicos secretos.
Toda enseñanza primitiva, en que hay poco que enseñar, es
esotérica, calculadora; por tanto, es lo contrario de la enseñanza.
Esta brota cuando el saber que es preciso adquirir contrasta con la
limitación e la facultad de aprender. Hoy más que nunca el exceso
mismo de riqueza cultural y técnica amenaza con convertirse en
una catástrofe para la humanidad, porque a cada nueva generación
le es más difícil o imposible absorberla. Urge, pues, instaurar la
ciencia de la enseñanza, sus métodos, sus instituciones, partiendo
de este humilde y seco principio: el niño o el joven es un
discípulo, un aprendiz, y esto quiere decir que no puede aprender
todo lo que habría que enseñarle. Principio de economía en la
enseñanza.
La universidad es, tal y como hoy se presenta, un bosque
tropical de enseñanzas. Si a ellas añadimos lo que antes nos
pareció más ineludible –la enseñanza de la cultura-, el bosque
crece hasta cubrir el horizonte; el horizonte de la juventud, que
debe estar claro, abierto. No hay más remedio que volverse contra
esa inmensidad y usar el principio de economía.
El principio de economía no sugiere solo que es menester
economizar, ahorrar en las materias enseñadas, sino que implica
también esto: en la organización de la enseñanza superior hay que
partir del estudiante, no del saber ni del profesor. La universidad
tiene que ser la proyección institucional del estudiante, cuyas dos
dimensiones esenciales son: una, lo que él es: escasez de su
facultad adquisitiva de saber; otra, lo que él necesita saber para
vivir.
Hay que partir del estudiante medio y considerar como
núcleo de la institución universitaria, como su torso o figura
primaria, exclusivamente aquel cuerpo de enseñanzas que se le
pueden con absoluto rigor exigir, o lo que es igual, aquellas
enseñanzas que un buen estudiante medio puede de verdad
aprender. ¿Cómo determinar ese conjunto de enseñanzas?
Quedándose solo con aquellas que se consideran necesarias para
la vida del hombre que hoy es estudiante.
EDUCACIÓN Y CONVIVENCIA
John Dewey
La continuidad de toda experiencia mediante la
renovación del grupo social, es un hecho literal. La educación,
en su sentido más amplio, es el medio de esta continuidad de
la vida. Cada uno de los elementos constitutivos de un grupo
social, tanto en una ciudad moderna como en una tribu salvaje
nace inmaduro, indefenso, sin lenguaje, creencias, ideas ni
normas sociales. Cada individuo, cada unidad de portadores
de la experiencia vital de su grupo desaparece con el tiempo.
Y, sin embargo, la vida continúa.
Los hechos primarios ineluctables del nacimiento y la
muerte de cada uno de los miembros de un grupo social
determinan la necesidad de la educación. De una parte se halla
el contraste entre la inmadurez de los miembros recién
nacidos del grupo -sus únicos representantes futuros- y la
madurez de los miembros adultos que poseen el conocimiento
y las costumbres del grupo. De otra parte, existe la necesidad
de que estos miembros inmaduros no solo sean conservados
físicamente en número suficiente, sino también que sean
iniciados en los intereses, propósitos, informaciones,
destrezas y prácticas de los miembros maduros: en otro caso,
cesará en el grupo su vida característica. El mero crecimiento
físico, el mero dominio de las puras necesidades de
subsistencia, no bastarán para reproducir la vida del grupo.
La sociedad existe mediante un proceso de transmisión
tanto como por la vida biológica. Esta transmisión se realiza
por medio d ella comunicación de hábitos de hacer, pensar y
sentir de los más viejos a los más jóvenes. Sin esta
comunicación de ideales, esperanzas, normas y opiniones de
aquellos miembros de la sociedad que desaparecen de la vida
del grupo a los que llegan a él, la vida social no podría
sobrevivir.
La sociedad no solo continúa existiendo por la
transmisión, por la comunicación, sino que puede decirse que
existe en la transmisión y en la comunicación. Hay más que
un vínculo verbal entre las palabras común, comunidad y
comunicación. Los hombres viven en una comunidad por
virtud de las cosas que tienen en común; y la comunicación es
el modo en que llegan a poseer las cosas en común. Lo que
han de poseer en común con el fin de formar una comunidad o
sociedad son objetivos, creencias aspiraciones,
conocimientos: una inteligencia común. La comunicación que
asegura la participación en una inteligencia común es la que
asegura disposiciones emocionales e intelectuales semejantes.
Toda comunicación es educativa. Ser un receptor de una
comunicación es tener una experiencia ampliada y alterada.
Se participa de lo que otra ha pensado y sentido, en tanto que
de un modo restringido o amplio se ha modificado la actitud
propia. Tampoco deja de ser afectado el que comunica. La
experiencia debe formularse para ser comunicada. Para
formularla se requiere salirse fuera de ella, verla como la vería
otro, considerar los puntos de contacto que tiene con la vida
de otros, para que pueda adquirir tal forma que aquél sea
capaz de apreciar su sentido. Salvo cuando se trata de lugares
comunes y frases hechas, tenemos que asimilarnos,
imaginativamente, algo de la experiencia de otros con el fin
de hablarles inteligentemente de nuestra propia experiencia.
Puede muy bien decirse que toda organización social que siga
siendo vitalmente social o vitalmente compartida es
educadora para aquellos que participan en ella. El mismo
proceso de convivir educa. Amplía e ilumina la experiencia;
estimula y enriquece la imaginación, crea responsabilidad
respecto a la precisión y la vivacidad de expresión del
pensamiento. Un hombre que viva realmente aislado tanto
mental como físicamente, tendría poca o ninguna ocasión de
reflexionar sobre su experiencia pasada para extraer su
sentido neto.
Existe una marcada diferencia entre la educación que
cada uno obtiene de vivir con los demás y la educación
deliberada del joven. En el primer caso, la educación es
incidental: es natural e importante, pero no expresa la razón
de la asociación. A medida que la civilización avanza se
amplía la distancia entre las capacidades del joven y las
actividades de los adultos. La capacidad para participar
eficazmente en las actividades adultas depende así de un
adiestramiento previo proporcionado con este fin. Se
organizan instituciones y programas de estudios. Las tareas de
enseñar ciertas cosas se delegan en grupos especiales de
personas. Sin tal educación sistemática no es posible
transmitir todos los recursos y adquisiciones de una sociedad
compleja. Aquélla abre un camino a un género de experiencia
que no sería accesible al joven si se le dejara adquirir un
adiestramiento en asociación espontánea con los demás.
Uno de los más graves problemas que la filosofía de la
educación ha de abordar es el método de mantener un
equilibrio entre los modos de educación espontáneos y los
sistemáticos. Cuando la adquisición de información y de
destreza intelectual técnica no influye en la formación de una
disposición social, la experiencia vital ordinaria no logra
adquirir sentido, mientras que la escolaridad solo crea
especialistas egoístas. Evitar un conflicto entre lo que los
hombres saben por haberlo aprendido conscientemente y lo
que saben inconscientemente porque lo han absorbido en la
formación de sus caracteres por el trato con los demás, llega a
convertirse en una tarea cada vez más delicada en todo
desarrollo educativo.
La verdadera naturaleza de la vida consiste en luchar por
continuar siendo. Puesto que esta continuación solo puede
asegurarse por renovaciones constantes, la vida es un proceso
de auto renovación. Lo que la nutrición y la reproducción son
a la vida fisiológica, es la educación a la vida social. Esta
educación consiste primordialmente en la transmisión
mediante la comunicación. La comunicación es un proceso a
compartir la experiencia hasta que esta se convierta en una
posesión común. Modifica la disposición de las dos partes que
participan en ella. A medida que las sociedades se hacen más
complejas en su estructura y recursos, aumenta la necesidad
de la enseñanza y el aprendizaje sistemático o intencional. A
medida que la enseñanza y el aprendizaje ganan en extensión,
existe el peligro de crear una separación indeseable entre la
experiencia obtenida en las asociaciones más directas y la que
se adquiere en la escuela.
Educación: poder llegar a comprender las cosas en la
forma del uso que de ellas se hace; un espíritu socializado es
el poder de comprenderlas en la forma del uso a que se
aplican en situaciones conjuntas o compartidas. Y el espíritu
en este sentido es el método del control social.
Los impulsos de los seres jóvenes no concuerdan con las
costumbres vitales del grupo en que han nacido. Tienen, por
consiguiente, que ser dirigidos o guiados. Este control
consiste en centrar los impulsos sobre algún fin específico y
en introducir un orden de continuidad.
La sociedad determina su propio futuro determinando el
de los jóvenes. Puesto que el que es joven en un momento
dado constituirá en días posteriores la sociedad de ese
período, la naturaleza de ella dependerá en gran parte de la
dirección que se dé a las actividades del niño en un período
anterior. Este movimiento acumulado de acción hacia un
resultado ulterior es lo que se entiende por crecimiento.
Tomada en absoluto La condición primaria del crecimiento es
la inmadurez. Tomada en absoluto, en vez de
comparativamente, la inmadurez designa una fuerza o
habilidad positivas; el poder de crecimiento. Inmadurez,
entonces, entendida como potencialidad, capacidad para poder
llegar a ser algo diferente bajo influjos externos.
El aspecto positivo de la inmadurez es la dependencia.
Parece absurdo oír hablar de dependencia como de algo
positivo. Sin embargo, el hecho de que la dependencia vaya
acompañada por un desarrollo de capacidades sugiere que se
trata de algo constructivo. Desde un punto de vista social, la
dependencia supone interdependencia. Hay siempre el peligro
de que la independencia personal excesivamente desarrollada
disminuya la capacidad social de un individuo. Al hacerle más
autodependiente se le hace también más autosuficiente y esto
puede llevarlo al distanciamiento y a la indiferencia. Esto
hace con frecuencia al individuo tan insensible en sus
relaciones con los demás que le produce la ilusión de ser
realmente capaz de estar y actuar solo.
EN TORNO A LA EDUCACIÓN
Paul Valéry
Constato que nuestro sistema educativo participa de la
incertidumbre general y del desorden de nuestro tiempo. Más
aún: él reproduce exactamente este mismo estado caótico, esa
confusión, esa incoherencia tan palpable a nuestro alrededor.
Basta observar los objetivos de nuestros programas de
estudios para descubrir cuál es el estado mental de nuestra
época, así como todas sus dudas y vacilaciones.
Nuestros métodos de enseñanza no están dominados por
una política: se mezclan constantemente con todo tipo de
políticas, de una manera irregular e inconstante. Pudiera
decirse que ellos son libres, pero libres como nosotros mismos
lo somos; es decir, con una libertad constantemente marcada
por el temor ante sus excesos, sometida a la amenaza de
nuevos excesos; apenas habituada a una nueva energías e,
inmediatamente erizada contra ella.
Nuestro sistema educativo muestra sus incertidumbres y
las muestra a su manera. Contradictoriamente afán de
tradición y obsesión de progreso comparten sus metas. Tan
pronto se avanza decididamente junto a programas de estudios
que hacen tabla rasa con lo tradicional, como se impone la
defensa y protección de lo que se considera como lo
“políticamente correcto” en lo ateniente a una tradición
cultural. Me siento obligado a señalar que en estas discusiones
y estos dilemas, las preguntas verdaderamente fundamentales
nunca son planteadas, y, absurdamente, suele dejárselas de
lado. Sé bien que el problema es muy difícil. La cantidad
siempre creciente de conocimientos, por una parte, la
preocupación por conservar ciertas prioridades que, con razón
o sin ella, consideramos no solo como superiores en sí
mismas, sino como características esenciales del país, muy
difícilmente pueden llegar a armonizarse. Pero si
considerásemos al sujeto mismo a quien va dirigida la
educación: el niño, el joven, a los cuales tratamos de convertir
en hombres; y si nos preguntásemos lo que realmente
deseamos para el futuro de ese niño y ese joven, pienso que el
problema sería singular y felizmente transformado, y que todo
programa, todo método de enseñanza, comparados, punto por
punto, a la idea de esta transformación, de esta evolución
humana a obtener, y del sentido en el que ella debería operar,
serían juzgados de esta manera.
Supongamos, por ejemplo, que alguien diga:
“Se trata de dar a este niño o a este joven (tomados al
azar) nociones necesarias para que él aporte a la nación un
hombre capaz de ganarse la vida, de vivir en ese mundo
moderno en el que deberá vivir, de ser un elemento útil para
él, un elemento no dañino sino, por el contrario, capaz de
contribuir a la prosperidad general. Capaz, por otra parte, de
disfrutar de todas los adelantos de nuestra civilización y, más
aún, de acrecentarlos; en suma: de costar lo menos posible a
los otros y de aportarles más…”
No digo que ésta fórmula sea definitiva, ni completa, ni
siquiera absolutamente satisfactoria. Lo que digo es que es en
este orden de ideas que hace falta, antes que cualquier otra
cosa, fijar el espíritu necesario cuando se quiere reglamentar
la enseñanza. Es claro que resulta necesario inculcar a los
jóvenes las convenciones fundamentales que les permitirán la
mayor capacidad de convivencia con sus semejantes, y los
conocimientos que, eventualmente, les procurarán los medios
de desarrollar sus fuerzas o enfrentar sus debilidades ante el
medio social. Pero cuando examinamos la situación real de la
educación, llama la atención ver cuánto los métodos
normalmente utilizados, si es que podemos hablar realmente
de “métodos”, ignoran olímpicamente esta reflexión
preliminar que, personalmente, considero esencial. Las
preocupaciones dominantes parecen ser las de dar a los
jóvenes una cultura confusa a mitad camino entre
conocimientos tradicionales y un impulso por iniciarlos en el
desarrollo de actividades y conocimientos de la mayor
actualidad. A veces pareciera imponerse una tendencia, a
veces la contraria; pero nunca se plantea la pregunta
realmente esencial: ¿qué queremos para la educación de
nuestros jóvenes? ¿Qué nos resulta necesario querer?
Cualquier respuesta válida a estas preguntas implicará
tomar decisiones, escoger. Se trata de llegar a una conclusión
necesaria en torno a una idea de hombre para nuestro tiempo.
Una “idea del hombre” que tendrá todo que ver con la
relación de éste con el medio en el cual habrá de vivir y
establecerse. Una idea que debería ser producto de
observaciones precisas y de estudios profundos, y nunca de
proyectos caprichosos, apresurados o cambiantes. En materia
de educación nada más pernicioso que políticas movidas por
rendimientos inmediatos o circunstanciales intereses.
APRENDER A SER
En alguna parte de su obra, dice el novelista Graham
Greene: “ser humano es también un deber”. Un deber que nos
conduce hacia eso que moralmente nos caracterice como
personas. Todo animal nace siendo lo que es y nunca podría
dejar de ser. Un perro, un gato, un pájaro son y serán eso que
la naturaleza los obliga a ser. No sucede así con el hombre,
forzado siempre a transformarse, a elegir, a valorar… Llegará
a ser eso que se proponga ser. Y en ese “proponerse ser”
estará constantemente implícito algo que nunca podría dejar
de acompañarlo: su ética.
Ética: voz griega que originalmente significó lugar, sitio;
posteriormente, referencia a la ubicación del alma humana:
territorio donde reposa un carácter individual. Esa noción,
utilizada por Aristóteles, llega hasta nuestros días en la
acepción que hoy le damos: personalidad de un individuo
apoyada en los valores con que sustenta su relación con el
mundo y con los otros; en los principios que determinarán su
conducta y propósitos, sueños y convicciones.
Será la ética la que lo ayude a crecer, la que lo fortalezca
y llegue a convertirlo en mejor persona. Y la ética… ¿puede
ella enseñarse? Pienso que sí. Podemos aprenderla de
familiares, de amigos; y, desde luego claro, de maestros: seres
que han vivido y son capaces de convertir su experiencia,
profesional y humana, en referencia para sus discípulos.
Como profesor universitario que soy y he sido por
muchos años, apuesto por el sentido ético de una educación
concebida como formación integral del educando. Y pienso
que toda universidad -al menos las que son dignas de merecer
tal nombre- deberían ser mucho más que solo centros de altos
estudios destinados a acumular conocimientos o a producirlos,
sino, también, lugares donde el estudiante, generalmente
joven, ya no el niño que dejó atrás el colegio, ni el adulto
formado -o deformado- y ya incapaz de cambiar sus
perspectivas, tienen mucho que aprender.
Educar significa, también, enseñar a otros a ser personas.
Nadie termina nunca de educarse. Es un proceso que
comienza con el nacimiento de la racionalidad y concluye con
la muerte. Y son muchas las cosas que contribuyen con ese
proceso; la inteligencia, desde luego, pero también la
sensibilidad y la lucidez, el sentido común y la imaginación,
la creatividad y la memoria…
Una persona muy cercana a mí, repetía con frecuencia
una frase: “trata de llegar a ser el héroe de tu propia historia”.
Creo que ésa sería una de las más genuinas consecuencias de
nuestro aprendizaje de humanidad: llegar a ser la mejor
versión de nosotros mismos.
Concluyo citando la frase del poeta griego Píndaro que
utilizo como epígrafe de este texto: “Llega a ser el que eres”;
acaso la más alta de las recomendaciones que, como seres
humanos, podríamos recibir: convertirnos en esa persona que,
gracias al aprendizaje de nuestras mejores cualidades,
podemos estar destinados a ser.