Pardo
Pardo
Siempre —en cualquier sociedad de cualquier época— el saber, el discurso, la teoría y, en general, todo
aquello que se podría considerar el ámbito de la "verdad", ha cumplido una función esencial. El mundo de
la vida —la esfera de la cotidianidad— así como las prácticas sociales propias de toda comunidad se ven
atravesados de modo inexorable en su constitución por el conocimiento. Desde las culturas más primitivas
y simples —basadas en castas o en órdenes sociales jerárquicos muy cerrados y estables— hasta nuestra
actual e hipercompleja sociedad —pretendidamente democrática y global— verdad y poder han sido
conceptos destinados a cruzarse, a confundirse, a transferirse uno al otro múltiples significados. Para
mencionar tan sólo un ejemplo, tanto el conocimiento sobre el régimen de las inundaciones del Nilo
—atesorado por los sacerdotes del antiguo Egipto— como el más contemporáneo control teórico y técnico
sobre los secretos de la partición del átomo han sido posesiones socialmente determinantes en sus
respectivas épocas. La implicación necesaria entre saber y vida o la recién mentada entre verdad y poder es
obvia. Sin embargo, esta "obviedad" potencia su significado en el mundo actual. ¿Por qué? Sencillamente
porque en una sociedad como la actual, caracterizada por la complejidad y el riesgo, la propiedad de la
información y del conocimiento se ha convertido en recurso esencial.2 No comprender esto o, lo que es
peor, restarle importancia equivale a desconocer el horizonte mismo bajo el cual se desarrolla todo nuestro
quehacer, se trate de actividades profesionales o de prácticas cotidianas.
Todo aquel que lleve a cabo una actividad —sea ésta teórica o práctica— requiere siempre, para un
desempeño adecuado, una mínima comprensión del contexto social "desde" el cual la realiza. Ahora bien,
la comprensión de la realidad que nos toca vivir en este comienzo de siglo es imposible e irrealizable si no
se tiene en cuenta la función y el significado que en su constitución ejerce el discurso científico. Reflexionar
sobre nuestro mundo —hoy— es principalmente reflexionar sobre la ciencia y la tecnología; por lo tanto, la
pregunta por la estructura del orden social actual es —en gran parte— la pregunta por la ciencia y por la
técnica.3 Ahora bien, dado que —como ya se ha dicho— es imposible eludir la primera demanda, y dado
que ésta nos transporta inmediatamente hacia un segundo interrogante, no cabe ya demorarlo o acallarlo
más: ¿qué se entiende por ciencia? o, dicho en otros términos, ¿qué características posee eso que
llamamos "conocimiento científico"?
El concepto de ciencia fue un descubrimiento fundamental del espíritu griego y dio origen a nuestra cultura
occidental. Así, antes de comenzar con cualquier tipo de caracterización, cabe, desde un principio,
reconocerla como el alfa y omega de nuestra civilización. Sin embargo, no son los mismos los supuestos
teóricos sobre los que reposa la idea actual de ciencia que los que se forjaron —por ejemplo— en la
antigüedad clásica. Esta diferencia tiene su explicación en que cada época histórica posee una concepción
del saber basada en los criterios que ésta supone de lo que es conocimiento en sentido estricto. Para dar
1
En DÍAZ, Esther. La Posciencia. El Conocimiento científico en las postrimerías de la posmodernidad. Buenos Aires,
Biblos, 2000, cap 2.
2
La importancia de la información como recurso esencial en nuestras sociedades actuales es señalada por muchísimos
autores: A. Giddens. M. Castells o P. Drucker, entre otros. A tales efectos puede consultarse P. Drucker, La sociedad
poscapilalista, Buenos Aires. Sudamericana. 1998, cap. 1
3 Ha sido Martin Heidegger -filósofo que es abordado por Mónica Giardina en "Una visión crítica de la ciencia y de la
técnica a partir del problema del método" en este mismo volumen- uno de los primeros pensadores que supo ver en
la técnica el fenómeno central de nuestra época.
sólo un ejemplo —dado que este tema será tratado en el próximo punto— hoy consideramos "lo científico"
como el modelo casi excluyente de todo saber que se precie de tal. Mas —como luego se verá— no
siempre fue así, puesto que lo que nosotros entendemos actualmente por conocimiento científico tiene su
origen más reciente en la modernidad.
¿En qué consiste el saber propio de la ciencia? ¿Qué características ha de tener el conocimiento científico?
Obviamente, no todo conocimiento es científico. La cientificidad es una categoría que depende de ciertos
requisitos que suelen centrarse en estas características:
Capacidad descriptiva, explicativa y predictiva (mediante leyes). 'Describir' es enunciar las notas distintivas
de un objeto. Sin embargo, una mera recolección de datos o una descripción de hechos, por más detallada
que sea, no constituye por sí misma conocimiento científico. La ciencia es un saber que busca leyes
mediante las cuales poder describir y explicar la realidad. Por ello, si se trata de ciencia, se debe encontrar y
formular relaciones constantes entre los fenómenos, y son justamente las leyes las proposiciones
universales que expresan esas conexiones regulares que permiten, por un lado, explicar y, por el otro,
predecir hechos particulares. La ciencia es, así, esencialmente explicativa, y "explicar" no será otra cosa que
dar cuenta de hechos mediante leyes, "subsumir" lo particular en lo general, a los fines de lograr -mediante
ese saber- un control tal sobre el fenómeno que nos permita "predecirlo", vale decir, dominarlo.
Carácter crítico (o criticidad). Además de ser un conocimiento legalista, es decir, que busca explicar y
predecir fenómenos mediante leyes, la ciencia es -sobre todo- un saber crítico. ¿Qué significa aquí 'crítico'?
Este rasgo esencial al que nos estamos refiriendo alude a su carácter problemático y cuestionador: el
pensamiento científico es -básicamente y por sobre todas las cosas- un pensar interrogante y, por ello, su
tarea más propia es la del preguntar. La ciencia o, mejor aún, la tarea de la ciencia, presupone una primacía
de la pregunta, una apertura del hombre a lo no sabido, una racionalidad estructurada en forma de una
lógica de pregunta-respuesta.4 Ahora bien, si "ciencia" -como veníamos diciendo- supone "pregunta" o
"cuestionamiento" y éstos, la existencia de algún "problema" o de al menos "algo cuestionable'', es posible
concluir, entonces, que la actitud propia del que hace ciencia es la "actitud crítica". Esto es, la de aquel que
antepone la duda, el examen, el "preguntar crítico", al dogma, a la doctrina incuestionable. Por lo tanto,
nada más lejos del quehacer científico que la dogmática, dado que ésta se caracteriza por sustraer su
principio ("dogma") a todo posible pensar cuestionante. Por ello, los griegos consideraban la "opinión"
(doxa) como el principal obstáculo para el desarrollo del saber (episteme). Es justamente el poder de la
opinión el que reprime el preguntar, al ocultar -en virtud de su tendencia expansionista- el reconocimiento
de que en realidad no se sabe.
Saber fundamentado (lógica y empíricamente). En estrecha relación con lo anterior, puede agregarse ahora
que la ciencia requiere siempre -para ser considerada tal- la fundamentación de sus afirmaciones. Y si bien
-tal como luego se explicará- ésta es una condición que recorre la historia toda del conocimiento científico,
en la actualidad debe especificarse que "justificar" o "fundamentar" -en ciencia- supone una referencia a
dos dimensiones: una lógica y otra empírica. La primera está relacionada con la coherencia entre las
proposiciones que conforman la teoría, de acuerdo con las reglas de la lógica, mientras que la segunda se
agrega a la anterior para las ciencias que estudian los hechos (ciencias fácticas) e implica la necesidad de
justificar sus enunciados mediante contrastación empírica, esto es, a través de una confrontación con la
experiencia.
Carácter metódico. A nuestra actual comprensión de lo que es la ciencia, en tanto paradigma de verdadero
conocimiento, le es inherente -tal como queda prefigurado ya en el punto anterior- la centralidad del
concepto de método. Methodos es una palabra griega cuyo significado alude a un "camino por medio del
4Este tema de la primacía de la pregunta y del carácter dialógico de la racionalidad constituye una de las afirmaciones
principales de la hermenéutica filosófica, cuyo principal representante es Hans-George Gadamer. Véase Verdad y
método, Salamanca, Sígueme. 1991. parte 111.
cual aproximarse a lo que debe conocerse" y, en su sentido moderno (sobre todo desde Descartes),
adquiere el sentido de un concepto unitario que, más allá de las peculiaridades del ámbito estudiado,
implica la exclusión del error mediante verificación y comprobación. Así, la tendencia fundamental del
pensamiento científico moderno es la de identificar el saber, el conocimiento propiamente dicho, la ciencia,
con lo comprobable empíricamente y, por tanto, la verdad con la certeza. Esto es lo que posibilita, a partir
del innegable avance de las ciencias naturales desde el siglo XVII, la reducción de la verdad al método. Así,
un cuerpo de conocimientos, para que hoy sea considerado como "científico", debe seguir,
necesariamente, cierto procedimiento, ciertos pasos. Si una investigación -cualquiera que ésta sea- omite o
elude alguno de ellos (los cuales son establecidos por la comunidad científica), pierde inmediatamente su
pretensión de cientificidad.
Sistematicidad. Otra característica no menos importante está referida a la sistematicidad del conocimiento
científico, es decir, a que éste es un cuerpo de proposiciones relacionadas entre sí lógicamente. Se
denomina "sistema" a un conjunto ordenado de elementos, y-por lo tanto- el carácter sistemático de la
ciencia alude a una unidad armónica, consistente, no contradictoria del saber, en virtud de la cual nuevos
conocimientos se integran a los ya establecidos.
Comunicable mediante un lenguaje preciso. Ya se hizo mención de la necesidad de fundamentación como
requisito esencial de todo saber que se pretenda científico. La ciencia formula constantemente enunciados
que deben responder a esta demanda, vale decir, hipótesis que deben cumplir con requisitos lógicos y
empírico-metodológicos. Sin embargo, muy a menudo -tanto en ciencia como también en la vida cotidiana-
es necesario, además, formular enunciados precisos. Por ejemplo, no alcanza sólo con decir "en la década
del 90 ha aumentado la desocupación" o "el cigarrillo hace mal a la salud". Es necesario complementar esos
enunciados con otros más precisos: ¿en qué medida ha aumentado la desocupación? o ¿a qué órganos y
cómo el cigarrillo afecta la vida del hombre? Si bien siempre la ciencia ha aspirado a la precisión, en la
actualidad -época de vertiginosos desarrollos tecnológicos, de hiperinformación y de racionalización de
todos
los aspectos de la vida- tal aspiración se ha transformado en requisito indispensable: la medida, la exactitud
en la formulación de relaciones entre los fenómenos estudiados y la posibilidad de expresión de ese saber
en un lenguaje preciso son componentes ineludibles de todo conocimiento que se precie de ser científico.
Así, podría decirse que la ciencia tiende naturalmente -en la medida en que aspira a eliminar la ambigüedad
y la vaguedad- a la búsqueda de un lenguaje unívoco, esto es, aspira a la posibilidad de crear un lenguaje
ideal que elimine toda equivocidad, que sea plenamente exacto, que tenga un único sentido posible.
Aunque hay que aclarar que ese ideal no puede ser efectivamente realizado más allá de los límites de un
lenguaje formal, como el de la lógica y el de la matemática.
Pretensión de objetividad. Finalmente, suele afirmarse que el conocimiento científico es, o pretende ser,
objetivo. Por objetividad debe entenderse la capacidad del sujeto de elevarse por sobre todo
condicionamiento histórico y subjetivo y de tomar la distancia suficiente respecto del objeto a conocer,
como para adoptar el punto de vista de un observador neutral. Ser objetivo significará, pues, evitar -en el
conocimiento mismo- toda influencia derivada del que conoce, y -por lo tanto- implica la absoluta
prescindibilidad del sujeto en el proceso cognoscitivo mismo. Desde ya, en tomo de este concepto se erigen
las discusiones más profundas en cuanto a su posibilidad y aun en cuanto a su sentido. Pero de esta
cuestión cabrá ocuparse más adelante, cuando, desde Friedrich Nietzsche, se plantee la crítica del
pensamiento moderno y el redescubrimiento de la historicidad. Por ello, por ahora, deberemos
conformamos con sostener que el conocimiento científico es un saber que "aspira" a la objetividad.
En síntesis, la ciencia. según la visión más usual que en la actualidad se tiene de ella, es un cuerpo de
conocimientos al que le son esenciales las siguientes características:
- capacidad descriptiva, explicativa y predictiva (mediante leyes);
- carácter crítico;
- fundamentación (lógica y empírica);
- carácter metódico;
- sistematicidad;
- comunicabilidad mediante un lenguaje preciso, y
- pretensión de objetividad.
Sin embargo, sería lícito ahora preguntar: ¿siempre se ha entendido "esto" por ciencia? Y, de no ser así,
¿cuándo tiene su origen ese modo de comprender el conocimiento científico que acabamos de describir?
La respuesta a la primera pregunta es, obviamente, no; puesto que –como se apuntó anteriormente- cada
época ha pensado la ciencia de una manera propia y particular, en relación con una forma -también propia
y particular- de concebir la realidad y la racionalidad. Mientras que habrá que responder a la segunda
demanda lo siguiente: nuestra actual idea de ciencia tiene un doble origen, uno remoto, la filosofía griega,
y otro reciente, el conocimiento tal como lo entiende la modernidad. Pero esta temática nos lleva al
próximo apartado de este trabajo.
Ha quedado suficientemente aclarado ya lo que "hoy" entendemos por ciencia, a saber, un tipo de
conocimiento que debe cumplir con ciertos requisitos: capacidad descriptiva, explicativa y predictiva
mediante leyes, carácter crítico, fundamentación lógica y empírica, carácter metódico, sistematicidad,
comunicabilidad mediante un lenguaje preciso y pretensión de objetividad. Ahora bien, vamos a denominar
a esto el sentido acotado o restringido de ciencia, dado que la cientificidad se reduce a su significado
moderno; vale decir, supone restringir el alcance del adjetivo 'científico' a aquello que efectivamente
nuestra época todavía considera como tal. Así, siguiendo este criterio, no sería lícito, en términos estrictos,
conceder a las ideas antiguas -como las que componen la física de Aristóteles o de Ptolomeo- el atributo de
la cientificidad, pues, medidas desde los parámetros epistemológicos y metodológicos actuales, podrían ser
consideradas más como productos de la fantasía y de la dogmática que como resultado de una actividad
plenamente científica.
Sin embargo, el término 'ciencia' alberga también un sentido más amplio, de mayor extensión. Es el que
nos permite hablar, por ejemplo, de "ciencia antigua" o de "ciencia medieval". Se trata, en este caso, del
saber que una época considera sólido. Vale decir, qué es ciencia es una pregunta cuya respuesta varia
históricamente, porque la comunidad científica de cada época -de acuerdo con las prácticas sociales y con
el modo como esa comunidad comprende la realidad- forja un sentido determinado de "ciencia". Como se
ha dicho anteriormente, no siempre se concibió el conocimiento científico tal como hoy lo pensamos. Si a
un griego del siglo v antes de Cristo le explicáramos a qué denominamos hoy "ciencia", seguramente no lo
identificaría con el término episteme (palabra que suele ser traducida por "ciencia"). Más bien diría: eso en
todo caso es "saber empírico", "conocimiento técnico", pero no "ciencia" (episteme).
Es por ello que -desde este sentido amplio e histórico de ciencia puede hablarse de tres grandes modelos
epocales o paradigmas, en cuanto al modo de comprender el conocimiento científico (en tanto saber
sólidamente fundamentado):
5Esta distinción entre "ciencia en sentido restringido" y "ciencia en sentido amplio" fue tomada del trabajo de Esther
Díaz, Metodología de las ciencias sociales. Buenos Aires, Biblos, 1997. Cap. 1.
un paradigma actual -por algunos llamado "posmoderno", por otros "tardo-moderno"- que
se constituye fundamentalmente en este último siglo (el XX) y que, si bien no difiere
totalmente del de la modernidad, guarda respecto de él muchas e importantes diferencias.
Comprender cabalmente el significado de tal distinción y las diferencias esenciales de estas perspectivas
históricas, en cuanto a la concepción científica del mundo, es de suma importancia y constituye uno de los
objetivos fundamentales de este libro. Y si bien tal cometido quizá sólo pueda ser alcanzado al cabo de la
lectura total del mismo: resulta pertinente comenzar aquí a esbozar algunos de los rasgos más propios y
significativos de esos tres grandes modelos epocales de ciencia.
Paradigma premoderno. Dentro de lo que aquí se denomina "premodernidad" se encuentran dos períodos
bien diferenciables pero que, en sus fundamentos, comparten ciertas características, a saber: la antigüedad
clásica (centrada sobre todo en el pensamiento griego de los siglos VI al IV antes de Cristo) y la Edad Media
(siglos v al xv).
Del primero de ellos -el "mundo griego"- cabe decir, antes que nada, que es fundacional; vale decir, que da
origen, que funda la cultura occidental y da inicio al proyecto racionalista -y luego ilustrado- que recorre las
venas de toda nuestra tradición. Y que llega de algún modo, incluso, hasta nuestros días. Aquí el concepto
clave es el de logos. ¿Qué entendían los griegos por logos? Responder esta pregunta requeriría un artículo
aparte, si no un libro entero. Pero. sin embargo, a los fines de nuestro tema, es posible bosquejar una
respuesta. El significado que los griegos daban al concepto logos era básicamente el de "discurso
explicativo y demostrativo", que se contraponía y se complementaba6 con ese otro tipo particular de
discurso que se narraba sin necesidad alguna de demostración. Se trata del mythos (mito). cuya "verdad"
no residía en la verificación. Tanto el término logos como mythos aludían a "palabra", a "lenguaje", sólo
que, mientras el segundo poseía el sentido de una palabra que se esparce sin que sea necesario determinar
su origen ni confirmarla, el logos -al igual que la ciencia- descansa en la fundamentación.
Así, en esta contraposición entre mito y logos -propia de la antigüedad clásica- podemos encontrar la
primera manifestación del concepto de ciencia: el saber científico pertenece al logos, en tanto es -
esencialmente- discurso demostrativo, racionalidad fundada en principios "lógicos"; 7 y -tal como se afirmó
antes- en ella reside también el que quizá sea el gesto más propio y originario de nuestra cultura: la
exaltación de una forma de lenguaje y de racionalidad -la científica- sobre la base de la creencia en la plena
racionalidad de la realidad.
Pero existe aún otra oposición a partir de la cual es posible rastrear con mayor precisión el origen remoto
de nuestro actual concepto de "ciencia". Es la que tiene lugar entre doxa y episteme.8 Ésta no es otra que la
diferenciación entre la mera "opinión" y el "saber científico".
En consecuencia, en el ámbito del logos los griegos distinguían entre el saber cotidiano y vulgar -un saber
no sólo no fundamentado, sino que tiende a evitar su examen, vale decir, acrítico- y el saber de la "ciencia",
6
Respecto de la complementación entre mito y logos, véase R-G. Gadamer, Mito y razón. Barcelona, Paidós, 1997, c 2.
7
Es obvia. pero cabe sin embargo resaltarla. la relación etimológica entre "logos" y "lógica".
8 El termino episteme, que suele ser traducido corno "ciencia", da lugar a tocia una serie de conceptos relacionados
con lo científico, por ejemplo "epistemología", vale decir, algo así como "teoría del conocimiento científico".
como conocimiento fundamentado y crítico. El término episteme –de acuerdo con el concepto antiguo del
saber- refiere a la pura racionalidad, y es por eso que en ella se incluye también la filosofía.
Frente a este modo de comprender la realidad y el conocimiento -centrado en los conceptos de logos y de
episteme-el mundo de la Edad Media aporta a nuestra tradición, básicamente, todo lo derivado de la
concepción cristiana de la vida. Por ejemplo, la subordinación de la razón a la fé.9 O lo que es aún más
importante, la comprensión del mundo en términos de un orden divino. De este modo, la prioridad dada al
sentimiento religioso y a la fé por sobre las evidencias de la racionalidad lógica y epistémica se funda no
tanto en un rapto de oscurantismo o de irracionalidad sino más bien en que el orden a partir del cual es
"leída" o interpretada la realidad es esencialmente "divino" y no "racional". Vale decir, si se parte del
supuesto o del a priori de una naturaleza cuyo sentido eminente es el de ser "huella o signo de Dios" y de la
idea de un universo ordenado jerárquicamente en clave teológica es absolutamente entendible que se
antepongan las exigencias de la fe a los reclamos de la razón.
Sin embargo, en la base de todas estas diferencias entre la concepción griega y la cristiano-medieval existe
un suelo común, un conjunto de características compartidas, que son las que hacen posible y pertinente
hablar -enlazando a ambas- de un paradigma premoderno, ¿por qué? Porque teniendo presente esa gran
revolución científica de los siglos XVI y XVII que va a dar lugar al nacimiento de una nueva época, la
modernidad, es claro que, frente a ella. el mundo antiguo y el medieval -a pesar de los principios
divergentes que los rigen- constituyen una unidad. ¿Cuáles serían, entonces, los fundamentos de la misma?
Aquí, aunque desde ya de un modo muy simplificador y esquemático, cabe señalar, por ejemplo, los
siguientes:
El Conocimiento Científico
9 Siempre, en caso de conflicto entre una "verdad de razón" y una "verdad de fe", se consideraba como un deber -
obviamente- a esta última en detrimento de la primera.
10 La comunidad de ideas en cuanto a la comprensión de la naturaleza -entre la antigüedad y el medioevo- se
manifiesta básicamente en que -dejando de lado la autoridad indiscutible que ejercieron las Sagradas Escrituras en el
segundo periodo- el "texto" científico a partir del cual se concibió el orden del universo en ambas épocas fue el
mismo, a saber. la Física de Aristóteles. Y en buena medida también, su Metafísica. Aunque cabe aclarar que la
asimilación y aceptación de Ja filosofía aristotélica por parte del cristianismo fue lenta y muy conflictiva. Prohibiciones
y discusiones teológicas mediante, sólo a partir del siglo XIII la Iglesia "adopta" y "cristianiza" algunas ideas del
filósofo.
como para los medievales- si bien ese tipo de conocimiento (que nosotros hoy llamamos
"ciencia" y que ellos hubiesen llamado "saber empírico" o "técnica") era considerado
episteme, no representaba "el" conocimiento superior, puesto que, justamente por su
carácter empírico, siempre se lo consideró inferior respecto de otros saberes. Para los
griegos la filosofía primera o metafísica estaba por encima del conocimiento sensible o
empírico, y ni qué hablar de la sofía o sabiduría.11
En síntesis, lo que aquí denominamos "paradigma premoderno de ciencia" se sustenta en una comprensión
del mundo muy difícil de entender para nosotros. Dado que, como se dijo al comienzo del capítulo,
"nuestra" idea actual de lo científico tiene su origen más reciente en la modernidad.
Paradigma moderno. Frente al mundo premoderno, que se acaba de describir en sus aspectos más básicos
y generales, la modernidad constituye un lento pero inexorable proceso de desacralización o secularización.
En primer lugar, se comienza a producir una constante y cada vez más compleja separación de esferas o
ámbitos dentro de la cultura y de la sociedad. La más importante de ellas es la acontecida entre el orden de
lo religioso-eclesiástico y el de lo profano-mundano. Dicho en otros términos, una de las diferenciaciones
fundantes de lo moderno es la que se da -desde un punto de vista institucional- entre la Iglesia y el Estado y
-desde una óptica cultural- entre la religión y la ciencia. En segundo lugar, la modernidad entendida como
proceso de secularización alude a un giro profundo y esencial del pensamiento: el que va del teocentrismo
medieval (preocupado por lo sagrado) a la centralidad de los problemas práctico-mundanos (vale decir,
"seculares"). Concretamente, el núcleo de orientación de la cultura moderna ya no será lo divino sino más
bien la resolución de aquellos problemas práctico-teóricos originados por los cambios sociales que tuvieron
lugar a partir de la aparición de la burguesía. Vale decir, se trata de un giro de lo teológico a lo mundano, de
lo sagrado a lo profano, del tiempo de lo divino (no susceptible de medición alguna, dado que es la
eternidad) al tiempo del mundo (medible y divisible en siglos o saecula).
Ahora bien, a pesar de no ser éste el lugar donde se tratará la temática referida a los fundamentos
filosóficos de la modernidad-que será desarrollada en el próximo apartado-, cabe sin embargo formular ya
la siguiente pregunta: ¿cómo caracterizar ese largo y continuo proceso de secularización que llega de algún
modo hasta nuestros días?; ¿cuáles son las características de "lo moderno"? La esencia de la modernidad
está dada por el ideal de una racionalidad plena. Esto implica o conlleva las siguientes creencias:
1) El mundo posee un orden racional-matemático. Galileo dice que "la naturaleza está escrita en caracteres
matemáticos", y ésa ha de ser su clave interpretativa acerca de la realidad. Los comienzos de la modernidad
constituyen un verdadero "renacimiento" del espíritu de la antigüedad clásica respecto de la Edad Media
que, como se explicó anteriormente, arraigaba su interpretación del mundo en el suelo de lo teológico.
2) Dado este punto de partida, la comprensión del orden natural a partir de un a priori racional-
matemático, "lo moderno" se caracteriza también por el surgimiento de una confianza absoluta en el poder
de la razón: tanto en su poder cognoscitivo como práctico. Esto es, surge una creciente certeza en la
capacidad no sólo teórica -en cuanto a la posibilidad de conocer mediante ella todos los recovecos y
escondrijos de la realidad- sino, sobre todo, en su poder de dominio y transformación de la naturaleza. Así,
la razón moderna es, en sus inicios, determinación de los primeros principios que rigen el mundo (dicta fines
y valores), luego, deviene mero cálculo de medios (para alcanzar un fin dado) y, en su última
transformación, se reduce a control práctico o manipulación (vale decir, técnica).
3) El proyecto moderno de una racionalización plena de la realidad conlleva otros dos ideales: el de
alcanzar un conocimiento universal y necesario del mundo y, a la vez, el de lograr la formulación de una
11Aristóteles consideraba la sophía como una suma de "ciencia" y nous (intuición de las verdades y principios
primeros).
ética de validez universal. Esto quiere decir que a la modernidad le es inherente una idea de conocimiento y
de verdad muy "fuerte", dado que en ella se confía en la posibilidad de determinar las leyes que -desde
siempre y necesariamente- han regido y regirán la naturaleza (esto se creía haber alcanzado ya en la física
de Newton, cuyos principios eran tenidos por verdades de ese tipo).12 A esto se le añade la creencia en la
posibilidad de lograr algo parecido en el ámbito de la moral. Es pensable y realizable -siempre dentro de los
ideales del paradigma moderno- una ética fundada en la pura razón. Y ésta, en la medida en que sería
puramente racional, es decir, dado que excluiría la influencia de cualquier elemento sustantivo derivado de
la tradición o la costumbre, tendría -entonces- la propiedad de la universalidad, esto es, podría ser
considerada como válida para todo ser racional. No otra cosa ha representado el proyecto kantiano de una
ética formal del deber.13
4) Finalmente, cabe agregar que otro de los ideales esenciales en los que se funda el programa moderno de
una racionalidad plena es la creencia en el progreso social como consecuencia inexorable del desarrollo de
la ciencia. Esto supone que -por un lado- el progresivo despliegue Y avance del conocimiento científico se
traslada a toda la sociedad, dando lugar a un orden social mejor y más justo. Y, además, conlleva el
supuesto -muy discutido en la actualidad- de que todo proceso de innovación en ciencia es, en sí mismo,
bueno. Hoy, luego de varios siglos de desarrollo de este paradigma científico, ya no resulta tan claro -más
allá de sus bondades incuestionables y de su imprescindibilidad- que todas las consecuencias de la
investigación científica sean positivas y, mucho menos, que éstas traigan aparejado un progreso social
universal. Por ello, hoy tampoco es indiscutible que el desarrollo de la ciencia deba ser absolutamente
ilimitado. Aunque cabe aclarar que tal cuestionamiento no significa-empero- obstaculización ni freno.
A partir de lo dicho sobre este ideal de racionalidad plena propio de la época moderna puede entenderse,
entonces, cómo es que recién desde aquí nace esa idea -tan elemental para nosotros- de la ciencia como
conocimiento superior, de la ciencia como modelo de conocimiento. Es así como, desde la modernidad-
origen reciente de nuestra actual idea de conocimiento científico- "razón" y "verdad" son pensados casi
como sinónimos de "razón científica" y de "verdad científica". Y es así como -desde entonces- la
racionalidad es pensada como (y reducida a) la racionalidad propia de la ciencia. Y sólo preguntar por la
corrección de tales definiciones nos instala sin más en la crisis del paradigma moderno, crisis que -para
algunos- da lugar incluso a un nuevo paradigma.
Paradigma actual (tardomoderno o posmoderno). Es indudable que varios de los rasgos que acabamos de
presentar como cimientos de la modernidad han perdido ya, en nuestros años, su poder normativo o -
directamente- han caído en desuso porque no "creemos" más en ellos. Sin embargo, no resulta tan claro
que esto nos dé derecho a hablar de un nuevo paradigma o de una "nueva época"; ¿estamos realmente
viviendo una era que se ubica más allá de la modernidad?; ¿ésta puede considerarse verdaderamente
como una etapa cerrada, consumada?; ¿o, en realidad, desde la segunda mitad del siglo xx-
aproximadamente estamos transitando no por un nuevo paradigma sino más bien por un pliegue de la
modernidad misma? Estas discusiones en torno de la relación "modernidad-posmodernidad" vienen
desarrollándose ya desde hace un par de décadas, y se han proclamado respuestas muy diversas.
Y no es este capítulo -desde ya- el lugar para explicarlas, ni mucho menos evaluarlas. Sin embargo, sí es
pertinente decir que considero que no hay que interpretar el "pos" del concepto de "posmodernidad"
como el señalamiento de un tiempo superador de lo moderno sino como la indicación de una crisis y la
apertura de un tiempo que -más allá de si está dentro o fuera de la modernidad- mantiene una estrecha
relación con ella.14 Por ello, tal vez, sea más apropiada -a los fines de evitar estas ambigüedades- la
12 Cabe aclarar que -ya desde Aristóteles- se denomina como "necesario" aquello que no puede ser de otra manera,
aquello que se cree imposible de ser pensado de otro modo.
13 Véase, l. Kant. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid. Espasa Calpe, 1983
utilización de la expresión "modernidad tardía", dado que en ella queda suficientemente explícita la
relación de co-pertenencia entre una y otra.
Pero ¿qué se quiere decir cuando se habla de posmodernidad o de modernidad tardía? En principio, cabe
señalar que, si hemos de comprender la modernidad como un proceso de secularización -cuyos perfiles
más significativos la erigieron en un ambicioso proyecto de racionalidad plena-, ahora debemos ver en esta
mencionada posmodernidad o modernidad tardía un proceso de fragmentación del sentido que se
despliega en los siguientes puntos:
1) Caída de los ideales de conocimiento de la modernidad. En nuestra cultura actual -en tanto
"posmoderna"-se cuestiona o directamente se rechaza la idea de verdad sostenida por la filosofía moderna.
Se dice "no hay verdades universales, necesarias ni definitivas sino más bien verdades provisorias y
contingentes" o -lo que es lo mismo- "el sentido, en tanto sentido lingüístico, nunca es totalmente unívoco,
sino que conlleva inexorablemente cierta equivocidad; de lo cual se deduce que toda comprensión de la
realidad comporta cierta dimensión de interpretación, de perspectiva". En síntesis, es inherente a la
posmodernidad -en contraste con lo moderno- una idea débil de verdad o -si se prefiere- cierto
"relativismo" cognoscitivo.
2) Crítica y rechazo de los ideales éticos y del progreso social inherentes a la modernidad. Otra manera de
caracterizar la posmodernidad es sostener que en ella adviene "el fin de las utopías, o de los grandes
relatos, o de las ideologías", entre otros tópicos modernos. Vale decir, no solo se descree de las
grandilocuentes construcciones teóricas del pensamiento moderno sino también de la posibilidad de
acceder por medio de ellas a un "progreso social". Si el proyecto filosófico de la modernidad era un
programa cultural orientado fundamentalmente al futuro y a lo nuevo, una de las tesis esenciales del credo
tardo-moderno reza "no hay futuro", "nada completamente nuevo es posible bajo el sol. Por ello -a los
oídos de la posmodernidad- el ideal kantiano de la construcción de una ética universal, plenamente
racional y por lo tanto válida para todos suena como lisa y llana ingenuidad pueril. Del mismo modo que la
esperanza marxista de alcanzar –por sociedades posmodernas son, como afirman algunos -en gran medida
y en comparación con las modernas-, sociedades del desencanto.
Respecto de la crítica a la desmesura cientificista -que reduce la racionalidad toda al proceder de la ciencia-
la cultura posmoderna o tardomoderna esgrime, ante aquélla, la necesidad de ampliar la idea de razón y de
verdad. Esto es, hay quienes afirman la existencia de otras formas de racionalidad además de la científica y
14Son muchos los que sostienen esta idea. Entre ellos. una opinión muy relevante al respecto es la dada por Giddens
en su análisis institucional de la modernidad. Véase A. Giddens, Consecuencias de la modernidad. Madrid. Alianza,
1995. Sección 1.
señalan la presencia de cierto tipo de "verdad" en discursos y expresiones extracientíficas, por ejemplo, en
el arte.15
Para finalizar esta primera parte del trabajo -y sobre la base de lo hasta aquí dicho- es conveniente tener
presente y reafirmar los fundamentos desde los cuales ha surgido nuestra actual idea de ciencia aquella
desde la cual habíamos partido al comienzo. Lo que hoy entendemos como conocimiento científico -un
saber explicativo mediante leyes, crítico, fundamentado, metódico, sistemático, comunicable mediante un
lenguaje preciso y con pretensión de objetividad- posee un origen remoto y un origen reciente. El primero
no es otro que la antigüedad clásica, con su original proyecto racionalista y su concepto de logos y de
episteme. Allí nace la confianza en la racionalidad de la realidad y en la posibilidad de un conocimiento
fundamentado de ella. El segundo está constituido por la modernidad, porque en ésta comienza a tener
lugar la identificación entre ciencia o episteme y conocimiento empírico, lo que deriva luego en la
conversión de la ciencia en técnica. Desde entonces ya no es posible pensar la ciencia si no es en relación
con la técnica. Vale decir, la ciencia actual es -esencialmente- tecnología. Y, finalmente, nuestra actual idea
de ciencia debe a la modernidad la asimilación de la racionalidad a "razón matemática", esto es la
conversión del logos griego en ratio calculante.
Por todo ello, la exposición del siguiente punto -a saber, la clasificación tradicional de las ciencias y el
tratamiento de la idea de verdad en relación con la historia- requerirá un rodeo previo: el que deberemos
dar por la explicitación de los fundamentos filosóficos de la modernidad.
Desde los últimos siglos de la Edad Media, momento en el que comienza a resultar insostenible toda
posible conciliación entre una verdad de fe y una verdad de razón, se inicia un largo, pero firme proceso de
secularización a través del cual se constituye la ciencia moderna. Es el proyecto de la modernidad,
esbozado ya por Galileo y Descartes, consumado por la ciencia de Newton y la filosofía de Kant, y
representado socialmente por ese ascenso de la burguesía que da lugar luego a la Revolución Francesa. Allí,
en ese lapso que va desde los siglos XIV hasta el XIX, se fue forjando un concepto de razón y una
concepción del conocimiento que caracterizan lo que hoy en día-de algún modo- aún entendemos por
ciencia.
La pregunta por las características de ese proyecto ha sido ya -aunque de manera muy breve- contestada.
Así, se dijo que "lo moderno" se funda en un programa de racionalización plena de la realidad, tanto en lo
que hace a la realidad natural como a la social. También se ha explicado -quizá muy esquemáticamente- el
despliegue de ese programa en una serie de creencias esenciales a la misma: orden racional matemático de
la naturaleza, confianza absoluta en el poder de la razón, ideal de una ética y de un conocimiento universal
y necesario y esperanza de progreso social como consecuencia del desarrollo científico. Sin embargo, no
15 Respecto de la "verdad" en el arte, luego se verá la importancia que Nietzsche le da a esto; y en otro capítulo- “El
problema de la centralidad en la ciencia y en la técnica” – puede encontrarse también este tema.
16 Nos referimos, entre otros, a autores como Jürgen Habermas.
hemos dicho nada todavía acerca de los supuestos sobre los cuales se ha erigido el pensamiento científico
moderno; vale decir, no hemos sacado a luz aún sus cimientos, el suelo en el que echa raíces ese ambicioso
proceso de desacralización y sistematización racional del mundo. Por ello cabe ahora preguntar: ¿cuáles
son los fundamentos filosóficos de la ciencia moderna? Responder este interrogante será ahora la tarea,
para poder mostrar luego la clasificación de las ciencias que tiene lugar durante el apogeo de tal
paradigma, y -finalmente- señalar y describir su ocaso.
¿Qué decir esto? Básicamente que aquello que fundamenta y dota de significado las características
aludidas es que la ciencia moderna se funda en una pre-comprensión del sentido de la realidad en términos
de "aquello que puede ser calculado y medido". Lo real será "lo calculable": Por esto bajo el paradigma
científico de la modernidad adquieren mucha más relevancia -respecto del medioevo- las matemáticas; la
importancia de ellas se explica por el hecho de que “lo matemático” es la clave de lectura de la naturaleza.
Si el orden del universo es racional-matemático, se requerirá -necesariamente- de las matemáticas para su
comprensión. Vale decir, la necesidad de la medida y de las matemáticas se funda en "lo matemático" de la
ciencia moderna, y no al revés.
Esta predeterminación conceptual de la realidad como "aquello que puede ser calculado y medido" es la
que está en la base de la conocida afirmación galileana "la naturaleza está escrita en caracteres
matemáticos"; constituye asimismo el supuesto nuclear -lo no dicho- que hace posible su primera
formulación de lo que luego será el principio de inercia18. Éste romperá de manera decisiva con la física de
Aristóteles. En síntesis, el carácter empírico de la ciencia moderna sólo puede ser entendido a partir de un
a priori, el de "lo matemático", en tanto suelo en el que arraiga y crece el proyecto de conocimiento y de
razón de la modernidad toda.
Ahora bien, esa pre-comprensión de lo real en sentido matemático conlleva tanto una forma de relación
con la naturaleza como una idea de razón y de hombre. Éstos serían algo así como los elementos
complementarios de ese fundamento que estamos indagando. En primer lugar, entonces, hay que agregar
que a la ciencia moderna le es inherente una consideración de la naturaleza al modo de un objeto de
cálculo. La physis de la que hablaban los griegos, el mundo en tanto "creación" propia de los medievales, se
convierten ahora en objectum. Esto es, en algo “puesto” o “arrojado” allí, para un subjectum -el hombre-
cuya función será la de calcularla, para luego disponer de ella y mediante control y manipulación
transformarla en recurso, en "material disponible".19 Así, el proyecto moderno de una racionalización total
17 En esta caracterización ele la ciencia moderna seguimos el tratamiento que Heidegger le da al tema. Véase M.
Heidegger, La pregunta por la cosa. Buenos Aires. Alfa, 1975. pp 63-97.
18 El mismo dice: "Concibo en mi mente un cuerpo arrojado sobre un plano horizontal, excluido todo obstáculo,
resultará entonces que el movimiento del cuerpo sobre este plano será uniforme y perpetuo si el plano se extendiera
en el infinito"
de la realidad deviene en un programa de dominio tecnológico.
En segundo término -y tal como acaba de sugerirse- esto comporta, además, la conversión del hombre en
sujeto de tal proceso y de la naturaleza en "objeto".20 Éste es el esquema, la estructura del conocimiento.
¿Qué significa, concretamente, esto? Que es el supuesto de la objetividad (vale decir, el de la distancia
entre sujeto y objeto) el que sostiene la ambición de racionalidad plena que se expresa en la modernidad.
La posibilidad de determinar racionalmente la estructura de la realidad en leyes descansa en la suposición
de esa capacidad del científico de separarse del objeto a conocer. Esa "distancia" fue el anhelo de la
Ilustración moderna, y constituye la condición de posibilidad de su objetivo principal -es decir- la
determinación de "verdades fuertes" (universales y necesarias). Pues sólo puede pensarse en la viabilidad
de un saber absoluto acerca de la realidad a condición de que supongamos un sujeto de conocimiento que -
al modo de un observador neutral y externo- sea capaz de determinar lo observado sin estar implicado en
la observación.21 Así, la relación hombre-mundo u hombre-naturaleza pasa a ser pensada como la de un
sujeto (hombre) que, desde su distancia objetivadora, se enfrenta a (y dispone de) un objeto (naturaleza)
para su control.
Por último, la razón moderna pretende extenderse también al ámbito de la ética y la moral. Con esto
simplemente se quiere decir que el proyecto de razón propio de la modernidad conlleva -al principio- una
idea de racionalidad ligada a la posibilidad de determinar las conductas éticamente buenas, en la medida
en que se creía capaz de señalar los bienes (fines y valores) que deben guiar el obrar del hombre. Pero esto
duró poco. ¿Por qué? Sencillamente, porque el proyecto filosófico-científico de la modernidad hizo devenir
esa razón todopoderosa en mera razón calculante, en un mero ejercicio de cálculo de los medios más
adecuados para alcanzar fines dados. Cuando esa racionalidad pierde su poder de determinación de los
fines, se conforma con ser un puro procedimiento formal, vacío de contenido. Puede decirse que la razón
moderna -al comienzo idealmente totalizante- viene a terminar en mera "técnica". A esto se apunta cuando
se dice que la idea de razón en la que desemboca la modernidad es la de una razón instrumental. Se trata
de un proceso perfectamente entendible, si es que se tiene presente que el sentido previo a partir del cual
la modernidad comprende la realidad es el de "lo calculable". Pues entonces a nadie habrá de sorprender
que la racionalidad -tal como se concibe en esa época- no sea otra cosa que "instrumento de cálculo".
Éstos son -por lo tanto- los fundamentos filosóficos del paradigma científico que se genera a partir de la
revolución de los siglos XVI y XVII y que perdura, más o menos incólume, hasta las primeras décadas del XX.
Bajo el influjo de sus ideas comienza a engendrarse nuestro actual concepto de ciencia y asimismo de uno
de sus productos más acabados: la tecnología. Queda claro, entonces, que las consecuencias que arroja lo
moderno sobre nuestro tiempo son muchas y muy relevantes. Sin embargo, no es éste el momento de
tratarlas. Por el contrario, es preciso ahora – a los fines de dar las últimas pinceladas a esta suerte de
pintura de la ciencia clásica- pasar a dos temáticas inescindibles de la misma: la tradicional clasificación de
las ciencias y el problema de la relación entre las "verdades científicas" y lo histórico.
(…)
19 La naturaleza como material disponible o "fondo" (bestand) en relación con el carácter esencialmente técnico de
nuestra época es un tema abordado con mayor detalle en el capítulo de este libro dedicado a Heidegger.
20 El "objeto" es lo puesto delante y el hombre, como "sujeto", lo que subyace.
21 Esta idea de un sujeto objetivo que adopta el punto de vista de un observador neutral es la que está supuesta en la