EL CANON
CONCEPTO DE CANON
La iglesia cris*ana nació con un canon en las manos. La comunidad apostólica nunca
conoció la falta de escritos autorizados.2 Sus raíces en el judaísmo lo garan*zaban; los
escritos inspirados habían formado parte de la herencia hebrea desde el *empo de Moisés.
Es más, desde la tentación hasta la crucifixión, Jesús enmarcó su ministerio con citas del
An*guo Testamento (ver Mt. 4:4, 7, 10; 5:18; Jn. 10:35), tes*monio convincente de que
honraba los sagrados escritos de su herencia judía. Ni sus opositores cues*onan su lealtad
a los oráculos santos. Pueden surgir serias divergencias en cuanto a la interpretación de las
Escrituras, pero las controversias nunca se centran en su autoridad. Además, Jesús no sólo
honra la autoridad del An*guo Testamento, sino que se ofrece a sí mismo como su
cumplimiento: «era necesario que se cumpliese todo» (Lc. 24:44). Tal como lo sugiere el
sermón de Pedro sobre el profeta Joel (Hch. 2:16–21, 32s.), los escritos del An*guo
Testamento junto con las enseñanzas de Cristo cons*tuían el canon de la iglesia el día de su
nacimiento en Pentecostés.
La revelación de Dios a lo largo de los siglos se produjo por medio de una combinación
de hechos y palabras. Las plagas de Egipto podrían haberse interpretado como
preocupantes accidentes de la naturaleza si Moisés no hubiera aclarado su significado. El
ascenso de David al trono y la toma de Jerusalén pudieron haber sido tomados por otros
episodios más dentro del contexto mayor de los vaivenes polí*cos del Medio Oriente, si
Samuel y Natán no hubieran revelado su verdadera significación. La crucifixión de Jesucristo
pudo haber pasado por una de tantas ejecuciones venga*vas a manos de los romanos si él
mismo no hubiera revelado que ofrecería su vida en rescate por muchos.
Así se confirma que un canon de Escrituras—una colección autorizada de escritos, cuyas
enseñanzas son precep*vas para los creyentes—no es un lujo que la iglesia se ha permi*do.
Es una necesidad que surge de la naturaleza misma del proceso de revelación divina. Dios
se dio a conocer hablando y actuando en la historia. A lo largo de los siglos se aseguró de
que se registraran con precisión sus palabras y la naturaleza de sus acciones y se
conservaran para su pueblo. Estos tes*monios escritos cons*tuyen el canon.
FORMACION DEL CANON DEL ANTIGUO TESTAMENTO
La formación del canon del An*guo Testamento comprendió cuatro pasos ín*mamente
relacionados aunque no menos diferenciables: palabras pronunciadas con autoridad,
documentos, colecciones de escritos y un canon establecido.
Palabras pronunciadas con autoridad. Para el pueblo de Israel, el principio de
canonicidad comenzó cuando recibieron la ley por medio de Moisés en el monte Sinaí. Dios
pronunció palabras duras, el pueblo se comprome*ó a obedecerlas y Moisés las puso por
escrito (Ex. 24:3s.). Las semillas de la canonicidad ya se hallaban presentes aún antes,
cuando el pueblo, al tomar cada vez mayor conciencia del papel especial que le tocaba a
Israel en el plan de redención, atesoró los mandamientos y las promesas hechas a los
patriarcas como palabras sagradas que servían de fuente de fuerza y consuelo.
Documentos autorita3vos. En Deuteronomio 31:24–26, «acabó Moisés de escribir las
palabras de esta ley en un libro» y ordenó a los levitas que lo pusieran «al lado del arca del
pacto … y esté allí por tes*go contra *». La autoridad precep*va de este libro fue
confirmada a Josué: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de
noche meditarás en él …» (Jos. 1:8).
El redescubrimiento del libro de la ley en el año dieciocho del reinado de Josías (621
a.C.) fue un hito en el desarrollo del canon del An*guo Testamento (2 R. 22). En contraste
con los reyes de Egipto y Asiría, quienes solían equiparar la ley con su propia voluntad, Josías
se some*ó a la autoridad de los rollos, reconociendo el mandato ineludible de la ley escrita
de Dios (2 R. 23:3). La esencia de la canonicidad reside en que hubo personas que oyeron y
obedecieron un libro, con la certeza de que Dios les hablaba por medio de él.
Colecciones de escritos autorita3vos. La división tradicional de las escrituras hebreas en
Ley, Profetas y Escritos quizá señala las etapas de la formación del canon además de indicar
diferencias de contenido.
Es probable que los cinco libros de Moisés, llamados también la «Ley» («Torá») o
«Pentateuco», se hayan concluido básicamente con la forma actual alrededor de la época
de David (1000). Es posible que alguna revisión menor haya con*nuado realizándose a lo
largo de los siglos aproximadamente hasta el *empo de Esdras (ca. 400).
Se acostumbraba dividir a los Profetas en dos grupos, Anteriores y Posteriores. Los
Profetas Anteriores son los libros históricos: Josué, Jueces, Samuel y Reyes. Los Posteriores
son los grandes predicadores de Israel: Isaías, Jeremías, Ezequiel y los profetas que forman
el Libro de los Doce. A veces llamados «menores» por ser rela*vamente breves, estos doce
escritos con frecuencia se reunían en un solo rollo.
La edición defini*va de los Profetas Anteriores, que relatan la historia del pacto de Israel
desde la conquista de Canaán hasta el cau*verio babilónico (1250–550), no pudo haberse
realizado antes del exilio. Sin embargo, las narraciones son virtualmente contemporáneas
a los acontecimientos que allí se relatan.
En virtud de ser la con*nuación de la historia de las relaciones de Dios con Israel, los
libros de los Profetas Anteriores gozaron de la aceptación y la reverencia del pueblo del
pacto. Los etulos vinculados a los grandes líderes de Israel, en especial a Josué y Samuel,
acentuaban su honor. Asimismo, por hablar de profetas como Elias y Elíseo, y presentar una
interpretación de la historia de Israel semajante a la de los grandes profetas, su pres*gio
era aun mayor.
No se ha determinado con certeza cuánto *empo después de Malaquías (450) se reunió
a los Profetas Posteriores en una colección. Quizá muchos de los escritos preexílicos, como
Amos, Oseas, Miqueas, Isaías, Sofonías, Jeremías, Nahum y Habacuc, ya habían sido
reunidos en una colección de escritos autorizados durante la época del exilio, cuando la
destrucción y el cau*verio sacudieron de tal forma al pueblo de Judá que reconocieron que
Dios mismo les había hablado por medio de los profetas cuando les advir*eron del desatre.
La situación de los Escritos es aún más compleja dada la diversidad en la naturaleza de
los dis*ntos libros. Salmos, Proverbios y Job son libros poé*cos y devocionales. Cinco de los
libros, escritos en rollos dis*ntos, se leían por separado en las diferentes celebraciones
anuales: El Cantar de los Cantares para la Pascua; Rut en Pentecostés; Lamentaciones el
noveno día del mes de Ab, el día en que Jerusalén fue destruida en el año 586; Eclesiastés
en la Fiesta de los Tabernáculos; Ester en Purim. Daniel es el único profeta, y en la Biblia
Hebrea los Escritos concluían con las narraciones históricas de Esdras, Nehemías y Crónicas.
Papiro Nash (siglo I o II a.C.), que con3ene los Diez Mandamientos y el shema (Dt. 6:4s.).
(Biblioteca de la Universidad de Cambridge)
Las razones que determinan la inclusión de estos libros son diversas. Salmos, e
indirectamente Rut, estaban relacionados con David, quien fue bisnieto de Rut. Proverbios,
el Cantar de los Cantares y Eclesiastés se vinculaban con Salomón, y Lamentaciones con
Jeremías. La sabiduría de Job y las visiones de Daniel se tomaban como dones directos de
Dios. Esdras, Nehemías y Crónicas se relacionaban con los líderes dis*nguidos (nótese el
lugar preeminente que se da a David y su familia en Crónicas) además de registrar las
úl*mas etapas de la historia del pacto.
La mayor parte de los Escritos se redactaron o coleccionaron durante el exilio y después
de él, es decir, después del año 550, si bien hay partes, especialmente de los Salmos y
Proverbios, que datan de la monarquía (1000–587). Se toma como virtualmente cierto que
la colección estaba completa en el 150, si bien existen escasas evidencias del empleo del
libro de Ester.
Durante el período inmediatamente posterior al exilio, el pueblo de Judá tenía plena
conciencia de su pasado. Sacudido hasta lo más profundo por el cau*verio, procuró
afirmarse nuevamente en su an*gua herencia y a la vez fortalecerse para evitar otra
sentencia de desastre. Esdras y Nehemías, figuras claves del proceso de reconstrucción,
sabiamente subrayaron la importancia y la autoridad de los escritos sagrados (Esd. 7; Neh.
8–10) y es probable que hayan tenido un papel importante en la formación del canon (cf.
Josefo Contra Apión i.8; Talmud B. Bat. 14b; 2 Mac. 2:13–15; 2 Esd. 14).
El canon establecido. Existen evidencias anteriores al 150 a.C. de la clasificación de los
escritos sagrados en tres grupos. El libro de Eclesiás*co, libro sapiencial apócrifo llamado
también Ben Sirac, consta de un prefacio escrito por el nieto del autor, quien tradujo la obra
al griego alrededor del año 132 a.C. En ese prefacio, el autor hace referencia a «la Ley y los
Profetas» además de «los otros (libros) que les siguen». De allí parece desprenderse que
aun Ben Sirac reconocía la división del canon del An*guo Testamento. Lamentablemente,
no menciona el contenido de «los otros libros», es decir, los Escritos. La principal referencia
judía al canon aparece en el tratado talmúdico Baba Bathra, cuya sección per*nente data
del siglo I o del siglo II a.C. Allí se sugiere claramente la división en tres grupos y se enumeran
los autores de la mayoría de los libros; todos ellos están incluidos en el canon protestante.
En el Nuevo Testamento, Jesús se refiere a «la ley de Moisés … los profetas y … los salmos»
(Lc. 24:44), pero con mayor frecuencia se llama al An*guo Testamento «la ley y los profetas»
([Link]., Mt. 5:17; Lc. 16:16), en cuyo caso es indudable que los Escritos y los Profetas se toman
en conjunto. Los autores del Nuevo Testamento nunca citan los escritos apócrifos de
manera directa, y hay base para suponer que el An*guo Testamento u*lizado por ellos era
idén*co al que conocemos hoy. Asimismo, si bien no es posible establecer el contenido
exacto del canon, ninguna evidencia indicaría que Filón (On the Contempla3ve Life ii.475) o
Josefo (Contra Apión i.8), ambos contemporáneos del Nuevo Testamento, incluyeran algún
libro que hoy no forme parte del An*guo Testamento.
Naturalmente, en la an*güedad habian dis*ntos enfoques del canon. Los samaritanos,
quienes se habían separado de los judíos ya en los días de Nehemías (a450) y habían
establecido sus propios ritos religiosos, sólo tomaban el Pentateuco; omiean los Profetas,
que a menudo dirigían crí*cas al reino del norte con capital en Samaria, y los Escritos, por
estar tan vinculados con el templo de Jerusalén.
Es dijcil establecer la relación existente entre la versión griega más popular (la
Septuaginta o LXX) y el canon hebreo. Decir que los judíos de habla griega u otros judíos de
la dispersión tenían un canon más amplio que comprendía los escritos apócrifos quizá sea
demasiado simplista. Los manuscritos de la LXX, que datan del siglo IV d.C. o aun después,
fueron transmi*dos por manos cris*anas antes que judías, y las listas de libros que
comprenden los dis*ntos manuscritos difieren entre sí, lo cual dificulta alcanzar una
deducción precisa acerca del canon.
Los judíos con*nuaron el debate sobre el canon hasta bien entrada la era cris*ana. Pero
al parecer se concentraron en dilucidar si debían permanecer o no en el canon ciertos libros:
Ester (en el que no se menciona a Dios), Eclesiastés (por sus estallidos de escep*cismo y
sugerencias de hedonismo), el Cantar de los Cantares (por las expresiones de amor
apasionado), Proverbios (por las supuestas contradicciones internas) y Ezequiel (que, en
opinión de algunos, contradecía la Torá). El problema que había que resolver no era si
debían o no incluirse otros libros, sino si todos los libros que entonces gozaban de
reconocimiento eran, en efecto, lo suficientemente sagrados como para permanecer en el
canon.
Cuando los judíos perdieron su templo en la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. y
vieron su fe desafiada por el surgimiento del cris*anismo, se aferraron a las Escrituras en
busca de seguridad y unidad, pues corría peligro ni más ni menos que su iden*dad religiosa.
La concentración en las Escrituras dio como resultado el canon hebreo tal como se lo conoce
hoy. La sede religiosa judía en Jamnia (Jabneel o Jabnia; Jos. 15:11; 2 Cr. 26:6), en el sudeste
de Judá, pasó a ser el eje de las discusiones sobre el canon. El proceso exacto por el cual los
rabinos llegaron al veredicto final en el 90 d.C. se ha perdido bajo el velo del *empo. Quizá
se llegó al veredicto por el consenso alcanzado en el uso corriente y no por un debate oficial
en cierto «concilio de Jamnia».
El consenso de los rabinos y la reafirmación de los apóstoles respaldan la idea de que el
An*guo Testamento que Jesús conoció comprendía los treinta y nueve libros que hoy
poseemos. Estos presentan, de una forma que no lo hacen los libros apócrifos, los
acontecimientos y el significado de la historia de la redención. Se trascienden a sí mismos,
apuntan a un día y a una liberación que están más allá de su propio alcance. Según el
tes*monio de estos mismos libros, la historia de la redención desfila a través de sus páginas
hacia un cumplimiento futuro.
LOS LIBROS DEUTEROCANONICOS O APOCRIFOS
Los católicos llaman «protocanónicos» a los libros que aparecen en la Biblia Hebrea y
«deuterocanónicos» a los demás libros y otros pasajes de los libros protocanónicos que sólo
aparecen en el An*guo Testamento Griego. Estos términos equivalen a «canónicos» y
«apócrifos» según el uso protestante y judío. Tanto los libros protocanónicos como los
deuterocanónicos fueron declarados inspirados y autorizados en los Concilios de Trento
(1547 d.C) y Va*cano (1870).
La Biblia anglicana y otras versiones protestantes recientes incluyen los pasajes no
canónicos, en un apartado inserto entre el An*guo y el Nuevo Testamento bajo el etulo de
«Apócrifos», que significa «ocultos». Los católicos dan a este término la definición de «ni
inspirado ni autén*co», y por tanto evitan su empleo.
La posición de la Iglesia Ortodoxa Griega es menos definida. Antes de la Reforma, la
tendencia era a usar todo el canon griego sin dis*nción. Si bien no está respaldada por
ningún concilio de la iglesia, en la actualidad la diferenciación entre el primer y el segundo
canon *ene reconocimiento general.
El hecho de circunscribir la canonicidad a los libros de la Biblia Hebrea, de acuerdo con
la enumeración de Jerónimo y otros, llevó a concluir que sólo las Escrituras en idioma
hebreo eran canónicas, e incluso se llegó a suponer que todas las Escrituras en hebreo eran
canónicas. Pero más tarde esta idea fue descartada por Orígenes, quien señaló que 1
Macabeos no pertenecía al canon aun cuando estaba escrito en hebreo.10
La base úl*ma de la canonicidad no es el lenguaje en que se escribieron los libros sino
el tes*monio de la comunidad de creyentes que oyó la voz de Dios en los libros canónicos.
Los judíos, los eruditos católicos como Jerónimo y Gregorio el Grande, y los reformadores
sólo reconocieron en los escritos del canon hebreo la autoridad que los hacía merecedores
de su inclusión en el An*guo Testamento.
BIBLIA HEBREA (24) VERSIONES EN CASTELLANO VERSIONES EN CASTELLANO
(39) (46)
Protestantes Católicas
Torá (5) Ley (5) Ley (5)
Génesis Génesis Génesis
Exodo Exodo Exodo
Leví*co Leví*co Leví*co
Números Números Números
Deuteronomio Deuteronomio Deuteronomio
Profetas (8) Historia (12) Historia (14)
Profetas Anteriores (4) Josué Josué
Josué Jueces Jueces
Jueces Rut Rut
1–2 Samuel 1 Samuel (1 Reyes) 1 Samuel
1–2 Reyes 2 Samuel (2 Reyes) 2 Samuel
Profetas Posteriores 1 Reyes (3 Reyes) 1 Reyes
Isaías 2 Reyes (4 Reyes) 2 Reyes
Jeremías 1 Crónicas (1 Paralipómenos) 1 Cr.
Ezequiel 2 Crónicas (2 Paralipómenos) 2 Cr.
Los Doce Esdras Esdras-Nehemías
Oseas Nehemías Tobías
Joel Ester Judith
Amós Ester
Abdías Poesía (5)
Jonás Job Poesía y Sabiduría (7)
Miqueas Salmos Job
Nahum Proverbios Salmos
Habacuc Eclesiastés Proverbios
Sofonías Cantares Eclesiastés
Hageo Cantares
Zacarías Profetas Mayores (5) Sabiduría de Salomón
Malaquías Isaías Eclesiás*co (Sirac)
Jeremías
Escritos (11) Lamentaciones Literatura profé>ca (20)
’Emeth (Verdad) (3) Ezequiel Isaías
Salmos Daniel Jeremías
Proverbios Profetas Menores (12) Lamentaciones
Job Oseas Baruc
Meguillot (Rollos) (5) Joel Ezequiel
Cantares Amós Daniel
Rut Abdías Oseas
Lamentaciones Jonás Joel
Eclesiastés Miqueas Amós
Ester Nahum Abdías
Daniel Habacuc Jonás
Esdras-Nehemías Sofonías Miqueas
1–2 Crónicas Hageo Nahum
Zacarías Habacuc
Malaquías Sofonías
Hageo
Zacarías
Malaquías
1 Macabeos
2 Macabeos
La canonicidad y la inspiración no pueden separarse. La base úl*ma de la canonicidad
es sencillamente la siguiente: si el escrito es inspirado (exhalado por Dios) es canónico. Si
no es inspirado, no es canónico. A par*r del Nuevo Testamento tales problemas se
resuelven por las palabras de Jesús y los apóstoles, quienes ra*ficaron la inspiración y la
autoridad del An*guo Testamento (cf. 2 Ti. 3:16s.).1
1
William Sanford LaSor, David Allan Hubbard, y Frederic William Bush, Panorama del
An3guo Testamento: Mensaje, forma y trasfondo del An3guo Testamento (Grand Rapids
MI: Libros Desajo, 2004), 16–24.