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Nina Sheridan-El Despertar de Anna (LL)

ROMANCE EROTICO

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Yessy M. Sanz
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Nina Sheridan-El Despertar de Anna (LL)

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Annotation

Anna cree que es frígida o al menos eso le ha dicho su marido que además en sus muchos viajes de
negocios alterna con otras mujeres.

En uno de esos viajes en los que Anna se queda sola aloja en su casa a Dominic Gérard, un profesor
de la universidad. Es un joven frances que enseguida despierta en ella sus más ardientes deseos.

«¿Qué me está pasando?», se preguntó Anna. No era una persona que soliera tener problemas en
las relaciones sociales, sin embargo estaba actuando como una torpe quinceañera que pierde la
cabeza por un hombre al que acaba de conocer. Una cosa estaba clara: si Dominic iba a pasar la
próxima semana bajo su techo, tenía que superar esta reacción ridícula que acababa de tener, ¡y
debía hacerlo rápidamente!
Nina Sheridan
El Despertar de Anna
Capítulo Uno

ANNA CERRÓ LOS ojos ante la cara absorta de Paul situada a dos centímetros de la suya. Entonces
empezó a pensar en lo que debía hacer en Sainsbury. Se habían quedado sin harina y tenía que
acordarse de comprar pastillas para el caldo.

Frunció el entrecejo intentando concentrarse en la lista de la compra mientras Paul respiraba cada
vez más agitadamente y su embestida se hacía más y más frenética.

—Sí… sí, así… ¡ah!

Al abrir los ojos Anna vio que su marido tenía los suyos desorbitados y que miraba fijamente un
punto del cabezal de hierro forjado que se elevaba por detrás de la cabeza de ella. A partir de esta
señal Anna tenía que arañarle ligeramente la espalda, y así lo hizo, por obligación, lanzando además
un gemido poco entusiasta.

—¡Oh! ¡Maravilloso!

Cuando él por fin se apartó de ella, Anna volvió a ponerse bien el camisón y añadió mentalmente
pasta de dientes a su lista de la compra.

—¿Cómo te sientes? —murmuró como siempre Paul entre dientes.

Anna no sabía por qué se tomaba la molestia de preguntárselo ya que su falta de interés era
evidente.

—Estupendo, cariño —replicó sumisa.

Se volvió agradecida, conteniendo un bostezo, contenta de haber cumplido y finalizado con su


deber semanal bajo las sábanas. Despierta en la oscuridad, y mientras oía los sonoros ronquidos de
Paul, se preguntó si la pasión era esto.

Cuando se casó con Paul, cinco años atrás, era una inexperta recién salida de la protección y del
rigor del internado. No esperó a dar por terminada su preparación ni estuvieron a solas antes de
casarse, por lo que Anna no tuvo la oportunidad de bajarle los pantalones. La madre superiora les
había hablado tanto del pecado que Anna tuvo la necesidad imperiosa de descubrirlo por sí misma.

Pero, como en esta ocasión, también su noche de bodas acabó con los ojos abiertos en la oscuridad
y con el enorme interrogante «¿y qué?» cerniéndose sobre su mente. Unos cuantos besos
superficiales, algunas embestidas poco efectivas de Paul, y nada más. Paul, su guapo y deseado
esposo, pareció quedar bastante satisfecho, por lo que Anna sacó la conclusión (ingenua, pensaba
ahora) de que todo mejoraría con la práctica.

Posteriormente, cuando se armó del valor necesario para explicarle lo que ella sentía, Paul le dijo
que, sencillamente, ella no era de la clase de mujeres que disfrutaban haciendo el amor. Y cuando
más tarde Anna insinuó que le gustaría que él la ayudara a descubrir todos los placeres acerca de
los que había leído, Paul le hizo saber, sin ningún miramiento, que si ella era una insatisfecha se
debía única y exclusivamente a su propia culpa.
En alguna ocasión, justo antes del momento en que Paul vertía su semilla en el interior de su
cuerpo pasivo, llegaba a percibir una sensación peculiar en la parte superior de la matriz. Por una o
dos veces había intentado mantenerla, pero siempre disminuía y quedaba finalmente fuera de su
alcance. Y, si alguna vez se había atrevido a moverse bajo el peso del cuerpo de Paul, había tenido
que sufrir el malhumor de su marido durante los días posteriores.

Esta noche había sentido aquel comezón escurridizo. Si apretaba los muslos, aún sentía una pálida
imitación de aquella sensación.

La hermana de Anna, Leigh, le había descrito el orgasmo tantas veces y de un modo tan gráfico que
ella se preguntaba si lo que sentía era el inicio de la culminación del placer sexual. Pero no, volvía a
desvanecerse, y se quedaba, una vez más, sin satisfacer su curiosidad. Suponía que así debía
sentirse si, como decía Paul, era frígida.

Ella era la única culpable, se burlaba Paul y agregaba que a él le gustaba pasar el rato con otras
mujeres que sabían responder con mayor entusiasmo. La responsabilidad acerca de cómo se
suponía que ella debía responder era completamente de Anna, y Paul se mostraba tan inflexible
que ella era incapaz de mover un músculo.

Leigh opinaba de un modo distinto. Decía que ninguna mujer con un poco de autoestima sería
capaz de aguantar a un hombre como Paul. Pero Leigh era una mujer de verdad, una mujer de
sangre caliente que siempre tendría alternativas, mientras que Anna… Anna se aferraba
desesperadamente a lo malo conocido.

A la mañana siguiente Paul observaba con los ojos entreabiertos cómo se vestía Anna. Andaba a
media luz y de puntillas para no despertarle y sus movimientos resultaban gráciles. Una oleada de
rabia irracional corrió por las venas de Paul. Dios, ¿por qué tenía que comportarse como una
puñetera mártir?

El no se sentía orgulloso de su comportamiento, pero había algo en Anna que le sacaba de quicio y
hacía que la tratara a patadas. Metafóricamente hablando, como era natural, ya que jamás, se
decía, sería capaz de levantarle la mano. Enseguida rechazaba la incómoda sensación de que,
emocional y mentalmente, estaba abusando de ella del mismo modo que lo haría si utilizara la
violencia física.

¡Había cometido una tontería casándose con Anna! Se autocensuraba, impotente, mientras
contemplaba cómo ella se cepillaba el cabello. Aquel cabello. Tan largo y tan fino que le daba un
aspecto asquerosamente vulnerable. Y aquella figura, exuberante y fecunda, sin ángulos rectos,
sólo curvas, cálidas y femeninas; y la dulzura de su sonrisa…, No es que no la quisiera, esto no era
del todo cierto. La quería a su manera. Pero estaba seguro de que nunca podría hacerla feliz y de
que ella tampoco podría hacerle feliz.

¿Qué le hizo pensar que casándose con Anna se redimiría? Sólo había conseguido arrastrarla al
hoyo de su propia miseria. De repente se dio cuenta de que estaba a punto de llorar. Apretó los
puños hasta clavarse las uñas en la palma de la mano y aquella ligera sensación de dolor le hizo
volver a sentirse un hombre.
Una vez recuperado el dominio, simuló que se desperezaba y bostezaba para que Anna pensara
que acababa de despertar.

—¿Tienes que ir a Edimburgo? —Anna se despreció al oír el tono lastimero que adquiría su voz
mientras dirigía la mirada a la maleta de Paul.

La irritación que él sintió al oír aquellas palabras arruinó enseguida sus buenas intenciones.

—Son sólo dos noches, Anna. Además ¿no tenía que venir hoy ese tío francés?

Ella asintió con la cabeza y Paul se encogió de hombros sin darle importancia; cerró la cremallera de
la maleta con una resolución que hizo estremecer a Anna.

—Bien, entonces no vas a quedarte sola y abandonada.

Le dio un breve beso en la mejilla y se dirigió a la puerta de la habitación, sin darle ocasión de
replicar.

—¡Vuelve el martes! —dijo ella siguiéndole, pues sabía que aquellas dos noches podían llegar a
convertirse fácilmente en dos semanas. Lo único que recibió como respuesta fue el golpe de la
puerta de la entrada al cerrarse a las espaldas de Paul.

—La verdad, Alan, no me convence mucho la idea de que el señor Gérard se quede —dijo Anna a su
jefe mientras iban camino del aeropuerto.

—¡No digas tonterías, Anna! Confiaría a mi propia hija a Dominic Gérard. Es un perfecto caballero y,
a pesar de la reputación que tienen los franceses, te aseguro que lo encontrarás muy civilizado,
incluso a pesar de que tu marido no esté en casa… otra vez.

Anna no hizo ningún comentario al énfasis final de la frase; además de ser su superior en la
universidad, Alan Sawyer y su esposa Sarah se contaban entre sus mejores amigos. De forma
exasperante, sin embargo, Alan nunca se refería a Paul por su nombre, sino que siempre le
mencionaba como «tu marido».

Anna suspiró y echó un vistazo por la ventanilla. A medida que se acercaban a Heathrow, el paisaje
iba haciéndose más llano y pronto se encontraron inmersos en el típico atasco de última hora de la
tarde.

No había razón alguna para inquietarse. A menudo solía realizar tareas de azafata de forma no
oficial para atender a las personalidades que les visitaban, y disfrutaba haciéndolo. De ese modo su
trabajo de secretaria del director de Estudios Económicos era mucho más interesante y le alegraba
tener compañía durante las ausencias de Paul, que eran muy frecuentes.

—Lo siento, no tengo derecho alguno a hacer comentarios de esta clase sobre tu vida privada.
Anna se quedó mirando a Alan con curiosidad, consciente de que él había interpretado su silencio
como una desaprobación. Le sonrió intentando alentarle.

—¡Tonterías! Además nunca tomo como una ofensa las palabras de los amigos.

Ajan pareció tranquilizarse y su cara, delgada y de expresión inteligente, volvió a relajarse. Era un
hombre guapo, a pesar de sus sesenta y dos años. Por las fotos que había visto de su boda con
Sarah, Anna sabía que en su juventud había sido muy atractivo. De pronto sintió una oleada de
cariño hacia él e intento explicarle su rechazo.

—Sabes de sobra que no me importa ayudar, especialmente desde que Sarah sufre quebrantos de
salud. Lo que pasa es que acaban de citarme los de orientación matrimonial. Es el jueves que viene
y presiento que estoy llegando un poco al limite.

Alan apretó los labios, pero permaneció en silencio y concentrado en la tarea de conducir por el
carril de una sola dirección que llegaba hasta el aeropuerto.

—Si te resulta embarazoso, puedo pedir a Natasha que vaya a casa a ayudar a Sarah —dijo
finalmente.

Natasha era la hija de Alan y Anna no pudo evitar sonreír al imaginarse a aquella criatura, bonita y
cariñosa pero absolutamente informal, ayudando a Sarah a distraer al hombre de negocios francés.

Alan reparó en ello e hizo una mueca.

—Está bien, quizá no se trate de una buena idea. Pero si en verdad no quieres hacerlo…

Anna movió la cabeza en un gesto de negación.

—Tienes razón, soy una tonta. De hecho el tener que atender al señor Gérard no tiene por qué
interferir en mi cita de una hora con Relate. Además es sólo por una semana, ¿verdad?

Alan hizo un movimiento con la cabeza y le dedicó una sonrisa agradecida. No tenían más tiempo
para seguir hablando, acababan de aparcar y el reloj digital que se veía por el retrovisor les
anunciaba que su huésped estaría desembarcando justo en aquel instante.

Anna permaneció junto a Alan en el vestíbulo de llegadas, escudriñando las caras de los pasajeros
que salían en tropel. Ninguno de ellos se parecía ni remotamente a cualquiera de los ancianos y
dulces caballeros que solían venir a dar conferencias en los cursos de Alan; y empezó a ponerse
nerviosa.

Entonces vio a un hombre de unos treinta años, alto e impecablemente vestido, que hablaba
animadamente con una joven morena del personal del aeropuerto, extremadamente atractiva con
el uniforme de la compañía aérea. No parecía tener ninguna prisa en cruzar la puerta y Anna se
quedó fascinada observando cómo hablaba aquel hombre; se expresaba tanto con la boca como
con el movimiento de las manos. A pesar de la distancia que los separaba, advirtió lo largos y
elegantes que eran sus dedos, parecían los de un artista. ¿Sería un escultor?

Anna se sorprendió al encontrarse sumida en pensamientos tan fantasiosos e, impaciente, apartó la


mirada del desconocido.

—Me pregunto dónde se habrá metido el señor Gérard —murmuró.


Pero Alan no la escuchaba. Tenía la mano levantada y la agitaba con nerviosismo.

—¡Dominic! ¡Dominic!… ¡Aquí!

A Anna se le desencajó la mandíbula cuando el hombre que había estado observando se volvió al
oír la voz de Alan. Luego, mientras se despedía de la joven y empezaba a caminar hacia ellos, se le
cerró la boca de golpe.

A medida que se aproximaba sus facciones se fueron haciendo más nítidas. Su cabello oscuro se
ondulaba ligeramente alrededor de las orejas y la frente. Su cara, iluminada por la más amplia y
cálida de las sonrisas, estaba dotada de unas facciones perfectamente simétricas.

Incluso, aunque una parte del intelecto de Anna se maravillaba ante el hecho de haberse dado
cuenta de esta clase de detalles, era totalmente consciente de la peculiar tensión que .estaba
sintiendo en los músculos abdominales y que iba en aumento cuanto más se acercaba aquel
hombre, como si acabara de bajar de uno de esos ascensores que suben a gran velocidad.

Tragó saliva y permaneció de pie al lado de Alan, que se hallaba envuelto en el exuberante abrazo
del francés. Entonces Alan se apartó y Anna quedó prendida con la mirada de su nuevo huésped.

—Encantada de conocerle —dijo con embarazo cuando Alan la presentó.

Un firme pero agradable apretón de manos estrechó su mano tendida. Era incapaz de apartar la
mirada de aquel hombre.

—Es un placer, madame, y le agradezco mucho su hospitalidad —respondió él con una voz capaz de
erizar el terciopelo.

Tenía un marcado acento, pero se le entendía con claridad. Anna abrió aún más los ojos, de un
modo involuntario, cuando él le rozó ligeramente la mano con la boca y sus labios se deslizaron
sobre sus nudillos.

Cuando el francés finalmente apartó la mirada, Anna, totalmente aturdida, se encontró siguiendo a
los dos hombres en dirección al coche de Alan. Cuando Dominic Gérard le abrió la puerta trasera
galantemente y le rozó el brazo, Anna se sobresaltó, era como si este breve e inocente contacto la
hubiera herido.

Turbada, trató de sonreír con cortesía, aunque advirtió que las mejillas le ardían y que él enarcó las
cejas en un gesto de sorpresa. «¿Qué me está pasando?», se preguntó Anna mientras él cerraba la
puerta y se sentaba en la parte delantera junto a Alan. No era una persona que soliera tener
problemas en las relaciones sociales, sin embargo estaba actuando como una torpe quinceañera
que pierde la cabeza por un hombre al que acaba de conocer. Una cosa estaba clara: si Dominic
Gérard iba a pasar la próxima semana bajo su techo, tenía que superar esta reacción ridícula que
acababa de tener, ¡y debía hacerlo rápidamente!

El tiempo apremiaba, así que Alan fue directamente al domicilio de Anna y les invitó a cenar en su
casa en cuanto se hubieran cambiado.

—¡Vestido informal! suplicó Alan en el momento en que Anna y Dominic llegaban a la verja.

Por la mirada que intercambiaron, Anna adivinó que su huésped también conocía el profundo y
enraizado horror que le producía a Alan el tener que arreglarse. Anna abrió la pequeña verja de
hierro y subió ágilmente por las escaleras en dirección a la casa, mientras buscaba la llave. Al mirar
por encima del hombro vio que el señor Gérard se había parado y que, con una mano apoyada en la
verja, contemplaba la ancha avenida arbolada.

Cuando se volvió y le sonrió, Anna sintió de nuevo aquella extraña y profunda sensación en la boca
del estómago.

—Esta zona es muy bonita, con todas estas callejuelas cubiertas de hojas, ¿no?

—A menudo pienso que se parece un poco a los suburbios de Paris —dijo Anna con una sonrisa.

Dominic sonrió a su vez y empezó a subir por los escalones de dos en dos.

—Quizá sí.

—Por aquí, monsieur.

La vieja puerta de roble se cerró a sus espaldas sin hacer ruido; las bisagras estaban bien
engrasadas.

—Dominic, por favor —protestó él al tiempo que la seguía escaleras arriba—. Y ¿su nombre es…?

—Anna.

—Anna. —Lo pronunció, como si fuera alguna clase de jeroglífico que tuviera que resolver. La
palabra pareció deslizarse en su lengua y Anna se estremeció sin saber por qué.

Le enseñó la habitación de invitados. Dominic dejó su maleta sobre la confortable cama de


matrimonio y miró alrededor con aprobación. La estancia había sido decorada recientemente en
tonos azules y crema y Anna pensaba que había quedado más elegante que bonita. La habitación
tenía un aire masculino, a pesar de que ella se había esforzado en conseguir que resultara
confortable. La pálida alfombra de color crema era gruesa y cálida, las cortinas que cubrían las
ventanas —estampadas con dibujos en forma de diamante— iban recogidas en amplios pliegues.

Por la mañana Anna había colocado en el alféizar de la ventana un jarrón con crisantemos recién
recogidos y las flores amarillas daban a la habitación un toque alegre de color. Se sorprendió de que
Dominic se diera cuenta de inmediato de este detalle y se acercara al alféizar para tocar las flores.
Los ojos de Anna se vieron arrastrados irremediablemente hacia su mano, que se ahuecaba sobre
uno de los magníficos capullos de los crisantemos. Al recordar cómo los había sentido en sus
propias manos, Anna volvió a estremecerse.

—Bellísimas —suspiró, y clavó sus ojos sonrientes en los de ella.

La cálida sensación, de placer experimentada por Anna no guardaba proporción con el pequeño
cumplido recibido. Con el fin de disimular su confusión, le enseñó el pequeño baño de la
habitación. Dominic movió la cabeza en un gesto de aprobación, deslizando la mirada por el
montoncito de toallas azul marino y crema situadas sobre la estantería de vidrio y por la hilera de
productos de aseo que ella había dispuesto, perfectamente ordenados, sobre el alféizar de la
ventana.

—Es usted muy amable —dijo sonriendo. Anna advirtió que tenía la boca seca.
—Dispone de toda el agua caliente que desee —parloteó—. Si le apetece, puede tomar una ducha
antes de ir a cenar. Tenemos una hora antes de marchar a casa de los Sawyer.

Le dejó en la habitación de invitados y se dirigió a la suya para cambiarse. Desde su dormitorio le


oía moverse arriba y abajo; seguramente estaría arreglando el armario y los cajones, ya que oía el
abrir y cerrar de puertas. Debió deshacer el equipaje rápidamente pues enseguida oyó correr el
agua de la ducha.

Anna, contenta de haberse dado un baño justo después de que Paul se marchara por la mañana, se
aseó, se cambió de ropa interior y se puso el vestido que había dejado preparado con antelación.

Era verde oscuro, de corte clásico, con botones dorados en la parte delantera y en los puños de las
mangas tres cuartos. AI deslizarlo por las caderas se miró en el espejo con ojo crítico y pensó que
debía haber elegido algo más bonito para la ocasión.

Se detuvo en seco. ¿Por qué demonios quería sentirse atractiva ante los ojos de Dominic Gérard?
«Dios, ¡eres patética! —pensó mofándose ante su figura reflejada en el espejo—. ¡Ponerte a punto
de caramelo sólo porque un guapo francés te ha hecho un cumplido! Eres una mujer casada, por
Dios. Abandonada, debes admitirlo, ¡pero ésta no es excusa para comportarte como una ama de
casa triste y frustrada!»

De todos modos no es que fuera una mujer particularmente fascinante. Se miró en el espejo
haciendo una mueca. Como decía Paul a menudo, era un poco ancha de caderas y no valía la pena
mirarla dos veces. Ella estaba de acuerdo con esa opinión.

En cambio, cuando Dominic se reunió con Anna en el salón, media hora después, sí valía la pena
mirarlo tres veces, hasta cuatro incluso. Llevaba unos pantalones de lino gris oscuro y una
americana azul marino, con un jersey amarillo pálido de cuello alto debajo.

—Pensé que quizá le apetecería tomar algo antes de salir —sugirió Anna precipitadamente para
que él no notase el rápido examen que acababa de hacerle.

—Gracias. ¿Qué está tomando usted?

—Un jerez seco.

—Entonces, Anna, si me permite tomaré lo mismo.

Una vez más, el énfasis puesto al pronunciar la última sílaba de su nombre hizo que Anna sintiera
un escalofrío inexplicable que le recorría las venas. Mientras le entregaba la copa, cuidando de que
sus dedos no rozaran los de él, le sonrió tímidamente. Cuando él cogió la copa, Anna se sintió
inmersa en el aroma sutil y especiado de su loción de afeitado, que, sin ser muy fuerte, bastaba
para acentuar el sabor y la esencia de su piel masculina.

Como se sintió ligeramente mareada, tomó asiento a una distancia considerable, evitando mirar
cómo el cuerpo alto y fornido de Dominic se acomodaba en el sofá situado enfrente de donde
estaba ella. Empezaron a beber de sus respectivas copas acompañados por un silencio incómodo.

—¿Ha dado antes alguna conferencia aquí?

—¿Hace tiempo que trabaja para Alan…?


Se echaron a reír al encontrarse hablando a la vez, y de esta manera se liberaron de la tensión que
los envolvía. Dominic movió la cabeza.

—Después de usted, Anna.

Esta vez su pregunta sonaría aún más necia, pero la repitió de todos modos.

—Le preguntaba si ha estado antes por aquí.

—En Surrey no, pero he estado varias veces en Inglaterra. Por suerte nuestros vinos son aquí muy
populares y me gusta mantener el contacto con nuestros clientes. ¿Es su marido? —Anna se
sobresaltó cuando Dominic cogió de encima de la mesita lateral el marco plateado con el retrato de
Paul. En la fotografía ostentaba su codiciado trofeo de golf y lucía una sonrisa de oreja a oreja.

—Si, es Paul. En estos momentos está fuera… —Anna se ruborizó al pensar cómo podría ser
interpretada su rapidez en dar explicaciones sobre la ausencia de su marido.

Mientras colocaba de nuevo la fotografía en su lugar, Dominic se quedó mirándola fijamente; sus
ojos castaños la escudriñaban. Anna advirtió que colocaba el retrato un poco ladeado, de manera
que desde el sofá donde estaba sentada no podía verlo.

—Deberíamos irnos ya —sugirió él tranquilamente.

Anna se levantó y retiró la copa vacía de Dominic antes de coger el bolso y el abrigo.

Era una tarde calurosa, así que decidió llevar el abrigo en el brazo. Se dirigieron al coche.

—¡No llueve! —dijo Dominic mirando hacia arriba con ironía.

—Estamos en junio —recordó ella.

La velada transcurrió más agradablemente de lo que Anna había supuesto, dado lo incómoda que
se sentía en presencia de Dominic. Sin embargo, entre amigos, empezó a relajarse y comprobó que
su huésped le gustaba más a medida que transcurría el tiempo.

Por su parte, Dominic se encontraba muy a gusto con Alan y Sarah y la anciana pareja disfrutaba de
su compañía. A Anna le conmovió la ternura que Dominic mostraba hacia la todavía delicada Sarah.
Y poco a poco, tan despacio que apenas se dio cuenta, fue abandonando, olvidando, la extraña e
incómoda tensión que le venía embargando desde el momento en que lo vio.

Por eso llegaron a casa riendo felizmente como si fueran un par de viejos amigos en lugar de dos
personas que se acababan de conocer hacía tan sólo unas horas.

A Anna se le enganchó un tacón del zapato en la alfombrilla al entrar en el salón y dio un traspié.
Unos brazos poderosos la cogieron por la cintura y se encontró de pronto contra el fuerte pecho de
Dominic.

Sin saber por qué, le pareció natural permanecer entre sus brazos y sonreírle. Anna se quedó sin
respiración al ver cómo los ojos castaños de él se oscurecían y su semblante se ensombrecía; las
risas se habían desvanecido.

«Va a besarme», pensó mientras una parte de su cerebro, la que incluso entonces mantenía la
serenidad, le decía que se apartara cuando aún estaba a tiempo de hacerlo. Demasiado tarde, la
boca de Dominic estaba ya contra la suya moviéndose suavemente, explorando, probando,
mientras con la punta de la lengua trataba de separar los labios atónitos de Anna.

Cuando la mano de Dominic se enmarañó por el cabello de su nuca y el beso se hizo más profundo,
Anna pestañeó y cerró los ojos. Se sentía como si no tuviera huesos, como si se derritiera en sus
brazos, percibiendo, eso sí, todos y cada uno de los músculos y tendones de él y la presión que
éstos ejercían sobre su cuerpo.

Pasaron varios minutos hasta que advirtió que lo que estaba oyendo no provenía de la conmoción a
que estaban siendo sometidos sus sentidos, sino que se trataba del timbre del teléfono. No quería,
pero lo hizo: cruzó el salón con piernas temblorosas y descolgó el auricular, consciente de que la
mirada oscura de Dominic seguía fija en ella.

—¿Di… diga?

—¿Anna?

La voz de su marido fue como recibir una ducha de agua helada.

—¿Paul? ¿Eres tú?

Con sentimiento de culpa, se llevó la mano a sus labios y miró con el rabillo del ojo a Dominic que
estaba en el vestíbulo. Sintió una mezcla de decepción y alivio al verlo desaparecer escaleras arriba
dejándola a solas con la llamada.

—¿Perdón? ¿Me estás diciendo que vas a quedarte?

—Si, Anna, ¿no puedes prestar atención por un momento? —La voz de Paul sonaba incluso más
irritada de lo normal, y Anna notó que se le encogía el corazón.

—Pero, Paul, ¡prometiste volver a casa el martes! Teníamos que ir a lo de la orientación


matrimonial, ¿no te acuerdas?

—Tendrás que postergar la entrevista.

Sintió cómo la frustración y la impotencia, tan enojosas y familiares, recorrían sus venas.

—Sí, para que vuelvas a fallar otra vez. Paul, hace meses que habíamos quedado. ¡Ya sabes cómo es
la lista de espera!

El resoplido que se oyó al otro lado del teléfono fue ensordecedor

—Ve tú sola, si es tan puñeteramente importante para ti. Al fin y al cabo la que tiene el problema
eres tú.

—¡Paul! —Como siempre no sabía esconder su dolor. Entonces escuchó una risa femenina de
fondo.

—No estás solo, ¿verdad, Paul? Estás con alguien.

El no se molestó en negarlo, aunque el tono de su voz se volvió más amable.


—Mira, ahora no puedo hablar. Te veré dentro de una semana. Si quieres mantener la entrevista,
adelante. Y que te proporcionen toda la terapia que necesites.

Anna supo que la conversación había terminado al oír la fría señal telefónica. Colgó el auricular de
un golpe y corrió a su habitación, pero se paró justo en el momento en que iba a dar un portazo.
Dominic estaba en su dormitorio, ¿qué habría escuchado? A Anna le ardían las mejillas, tanto por el
hecho de pensar qué podría haber oído Dominic de su conversación telefónica, como por el
recuerdo del beso que acababan de darse.

¡Cualquiera fuese el geniecillo loco que la había poseído aquella noche, pensaba dejar bien claro
que ella no solía ser tan amigable con sus invitados ocasionales! No encontraba explicación a la
rareza de su comportamiento. ¡Si la hubiera visto su impaciente e infiel marido…!

Anna empezó a quitarse el maquillaje sin dejar de cavilar. ¡La frígida esposa abandonada se
entregaba al primer hombre atractivo que se le cruzaba en el camino!

Enojada, colocó bien las almohadas, se removió bajo el edredón y cerró los ojos. Pero, bajo sus
párpados, no empezó a imaginarse las terribles y esperadas imágenes de Paul con su última
«pequeña aventura», sino que pensó en el hombre que dormía en su casa, tan sólo separados por
una delgada pared, y en el recuerdo de sus labios.
Capítulo Dos

ERA INÚTIL, NO iba a poder dormir. Inquieta, Anna metió los pies en las babuchas y se puso su viejo
batín. Aquel batín era como un viejo amigo. Había sido rosa, y ahora estaba descolorido y lleno de
bolitas, pero era cálido y no lo cambiaría por ninguna de las seductoras batas de Lewis. En silencio,
cuidando de no despertar a su huésped, bajó a prepararse un vaso de leche con cacao.

Anna se sorprendió cuando, pensando en Paul y en la penosa vergüenza en que su matrimonio se


había convertido, se volvió y vio a Dominic que estaba apoyado contra el marco de la puerta.

Llevaba un albornoz grueso, de un blanco inmaculado, y no se le veían las manos; las tenía metidas
hasta el fondo en los bolsillos. Por debajo le asomaban las pantorrillas, fuertes y peludas, iba
descalzo y por un instante Anna se preguntó si iría completamente desnudo bajo el albornoz. Sintió
el calor del rubor bajo su piel, incómoda como estaba, y balbuceó:

—¡Oh! lo… lo siento… ¿Le he despertado?

El sonrió, y por vez primera Anna se dio cuenta de que tenía la sonrisa un poco torcida, que su boca
se levantaba ligeramente más del lado izquierdo que del derecho, y que aquella pequeña
irregularidad provocaba un profundo hoyuelo en su mejilla izquierda. Esa mínima imperfección en
su cara tan perfecta resaltaba, más que disminuía, su belleza enteramente masculina y por un
momento se quedó mirándole la boca, fascinada.

—¿Anna?

Se quedó inmóvil mientras él pronunciaba su nombre, sonrojándose aún más si cabe al darse
cuenta de que le estaba leyendo los pensamientos.

—Me estoy preparando un vaso de leche con cacao, ¿quiere uno?

Hizo un gesto de negación y después apoyó la cabeza contra el umbral de la puerta al tiempo que
miraba cómo ella preparaba la leche.

—La oí bajar y pensé que debía comprobar que todo iba bien.

—¿Qué podía pasar? —Anna se sintió incómoda por el hecho de que diera por sentado que ya eran
amigos y tenía derecho a hablarle de aquella manera.

Se lo quedó mirando de un modo que ella consideraba arrogante, pero aquel sentimiento de
contrariedad se desvaneció en el momento en que sus miradas se encontraron. Dominic se encogió
de hombros. Como un buen francés, pensó ella con un regocijo repentino.

—Usted estaba preocupada por la llamada telefónica de su marido.

Aquello era una afirmación, no una pregunta, pero, curiosamente, en esa ocasión no le importó que
la hiciera.

—Sí. Mi conclusión es que prefiere irse directamente a Europa desde Edimburgo antes que pasar
primero por casa.
—¿Era importante para usted que viniera primero a casa?

—Sí. Teníamos una… una cita importante el jueves. Al menos yo la consideraba importante… —
Anna se interrumpió, consciente por vez primera de que su determinación de salvar su matrimonio
no era necesariamente su única opción.

—Y ¿ahora…?

Levantó la cabeza tras la pregunta de Dominic y sonrió sin poder evitarlo.

—¡Ahora pienso que quizá la mujer que está con Paul ya le va bien!

—Ya.

Anna se quedó sorprendida al comprobar que admitir abiertamente su odiosa condición de «esposa
engañada» no resultaba tan humillante como había previsto. Sentía cómo se le iban abriendo los
ojos a medida que Dominic acortaba distancias hasta quedar tan sólo a unos centímetros de ella,
escudriñándola con ojos inquisitivos.

Así, tan cerca, Anna era capaz de ver perfectamente las manchas avellana de sus pupilas y la doble
hilera de espesas pestañas que enmarcaban sus ojos. A través del espesor del albornoz sentía el
calor que desprendía el cuerpo fuerte de Dominic y cómo sus propios miembros empezaban a
tensarse. La esencia de su piel, limpia y masculina, invadía sus fosas nasales y se encontró a sí
misma aspirando profundamente para retenerla.

La mirada de Dominic la mantenía inmóvil. Sus ojos, de un marrón intenso, estaban clavados en
ella, desnudándola como si intentara ver lo más profundo de su alma. Tan intensa era su mirada
que Anna tuvo que contener la respiración, y de repente notó que le pesaban los párpados, que se
le cerraban en una lánguida anticipación.

Pero él no la tomó entre sus brazos. Levantó la mano y empezó a restregarle cariñosamente los
nudillos por la mejilla. Instintivamente ella ladeó la cabeza ligeramente, lo suficiente como para
sentir su dedo meñique rozándole la comisura de los labios.

—Bonita —suspiró él con voz ronca—, eres tan bonita, Anna… Tu marido es un imbécil.

Y tras pronunciar estas palabras, dio media vuelta bruscamente y se marchó. Por un momento
Anna permaneció totalmente inmóvil, escuchando el sonido de sus pasos al subir por las escaleras
de vuelta a su dormitorio. De pronto, sin el calor de su cuerpo, sintió frío. Se estremeció y se
abrazó. La leche con cacao seguía en el tazón, y se había enfriado, así que tiró aquel brebaje al
fregadero y después se dirigió lentamente al piso de arriba.

Ya a salvo en su dormitorio, Anna se detuvo un momento al ver su imagen reflejada en el espejo de


la puerta del armario. Bonita. Jamás había pensado que se le pudiera aplicar a ella ese calificativo, a
pesar de que en boca de Dominic sonara sincero. ¿Qué podía haberle visto que ni ella ni su propio
esposo hubieran visto nunca?

Anna se echó la trenza hacia atrás y miró fijamente su reflejo en el espejo con expresión casi
desafiante. Los ojos que le devolvían su mirada eran enormes, demasiado grandes para su cara, y
de un color gris indefinido. Por lo menos la nariz era recta y bien proporcionada. Después pasó a
prestar atención a la boca intentando no caer en la burla.
Nunca le había gustado su boca. Era grande y carnosa, el labio inferior era algo más prominente
que el superior, por lo que, en posición de reposo, daba la impresión de que siempre estaba de
morros. Sabía que su boca no era tan prometedora como la de una estrella de cine.

Dio un tirón a la trenza que solía hacerse por la noche y movió la cabeza, dejando que sus largos
rizos dorados cayeran sobre la cara. Pensaba en secreto que el cabello era lo mejor que tenía. Paul,
en los inicios de su matrimonio, intentaba convencerla de vez en cuando de que se lo cortara con
un estilo más moderno, pero pronto tuvo que desistir. No había llevado el cabello liso desde que
era niña, y cuando se lo soltaba, formaba una oleada de rizos lujuriosos que le caían por debajo de
la cintura. «Eres una rubiales», solía decirle Paul en tono de burla.

Sin embargo, Dominic sólo la había visto con el cabello apartado de la cara, como aquella noche, o
recogido cuidadosamente en un moño, como solía llevarlo durante el día, por lo que imaginó que
su cabello no sería el motivo por el cual la encontraba bonita.

Anna decidió proseguir su autoexamen: se desabrochó el batín y lo arrojó encima de la cama. El


camisón de algodón blanco ocultaba su cuerpo. Muy lentamente, empezó a deslizar por los
hombros los anchos tirantes de la prenda y, sosteniendo con resolución su propia mirada en el
espejo, la deslizó totalmente por su cuerpo hasta que llegó al suelo. Sin romper el contacto visual
que estaba manteniendo consigo misma, se quitó del todo el camisón y le dio un puntapié,
dejándolo a un lado.

En aquel instante notó que la atmósfera fría y tranquila del dormitorio envolvía su piel desnuda y se
estremeció, sus ojos delataban nerviosismo. Se sonrió amablemente. Apartó la mirada de su propia
imagen dejando entonces que recorriera la piel blanca y suave de su cuello y se deslizara hasta el
hueco oscuro de su base hasta alcanzar la voluptuosa hinchazón de sus pechos.

La cálida luz de la lámpara de la mesita de noche daba a su piel un aspecto frágil, nacarado. La
aureola rosada que rodeaba la punta de sus pezones era tierna, igual que una fruta madura. El
contacto con el aire le había endurecido los pezones que apuntaban provocativamente hacia el
espejo. De forma tentativa, Anna recorrió con las manos la parte inferior de sus pechos,
sosteniéndolos con las palmas como si quisiera comprobar su peso.

Parecía que sus costillas eran demasiado ligeras como para poder soportar aquel peso y pensó en lo
maravillosa que era la naturaleza, desafiando la gravedad y permitiendo a sus pechos mantenerse
así, erguidos y orgullosos.

Siguió recorriendo los costados con la palma de la mano y quedó satisfecha con la profunda
hendidura de su cintura. Llegó después a la cálida piel aterciopelada de su vientre, reveladora de su
total ondulación femenina.

Las caderas resplandecían suavemente, asomando a partir de la estrechez de su cintura, y las


recorrió con las manos hasta alcanzar la parte alta de los muslos. Por vez primera se dio cuenta de
que sus caderas no eran enormes; sino que estaban perfectamente proporcionadas con el resto de
su cuerpo.

A mitad de su deambular por la parte exterior de sus muslos, se detuvo un momento y recorrió con
la mirada la totalidad de sus piernas; después prosiguió observándose satisfecha con el resultado
de su inspección. Sus piernas, al igual que sus caderas, encajaban perfectamente en su cuerpo. Eran
delgadas, incluso atléticas, los músculos sutilmente definidos, estilizados y fuertes.
Lentamente, Anna deslizó las manos por la parte delantera de sus muslos cerrados, insinuando los
dedos entre ellos, suavemente y ascendiendo poco a poco por aquella firmeza hasta llegar a la
cumbre. Sus dedos se enredaron entre los rizos dorados y sedosos, trazando la línea de la ingle y de
la base del triángulo invertido hasta que se reencontraron a la altura del ombligo.

En un rincón profundo, en la hendidura que el vello púbico ocultaba a la vista, Anna sintió una
turbulencia, una humedad que ansiaba investigar. Sus dedos revolotearon entonces más abajo,
acercándose al pequeño ojo de cerradura que creaba la luz entre sus muslos apretados y sintió que
el calor rezumaba entre sus piernas.

Anna se sobresaltó al ver que otra imagen se unía a la suya en el espejo. Dominic. Se volvió al
tiempo que, con instinto de protección cruzaba los brazos automáticamente sobre sus pechos.
Dominic estaba de pie en el umbral de la puerta, totalmente desnudo, a excepción de los
calzoncillos tipo boxeador de algodón blanco que apenas podían disimular su estado de excitación.

Tenía las pupilas tan dilatadas que casi le ocupaban el iris por entero y la tensión que transmitía
hizo pensar a Anna que debía de llevar un buen rato allí, mirándola. Cuando empezó a acercarse,
ella dio un paso atrás, pues el aspecto de Dominic era agresivo.

—No —dijo con voz ronca—. No te escondas de mí.

Cuando la alcanzó, la cogió por las muñecas, de forma suave pero con insistencia, y se las apartó del
cuerpo. El corazón de Anna latía irregularmente en el interior de su caja torácica mientras los ojos
de Dominic escudriñaban su desnudez, y se echó a temblar sin poder evitarlo. Estaban inmóviles,
pero sus pechos se agitaban.

Anna sabía que debía taparse y echarlo fuera de su dormitorio, pero su boca era incapaz de
articular una sola palabra. Una parte de ella, aquélla deseosa y necesitada, oculta a la fuerza
durante tanto tiempo, le pedía a gritos que mantuviera la calma y que no se asustara, y ella le hizo
caso.

—Mon Dieu, Anna, ¡eres exquisita!

Dominic le presionó con la punta de sus dedos la base del cuello, donde podía notar el pulso
acelerado de Anna, y los dejó allí por un instante antes de deslizarlos suavemente entre los pechos
y el ombligo. Entonces la volvió con cuidado, de manera que pudiera verse de nuevo reflejada en el
espejo.

Anna no podía apartar la mirada de las manos suaves y bronceadas que descansaban en su cintura,
de los dedos largos y elegantes que le acariciaban el estómago con calidez. Dominic empezó a
mover las manos muy despacio, y recorrió con las puntas de los dedos la parte inferior de sus
generosos pechos, abarcándolos con la palma de la mano, igual que ella misma acababa de hacer
tan sólo unos momentos antes. Mientras los sostenía, las coronas rosadas de las aréolas fueron
endureciéndose hasta parecer suaves rosas y los pezones, dos cálidos botones.

Mientras la acariciaba haciendo círculos en sus aréolas con las puntas de los dedos, ella se inclinó
contra su cuerpo hasta que hubo un momento en que la tensión que sentía en el pecho llegó a
hacerse desagradable.

—Te gusta, ¿verdad? —susurró Dominic. Anna sintió su aliento cálido en su oído—. ¿Lo ves?
Con la punta de los dedos Dominic siguió recorriendo la parte superior de los pechos de Anna,
donde un rubor rosado iba apoderándose de su piel. Dominic le cogió un mechón de cabello y lo
deslizó suavemente sobre un hombro, de forma que cubrió el pecho; después repitió el gesto en el
otro lado. Anna parecía lady Godiva en el último día de su vida, con sus brillantes trenzas doradas
cubriéndole el cuerpo hasta la cintura.

Dominic deslizó las manos entre el sedoso cabello y lo enrolló entre sus dedos a los lados de la cara,
como si de dos suaves cuerdas se tratara. Al ir juntando los dos mechones de cabello, fueron
asomando de nuevo los rosados pezones hasta volver a quedar totalmente desnudos y Dominic se
quedó con las dos cuerdas en las manos.

Anna aguantaba la respiración mientras él iba y venía de un lado a otro de su pecho, sosteniendo
con la mano izquierda el mechón de cabello de la derecha y viceversa. Entonces, lentamente,
enrolló cada una de las madejas de pelo en el pecho opuesto de manera que quedaban levantados
y separados el uno del otro.

Dominic siguió apretando alrededor del cuerpo de Anna aquella improvisada soga que había hecho
con el cabello de un modo que hasta casi llegaba a resultar desagradable. Sus miradas se
encontraron en el espejo y Anna liberó su reprimida respiración al ver la enigmática expresión que
había en los ojos de él. No la comprendía, pero creía reconocer la forma en que la miraba. Sabía, al
menos, que aquél era el motivo del poderoso calor sexual que se extendía rápidamente por su
cuerpo.

Dominic sonrió con tranquilidad y, estampándole un beso en el cuello, soltó el cabello,


contemplando cómo se desenredaba y caía en forma de suaves ondas sobre sus pechos.

Anna tragó saliva cuando las manos de Dominic empezaron a deslizarse por sus costados, rozando
brevemente sus nalgas para pasar rápidamente a sus muslos temblorosos. La palma de su mano
acarició el vellón dorado de su cumbre.

—Está tan caliente. Un color extraño y encantador. Y dentro…

Hipnotizada por la cálida y ronca cadencia de su voz, Anna fue incapaz de protestar cuando él le
separó los muslos suavemente y la joya de color rosa pálido que había entre ellos quedó expuesta.
Los tiernos pliegues de carne fueron abultándose, húmedos y brillantes, cuando Dominic empezó a
abrirlos.

—¡Oh! exclamó Anna al sentir el ligero contacto de los dedos de él en su sexo; las piernas apenas
podían sostenerla. Dominic la tomó entre sus brazos y ella se estremeció.

El empezó a mover sus labios, inesperadamente fríos, por toda su cara, besándole las sienes, las
cejas, la curva de su mandíbula hasta la base de las orejas. Mientras besaba la comisura de sus
labios, murmuró algo en francés. Entonces resiguió el perfil de sus labios con la lengua caliente y la
boca de Anna se abrió como una flor al sol, invitándole a entrar.

Mientras la besaba, Anna se colgó de sus hombros, la cabeza le daba vueltas y se le cerraban los
ojos. El vello rizado de su torso desnudo rozaba su piel tan tierna y sentía que los pechos se le
hinchaban al entrar en contacto con su cuerpo. Notaba la urgencia de su erección presionándole la
cálida protuberancia del estómago, así como sus manos, que vagaban libremente por su espalda y
sus nalgas.
Todo pensamiento racional había desaparecido y ya nada le importaba, tan sólo aquel ligero dolor
que iba creciendo entre sus muslos. Anna dio la bienvenida a aquella caliente invasión de la lengua
de Dominic en su boca. La tiró hacia dentro, formando círculos alrededor de ella con su lengua,
mientras que, para intentar mantener el equilibrio, le clavaba las uñas en la piel aterciopelada de la
espalda.

De repente, sin interrumpir el beso, Dominic dejó de abrazarla. Se apartó ligeramente, y Anna notó
que el reflejo de su mirada ardía en la de ella. Se sentía deshuesada, líquida, totalmente bajo el
control de Dominic. Ella le envolvía el cuello con los brazos e inclinaba la cabeza sobre la dura
almohada de su hombro. En unas cuantas zancadas llegaron a la cama, donde él la dejó tendida y se
quedó de pie.

Sin dejar de mirarla, se quitó rápidamente los calzoncillos. Los ojos de Anna se desviaron nerviosos
hacia el centro de sus muslos donde se levantaba su tallo. Era largo y grueso, y en la punta
circuncidada y lisa, rosa oscuro, relucía una gota de líquido.

Anna tendió la mano para tocar el erguido tallo en cuanto Dominic se tendió a su lado entre las
sábanas arrugadas. Estaba caliente al tacto, y tan duro y exigente que Anna por un momento sintió
miedo. Empezó a recorrer tentativamente con la mano la flecha sedosa, temerosa de que, como
Paul, pudiera rechazarla. Pero Dominic, sencillamente, se quedó estirado como estaba,
contemplándola, con los ojos medio cerrados y el cuerpo tenso, suspendido.

Bajo la mano de Anna, el pene se contrajo ligeramente y entonces ella pasó a recorrer con la palma
la tensa planicie de Dominic que iba desde el estómago hasta el pecho. El vello que le cubría los
pectorales y se extendía hasta su ingle era negro, grueso y rizado, pero, sorprendentemente, tenía
un tacto sedoso. Anna enredó los dedos en él, deslizando las puntas hacia uno de los pezones que
adquirió firmeza de inmediato y, fascinada, acarició de la misma forma el otro pezón.

De repente Dominic se inclinó a besarle suavemente los labios, luego hundió la cabeza entre sus
pechos y tomó un pezón con su boca. Anna se tendió boca arriba mirando el techo sin verlo,
mientras Dominic seguía chupándole primero un pezón, después el otro. Lo más recóndito de su
cuerpo respondía con profundos tirones a la presión que la boca de él ejercía sobre su pecho.

Anna, asustada, lanzó un grito sofocado, cuando los dedos exploradores de Dominic acariciaron de
nuevo el duro brote que anidaba entre los pliegues resbaladizos de su vulva. Luego puso su mano
sobre la de él.

—¿Anna? susurró Dominic al tiempo que apartaba la mano de ella con delicadeza y la llevaba a la
altura de su corazón.

Anna sintió entonces el firme palpitar del corazón de Dominic bajo la palma de la mano, y sin
ninguna explicación sus temores empezaron a disminuir. Dominic la miraba inquisitivamente,
frunciendo el entrecejo, y entonces sonrió.

—Todo va bien, chérie,… cógete. Cierra los ojos. Confía en mí.

Ya más tranquila, Anna dejó que sus párpados se cerraran y se colgó de su cuello con los dos
brazos, apretándolo fuertemente. Aquella vez, cuando los dedos sensuales de Dominic invadieron
el jardín secreto de su sexo, ella suspiró y se fundió en él.
El interior de sus muslos empezó a irradiar calor en el momento en que él, de forma infalible,
encontró el diminuto centro erótico y se puso a acariciarlo con unos movimientos rítmicos que
parecían seguir el compás de los latidos del corazón que ella sentía junto a su pecho. La tocaba
como si de un delicado instrumento musical se tratara, con reverencia, pero a la vez con una
seguridad en el tacto que la obligaba a tener que hincarle las uñas en la carne. Anna notaba cómo
se abría a él, invitando a que sus dedos exploradores entraran en ella.

La cálida respiración de Dominic acariciaba su oído, pues él no dejaba de susurrar palabras, algunas
en francés, sin que e] hecho de que no ]o entendiera tuviera importancia. Era su tono, el ritmo de
sus palabras, lo que la emocionaba.

—Tan bonita…

El calor iba en aumento, invadía el cuerpo de Anna y ascendía, en forma de espiral, por su espina
dorsal. Por una décima de segundo Anna sintió miedo y abrió los ojos de par en par. Dominic la
besó con firmeza, ahuyentando sus temores hasta que por fin espasmo tras espasmo, ella se liberó
felizmente.

Apartó su boca de la de él y echó la cabeza hacia atrás, entonces gritó, segura de no poder resistir
aquella intensidad. Dominic cogió su mano y la presionó contra su acelerado corazón, prolongando
la sensación hasta que ella tuvo que suplicarle que la soltara.

Volvió a gritar, angustiada al ver que él apartaba la mano, pero no la abandonó por mucho rato: la
penetró rápidamente, antes de que su orgasmo se hubiera desvanecido del todo.

Anna le abrazó llorando de alegría, amor y gratitud; no podía ni imaginarse la emoción que su cara
reflejaba al sentirse llena de él. Le notaba moverse en su interior y decidió acompañarle en su
camino hacia la consecución del clímax, golpe tras golpe, pulverizando sus caderas contra el cuerpo
de Dominic.

Los gritos de éxtasis de ambos se hicieron uno mientras rodaban, enredados, por la cama.
Entretanto una única idea daba vueltas en la cabeza de Anna: era esto, esto era lo que siempre
sospechó que se estaba perdiendo. Y sabía que jamás volvería a conformarse con menos.

Cuando se separaron, Dominic la tomó entre el cálido y seguro círculo de sus brazos y la estrechó
contra su cuerpo diestro y sudoroso. Deslizó la mano por sus costados y por su espalda, recorriendo
toda la columna vertebral, el brillo de sus ojos la acariciaba en la oscuridad. Masajeó la base del
cráneo y la besó con un apetito persistente.

—No sabía… no suponía —balbuceó ella de pronto.

Dominic se incorporó un poco apoyándose en un codo y resiguió la línea de su boca con la punta
del dedo. Cogió firmemente la barbilla de Anna entre el índice y el pulgar y le inclinó la cabeza hacia
atrás para poder mirarla fijamente a los ojos.

—Hay más, ma petite…, mucho más.

Él se limitaba a mirarla fijamente. Anna estaba hipnotizada por la expresión de sus ojos y sintió un
estremecimiento en lo más íntimo de su ser.

—Quiero que me enseñes —susurró con voz ronca.


Él sonrió.

—Mais oui, Anna…, deseo hacerlo.


Capítulo Tres

ELLA ESTABA EN medio de un campo de colza. El olor acre inundaba la atmósfera caliente y
penetraba en su garganta. Alrededor, hasta donde le alcanzaba la vista, todo era como un océano
amarillo, la brisa de verano soplaba suavemente produciendo olas sin fin y enredando su vigoroso
cabello suelto. El sentimiento de irrealidad era aún mayor debido al calor canicular que llenaba de
un trémulo resplandor todo lo que la rodeaba.

Estaba desnuda. En el aire había una tensión especial, como una sensación de preámbulo erótico
que dejaba sin aliento. Oyó un susurro a sus espaldas y sonrió. Se volvió lentamente y lo vio de pie,
quieto, mirándola.

No decía nada. Se dirigió hacia ella con la cara absorta. Ella sabía que esto era lo que había estado
esperando y tendió sus brazos hacia él, que le cogió las manos para colocarlas alrededor de su
cuello, de forma que el cuerpo desnudo de ella quedó aplastado contra el áspero algodón y la suave
seda de sus vaqueros y su camisa. El tejido rozaba su piel y ella se movió. Echó hacia atrás la cabeza
con temeridad y dejó el cuello a merced de los labios de él.

Sintió la frialdad de los labios en su piel, luego él levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
Los ojos del hombre recorrieron su cara con pasión hasta posarse en sus labios entreabiertos. Se
abrazó a él mientras la tendía dulcemente en el suelo, enseguida sintió la tierra fría, suave y
húmeda, bajo su espalda. Cuando su cuerpo rozó las flores de la colza, se levantó una humareda de
polvo amarillo que formó una nube alrededor de ellos.

Ella aguantó la respiración y él bajo lentamente la cabeza. Ella cerró entonces los ojos
anticipándose a la deliciosa presión de su boca en la suya.

Anna se despertó sobresaltada, justo en el momento en que sus labios iban a unirse. Buscó a
Dominic y emitió un gemido: no encontró más que la almohada vacía. Se sentó en la cama y cubrió
su cuerpo caliente con el edredón. Pasaron unos minutos hasta que consiguió ralentizar los
acelerados latidos de su corazón y normalizar su respiración.

El sueño había sido tan real, tan intenso, que sentía la humedad de la calentura entre sus muslos.
Sonrió al recordar los acontecimientos de la noche anterior.

Anna apretó las piernas con fuerza y atrajo las rodillas hacia sí. No le importaba que en el momento
de despertarse no estuviera allí, le había prometido que habría más:

Se arrastró hasta el espejo del baño; su imagen reflejada evidenciaba con claridad la agitada noche
que había pasado. Después de hacer el Amor con Dominic, había caído en un primer sueño de
saciedad, pero después la noche había transcurrido con desasosiego, llena de sueños eróticos
fragmentados como el del campo de colza que tan insatisfecha e incompleta la había dejado.
Anna pasó en el baño más tiempo del normal y salió por fin al dormitorio con el maquillaje intacto.
Se dijo que no iba a prestar más atención a su aspecto personal de lo que lo haría una mañana
cualquiera, sin embargo sacó del armario el sujetador de seda más nuevo que tenía y unas bragas
minúsculas.

El color albaricoque pálido lucía de maravilla sobre su piel, como si ésta hubiera tomado algo
prestado del brillo de aquella fruta. También sacó del armario el liguero de conjunto que compró un
día en un arranque de anhelo sexual y que de hecho aún estaba por estrenar; acarició tejido con
incertidumbre.

No estaba acostumbrada a aquella opresión, a la tensión que la cinta ejercía alrededor de su talle,
pero, curiosamente, se sentía cómoda. La prenda encajaba a la perfección en la parte baja de la
cintura, donde sus caderas se ensanchaban tan voluptuosamente. Cogió un par de medias finas de
nailon, color carne. Mientras se las subía por las piernas, escuchó el susurro de la fibra al deslizarse
por su piel.

Anna se quedó unos instantes contemplando el efecto en el espejo. La piel desnuda de la parte
superior de sus muslos era muy blanca y el marco creado por la tensión del liguero hacía que la
mirada se dirigiera, sin poder evitarlo, a su pubis cubierto de seda. Alzó la vista para contemplar,
satisfecha, la forma en que el satén de color albaricoque moldeaba sus poderosos pechos,
convirtiéndolos en dos esferas perfectas. Su piel cremosa sobresalía por encima y conformaba un
escote del que podía sentirse orgullosa.

Ninguna de las prendas que tenía para ir a trabajar le satisfacía, así que optó por un cómodo traje
de chaqueta color caramelo. Al abrochar la cremallera lateral de la falda, corta y estrecha, Anna se
percató de que estaba siendo consciente de todos sus movimientos, como si de repente su piel
hubiera adquirido mayor sensibilidad.

Se deslizó en su única blusa de seda con una satisfacción de sí misma que no le era característica,
dándose cuenta de lo bien que quedaba aquel rico color crema con la falda. Como no le apetecía
ocultar la blusa bajo la holgada chaqueta, decidió que bajaría con ella colgada del brazo, y la dejó
en la mesa del recibidor junto al bolso.

Mientras se ponía los zapatos notó que no estaba sola en el recibidor. Se volvió lentamente,
preparándose a recibir la sacudida que siempre sentía al ver a Dominic; sin embargo no acababa de
acostumbrarse, se le hacía un nudo en el estómago y sus ojos lo devoraban con avaricia. Se sonrojó
al recordar cómo la miraba en el campo de sus sueños.

Aquella mañana llevaba una camisa de algodón almidonado de manga corta azul celeste, que
dejaba a la vista sus brazos fuertes y musculosos. La mirada de Anna se deslizó por el vello oscuro
que se esparcía generosamente por su piel bronceada, y no pudo evitar recordar su elegante tacto
sedoso. Sentía un hormigueo en los dedos de las ganas que tenía de acariciarlo.

—Buenos días, Anna.

Ella alzó la mirada y se encontró con su enigmática expresión. De repente sintió la incómoda
sensación de que él podía leer su pensamiento, de que conocía todos y cada uno de sus deseos.
Cuando Dominic se acercó a ella lentamente, como un animal depredador al lanzarse sobre su
presa, notó que la boca se le secaba de golpe.
—Dominic…

Apenas hubo susurrado su nombre, cuando él le cubrió la boca con un beso, breve y fuerte, que la
dejó sin aliento. Al apartarse le sonrió. Era un esbozo de sonrisa que le provocó una gran excitación
en el estómago. Se le volvió a hacer un nudo cuando vio que él daba la vuelta y se dirigía a la
cocina.

A Anna le afectó tanto aquel pequeño intercambio que hasta se quedó sin hambre y se dedicó a
jugar con la tostada y el café. Dominic, sin embargo, no parecía tener estos problemas y ella se
dedicó a observarlo mientras comía; era firme y resuelto incluso comiendo.

Después de desayunar Anna le llevó a la universidad y le acompañó al despacho de Alan. Entonces


se separaron. Anna se dirigió a, su puesto de trabajo mientras Dominic y Alan fueron a la sala de
conferencias donde Dominic tenía que hablar a última hora de la mañana.

Fue una mañana larga. Todas las tareas rutinarias que Anna realizaba sin pensar empezaron a
irritarla. Se imaginaba a Dominic preparándose para hablar ante los estudiantes de económicas y
sintió envidia y un ardiente deseo de estar allí.

Entonces, como si hubiera expresado sus pensamientos en voz alta, Alan entró a preguntarle si
quería acompañarle a la sala de conferencias.

—Lo encontrarás interesante, Anna, sobre todo ahora que conoces a Dominic. Es un comunicador
nato.

«¡No hace falta que me lo digas!», pensó ella con ironía. Pero tenía demasiado trabajo que pasar a
máquina.

—No he acabado esto…

Anna sintió alivio al ver que Alan levantaba la mano sin tomar en serio su débil protesta, y se
apresuró a coger el bolso antes de que él tuviera oportunidad de cambiar de idea.

La sala de conferencias era un gran auditorio de época victoriana con los asientos dispuestos en
forma de teatro. Como iba con Alan, Anna pudo sentarse en primera fila, pero cogió un sitio
discreto en uno de los ángulos. En el momento de subir al escenario Dominic le lanzó una mirada y
su sonrisa le provocó un cálido escalofrío de placer.

Era un orador inspirado. Su voz profunda y melodiosa, con aquel acento francés tan sensual,
resonaba en la sala, y con tan sólo echar una mirada alrededor, Anna se .dio cuenta de que la
mayoría de las mujeres allí reunidas estaba cautivada por su presencia. Sus palabras hacían
transparente la evidente pasión que sentía por el tema que trataba y era evidente, por su inevitable
entusiasmo, que disfrutaba comunicando sus conocimientos.

Anna escuchaba, exorcizada, el sonido de su voz. A medida que avanzaba la conferencia fue
dándose cuenta de que estaba totalmente enganchada, embelesada más por el orador que por el
contenido de sus palabras. Dominic gesticulaba con las manos para ilustrar cada uno de los puntos
que tocaba. Anna era incapaz de apartar la mirada de sus dedos largos y sensuales y los recordaba
moviéndose sobre su piel, haciéndola responder y sentirse caliente; estaba muy lejos del resto de
público de la sala.
Al finalizar, el auditorio estalló en aplausos y Dominic dejó el tema abierto a discusión. Las
preguntas surgieron con rapidez, señal inequívoca del interés que había despertado con su hora de
charla. Respondió atento y solícito a todas las preguntas de los estudiantes, y al acabar, tras haber
satisfecho la curiosidad de sus interlocutores, se le veía exhausto. Por fin, a regañadientes, le
dejaron marchar.

—¡Bravo, Dominic! —dijo Alan subiendo al escenario y dándole una palmada en la espalda, en
cuanto los estudiantes salieron y sólo hubo tres de ellos en la sala—. Muchas gracias… y esto es
sólo el principio, ¿eh? ¿Qué te parece comer algo?

La mirada de Dominic buscó la de Anna y ella sonrió; de pronto se sentía ridículamente tímida.

—¿Va a venir Anna con nosotros?

Por un momento Alan lo miró sorprendido. Después sonrió alegremente como si le pareciera una
idea excelente.

—Naturalmente. Vendrás con nosotros, ¿no, Anna?

—Bien, yo… Anna no sabía a ciencia cierta si Alan quería que rechazase la invitación. No solía
invitarla a comer cuando tenía conferenciantes, incluso aunque ella hiciera de anfitriona temporal.

Dominic vino en su ayuda.

—Esto está hecho. Un momento, por favor, mientras yo… voy a refrescarme un poco.

Viendo que Alan no estaba del todo convencido de que ella les acompañara, Anna decidió visitar el
lavabo de señoras para retocarse el maquillaje.

Alan les llevó a un pequeño y tranquilo restaurante, tal como Anna había imaginado que haría. El
jefe del restaurante saludó a Alan por su nombre y con gran ceremonia se sentaron a una mesa
redonda al lado de la ventana. La mesa era lo suficientemente pequeña como para que Anna
sintiera la presencia de los dos hombres sentados a su lado: Dominic a la izquierda y Alan a la
derecha. Pero mientras que Alan conservaba educadamente su espacio, la pierna de Dominic se
apretaba contra la suya.

Pidieron pechugas de pollo al vino blanco, bañadas con crema y cintas de pasta con salsa de
champiñones especiada. Alan comió vorazmente, sin embargo Anna, que sintió la oscura mirada de
Dominic sobre ella durante todo el rato, estuvo cohibida.

Dominic seguía apretando con insistencia su cálida pierna contra la de Anna. Cuando ella se limpió
los labios con la servilleta, cruzaron sus miradas descaradamente. La tensión crecía entre ellos y
Anna se preguntaba si Alan se habría dado cuenta. Pero no, era encantadoramente inconsciente.

Anna no tenía idea de cómo lo hacía, pero Dominic seguía manteniendo una conversación
totalmente normal y poco metódica con Alan mientras le hacía el amor a ella con la mirada. Bajo la
mesa tenían los pies entrelazados, cuero contra cuero. Anna sorbía constantemente de su copa de
vino en un vano intento de contrarrestar la sequedad que sentía tanto en la boca como en la
garganta.

Acabado el primer plato, Dominic levantó la copa de vino y vació el contenido de un trago. Anna era
incapaz de apartar la mirada de aquella garganta suave, de piel dorada; la nuez de Adán se
desplazaba por toda su longitud. Su cuello era fuerte, apenas sin arrugas. Anna suponía que tendría
unos treinta y tres o treinta y cuatro años, al menos era diez años mayor que ella. Experimentado.

Sorprendida, notó de repente que la conversación se había detenido y que los dos hombres la
estaban mirando, expectantes. Los ojos de Dominic mostraban una chispa de divertimiento.

—¿Perdón?

Alan la miró frunciendo el entrecejo. Estaba confundido, y ella se dio cuenta de que debía
mantener la calma, al menos en horas de trabajo.

—Tan sólo te preguntaba qué quieres de postre, Anna —repitió Alan.

—Oh, sí. Perdón. ¿Podría ver la carta, por favor?

A duras penas podía leer lo que ponía en la carta, por lo que pidió lo primero de la lista. Fresas y
crema.

Una vez más, sintió la mirada atenta de Dominic mientras comía. La fruta blanda y gruesa y la
crema fría le acariciaban la garganta al tragar. Estaba segura de que Dominic estaba leyendo sus
pensamientos.

Cuando terminaron de comer, Alan se excusó y se dirigió al servicio. En cuanto hubo desaparecido,
Dominic se inclinó hacia ella, servilleta en mano, y le acarició suavemente la comisura de la boca.

—Crema —susurró. Al aproximarse, sus ojos se reflejaron ardientes en los de Anna.

Anna, nerviosa, pasó la punta de la lengua por los labios. La mirada de Dominic vagó por su boca
siguiendo el movimiento circular, luego miró hacia abajo, hacia sus pechos. Anna se sonrojó al
darse cuenta de que la silueta de sus pezones endurecidos era claramente visible a través del
sujetador y de la fina seda de la blusa.

Anna se movió en la silla, segura de que Dominic conocía perfectamente cuál era su estado de
excitación. Cuando él se inclinó sobre la mesa y le presionó con el dedo pulgar uno de sus
florecientes pezones, Anna emitió un suspiro sofocado.

Resistió el instinto de apartar bruscamente su mano y empezó a mirar, nerviosa, a derecha e


izquierda. Dominic sonreía tranquilamente y su mirada le hacía sentir unos escalofríos
inaguantables.

Entonces él apartó la mano y Anna vio que Alan regresaba a la mesa. Cuando se sentó de nuevo,
Anna estaba acalorada y temblorosa, tanto que apenas pudo mover la cabeza en un gesto de
negación cuando Alan le preguntó si quería café.

Se puso aún más rígida al sentir de repente la mano de Dominic en el muslo. Miró a Alan con
nerviosismo, pero estaba concentrado encendiendo su pipa. En aquel momento llegó el café,
acompañado de queso y galletas, y los dos hombres se sirvieron. Anna se cortó un trozo de Brie y
cogió de la bandeja un par de finas galletas.

La mano de Dominic, oculta por los voluminosos pliegues del mantel, subió unos centímetros más
arriba de su pierna en el momento en que el cálido queso cremoso le acariciaba la lengua. Anna se
quedó mirando fijamente enfrente de ella mientras la mano llegaba a la piel desnuda que dejaba al
descubierto la parte superior de sus medias. Entonces las puntas de los dedos de Dominic
empezaron a trazar pequeños y repetidos círculos.

Anna, presa del pánico, miró alrededor en el momento en que Dominic empezó a tocarla bajo la
fina seda de sus medias. Alan, reclinado en su asiento, tenía el aspecto de un hombre satisfecho del
mundo que le rodea. Dominic seguía concentrado en el café y el queso. En la mesa de la izquierda
una joven pareja se miraba a los ojos por encima de la lasaña y la ensalada, y en la de la derecha
había unos hombres vestidos con traje oscuro que hablaban de negocios y deportes. Nadie parecía
notar lo que estaba sucediendo bajo el mantel de su mesa.

Incapaz de contenerse, Anna relajó los muslos y los separó para facilitar a Dominic el acceso de sus
caricias a su sexo caliente. Insinuando los dedos bajo el tejido elástico de sus bragas, Dominic pasó
la mano por sus húmedas hendiduras, buscando alegremente el duro brote que anhelaba sus
caricias.

Anna tuvo que dejar de comer para poder concentrarse desesperadamente en mantener el control
de su respiración. Se las arregló para conseguir que su cara mantuviera una expresión socialmente
aceptable, a la vez que sucumbía ante la búsqueda que estaban llevando a cabo los dedos de
Dominic y se restregaba contra ellos sintiendo cómo el calor crecía más y más entre sus piernas.

¡Dios! ¡Si alguien lo supiera, si alguien se diera cuenta! Al sentir las sacudidas de sus caderas, la
invadió una caliente oleada de vergüenza, sin embargo, finalmente descargó su pasión, aunque
tuvo que morderse el labio inferior para no gritar.

Se cogió fuerte a la mesa, y entonces Dominic retiró la mano. Se acercaba un camarero.

—¿Qué les ha parecido la comida? —preguntó educadamente mientras llenaba de nuevo las tazas
de café.

Anna apenas si pudo sonreír tontamente, consciente como era de la mirada de asombro que lucían
sus ojos.

—Excelente —respondió Dominic, y se llevó los dedos que acababa de retirar del cuerpo de Anna a
la boca, besándolos teatralmente.

Entonces se volvió y miró a Anna. Ella, incapaz de adivinar el significado de su expresión, se asustó
y, tras pedir excusas, se levantó para ir al servicio.

Una vez en esa especie de santuario que son los aseos de señoras, Anna apoyó la frente caliente
contra el frío espejo que cubría la pared en su totalidad. Tenía las mejillas encendidas y los ojos le
brillaban de un modo tan anormal que le sorprendió el hecho de que Alan no se hubiera dado
cuenta de lo ocurrido.

Al apartarse del espejo observó que la blusa seguía tensa y ceñida sobre sus pechos y que los
rosados pezones se transparentaban con claridad. Mojó las muñecas con agua fría a la vez que se
concentraba en respirar profunda y rítmicamente, decidida a volver a la mesa totalmente
recuperada.

Salió de los servicios un poco más tranquila. Dominic estaba esperándola.

—¡Dominic…!
Sin decir palabra, la cogió de la mano y la empujó hacia una puerta con un letrero que advertía:
«privado. Sólo personal autorizado.» Estaban en una especie de armario lleno de útiles de limpieza
y trastos almacenados. Cuando Dominic cerró la puerta a sus espaldas y la atrajo hacia sí, Anna
reconoció al instante el empalagoso aroma de lavanda.

—¡Dominic! —suspiró—. ¡Aquí no! ¡Oh, Dios!

Ya le había subido la falda, corta y estrecha, y le estaba bajando las bragas albaricoque de seda.
Cuando los dedos tentadores de Dominic se aproximaron a su sexo, húmedo y caliente, Anna notó
que le fallaban las piernas. En medio de aquella oscuridad vislumbró el brillo de su sonrisa al tiempo
que él iba al encuentro de su calentura y la penetraba con dos dedos, mientras que con la otra
mano se desabrochaba los pantalones.

Dominic puso la rodilla sobre la pierna de Anna y la levantó a la altura de sus caderas; después la
sostuvo con las dos manos por la cintura y entonces la penetró sin más preámbulos. La apoyó
contra la puerta, hundiendo la cara en el cabello, de forma que se le soltó el moño y el pelo le cayó
sobre los hombros. Estaba completamente abierta de piernas y apoyada de puntillas en el suelo.

Sentir en el oído el ritmo creciente de la respiración de Dominic hizo que Anna se excitara aún más.
Entonces se abrazó a él y apretó la pelvis, para restregar el clítoris contra la piel peluda de la parte
inferior del vientre de Dominic.

Percibió el momento en que él llegaba al punto de no retorno y sucumbía, liberándola de aquella


presión que sentía en su interior. Ambos tuvieron su crisis a la vez: Anna lanzó un pequeño grito de
angustia, Dominic emitió un caudal de palabras en su propia lengua que intensificaron aun más el
placer de Anna.

Él se desplomó contra su cuerpo y la abrazó, ella gemía en voz baja. Jamás hubiera imaginado que
el disfrute de sexo caliente y sudoroso como aquel pudiera hacerla sentir tan bien. Los labios de
Dominic acariciaron, casi con ternura, su frente.

Mientras se subía las bragas y se ponía bien la falda, Anna se quedó helada al oír que alguien
llamaba a la puerta.

—¿Qué pasa ahí dentro? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Anna permaneció completamente inmóvil deseando que el hombre se marchara. El corazón le latía
aceleradamente en el pecho y la sangre le subía hasta las orejas sólo de pensar que les habían
descubierto.

Sin embargo, Dominic apenas se detuvo un instante: siguió abrochándose la bragueta, después la
cogió de la mano por sorpresa y abrió la puerta en cuanto ella se retiró.

—Perdón por haberle hecho esperar —dijo con una sangre fría increíble, mientras el camarero les
miraba asombrado—. Ya sabe que hay cosas que no pueden demorarse.

La empujó hacia el pasillo y Anna notó que estaba intensamente ruborizada. Sentía la mirada del
chico en su espalda y no pudo resistir el impulso de mirarlo por encima del hombro. Les
contemplaba con cara de incredulidad mezclada, eso si, con ávida envidia. Anna apartó la mirada
enseguida.
Antes de entrar en el comedor se detuvo e intentó arreglarse el pelo. La camisa estaba totalmente
arrugada y no había forma de arreglarla; a pesar de ello, le pasó las manos por encima sin obtener
ningún resultado.

—Olvida eso —dijo Dominic, guasón, deslizando suavemente la punta de los dedos por su boca
húmeda—. ¿Te han dicho que tus ojos brillan como luceros?

Anna parpadeó cuando él la besó en las comisuras de los ojos.

—Alan se dará cuenta —murmuró casi desesperada—. ¡Oh, Dominic! ¿Cómo has podido? ¡Me
siento tan violenta!

Pero aquel reproche no le salió con el tono ofendido que ella esperaba y él se echó a reír de un
modo tan exquisito que ella no podía enfadarse.

—¿Dónde estabais metidos? —se quejó Alan al verlos acercarse a la mesa.

Anna se imaginó su mirada recorriendo su cara sonrosada y el pelo despeinado, y enrojeció aún
más por el enfado.

—Ah, bueno, no importa. Yo… estaba pagando la cuenta. Deberíamos regresar.

El camarero que les había encontrado en el cuarto de la limpieza fue quien les abrió la puerta. Al
pasar Anna el muchacho le guiñó un ojo y ella casi se cae escaleras abajo con las prisas por
marchar. Dominic la cogió enseguida por el codo y, por la forma en que lo hizo, ella adivinó que se
había percatado de aquel intercambio de miradas y que, en cierto modo, le satisfacía.

—Después de comer tengo una tutoría, Dominic —dijo Alan, cuando esperaban un taxi—, y me
temo que la reunión con la Cámara de Comercio que te comenté nos va a ocupar toda la tarde y
parte de la noche. Te dejo libre mañana. La previsión del tiempo es excelente y he pensado que
quizá te gustaría ir a dar un paseo por el campo.

—Perfecto —dijo Dominic, abriendo la puerta negra del taxi que acababa de pararse.

Alan subió el primero, seguido por Anna. La altura del escalón hacía imposible subir y bajar de
forma elegante. Dominic acarició el culo de Anna mientras subía, y ella aterrizó en el asiento
granate al lado de Alan. Cuando Dominic se sentó a su lado, no se atrevió a mirarlo.

—Sería agradable salir un rato a tomar un poco de aire fresco —dijo cuando arrancaron, siguiendo
la conversación—. Alan, podrías hacerme el favor de prestarme a tu bonita secretaria para el resto
del día.

Alan lo miró sorprendido.

—Bueno, naturalmente… si eso hace feliz a Anna.

Anna sonrió torpemente.

—Si estás seguro, Alan —dijo con toda la sangre fría que pudo conseguir.

—Bien. ¿Qué le parece si preparáramos una merienda campestre, Anna?


Ella se volvió y se encontró con la mirada de Dominic. El corazón se le salía del pecho al ver cómo la
suavidad de su sonrisa entraba en contradicción con la intensidad de su mirada.

—¿Una merienda campestre? —murmuró débilmente—. Sería encantador.


Capítulo Cuatro

AQUELLA TARDE DOMINIC no volvió con Anna a casa cuando ella acabó de trabajar. Alan se lo llevó
con é1 para discutir el programa de actividades de la semana y advirtió a Anna que después irían a
un acto del Club Rotary.

Sin que Alan lo viera, Dominic miró a Anna con una cara que dejaba bien claro dónde le gustaría
estar: en la cama, con ella.

—Llévese esta llave de la puerta —dijo Anna, buscándola en el fondo del bolso—. Así no se sentirá
incómodo si tiene que llegar tarde a casa…

Al darse cuenta de que había utilizado la palabra «casa», trató de marcharse rápidamente al tiempo
que se preguntaba por primera vez cómo sería la casa de Dominic y si habría alguien esperándolo.
Dominic frunció ligeramente el entrecejo al darse cuenta de la contrariedad que se dibujaba en las
facciones de Anna, y le dio un apretón en la mano al coger la llave.

Anna acababa de conciliar el sueño cuando oyó a Dominic poner la llave que le había prestado en la
cerradura. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al escuchar sus pasos subiendo por las
escaleras, acercándose. Cuando se detuvo en el rellano, Anna aguantó la respiración. Por un lado,
deseaba que entrara, pero, por el otro, esperaba que se fuera a su habitación. Anna soltó el aire
lentamente al oír alejarse los pasos.

Aquella pasión desproporcionada que Dominic había despertado en ella la asustaba y debía admitir
que incluso el mismo Dominic le daba miedo. A veces había algo en el modo en que la miraba que
la hacía sentirse como si fuese una marioneta bailando a su voluntad. Y lo que para él era un simple
juego, podía llegar a convertirse fácilmente en algo muy importante para ella.

Además, cuando estaba con él… de aquella manera… apenas se reconocía a sí misma. Tan sólo con
que la acariciara de un modo determinado, con que le hablara con un cierto tono de voz, se
encontraba 'haciendo cosas que jamás hubiera podido imaginar en sus momentos de lucidez.

Como el incidente del restaurante. Se ponía colorada sólo de pensar en lo que ocurrió durante la
comida. Primero, el placer fortuito bajo el mantel y después la cópula rápida y salvaje en el armario
de la limpieza… Anna se estremeció rememorando la vergüenza que pasó acompañada, sin
embargo, por el placer más exquisito.

Cerró los ojos tratando de olvidar esa escena, e intentó dormir.

Ya era tarde cuando el leve ruido de abrir y cerrar la puerta la despertó. Bostezó desperezándose,
medio dormida, y al abrir los ojos se topó en la penumbra con la figura de Dominic en su cama. Sólo
llevaba puestos los calzoncillos, así que, cuando se inclinó sobre ella, Anna olió su calor, limpio y
masculino. El levantó la mano para acariciar sus hombros y ella, instintivamente, se sentó y apoyó
la espalda en la cabecera.

Anna advirtió que la sangre le hervía en las venas cuando se encontró con su mirada brillante en la
oscuridad y notó que Dominic apartaba el edredón. Se estremeció al sentir el aire en su piel
desnuda, cubierta tan sólo por un fino camisón de tirantes. Dominic la cogió por la muñeca y
levantó su brazo por encima de la altura de la cabeza. Con la otra mano le cogió la otra muñeca y
las juntó de modo que ella se quedara con los brazos sobre la cabeza mientras él los sujetaba con
sólo una mano.

En aquella posición Anna se sentía vulnerable, a pesar de que sabía que si quería podía soltarse sin
ninguna dificultad, pero decidió mostrarse condescendiente. Fue incapaz de sofocar un pequeño
grito cuando con un movimiento rápido él le sacó el camisón con la mano que le quedaba libre y lo
dejó tirado a un lado.

—¡Dominic…?

—¡Tranquila!

A Anna se le secaron las palabras en la boca al notar que le apretaba las muñecas con más fuerza y
que sus ojos centelleaban de un modo cada vez más peligroso. Ante la excitación provocada por
aquella pizca de temor exquisito, permanecía inmóvil, a la espera de lo que Dominic hiciera. Su
cuerpo ya no estaba fláccido y relajado, sino tenso y erizado al imaginar qué podía venir a
continuación.

Los ojos de Anna fueron acostumbrándose a la oscuridad, entonces vio que los labios de Dominic
esbozaban una sonrisa. Sintió un estremecimiento en el instante que él empezó a recorrer con su
dedo índice el punto pulsante situado en la base de su garganta, para pasar luego a sus pechos,
circular por el estómago y detenerse en el cálido vello de su colina, cerca del adormilado botoncito
del deseo.

En cuanto lo encontró, Dominic aplicó la presión necesaria para despertarlo y Anna cerró los ojos,
dando la bienvenida al calor familiar e intenso que invadía todos sus miembros. Dominic acarició la
hinchada protuberancia, dándole vueltas y más vueltas, hasta que los jugos empezaron a fluir y
rezumaron al exterior.

—Abre los ojos.

Hablaba en voz baja, pero de forma autoritaria. Anna obedeció al instante. Los ojos de Dominic
repasaron su cuerpo desnudo y ella siguió el recorrido con su mirada: Tenía los pezones erguidos
como dos puntas rosadas y turgentes y las piernas algo abiertas debido a la ligera presión que
sentía entre los muslos.

Tensa como la cuerda de un arco, sintió cómo le temblaba todo el cuerpo. Entonces Dominic inclinó
la cabeza y tomó en su boca uno de sus pezones. Mientras lo besaba, Anna advirtió que su interior
respondía transmitiendo directamente toda su excitación a su clítoris.

Poco a poco Anna se fue abandonando, alejándose de cualquier pensamiento racional. Había algo
en su mente que le decía que se resistiera, que esta vez debía mantener el control, pero su cuerpo
se negaba a escuchar. Por eso, cuando Dominic le soltó las manos, ella no hizo movimiento alguno
para devolverlas a su lugar, y cuando él retiró los dedos de su necesitado sexo, los muslos se le
cerraron convulsivamente.

Dominic hizo caso omiso a sus murmullos de protesta.

—Abre las piernas —le ordenó.


Anna, obligada, deslizó los talones por la superficie resbaladiza de las frías sábanas de algodón.

—Levanta las rodillas… y ábrete más. Quiero mirarte.

Anna cerró los ojos por un instante, estaba avergonzada de tener que mostrarse de aquella
manera. Tragó saliva al ver que él se situaba al otro extremo de la cama y la miraba fijamente.

—¡Ah, chérie…! ¡Qué mojada! ¡Qué preparada estás!

Anna quiso llorar de vergüenza. Un pequeño grito de angustia le llenó la garganta. Dominic sonrió y
se acercó a ella para besarla en los labios. Aquel beso fue inesperadamente tierno, sus labios la
acariciaban con la suavidad de una pluma. Anna sintió la necesidad repentina y arrolladora de que
la penetrara, de que entrara en su cuerpo y de rodearle con las piernas y estrecharle contra ella.

—.Qué quieres, Anna?

Aquellas palabras murmuradas contra su boca la hicieron sonrojar.

—Dime, chérie.

—Yo… yo…

Las palabras se le pegaban en la garganta. Anna se movió ligeramente, esperaba que no la obligara
a decirlo, pero él no quería librarla de ese trago tan fácilmente.

—Si, Anna. Dilo… quiero oírlo de tu boca.

—Quiero que me hagas el amor —dijo. Las palabras le salieron una tras otra sin interrupción.

Dominic deslizó la mirada por todo su cuerpo, como si se lo estuviera pensando. Casi por descuido,
se puso a jugar con los húmedos rizos que protegían su brillante sexo hasta que ella, desesperada
por liberarse, sintió que no podía sufrir más el tacto de su mano.

—¡Por favor…! —susurró.

El sonrió. Era una sonrisa fría y dura que le hizo adivinar enseguida lo que quería oír. La enorme
desesperación que sentía fue lo que la hizo ser valiente.

—¡Fóllame, Dominic! Por favor, por favor, fóllame. ¡Ahora!

Tendió los brazos y lo apretó contra sí, entonces él la cubrió con su cuerpo fuerte y tenso. Dominic
penetró en su cuerpo acogedor lentamente, tan lentamente que Anna pensó que se moriría de
impaciencia.

Anna estaba cubierta de sudor mientras Dominic la embestía con un control de hierro, dando
golpes largos y ociosos. Anna lo retenía dentro de ella apoyando los talones en su espalda.

—Por favor… —gimió ella al notar que la presión crecía—, más fuerte… Oh… Oh, ¡Dios! ¡Si!

Finalmente, Dominic incrementó el ritmo, hundiéndose con cada embestida más profundamente
en ella, tanto que el calor los consumía. Rodaron juntos por la cama, los miembros entrelazados.
Anna le hincó las uñas en la espalda mientras él la estimulaba con su lengua y la sostenía por el pelo
de forma casi dolorosa.
Ambos alcanzaron el clímax a la vez envueltos en una oleada de calor. Sus cuerpos se derritieron
como si de uno solo se tratara y Anna notó que por sus mejillas resbalaban lágrimas de alegría e
incredulidad. Dominic no hizo ningún amago de separarse, simplemente se quedaron de lado
mirándose hasta caer dormidos con los cuerpos aún entrelazados.

Una vez más, Anna se despertó sola. El pelo sudado, seco ahora, le caía sobre la frente y en la parte
interior de sus muslos quedaba el recuerdo de los fluidos de ambos. Se ruborizó al pensar en el
salvaje abandono de la noche anterior. ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara? Se desperezó y se
levantó para ir al baño.

La ducha borró los recuerdos de la noche anterior, se lavó el pelo. Se sentía humana de nuevo.
Cuando corrió la cortina del baño, el sol brillante que entraba por la ventana abierta la deslumbró
de tal forma que tuvo que entornar los ojos. Respiró profundamente el aire fresco y prometedor
del nuevo día, cálido y soleado. Era un día perfecto para ir a comer al campo.

Pasó un buen rato batallando contra los enredos del cabello y dejó que se le secara solo mientras se
vestía. El pelo le caía húmedo sobre la cara. Se puso un vestido alegre, con estampado de flores,
abotonado por delante. Debajo, un sostén sin tirantes, de los que se cierran por delante, y
braguitas blancas de algodón, más prácticas que eróticas. Mientras se ataba los cordones de los
zapatos de lona, decidió que se dejaría el pelo suelto, pero apartado de la cara por dos pasadores a
juego con los girasoles del vestido.

El olor a café la sorprendió mientras bajaba por las escaleras.

—¡Dominic! ¡Te has levantado temprano!

Se volvió hacia ella y levantó una ceja irónicamente.

—Son las diez… Has dormido mucho, ¿no?

—¡Las diez! —repitió Anna, pasmada. No se había preocupado de mirar el reloj, pues pensaba que
se había levantado a la hora de siempre—. Debías haberme despertado.

Se encogió de hombros.

—No me atrevía. Siéntate, el desayuno ya está

Anna, aturdida, obedeció.

—¿De dónde has sacado todo esto?

He salido a comprar algo para la comida en el campo. No tienes más que cereales y pan para
desayunar —la reprendió con una sonrisa, mientras hundía un cruasán en el café—. Mon Dieu!,
Anna, ¿cómo puedes vivir así?

Ella sonrió y comió su desayuno con apetito. La mantequilla se derretía sin remedio sobre la pasta
caliente al untarla con mermelada de fresas.

—Estaba buenísimo —dijo, apartando el plato vacío—. Muchas gracias.


Dominic la tomó de la mano y luego cogió la enorme cesta que había preparado y sacó a Anna de la
cocina. Cuando pasaron por el recibidor, Dominic apartó la cesta al darse cuenta de la mirada
curiosa de Anna.

—¿Qué llevas ahí?

—Espera y verás —dijo.

Anna corrió el techo solar de su Peugeot y el sol les dio directamente en la cabeza. Dominic llevaba
un polo rojo de piqué y tejanos estrechos descoloridos que realzaban aún más su tensa
musculatura. Salieron de la ciudad. El estaba relajado, el aire que entraba por el techo despeinaba
su cabello siempre tan impecable y el sol bronceaba su piel, dándole reflejos dorados.

Tomaron rumbo a las Downs' sin que Anna parara de preguntarse qué llevaría en la cesta. Miró de
reojo a Dominic y se le ocurrió cuestionarse si cordillera montañosa situada al sur de Inglaterra. (N.
del T.) le haría el amor en las Downs. No, seguramente estaría lleno de gente, tendría que esperar
hasta la noche.

Sin embargo, al ser un día entre semana, no había muchos coches en el aparcamiento oficial.
Echaron a caminar a paso tranquilo, siguiendo uno de los senderos indicados. Dominic la cogió de la
mano como si fuera la cosa más natural del mundo y con la intención de apartarse del camino
principal.

—Ven, vamos a buscar un lugar tranquilo y nos tumbaremos a no hacer nada mientras se hace la
hora de comer.

Anna asintió con la cabeza y echó a andar en dirección a una arboleda, mientras dejaban a un lado
el camino. Al llegar a la arboleda subieron a una zona que quedaba más elevada con respecto al
camino y fue muy fácil encontrar un lugar íntimo.

Dominic sacó una manta de la cesta y la extendió en el suelo.

—¡Has pensado en todo! —dijo Anna sonriendo al sentarse.

—En todo lo importante —asintió, descorchando una botella de champán.

Anna se echó a reír al ver cómo el líquido efervescente rebosaba fuera de la botella. Dominic había
traído incluso dos copas finas y alargadas y le dio una a ella. Anna notó el champán, áspero y
quebradizo, en su lengua y las burbujas chispeantes en la nariz. Una vez vaciada la copa, la dejó a
un lado y se tendió sobre la manta.

El sol le calentaba la cara, los brazos y las piernas desnudas. Se oía el canto de un grillo y, más a lo
lejos, el rugido distante del tráfico. Una ligera brisa agitaba la hierba, olía a frescor y a humedad.
Anna estaba soñolienta, a gusto, y cerró los ojos por un instante.

Dominic se incorporó un poco para apoyarse en un codo y empezó a hacerle cosquillas en la


mandíbula con una brizna de hierba.

—¿Cuánto tiempo llevas casada, Anna? —preguntó inesperadamente.

Anna abrió los ojos.


—¿Por qué lo preguntas?

Dominic se encogió de hombros e hizo una mueca.

—Ha sido la primera vez… ha sido tu primera petite mort, n'estcepas?

Ella, cautelosa, asintió con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas casada?

Ya era suficiente, dadas las circunstancias, pero Anna sabía que se trataba de una pregunta
irrelevante.

—Cinco años —replicó.

—¿Cinco años?

—Si. Paul dice que soy frígida.

La cara de estupefacción que puso Dominic era tan cómica que Anna se echó a reír.

—¿Y tú, Anna? ¿También lo crees así?

Se sonrojó.

—A veces pienso… no, me parece que no. Sin embargo, casi llego a creérmelo. ¡Has llegado en el
momento preciso!

—No lo entiendo.

Dominic movió la cabeza en un gesto de negación, como si se estuviera cuestionando algo. Parecía
estar realmente interesado en su falta de experiencia sexual, y a Anna le sorprendió que sus
preguntas no la ofendieran en absoluto. Al fin y al cabo eran las preguntas que ella misma se había
hecho tantas veces. En aquel momento Anna le quería por su incredulidad.

—¿Cómo has podido estar cinco años casada sin experimentar ningún orgasmo con tu marido?

—No lo sé… El… él nunca me ha tocado como tú lo haces. El sólo… sólo se pone encima, supongo,
entonces tiene su crisis y se queda dormido.

—Mon Dieu! ¡Ese hombre merece que le peguen un tiro! Pero no logro entenderlo… ¿Cómo puede
ser?

Se le veía tan perplejo que Anna sintió una chispa de malicia.

—Te lo demostraré. Se puso con la espalda pegada al suelo y las rodillas flexionadas como si fueran
a hacerle una exploración ginecológica—. Ahora, imagínate que tú eres Paul. Ponte encima de mí,
entre mis piernas… así. Haz como un puente con los brazos sobre mí, ¡con cuidado de no tocarme!
Ahora mueve las caderas arriba y abajo durante exactamente cuatro minutos y medio. (Lo se
porque lo cronometré una vez con el reloj digital de la mesita de noche.) No, ¡no me mires! Debes
permanecer con la mirada fija en ese dibujo tan interesante que hay en el cabezal de mi cama…
¡Dominic!
Él se tiró a un lado sin poder parar de reír y Anna se sentó recomponiendo cuidadosamente a la
altura de sus rodillas la falda de su vestido de girasoles.

—Bromeas, ¿no? —dijo, desternillándose de risa.

—No, por desgracia, no.

—Es increíble. ¡Es un criminal!

Aquella risa compartida era como un revitalizante, la ayudaba a curar las heridas de los cinco
últimos años. De pronto Dominic dejó de reír y bajó la cabeza lentamente. La caricia de sus labios
en los suyos la hizo deshacerse; sentirse líquida. El beso se hizo más profundo, más explorador, y
ella agradeció la presión demandante de su cuerpo contra el suyo.

—¿Tienes hambre? —murmuró Dominic, apartándose.

Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y él sonrió, acercando la cesta. Anna contempló con
los ojos entreabiertos cómo Dominic sacaba una canastilla de fresas maduras y un jarrito de cristal
lleno de crema espesa. Sumergió en él una fresita y la presionó contra los dientes de Anna.

Dominic la besó cuando Anna tenía la fresa en su boca, de forma que lamió de sus labios el jugo
dulce de la fruta. Anna le rodeó el cuello con los brazos y se arqueó contra él. Dominic empezó a
acariciarla trazando con los dedos pequeños círculos en la piel desnuda del cuello, de la barbilla,
hasta alcanzar el primer botón del vestido.

Por un momento a ella le vino a la cabeza la idea de que podía pasar alguien por allí, de subida a las
Downs, pero por la razón que fuera se despreocupó y este pensamiento no la detuvo. Su forma de
besarla tenía algo que hacía que Anna perdiera totalmente el control, que fuera capaz de cualquier
cosa con tal de complacerle.

Aquella sensación de sumisión a la que no estaba acostumbrada la hacía estremecer y sentirse


incluso preocupada. Después de desabrochar todos los botones del vestido, Dominic se quedó
mirándola a los ojos y luego se sentó a su lado.

Anna se estremeció ligeramente al sentir la calidez de la brisa besando su piel desnuda y se le puso
la carne de gallina. Despacio, casi con adoración, Dominic le desabrochó el sujetador y se lo apartó
de los pechos. Entonces, lentamente, fue bajándole las bragas blancas de algodón y deslizando las
yemas de sus dedos hacia el dorado vellón de su pubis, donde se detuvo.

A continuación con la palma de la mano trazó un placentero camino por todo su cuerpo. Dominic la
besó, su lengua buscaba los rincones más escondidos de la boca de Anna que respondía con
ansiedad. Anna se arqueó y flexionó los pies igual que un gato al sol, cuando sintió la mano de
Dominic cerrarse sobre su pecho.

Él sonrió y deslizó la palma de la mano por el tostado de ella, como si quisiera sacar brillo al hueso
de su cadera.

—Confía en mí —murmuró, pasándole la punta le la lengua por dentro del labio inferior y
provocando con ello que Anna se estremeciera.

Anna sentía la excitación en la boca del estómago. ¡Aquello era una locura, una insensatez! —De
acuerdo —dijo con afectación.
El le pasó los labios fríos y firmes por la frente, mientras las puntas de sus dedos jugaban, como si
de una pluma se tratara, con sus pechos y con la exuberante ondulación de su estómago. Con la
parte posterior de los dedos, empezó a pegar tirones a los rizos dorados que ocupaban el vértice de
sus muslos haciendo que la respiración de Anna se transformara en una serie de jadeos cortos y
acelerados.

—¿Te gusta? —murmuró, respirando cálida y dulcemente cerca de su oído.

En respuesta Anna se estremeció y cerró los ojos, estaba inmóvil, con los brazos estirados a los
lados del cuerpo y manteniendo los muslos apretados, en un intento infructuoso de amainar aquel
dolor de deseo que le provocaban las caricias despiadadas de Dominic. La cálida brisa transportaba
un rumor de voces, y por un instante se preguntó qué haría si apareciera alguien.

Dominic cogió la mano derecha de Anna y masajeó los dedos con caricias suaves que iban en
sentido ascendente hacia los nudillos. Luego Dominic acercó la mano a sus labios, le dio la vuelta y
la besó en la palma.

Sus labios, calientes y húmedos, insistieron una y otra vez en repetir aquella pequeña presión
absorbente en el centro de su mano abierta. Cuando abrió los ojos, Anna se quedó sorprendida
ante la brillante intensidad de la mirada de Dominic y sintió como si le dispararan en el estómago
un dardo punzante de deseo. Notó una riada repentina de flujo inundándola entre las piernas, una
sensación irrefrenable de ingravidez que maduraba en su interior y obligaba a los labios de su sexo
a abrirse y desbordarse antes de tiempo.

Dominic entrecerró los ojos, de forma que aparecieron unas atractivas arruguitas alrededor. Anna
tuvo entonces la seguridad de que é1 lo sabía. Apenas pudo reprimir un gemido de deseo cuando
notó la calentura de su lengua presionando delicadamente su piel tierna. Cuando Dominic puso
suavemente la mano de Anna sobre el cálido montículo de la base de su vientre, ella ya no pudo
resistirse más y se abandonó al goce de la sensual sensación de la palma de la mano de Dominic
sobre la suya.

El calor que irradiaban los pliegues de piel ocultos bajo su propia mano era inconfundible, era un
ardor hirviente y hambriento que la violentaba. ¿Cómo podía llegar a ser tan licenciosa? Acababa
de darse cuenta de que Dominic estaba ejerciendo una ligera pero insistente presión en el dedo
medio de su mano con el fin de que se hundiera de forma natural en su carne caliente y
resbaladiza.

—¡No!

Anna se sonrojó al murmurar aquella negación, pues sabía lo bien que él conocía las ganas que
tenía de tocarse, de conseguir un orgasmo al aire libre por sus propios medios.

—Sí —susurró él a su vez, llenándole la cara de besitos mimosos.

La necesidad luchaba contra su modestia innata, contra todos aquellos años de enseñanza en los
que siempre le dijeron que tocar el propio sexo era pecado. Sabía que con la mirada estaba
suplicando a Dominic que la ayudara a apartarse del abismo, pero él le sonreía; el sol brillando a sus
espaldas hacía que los rasgos de su cara quedaran a la sombra.

—¡No… no puedo!
Dominic no dijo nada, pero deslizó la mirada expresivamente desde la cara de Anna hasta el lugar
donde sus largos y finos dedos se movían ya de forma inexorable por los canales profundos de
carne escondidos entre sus muslos. Saltaban chispas de placer. El dedo índice de Anna se movía
cada vez con más comodidad por su propia piel, ayudado por el abundante líquido que rebosaba de
su interior.

Anna lanzó un gemido amortiguado de rendición, cerró los ojos y separó las piernas, agradeciendo
el beso de aire fresco sobre su piel tan caliente. Sintió los labios de Dominic sobre una de sus
rodillas levantadas y después cómo descansó su mejilla en ella: Dominic quería contemplar cómo
Anna se masturbaba.

Anna mantenía los párpados cerrados y trataba de imaginarse qué estaría viendo Dominic. Los
pliegues rojos e hinchados de su sexo abierto entre sus dedos, la vagina, caliente y húmeda,
sorbiendo su dedo índice que se movía golpeando la carne. Estaba tan mojada que notaba cómo
sus fluidos la desbordaban, inundaban el perineo y las nalgas y finalmente se derramaban sobre la
lana áspera de la manta.

Ya era tarde para echarse atrás, se había acabado el tiempo de andarse con modestias. La calentura
de su cuerpo nada tenía que ver con el calor del sol y sí mucho con las sensaciones que se
agolpaban en su interior.

El hecho de saber que Dominic estaba observándola tan de cerca la excitaba todavía más, tenía
ganas de complacerlo. Y el riesgo de que alguien pudiera verla masturbándose allí en el parque, al
aire libre, lejos de acobardarla, añadía aún más morbo a su creciente excitación.

Recorrió la parte interna de los labios de la vulva con dos dedos de la mano derecha, apretando
ávidamente el clítoris resbaladizo con un movimiento de tijera. Su respiración se fue transformando
en un frenesí de cortos jadeos y fue abriendo las piernas cada vez más. Con la mano izquierda
sostenía las piernas en aquella posición, mientras que con la derecha atendía exclusivamente al
diminuto punto que ya había doblado su tamaño como respuesta a sus caricias.

Se moría de ganas de golpear aquel botón duro de carne, de apretar contra él su dedo índice hasta
sentirlo estallar, pero había algo en su interior que la retenía. Como si se hubiera dado cuenta de
que se estaba reprimiendo, de que no llegaría a liberarse sin su ayuda, Dominic empezó a
murmurarle animosamente al oído palabras de amor y lujuria para conseguirlo.

—Déjate ir, chérie… maintenant…, quiero ver cómo lo haces.

En el momento en que la rasgaron las primeras dentelladas del orgasmo, los pensamientos
racionales se desvanecieron como por encanto. Ya no importaba nada que no fuera su propio
placer físico. Se retorció sobre la manta y se introdujo el dedo índice en la pegajosa calentura de su
vagina, para untar luego con sus melosos fluidos la tirantez de su clítoris.

Cogió aquel pedazo de carne entre dos dedos y lo hizo sobresalir, orgulloso, sobre el resto de carne
que lo rodeaba; era un blanco perfecto para el dedo medio de la otra mano. Transportada a un
nivel distinto de conciencia, Anna empezó a golpear rítmicamente el tenso botón.

—Bien… Eres tan bonita… Anna, je t'aime…

La voz de Dominic sonaba fuerte y sus palabras poco correctas la incitaron hasta que de pronto la
sensación llegó a su momento cumbre, tomándola por sorpresa.
Apretó los muslos, atrapando entre ellos su propia mano, y levantó las nalgas del suelo,
abandonándose a la necesidad de gritar. Dominic se inclinó sobre ella para capturar con su boca los
gritos de éxtasis de Anna, y cuando por fin el tumulto empezó a amainar, ella se aferró a él.
Entonces la tranquilizó abarcando su cuerpo tembloroso con la cálida seguridad del suyo, besando
su cara, susurrándole palabras cariñosas entre el cabello.

Anna reclinó la cabeza en su hombro y se dejó tranquilizar por las rítmicas caricias en su pelo y por
la cadencia, leve y placentera, del murmullo de la voz de Dominic. Nunca había sentido un placer
tan intenso en sus propias manos, jamás había soñado que pudiera ser capaz de un abandono total
como el que acababa de sentir. El descubrimiento de su propia sensualidad la asustaba, pero a la
vez la excitaba aún más.

—Yo… yo no quería hacerlo —dijo temblorosa cuando por fin fue capaz de hablar.

Notó que los labios de Dominic, que entonces reposaban sobre su sien, esbozaban una sonrisa.

—Lo sé musitó.

… No quería hacerlo, pero… pero no pude detenerme…

Dominic le ladeó la cabeza para poder mirarla a los ojos.

—Anna, no pienses tanto en ello. Tienes dentro de ti capacidad para tanto placer…

—Pero Paul dice…

—Olvídalo…, ya pensaremos más tarde en sus necesidades. Por ahora confía en mi. ¿Lo harás,

Anna?

Anna lo miró, y descubrió algo en su mirada que la hizo estremecer, a pesar de la satisfacción que
acababa de disfrutar.

—¿Confiarás en mi? —volvió a preguntar él.

—Sí —murmuró ella, sorprendiéndose al comprender el significado de lo que estaba diciendo. Iba a
confiar en él, por la forma en que la había conducido hasta aquel momento a un territorio
desconocido.

—Confió en ti —repitió Anna, mirándole directamente a los ojos.

Dominic trató de leer la verdad en su cara, y comprendió la pureza de la confianza de Anna Sonrió.

Capítulo Cinco

DURANTE EL CORTO trayecto de vuelta a casa, Anna estuvo pensando que en las Downs Dominic no
había hecho más que verla disfrutar, mientras que ella había alcanzado la cumbre del placer. Lo
miró de reojo con curiosidad, estaba sentado a su lado y parecía relajado contemplando
lánguidamente con su oscura mirada la belleza del paisaje que les rodeaba.

Anna sonrió. Paul odiaba que ella condujera, de hecho no le permitía hacerlo si era él quien la
acompañaba en el coche, en cambio Dominic no parecía tener esta clase de problemas. Tampoco
parecía importarle el quedarse insatisfecho mientras ella llegaba sola al éxtasis… ¡perfecto! Anna
sospechaba que su marido preferiría verse muerto antes que someterse a un impulso altruista
como aquél.

—¿Pasa algo divertido?

Notó que Dominic la miraba cálidamente y sintió que el rubor le subía a las mejillas.

—No es nada —murmuró, pero no pudo resistir 51 impulso de mirar hacia la entrepierna de
Dominic para comprobar si realmente no le había afectado lo sucedido.

—Tenemos la noche, ¿no? —dijo él, interpretando su mirada.

Su voz sonaba baja, humeante, le producía estremecimientos en la carne. Aquella frase tan inocua
estaba, sin embargo, llena de significados subyacentes, era prometedora. Anna le lanzó una mirada
centelleante, con los ojos medio cerrados, y le sonrió.

—La tenemos, ¿verdad?

Se suponía que en lo más profundo de su ser debería anidar algún tipo de sentimiento de
culpabilidad, algún vestigio de lealtad respecto a Paul. Pero abandonó al instante tal idea al pensar
lo que él estaba haciendo y lo que había hecho durante el tiempo transcurrido desde que se
casaron.

Además el mundo que Dominic estaba abriéndole era tan novedoso, tan excitante, que poco
espacio le quedaba a Anna en la cabeza para pensar en otra cosa que no fuera en el próximo
encuentro.

El viaje transcurrió en un silencio de camaradería. Cuando Anna detuvo el coche y apagó el motor,
Dominic se volvió hacia ella.

—¿Te gustaría salir esta noche? ¿Hacer algo diferente?

Anna lo miró sorprendida. Cuando él dijo que tenían toda la noche por delante, había supuesto que
pensaba en que la pasarían solos y, más concretamente, en la cama.

—Bueno, yo…

Se interrumpió de golpe ya que él, de forma inesperada, se inclinó por encima del cambio de
marchas y la besó.

—Tenemos que divertirnos, ¿no?

—No… sí susurró ella, dolida por no poder disfrutar de más que de aquella fusión breve y cálida de
su boca con la suya.

Ya dentro de casa, Dominic le preguntó si podía hacer una llamada a un amigo.


—Necesitamos un socio para poder entrar en el lugar al que quiero llevarte esta noche. Telefonearé
a Frankie para quedar allí.

—Tú mismo. Voy a darme un baño… y nos vemos de aquí a una hora.

Lo dejó haciendo su llamada, un poco decepcionada al ver que aquella noche no iba a ser
exclusivamente suyo. De todos modos, en cuanto giró sobre sus talones, pensó para su propio
consuelo que sería interesante verlo entre sus amigos.

Anna se untó el cuerpo generosamente con leche de baño de Estée Lauder y cerró los ojos para
respirar profundamente el dulce aroma que flotaba en el aire del baño. Se apartó el cabello del
cuello y se hundió hasta la barbilla en el agua caliente y perfumada. ¡Qué gozada!

Cerró los ojos y volvió a repasar mentalmente la escena de las Downs, sin olvidar ni el más mínimo
detalle. Sus dedos flotaban justo debajo de la superficie del agua y los dejó que se deslizaran por
sus muslos. La piel estaba caliente y resbaladiza, protegida por la fina película del aceite baño.

Al cambiar de posición ligeramente, creó una pequeña ola alrededor de las rodillas que fue a
romper a la altura del monte formado por su pubis. Movió los dedos por la parte interior de su
muslo, luego por los rizos dorados de aquella protuberancia para acabar acariciando los calientes
pliegues de carne que anidaban en su interior.

Recordando cómo se había acariciado antes, empezó a mover ligeramente y de forma experimental
las puntas de sus dedos arriba y abajo. Le fue muy fácil encontrar el clítoris, ya que todavía estaba
medio erecto. Con el solo roce del dedo se escapó totalmente del montoncito de carne que
normalmente lo mantenía fuera de la vista.

—¡Ah! —gimió, gozando todavía del tenue eco del orgasmo experimentado en las Downs.

Hasta aquel momento Anna jamás se había masturbado hasta alcanzar el orgasmo y se preguntó si
podría volver a conseguirlo sin la ayuda de la presencia de Dominic. Sus dedos se deslizaban sin
dificultad por los canales oleosos de su sexo y el tacto sedoso del agua del baño hacía que el camino
fuera aún más fácil.

Sentía el pecho tenso y lentamente pero con seguridad empezó a notar pequeñas oleadas de placer
subiéndole en espiral desde el centro de su cuerpo hacia las puntas de los dedos de las manos, de
los pies, hasta alcanzar la base del cráneo.

Anna notaba una sensación de ingravidez, casi como si estuviera flotando sobre la superficie de
agua. Se abrió más de piernas y se penetró con e dedo índice mientras que con la otra mano
golpeaba y atormentaba el duro brote que se estremecía entre sus dedos.

La sensación que su fino dedo le producía no era suficiente y se imaginó que lo reemplazaba por un
pene, por un largo y suave pene anónimo Anna abrió los ojos sobresaltada al darse cuenta de que
en su fantasía no tenía importancia a quien perteneciera aquel miembro masculino; podía se] de
cualquier hombre con tal de que le diera placer

A pesar de hallarse inmersa en tales pensamientos, sus dedos, como si tuvieran vida propia seguían
golpeando y pellizcando su carne sensible. Gimió ligeramente, y dejó que fuera su subconsciente el
que la venciera.
El pene se movía ahora con más rapidez, retirándose lentamente para volver a hundirse en ella de
forma infalible para producirle placer. En e momento en que se abrió aún más de piernas paré
introducirse dos dedos, y luego tres, el agua se desbordó de la bañera, pero ella siguió
estimulándose con un rítmico frenesí.

Se frotó el clítoris distendido, hasta que oleadas y más oleadas de sensaciones la rompieron
entonces tuvo que gritar hasta quedarse sin aire completamente sudorosa. Incluso después de
haber llegado a la cumbre, los escalofríos y las pequeñas vibraciones seguían sacudiendo su cuerpo
llenándola de placer, casi hasta el límite del dolor. Cuando por fin la tormenta hubo pasado y su
respiración se hizo más tranquila, juntó lentamente las rodillas y se quedó tendida en el agua,
agotada.

Anna sonrió, pues se dio cuenta de que acababa de responder a su pregunta. A Dominic sólo lo
había necesitado para que la enseñase cómo llegar a la gloria por primera vez. Ahora sabía que
tenía el éxtasis al alcance de sus dedos… ¡en el sentido más literal! Se echó a reír tontamente. ¡Era
maravilloso poder ser capaz de extraer un placer tan delicioso como aquel de su cuerpo, cuando y
donde quisiera!

A Anna le costó un montón reunir la energía necesaria para levantarse, y cuando lo hizo, el agua ya
estaba quedándose fría. Mientras se secaba con la toalla contempló su imagen reflejada en el
espejo de delante de la bañera y se puso las manos en las mejillas.

Tenía la cara enrojecida y los ojos le brillaban bajo los párpados soñolientos. Hasta tenía la boca
hinchada, los labios rojos y abultados, igual que se imaginaba que estarían los de su vulva.
Cualquiera que la viera sabría lo que había estado haciendo.

Al pensar que Dominic la estaba esperando abajo, cambió de idea, y pasó de sentirse atormentada
a estar satisfecha. En cuanto decidió que no iba a mostrarse violenta, se le dibujó una sonrisa en la
cara. ¿Por qué tendría que estarlo? Se sentía bien, mejor que nunca. Y sabía que Dominic también
se alegraría de ello.

Él se había cambiado, llevaba unos pantalones negros y un jersey fino de cuello alto también negro.
Dominic observó el sencillo vestido de punto azul marino, con cuello alto y manga larga, que ella
llevaba puesto y levantó las cejas. .

—¿Por qué esconder un cuerpo tan bonito, chéríe? preguntó con franqueza.

Anna sonrió de forma seductora y caminó lentamente hacia él, consciente de que el tejido del
vestido se arrapaba a su cuerpo en movimiento, subrayando todas sus curvas. Dominic sonrió a su
vez al ver cómo aquel sencillo vestido se convertía en algo mucho más tentador cuando ella se
movía. Entonces la abrazó y la besó en la frente.

—C'est bon —admitió, encogiéndose un poco de hombros, como menospreciándose por lo dicho
anteriormente.

Anna ocultó su sonrisa en la cálida almohada de su pecho. Los dedos de Dominic acariciaron la
curvatura de sus pómulos y le rozaron la barbilla, Levantó la cara y él se quedó observando el brillo
de sus ojos y de sus labios entreabiertos. Anna supo entonces, por lo llameante de su oscura
mirada, que él sabía exactamente lo que había estado haciendo.

—¿Nos vamos? —le preguntó. Su voz sonaba débil, falta de naturalidad.


Ella asintió con la cabeza y apoyó amigable mente la mano en el ángulo de su brazo. De pronto
tenía unas ganas irrefrenables de irse, de descubrir qué más podía depararle el día.

Se dirigieron al norte, hacia Londres. Para se extranjero, Dominic conocía a la perfección que calles
debían tomar y la guió de forma infalible hasta una calle lateral del Soho donde había varias plazas
de aparcamiento medio escondidas detrás de algo que tenía el aspecto de un almacén
abandonado.

Dominic se fue a poner las monedas en el contador del aparcamiento sin dejar de observar a Anna
que cerraba el coche para unirse después a él. Titubeó un poco al ver en la cara de Dominic una
expresión desconocida. Era una mirada distante, casi calculadora, tan alejada del hombre cálido y
desprendido que ella conocía que la hizo sentirse obligada a musitar:

—¿Dominic?

El tono de su voz hizo que aquella expresión en su mirada desapareciera y le sonrió.

—Ven —dijo con una sonrisa, y la cogió de la mano—, esta noche voy a enseñarte algo que estoy
seguro que nunca has visto. ¿Te parece bien?

El se quedó esperando su respuesta, como queriéndole dar la oportunidad de echarse atrás y volver
a casa. Pero Anna no quería ir a casa. La provocaba la curiosidad, estaba ansiosa por conocer lo que
él le había prometido mostrarle, segura de que no haría más que sumar nuevas experiencias a las
lecciones de sensualidad que hasta aquel momento le había estado impartiendo.

—Está bien —respondió ella, asintiendo con la cabeza.

Giraron una esquina y fueron a parar a una calle ruidosa y llena de gente. A Anna casi se le saltaran
los ojos de las órbitas cuando pasaron junto a unos tugurios de striptease iluminados con peones
brillantes, algunos de ellos con chicas semidesnudas detrás de los cristales de los escaparates que
se morían de aburrimiento. Al otro lado de la calle había un letrero particularmente chillón donde
se leía: «Chicas, Chicas, Chicas», y Anna se quedó de piedra cuando advirtió la gran cantidad de
clientes que entraba y salía de aquel antro.

—¿Adónde vamos? —preguntó a Dominic cuando habían transcurrido unos minutos de paseo.

—Ten paciencia, ma chérie, no está lejos. Mira, allí está Frankie.

Dominic aceleró el paso y Anna tuvo que dar grandes zancadas para seguirlo. Observó con
detenimiento a toda la gente que había allí delante, pero no distinguió a nadie que casara con los
cánones que ella había imaginado que cumpliría el amigo de Dominic. Cuando se percató de que
Frankie era una chica, se le hizo la luz. Era una chica especialmente bonita.

—¡Frankie!

Dominic la abrazó y le dio dos besos en cada mejilla. Anna sintió en el pecho una sensación muy
cercana al dolor que la pilló por sorpresa. No le gustaba nada la forma en que Dominic estaba
acariciando a la chica. Lo hacía de un modo tan familiar que era evidente que eran más, mucho más
que «buenos amigos».

Anna se quedó horrorizada al reconocer que lo que sentía eran celos. No tenía derecho a echar la
culpa a Dominic, acababa de conocerlo, ¡no tenía ningún derecho a sentirse así! Con cuidado,
intentó que su expresión permaneciera neutral, y cuando Dominic le presentó a Frankie, Anna
sonrió.

—Anna, ésta es Francine…, Frankie para los amigos. Frankie, Anna es mi casera temporal y también
una muy buena amiga —dijo sonriendo.

Frankie le tendió la mano.

—Encantada de conocerte, Anna.

La chica era francesa como Dominic. Su voz era cálida y ronca, seductora por naturaleza.

—Igualmente —susurró Anna con cortesía.

Cuando Frankie se volvió hacia Dominic, Anna tuvo la oportunidad de poder observarla más de
cerca. Era tan alta como ella, pero más delgada, y el vestido de punto rojo que llevaba evidenciaba
su buen tipo. Moldeaba perfectamente la generosa curva de sus pechos, así como el atractivo
entrante que formaba su cintura. Las caderas, a pesar de no ser muy anchas, eran redondeadas, y el
aspecto general de su silueta era el de un reloj de arena clásico.

El cabello de Frankie eran tan oscuro como rubio era el de Anna y caía lacio y largo como una
espesa cortina negra hasta la altura de la cintura. Su piel aceitunada tenía una apariencia suave e
impecable y sus ojos ligeramente almendrados, de un raro tono topacio, le daban un aspecto felino.
Tenía la nariz pequeña y recta y la boca grande, con los labios pintados de rojo haciendo juego con
el color de su vestido.

Frankie, que notó la mirada curiosa de Anna, volvió ligeramente la cabeza y se la quedó mirando,
sin interrumpir su charla con Dominic. Anna sonrió con timidez, violenta por el hecho de que se
hubiera dado cuenta de que estaba mirándola. Lentamente una sonrisa casi seductora se dibujó en
la cara de Francine, que entrecerró los ojos como si quisiera hipnotizarla y sostuvo imperturbable la
mirada de Anna.

Anna se sentía incómoda, pero ni aunque la matasen hubiera podido decir por qué. Apartó su
mirada de los ojos de Frankie y se tranquilizó en cuanto ésta rompió el contacto visual. Entonces,
cuando le salió el aire de golpe por entre sus labios entreabiertos, Anna se percató de que había
estado aguantando la respiración.

Frankie y Dominic intercambiaron una mirada que Anna fue incapaz de interpretar. El deslizó su
brazo en un claro ademán de posesión en torno a la cintura de Anna y le sonrió de aquel modo,
caprichoso y medio de lado, que le era tan característico.

—¿Entramos? —preguntó.

Anna movió la cabeza en un gesto de asentimiento y cruzaron los cristales pintados de negra de la
entrada para encaminarse, los tres juntos, hacia el vestíbulo del club. Anna, que estaba muy
nerviosa, se alegró al sentir los cálidos dedos de Dominic deslizándose entre su cabello y por su
nuca en el momento en que Frankie se dirigió hacia la oficina para registrar sus entradas.

—Relájate, chérie le murmuró al oído—, estás muy tensa, ¿verdad?


Sus dedos, largos e inteligentes, le acariciaban la tensa musculatura de la nuca y Anna se inclinó
hacia él, cerrando los ojos al sentir un repentino e inesperado arranque de deseo ocasionado por el
contacto de su potente cuerpo apretándose contra el suyo.

Era como si su mera cercanía física fuera suficiente para excitarla. Cuanto más le tenía, más le
quería, y una vez más pensó que hubiera preferido mucho más haberse quedado a solas en casa
con él.

Los labios de Dominic acariciaron la parte superior de su oreja y con su aliento caliente le hizo
cosquillas. Anna se estremeció e inclinó la cara levemente ansiosa de sentir la caricia de sus labios
en la boca. El le dio un besito casto, pero parecía no poder resistirse a sacar la lengua e insinuar la
punta entre los labios temblorosos de Anna.

—¿Estás lista?

Cuando Frankie regresó, Anna se apartó de Dominic como si se sintiera culpable. Entonces se
encontró caminando entre los dos, con las exuberantes curvas femeninas de Frankie tan cerca de
ella como lo estaba el cuerpo duro y masculino de Dominic.

Entraron en una estancia iluminada tenuemente por docenas de velas colocadas en candelabros
metálicos que colgaban de la pared. En el centro de la sala había un área circular vacía iluminada
desde el techo por un foco cuya luz daba directamente sobre un canapé cubierto de terciopelo
negro. Alrededor del círculo se disponían mesas cubiertas con veladores blancos y decoradas con
pequeños candelabros y en cada una de ellas había grupos de dos o cuatro personas. La luz
centelleante de las velas iluminaba sus caras creando un ambiente casi etéreo.

Frankie les condujo hasta una mesa preparada para tres situada al lado del escenario. Dominic
tomó asiento entre las dos mujeres y enseguida, y sin hacer ruido, se les acercó un camarero con
traje oscuro que les traía una carta a cada uno. Frankie hizo un ademán dando a entender que no
era necesario.

—Ostras para empezar, s'il vous plait, Tomas, y después ternera en salsa de vino blanco. Confía en
mí, Anna —dijo con una sonrisa al ver que Anna empezaba a protestar—, te va a gustar.

«Confía en mí.» Lo mismo que le había dicho Dominic al principio. Le lanzó una mirada y vio que
estaba sonriendo, aunque la expresión de sus ojos castaños era enigmática. Entonces Dominic hizo
un gesto de asentimiento con la cabeza para darle a entender que debía aceptar la elección de
Frankie, por lo que Anna se vio obligada a hacerlo.

—Bon. ¡Trae también champán, Tomas! —Frankie parecía desmesuradamente complacida ante la
capitulación de Anna.

Anna tenía la desagradable sensación de que tenía todo el derecho a elegir con libertad lo que
quería comer. Se dijo, sin embargo, que era ridículo enfadarse por ello, pues Frankie lo había hecho
simplemente por educación.

Echó una ojeada alrededor y vio que la mayoría de la gente estaba ya comiendo, asimismo notó que
la música clásica que sonaba en el lugar apenas si era interrumpida por el leve murmullo de las
conversaciones. La atmósfera de excitación reprimida casi se podía palpar en el local, una
expectación que tenía a Anna intrigada.
De pronto se dio cuenta de que Dominic y Frankie estaban hablando de ella, y volvió la atención a
sus compañeros de mesa.

—Es muy bonita, Dominic, tienes un gusto excelente.

—Naturalmente, chérie, ¿acaso no lo he tenido siempre?

La pequeña sonrisa de complicidad que hubo entonces entre ellos dos hizo que Anna tuviera
definitivamente la certeza de que eran o habían sido amantes. Sentía que el calor le traspasaba la
piel pues ellos seguían hablando de ella como si no estuviera presente.

—¡Se la ve tan inocente! Seguro que no tiene ni idea de qué va la cosa —dijo Frankie sonriendo.

Dominic miró a Anna de reojo, sus ojos oscuros brillaban de puro divertimiento. Siendo consciente
de lo incómoda que se sentía, cogió su mano por debajo de la mesa y se la acercó a los labios. Sin
dejar de mirarla, replicó:

—Es única, n'estcepas? Una alumna perfecta.

A pesar de no gustarle nada que estuvieran hablando de ella en aquellos términos, Anna sintió en
su interior el estremecimiento ya familiar que siempre le producía la voz ronca de Dominic al
acariciarle los oídos. Por el amor de Dios, si ni siquiera conocía a esa chica. A Anna le desagradaba
que Frankie pareciera poseer el privilegio dehablar con aquella libertad de sus secretos más
íntimos.

Al ver cómo la miraba, Anna se dio cuenta de que Frankie sabía de sobras cómo se sentía y que eso
de alguna manera la divertía. Pero entonces empezó a sonreírle de un modo casi fraternal, y desde
luego nada desagradable. Anna, confusa, apartó la mirada.

Llegó el champán y lo abrieron con un discreto «pop» a sus espaldas. Anna, en lugar de mirar a
Frankie, contempló cómo el efervescente líquido amarillo pálido burbujeaba en su copa. Ansiosa, la
levantó y brindó con ellos antes de engullir el champán sin pensárselo dos veces, de modo que las
burbujas le pasaron de la garganta a la nariz y empezó a toser.

Dominic le dio unos golpecitos en la espalda. —Despacio, ma chérie, tenemos toda la noche por
delante.

Anna sonrió tímidamente y se relajó un poco.

Llegaron las ostras y Anna se concentró plenamente en la labor de sacarlas de la concha y


comérselas. Descubrió que le gustaba sentir cómo se deslizaban por su garganta y se preguntó si la
reputación que tenían de ser afrodisíacas sería verdad o pura fantasía. Desde que Dominic había
irrumpido en su vida, ella no necesitaba ninguna clase de afrodisiaco.

Cuando iban por la mitad del segundo plato, tan delicioso como Frankie había prometido, la música
ambiental cesó de repente. Entonces ún hombre se sentó al piano situado en una esquina de la
sala, de cuya presencia Anna ni se había dado cuenta, y empezó a tocar. Un murmullo de anticipada
excitación recorrió la estancia.

De pronto se encendieron los focos del escenario y, como salida de la nada, apareció en el centro
una mujer que empezó a cantar.
«Start spreading the news, I'm leaving today, I want to be a part of it, New York, New York…»

Anna contempló sorprendida a aquella mujer que cantaba a todo pulmón la vieja canción con una
voz típica del West End. Llevaba una falda rosa larga con una túnica llena de lentejuelas que
perfilaba su figura. Debajo de la falda asomaban unos tacones altos, altísimos, que la elevaban
sobre el público, frente al cual mostraba una actitud de dominio y desafio.

Su cara, muy maquillada, quedaba enmarcada por varios rizos castaños que sobresalían del
casquete de lentejuelas adornado con plumas rosas que llevaba en la cabeza. Anna no sabía a
ciencia cierta lo que esperaba encontrarse allí, pero desde luego no era aquel impresionante desfile
de lentejuelas y plumas aunado con la típica canción que su madre podría cantar lavando los platos.
De un modo u otro había algo extraño.

—¿Quién es? —susurró a Dominic.

—Se llama Fleuris. Canta bien, ¿no?

Dominic sonrió al ver cómo Anna, confusa, abría los ojos de par en par en el momento en que
Fleuris en un crescendo de voz se arrancó la larga falda y se quedó vestida con botas altas de cuero
y un potente liguero. Unas bragas negras de piel, que insinuaban su pubis y sus nalgas de forma
obscena, completaban el conjunto.

Cambió el ritmo de la música y las luces se tornaron azules, verdes y rojas, desnudando el escenario
alrededor de ella y entonces Fleuris empezó a canturrear en voz baja descendiendo el tono de voz
una octava:» See me, feel me…»

¡Esto era más de lo que Anna esperaba! El público emitió un suspiro colectivo en el momento en
que Fleuris arqueó la espalda y se desabrochó la túnica. Anna no sabía cómo describir lo que
llevaba puesto a no ser como un ronzal. Se trataba de unas tiras finas de cuero tachonadas con
pequeños conos plateados que se cruzaban por encima del pecho y se abrochaban alrededor del
cuello y la cintura. Cuando se movía, y entre las tiras de cuero, aparecían y desaparecían sus
pezones grandes y enrojecidos.

Anna miró a Dominic de reojo y notó que estaba observando a la bailarina fijamente con los ojos
abiertos como platos. Era evidente que disfrutaba con la representación. Anna percibía su tensión,
aunque Dominic mantenía el control de su excitación.

Anna se preguntó si a Dominic le gustaría que ella bailara de este modo para él. Se estremeció sólo
de imaginarse contoneándose medio desnuda al son de la música, para complacer a Dominic…
¿Sería capaz de hacerlo? Observó a la bailarina con mayor atención y decidió que primero lo
intentaría en la intimidad de su dormitorio.

Casi al acabar la canción Fleuris se había deshecho ya del ajustado casquete y su larga melena
castaña iba barriendo el suelo. Cuando susurró los compases finales, estaba casi doblada del todo
por la cintura, con la cara oculta al público.

Se incorporó, se echó el pelo hacia atrás y miró arrogante, los puños apoyados en las caderas y el
micrófono a un costado, a los espectadores que aplaudían en la sala. Estaba magnífica, con los
pechos rebosantes y poderosos bajo aquel restringido control, el pelo despeinado y la cara
enrojecida por el esfuerzo.
Anna sintió que su corazón se aceleraba cuando de repente la bailarina la miró, y ¡de qué manera!
La observaba con lujuria, tan vorazmente que Anna se movió nerviosa en el asiento. Notó la cálida
mano de Dominic en su rodilla y la cubrió con la suya, contenta de que estuviera a su lado.

La mujer del escenario le volvió a sonreír enseñando los dientes, aquella sonrisa más bien parecía
un gruñido. Entonces un remolino de humo inundó el escenario y empezó a sonar una música
fuerte y sorda. Cuatro, no, cinco bailarines saltaron a escena y empezaron a pulular alrededor de
Fleuris.

Tres mujeres y dos hombres la levantaron sin esfuerzo alguno y la tendieron sobre el canapé de
terciopelo negro donde ella se arrellanó como si estuviera en trance.

—¿Y ahora qué pasa?

Dominic le puso el dedo en la boca e hizo un gesto con la cabeza en dirección al canapé para
indicarle que tenía que mirar allí. Las bailarinas llevaban bikinis metálicos plateados y las piernas y
los brazos desnudos. Los hombres vestían un taparrabos que bien poco podía hacer para ocultar su
estado de excitación. Todos ellos recorrían con las manos el cuerpo postrado de Fleuris; la
golpeaban y pellizcaban, sintiendo cada centímetro de su piel.

La dominadora, regia y orgullosa, se había desvanecido como por encanto; en este momento,
Fleuris había quedado reducida a un mero objeto de placer, un vehículo para el disfrute del público

La atmósfera de la sala era electrizante, Anna sentía la tensión que reinaba alrededor de ella. Al
cabo de unos minutos de frenético toqueteo, los bailarines ayudaron a Fleuris a levantarse. Los
hombres la cogieron cada uno de un brazo y la colocaron en el centro del escenario.

La cara de la mujer mostraba un sufrimiento de mártir y sus ojos, negros como el carbón, ardían de
deseo. Anna se estremeció al reconocerse en ellos. Sabía lo que estaba sintiendo, pues ella
experimentó la misma necesidad desesperada de liberarse la primera vez que Dominic le mostró lo
que podía llegar a ser el sexo.

La música cambió de ritmo, se hizo más lenta y ensoñadora, y la penumbra inundó la sala. El
público lanzó un grito sofocado en el instante en que una de las bailarinas arrancó las bragas de
cuero a Fleuris y se las puso delante de la nariz para aspirar profundamente y después ofrecérselas
a uno de los otros bailarines, que, uno a uno, olieron las bragas de la mujer como si estuvieran
celebrando un ritual secreto.

Fleuris lanzó un leve gemido, casi de protesta, hasta que por fin los bailarines se apartaron a un
lado y una de las chicas empezó a acariciarle los muslos. Sujetada por un hombre a cada lado,
Fleuris se sometió a las ardientes caricias de la muchacha. Su cuerpo se arqueó y gimió más fuerte
cuando la bailarina enredó los dedos entre la oscura masa de vello púbico que se situaba en el
vértice de los muslos de Fleuris.

Cuando la chica abrió las piernas de la cantante, cuidando de no tapar el espectáculo al público,
que tenía la vista fija en aquel pedazo de carne roja y húmeda, Anna notó que se le secaba la
garganta. Anna no había visto hasta entonces la intimidad de otra mujer tan de cerca, por lo que
observaba con más atención que cualquier otro espectador, fascinada ante la intrincada topografía
de la vulva de Fleuris.
El fruto de la excitación que fluía de los labios de la vulva de la bailarina brillaba bajo las violentas
luces de los focos del escenario al tiempo que la chica seguía recorriendo con el dedo los surcos,
tanteando y separando con cuidado los pliegues de carne. Era como si la estuviera preparando para
lo que vendría después.

Anna se percató de que se le había hecho un nudo en el estómago debido a la tensión, pero no
pudo evitar imaginar qué harían a continuación. ¿La follarían en el escenario delante de todos? Se
movió incómoda en su silla, pues la idea la violentaba tanto como la excitaba, y entonces se dio
cuenta de que de un modo sutil y casi imperceptible el ritmo de la música había cambiado.

Era mucho más tranquila, tanto que podía oírse la respiración entrecortada de Fleuris. La mujer
jadeaba, su respiración era muy profunda y la expresión de su cara denotaba que probablemente ni
siquiera supiera dónde estaba ni qué hacía en este momento.

Muy lentamente, de modo espectacular, los dos hombres la volvieron de espaldas al público. Uno
de ellos puso la mano en la parte posterior de la cabeza de Fleuris para obligarla a inclinarse de
forma que sus nalgas quedaran expuestas a los espectadores y los pechos aprisionados colgaran
cerca del suelo.

Una de las muchachas desabrochó muy hábilmente el roncal, que cayó al suelo. Los enormes
pechos de la mujer colgaban libres, lo que provocó un ligero grito de entusiasmo por parte de un
hombre del público. Anna contemplaba, hipnotizada, cómo otra de las bailarinas se arrodillaba y
tomaba en su boca un pezón enrojecido, lamiéndolo y apretándolo ávidamente.

Fleuris empezó a mover la cabeza de un lado a otro, manteniendo los ojos cerrados, como si es
tuviera en éxtasis, cuando otra de las bailarinas cogió su otro pecho y asimismo lo lamió y besó.
Mientras tanto la tercera muchacha le golpeaba en las nalgas para obligarla a permanecer con las
piernas abiertas y las rodillas ligeramente dobladas. Anna contemplaba la tensa y arrugada entrada
de su cuerpo, la vulva apareció abierta y al descubierto como si fuera una fruta roja y madura
rezumando liquido.

Fleuris emitió un gemido cuando la tercera chica le introdujo el dedo en la vagina, al tiempo que
uno de los hombres se acercaba para separar los labios de la vulva con el fin de que el público
pudiera ver con mayor claridad lo que estaba sucediendo. La chica retiró el dedo y lo mantuvo en
alto para que los espectadores vieran los jugos relucientes. Entonces se lo ofreció a una de las
bailarinas que estaba en el suelo, ésta al momento abandonó el pecho que había estado besando
con avidez y comenzó a lamer el dedo de su compañera hasta dejarlo limpio.

Anna percibió vagamente el mudo canto que se había iniciado a su izquierda donde estaban
sentados cuatro hombres jóvenes, agarrados fuertemente a las sillas y con los ojos brillantes de
lujuria.

—Házselo, házselo, házselo…

Anna volvió a centrar su atención en el escenario y por fin supo lo que iba a suceder. La tercera
chica había desaparecido momentáneamente para reaparecer con un objeto largo y negro del que
colgaban varias tiras de cuero. Iban a azotar a Fleuris.

Atónita, Anna intentó decir que no podía mirar, que quería volver a casa… ¡ya! Pero de su garganta
no le salían las palabras al tiempo que se sentía incapaz de apartar los ojos del escenario.
Entonces notó sus bragas rezumantes de aquella humedad cálida y conocida, y supo que de hecho
no quería marcharse. Deseaba quedarse allí y ver cómo azotaban a una mujer con la única finalidad
de complacer a la gente que estaba contemplándola.

Anna emitió un leve gemido al sentir la mano de Dominic subiendo por su pierna. Dios, necesitaba
que la tocara en su botón secreto, quería que él se diera cuenta de lo que estaba disfrutando con el
espectáculo que tenía ante sí. En este momento Fleuris estaba moviendo las caderas, y Anna era
incapaz de discernir si sus balanceos eran un acto de protesta o lo hacia para tentar a la chica que
golpeaba espectacularmente el suelo con el látigo.

La atmósfera olía a sexo y la excitación, tanto de hombres como de mujeres, se amalgamaba


creando un aroma intoxicante y embriagador. Anna estaba excitada, las gotas de sudor
transpiraban por los poros de la piel de todo su cuerpo. Su respiración era entrecortada y no podía
hacer nada para evitarlo, pues le era imposible desviar su atención de la mujer que estaba enfrente
de ella y de los cinco bailarines que seguían atormentándola.

Los dedos de Dominic se habían abierto camino entre el tenso elástico de las bragas y se movían sin
piedad por los calientes canales de su sexo. Anna suspiró al sentir las puntas de los dedos de
Dominic tanteando el duro botón en que se había convertido su clítoris, iban en busca de la
humedad de los labios vaginales.

No se miraron a la cara ni cuando Anna, impaciente ante la restricción impuesta por su ropa
interior, se despojó hábilmente de las bragas para dejarlas colgando de una sola pierna. Entonces
Dominic abarcó por entero la vulva con su mano y apretó en señal de aprobación, luego continuó
su exploración cuya finalidad era que Anna llegara a su crisis.

Justo entonces la muchacha del látigo sostenía el artefacto ante la entrada del cuerpo de Fleuris y,
después de una pausa muy teatral, se lo introdujo. El público pareció enloquecer al ver cómo se
introducía al máximo, y Fleuris comenzó a mover las caderas mostrando a todo el mundo las tiras
de cuero que salían de su vagina reventona como si de una cola se tratase.

Los hombres de la mesa de la izquierda que habían estado chillando antes se habían desabrochado
los pantalones y se masturbaban abiertamente, dos de ellos haciéndose el favor mutuamente.
Anna estaba segura de que, de ser capaz de apartar por un momento la mirada de Fleuris, vería que
no eran los únicos. Pero no podía dejar de mirar, tenía el pulso cada vez más acelerado.

Dominic incrementó la presión de los dedos sobre los húmedos y deslizantes pliegues de su carne
más íntima y el dedo índice empezó a girar y girar alrededor del duro capullo de carne palpitante.
Anna, hipnotizada, seguía contemplando la escena. Habían retirado el látigo del cuerpo de Fleuris y
lo mantenían en alto para que el público lo viera. El artefacto brillaba a la luz del foco,
resplandeciendo con las secreciones del cuerpo de Fleuris.

Anna notó una presión en el pecho que le dificultaba la respiración, cuando la chica empuñó el
mango del látigo y se echó un poco hacia atrás. Entonces lo chasqueó en el suelo y azotó el culo
levantado de Fleuris. El público parecía estar aguantando la respiración.

—¡No!

La exclamación jadeante de Fleuris, que parecía más un sollozo que un alarido, llenó la atmósfera
del local y el público emitió un gemido colectivo. Cuando Dominic cogió el clítoris entre los dedos y
empezó a acariciarlo y pellizcarlo con fuerza, las caderas de Anna se sacudieron convulsivamente;
estaba llegando al clímax.

Exclamaciones orgiásticas inundaron la sala y el público explotó en lo que Anna pensó que era el
mayor orgasmo colectivo posible. Anna jadeaba a su vez y movía agitadamente la pelvis en manos
de Dominic hasta que quedó exhausta.

Entonces se dio cuenta de que el espectáculo había terminado; los bailarines y la cantante se
habían esfumado bajo aquel exceso de excitación sexual y el escenario estaba a oscuras. Cuando se
volvió hacia Dominic, sofocada y saciada, vio que estaba acariciando el pelo de Frankie.

Al notar que Anna la estaba mirando, Frankie levantó la cara y la miró a su vez. Anna supo
inmediatamente que también ella acababa de experimentar un orgasmo. Sus bellos ojos topacio
estaban vidriosos, tenía la mirada perdida y un suave tono rosado asomaba bajo su impecable tez
olivácea.

Dándose cuenta de que Dominic las había masturbado a las dos a la vez, Anna no pudo más que
admirarle. Qué capacidad de concentración!

Frankie le sonrió perezosamente y Anna se percató al instante de que no le importaba. Deslizó la


mano bajo el mantel y acarició el muslo de Dominic mientras mantenía la mirada fija en Frankie. Se
identificaba plenamente con lo que la otra chica sentía y le sonrió. Cuando la cálida boca de Frankie
se ensanchó con una sonrisita de complicidad, notó en su interior un hormigueo de camaradería.

Dominic las contemplaba, contento, y pidió más champán..


Capítulo Seis

ANNA SE SORPRENDIÓ, poco después, cuando Dominic anunció que ya era hora de marcharse.
Quería quedarse para ver qué otros espectáculos ofrecía el club esa noche, pero la mirada oscura
de Dominic era implacable.

Anna frunció el entrecejo y se volvió hacia Frankie.

—Ha sido un placer conocerte, Francine —dijo, plenamente consciente del significado de todas y
cada una de sus palabras.

—Por favor… llámame Frankie. A partir de ahora somos amigas —dijo con una sonrisa. Luego
deslizó las puntas de los dedos por la cara de Dominic.

Anna contempló hipnotizada cómo él volvía la cabeza hacia Frankie y capturaba entre sus labios
uno de aquellos dedos de manicura tan perfecta. Frankie cerró los ojos por un instante, sin dejar de
sonreír, en respuesta a las caricias de Dominic.

Anna sintió un nudo en el estómago al ver el deseo que Francine experimentaba y de pronto tuvo
tanta prisa por volver a casa como Dominic.

Mientras se dirigían al coche a paso rápido, él no abrió la boca. La lluvia había mojado las calles de
la ciudad y el pavimento brillaba bajo sus pies. La atmósfera tensa y opresiva hacía que Anna se
sintiera acalorada y le faltara el aliento al intentar mantener el paso acelerado de Dominic.

Cuando llegaron al coche, él preguntó inesperadamente:

—¿Puedo conducir?

—Si te apetece… creo que yo estoy un poco en el límite después de tanto champán.

Dominic sonrió y cogió al vuelo las llaves que Anna le lanzó por encima del capó.

—Te gusta el champán, ¿verdad?

Anna se deslizó en el asiento del acompañante y con disimulada coquetería se arregló la falda larga.

—Normalmente no tomo. No sabes si te gusta algo hasta que lo pruebas, ¿no?

Sus miradas se cruzaron en la oscuridad del interior del coche. Anna contuvo la respiración al
percibir la tensión que había entre ellos. Le tenía tan cerca que veía la luz de la farola de la calle
reflejada en sus pupilas y olía la esencia fuerte y limpia de su piel.

Por un momento que a Anna le pareció una eternidad, él la miró fijamente sin sonreír, sin
pestañear siquiera. Anna sentía que se derretía en su interior, notaba los brazos y las piernas cada
vez más calientes y pesados, y los lugares ocultos entre sus muslos humedeciéndose antes de
tiempo. Pero su decepción fue absoluta cuando él se volvió de pronto y puso en marcha el motor.
Recorrieron varios kilómetros, dejando la ciudad a sus espaldas y adentrándose en los suburbios.
Severas calles se entremezclaban con avenidas frondosas, la lluvia era cada vez más intensa, caía a
ráfagas, y a los limpiaparabrisas se les iba haciendo cada vez más difícil luchar contra el diluvio.

Dominic, prudentemente, detuvo el coche para esperar que la lluvia torrencial amainara. Por lo que
Anna pudo adivinar, habían aparcado ante una hilera de robustas casas adosadas de principios de
siglo. Aunque la lluvia le impedía ver gran cosa, se imaginaba más o menos cómo sería aquel barrio:
casas elegantemente apartadas de la calle, barandillas y verjas para mantener alejados a visitantes
no deseados, jardincillos delanteros perfectamente cuidados y aseados.

Al volver a sentir la mirada de Dominic fija en ella, volvió la cabeza hacia él. Su expresión era dura,
severa y la atmósfera que se respiraba en el interior del coche era tan opresiva como la del exterior.

—Pasa detrás.

Anna parpadeó, no podía creer lo que estaba oyendo. Ni un «por favor», ni un indicio de
sugerencia, solamente la rigidez de una orden: «Pasa detrás.»

Para obedecerle sin salir fuera y calarse hasta los huesos, tenía que inclinar el respaldo del asiento.
Pero aun así le resultaba difícil, y tuvo que sacarse los zapatos y recogerse el vestido por encima de
las rodillas para poder gatear hasta el asiento de detrás.

Cuando por fin lo consiguió, notó que su respiración era dificultosa. Se preguntaba qué aspecto
debía tener entonces y cómo la estaría viendo Dominic: acalorada, sudando, con el pelo soltándose
de los pasadores y cayéndole en rizos sobre la cara. Expectante, miró con el rabillo del ojo a
Dominic.

Como quiera que fuese, y a pesar de ser más voluminoso que ella, él se las apañó para pasar al
asiento trasero del coche con mucha más agilidad y rapidez. Luchando contra un sentimiento
creciente de claustrofobia, Anna emitió un largo suspiro soltando todo el aire que tenía en su
interior, después se inclinó hacia él.

No la besó como ella esperaba, sino que tendió los dedos para coger el dobladillo del vestido y
subírselo a la altura de la cintura. Rozó sus bragas aún húmedas con los nudillos para buscar la
parte elástica de arriba.

—Gírate.

Hizo lo que le pedía con dificultad, levantando las nalgas para que él pudiera sacarle las bragas.
Anna tenía la cara pegada a la ventanilla y notaba la frialdad del cristal en la mejilla. Ladeó un poco
la cabeza y vio que Dominic se desabrochaba los pantalones y sostenía el pene erecto con la mano.
Ella se mojó los labios y tragó saliva para aclarar su garganta reseca. Su tallo erguido parecía a
punto de explotar. Anna tuvo la sensación de no poder esperar más a que la penetrara, a sentir su
pene deslizándose por las paredes sedosas y ardientes de su sexo.

Cuando la atrajo hacia sí, los ojos de Dominic brillaron en la oscuridad. La cogió por la cintura con
las manos y la apretó hacia abajo, de modo que ella quedara virtualmente sentada sobre su regazo.
La cabeza bulbosa de su pene golpeaba con insistencia la entrada de su cuerpo, mientras ella iba
abriéndose y abrazándose a él cada vez con más fuerza.
Anna empezó a bajar lentamente y necesitó apoyarse en el cabezal del asiento del acompañante
para sostenerse. Sus nalgas tocaban el vientre de Dominic cuyo tallo seguía golpeándola con
insistencia, acariciando, como si de un besito se tratara, el cuello de su matriz.

Anna echó la cabeza hacia atrás y el cabello acabó de soltársele del todo y cayó sobre su espalda,
de forma que acariciaba la cara de Dominic. Su cuerpo se regocijaba teniéndole en su interior,
revistiendo su agresivo miembro viril, arropándolo, amándolo. Contenta de tener ella el control de
la situación, levantó las nalgas hasta que él casi se sale de su interior, y después volvió a hundirse
capturando de nuevo la dureza de su carne.

La lluvia seguía interpretando sin cesar su sinfonía cacofónica sobre el techo del coche, el aguacero
empañaba las ventanillas, a la vez que ella y Dominic buscaban la consecución del clímax mutuo.
Anna notó cómo el coche se balanceaba acompañando los movimientos cada vez más acelerados
de su cuerpo. Tensó los músculos vaginales, de forma que forzó a Dominic a emitir un prolongado
gemido de éxtasis, que la excitó de tal modo que la incitó a alcanzar lo antes posible su propio
orgasmo.

Se llevó la mano al clítoris y empezó a tocarse con un dedo, dándole vueltas y vueltas al compás de
los golpes de sus caderas. Dominic suspiró profundamente al descargar su pasión, bombeando la
semilla en el seno sin fondo de Anna, y le hundió los dedos en la piel cálida de su cintura hasta casi
hacerle daño.

El diminuto botón del placer, preso entre los dos cuerpos, irradiaba espasmos de gozo. Anna movía
la cabeza de un lado a otro, de forma que su cabello acariciaba el rostro de Dominic cuyo cuerpo
absorbía el temblor de la espalda de Anna, mientras él iba descendiendo poco a poco del nivel más
alto del placer.

Se separaron muy despacio y él la ayudo a ponerse bien el vestido. Anna observó con sorpresa que,
mientras ellos hacían el amor con frenesí, había parado de llover. Después, al pasar de nuevo al
asiento delantero, le pareció adivinar un movimiento en el exterior.

En el otro lado de la calle, a tan sólo unos metros de donde habían aparcado, había una parada de
autobús. Era un parapeto de madera, una de esas paradas antiguas. Justo cuando ella miraba
salieron de allí tres jóvenes que se quedaron observando sin ningún reparo cómo Anna pasaba al
asiento delantero y se abrochaba el cinturón de seguridad.

—¡Oh, Dios! —murmuró—. Dominic, se están acercando. Pon el motor en marcha, ¡por el amor de
Dios!

Pareció pasar un siglo hasta que Dominic encendió el motor y empezaron a alejarse lentamente del
lugar, un siglo durante el cual a Anna le pasaron por la cabeza un montón de fantasías. Debían de
ser un trio de veinteañeros que volvían a sus casas tras pasar la noche en la ciudad. Irían borrachos,
o Dios sabe qué… y habían visto cómo se zarandeaba el coche mientras ella y Dominic…

—Relájate, chérie, estás a salvo —dijo Dominic en cuanto el coche cogió velocidad.

—Dominic, no tiene ninguna gracia.

Cuando notó la mirada de él sobre ella, Anna se echó a reír.


Por la noche, cuando se metieron los dos en la cama, él pareció contentarse con abrazarla hasta
caer dormidos. En cuanto el respirar de Dominic se hizo más profundo, Anna pensó: «Sólo con qué
fuera siempre así…» Volvió la cara para presionar la mejilla contra la cálida desnudez de la piel de
su pecho, cerró los ojos y suspiró.

—Es la tercera vez esta mañana que no escuchas lo que te digo —señaló Alan al día siguiente, ante
la mirada perdida de Anna.

Lo siento Alan, hoy no estoy al tanto de nada.

—¿Seguro que te encuentras bien? Te veo un poco pálida.

Cuando Alan se inclinó para mirarla más de cerca, Anna notó que se sonrojaba. ¿Qué pensaría si
pudiera leer sus pensamientos? Debía serenarse y no permitir que el pensar en Dominic interfiriera
en su trabajo cotidiano. Respiró profundamente e intentó sobreponerse.

—Yo… —empezó a disculparse.

—¿Cómo se encuentra, Anna? Estoy preocupado por usted.

Anna giró bruscamente la silla al oír la voz de Dominic a sus espaldas. El centelleo de su mirada
confirmaba que había oído la pregunta preocupada de Alan, y la contracción de sus labios indicaba
hasta qué punto le divertía el hecho de que estuviera tan distraída, pues sabía perfectamente que
era por su culpa.

Sin embargo, Alan se tomó el comentario de Dominic en el sentido más literal, totalmente al
margen de una manipulación tan descarada como aquella. Se volvió hacia Anna y dijo frunciendo el
entrecejo:

—¿Es que estás enferma?

—Alan, creo que esta mañana no debería estar trabajando —dijo Dominic antes que Anna tuviera
tiempo de responder—, pero como ella se cree…, ¿cómo es esa palabra?…, indispensable, ¿no?

Alan, con esa expresión de impaciencia que Anna conocía tan bien, soltó el aire entre los labios.
Cuando por fin habló, lo hizo en tono de regañina, logrando que Anna se sintiera como una niña.

—No me sorprende, esta chica trabaja demasiado duro. Recoge tus cosas, Anna, y vete a casa. ¡Por
el amor de Dios, chica, si estás medio muerta no me sirves para nada!

Anna miró asombrada a los dos hombres. Estaban hablando de ella como si no estuviera presente.
Además se encontraba perfectamente bien. Si estaba tan pálida era debido a la falta de sueño que
sufría últimamente… Notó que se ruborizaba sólo de pensar en el motivo por que había dormido
tan poco desde la llegada de Dominic.

Pensaba que no podía aprovecharse de Alan de aquel modo y, Dominic o no Dominic, ella debía
mantenerse limpia de culpa a toda costa.
—Permítame que la acompañe —se ofreció Dominic al darse cuenta de que Anna estaba a punto de
admitir que estaba tan sana y fuerte como siempre.

—No es necesario. Además, ¿no tiene usted que dar una conferencia esta tarde?

—Ahora sí que tengo claro que estás enferma .—señaló Alan en tono irónico—. Fuiste tú misma la
que a principios de semana escribiste la nota cambiando la conferencia para esta mañana.

Anna miró primero el centelleo malicioso de la mirada de Dominic y después la cara preocupada de
Alan, entonces se dio cuenta de que estaba atrapada.

—Está bien —dijo—, si insistes, me iré a casa.

—Tómate el resto de la semana libre ordenó Alan magnánimo.

—Oh, bueno, si soy tan dispensable dijo sonriendo.

—¿Qué ha sido todo esto? —preguntó Anna a Dominic cuando se dirigían al aparcamiento.

Él cogió las llaves, abrió el coche y le indicó la puerta del acompañante para que pasara dentro.

—Te quiero toda para mí —dijo sonriendo abiertamente como un chiquillo por encima del techo
del coche. Anna sintió que se le encogía el estómago.

Se deslizó lentamente en el asiento y trató infructuosamente de abrocharse el cinturón de


seguridad, pues, a pesar de que lo intentaba, no podía controlar el repentino temblor de sus
manos. Sin que pudiera evitarlo, los dedos calientes de Dominic se cruzaron sobre los suyos para
introducir sin ninguna dificultad el cierre en su sitio.

—Nunca había hecho novillos —admitió en un intento de suavizar el ambiente.

—¿Y bien? —Levantó la ceja en tono guasón y ella se echó a reír.

—No importa. Bueno, pon en marcha el motor o Alan va a preguntarse qué estamos haciendo.

Él le sonrió con calidez y arrancó el coche.

—Frankie nos ha invitado a su casa a pasar unos días. Ahora que estás tan enferma, ¿te gustaría
que aceptase? —dijo de forma casual mientras maniobraba para salir del aparcamiento.

El tono de su voz era demasiado casual, demasiado indiferente, y Anna se puso tensa. Le vino a la
mente la imagen de Dominic besando los finos y elegantes dedos de Francine y sintió como si
tuviera su interior lleno de mariposas golpeándole con sus alas. La excitación le cerraba la boca del
estómago.

—Estaría bien —dijo con un hilo de voz.

Miró de reojo a Dominic y observó sus manos sosteniendo fuertemente el volante. Rememoró
entonces lo que sentía al notarlas sobre su cuerpo. Eran manos inteligentes y sensibles, capaces de
explorar todos y cada uno de los pliegues y surcos más recónditos de su cuerpo, a veces con amor,
otras sólo de un modo convulsivo, pero siempre infaliblemente precisas.
¿Conocerían las manos de Dominic los contornos de Francine tan bien como los de ella? Notó los
celos punzándola como si de dardos se trataran, pero iban mezclados con algo más, una emoción
que Anna era incapaz de identificar, pero que la hacía estremecer. Al recordar la mirada perezosa y
gatuna de Francine se le aceleró el pulso.

Se acomodó en el asiento pensando que la estancia en casa de Frankie no sería una fiesta casera
normal y corriente. Aceptar la invitación implicaba algo más que los agradecimientos usuales de un
huésped. ¿Sería consciente Dominic del enorme salto hacia lo desconocido que esto significaba
para ella? Inconscientemente se volvió a mirarlo con incertidumbre.

El debió notar su mirada disimulada, pues volvió la cabeza hacia ella y le sonrió. Retiró una mano
del volante para situarla sobre la suya. El contacto era cálido y familiar. Fuera lo que fuera lo que la
visita a casa de Francine pudiera depararle, Dominic estaría con ella. Confiaba en él, ¿no era eso?

El volvió a sonreírle, era una sonrisa tan clara que le iluminó la cara por completo. Anna sintió que
la excitación recorría todo su cuerpo y todo atisbo de duda o aprensión se desvanecieron.

Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. En sus labios se dibujó una sonrisa de complacencia
anticipada por lo que iba a suceder.
Capítulo Siete

LA CASA DE Francine no resultó ser como Anna se la esperaba. Deslumbrada por la distinguida
elegancia de la francesa, pensaba encontrarse con un ático moderno situado en un barrio tan
solicitado como Docklands o algo parecido. No esperaba que su hogar fuera una encantadora casita
con techo de paja medio escondida al final de la larga callejuela de un pueblecito.

—Me la dejó en herencia mi grandmère inglesa —explicó Frankie, pues se había dado cuenta de la
curiosidad de Anna.

Incómoda ante el hecho de que hubiera adivinado sus pensamientos, Anna sonrió y siguió a Frankie
hacia el interior. La casa era cálida y acogedora, inmaculada, llena de ventanales relucientes, la
mayoría de ellos con jarrones de flores frescas en el alfeizar. Un popurrí de aromas perfumaba el
aire, mezclado, por increíble que pudiera parecer, con un delicioso olor que venía de la cocina.
¡Jamás hubiera pensado que Francine pudiera llegar a ser tan… casera!

—Habéis llegado en el momento justo… ¡la cena está casi lista!

Anna se volvió hacia Frankie que caminaba por el salón de techo bajo cogida amigablemente del
brazo de Dominic. Llevaba unos tejanos ceñidos lavados a la piedra y un jersey corto azul marino
que dejaba intuir sus diminutos pechos y resaltaba su perfecta figura. El cabello, largo y oscuro, le
caía suelto sobre la espalda e iba sujeto, a la altura de las orejas, por dos pequeños pasadores
redondos de niña. Aquel adorno le habría sentado fatal a cualquier otra mujer, pero en Francine
resultaba encantador. Sus ojos almendrados, de un amarillo topacio, miraban a Anna sin ningún
síntoma de celos. Su amplia y sincera sonrisa hizo que Anna se sintiera a gusto y se diera cuenta
entonces de lo tensa que había estado durante el viaje.

Dominic sirvió bebida para los tres y tomó asiento en un confortable sofá al lado de Anna mientras
Francine fue a preparar la cena.

—Me gustaría que me dejara ayudarla —dijo Anna inquieta cuando se quedaron solos.

Dominic sonrió e hizo chocar su copa contra la de Anna.

A Frankie le gusta hacer sola la mayoría de las cosas. Cocina como una verdadera profesional —dijo,
y se besó los dos primeros dedos de la mano derecha para enfatizar la frase—. Tiene que tenerlo
todo controlado.

Anna miró a Dominic y los dos dieron un sorbo a sus respectivas copas. Hablaba de Francine con
cariño y afecto, y a pesar de que sabía que debería sentirse celosa, no era esa la clase de emoción
que notaba en su interior. Sentía curiosidad y excitación, pero no envidia.

De todos modos no tuvo mucho tiempo para seguir pensando en todo ello, pues justo entonces
apareció Frankie para decirles que la cena estaba lista. Les indicó que pasaran a un comedor
encantador, dominado por una mesa ovalada de palisandro. La mesa estaba dispuesta con
cristalería fina, cubertería buena y vajilla china. Las ventanas del fondo de la estancia daban al
jardín.
¡Debes tener una vista maravillosa cuando desayunas! —exclamó Anna al ver la abundancia de
rosales que tenía ante sus ojos.

—Sí —dijo Francine. Se acercó a Anna, le puso amistosamente una mano en el hombro y añadió—:
Por las mañanas veo los pájaros y a veces hasta ardillas y jabalíes.

Anna supuso que su respuesta había sido la acertada, pues la conversación se extendió sobre el
mismo tema, pero ella tan sólo era capaz de pensar en la sensación de la mano de Frankie apoyada
sobre su hombro. Incluso entonces, cuando su anfitriona ya se había alejado de ella, seguía
notando la sensación cálida de su piel a través del tejido de la blusa, y se sorprendió de tener esta
reacción. La respuesta adecuada a la caricia de otra mujer no era en modo alguno el deseo.

—¿Quieres sentarte aquí, Anna?

Anna se sobresaltó al darse cuenta de que Frankie se dirigía a ella.

—Oh… ¡gracias!

Tomó asiento entre Dominic y Frankie y observó cómo él llenaba de nuevo su copa de vino. No
recordaba haber acabado la primera y pensó que debía de beber más despacio su segunda copa.

La cena estaba deliciosa.

—¡Había probado el coq au vin, pero éste no tiene ni punto de comparación! —dijo a Frankie.
Francine sonrió.

—¡El secreto es que debe cocinarlo un francés! —declaró con severidad.

Muy pronto cayeron sobre el jardín las sombras de la noche y la estancia quedó iluminada por la luz
trémula de las velas que había en la mesa. Una música melodiosa y agradable, de procedencia
desconocida, se filtraba en el ambiente; era discreta y profunda a la vez.

Cuando Francine se inclinó para recoger la mesa, Anna olió su perfume almizclado. Se amalgamaba
con la tan conocida esencia masculina de Dominic que la invadió a su vez, en el instante en que
también se inclinó sobre ella para rellenarle de nuevo la copa. La combinación de toda una serie de
factores la hacían sentirse medio amodorrada y soñolienta: el largo viaje en coche, la comida
abundante, el exceso de vino…

La suave crema de lima resultaba ligera como una pluma en su lengua y se deslizaba por su
garganta sin ningún esfuerzo. Dejó que la conversación decayera y siguiera desarrollándose
alrededor sin tener necesidad de intervenir. Bajo la mesa, y durante toda la cena, el muslo cálido de
Dominic no dejaba de rozarla y sus pies jugueteaban con los de ella todo el rato. Cuando por fin
terminaron, se recostaron en sus sillas.

—¿Qué os parece si vamos al salón? Se te ve cansada, Anna.

La respuesta de Anna a la pregunta de Francine no fue más que una sonrisa apagada.

—Lo siento, ¿tanto se me nota?

—¿Será que a pesar de todo no estás del todo bien? —dijo Dominic sonriendo.
—Lo tengo merecido —dijo sonriendo a su vez—. Estoy bien, tan sólo un poco adormilada, eso es
todo.

—Bien, id a sentaros, yo llevaré el café.

—Deja que te ayude a recoger la mesa…

—No, ve con Dominic —dijo Frankie, interrumpiéndola con firmeza—. No tardaré mucho.

Dominic se apoltronó junto a ella en el sofá floreado y poco tiempo le faltó para tomarla entre sus
brazos. Su aliento era dulce, una suave mezcla del perfume del vino tinto y el tenue eco de la lima.
El beso que le dio la hizo estremecer.

—No —protestó en tono de rechazo, y se separó de él poniéndole las palmas de las manos en el
pecho.

—Non?

—No me parece correcto, estamos en casa de Francine… —argumentó, consciente de que su


respuesta no había sido emitida con el tono que ella esperaba.

Notó bajo sus manos el vibrante retumbar de la risotada de Dominic.

—A Frankie no le importa, chérie —susurró—. Durante la cena me moría de ganas de besarte.

Aquella vez, cuando sus labios se acercaron a los de ella, Anna respondió a su beso, pero tan sólo
por un corto espacio de tiempo, pues, al oír que Frankie se acercaba, se apartó de él.

La anfitriona venía cargada con una bandeja con café y Dominic se levantó para ayudarla. La sonrisa
inteligente de Francine dio a entender a Anna que no se había olvidado de nada, lo que provocó
que el rubor subiera a sus mejillas.

El café era negro y amargo, pero estaba delicioso. Frankie volvió a poner música y se acomodaron
los tres en aquella estancia tan cálida y agradable: Anna y Dominic en el sofá y Frankie sentada, con
sus largas piernas cruzadas, en la alfombra de piel de oveja junto al fuego.

Anna se sentía a gusto y feliz, pero muy, muy cansada. Apoyó la cabeza en el hombro de Dominic y
dejó que se le cerraran los párpados, segura de que no les importaría que se quedara adormilada
unos minutos…

Cuando se despertó estaba totalmente estirada en el sofá. Alguien la había tapado con un edredón
y le había puesto una almohada bajo la cabeza. Se sentía algo tensa, pero no incómoda. A través de
la ventana, que no tenía cortinas, se veía el cielo negro como la boca del lobo; la habitación se
hallaba en penumbra, iluminada tan sólo por una lamparita encendida junto al fuego.

Anna se sentó, estaba desorientada. Se mesó el pelo y se dio cuenta de que lo llevaba suelto y
despeinado. No conseguía acordarse de dónde había puesto la maleta. ¿La habría subido Dominic a
la habitación cuando llegaron?

Dejó que las piernas le colgaran por el lateral del sofá y se desperezó levantando los brazos por
encima de la cabeza y desentumeciendo los agarrotados músculos de la espalda. Cuando se
levantó, echó un vistazo al reloj situado en la repisa de la chimenea. Eran las dos de la mañana.
Debería hacer horas que Dominic y Francine estarían en la cama.

Disgustada consigo misma por haberse quedado dormida en su presencia, Anna se dispuso a buscar
su habitación intentando no hacer ruido para no despertarles. A pesar de que andaba de puntillas,
la estrecha escalera de caracol crujió bajo el peso de sus pies descalzos. Al llegar al descansillo vio
que había dos puertas: una cerrada y la otra ligeramente entreabierta.

No sabría decir por qué se acercó a esta última, lo hizo por instinto, aunque se detuvo un momento
antes de abrirla. Lo que vio reflejado en el espejo de la pared que tenía delante la hizo detenerse de
golpe.

Por un momento pensó que Dominic estaba sólo. A pesar de estar de espaldas a ella, Anna veía su
cara reflejada en el espejo que ocupaba la pared en su totalidad, desde el suelo hasta el techo.

Su espalda desnuda y bronceada brillaba bajo el cálido halo de luz que emitían las lamparillas de las
mesitas. Anna no pudo evitar fijar la mirada en la dura tirantez de sus glúteos y deslizarla después
por el resto de su cuerpo. Tardó unos segundos en poder asimilar lo que estaba viendo, pero fue la
expresión de la cara de Dominic lo que la hizo comprender que no estaba solo.

Tenía los ojos cerrados, estaba absorto. Anna permaneció quieta, de pie, y escuchó el ligero gemido
que se le escapó a Dominic entre los labios. Se quedó sin habla al darse cuenta de la razón por la
que Dominic había suspirado. Al fin y al cabo, también ella, y en más de una ocasión, le había
forzado a tal extremo.

Abrió la puerta un poco más, y no se sorprendió al ver las manos de Dominic enmarañadas entre el
pelo oscuro y sedoso de la mujer que tenía arrodillada a sus pies. Ni Dominic ni Francine se
percataron de que estaban siendo observados, pues se hallaban plenamente concentrados en lo
qué estaban haciendo.

Anna abrió los ojos de par en par sintiendo la punzada de los celos amargos que la taladraban,
cuando vio los labios de aquella mujer en torno a la cabeza bulbosa del pene de Dominic y sus
mejillas hinchadas como si lo tuviera todo entero en la boca.

Podía haberse marchado antes de que la vieran, pero era incapaz de mover ni un solo dedo.
Hubiera debido sentirse horrorizada por lo que estaba viendo, sin embargo estaba fascinada. Y esta
sensación fue la que ganó finalmente la partida.

Frankie seguía chupando y lamiendo con entusiasmo el tallo de Dominic, mientras éste acariciaba
su cabellera con los dedos. Anna se quedó paralizada cuando él dobló el cuello hacia atrás y
Francine apretó sus nalgas con las manos, sobándoselas y estrujándoselas, de forma que daba la
impresión de que sus uñas pintadas de rojo podían herir la piel vulnerable de Dominic. Lo apretó
con tanta fuerza contra ella que su cara quedó enterrada en las ingles de él, cuyo tallo se deslizaba
de tal forma en el interior de la boca de Frankie que Anna se imaginó que debía llegarle hasta lo
más profundo de la garganta.

Francine estaba disfrutando. Tenía los ojos cerrados y su cara rebosaba placer. De su garganta
salían sonidos parecidos a pequeños maullidos mientras añaraba sin descanso las nalgas de
Dominic que entraba y salía con ritmo cada vez más rápido de su boca acogedora.
Anna se sintió muy excitada ante la contemplación de esta escena. Imaginaba sin dificultad lo que
Francine experimentaba entonces: un sabor amargo y salado en la lengua y la carne, cálida y rígida,
que ponía en tensión la sensible piel del interior de sus mejillas. Notó cómo crecía la excitación en
ella y en lo más profundo de su interior emergía un diminuto latido, casi imperceptible, que
acompañaba el ritmo de los cuerpos entrelazados de Francine y Dominic.

Entonces la calma desapareció. Las caderas de Dominic se movían convulsivamente de arriba abajo
y su cara mostraba un rictus de éxtasis. Anna se imaginó el fuerte movimiento de succión que
Francine ejercía sobre el enfurecido tallo de Dominic, casi era capaz de sentir en su propio cuerpo la
excitación que él experimentaba. Eran tan hermosos que contemplarlos se convertía en un
verdadero placer. Anna se llevó la mano a su entrepierna y empezó a frotarse lentamente.

Cuando Dominic alcanzó su crisis, emitió una exclamación triunfante y Francine le agarró aún más
fuerte, para engullir con denuedo el torrente de semen que salía a borbotones de su tallo. Por un
momento permanecieron inmóviles; Francine seguía con el ahora fláccido pene en su boca y lo
único que se oía en la habitación era la respiración entrecortada de Dominic.

Anna continuaba frotándose rítmicamente la costura de los tejanos con la palma de la mano.
Cuando Dominic por fin pudo recuperar el ritmo normal de su respiración, se inclinó y, cogiéndola
por los codos, puso a Frankie de pie.

Hasta aquel instante Anna ni se había dado cuenta de que Frankie estaba desnuda; pero ahora, al
verla, se sintió incapaz de apartar la mirada de la esbelta perfección del cuerpo de aquella mujer,
de la elegante curvatura de su espalda y de sus agradables nalgas redondeadas. Su piel tenía el
encantador tono dorado de la miel, tan cálido y suave que Anna rabiaba por tocarla.

Dominic y Frankie se besaron apasionadamente. Luego él se arrodilló lentamente, como si quisiera


rendir homenaje a la mujer que tanto placer acababa de proporcionarle. Sus manos vagaban con
cariño por la suave piel de sus muslos y se recreaban en los rizos oscuros del pubis.

Anna tuvo que coger aire al ver que Francine desplazaba ligeramente el peso de su cuerpo y
separaba las piernas para que él, y también ella, pudiera ver los rosados pliegues de carne que se
escondían entre ellas. Incluso desde aquel lugar estratégico junto a la puerta donde Anna estaba
situada, pudo observar que la tierna carne de la vulva de Francine estaba húmeda. Podía incluso
oler el aroma dulce y punzante, característico de la excitación femenina, que llenaba la atmósfera
del dormitorio.

Hipnotizada, contempló cómo Dominic apartaba con delicadeza los labios externos que ocultaban
en su interior los pliegues más sensibles. Los recorrió con el dedo casi con adoración, una y otra
vez, hasta encontrar el diminuto orificio que iba a dar acceso a su cuerpo.

Cuando la penetró, Francine emitió un gemido y a continuación empezó a mover las caderas para
que los dedos de Dominic pudieran llegar hasta el fondo. Anna se desabrochó los pantalones y
deslizó la mano en el interior de sus bragas; estaba desesperada, necesitaba tocarse igual que
Dominic estaba tocando a Frankie.

No la sorprendió en absoluto el hecho de encontrarse mojada. El único problema era poder retener
entre dientes las ganas de gemir que le vinieron al tocarse los pliegues húmedos y resbaladizos de
su vulva y conseguir, con la yema del dedo, contactar con el punto duro y enardecido que solicitaba
su atención.
Anna observó cómo Dominic, sin dejar de mantener abierta a Francine con las caricias de sus
dedos, deslizaba su lengua y lamía todos los pliegues de la vulva de la muchacha. Dios, era como si
su lengua estuviera dándole placer a su propia carne, Anna podía sentir todas y cada una de las
sensaciones de las que estaba gozando Francine.

Se preguntaba si Frankie tendría un sabor diferente al suyo. Anna se imaginó besando a Dominic
después que el acabara de saborear el botón secreto de aquella chica. Si así fuera, podría sentir en
sus propios labios el sabor del sexo de otra mujer.

Anna asombrada por el giro que habían tomado sus pensamientos, se frotó aún más fuerte y dobló
las rodillas para introducir un segundo dedo en la humedad de su vagina.

Francine estaba llegando al clímax. Al mover sin cesar la cabeza de un lado a otro, la oscura melena
azotaba tanto su cara como la de Dominic.

—Alors, Nicky, ¡es estupendo, tan estupendo! Házmelo, mon amour, regálate con mi cuerpo…

Anna alcanzó su clímax, pero tuvo que morderse el labio hasta hacerse sangre para permanecer en
silencio. Aturdida, sin poder pensar en nada, se apartó del umbral de la puerta cuando Francine
empezaba a mover las caderas de forma más acelerada contra la cara de Dominic.

Abajo hacía frío y el sofá estaba vacío. Se subió el edredón hasta las orejas y no tuvo más remedio
que reconocer que no había nada que deseara más en aquel momento que estar arriba, con la
pareja que estaba disfrutando en aquella enorme cama.

Si, cuando los descubrió por casualidad se había puesto celosa. Pero los celos eran una nimiedad
comparados con el deseo que sentía de estar con ellos haciéndo el amor. ¿Por qué Dominic había
querido llevarla a aquel lugar? Anna hizo una mueca al darse cuenta de que, fueran cuales fueran
sus intenciones, ella las había frustrado al quedarse dormida.

Juntó los muslos, en un vano intento de acallar las pulsaciones que todavía sentía en la entrepierna.
No podía apartar de su cabeza la imagen de los labios rojos de Francine abiertos en torno al tallo de
Dominic. Seguía viendo los movimientos de la cabellera fina y oscura de la mujer y la carne rosa
oscura, tentadora, de su entrepierna.

Francine era tan bonita y dulce. La sola contemplación de su cálida piel desnuda invitaba al
observador a tocarla, a acariciarla, a estrujarla, a darle placer… Intranquila, Anna volvió la cara hacia
el respaldo del sofá. No sabía qué le pasaba, jamás había sentido sensaciones de esa clase respecto
a otra mujer.

¿Qué diría Dominic si le contara lo que se le estaba pasando por la cabeza? Podía averiguarlo,
naturalmente, pero eso implicaba admitir que los había visto juntos y no podía hacerlo. Sollozó,
autocensurándose por no haber sido más que una mirona.

Pero de hecho… no estaba del todo convencida de que Dominic y Francine no se hubieran
percatado de su presencia. Suponiendo… no, no podían prever que ella se los encontrara de aquella
manera por casualidad. Seguro que pensaban que estaba durmiendo en el sofá del salón.

Había sido testigo de algo tan íntimo, tan personal que no podían pretender que ella lo viera. Anna
apretó la almohada e intentó calmarse. Se pasó más de una hora dando vueltas, pero no consiguió
borrar aquellas imágenes de su cabeza.
Volvió a masturbarse hasta llegar al orgasmo. Se quedó exhausta, sudorosa y acalorada, pero aun
así seguía sin poder dormir. Cuando por fin cayó rendida, empezaba a amanecer. Tuvo un dormir
inquieto, interrumpido constantemente por sueños casi reales y sin conexión alguna en los que
siempre estaban presentes Frankie y Dominic.
Capítulo Ocho

—¿HAS DORMIDO BIEN, chérie?

Anna estaba sentada frente a Dominic en el soleado comedor.

—Sí, gracias —respondió evitando su mirada.

Reinaba un silencio incómodo, roto tan sólo por el sonido de la taza de café de Francine al chocar
contra el azucarero.

—Se te veía tan a gusto que no nos atrevimos a molestarte —dijo con suavidad.

Su boca roja y carnosa se abrió en una gran sonrisa e instantáneamente Anna recordó cómo estos
mismos labios se habían abierto la noche anterior para acoger el tallo de Dominic. Sus miradas se
cruzaron y a Anna se le escapó un suspiro. Anna estaba segura de que Frankie sabía que les había
visto, pero no le importaba, su forma de mirarla no hacía más que mostrar simpatía antela situación
incómoda de Anna. Los labios carnosos de Francine estaban moviéndose y Anna tuvo que hacer un
verdadero esfuerzo de concentración para enterarse de lo que le decía.

—Dicen que hará un buen día. He pensado que quizá, después de desayunar, te apetecería ir a dar
un paseo por el bosque.

—Sería estupendo, ¿no crees, Anna?

La estaban mirando dos pares de ojos expectantes, y Anna no tuvo más remedio que asentir con la
cabeza e intentar sonreír.

Con el aire fresco y cálido del exterior empezó a sentirse un poco más relajada. El jardín de Francine
lindaba con el campo abierto y, más abajo, había un pequeño bosque. Anna caminaba entre
Dominic y Francine, el sol calentaba su cara y la ligera brisa acariciaba su piel.

Después de su noche de pasión tanto Dominic como Francine parecían relajados y cómodos. Era
evidente que a Dominic no le daba miedo lo que Anna pudiera opinar de su relación con la
maravillosa francesa y Anna pensó que curiosamente tampoco ella se sentía amenazada. De hecho
la emoción que más pesaba en relación a lo sucedido la noche anterior era el hecho de sentirse
excluida, de haber sido dejada de lado.

Miró a Dominic con el rabillo del ojo y sintió un repentino e inesperado arranque de deseo. Le
resultaba difícil luchar contra las ganas que tenía de abrazarlo. Como si se hubiera dado cuenta del
examen al que estaba siendo sometido, él volvió la cabeza hacia ella y le sonrió. Le rodeó el hombro
con el brazo, como sin querer, y la atrajo contra sí.

El calor de su cuerpo era reconfortante y fue entonces cuando Anna se dio cuenta de que su gran
temor era que lo que había visto la noche anterior pudiera ser el anuncio del fin de su relación.
Miró furtivamente a Frankie y se sintió más tranquila al ver que a ella no parecía preocuparle en
absoluto la clara demostración de afecto que Dominic le estaba haciendo. Frankie caminaba
felizmente a su lado; llevaba el cabello recogido en una cola de caballo alta que se balanceaba al
compás de sus pasos.

Debido a la inclinación del terreno lindante al bosquecillo, tuvieron que ralentizar el ritmo de sus
pasos, Anna caminaba con cuidado, pero, a pesar de su cautela, resbaló en un lugar lleno de barro
e, incapaz de mantener el equilibrio, bajó rodando hasta el fondo de la cuesta. Al caer se hizo daño
en el tobillo y soltó un sordo alarido de dolor.

—¡Mon Dieu! Frankie. ¡ven, rápido! Anna se ha caído.

Dominic Llegó al instante a su lado y la cogió por los hombros; su atractivo semblante se veía roto
por la preocupación. Francine se deslizó cuesta abajo y lo primero que hizo al llegar junto a Anna
fue coger su delgada mano del tobillo herido.

El dolor empezaba a amainar y Anna se sentía como una estúpida.

—Está bien, se me ha torcido al caer. Estará bien enseguida…

Pero Francine no quería dejar nada al azar. Le desabrochó el cordón del zapato y le sacó el calcetín
para poder examinar más detenidamente el tobillo.

—Creo que estás bien, ¡gracias a Dios! —señaló después de tantear con los dedos la fina piel de sus
tobillos. No hay hinchazón ni magulladura.

Deslizaba los dedos por la carne cálida y blanca de Anna. Cogió el tobillo herido con una mano y
empezó a golpearlo suavemente con los dedos de la otra, lo que provocó en Anna ligeros
escalofríos de placer que ascendían por su pierna.

Francine levantó la cara hacia Anna y, al ver cómo la miraba, le sonrió; era una sonrisa perezosa,
que indicó a Anna que sabía lo que sentía. Parecía que el aire se hubiera calmado, hacía bochorno.
Quizá fuera ésta la razón por la que a Anna le costara tanto respirar; no había más explicación. Y la
fuerte sensación de deshacerse que sentía en la boca del estómago no era más que un eco del
orgasmo de la noche anterior.

Cuando Dominic le tapó la cortina de aire que acariciaba su cabello y le presionó la nuca
suavemente con los labios, Anna se estremeció. Súbitamente el olor de tierra húmeda cobró
protagonismo, percibía la claridad de la luz que se filtraba entre la delgada capa de hojas que tenían
sobre sus cabezas.

Se recostó contra el pecho de Dominic y suspiró. Frankie volvió a sonreírle antes de ponerle de
nuevo el calcetín y el zapato.

—¿Crees que podrás andar? —preguntó dulcemente.

Anna, algo reticente, movió la cabeza en un gesto de asentimiento, sin embargo no le apetecía salir
del sensual estado de letargo en el que estaba inmersa. Dominic y Francine la cogieron de los
brazos y la ayudaron a levantarse. Al cargar el peso de su cuerpo sobre el tobillo dañado se dio
cuenta, para su consuelo, de que sólo se lo había torcido y de que no iba a dolerle demasiado. Sin
embargo, se alegró de que, por mutuo consentimiento, decidieran dar el paseo por finalizado y
regresar a la casita.
—¡Quizá no haya sido una buena idea lo de ir a pasear por el bosque! —musitó Frankie durante el
camino de vuelta.

—Lo siento… De todas formas me ha ido muy bien tomar un poco el aire.

—No te preocupes —dijo Dominic con voz baja y ronca—. Seguro que ya encontraremos con qué
distraernos… dentro.

De nuevo la sensación conocida y estremecedora del deseo volvió a tomarla por sorpresa. No sabía
qué esperar, ni lo que se esperaba de ella, pero, fuera lo que fuera, el desconocimiento no hacía
más que añadir sabor a lo que pudiera suceder.

Una vez dentro, Dominic se fue a preparar café y Anna y Frankie se sentaron en el sofá, la una junto
a la otra.

—¿Aún te duele, chérie?

Ya no, pero me siento incómoda, eso es todo. No me gusta ocasionar tantas molestias.

—No digas tonterías, una torcedura de tobillo puede ser muy dolorosa. Deja que te lo vuelva a
mirar, sólo para estar segura.

Curiosamente a Anna no le apetecía volver a sentir la frialdad de las manos de Frankie sobre su piel,
pero no había motivo alguno para impedirle que volviera a observarle el tobillo. Pero esta vez las
caricias de Frankie en la pierna y en el tobillo de Anna no ofrecieron ninguna duda sobre su
naturaleza.

—Relájate, chérie, estás demasiado tensa —murmuró cuando sus dedos empezaron a ascender por
las pantorrillas de Anna.

Los tejanos de Anna eran demasiado estrechos e impedían que la exploración pudiera seguir mucho
más allá, así pues, Frankie retiró la mano y Anna se vio obligada a reconocer que se había quedado
un poco defraudada. Francine se acomodó en el sofá a sus espaldas y trasladó su atención a la
frente de Anna. Retiró el cabello de su cara y comenzó a darle golpecitos con las puntas de los
dedos, sin dejar de mantener la mirada fija en ella y con una sonrisa en los labios.

—Estás recelosa conmigo, ¿verdad?

—¡No, claro que no! —dijo Anna sonriendo con nerviosismo.

Frankie seguía acariciando su frente, estaba tan cerca de ella que Anna podía observar
perfectamente la fina textura de la piel de sus mejillas y oler la aguda provocación de su esencia de
mujer. La acción relajante del masaje servía de contrapunto a la tensión que crecía en su estómago.
Por una parte quería apartarse de ella e impedir aquella intimidad, pero, por otra, la que tenía más
peso específico, ansiaba quedarse allí quieta a la espera de lo que fuera a suceder a continuación.

No estaba preparada para la llegada repentina de los labios de Frankie al encuentro de los suyos.
Lanzó una exclamación sofocada, incapaz por una décima de segundo de creer que Frankie estaba
besándola. O que ella estaba disfrutando de su beso.

Los labios de Francine eran cálidos y carnosos. La invadió un perfume de rosas. Su boca se movía
sobre la suya y la forzaba a mantener los labios separados; la estaba engatusando para que
asimismo Anna abriera su boca. Los pechos de Frankie se apretaban contra los suyos y Anna notaba
sus pequeños pezones, duros como una piedra, bajo la camiseta azul marino.

Los dedos de Frankie recorrieron su cara, explorándola, acariciándola, buscando los puntos más
sensibles con el fin de conseguir que la boca de Anna se abriera en un suspiro de placer. La
intrusión de la lengua de Frankie fue menos traumática. Era dulce, sabía a violetas de Parma.

Francine se retiró un poco y sonrió. Era una sonrisa tranquila y lánguida que le iluminó la mirada.
Cogió la mano inmóvil e impotente que Anna tenía sobre la rodilla para apretársela y entonces se
volvió hacia Dominic que, según supuso Anna, acababa de entrar en la habitación.

—¡Ah, café! Gracias, Nicky… ¡Estoy sedienta!

Anna levantó la cara hacia Dominic sentado delante de ella. ¿Qué demonios pensaría de la escena
que acababa de contemplar? La estaba mirando con los ojos oscurecidos por el deseo, aunque su
sonrisa era agradable.

—Sabía que Frankie y tú os llevaríais bien —dijo dulcemente.

Anna, sorprendida, abrió los ojos de par en par y se bebió de un trago el café que acababa de
ofrecerle Francine. ¿La habría llevado allí Dominic única y exclusivamente para que Frankie la
sedujera? La francesa, sentada en el sofá detrás de ella, seguía insinuando su esbelto cuerpo. Anna,
que no había dejado de mirar a Dominic a los ojos, comprendió entonces que sí, que éste era el
motivo real por el que él la había llevado a casa de Francine.

Un estremecimiento de placer prohibido le recorrió las venas ante esta realidad. Frankie estaba tras
ella con las piernas estiradas a los lados de su trémulo cuerpo y sentada sobre un montón de
cojines de modo que, cuando Anna respondió a su sugerencia de que se recostara sobre ella, al
estar situada en un plano más elevado, se quedó con la cabeza apoyada en la calidez de sus pechos.

—C'est magnifique —suspiró Dominic contemplándolas con ojos brillantes—, luz y oscuridad, seda
negra y miel dorada…

Por un instante Anna cerró los ojos cuando sintió las manos de Frankie masajeándole el cuello y los
hombros, obligándola a relajarse, a olvidar la tirantez de sus músculos. Funcionaba. Tenía las
piernas y los brazos aletargados y sentía crecer en la parte baja de su vientre una fuerte y
prolongada sensación de deseo.

No opuso resistencia alguna cuando Francine se inclinó sobre sus hombros y le desabrochó
lentamente los botones de la blusa. Los pechos aparecieron henchidos bajo la limitación impuesta
por la blanca puntilla del sujetador, y los rosados pezones, firmes y erguidos. Anna levantó las
caderas para facilitar a Frankie la tarea de bajarle los tejanos, y a continuación se encontró sentada
en el sofá vestida tan sólo con su conjunto de lencería blanco.

Cuando Frankie se inclinó sobre Anna, ésta percibió su deseo, y al acariciar sus pechos, notó el
dulce perfume de su excitación.

—Quítale el brassière, Frankie —susurró Dominic—. Observa cómo su piel está suplicándote.
Anna se miró y vio el tono rosado que recubría sus senos debido a la sofocación que sentía. Frankie
le bajó los tirantes del sujetador y apartó las copas de los pechos, libres por fin. Tenía los pezones
firmes y ansiosos y no se sentía avergonzada ante la mirada excitada de Dominic.

Las manos, frías y a la vez cálidas, de Frankie levantaron las dos pesadas esferas de carne para
apretarlas con delicadeza. Los pezones erguidos de Anna la incitaban descaradamente. Cuando
Francine soltó los pechos, éstos se estremecieron, le golpearon el tórax y provocaron en ella una
excitación muy distinta y desconocida.

Anna ya había abandonado todos sus recelos y no le importaba que fueran femeninas las manos
que con tanta libertad estaban acariciando la parte superior de su cuerpo. Sin apartar la vista de
Dominic, exhaló un largo y sonoro suspiro. Volvió la cabeza y unió su boca a la de Francine, pues
estaba deseosa de volver a probar de nuevo su sabor dulce y especial de violeta de Parma.

La melena de Frankie caía como una cortina olorosa entre las dos, protegiendo la cara de Anna y
amortiguando sus breves gemidos.

—Eres tan bonita, querida —susurró Francine, mientras frotaba su mejilla contra la de Anna; un
gesto muy acorde con su feminidad felina. Luego volvió a besarla.

Cuando Dominic se arrodilló a sus pies para sacarle las bragas húmedas. Anna emitió un gemido
que procedía de lo más profundo de su garganta. Podía hasta notar el aroma de excitación que
provenía de su resbaladizo sexo.

Dominic se sentó de nuevo para seguir contemplándolas, pero se llevó las bragas con él. Anna se
estremeció al notar los fríos y largos dedos de Frankie tanteando los perfiles de su pubis. Incapaz de
aguantar más, levantó las nalgas para poder separar los muslos.

—Enchanté —murmuró Dominic—. Mira lo mojada que está, Francine, siente su calor.

—Todo a su debido tiempo, mon amour —le regañó Frankie con delicadeza—. Es la primera vez que
Anna está con otra mujer y no debemos darle prisas.

Anna tuvo que morderse el labio inferior para evitar que se le escapara una negativa vergonzosa.
Que el cielo la perdonara, pero lo que más deseaba era que las manos femeninas de Francine
abarcaran todo su sexo y apartaran los labios de su vulva para mostrar a Dominic el brillo de su
carne más recóndita.

Incluso sin haberla tocado siquiera, Anna notaba que estaba al borde del orgasmo, que iba a llegar
al clímax nada más que Frankie se acercara. Pero ésta era inteligente. Quizá por ser mujer sabía la
forma exacta de prolongar el placer. Empezó a masajear rítmicamente la parte interna de sus
muslos y Anna respondía emitiendo suspiros de placer. Aquel experto movimiento se acercaba cada
vez más a la tierna piel de su vulva, enviando mensajes indirectos de placer a los pliegues más
recónditos de su cuerpo.

Dominic respiraba con más tranquilidad, pero incluso así no podía evitar que cada uno de sus
movimientos respiratorios finalizara en un largo suspiro.

—Tócala, chérie. Quieres que te toque, ¿no, Anna?

—No… Oh, sí. ¡Si, por favor!


Anna oyó tras ella la risita perversa de Francine que seguía recreándose con los dedos en sus
muslos y acariciando delicadamente los rizos dorados que cobijaban su piel más sensible. Anna casi
se queda sin respiración cuando vio a Dominic con las manos sobre la parte frontal de sus abultados
pantalones y los ojos medio cerrados.

Anna no fue capaz de ahogar un pequeño grito en el momento en que Frankie empezó a deslizar la
uña de un lado a otro de la acanaladura de su sexo. Esta caricia, tensa y suave a la vez, era
insoportable y frustraba sus expectativas.

—¡Por favor, oh, por favor!

Anna movía la cabeza de un lado a otro y pedía con voz ahogada que Frankie le concediera la
liberación de su pasión que tan cerca tenía y que estaba en sus manos.

Francine le dio un beso profundo al tiempo que sus dedos infalibles descubrían el botón secreto de
Anna que pedía a gritos su caricia. Anna dio un golpe de caderas para entrar en contacto con toda
la mano de Francine y abrió las piernas al máximo con el fin de conseguir más placer. La voz
vibrante de pasión de Dominic parecía venir de muy lejos.

—Sí, chérie, hazlo… Mira cómo se estremece su sexo, ¡cómo le gusta! Prepáramela…

La combinación de estas explícitas palabras de Dominic con la sabia caricia de Frankie llevó a Anna
al límite. Todos sus músculos se sacudieron, su cuerpo entero estaba centrado en aquel pequeño
centro de placer que Frankie había estimulado hasta el punto más álgido.

Anna levantó los brazos por detrás de su cabeza y cogió la de Francine para llenarle la cara de besos
cariñosos llenos de agradecimiento.

Cuando finalmente aquel tumulto de sensaciones empezó a desvanecerse, Anna volvió la cabeza
hacia Dominic que se había desnudado y estaba arrodillado entre sus piernas. Su poderoso pene
endurecido estaba situado a la entrada de su cuerpo.

Era como si estuviera esperando a que ella se diera cuenta de su presencia, que le invitara a pasar.
Francine se inclinó y puso las palmas de las manos en la parte interior de los muslos de Anna. Le
separó las piernas y presentó su excitado sexo a Dominic, situándola como a él más le convenía.

Anna retiró los brazos del cuello de Francine y abrazó a Dominic que, sin dejar de mirarla fijamente,
se hundió despacio en su interior. El ángulo de su cuerpo era tal que la penetración alcanzaba la
máxima profundidad, y cuando chocó con el cuello de su matriz, Anna lanzó un breve quejido de
dolor.

—Calla —dijo él dulcemente tratando de tranquilizarla, mientras acariciaba con los dedos los
puntos más sensibles de su cuello y de su pecho.

Se inclinó para unir su boca a la de ella. La dureza de sus labios contrastaba de un modo excitante
con los suaves besos de Frankie. A Anna le caían las lágrimas cuando él comenzó a moverse
lentamente dentro y fuera de su cuerpo, luego se detuvo.

—¿Te hago daño, chérie? —dijo dulcemente.


Anna negó con la cabeza y sonrió entre lágrimas, incapaz de traducir en palabras la fuerza de la
emoción que estaba experimentando. Sentía un amor tan profundo hacia las dos personas que
tanto placer le proporcionaban que no podía explicarlo.

No necesitaba hablar. La mirada de Dominic le indicaba que él sabía lo que ella estaba sintiendo.
Jamás la había mirado así. Sus ojos desprendían tanto amor que esta emoción no hacía más que
añadir una dimensión más profunda y agradable al hecho de estar haciendo el amor.

La apretaba contra él, y Anna le insinuó que necesitaba que acabara pronto su embestida. Francine
se curvó contra la espalda de Anna y rodó con ellos hacia la cumbre del placer. Cuando la primera
semilla empezó a explotar fuera del cuerpo de Dominic, Frankie cogió a Anna de la barbilla y le
volvió la cabeza hacia ella para besarla.

Esta vez Anna le devolvió el beso, le devolvió su pasión al mismo tiempo que su matriz se contraía
acompañando a Dominic en sus movimientos, y las tres cabezas se unieron: bocas, sienes, mejillas,
acariciándose entre sí y ascendiendo a la vez al nivel en que la sensación física lo es todo.
Capítulo Nueve

POR UNOS MINUTOS permanecieron inmóviles. Fue Francine la primera en moverse, aunque con
cierta dificultad. Bajó del sofá y desapareció por la puerta. Anna miró a Dominic sin decir palabra.

Dominic la besó con tanta ternura que nuevas lágrimas brotaron de sus ojos. Dominic, que las vio
brillar en sus pestañas, se las secó con el pulgar.

—Todo va bien, todo va bien —susurró sin dejar de mirarla fijamente.

Anna asintió con la cabeza e intentó sonreír. Dominic, satisfecho con su respuesta, le devolvió la
sonrisa.

—Ven. Frankie ha ido a ducharse. ¿Te apetece hacer lo mismo?

Anna pensó que era lo que más le apetecía, y agradecida cogió la mano que Dominic le tendía. Aún
desnudos, subieron juntos por las escaleras. Francine estaba ya disfrutando bajo el chorro de agua
caliente y Anna esperó un buen rato hasta que Francine acabó y pudo entrar. A través del cristal de
la mampara Anna vio que Frankie y Dominic se abrazaban. Se separaron cuando Frankie salió del
baño. Entonces Dominic entró en la ducha y Anna le sonrió.

Era maravilloso estar bajo la cascada de agua caliente y dejarse enjabonar. Dominic empezó a
frotarla hasta conseguir que una espuma cremosa cubriera todo su cuerpo, especialmente sus
pechos y el entonces dormido sexo. Pero asimismo acarició con denuedo con las manos jabonosas
la acanaladura que se abría entre sus nalgas.

Al sentir las caricias de sus dedos en la entrada prohibida de su cuerpo, Anna apretó las nalgas para
rechazar instintivamente esta intimidad. A pesar de tenerlo a sus espaldas, resbaladizas a causa del
jabón, supo que en sus labios se dibujaba una sonrisa, así que, entonces dobló el cuello hacia atrás
para que él pudiera acariciar con su boca el área erógena de detrás de la oreja.

Al sentir los labios de Dominic recorriendo su cuello y las manos varoniles apretando sus pechos
mojados, Anna sintió de nuevo el estremecimiento del deseo, así que, cuando Dominic la soltó,
suspiró en señal de protesta.

—Frankie debe estar esperándonos —dijo Dominic, con una mueca de disculpa en su cara—. No
podemos volver a dejarla desatendida.

Anna se percató entonces de que Francine le había dado placer de un modo totalmente altruista;
ella no recibió nada a cambio. Seguramente estaría estallando de pasión y Anna sintió un arranque
de simpatía hacia ella. Dominic tenía razón, no podían quedarse en la ducha eternamente. Al
menos no en aquel momento.

Frankie ya estaba vestida y había preparado la mesa del café con exquisitos bocadillos y canapés.
Hasta este momento Anna ni se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.

—¡Oh, Frankie, no has hecho nada más que alimentarnos este fin de semana! —exclamó Anna, al
tiempo que cogía un bocadillo.
—¿Nada más, chérie? —respondió Francine, elevando una de sus cejas perfectamente delineadas.

Anna se sonrojó y Frankie sonrió. Dominic miró a Anna de reojo y se sentó junto a Francine, a la que
rodeó con el brazo y besó en la mejilla.

—Has sido muy paciente, chérie. Quizá después de comer nos sintamos… con más energía.

Los tres se echaron a reír, aunque a Anna le dio la impresión de que Dominic sólo hablaba medio en
broma. Se tranquilizó cuando Frankie sugirió dar un paseo por la ciudad después de comer.

Después de visitar la catedral del lugar y pasear a orillas del río, Dominic insistió en cenar fuera, así
que Frankie les llevó a un pequeño restaurante hindú especializado en platos Balti.

Cuando llegaron a la puerta de casa de Francine, riendo y medio cayéndose, era ya muy tarde.

—Qué divertido. Además la comida ha estado bien, ¿verdad?

Anna asintió con la cabeza y cogió a Francine del brazo para empezar a subir por las escaleras. Pero
entonces Dominic empezó a carraspear, como si quisiera aclararse la voz, y las dos se, volvieron
hacia él al unísono.

—¿Os habéis olvidado de alguien? —preguntó sonriendo irónicamente desde el otro extremo de la
barandilla.

Estaba tan atractivo con su pelo oscuro despeinado sobre la frente y su expresión aniñada, medio
divertida, medio perpleja, que Anna y Francine se miraron y se echaron a reír.

—¡Merde, Nicky, eres increíble! ¿Es que no puedes dormir solo ni una sola noche?

En cuanto comprendió el verdadero significado de las palabras de Francine, a Anna se le pasó la


borrachera de golpe. ¿Acaso Frankie creía que después de lo que había pasado por la tarde en el
salón estaba deseando dormir con ella? No podía negar que aquella experiencia inesperada de
iniciación al lesbianismo le había gustado, ni quería hacerlo. Pero todo era tan nuevo y tan reciente
que aún no había tenido tiempo de pararse a pensar sobre ello.

Frankie la miró con sus bellos ojos al percibir los sentimientos en que se debatía Anna.

—¿Qué opinas, chérie? —preguntó con delicadeza—. ¿Le dejamos que se una a nosotras?

—¡Sí! —exclamó Anna. Pero inmediatamente se mordió el labio avergonzada cuando Francine
enarcó expresivamente las cejas—. Quiero decir… que estaría bien —añadió con una sonrisa.

Frankie la acarició sin que Anna pudiera discernir si lo hacía para tranquilizarla o por deseo. Dominic
subió de dos en dos por las escaleras sonriendo abiertamente.

—No estaríais pensando en serio lo de dejarme fuera, ¿verdad, Frankie? — preguntó cuando las
hubo alcanzado. Por la expresión de su cara, Anna supo que jamás lo hubiera permitido.

Frankie se percató también de su sutileza, se puso de puntillas sobre sus tacones y le besó en la
mejilla.

—¡Naturalmente, mon amour! —dijo con una chispa de malicia en la mirada.


Entonces Dominic le dio un azote juguetón en el culo y ella lanzó un chillido, mientras entraban los
tres juntos en el dormitorio.

Anna se dirigió hacia la ventana y miró al exterior, en realidad trataba de que ni Dominic ni Frankie
descubrieran su creciente excitación. En la oscuridad Anna intuía las sombras de los árboles del
jardín mecidas en brazos de la suave brisa estival. La ventana estaba abierta y el aroma de las flores
inundaba la habitación junto a los frescos perfumes de la noche de un día de verano tan largo y
caluroso como aquél.

Se volvió para contemplar la habitación. Estaba dominada por una cama enorme cubierta con una
colcha blanca de puntillas y llena de cojines y almohadones en uno de los extremos. Dominic se
sacó los zapatos y los calcetines y se puso cómodo en la cabecera de la cama.

Sonrió a Anna, y luego sacó una cubitera y tres copas de la mesita de noche.

—Me he acordado de lo mucho que te gusta el champán y he puesto una botella en la nevera antes
de irnos.

Anna le sonrió con cierto nerviosismo, luego miró a Francine con el rabillo del ojo. Estaba sentada
ante el exquisito tocador situado en una esquina de la habitación cepillándose el cabello. Sus
miradas se encontraron en el espejo, pero Anna apartó la suya enseguida.

Miró de nuevo por la ventana pensando que no podía hacer lo que se esperaba de ella. Antes los
acontecimientos se habían desarrollado de un modo tan espontáneo que no le había dado tiempo
de pensar o de preocuparse de nada. Pero ahora habían subido juntos por las escaleras, era algo
premeditado… Sus pensamientos se vieron interrumpidos al sentir la frialdad de los dedos de
Frankie rozándole la mejilla.

—Relájate, chérie, no tienes por qué asustarte —murmuró con voz ronca.

Anna cerró los ojos y tragó saliva mientras empezaba a sonar una música suave que le penetraba
los sentidos y la tranquilizaba. Frankie le quitó los pasadores del cabello y los dejó caer en la
alfombra, luego empezó a desenredar con los dedos las dos pesadas trenzas de Anna. Después le
cepilló el pelo con movimientos largos y fuertes que le provocaban un hormigueo en el cuero
cabelludo.

Anna seguía contemplando fijamente la oscuridad del jardín, pero no tuvo más remedio que
sucumbir lentamente a la evidencia. Curiosamente, la tranquilizaba que Frankie le cepillara el
cabello, era una experiencia que despertaba su sensualidad de un modo jamás imaginado hasta
entonces.,

Anna entrecerró los ojos y notó sus miembros derritiéndose muy despacio debido al calor del deseo
que despertó en ella la caricia de la mejilla de Frankie contra la sedosa cortina en que su cabellera
se había convertido. Entonces Anna corrió los visillos y los tres quedaron encerrados, confinados en
su mundo particular, un mundo en el que los principios y la moralidad de Anna no tenían cabida.

Anna se volvió lentamente exhalando un prolongado e imperceptible suspiro de rendición.


Francine, sorprendida al ver que era Anna quien tomaba la iniciativa, abrió los ojos y se acercó aún
más. El cepillo resbaló entre sus dedos y cayó al suelo provocando un ruido sordo.
Anna se estremeció cuando unió sus labios a los de Frankie, que, al inclinarse sobre ella, se mostró
cálida y sumisa, y Anna pudo sentir la ligereza del peso de su cuerpo. Aquel arranque de seguridad,
mucho más efectivo que cualquier afrodisíaco, la cogió por sorpresa. Anna separó su boca de la de
Frankie y miró hacia la cama, desde donde Dominic las observaba.

Sus ojos centelleantes le cortaron la respiración. Dominic mantuvo la mirada por encima del borde
de la copa mientras bebía el champán. Estaba serio, sus ojos transparentaban la mansedumbre de
su deseo y Anna se hizo eco de su excitación. Casi de forma inconsciente, apretó la cintura de
Frankie con más fuerza y presionó aún más su cuerpo contra el de ella.

Dominic continuaba en silencio, pero sus ojos fijos en ella la ayudaban a sentirse diferente. Anna lo
miraba orgullosa mientras recorría lentamente con sus manos los costados de Frankie. De pronto lo
único que deseaba era demostrar a Dominic lo lejos que había llegado desde que se habían
conocido.

Un suspiro salió de lo más profundo de la garganta de Francine cuando Anna le acarició un pecho.
La francesa llevaba un vestido ligero de algodón rojo que moldeaba perfectamente su figura y a
primera vista daba la impresión de que no llevaba ropa interior. Anna sintió un arranque de deseo
en la boca del estómago al sentir que el pezón de Francine se estremecía y endurecía al contacto de
su mano.

Anna deseó entonces sentir cómo la piel desnuda de Francine elevaba su temperatura como
respuesta a sus caricias. La otra vez había sido Anna la que había permanecido pasiva en brazos de
Francine, mientras ella despertaba sus sentidos, pero ahora quería más, mucho más. Acariciar,
probar, explorar el cuerpo de Francine del mismo modo que lo había hecho con el de Dominic.
Poseerla.

Anna no se daba cuenta siquiera del crescendo musical que, tras llegar a su punto culminante,
volvía a empezar de nuevo desde una baja intensidad de sonido. Toda su atención se centraba en
desnudar a la sumisa Francine que le sonreía como una gatita.

—Quiero verte desnuda.

Cuando susurró estas palabras, no se reconoció la voz, sonaba como si fuera otra la que hablaba. Al
instante, y para su asombro y placer, Francine deslizó los dedos hacia abajo hasta alcanzar el
dobladillo del vestido y se lo sacó por la cabeza, dejándolo tirado a un lado. Tal como había
sospechado Anna, Francine no llevaba ropa interior.

Al contemplarla desnuda, la boca y la garganta se le secaron de repente. Era como si el tono miel
dorado de la piel de la muchacha tomara prestado el brillo cálido de las lamparillas de las mesitas
de noche. Los botones de color nuez que coronaban sus diminutos pechos apuntaban a Anna
invitándola a que los acariciara.

Anna advirtió que la confianza de la que había hecho gala hasta el momento se desvanecía de
repente debido al pavor impuesto por la grandeza de lo que estaba a punto de hacer. Su mirada, en
cambio, no debía reflejar el pánico que sentía, pues Francine le sonrió y se dispuso a desabrocharle
los botones del vestido, luego la ayudó a despojarse de sus prendas hasta que Anna también estuvo
desnuda a los pies de la cama.
Anna escuchaba de fondo la respiración entrecortada de Dominic, pero seguía sin apartar su mirada
de Francine. Deseaba ser ella la que tomara la iniciativa y dirigiera a su voluntad a la bella mujer
que tenía a tan sólo unos centímetros, quería extraer de Francine hasta la última gota de placer
igual que ella había hecho antes por la tarde en el salón.

Primero levantó la mano y acarició su mejilla. Su piel era cálida e inmaculada, ligeramente húmeda
al tacto. Anna recorrió el óvalo de su cara, desde el nacimiento del pelo hasta su encantadora
barbilla redondeada, admirando cada uno de sus rasgos. Fue entonces cuando advirtió la doble
hilera de espesas pestañas negras que encuadraban sus excepcionales ojos almendrados. Tenía la
nariz pequeña pero recta, la boca grande y generosa mostraba sus cálidos labios, de un rojo natural
excepcional. El cabello, peinado con una sencilla raya en medio, enmarcaba su cara en seda negra
al caer sobre los hombros como si de una brillante cortina oscura se tratara.

Anna recorrió con el dedo la línea de sus labios y entonces Francine sacó la lengua y empezó a
lamérselo. Anna se sobresaltó, pero no apartó la mano, al contrario, miró hipnotizada cómo
Francine chupaba y engullía la punta de su dedo.

Como respuesta a las atenciones de su amiga, Anna sintió un tirón en lo. más profundo de sus
entrañas, de forma que cuando Frankie volvió la cara para lamer la palma de la mano, Anna tuvo
que coger aire y soltarlo en forma de suspiro. Sus dudas se habían desvanecido por completo. Anna
abrazó a Francine precipitadamente, pues tuvo la necesidad imperiosa de disfrutar de la sensación
de su piel desnuda contra la suya y de fundir sus labios en otro beso.

En el transcurso de aquel juego esquivo de lenguas, Anna notó que la de Frankie sabía áspera. Su
sexo volvió a humedecerse sólo de imaginarse la escena que Dominic tendría en aquel momento
ante sus ojos. La atmósfera rebosaba el aroma de la excitación femenina, un perfume dulce y
húmedo que Anna jamás en la vida pensó que podría llegar a excitarla como lo estaba haciendo.

Entonces se separaron jadeantes mientras Anna se preguntaba si el rubor que se veía en las mejillas
de Francine sería el mismo que mostrarían las suyas. Intercambió una mirada con Dominic que
seguía contemplándolas con ojos entreabiertos, aunque sin ninguna intención de unirse a ellas.

Sin decir palabra, se inclinó para llenar de champán un par de copas y se las ofreció a ambas. Anna
bebió con avidez, agradeciendo que el líquido refrescara su boca y su garganta, pero Frankie apenas
si tocó la suya, se la llevó a los labios un instante y luego la depositó sobre la mesita de noche.
Después se encaramó a la cama y dejó que su melena le cayera sobre la espalda, de forma que
rozara las piernas de Dominic.

Anna no podía apartar la vista de los pequeños senos redondeados de Francine que, al ponerse a
cuatro patas, dejó que colgaran libres de su cuerpo. En esta postura ofrecía a Dominic el espléndido
espectáculo de su sexo abierto.

Abandonó esta posición para arrodillarse lentamente y tender los brazos hacia Anna, que entró en
acción sin necesidad de más invitaciones. Asimismo se arrodilló en la cama delante de Frankie, a
escasos centímetros de Dominic, y la tomó entre sus brazos.

Los pezones se besaban, las frentes se presionaban entre sí y los labios y las lenguas se
entrelazaban. Anna le recorría de arriba abajo la espalda con las manos y presionaba los hombros,
palpando la piel suave como la seda de Francine. Anna notó que a su amiga le temblaba el pulso en
el cuello, así que presionó sus labios contra este punto y la obligó a tenderse en la cama a los pies
de Dominic.

Anna recorrió con la mirada la totalidad del cuerpo que tenía tendido boca abajo frente a ella; no
sabía por dónde empezar.

—Mira lo cálida que es su piel, chérie, aquí… —dijo Dominic, y acarició primero la base del cuello de
Francine. Luego añadió—: Aquí —y paseó los dedos por la parte interna de su brazo.

Anna, al inclinarse para acariciar con los labios las áreas que él acababa de indicarle, inspiró el
aroma cálido y húmedo de la piel de Frankie dejándose embriagar por él. La voz de Dominic,
animándola a que acariciase, a que probase, a que abandonase todas sus inhibiciones, era un
murmullo para sus oídos.

Francine seguía sumisa; sólo la miraba y de vez en cuando emitía algún quejido y suspiro que se
escapaba entre sus labios.

—Chúpale los pezones, Anna, pásales la lengua

Anna obedeció. Jugó con una de las puntas marrones, mientras lamía y mordisqueaba suavemente
la otra. Desde el primer momento se había preguntado qué debía sentir Dominic cuando hacían el
amor, ahora ella tenía la oportunidad de sentir y probar el cuerpo de una mujer. A pesar de que el
hombre que compartía la cama con ellas no dejaba de mirarla, Anna no se sentía dirigida, al
contrario, agradecía sus sugerencias.

Dominic le acarició el pelo cuando abandonó los pechos de Frankie y empezó a lamer las saladas
gotas de sudor que se reunían entre ellos. Se incorporó y dejó vagar su mirada por el cuerpo de la
francesa, para consumir las formas armoniosas de sus pechos y de las caderas que tan
agradablemente se abrían a partir de la estrechez de su cintura.

—Gírate —susurró Anna con voz ronca.

Francine temblorosa obedeció. Se le erizó el vello al sentir los dedos de Anna recorriendo su
columna vertebral en toda su longitud, desde la nuca hasta el coxis. Sin ninguna prisa; se recreó en
el tierno hoyuelo que tenía en la base y admiró la suavidad de la piel de Francine, de un tono miel
dorado envidiable.

La cálida luz de la lamparilla iluminaba la ligera inclinación al final de su espalda que Anna masajeó
dando suaves golpecitos con las puntas de los dedos, provocando con ello que esta zona del cuerpo
de Francine se levantara en busca de su caricia. Tentada por la profunda oscuridad de la carne más
secreta que moraba entre sus muslos, Anna recorrió en sentido descendente toda la longitud de su
columna con los dedos y los labios.

Se embriagó con la fragancia dulce y afrutada de la excitación femenina. Frankie se estremeció


cuando Anna resiguió con las manos, como si estuviera esculpiéndolas, la forma de sus nalgas y las
separó ligeramente. La prohibida boca inferior parecía encogerse de vergüenza al verse expuesta,
pero entonces, impulsivamente, Anna la rodeó con el dedo, fascinada ante las convulsiones de los
esfínteres.

—¿Te das cuenta del efecto que tienes sobre ella? —dijo Dominic que en este momento acariciaba
con su lengua la oreja de Anna mientras ella seguía manteniendo toda su atención en la carne
tentadora situada más abajo de las nalgas de Frankie, cuyas profundidades femeninas, húmedas y
rojizas, se intuían bajo la cálida protección del vello púbico.

Anna utilizó los pulgares con delicadeza para separar los labios de la vulva y dejar al descubierto
todo su calor y humedad. Las puntas de sus dedos se hundieron en la humedecida carne igual que
lo hubieran hecho en un melocotón maduro. Un flujo claro y resbaladizo cubrió sus dedos.

—¿Está caliente, chérie? ¿Se abre para ti?

Anna murmuró una respuesta incoherente.

—Oh, sí —suspiró—. ¡Oh, si, sí! —dijo, y sus dedos empezaron a recorrer instintivamente los
húmedos y resbaladizos pliegues de carne situados a los lados de los labios menores de Frankie,
para abrirse camino entre su carne suave y húmeda. Francine se movió ligeramente, para presionar
su pelvis contra las piernas de Dominic, a fin de que éste pudiera contemplar bien su vulva.

Anna sonrió al adivinar lo que Francine estaba intentando hacer. Entonces su clítoris apareció como
un capullo rojo y henchido que incitaba a que lo acariciaran. Anna lo rodeó ligeramente y deslizó
luego una mano por debajo del cuerpo de Frankie para masajear el monte de Venus con la palma y
así aplicar una presión indirecta en el punto central del placer.

Francine emitió un profundo suspiro. Anna, que sabía lo deliciosamente frustrante que esta caricia
podía llegar a ser, la prolongó hasta que no pudo aguantar más e hizo regresar los dedos a la carne
más sensible. El sexo de Frankie estaba abierto como una flor al sol. Fascinada por las formas
intrincadas de sus rincones más femeninos, Anna se tomó todo el tiempo necesario para tocar y
explorar.

El hecho de que sus caricias hicieran manar del cuerpo de su amiga gran cantidad de flujos provocó
en Anna una sensación que jamás había experimentado anteriormente. Era como hacerse el amor a
sí misma, pues se reconocía en cada suspiro y estremecimiento de Frankie. Su conocimiento del
cuerpo femenino la ayudaba a saber cuándo tenía que aplicar más presión y cuándo no, en qué
momento acariciar con delicadeza los pliegues o frotarlos con más fuerza.

Anna apenas se daba cuenta de que Dominic estaba masajeándole el cuello y los hombros y de que
con la mano en la nuca estaba obligándola a meter la cabeza aún más. Sabía muy bien lo que él
deseaba que hiciera, pero una parte de ella se rebelaba; tendría que esperar hasta que estuviera
dispuesta a obedecer.

A Frankie, que movía la cabeza de un lado a otro, casi delirando, le caía el pelo mojado sobre la
frente.

—Ah, es estupendo, Anna, tan estupendo… Por favor… oh, ¡no pares! —suplicaba con voz
entrecortada—. ¡Por favor, no pares!

Anna no tenía ninguna intención de hacerlo, desde luego no en este momento. Tendió la mano
para coger uno de los almohadones que Dominic tenía a su lado y lo puso debajo del vientre de
Francine, para levantarla. Anna se pasó la lengua por los labios con nerviosismo y notó el sabor
salado de su labio superior. Era consciente de lo acalorada y excitada que estaba.

Despacio, tan despacio que daba la impresión de que tanto Francine como Dominic estuvieran
aguantando la respiración como si fueran una misma persona, Anna bajó la cabeza y la enterró en
los pliegues húmedos y olorosos del sexo de Francine. El sabor era inesperadamente dulce y sus
fluidos femeninos inundaron su lengua como si fueran miel caliente. Se sentía muy cómoda
recogiendo las profundidades resbaladizas de Francine con la punta de su lengua; primero dio
vueltas al duro botón de su clítoris y luego lo presionó con toda la lengua. Anna pensó, por la forma
insinuante en que palpitaba contra su lengua, que Francine estaba a punto de alcanzar su crisis, así
que, como no quería que llegara al clímax todavía, levantó la cabeza y separó los labios de su vulva
para contemplar fascinada las capas de carne excitada.

Presionó ligeramente con los pulgares en el interior caliente del orificio de su vagina, a fin de
mantenerla abierta y poder contemplar la zona rosa oscura de su acanaladura. Introdujo todo el
dedo con delicadeza, pero ejerciendo una cierta presión, y disfrutó de la sensación de sentir cómo
los músculos vaginales de Francine presionaban su dedo explorador.

Por lo tanto sería así cómo debía sentirse el pene de un hombre cuando penetraba el cuerpo de
una mujer. Encerrado, protegido, amado…

Retiró el dedo lentamente y untó con el líquido el ano de Frankie, para lubrificar la abertura, tensa
y arrugada, que se contraía convulsivamente ante su mirada. Entonces Anna, llevada por su
instinto, hundió la cabeza y empezó a lamer con firmeza el recorrido entre la vagina y el ano. La piel
era más áspera, menos dulce y más picante en esta zona. Pasar la lengua del ano a la vagina, una y
otra vez, era como estar saboreando una especialidad agridulce. Le habría gustado prolongar la
sensación por más tiempo, pero los jadeos de Frankie eran cada vez más acelerados y supo que
debía liberarla después de tan larga espera.

Estaba tan mojada que, cuando Anna lamió el camino de regreso hacia el excitado clítoris, los flujos
rezumaron por sus labios. El botón secreto de Frankie apareció erguido incitando la caricia de su
lengua. Anna supo enseguida qué le daría más placer, así que empezó a pasar su lengua muy de
prisa, de arriba abajo, por la carne palpitante de Frankie hasta conseguir que del diminuto capullo
surgiera el primer espasmo orgásmico.

Entonces ejerció una presión firme con la lengua sobre el clítoris y permaneció así estoicamente
hasta que Francine lanzó un grito de placer y empezó a mover las nalgas contra la cara de Anna. Al
alcanzar las vibraciones más fuertes e inequívocas, Anna golpeó el clítoris de Frankie con la lengua y
después lo aprisionó entre sus labios para chuparlo con fuerza y exprimirlo hasta la última gota de
sus sensaciones. Fue entonces cuando Francine empezó a gritar y le suplicó que parara.

Anna se resistía a soltar aquel botón de carne resignada que sentía en su lengua. Levantó la cabeza
y sus ojos, brillantes por el triunfo conseguido, se toparon con la mirada de Dominic que la hizo
estremecer.

Por su expresión adivinó que se sentía orgulloso de ella. Fue entonces cuando se levantó y desnudo
del todo, se inclinó sobre ella y cogiendo la cara de Anna entre sus manos la besó en la boca con
fuerza. Ella se derritió. Agotada cómo estaba por el esfuerzo, no opuso resistencia cuando Dominic
le puso los cojines en la espalda y colocó las piernas de Anna alrededor de sus rodillas. Feliz de que
estuviera posicionándola a su conveniencia, Anna notó que el aire fresco de la noche le estampaba
un cálido beso en sus partes más íntimas, cuando él le separó las rodillas.

Frankie permanecía sentada mirando con atención el espectáculo que Anna estaba ofreciendo a
Dominic de forma tan licenciosa. Anna, consciente de que era objeto de la mirada de ambos, se
estremeció y notó que los labios de su vagina se inundaban de nuevo y los flujos resbalaban
viscosamente desde su perineo hasta su ano.

Por un momento Dominic y Frankie se miraron. Era una mirada tan cargada de intenciones que
Anna advirtió que se le hacia un nudo en el estómago debido a su excitación. No se percató de lo
que estaban maquinando hasta que Francine cambió de posición y se arrodilló entre sus muslos.

Cuando se puso detrás de Frankie, la punta circuncidada del tallo enfurecido de Dominic rezumaba
una gota de líquido. Anna se pasó la lengua por los labios, deseosa de tenerla en la boca. Sin
embargo, era inútil perder el tiempo pensando en ello, pues sabía que aquella noche el bellísimo
pene de Dominic no era para ella. Al menos de momento.

Se estremeció al sentir la primera caricia de la lengua de Frankie en la sensible piel de su perineo,


pero fue incapaz de apartar su mirada de Dominic que la observaba atentamente y fiscalizaba todas
sus reacciones disfrutando viéndola disfrutar.

Cuando Anna vio que se colocaba ante el trasero levantado de Frankie, advirtió cómo la excitación
crecía en sus entrañas. Sin perder contacto visual con Anna, Dominic penetró en el cuerpo húmedo
y caliente de Frankie y un sonoro suspiro de éxtasis se escapó de entre sus labios.

—¡Oh, Anna, si pudieras sentir lo que ahora siento! —murmuró precipitadamente—. Está tan
caliente, tan resbaladiza…

Anna jadeó al sentir la lengua de Frankie que se movía acompañada de las palabras sedosamente
seductoras de Dominic. Un ligero sentimiento de humillación se cernió sobre ella al advertir cómo
estaban manipulando su respuesta sexual. De todos modos, y a pesar de estar tan excitada, sabía
que la vergüenza que sentía era una cualidad más.

—¿Verdad que es bonita, chérie? —preguntó Dominic a Francine, enredando los dedos en su
cabello oscuro y sedoso y tirando suavemente de él para obligarla a levantar la cabeza.

Ella miró a Anna con los ojos vidriosos de lujuria. Los fluidos de Anna le brillaban en la barbilla y en
los labios, sacó la lengua y los chupó con fruición. Era un acto tan obsceno, tan tremendamente
indecente, que hizo que Anna sintiera la primera punzada de orgasmo.

Tenía la boca y la garganta secas y seguía contemplando a Frankie, observando su esbelto cuerpo
apaleado por el ritmo acelerado de las embestidas de Dominic. De pronto la francesa echó la
cabeza hacia atrás y gritó en el mismo instante en que Dominic lanzaba otro grito estrangulado y
apretaba las caderas de la mujer contra su cuerpo.

La visión del orgasmo simultáneo provocó que Anna alcanzara su crisis sin que nadie la tocara.
Gimió al sentir liberada su pasión y después se incorporó para sentarse. Rodeó a Frankie con los
brazos y alcanzó con los dedos la pared sólida y caliente que era el pecho de Dominic. Los tres
cayeron a la vez como si fueran un solo cuerpo, Anna de espaldas, Francine sobre ella y Dominic,
enterrado aún en el cuerpo de la francesa, encima de ésta.

Eran un entresijo de miembros, sudores y fluidos sexuales. Intentaban coger aire para recuperarse
hasta que finalmente Anna empezó a notar el peso de los dos cuerpos sobre el suyo y tuvo que
cambiar de posición. Se sentía agotada.
Dominic se apartó de Francine para estrechar el cuerpo limpio de Anna contra el suyo e inundarle la
cara de besos mientras murmuraba a su oído palabras de amor y admiración. Mientras tanto
Frankie se acomodó junto a Anna y se quedó dormida al instante, con la cabeza apoyada en su
hombro.

Anna se tendió en la oscuridad con los ojos abiertos escuchando el profundo respirar de Frankie por
un espacio de tiempo que le pareció una eternidad. Dominic acariciaba su cabello, sus pechos,
recorría la superficie limitada entre el vientre y los muslos, para tranquilizarla y lograr que su pulso
volviera a recuperar la normalidad.

Era incapaz de recordar otra ocasión en que se hubiera sentido tan feliz, tan completa. Se felicitó
por esta sensación y finalmente se quedó dormida.
Capítulo Diez

FUE TRISTE TENER que irse a la mañana siguiente.

¿De verdad que debéis marcharos, Nicky? ¿No podéis quedaros hasta el domingo, cuando vuelvas a
casa?

Dominic atrajo a Francine hacia sí y le dio un beso en la parte superior de la cabeza.

—Me encantaría, chérie, pero prometí a Alan que no me perdería la conferencia de esta tarde. De
todos modos vendrás pronto a verme, ¿verdad?

Frankie hizo una mueca graciosa, de niña disgustada, pero su respuesta sonó con un tono de lo más
filosófico.

—Sí, muy pronto. ¿Y tú, Anna? ¿Vendrás conmigo al chateau?

Anna se sonrojó al tener que enfrentarse a los dos pares de ojos que la miraban expectantes.
Consciente de que no había sido Dominic quien había hecho la pregunta, no podía interpretar las
palabras de Frankie como una invitación. Dominic, sin embargo, parecía esperar más ansioso su
respuesta que la propia Francine.

—Bueno, yo… ¡te has olvidado de mi marido, Frankie!. —dijo sonriendo.

Frankie soltó un resoplido.

—Mais non, ma chére, ¡eres tú la que deberías olvidar a ese marido que tienes!

Dominic rodeó a Anna con su brazo.

—Te has pasado de la raya, Francine —dijo en tono sosegado.

—No, por favor —interrumpió Anna enseguida—, no me siento ofendida, Dominic. Yo… Bueno,
supongo que aún no he tenido tiempo para pensar qué voy a hacer con Paul… —La frase fue
desvaneciéndose poco a poco, y Anna acabó mordiéndose el labio, con un sentimiento de
incertidumbre.

—Tú decides, Anna. Y si lo que deseas es venir a mi casa, serás siempre bienvenida —dijo él.

Anna notó que sus mejillas ardían de placer ante el enorme cumplido que acababa de hacerle
Dominic. Francine sonrió tratando de darle ánimos.

—Dominic tiene razón, no debería haberte hablado así. Pero, pase lo que pase, Anna, tú y yo vamos
a ser siempre amigas, ¿no?

Anna dio un paso hacia adelante y la besó en la mejilla.

—Siempre —susurró con fervor.


Anna permaneció en silencio durante el viaje. La sorprendente invitación de Dominic la había
dejado conmocionada. Más que eso, había logrado que se diera cuenta de que había más caminos
abiertos ante sí que no fueran el de salvar su maltrecho matrimonio. No es que tuviera que escoger
entre el uno o el otro. Sencillamente, podía decidir seguir su propio camino.

Pasar de pensar que sólo había una salida, a darse cuenta de que tenía ante sí un amplio abanico de
posibilidades, era un paso hacia adelante enorme a nivel mental. ¡No tenía por qué seguir dándole
vueltas a la cabeza!

Una vez en casa, Anna preparó la comida antes de que Dominic se marchara a la universidad. Se
sentía algo culpable por el hecho de quedarse simulando estar enferma cuando en realidad no lo
estaba, así que se puso a hacer limpieza para no pensar en ello. Sin embargo, la conocida rutina del
ama de casa, más que tranquilizarla, la irritó, de manera que hizo lo imprescindible lo más rápido
posible y no se dedicó a limpiar a fondo.

Cuando eran las cuatro de la tarde, subió arriba para darse un baño. La sensación de sumergirse a
media tarde en una bañera llena de fragantes burbujas era algo deliciosamente decadente. Cerró
los ojos y se imaginó a Dominic dando la conferencia en el auditorio.

¿Pensaría en ella durante su disertación o bien estaría distraído por las docenas de miradas
cautivadoras de las estudiantes femeninas? Sonrió y empezó a enjabonarse. No importaba lo que
ahora estuviera haciendo, lo que si importaba era que en un par de horas estaría de vuelta para
estar con ella.

Aquella semana había sido una especie de paréntesis en el tiempo, una experiencia casi surrealista
que nada tenía que ver con su vida cotidiana. Cuando Dominic regresara a Francia el domingo,
¿volvería a ser la de antes?

Frunció el entrecejo al pensar en lo inminente de su partida. Pasara lo que pasara, siempre tendría
en mente aquel corto período de tiempo transcurrido en su compañía: la semana escasa con
Dominic que la había hecho descubrirse más a sí misma y a su propia sexualidad que sus cinco años
de matrimonio con Paul.

Como gratificación, se estiró en la bañera y cerró de nuevo los ojos. El agua caliente acariciaba su
cuerpo y la sumía en un estado semifetal asombrosamente reconfortante. Dejó que sus
pensamientos discurrieran libremente y sonrió al recordar su experiencia con Francine.

Anna estaba segura de que había ligado con Francine la noche en que se conocieron, cuando
asistieron a la actuación de Fleuris en aquel extraño lugar. Pensar que había llegado al orgasmo
junto a Frankie a manos del mismo hombre, y que ella ni se había dado cuenta…

Volvió a pensar en Fleuris, en lo bien que bailaba. Recordó haberse prometido bailar algún día del
mismo modo ante Dominic, y sonrió otra vez. Iba a sorprenderle esta noche cuando volviera a casa.

Una vez que lo había decidido, no podía quedarse quieta en la bañera haciendo planes. Salió del
baño, se enrolló una toalla y fue directamente al dormitorio. Cuando estuvo seca, tiró la toalla y
examinó su aspecto en los espejos del armario.

Sonrió al recordar que tan sólo una semana antes había hecho exactamente lo mismo a hurtadillas,
cómo si mirarse fuera algo prohibido! Se echó a reír abiertamente al darse cuenta de lo confiada
que se sentía. Hacer el amor con Dominic la había liberado de un modo que ella jamás hubiera
podido imaginar.

Podían ser cábalas suyas, pero estaba segura de que incluso su aspecto era distinto. Su piel
rebosaba salud y su mirada había recuperado la chispa. Admitió satisfecha que se la veía una mujer
realizada, en el más amplio sentido de la palabra.

Dejó que su melena cayera libremente sobre sus hombros, maravillada de haber llegado a pensar
que era una mujer vulgar. La mujer de sonrisa seductora reflejada en el espejo era bonita y estaba
segura de su sensualidad, algo que la chica tímida de unos días atrás nunca habría esperado poder
llegar a ser.

No necesitaba música para bailar, la tenía en la cabeza. Empezó a mover las caderas de un lado a
otro, así como la cabeza, de manera que su largo y sedoso cabello le acariciara los pechos y los
pezones. La ligera estimulación hizo que adquirieran firmeza. Se levantó los pechos con las manos y
presionó las puntas entre el pulgar y el índice.

Sin dejar de pensar en lo que más podría gustarle a Dominic, siguió dando vueltas y contoneándose,
sin dejar de mirarse en el espejo con el fin de evaluar las mejores posturas. Al cabo de media hora
se derrumbó en la cama. Su piel había adquirido un tono rosado y estaba sudorosa. ¡Nunca hubiera
imaginado que bailar como lo hizo Fleuris pudiera llegar a ser tan agotador!

Levantó los brazos sobre la cabeza y se imaginó el placer que daría a Dominic y los consecuentes
resultados de su excitación. El mero hecho de pensar que estaba entre sus brazos, hizo que el
deseo ascendiera por su vientre, pero se levantó como un rayo ignorando su incipiente excitación.
Se reservaba para él.

Entre su ropa encontró un liguero que le había comprado su hermana Leigh antes de la boda.

—Jamás me he tropezado con un hombre incapaz de sucumbir ante unas medias negras y un
liguero —le dijo su hermana en aquella ocasión.

Anna pronto descubrió que Paul era la excepción a la regla. Se le ensombreció el semblante al
recordar la vez que intentó tentarlo con el regalo de Leigh y él la llamó fulana y puta.

Bueno, se dijo acariciando la fina telaraña que tenía entre los dedos, ¡a Dominic no le importará
que haga de puta cuando esté con él!

El liguero se ceñía perfectamente en su cintura, de forma que los dorados rizos de su pubis
quedaban enmarcados por la prenda. Leigh le había regalado asimismo tres pares de medias negras
como el carbón. En el fondo del cajón aún quedaban dos paquetes por abrir y Anna cogió uno de
ellos. Las medias se deslizaron con facilidad y sus piernas quedaron cubiertas con el finísimo tejido.

Se imaginó cuánto disfrutaría Dominic con lo que le tenía preparado. Tenía que conseguir meter sus
pechos en el sujetador negro de aros que había permanecido durante años en el fondo del cajón de
su armario. Jamás había logrado ponérselo bien del todo y, al contemplar su reflejo en el espejo,
entendió perfectamente por qué.

Los pechos sobresalían por encima del encaje, eran como dos esferas de carne cremosas cuya
abundancia podía tentar a cualquiera. Reconoció, sin decir nada, que quizá nunca había
abandonado del todo su propia sexualidad. La esperanza quedaba representada por aquel sensual
sujetador negro guardado en el fondo del cajón.

Se calzó los zapatos de tacón más altos que tenía y cubrió la imagen de su cuerpo lascivo con un
vestido negro inclasificable que solía lucir cuando acompañaba a Paul en sus compromisos sociales.
Antes de bajar, manteniendo el secreto con una alegría casi infantil, se recogió el pelo en lo alto de
la cabeza en un moño flojo y se maquilló.

Cuando, a eso de las seis y media, llegó Dominic, la saludó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Te pensabas que no volvería nunca, chérie? —preguntó medio en broma cuando ella se levantó.

—Me habría sorprendido mucho —replicó ella, caminando confiada hacia él y tirándole de la
corbata para acercarlo a ella.

A Dominic no pareció sorprenderle su apasionado beso de bienvenida. La rodeó con sus brazos y la
apretó contra su cuerpo. Anna se apartó en cuanto notó lo excitado que estaba.

—He pensado que podríamos salir a cenar fuera —dijo Anna, escondiendo una sonrisa al advertir
que era incapaz de ocultar la expresión de desazón en su mirada. Era evidente que Dominic había
pensado pasar la velada de forma muy distinta.

No protestó, era un caballero, y subió rápidamente a refrescarse y a cambiarse de ropa. En menos


de una hora estaban sentados a la mesa que ella había reservado previamente en un pequeño
restaurante italiano cerca de su casa.

Cenaron pasta fresca y jamón a la crema con salsa de champiñones. Anna se pasó todo el rato
jugueteando con los pies bajo el mantel, consciente; por la mirada centelleante de Dominic, de que
sus caricias estaban teniendo éxito. El tenía las pupilas dilatadas y se hallaba perplejo, a la vez que
intrigado al no ser capaz de desvelar lo que Anna se llevaba entre manos.

Ella se divertía manteniendo el control de la situación. Sin dejar en ningún momento de ser
consciente de la semidesnudez de su cuerpo bajó su respetable vestido, Anna se moría de ganas de
ver la cara de Dominic cuando le descubriera su secreto. Se humedeció la garganta con vino blanco
y se sacó un zapato para poner el pie entre las piernas de su acompañante, bajo la protección del
exquisito mantel de algodón.

Dominic casi se traga el vino de golpe al notar el pie de Anna jugueteando con su erección, pero su
mirada, más que censurarla, era de divertimiento, y animó a Anna a proseguir con sus andanzas. De
todos modos estimularlo bajo la mesa era realmente incómodo para ella y los músculos de sus
pantorrillas empezaron a quejarse. Entonces emitió un suspiro y llevó el pie a la parte interna de la
pierna de Dominic.

Esperó, y cuando empezaron a comer la suave crema de chocolate que les sirvieron de postre, se
inclinó hacia él y le susurró mirándole fijamente a la cara:

—No llevo bragas.

Dominic era incapaz de disimular su sorpresa y el calor sonrosado de su piel provocado por la súbita
calentura.

—Volvamos —dijo él con voz ronca cuando se hubo recuperado.


Anna sonrió muy tranquila.

—Me gustaría tomar café, ¿a ti no? —preguntó con inocencia mirando al camarero.

Dominic esperó, y cuando el joven camarero se alejó de la mesa, dijo en voz baja:

—Esta noche me estás tomando el pelo, ¿no, Anna?

Ella sonrió de nuevo. Dominic cogió su mano y la volvió boca arriba, de modo que los nudillos
tocaran la mesa. Entonces, con la mirada fija en ella y repasándole con el dedo las líneas de la
mano, murmuró:

—Ve con cuidado, chérie…, estás jugando con fuego ¿Acaso tienes ganas de quemarte? Anna sintió
un hormigueo en la boca de su estómago y, satisfecha, sonrió. Luego instintivamente cerró la palma
de su mano alrededor del dedo de Dominic.

La llegada del camarero con el café rompió la tensión. Anna bebió el brebaje negro sin llegar a
saborearlo; todos sus sentidos se centraban en Dominic. Su interior ardía como el carbón
encendido al imaginar que él entonces estaría tratando de adivinar el licencioso conjunto de ropa
interior que llevaba bajo el respetable vestido negro.

Sintió un amago de palpitación en su entrepierna al imaginar la reacción de Dominic cuando ella se


sacara el vestido y viera lo que llevaba debajo. Ahora era Anna la que no podía esperar más y
deseaba marcharse.

Volvieron andando a casa, sin decir palabra ni advertir la belleza de la noche estrellada. Una vez
dentro, Dominic de buena gana la hubiera cogido entre sus brazos en el recibidor y poseído allí
mismo, sobre la Axminster(1), pero Anna de momento seguía controlando la situación. Evitó el
abrazo y se dirigió al salón. Al llegar a la puerta lo miró por encima del hombro como queriendo
decir «sígueme».

Anna sentó a Dominic en el sofá con determinación y le sirvió una enorme copa de coñac. El estaba
totalmente perplejo. Ella lo había preparado todo mientras él estaba en la universidad, sin embargo
se demoró ahora encendiendo las lámparas que había colocado estratégicamente por toda la
habitación.

En el equipo sonaba un popurrí funky que Anna había preparado para que en ningún momento le
faltara la música mientras bailaba para Dominic. Anna, situada frente a él, en el lugar del escenario
que había considerado el mejor, estaba muy nerviosa. Dominic observaba cada uno de sus
movimientos con los ojos entrecerrados, su excitación se palpaba en el aire.

Cuando la música se hizo más fuerte e inflexible, a Anna le subió la adrenalina. Miró a Dominic
entornando los ojos y comenzó a bailar. Primero, con cierta timidez, pero luego fue cogiendo
confianza al ver que él la animaba y contemplaba sonriente los movimientos de su cuerpo al
compás de la música.

1. Alfombra de nudos, hecha a máquina, [pica de esta localidad británica. (N. del T.)
Al cabo de unos minutos ya se había dejado ir completamente, bailaba al ritmo de la música y casi
había olvidado que tenía un espectador. Por un momento el complacer a Dominic era algo
accesorio. Anna estaba embriagada por el ritmo de la música.

Tenía calor, el vestido se pegaba a su piel. Se inclinó un poco y fue enrollando el vestido con los
dedos hasta que, sin perder el ritmo ni por un instante, se lo pasó por la cabeza y lo dejó tirado a un
lado, en el suelo.

El profundo suspiro que lanzó Dominic para tomar aire fue lo que le hizo recordar su presencia.
Entonces se volvió hacia él. Ralentizó los movimientos y empezó a dar vueltas y a contonearse para
que él pudiera admirar desde todos sus ángulos su cuerpo parcialmente desnudo. Dominic
murmuró algo en francés que ella no pudo entender, aunque era fácil de interpretar dada la
expresión de su cara.

Se alejó rápidamente de la mano que Dominic tendía hacia ella y se echó a reír con cierta burla. Al
doblar la cintura sus pechos desbordaron las incómodas limitaciones del sujetador y asomaron sus
tentadores pezones rosados y firmes. Por fin, notando que le empezaba a faltar el aire, empezó a
moverse más despacio y de forma provocativa ante él.

Dominic abandonó el sofá y se arrodilló sobre la alfombra delante de ella, para recorrer con sus
manos las piernas de Anna. Tenía la cara enfrente mismo de la cálida piel de su pubis, y Anna, al
bajar la cabeza y ver el cabello oscuro de Dominic, sintió un impulso de energía repentino y
embriagador. Estaba arrodillado ante ella adorándola, manoseando la carne caliente de sus nalgas,
con la boca tan cerca del vértice de sus muslos que Anna notaba su aliento sobre el vello dorado.

Ella enredó los dedos entre la espesa cabellera de Dominic, necesitaba que hundiera la cara en lo
más profundo de su sexo. Cuando notó la primera caricia de los labios de él en su piel más tierna, se
echó a temblar. La sensación de energía y fortaleza que sentía anteriormente iba siendo sustituida
por una de debilidad muy peculiar, era una especie de letargo que hacía que hasta se le doblaran
las rodillas.

Se derrumbó sobre la alfombra y Dominic la abrazó, para ayudarla a levantarse y colocarla en el


sofá junto a él. Anna se tendió sobre su regazo y él le levantó las piernas de manera que los muslos
de Anna se apoyaran en su pecho y las rodillas por encima de sus hombros. La melena se
desparramaba por la alfombra.

Dominic separó los labios mayores de su vulva y recorrió suavemente con los dedos los pliegues
húmedos y resbaladizos de su sexo haciendo que Anna, lenta, muy lentamente, comenzara a notar
un cosquilleo en todas sus terminaciones nerviosas al imaginarse lo que iba a suceder. Sin ninguna
prisa, Dominic apartó, uno a uno, los pétalos de su carne y repasó su piel sensibilizada por los
fluidos surgidos de las profundidades más íntimas de Anna que humedecían y lubrificaban el
camino de entrada.

Pasó una eternidad hasta que él no estuvo satisfecho con su labor, y su boca se acercó; lenta pero
inexorablemente, hacia su objetivo. Anna se estremeció, sus caderas daban vueltas en salvaje
desenfreno, desesperada al sentir el calor de su aliento en su carne.

No la besó. Lo que hizo, en cambio, sorprendiéndola, fue disparar la lengua para lamer tan sólo por
un instante y con gran delicadeza, el botón de carne erecto ante él.
—¡Oh! ¡Oh, Dios…? ¡Por favor, hazlo otra vez! Estas caricias la volvían loca, le hacían cosquillas. La
tocaba tan suavemente, y ella quería que la frotara con fuerza, Dominic movía su lengua de atrás
adelante, cuando ella deseaba que la lamiera alrededor de su clítoris… ¿Sería ésta su manera de
enseñarle que no debía jugar con fuego?

Loca de deseo, Anna empezó a tocarse, a pellizcarse con los dedos y a moverlos en círculo sobre su
carne enfurecida hasta sentir en lo más profundo de su cuerpo el primer latido del orgasmo. La
sensación irradiaba por todas partes, la consumía, y empezó a jadear.

Aparentemente, y hasta aquel momento, Dominic parecía tener bastante con contemplar de cerca
cómo Anna llegaba al clímax y se retorcía de placer. Sin embargo, llegado el momento de máxima
exaltación, apartó las manos de Anna y aplicó sus labios y lengua sobre el capullo tembloroso
donde estaban concentradas todas las sensaciones.

Cuando lo cogió entre los dientes y lo apretó hasta lo insoportable, Anna lanzó un grito de placer y
luego hundió el clítoris contra los dientes de Dominic, deseosa de sentir aquella presión.

La fuerza de la explosión se incrementó aún más y entonces Dominic la penetró con la lengua
rígida, que entraba y salía de su vagina como si de un pene en miniatura se tratara. Después la
retiró para bordear la entrada de su cuerpo, bebiéndola, lamiendo la miel caliente y viscosa que, al
llegar al orgasmo, fluía a borbotones de su interior.

Las sensaciones ascendían en espiral por el cuerpo de Anna. Sin darse cuenta, fue deslizándose por
las piernas de Dominic hasta quedar con la cabeza y los hombros apoyados en el suelo y las piernas
enlazando el cuerpo de su amante.

El bajó las manos para cogerla por las caderas y situarla al borde del sofá. Entonces se hundió en
ella, se enterró en el dulce calor de su cuerpo. Anna estiró los brazos para poder mantener el
equilibrio y dejó que Dominic la doblara hacia atrás de modo que todo el peso descansara sobre sus
hombros. Él se incorporó y la cogió por detrás de las rodillas para sostenerla y, una vez así, se
inclinó sobre su cintura para poder penetrarla más profundamente.

Él tuvo enseguida su crisis, su semilla vital llenó las profundidades de Anna con espasmos rápidos y
agresivos. Fue doblando las rodillas hasta deslizarse fuera de ella a la vez que colocaba
cuidadosamente sus piernas en el suelo. Ella había estado tan concentrada en su propio éxtasis que
no advirtió el entumecimiento de sus músculos. Levantó las rodillas a la altura de la barbilla y las
rodeó con sus brazos apretándolas con fuerza contra su pecho mientras Dominic, colocado tras ella,
la arropaba amorosamente.

Anna sentía en el cuello el calor de su respiración todavía agitada. Una oleada de placer recorrió su
interior, sabía que esta vez había sido ella la causante de que llegaran juntos al orgasmo; ella fue la
que lo había planeado todo, llevado a cabo y concluido de la forma lógica que cabía esperar. Estaba
contenta de saberse poseedora de este poder y de las armas necesarias para seducir y enardecer.

Se tendieron juntos en el suelo del salón, abrazados, y se quedaron dormidos en una nebulosa de
éxtasis y alegría.
El sábado hacía mucho calor, tanto que hasta el suelo de la calle parecía estar sudando. Los árboles
permanecían inmóviles a la espera de un soplo de brisa. Anna sacó las hamacas al jardín para poder
retozar al sol con Dominic y dejó a mano una botella de Pimms fría como el hielo.

—Mañana vuelvo a casa —dijo él de pronto.

Anna abrió los ojos y volvió la cabeza hacia él. Su voz sonaba como si viniera de muy lejos, como si
flotara en un manto de calor. Se le hacía difícil poder hablar, aunque deseaba responder con toda
su alma.

—¿Debes hacerlo?

El dobló el brazo para protegerse los ojos del sol deslumbrante e intentó interpretar la expresión de
la cara de Anna. Estaba fantástico, tendido en la hamaca con la piel desnuda bañada por el brillo
dorado del sol. Anna sintió una comezón en los dedos provocada por las ganas que tenía de
acariciar su negro pelo rizado, brillante como la piel de una foca al sol, pero se resistió al impulso,
pues no quería cambiar de tema.

Dominic la miró largamente. El ambiente de lánguida pereza se había esfumado, ahora la tensión
pendía como de un hilo entre ellos. Dominic bajó los párpados para romper así el contacto.

—Me temo que sí —dijo, y antes de volver a mirarla a los ojos, se estuvo por un momento con la
mirada perdida en el jardín que tenían ante sí—. Cuando Francine te sugirió que vinieras a mi casa,
pensaste, que… sí, tenéis una forma de decirlo… —chasqueó los dedos— ¿que estaba poniéndome
en un aprieto? Yo estaba a punto de pedírtelo, pero Francine fue más rápida, se me adelanto. Si soy
yo mismo quien te lo pide ahora, ¿volverás a considerarlo?

Anna lo miró largamente a los ojos.

—Sí, reconsideraré tu invitación. Gracias. Pero no quiero hablar más de tu partida. Aún tenemos
toda la tarde por delante… y la noche —dijo finalmente tras tragar.

El sonrió.

—Sí. ¿Te gustaría ir a algún lugar en particular esta noche, chérie?

Contenta de repente, Anna se echó a reír.

—Sí, quiero ir a bailar.

—¿A bailar? Bon. ¡Eso haremos!

Alargó el brazo para tocarla y cayeron los dos en el mullido césped caliente. El empezó a hacerle el
amor; sus labios, sus manos, su voz, todo calidez para ella. Pero con dulzura, nada que ver con el
arrebato que solía caracterizar sus apasionados encuentros.

Sin darse cuenta, Anna se encontró enroscada a él, abrazándolo como si fueran amantes de toda la
vida. La penetró, la amó con tanta ternura que los ojos de Anna se anegaron en lágrimas. Llegaron
juntos al clímax, pero la sensación parecía más a una marea tranquila que alcanzaba la orilla de la
playa que al oleaje violento contra las rocas al que estaban acostumbrados.
Dominic le susurró palabras de amor al oído, la acarició, besó su oreja, su mejilla, su cuello, y Anna
entonces no dudo de que él era algo más que el simple ligue que ella se había imaginado. Cuando
se marchara, lo añoraría.

Les quedaba una noche, una noche más en que todo podía suceder. Mientras entraban en la casa,
no podía sacarse esta idea de la cabeza.
Capítulo Once

EN LA DISCOTECA la música estaba tan fuerte que volvía loco a cualquiera. Estaba abarrotada de
cuerpos sudorosos que bailaban pegados. Anna advirtió, entre la luz procedente de los focos que
colgaban del techo, que Dominic la miraba y se volvió hacia él.

—¡Hacía años que no venía a una discoteca! —dijo prácticamente a gritos, sin dejar de sonreír.

Él enarcó las cejas.

—¿Y lo has echado mucho en falta? —preguntó con incredulidad.

Anna se echó a reír y lo cogió de la mano para llevarlo hacia la pista. Le apetecía bailar entre la
muchedumbre de desconocidos. Aquella noche se encontraba a gusto. Se había puesto un vestido
blanco con agujeros en los hombros y en el vientre que acababa de comprarse por la tarde. Llevaba
unos pendientes de aro dorados que hacían juego con la hebilla del cinturón bajo que se había
colocado a la altura de las caderas.

Cuando entró en la discoteca, notó que más de un hombre la miraba de buen grado y este exceso
de atención la animó. Debido al ritmo machacón y elevado del tono de la música, tuvo la sensación
de tener la cabeza llena de algodones y el cerebro anestesiado. Se había olvidado de la tristeza
creciente que le provocaba la inminente partida de Dominic, quien, finalmente, a pesar de sus
protestas, la sacó de la pista.

—¡Ya tengo suficiente! —exclamó, y se dirigió a la barra—, ya no estoy para estos trotes. Vayamos
al salón del bar, allí estaremos más tranquilos.

Le pasó la mano por la cintura y se dirigieron hacia la zona donde estaba situado el salón, dispuesto
en una estancia en forma de «ele» alejada del ruido y del bullicio de la discoteca. Allí se estaba más
fresco y también más tranquilo y Anna agradeció poder descansar un poco. Se bebió con. avidez el
refresco en vaso largo que le ofreció

Dominic.

—Estoy hecha polvo —tuvo que admitir cuando él se sentó a su lado—. ¡Me había olvidado por
completo de lo agotadores que resultan estos lugares!

Dominic se echó a reír y se acomodó en el asiento apoyando el brazo en la tapicería por detrás de
los hombros de Anna.

Anna miró alrededor y advirtió que no había demasiada gente en el salón. En general las personas
que estaban allí eran de mayor edad que las que había en la pista de baile. La mayoría llevaba traje
y vestidos de fiesta. Parecían hombres y mujeres sacados de la cubierta de un crucero de lujo que
hubieran ido a parar accidentalmente en el mundo juvenil de la discoteca.

En el otro extremo de la estancia había una puerta de cuya existencia no se había percatado con
anterioridad y de la que entraba y salía constantemente la mayoría de la gente mayor, los más
elegantemente vestidos.
—Me pregunto qué debe haber allí.

Dominic cogió la copa.

—Vayamos a mirar.

La habitación que había detrás de aquella puerta era algo más pequeña que la gran pista de baile,
pero era como el reflejo de su imagen en un espejo. Sin embargo, allí la música era más moderada y
casi todo eran parejas bailando.

Anna y Dominic se sentaron en una esquina y pidieron un tentempié.

—Me gusta más aquí —dijo él sonriendo y entrecerrando los ojos—. Se puede hablar.

—¿Hablar? ¿Estás pensando en algún tema en concreto?

—Mais oui… tú. Y en lo que vas a hacer de tu vida ahora que has descubierto que existe algo más. .

Anna le lanzó una mirada, desconcertada por lo directo de su pregunta. De hecho siempre había
sido franco, decía lo que pensaba sin ningún impedimento, y como responder a su pregunta le era
más fácil de lo esperado, decidió hacerlo en el mismo tono.

—Dominic, de momento no puedo decirte si iré a verte a Francia o no —dijo haciendo un gesto con
la mano que indicaba que no quería tomarse su relación en serio.

—No necesito tu respuesta, chérie. Sin poder afirmarlo del todo, creo que vendrás. Tengo que
creerlo, sino me resultaría tremendamente triste tener que irme. Pero lo que quería decir era si has
pensado qué vas a hacer con tu vida.

—No he tenido tiempo material para hacerlo. Para ser sincera, la verdad es que no he pensado
mucho en Paul desde que llegaste. Esto suena fatal, ¿no? —dijo sonriendo.

—¡A mí, no! —dijo él—. Me habría enfadado mucho si me hubieras dicho que habías estado
pensando en tu marido mientras estabas conmigo.

Anna se inclinó un poco para tocarle la cara con la palma de la, mano. Al mirarlo sintió en su
interior un arranque de ternura, un sentimiento inesperado.

—Cuando estoy contigo, no puedo pensar en nada más susurró.

Dominic se inclinó hasta tocar su frente. Le rozó los labios con los suyos, como una mariposa que
pasa volando; su aliento era cálido y dulce.

—Ni yo.

Anna lo miró cuando se levantó para ir a pedir un par de copas más en la barra. Le gustaba su forma
de moverse, caminaba dando grandes zancadas, resuelto y relajado a la vez. ¿Cómo había podido
llegar a sentirse tan unida a él en un espacio de tiempo tan corto?

Mientras miraba a Dominic, Anna advirtió que alguien la estaba observando. Volvió la cabeza y vio
que en la mesa más grande de la sala había un grupo de hombres sentados. Casi todos hablaban
entre sí, pero uno de ellos estaba sentado, apoyado en el respaldo de la silla, como si quisiera
apartarse de la conversación.
Viendo que ella se había dado cuenta de su presencia, le sonrió. Sorprendida ante su propia
reacción, Anna le devolvió la sonrisa. Era rubio y su pelo corto realzaba una cabeza impecable.
Analizó sus facciones por separado y advirtió que eran irregulares e imperfectas, sin embargo el
conjunto de su cara era atractivo, y su sonrisa, cálida.

—Tienes un admirador, ¿no?

Anna miró fijamente a Dominic que llegaba entonces con las dos copas.

—No seas tonto —dijo ella sonriendo, y cogió la copa, dispuesta a ignorar al hombre rubio.

Dominic empezó a beber en silencio. Anna notaba que no dejaba de mirarla.

—Podrías tener a cualquier hombre de esta sala —murmuró finalmente Dominic.

—¿Qué quieres decir? —dijo ella volviéndose hacia él con sorpresa.

Dominic se estaba divirtiendo, aunque su tono de voz seguía inalterable.

—Ya sabes lo que quiero decir, Anna.

Un escalofrío de placer recorrió todo el cuerpo de Anna cuando lo miró. Lo sabía de sobras. Con
todo lo que había aprendido, con todo lo que le había enseñado, era capaz de seducir a cualquiera.
A juzgar por las miradas que otros hombres le habían echado durante toda la noche, debía inspirar
una seguridad en sí misma que jamás se hubiera creído capaz de poseer. La idea la sorprendía y la
excitaba por un igual.

—El hombre del otro lado de la sala…, el que te estaba mirando. Podrías conocerlo. Llevártelo a la
habitación de cualquier hotel… —murmuró Dominic.

—Yo… ¡no podría! Él no querría…

—Lo está deseando. Inténtalo —dijo Dominic.

Anna miró al hombre rubio que entonces ya no la observaba y se había unido a la conversación con
el resto de sus amigos.

—Lo ves, ya ni me mira.

Su voz sonó más maliciosa de lo que ella esperaba y Dominic se echó a reír.

—No te mira, pero está al tanto de tu presencia. Piensa en las posibilidades, Anna.

—Podría tratarse de un loco o tener cualquier enfermedad asquerosa o… lo que sea. Dominic,
¡estás loco sugiriendo que me vaya con un extraño que acabo de conocer en un club! Además —
añadió con un temblor en la voz que traicionaba su emoción— ¿por qué quieres que lo haga?

Dominic le acarició el cabello y la besó en la frente.

—¿Te gustaría que yo fuese contigo, chérie?

Anna se echó a reír para disimular su nerviosismo.

—No creo que a él le gustara, ¿verdad?


—No tendría por qué saberlo —dijo encogiéndose de hombros.

Anna, viendo que aquello tan ridículo que le estaba proponiendo iba en serio, se apartó un poco
para ver bien su cara.

—¡Crees que no advertiría tu presencia en la habitación del hotel? ¡No puede ser tan ingenuo!

—Podrías dejarme pasar cuando él estuviera en la cama. Me escondería en el baño hasta que se
marchara.

—Lo tienes todo planeado ¿no? Oh, no tengo ni idea de por qué seguimos discutiendo sobre ello.
No voy a hacerlo, eso es todo.

Dominic cogió la copa dando por terminada la conversación. Anna se entretuvo mirando a la gente
que estaba bailando, ignorando al hombre rubio.

La música era agradable, no interfería en las conversaciones de las personas que estaban allí. Anna
pensó que le gustaba este ambiente relajado y que tenía suficiente con estar sentada en una
esquina tomando una copa. Dominic parecía decidido a no hablar más del asunto.

Cogió la mano de Anna por debajo de la mesa y empezó a juguetear con sus dedos. Le masajeó los
nudillos, presionándolos entre el índice y el pulgar, y circuló con delicadeza por la palma de su
mano, haciéndole sentir cosquilleos en el brazo. Anna cerró los ojos, encantada de estar tan
consciente de su presencia siempre que estaba con él. Era capaz de darse cuenta de todos y cada
uno de sus cambios de humor.

A pesar de haber rechazado la idea de hacer el amor a otro hombre delante de él, no podía dejar de
pensar en ello. La noche iba pasando, seguían bebiendo, comiendo y hablando de forma
intermitente, sin que aquella posibilidad dejara de rondar por su cabeza.

Se imaginó desnuda revolcándose con otro hombre…, si Dominic estuviera allí con ella, estaría a
salvo, ¿no era eso? Miró a hurtadillas al otro extremo de la sala y vio que el hombre que había visto
antes seguía allí sentado, pero daba la impresión de que se había olvidado de ella.

¿Qué sensación debía dar hacer el amor con un desconocido, con alguien del que no se sabía nada
de su vida? La idea la intrigaba, se retorcía en el asiento pensando en ello. Era peligroso, pero, si
Dominic estaba cerca, se sentiría a salvo.

Viendo cómo la miraba Dominic, comprendió que sabía exactamente en qué estaba pensando, que
sabía que, a pesar de su primer rechazo, era mejor dejarla reflexionar sobre ello. De pronto, incapaz
de permanecer sentada por más tiempo, Anna se levantó para ir al servicio.

Una vez allí, puso las muñecas en agua fría para refrescarse. Se miró en el espejo severamente
iluminado que colgaba sobre el lavabo y vio que estaba pálida, pero sus mejillas estaban
encendidas como si tuviera fiebre. ¿Estaba segura de que no debía tomarse en serio la sugerencia
de Dominic? Notó una tensión repentina en su interior que le decía que sí. Por un instante dudó,
quería saber si estaba más excitada que asustada.

Al cabo de un rato Anna recuperó la tranquilidad y salió del lavabo de señoras. La sala se había
llenado hasta los topes. La pista estaba repleta de gente que bailaba y daba vueltas. Desde donde
estaba situada era imposible ver a Dominic.
—¿Quieres bailar?

Anna se sobresaltó al oír la pregunta tan cerca de su oído. Se volvió lentamente y no experimentó
sorpresa alguna al ver que se trataba del hombre rubio. La escena en cierto modo era inevitable y la
sensación de irrealidad la ayudó a que sin ningún problema le sonriera y asintiera con la cabeza.

El hombre era más joven de lo que le había parecido de lejos. Tenía la mandíbula cuadrada pero
suave, no daba la impresión de que necesitara afeitarse dos veces al día; de todos modos, no
parecía un niñato torpe. Sus ojos azules la miraban con interés y se dibujó una sonrisa en sus labios,
el inferior algo más carnoso que el superior.

Sin decir palabra, Anna le dio la mano y lo acompañó hasta la pista. El tenía la piel cálida y seca. En
cuanto la tomó entre sus brazos, Anna notó que su cuerpo era fuerte y musculoso. Mientras
bailaban ella aspiró el ligero aroma de madera de la loción de afeitar que en cierto modo camuflaba
el olor a limpio de su piel.

Por la forma en que la cogía, Anna sabía a ciencia cierta, aunque no era evidente, lo excitado que
estaba. Su caballerosa disposición la animó y Anna se alegró de notar el deseo fluyendo en su
interior. Cuando miró por encima del hombro del hombre, vio a Dominic. Estaba sentado en la
penumbra, en el mismo lugar donde ella lo había dejado. No podía ver su cara, pero, por su actitud,
sabía que estaba satisfecho, y le sonrió de lejos. Le gustaba complacerle.

—¿Habías venido antes aquí? —preguntó el hombre con que estaba bailando.

—No —respondió brevemente, algo reticente a dejar de mirar ensimismada a Dominic.

—¿Cómo te llamas?

Anna se echó un poco hacia atrás.

—¿Te importa? —preguntó mirándole a la cara fijamente.

Pareció arrepentirse de haberlo dicho.

—Bueno, yo… no, supongo que no me importa.

—Entonces, no hablemos de nombres. Lo prefiero así.

Por la forma en que la cogió cuando terminaron de bailar, Anna supuso que la excitación que sentía
era más fuerte que su perplejidad. Si antes no fue capaz de captar plenamente su atención, ¡ahora
sí que lo había conseguido! Casi podía escuchar el sonido del mecanismo interior de su cabeza
trabajando para intentar comprenderla. ¿La conseguiría o no? Anna por poco se echa a reír
abiertamente pensando: «¡Si supieras!»

Perversamente, se apretujó más contra él, para dejar claras sus intenciones. El la presionó contra sí
y acarició su cabello con la mejilla, su respiración era cada vez más agitada. Anna notó su erección
presionándole el estómago y supo que se sentía muy incómodo.

—¿Te apetecería sentarte? —preguntó él con voz medio ahogada.

Anna retrocedió un poco para mirarle directamente a la cara.

—Llévame a un hotel.
El abrió los ojos de par en par por un instante, pero volvió a cerrarlos enseguida. De repente parecía
controlar la situación como si estuviera ante un asunto de negocios. Asintió con la cabeza.

—Conozco un lugar.

—Voy a buscar el bolso.

Dominic no estaba sentado a la mesa y Anna no se atrevió a especular sobre dónde podía haber
ido. Por un lado, tenía la esperanza de que estuviera preparado para seguirlos en su coche, pero,
por el otro, admitía que lo que estaba haciendo era realmente porque ella lo quería así.

Abandonaron el club y, sin cruzar palabra, se dirigieron al coche del hombre rubio. Cuando vio el
automóvil, Anna levantó las cejas. No era de los que se ven normalmente, se trataba de un coche
aerodinámico, deportivo… Sin lugar a dudas, había escogido a un hombre acaudalado.

Era un buen conductor, manejaba el coche con destreza. La atmósfera entre ellos era tensa.
Cuando él se disponía a bajar, Anna tendió impulsivamente el brazo para rozar levemente su rodilla
con la punta de los dedos e ir siguiendo camino por la parte interior del muslo hasta llegar a su
ingle. Él la agarró con la mano izquierda, para detener el recorrido de su mano.

Estaba tenso, la rigidez de la mandíbula y las pequeñas pulsaciones que se observaban en su cuello
lo hacían evidente. Anna retiró la mano y sonrió. Tenía como impresas en la palma de la mano la
medida y el calor de su erección. Estaba impaciente por ver el tallo enfurecido, por sentirlo en su
piel…

El hotel era pequeño y moderno, de una cadena hotelera que construía establecimientos
completamente iguales, diseminados a lo largo y ancho de la geografía británica. La recepcionista
les registró, obsequiándoles con una tonta sonrisa y observándolos con ojos vidriosos. A
continuación dio al hombre un dispositivo electrónico para abrir la habitación.

Al llegar a la habitación, Anna se aseguró de que él entrara primero para que no se diera cuenta de
que dejaba la puerta sin el cerrojo echado por si Dominic les había seguido en su coche hasta el
hotel.

La habitación era cuadrada y de decoración moderna. Estaba amueblada de forma espartana, con
una cama de matrimonio, un armario y un tocador, pero parecía limpia. A la derecha había una
puerta que, se suponía, daba al baño. Anna se quedó de pie, con la espalda apoyada a la puerta de
entrada, contemplando cómo el hombre encendía las luces colgadas sobre el cabezal de la cama.
Bajo aquel halo de luz pálidamente anaranjado, se lo veía más cálido, menos anónimo.

Se volvió hacia ella y se quitó la americana y la corbata que dejó en la silla del tocador. Entonces
dejó de moverse y la miró fijamente como si esperara algo. Anna le sonrió de forma seductora.

—Sácate la camisa —susurró. Su voz era un murmullo ronco.

Él obedeció y ella lanzó una mirada de aprobación al ver su torso desnudo, ancho y sin vello. Los
pezones parecían dos pequeños discos, lisos y marrones, que coronaban el volumen de sus
pectorales. Con sólo mirarlo, semidesnudo y a media luz, con los hombros rígidos como si se
dispusiera a luchar o a volar, Anna sintió una punzada de pura lujuria en el centro del estómago.
Despacio, muy despacio, cruzó la habitación hacia él, que no se movió, pero la observaba con ojos
cautelosos. Se detuvo a tan sólo unos centímetros de él y sacó la punta de la lengua para
humedecerse los labios. Estaban tan cerca que Anna sentía el calor que irradiaba su cuerpo, el olor
a macho sano procedente del sudor que transpiraban los poros de su piel.

Tendió la mano para acariciar con los dedos su clavícula hasta llegar al hombro. Tenía la piel
caliente, casi febril, y algo húmeda. Pasó la palma de la mano por la masculina ondulación de su
pecho, la carne era elástica. Anna sentía el ritmo acelerado del corazón bajo su mano derecha, iba
cada vez más rápido a causa de la creciente excitación.

Anna se sentía fuerte, controlaba la situación, como le pasó con Francine. El desconocido
permanecía inmóvil ante ella, la dejaba actuar y se ofrecía a ella como un juguete sexual. Anna se
sentía como un niño ante un montón de juguetes la mañana de Navidad… No sabía por dónde
empezar, qué abrir primero.

Anna, tomando nota de las reacciones de su acompañante, fue bajando la mano hasta alcanzar la
tirantez de su vientre. Él seguía con una expresión enigmática, pero el movimiento de las aletas de
la nariz debido a su respiración acelerada, lo delataba. Una fina mata de pelo se enrollaba en espiral
alrededor de su ombligo y seguía hacia abajo, donde desaparecía en el interior de sus pantalones.

La parte delantera del pantalón estaba tensa debido a la erección, al material comprimido. Anna lo
miró directamente a los ojos y puso la mano sobre la rigidez que se notaba dentro de sus ropas,
para acariciarlo con delicadeza.

—Haces esto con frecuencia, ¿verdad? —murmuró él, tras dejar escapar un ligero suspiro de entre
sus labios.

Sus palabras eran como un bofetón en plena cara, estaba reclamando el control.

—¿Y tú? —contraatacó ella, siguiendo con sus dedos el contorno de los hombros varoniles.

Anna advirtió con alivio que él relajaba su cara y sonreía.

—Touché —dijo suspirando. Luego deslizó perezosamente la mirada desde su cara hasta sus pechos
que temblaban ligeramente al compás del ritmo de su respiración.

Anna dio un paso hacia atrás, se llevó la mano a la espalda y bajó la cremallera del vestido. Sin dejar
de mirarlo un momento, inclinó los hombros e hizo que la prenda se deslizara lentamente por su
cuerpo.

Se quedó desnuda, con sólo unas bragas blancas de encaje y las sandalias de tacón. El hombre
contempló perplejo su cuerpo y detuvo la mirada en sus abultados pechos. Anna, orgullosa de su
cuerpo como nunca lo había estado antes, dejó que la mirara.

El levantó la mano y pasó la punta del dedo por uno de sus pálidos pezones rosados. Fue un mimo
soso, apenas una caricia, que, sin embargo, hizo que una carga erótica recorriera el cuerpo de Anna
por entero.

Como respuesta a aquella caricia, el pezón adquirió firmeza y su gemelo, por simpatía, se endureció
también. Mirándola de forma calculadora, el hombre cogió un pecho con cada mano y los manoseó
con delicadeza, apretando la carne caliente entre sus fuertes dedos. Anna se inclinó ligeramente
hacia él, con los ojos casi cerrados, al sentir sus pulgares rodeando los erguidos pezones, y su sexo
húmedo y caliente.

La vulva estaba a punto de explotar, el calor invadía los labios de su sexo. Se imaginó el tono rosado
que estarían adquiriendo sus pliegues y el clítoris abultándose poco a poco a medida que el deseo
iba golpeándolo.

Cuando él inclinó la cabeza y abarcó un pezón con su boca, Anna gimió y enredó los dedos entre el
fino cabello rubio de su amante que empezó a lamer el pezón mientras con los dedos ejercía el
mismo movimiento de rotación sobre el otro pecho.

Anna daba gracias a Dios por haber tenido la suerte de elegir a alguien que sabía lo que se hacía.
Pero, a pesar de todo, no estaba dispuesta a dejar en sus manos el control de la situación. Le echó
la cabeza hacia atrás y apretó su pecho contra el de él para pasar a continuación a desabrocharle
con destreza los pantalones y deslizar la mano en su interior.

Él lanzó un gemido al sentir primero los dedos de Anna cogiendo su flecha tumescente y después
haciendo presión con toda la mano. Anna la soltó enseguida para poder bajarle los pantalones.
Antes de hacerlo, sin embargo, se deslizó a lo largo de todo su cuerpo de modo que sus pezones
rozaran el cálido vello que cubría su barriga, y entonces, por fin, le bajó los pantalones y los
calzoncillos hasta la altura de las caderas.

El la ayudó con manos temblorosas. Se quitó los zapatos y los calcetines y dio una patada para
alejar los pantalones a un lado. El tallo enfurecido quedó balanceándose cerca de la cara de Anna
que enseguida lo cogió con la mano. Era un espécimen bellísimo, largo y grueso, en forma de
marcada curva ascendente. Anna consiguió con facilidad, con sólo pasar unas cuantas veces la
mano de arriba abajo por el pene erguido, retirar la piel exterior y dejar al descubierto la piel
caliente y sensible del glande.

Una gota de líquido claro manó de la diminuta hendidura de la punta y Anna sucumbió
rápidamente al impulso de pasar la lengua por ella. Tenía un sabor salado y estaba caliente, a esta
gota le siguió instantáneamente otra. Esta vez; sin embargo, acarició la punta enrojecida del glande
con el pulgar y pasó delicadamente la uña por el pequeño orificio.

Con la otra mano cogió los testículos y acarició con los dedos el vello sorprendentemente sedoso.
Tenía el escroto caliente, lleno, listo para eyacular. Pero ella, que no quería que descargara aún su
pasión, dejó de tocarle y se puso de pie muy a su pesar.

Él tenía los ojos vidriosos y el pelo sudoroso pegado a la frente. Su pecho se movía alterado
siguiendo el ritmo acelerado de su respiración y tenía los labios entreabiertos como si apenas se
atreviera a respirar.

Anna le cogió de la mano y lo metió en la cama. Se arrodilló frente a él y rodeó el cuello con sus
brazos apretándose contra su cuerpo.

Al notar los pezones de Anna rozando los suyos, el hombre gimió, sin ser consciente de que ella lo
estaba utilizando, manipulando sus reacciones única y exclusivamente para su propia satisfacción.
Las planas esferas de su pecho estaban firmes y endurecidas. Anna se echó hacia atrás y las pellizcó
entre el pulgar y el índice, con lo que el hombre emitió un grito sofocado.
La piel caliente y sedosa de su tallo rebotaba contra el vientre de Anna que se tendió en la cama
arrastrando al hombre con ella, de forma que él se quedó a cuatro patas sobre ella. Anna cogió el
pene con las manos y empezó a moverlo de atrás adelante hasta que de nuevo empezó a manar el
líquido claro y ligero que anunciaba la llegada de la eyaculación.

El hizo un gesto de sorpresa cuando ella sacó un condón del bolso y se lo colocó, pero no protestó
por ello. El preservativo ceñía el grosor de su tallo que, al contacto de la fina goma, se henchió más
aún.

Anna se apretó los pechos con los antebrazos para formar un canal y le pidió que frotara su pene
entre ellos. Él empezó a masturbarse con el cuerpo de Anna que, mirando hacia abajo, veía
aparecer y desaparecer la punta roja del pene.

Las cuerdas vocales del cuello de su amante se hacían cada vez más evidentes a medida que crecía
la excitación y le iba subiendo la temperatura corporal. Anna, segura de que si continuaba
masturbándose no aguantaría mucho rato más, le hizo parar.

—Ya es suficiente. Quiero que me hagas alcanzar mi orgasmo primero.

Por un momento, al ver la cara de sorpresa que puso su amante ante una solicitud tan directa,
Anna pensó que iba a echarse atrás. Tenía la polla a reventar y esbozó con la boca una mueca de
rebeldía. El hombre sacó la lengua y la pasó serpenteante por sus labios para humedecerlos.

—Sí —dijo ella canturreando—, utiliza tu lengua.

Estaba sorprendido. Por un momento pensó que para ser el ligue de una noche, le estaba
resultando demasiado exigente.

—Puta replicó silbando entre dientes. Su demanda parecía divertirle más que molestarle.

Sin dejar de mirarla a los ojos, le hizo levantar las rodillas y le separó los muslos. Algo reticente,
bajó su mirada hasta el sexo abierto de Anna que, una vez al descubierto, reclamaba toda su
atención. Bajó la cabeza, como si una cuerda invisible la sostuviese, y un rubor apagado le cubrió la
piel.

Anna se estremeció al sentir el primer barrido de la lengua contra su carne sensible y se apoltronó
en la almohada. La lengua del hombre empezó a funcionar, arriba y abajo, lamiendo todos y cada
uno de sus pliegues, dándole placer como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Anna cerró los ojos. Pensó que él no era más que una lengua inteligente, unas manos hábiles y una
polla competente. No era más que una máquina, un instrumento sexual, una forma de llegar al
clímax. Por lo que a ella concernía, en este momento no se diferenciaba en absoluto de un vibrador
de plástico.

Cuando el rubio empezó a mordisquear el clítoris, Anna empezó a gemir. El contacto había sido
repentino, casi doloroso, le roía la piel con los dientes transportándola al borde del abismo. Aplastó
la pelvis contra su cara para hundir en los dientes del hombre el capullo de su placer, luego abrió las
piernas al máximo e hizo girar sus caderas.

La intensidad del orgasmo la pilló por sorpresa. Mientras luchaba por recuperar el control, el rubio
la colocó de espaldas. Anna levantó la pelvis y él se hundió en su cuerpo que seguía
convulsionándose, le puso las manos en las caderas y las apretó fuerte contra él obligándola a
permanecer inmóvil.

Anna tuvo que morder la almohada mientras él, jadeante, la follaba sin compasión, en busca de su
propio frenesí. En unos minutos todo hubo terminado. El se separó precipitadamente y Anna cayó
rendida en la cama y se cubrió con la colcha. Una vez que el desconocido recuperó el ritmo normal
de su respiración, empezó a acariciar su cabello con dedos temblorosos.

De pronto Anna tan sólo deseaba que desapareciera de su vista. Rechazaba sus torpes intentos de
ternura, lo único que quería era delimitar el corto y anónimo encuentro en las fronteras que ella
había marcado desde un buen principio. Sin nombres, sin ningún lazo afectivo.

El la miró como si quisiera abrazarla, besarla, quizá. Pero ella se retiró.

—¿Te importaría marcharte? —dijo sonriendo con frialdad.

Por un momento la mandíbula se desencajó en la cara del hombre que tardó unos instantes en
recuperarse e intentar disimular su sorpresa.

—Pero…

—Por favor. Ha sido encantador, pero creo que ya es hora de que te marches.

—Eres una putita de verdad, ¿no? ¿Qué te pasa? ¿Me has utilizado y ahora me dejas tirado? Anna
movió la cabeza en un gesto de negación.

—Corta el rollo… ¿quién ha utilizado a quién? ¿Me estás diciendo que no te lo has pasado bien?

—¡Naturalmente que no! —dijo frunciendo el entrecejo. Estaba confundido.

—Entonces yo diría más bien que nos hemos utilizado el uno al otro.

Por unos segundos ella creyó que intentaría seguir discutiendo, pero pareció tomarse un respiro.
Entonces se oyó un ruido en la puerta y él se volvió.

—¡Por todos los diablos! —dijo, y miró a Anna. Pero, al ver que ella no se sorprendía ante la
presencia de Dominic apoyado distraídamente en la puerta, empezó a mirar de un lado a otro.

—Está bien… ¿dónde está la cámara?

—¿Qué cámara?

—Sí. Estaba todo preparado. ¿Para qué? ¿Para una película porno?

Anna se llevó la mano a la boca y se echó a reír a carcajadas. El hombre saltó de la cama y se vistió
rápidamente, sin dejar de mirar a Dominic con el rabillo del ojo.

—Aquí está. —Sacó del bolsillo una tarjeta de visita y la tiró encima de la cama—. Ahí tienes mi
dirección, puedes enviarme la factura. Encantado de conocerte.

Salió de la habitación sin que a Anna le diera tiempo de recuperarse. Dominic se apartó de la puerta
y la cerró con llave, no sin antes coger la tarjeta de encima de la cama y echarla al cubo de la basura
sin mirarla siquiera.
Anna advirtió su expresión atormentada cuando Dominic se acercó a ella.

—¿Qué sucede?

—¿No lo sabes?

Anna frunció el entrecejo.

—¿Por qué has entrado? Ese pobre hombre, su cara… ¡Pensé que iba a darle un ataque de rabia! —
dijo intentando esquivar lo que sabía que era realmente el problema.

—No quería que prolongara la despedida —dijo él encogiéndose de hombros.

Intuyendo lo que Dominic sentía, Anna se arrodilló en la cama y lo miró, mientras apretaba la
sábana contra su cuerpo.

—Lo que quieres decir es que en realidad no querías que viniera aquí, ¿no es eso?

Dominic la miraba, estaba ligeramente sofocado. Ella percibía su tensión, olía el enfado que flotaba
entre los dos.

—¡Por el amor de Dios, Dominic, la idea fue tuya! ¡No me rechaces ahora por haber hecho lo que
me pediste!

—No te rechazo, Anna. Lo que pasa es que no soporto la idea de que estuviera contigo, de que te
tocara y penetrara en ti.

—Entonces ¿por qué me lo sugeriste?

El levanto los brazos, con las palmas de las manos hacia fuera, en un gesto de perplejidad que ella
encontró raramente entrañable y simpático.

—Pensé que podría aguantarlo. No me había dado cuenta de…

—¿De qué, Dominic? —interrumpió ella amablemente al ver que el tono de su voz iba
descendiendo.

Él la miraba fijamente; sus ojos parecían dos profundas lagunas oscuras de deseo.

—No me había dado cuenta del cariño que siento por ti —dijo subrayando cada una de sus palabras
con claridad para no dejar lugar a dudas.

A pesar de sus recientes esfuerzos, Anna notó en la boca del estómago una salvaje coz de deseo.
Dominic la miró, tenía el cuerpo tenso y su cara reflejaba una firme decisión.

—¡Oh, Dominic! —susurró.

Abrió los brazos hacia él y lo esperó. Después de un instante de duda Dominic se dirigió hacia ella.
Capítulo Doce

ANNA TOMÓ LA iniciativa, pero fue Dominic quien se hizo cargo de la situación. Apartó la sábana y
se sacó la camisa con un movimiento brusco que hizo que todos los botones se rompieran. Luego la
apretó contra su piel desnuda. Buscó su boca, la acarició con los labios y enredó los dedos entre el
cabello despeinado de su nuca.

Cuando empezó a recorrer su cuerpo con la mano que le quedaba libre, ella protestó por su falta de
delicadeza. Esta vez no podía ser. Necesitaba poseerla, tomar lo que creía suyo y borrar de su
cuerpo la huella del otro hombre.

Anna dejó que hiciera de ella lo que quisiera. El la chupó, la besó, lamió todo su cuerpo; disfrutaba
sintiendo el áspero roce de su barba contra la ternura de su piel.

Dominic estaba excitado, parecía que, muy a su pesar, el verla follar con otro hombre le hubiera
excitado fuertemente. Los celos habían hecho las veces de una espuela. Anna notaba que estaba
estrujando y sobando su carne sumisa con una crueldad que jamás había mostrado anteriormente.

—¿Te ha besado aquí? —preguntó como una fiera, y dibujó con los labios una estela de fuego que
iba desde el ombligo hasta el vello sudoroso de su pubis.

Anna empezó a gimotear incoherentemente al notar su lengua serpenteando en el interior de los


húmedos pliegues de su carne, investigando, apuñalando rítmicamente sus rincones más tiernos. El
hablaba en voz baja, era un susurro ronco que trataba de borrar las huellas de sus celos.

—¿Te ha excitado así?

Cuando la lengua de Dominic se puso a jugar con su clítoris, Anna, que respiraba con dificultad,
sintió que entraba en un estado de inconsciencia inevitable. Le dio vueltas como un torbellino hasta
hacerlo asomar fuera de su capucha protectora y, cuando lo consiguió, empezó a golpearlo con la
punta de la lengua.

Notaba los fluidos de la excitación manando de su interior, inundándola; la cara de Dominic bañada
por el líquido claro y meloso de sus profundidades. Cuando él apartó la cara, se estremeció al ver su
expresión enfurecida.

Aplastó los labios y los dientes contra los suyos y sintió su propio sabor en la boca. Entonces él se
incorporó y acabó de desnudarse para abalanzarse seguidamente sobre ella como un ángel
vengador. Tenía el pene totalmente erecto, listo para penetrarla. Consciente de la necesidad que él
tenía de dominarla y de controlar la situación, se abrió de piernas todo lo que pudo y le dejó hacer.

La primera embestida la hizo arquear su cuerpo. Dominic giró ligeramente las caderas para
colocarse más ladeado y poder estimular con fuerza el punto sensible y escondido en el interior de
su vagina que, a raíz del contacto con el cuerpo de Dominic, provocaba en ella una cadena
imparable de sensaciones orgásmicas que recorrían todo su cuerpo.

Anna había abandonado cualquier pensamiento racional. Tenía toda la atención centrada en el
sedoso conducto de carne que cobijaba en su interior el tallo intruso de Dominic, y lo absorbía, al
tiempo que pedía a gritos que la penetrara con más fuerza, más profundamente, más rápido. Le
pesaban las piernas y los brazos y tenía la cabeza embotada, era incapaz de pensar.

De forma irreflexiva, le clavó sus largas uñas en los hombros y le arañó la espalda. Este pequeño
acto salvaje incitó a Dominic a morder su cuello y a que sus dientes trazaran un sendero, exquisito y
doloroso a la vez, que se iniciaba en los hombros y terminaba en sus pechos, temblorosos de
saberse tan vulnerables.

Anna se estremeció y se abrazó al cuello de su amante con más fuerza, si cabe, presionando su
cuerpo contra el de él, en un intento de detener la tortura que estaba ejerciendo sobre sus cálidas y
tentadoras redondeces. Rodaron juntos por la cama, como un amasijo de brazos y piernas, piel
contra piel, calor y más calor.

Sentía la respiración ardiente de Dominic en toda la cara, veía la blancura de sus dientes
contrastando con su piel bronceada. Estaba traspuesto, transportado a un nivel de placer interior
que solamente Anna podía compartir con él. Empezó a mover las caderas con más velocidad y Anna
se aferró a él.

—¿Lo hacia bien, Anna? —dijo haciendo rechinar los dientes—. ¿Te ha gustado tenerlo dentro?

Anna movía la cabeza de un lado a otro, concentrada en el movimiento y en el sudor que le bañaba
el cuerpo, sin poder responder.

—¿Lo hacía bien? ¿Has sentido esto con él? ¡Contesta!

Anna soltó un grito cuando él, repentinamente, la cogió por la barbilla y le echó la cabeza hacia
atrás, para obligarla a mirarlo. Tenía los ojos vidriosos y ella supo por su mirada lo enojado que
estaba. Llegando casi al orgasmo, se incorporó y le cogió la cara con las manos.

—Nunca… así… con nadie, Dominic —dijo medio sollozando—. Solo tú… tú eres el único… ¡Oh,
Dios!

Cuando alcanzó el orgasmo, sus músculos se contrajeron contra él. Dominic se dispuso a seguir su
ritmo acompañándola en el camino del éxtasis y ella, espasmo tras espasmo, apenas si podía
respirar. El gritó su nombre al alcanzar su crisis y pronunció palabras cariñosas y precipitadas en su
propia lengua. Parecía que este momento no iba a acabar nunca; era un tropel de sensaciones
maravillosas que no cesaba y provocaba nuevas vibraciones que intensificaban aún más el primer
orgasmo. Finalmente acabaron exhaustos y abrazados sobre las arrugadas sábanas.

Haciendo uso de la última energía que le quedaba, Dominic la apretó contra él, amoldando su
espalda en la parte delantera de su cuerpo y rodeándola delicadamente con el brazo, como si
tuviera miedo de que se marchara. Después se quedaron profundamente dormidos.

Estuvieron en la habitación del hotel hasta la mañana siguiente. Sin embargo, antes, rondando la
medianoche, Anna se despertó al notar las manos de Dominic que la acariciaban. Cobijándose en su
calor, se volvió hacia él, contenta de recibir su abrazo dulce y amoroso después de la carnalidad de
la cópula que acababan de realizar.

—Perdóname —susurró él entre su cabello. Le puso el dedo en los labios.

—Calla. No hay nada que perdonar —murmuró ella como respuesta.


Su mirada transparentaba sus dudas, era testigo evidente de la vergüenza que sentía. Anna,
apenada al verlo así, intentó convencerle, más con reacciones que con palabras, de que el
encuentro casi violento le había gustado. Le susurró palabras cariñosas mientras lo besaba y
acariciaba su pecho y su vientre, mientras pasaba delicadamente los dedos por su verga hasta
lograr que temblara de nuevo de deseo.

No fue necesario que él la tocara. El solo hecho de tenerlo cerca, combinado con las persistentes
secreciones de unas horas antes, la hacían estar preparada sin más preámbulos. Él estaba de lado,
de cara a ella, entonces Anna insinuó la pierna derecha bajo su cuerpo y guió su pene hacia el cálido
y húmedo consuelo de su vagina.

Esta postura, con todo el peso de su cuerpo sobre el muslo derecho, no era muy cómoda, pero valía
la pena aguantar sólo por ver su cara tan de cerca. Al sentir el abrazo de Anna, parpadeó y abrió la
boca para emitir un gemido de placer.

Ella, que no dejaba de mirarlo, pudo ver fascinada cómo se le dilataban las pupilas hasta casi
cubrirle el iris por entero y lo dulce que era su mirada. Dominic acarició, casi con adoración, sus
pechos desnudos.

Desde el ángulo en que se hallaba no podía penetrarla muy profundamente, por lo que los
movimientos que ejercía en su interior eran delicados, más parecían un balanceo que una
embestida. Anna sintió pequeñas oleadas de placer que recorrían sus terminaciones nerviosas y se
inclinó para besar sus labios entreabiertos, calientes, cálidos, como respuesta amorosa a su
iniciativa.

Dominic se puso a buscar, entre sus cuerpos entrelazados, el botón del deseo y, cuando lo
encontró, empezó a acariciarlo con el dedo. Aquellos toques suaves la estimularon más que pudiera
hacerlo cualquier otra acción más directa y suspiró profundamente, tras cerrar los ojos para poder
aguantar el placer.

No volvió a abrirlos hasta notar el calor familiar que manaba del interior de su amante, quería ver
su cara mientras alcanzaba el orgasmo. Cuando el clímax estremeció su cuerpo, la expresión de la
cara de Dominic se tornó radiante, alcanzando casi un halo de santidad, y al cabo de unos segundos
Anna llegó también al orgasmo, de forma muy suave, temblándole todo el cuerpo.

Tenían las frentes una contra otra y las manos entrelazadas bajo las sábanas. Entonces Anna
advirtió que tenía todo el peso del cuerpo de Dominic sobre la pierna, y le sonrió. Después
volvieron a caer profundamente dormidos.

Cuando despertaron, los fríos rayos del amanecer traspasaban las cortinas y el canto de los pájaros
rompía la tranquilidad del ambiente.

—Jamás pensé que podría comportarme así —musitó Anna en voz alta.

Tenía la mejilla apoyada sobre el pecho desnudo de Dominic, y podía escuchar el sonido rítmico de
su corazón. Él levantó la cabeza para mirarla.

—¿Cómo, chérie?

Anna hizo una mueca mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas.
—Como.. ¡como una ramera!

Se echó a reír, satisfecha de que le hubiese venido a la cabeza aquella palabra tan pasada de moda.
La risa sofocada de Dominic le rebotaba en el pecho, que vibraba ligeramente bajo su mejilla.

—Si te hace sentir mejor, te diré que yo jamás pensé que pudiera llegar a comportarme como un
marido cornudo.

Anna presionó los labios contra su corazón.

—Me alegro de que lo hicieras —murmuró, luego soltó su aliento sobre la cálida seda de su piel.

Permanecieron un rato en silencio, satisfechos de estar allí, entrelazados, enclaustrados, lejos de la


realidad de un día tan especial como aquél. De todos modos, finalmente, tuvieron que levantarse.

—Alan se ha ofrecido para acompañarme al aeropuerto —dijo Dominic mientras ella estaba
vistiéndose.

—Pero, yo pensé… —Anna tuvo que morderse el labio al darse cuenta de lo clara que estaba
siendo. Tenía asumido que iba a ser ella quien le acompañara, que él querría que estuviera allí
cuando se marchase. Ni se le había ocurrido que tendría que despedirse entonces.

Al verla tan destrozada, Dominic cruzó la habitación y la abrazó.

—Perdóname, chérie, pero preferiría despedirme en casa. No soportaría tener que separarme de ti
en el aeropuerto.

Muy al contrario, Anna deseaba el entorno anónimo de Heathrow, donde se vería forzada a
reprimir las lágrimas que ya entonces estaban a punto de brotar de sus ojos. No podía hablar,
simplemente movió la cabeza haciéndole entender a Dominic que su silencio era un estar de
acuerdo.

Gracias a Dios, la joven de la recepción a quien entregaron la llave electrónica no era la misma que
estaba de guardia la noche anterior. Anna se sentía como sucia llevando aquel vestido más
apropiado para una salida nocturna en la ciudad que para una soleada mañana de verano y se
alegró de llegar pronto a la intimidad del coche. Estaba cansada y se alegró de que Dominic se
ofreciera a conducir.

Volvieron a casa en silencio, de forma que Anna tuvo tiempo suficiente para pensar. Una semana.
Este era el tiempo que hacía que lo conocía, una mísera semana. Pero en este corto espacio de
tiempo había llegado a conocerlo, y él a ella, mejor que a nadie. Y sí, debía admitir por primera vez,
no sin sorpresa, que lo quería demasiado.

Entró en la cocina y trató de mantenerse ocupada, pero la depresión se cernía sobre ella. Oía a
Dominic arriba, en la habitación de invitados, atareado haciendo el equipaje. Alan llamó a la puerta
para avisar que ya había llegado. Rechazó el té que Anna le ofreció y volvió al coche para repasar
unos papeles mientras esperaba a Dominic.

Cuando éste bajó con la maleta, Anna le dio un paquetito con comida que le había preparado.

—Para el viaje —explicó, sin tener ninguna necesidad de hacerlo.


El sonrió. Era la sonrisa de siempre, medio ladeada, que le transformaba la cara por entero.

—¿Cuándo vuelve tu marido? —preguntó inesperadamente.

Anna frunció el entrecejo

—El jueves.

Movió la cabeza y miró al suelo; parecía sentir la misma violencia que paralizaba a Anna. Cuando,
por fin, volvió a hablar, su voz sonó cálida pero seria.

—¿Me llamarás el fin de semana? Te he dejado mi dirección y mi número de teléfono sobre tu


cama.

Anna asintió con la cabeza, no sin cierta tristeza.

—Anna.

Susurró su nombre, enfatizando la última sílaba, como siempre. Cuando ella levantó la cabeza, vio
que tenía los brazos extendidos. Lanzando un pequeño grito, se sumergió en el cálido círculo de su
abrazo, aferrándose a él desesperadamente cuando la besó en la cara, en el cuello, en el cabello.

—Au revoir —murmuró al oído.

Sin darle tiempo a Anna de recuperar las fuerzas para contestarle, cogió la maleta y desapareció
por la puerta.

—¿Estás segura de que te encuentras ya bien para trabajar? —El lunes por la mañana Alan se
detuvo ante la mesa de Anna y miró con preocupación la palidez de su cara.

Anna forzó una sonrisa y, cuando Alan cogió una silla para sentarse delante de ella, supo que no lo
había conseguido. Antes de salir de casa había intentado dar algo de color a su cara con maquillaje,
pero era imposible esconder la evidencia de que había pasado horas llorando como una
adolescente después de que Dominic se marchara.

—Sabes, creo que has contagiado a nuestro amigo francés. Cuando le acompañé al aeropuerto,
pensé que estaba enfermo. Nunca lo había visto tan callado.

Anna lo miró con el rabillo del ojo sin levantar la vista y vio que Alan la miraba con perspicacia, su
mirada centelleaba tras los cristales de las gafas.

—Yo… espero que no. Sería una pena, ¿no?… Quiero decir… ¿crees que el señor Gérard se lo ha
pasado bien? —preguntó, muerta de ganas de hablar de él, aunque fuera de un modo tan
superficial.

Alan la miró levantando las cejas.

—Oh, estoy seguro. ¿Tú no?


Entonces Anna supo que Alan lo sabía todo. Así pues, se hundió en una profunda incertidumbre, ya
que no sabía si debía darle alguna explicación. Pero Alan la sorprendió cambiando de tema.

—¿Cuándo vuelve tu marido?

—El jueves —contestó, algo sorprendida por la pregunta.

—Ya.

Anna no sabía a ciencia cierta lo que Alan podía pensar, pero daba la impresión de que no le
apetecía recibir explicaciones. Se levantó y se dirigió tranquilamente a su despacho. Ella lo siguió
con la mirada, sin saber qué conclusiones sacar de aquella conversación. Al llegar a la puerta Alan
se volvió hacia ella y dijo:

—Anna, has hecho un trabajo excelente para la escuela. Un trabajo excelente.

—Oh… ¡gracias! —respondió balbuceando. ¿Estaría pensando en despedirla por acostarse con su
huésped?

—Tan sólo quiero recordarte que no eres tan indispensable como piensas. La gente pide permisos,
¿sabes?, a veces sin necesidad de avisar con antelación.

Antes de desaparecer por la puerta del despacho, Alan movió la cabeza en un gesto de
preocupación. Anna se quedó boquiabierta. ¿Qué habría querido decir?

Después de esta conversación el día transcurrió muy lentamente y Anna se alegró de llegar por fin a
su casa. Una vez allí, sin embargo, el vacío la agobiaba y agravaba aún más su sensación de soledad.
No le apetecía cocinar para ella sola, así que se preparó un bocadillo y una taza de té y se los llevó
al salón. En la televisión hacían una película que ya había visto, pero al menos, pensó, le daría
sensación de compañía, así que la enchufó y se arrellanó en el sofá.

A las diez y media sonó el teléfono. Descolgó el auricular y, al oír la voz sensual de Dominic al otro
lado de la línea, sonrió como una tonta.

—¡Parece que estés aquí mismo, en el salón! —dijo, maravillada, una vez él hubo respondido las
preguntas de rigor acerca del viaje.

—Me gustaría poder estar contigo en el salón, Anna —dijo. Su voz sonaba cada vez más ronca y
Anna, al oírla, sentía oleadas de placer que recorrían su columna vertebral.

Se aferró al auricular y cerró los ojos para imaginárselo mejor.

—Dime cómo vas vestida, Anna, así me haré mejor a la idea de que estoy contigo.

Ella se echó a reír.

—¿Quieres que te diga la verdad, Dominic, o que alimente tu fantasía?

Cuando él contestó, casi era capaz de sentir el calor de su respiración en la mejilla.

—Sé sincera… Tú eres mi fantasía, chérie, ¡aunque llevaras puesto un saco!


—¡Tampoco es eso! Cuando he llegado a casa de trabajar, me he cambiado y ahora llevo puestos
unos pantalones cortos de deporte de color negro y una camiseta beige.

—¿Zapatos?

—Voy descalza.

—¿Cómo llevas el pelo?

Sin pensárselo dos veces, Anna se llevó la mano al moño flojo que se había hecho en lo alto de la
cabeza al volver de trabajar para evitar el calor.

—Lo llevo recogido… hace tanto calor…

—Quítate los pasadores. Me encanta cuando lo llevas suelto y te cae sobre los hombros como un
chal dorado. Muévelo, para imaginarme que te estoy pasando los dedos entre medio.

Hablaba bajito, como si estuviera hipnotizándola, acariciando sus sentidos a pesar de los kilómetros
que les separaban. Mientras él hablaba, y sin ser consciente de lo que estaba haciendo, Anna se
sacó los pasadores que cayeron uno a uno sobre la alfombra sin hacer ruido. Se restregó el cuero
cabelludo y enredó los dedos entre el pelo de sus trenzas deshechas.

—Siéntate, Anna, y relájate.

—¿Cómo sabías que estaba de pie?

Al otro lado del auricular se oyó una cálida r sita.

—Porque cuando respondes al teléfono siempre te quedas de pie junto a la mesita caoba que está
al lado de la ventana. ¿Tienes las cortinas cerradas?

—Sí.

—Bon. Siéntate en el sofá, en ese gran sofá lleno de cojines que tanto te gusta ponerte a la espalda.
¿Estás cómoda? Oui? Levanta los pies… ¿Es la tele ese ruido que escucho de fondo? Coge el mando
a distancia y apágala, chérie.

Anna empezaba a preguntarse qué hacía dejándose manejar de aquella manera, como una
marioneta.. Pero enseguida supo la respuesta a su pregunta, era Dominic quien estaba al teléfono y
por Dominic sería capaz de cualquier cosa. Volvía a hablarle, y se esforzó para concentrarse en sus
palabras y en el sonido de su voz.

—¿Qué llevas puesto debajo de los pantalones cortos y la camiseta?

—Sólo unas braguitas.

—¿Unas braguitas blancas de encaje?

—No, de seda rosa pálido.

¿No llevas sujetador?


Anna se estremeció ligeramente en el sofá. —Hace mucho calor para llevar sujetador —explicó, un
poco a la defensiva.

—¿De verdad? ¿No será que eres tú la que va demasiado caliente para llevarlo?

Anna se echó a reír y notó cómo el calor crecía

bajo su piel, muy a su pesar. Aunque hablaba suavemente, sus palabras eran extrañamente
convincentes.

—Si estuviera ahora contigo, te metería la mano por debajo de la ropa para sentir lo rápido que te
late el corazón. ¿Lo notas, Anna?

Sorprendida, Anna advirtió que tenía la mano bajo su pecho izquierdo y sentía el latido de su
corazón.

—¿Anna?

—Yo… sí, lo noto —dijo con un hilo de voz.

—¿Cómo lo notas?

—Irregular. —Tragó saliva, tenía la garganta extrañamente reseca—. Tengo la piel caliente… —se
interrumpió, al darse cuenta de lo excitada que estaba.

—Si, Anna —remarcó. Su voz sonaba leve, henchida de deseo.

—Tengo… tengo el pecho hinchado… me pesa… quisiera…

—Dime, Anna, dime ¿qué quieres?

—Que estuvieras aquí… para poder acariciarme.

—¡Oh, Anna, si pudiera! Deja que te cuente lo que haría si estuviera contigo, de modo que puedas
acariciarte y yo pueda compartir tu placer.

—Sí —dijo en un suspiro, con los ojos medio cerrados, imaginándose las manos, grandes y fuertes,
de Dominic sosteniendo el peso de su pecho.

Tócate el pezón, Anna. ¿está duro?

—¿Y el otro?

—¡Oh, sí… sí!

Anna se colocó el auricular junto a la mejilla y puso las dos manos bajo la camiseta para frotarse los
pechos con las palmas y notar cómo las puntas de sus pezones endurecidos la apretaban.

—¿Te gusta?

Aquella voz, humeante de deseo, no hacia más que incrementar su placer y cobijarla en su calor.

—Debes estar muy caliente, Anna. ¿Estás caliente?


—Mmm…, sí, estoy caliente.

—Sácate los pantalones… dales una patada y mándalos a la otra punta del salón. ¿Lo has hecho ya?

—¡Sí, ahora mismo estoy sentada sólo con braguitas y la camiseta, acariciándome los pechos que
están deseando que los acaricies, que los beses… ¡Oh, Dominic! ¡Hasta ahora no me había dado
cuenta de lo que te echo de menos!

—Lo sé, chérie dijo en tono tranquilizador—. Estoy contigo, en todos los aspectos exceptuando mi
cuerpo, ¡tú puedes ser mi cuerpo! ¿Sabes lo que haría ahora si estuviera allí?

Anna sonrió.

—Pienso que me pasarías la mano por las piernas y sentirías el calor que emiten mis braguitas de
seda rosa. Que te estremecerías —susurró perversamente, tocando la seda húmeda y caliente con
la mano.

Por un momento Dominic se quedó callado, aunque ella se lo imaginaba respirando


profundamente. Cuando por fin habló de nuevo, su voz sonaba ronca.

—¿Estás mojada, chérie?

—Mmm…, muy mojada. Ahora estoy sacándome las bragas porque me siento incómoda… ¡Oh,
Dominic, están empapadas!

Anna sonrió al oír la respiración acelerada de Dominic que, además, soltó algún taco. Percatándose
de aquel sutil cambio de papeles, deslizó los dedos perezosamente en dirección a los ardientes y
húmedos pliegues de su vulva y suspiró.

—Me duele, Dominic, siento un dolor irreprimible en mi entrepierna… Me gustaría que estuvieras
aquí, te arrodillases entre mis piernas y me consolaras con tu lengua…

—Tócate tú, chérie. ¡Ah!, si cierro los ojos, soy capaz de verte ¡tras mis párpados! ¡Eres un
espectáculo maravilloso, tan bonita, tan abierta para mí!

Mientras él iba hablando, Anna no paraba de mover los dedos lentamente por su piel más sensible,
que reaccionaba ávidamente a sus caricias. Se recostó en el sofá y se abrió de piernas, sin dejar de
manipular con habilidad todos los pliegues de su carne hasta que su respiración quedó convertida
en un áspero y corto jadeo.

—¿Notas cómo te viene, Anna?

—¡Oh, sí!

—Si es así, entonces estoy seguro de que tienes la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta y los
ojos vidriosos. La piel de tu cuello y de tu pecho está adquiriendo por momentos un tono rosado.
Tienes los pechos a rebosar, tentándome para que los acaricie y los paladee… ¿Estoy en lo cierto,
chérie?

Ante aquella descripción tan detallada de la situación en que se encontraba, Anna no pudo más que
asentir con un murmullo de incoherencias.
—Siento en mis manos el calor de tu piel y el encantador volumen de tus pechos. La joya que
posees entre los muslos brilla debido a los fluidos que emanan de ti. ¡Hasta siento tu olor en mis
dedos, Anna, y el sabor de tus labios! Ese exquisito aroma perfumado… lo tendré siempre conmigo.

Sus dedos acariciaban y pellizcaban el clítoris con un ritmo cada vez más acelerado, y empezó a
gemir.

—Eso es, Anna, ¡disfruta! Métete los dedos… ¿podrías saborearlos?

Y así lo hizo: lamió el líquido picante y aperlado que le cubría los dedos como si del caviar más
exquisito se tratara. Se imaginaba la cabeza oscura de Dominic entre sus muslos, sus labios
disfrutando con ella; casi se le cae el auricular.

—Oh, oh, Dios, Dominic ya viene… Lo siento… ¡oh, oh, oh!

Llegó el orgasmo, ola tras ola de calor bañando su piel en sudor. Escuchaba la voz de Dominic
ronroneando en su oído, susurrándole palabras cariñosas que no hacían más que intensificar su
frenesí.

Después se quedó sin fuerzas, totalmente agotada.

—¿Anna? ¿Anna, estás bien?

Le costó grandes esfuerzos poder responder.

—Mmm… Oh, Dominic, ahora es cuando más te necesito, para que me abraces, para que me
llenes…

—No tardarás mucho, mi amor, en hacerte a la idea de que estas conmigo. El sexo a distancia está
muy bien, pero como tú bien dices, ¿el «después de» es un poco frío a solas? Ve enseguida a la
cama.

—¿Me llamarás mañana?

—Debo ausentarme por unos días, tengo que ir a París. Te llamaré el jueves cuando regrese, ¿oui?

Anna estuvo a punto de protestar diciéndole que también había teléfonos en París, pero, por una u
otra razón, no lo hizo. ¿Qué derecho tenía a exigirle nada a Dominic si ni ella misma era capaz de
solucionar su propio matrimonio?

—Hasta el jueves, entonces.

—Au, revoir, Anna.

—Au revoir, Dominic.

Colgó el auricular con la misma delicadeza que lo hubiera hecho de estar fabricado de cristal
tallado. Se imaginaba a Dominic haciendo lo mismo al otro lado de la línea y se preguntó si él
también habría tenido su orgasmo a tantos kilómetros de distancia. De ser así, ¡aquello era el
último grito en sexo sin riesgos? Sonrió y, haciendo caso a la sugerencia de Dominic, se fue a la
cama.
Cuando se estaba quedando medio adormilada entre las frías sábanas de algodón, se dio cuenta de
que el jueves era el día en que llegaba Paul. Se encogió ligeramente de hombros. De hecho, si
estaba pensando en abandonarle, ¿qué le importaba su reacción ante una llamada telefónica?

Se abrazó a la almohada y apartó de su cabeza cualquier pensamiento relacionado con su marido.


Lo que quería era pensar en Dominic, y cuando por fin cayó dormida, lo hizo teniendo bajo sus
párpados cerrados su imagen.
Capítulo Trece

A LA MAÑANA siguiente, cuando estaba a punto de salir para ir a trabajar, volvió a sonar el
teléfono. Se alegró de reconocer al otro lado de la línea la voz seductora de Francine.

—¡Frankie! ¿Cómo estás?

—Estoy bien, pero he estado pensando que quizá, ahora que Nicky se ha marchado, tú estarías un
poco triste, ¿no es así?

Anna sonrió.

—Un poco —admitió, atenuando la situación hábilmente.

—Pensé que agradecerías un poco de compañía… ¿Te gustaría salir esta noche?

¿Esta noche? Bueno, yo…

—Ven a Londres, Anna. Tengo ganas de echar una cana al aire y necesito ayuda para hacerlo. Anna
se echó a reír.

—Si me lo pones así, ¿cómo voy a rechazar tal proposición?

Y así fue como se encontró volviendo a casa a toda prisa al salir del trabajo, dándose una ducha y
cambiándose antes de dirigirse a la estación. Frankie poco le había contado acerca del lugar donde
iban a ir, sólo le dijo que debía vestirse de negro. Intrigada, Anna se puso una falda negra corta y
una chaqueta entallada, con una camiseta granate debajo para contrastar.

Tenía que admitir que le quedaba bien. Sus piernas enfundadas en medias negras asomaban, largas
y esbeltas, bajo la falda corta, y se dejó la melena suelta sobre los hombros, despeinada, a la moda.

Frankie fue a buscarla a la estación.

—¡Anna! ¡Anna… estoy aquí!

Agitaba la mano, feliz, pero no era necesario que lo hiciera ya que, cuando Anna se volvió hacia el
lugar de donde venía la voz, la vio resaltar entre todos los viajeros que pululaban por el andén.
Frankie llamaba la atención. Llevaba un minúsculo vestido negro de tubo y calientapiernas blancos,
algo así como unos calcetines tremendamente altos o unas medias cortas. La lisa melena negra le
caía hasta media cintura y llevaba el maquillaje impoluto, como siempre. Echó a correr hacia Anna y
la besó dos veces en cada mejilla antes de retroceder un poco para verla bien.

—No se te ve tan triste como me había imaginado, chérie… ¿No será que ya has encontrado a otro?

Anna se echó a reír contó lo de la llamada Dominic.

—Así que ya ves, ¡apenas si he tenido oportunidad de echarle de menos!

A Frankie le encantó la historia y se la hizo volver a contar en cuanto subieron al taxi que habían
parado.
—¡Cómo es Nicky! La próxima vez que te llame podrás contarle las experiencias de esta noche.

—¿Experiencias? —repitió Anna alarmada.

—Quizá hoy no pases de ser una simple espectadora…, sea lo que sea, estoy segura de que Liginey's
va a interesarte mucho.

No dijo nada más, pues intuyó que Anna se sentía tan incómoda como intrigada. ¿Qué clase de
lugar sería aquél?

Bajaron delante de un restaurante inclasificable por su aspecto, en una calle secundaria cercana a
Kensington High Street. De entrada el lugar sorprendió a Anna. ¡Se esperaba que irían al Soho, por
lo menos, no a un sitio en las cercanías de aquella calle frondosa y elegante!

Frankie pagó al taxista y sonrió a Anna. Luego con un gesto le indicó que bajara por las estrechas
escaleras que conducían a la bodega. Al cruzar la verja pintada de blanco, Anna vio colgada una
discreta placa de latón, como las de los médicos o los dentistas, con el nombre de Liginey's grabado
en ella.

Se habían esmerado en intentar que aquel pequeño espacio en el que terminaban las escaleras
quedara aseado y acogedor, para ello habían puesto macetas de terracota repletas de petunias
situadas a los lados de la puerta de un negro mate.

Frankie levantó la aldaba de latón para llamar a la puerta y esperó. Al ver que el club estaba en la
bodega, Anna sintió como si el suelo vibrara bajo sus pies.

—Toda esta hilera de casas pertenece a Louis Liginey y su organización. Han aprovechado las
bodegas para convertirlas en un club —explicó Frankie a la perpleja Anna.

Anna levantó las cejas. Quería preguntar más cosas a Frankie, pero fue interrumpida por la llegada
de un hombre vestido de esmoquin que les abrió la puerta. Era tan ancho como alto y el tamaño de
su cabeza en forma de bola de billar era pequeño en comparación a su cuerpo, parecía que se la
hubieran puesto de añadido. El hombre, que reconoció a Frankie, cambió la expresión prohibitiva
de su cara por una gran sonrisa.

—Mademoiselle Didier… ¿una amiga? Por favor, pasen.

Anna sonrió insegura en el momento de entrar al club con Frankie. La voz del hombre resultaba
inesperadamente refinada, estaba totalmente reñida con su apariencia de hombre de Neanderthal.
Anna lo miró con el rabillo del ojo al pasar por su lado, y él la sonrió, consciente y divertido por
haberla confundido.

Sorprendentemente, el pasillo iba a parar a una estancia muy parecida a la discoteca donde
Dominic y ella estuvieron bailando unas noches antes. Había varias mesas con manteles blancos
dispuestas alrededor de una pequeña pista circular de suelo de madera donde media docena de
personas se movían lentamente al ritmo de la música que ponía el pinchadiscos situado en una
esquina. La barra quedaba en la pared del fondo y todos los taburetes estaban ocupados. La
iluminación era tenue y creaba un montón de rincones oscuros resguardados de miradas curiosas.

El hombre que las había acompañado desde la entrada les indicó una mesa y se inclinó hacia
Frankie.
—¿Lo habitual, mademoiselle? —preguntó.

Frankie sonrió y asintió con la cabeza. Entonces él se dirigió a la barra. Parecía conocer a todo el
mundo ya que no pararon de saludarle durante su recorrido. Llegó por fin a la barra después de
saludar con la mano a uno, cruzar unas palabras con otro, y Anna lo perdió de vista.

—Es un hombre interesante, ¿no te parece? —dijo Frankie sonriendo ante la curiosidad de Anna.

—¿Quién es?

—Este, querida, es el gran Liginey en persona.

—Pero yo pensé…

—¿Que era el portero? —Francine se encogió de hombros—. Le encantaría. Esta noche ha decidido
ser el portero. A Louis le gusta ser siempre alguien distinto. Tengo la teoría de que es un actor
frustrado.

Anna levantó las cejas intrigada. Cuando el hombre regresó con una cubitera de plata y sacó de ella
una botella de champán le miró con otros ojos.

La casa invita dijo. Luego descorchó la botella con gran parafernalia y les llenó las copas.

Hizo un ademán con la mano, para quitar importancia al agradecimiento de Anna, que contradecía
su aspecto de toro, y seguidamente desapareció entre la multitud.

—Bien, ¿qué piensas? —preguntó Frankie después de beber un poco de champán.

Anna se encogió de hombros.

—¿Del club? Para ser sincera, estoy un poco defraudada. ¡Esperaba algo un poco más… subido de
tono!

Francine se echó a reír y batió palmas divertida.

—¡Oh, Anna! Mira alrededor, ma chérie… ¡no es oro todo lo que reluce! Mira a aquellas mujeres,
por ejemplo.

Anna siguió la mirada de Frankie. En una esquina de la barra había un grupo formado por tres
mujeres que miraban hacia la pista y reían entre ellas. De no habérselo sugerido Francine, no las
habría mirado con tanto detenimiento, ni se habría fijado en ellas. Pero empezó a observarlas:
manos grandes, peinado crepado y un exceso de maquillaje en la cara. Eran más altas que la media
de las mujeres y había algo en su forma de gesticular…

—Son hombres, ¿verdad?

Frankie se echó a reír al ver la cara de sorpresa de Anna y señaló con el dedo discretamente en
dirección a la parte oscura del local que quedaba enfrente de ellas.

—No es todo tan sencillo como parece, chérie.

Pasó un buen rato hasta que los ojos de Anna se habituaron a la penumbra. Entonces se dio cuenta
de lo estrafalaria que era la indumentaria que lucía la mayor parte de la clientela: vestidos negros
de PVC, tipo masoquista, con detalles de cuero. En muchos casos no quedaba nada clara la
diferencia de sexo entre unos u otros.

Había una chica que no llevaba más que una especie de bikini de felpa y un collar de cuero en el
cuello del que colgaba una correa larga y delgada. Quienquiera que fuera el que estuviera al otro
extremo de la correa quedaba oculto a la mirada de Anna por una rubia escultural que permanecía
allí en medio contemplando la sala.

—Pero Leste lugar ¿qué es? —preguntó Anna a su amiga, a la vez que apartaba la mirada de la
rubia que acababa de descubrirla y estaba observándola con interés.

Frankie soltó una carcajada.

—Es un club, Anna. Un club muy exclusivo para gente con gustos muy particulares. Vamos… acaba
la copa y daremos una vuelta.

Mientras bordeaban la pista, Anna tuvo que reprimir una carcajada cuando vio a un hombre de
mediana edad que, con gran orgullo, llevaba puesto tan sólo un tutú blanco de tul. Anna, cada vez
más interesada, se percató de que había un montón de pasillos que se alejaban de la zona de la
pista hacia el interior. Frankie empezó a caminar por lirio de ellos, pero antes se volvió hacia Anna y
le sonrió por encima del hombro. _

Ella la siguió intrigada. En el pasillo había una serie de habitaciones sin puerta Llenas de gente en la
entrada. Anna se detuvo un momento para ver qué pasaba en la primera habitación y casi se le
salen los ojos de las órbitas y se le desencaja la mandíbula ante el espectáculo.

En la habitación sólo había una enorme mesa cuadrada con cantos metálicos. Encima de ella había
una mujer tendida con la cabeza colgando de uno de los extremos, de forma que su larga cabellera
pelirroja rozaba el suelo. Un hombre que estaba de pie le introducía el pene en la boca mientras
que en el otro extremo otro hombre le enterraba la cara entre sus desnudos muslos blancos.

La atmósfera tensa que reinaba en la habitación era palpable, los espectadores estaban
concentrados en la escalada de placer de la que gozaban los participantes. Al otro lado de la mesa
un hombre se masturbaba enfurecidamente. En aquel momento, cuando Anna lo miró, se corrió
lanzando los espesos chorros de esperma blanco sobre los pechos de la mujer que al sentirlos en su
piel se retorció sobre la mesa.

Esto fue demasiado fuerte para una de las espectadoras que, lanzando un pequeño grito de
angustia, se abalanzó sobre la mesa, cogió el pene del hombre que estaba lamiendo a la mujer
tendida y se lo puso en la boca.

Anna se volvió, se sentía violenta. Jamás se hubiera imaginado que pudiera existir tanto libertinaje.
Miró alrededor, buscando a Frankie entre la multitud, pero ésta había desaparecido. Sin saber qué
hacer, echó a caminar lentamente por el pasillo buscando con la mirada la cabeza oscura de
Frankie.

En una habitación que quedaba a mano derecha había un hombre de mediana edad, barrigudo,
follando de la manera más vulgar. Estaba tendido de espaldas al suelo, mientras que una mujer
joven con el pelo corto de punta montaba sobre él como si fuera a caballo. Cuando ella subía,
quedaba a la vista el pene grueso y oscuro del hombre, brillante por los fluidos del cuerpo de la
chica y, al bajar, volvía a desaparecer.
Cuando, por fin, Anna dio con Francine, casi se muere del susto. Frankie había entrado en uno de
estos escenarios y se había apoderado de él. Estaba de pie, con las manos en jarras y las piernas
cubiertas con las medias blancas abiertas. Un joven ancho de espaldas estaba arrodillado enfrente
de ella como si estuviera rindiéndole homenaje. Su lengua incansable, totalmente inconsciente de
los espectadores, entraba y salía como una flecha de la vulva abierta de Francine.

Ésta guiñó un ojo a Anna cuando la descubrió entre la pequeña multitud de cabezas que se habían
detenido a contemplar el espectáculo. Entonces Francine emitió un breve gemido orgásmico y,
adelantando un poco el pie, le pegó una patada al hombre para apartarlo de su lado. Anna lanzó un
grito sofocado cuando el joven rodó por el suelo.

—¿Qué demonios se supone que estabas haciendo? —dijo Frankie con desprecio—. ¡Con una
actuación así jamás conseguirás poner a tono a una mujer!

El hombre se encogía en el suelo, pero Anna se percató de la avidez que transparentaba su pálida
mirada. Frankie le dio un empujón para levantarlo del suelo y ponerlo boca abajo sobre la mesa. El
temblaba, pero, como un perro fiel, no perdía de vista ninguno de los movimientos de la mujer.

Anna no podía dejar de mirar, horriblemente fascinada, cómo Frankie cogía el látigo que acababan
de ofrecerle y azotaba las nalgas desnudas del joven. Frankie seguía azotándole y él chillaba
apretando convulsivamente las caderas contra la mesa. Fancine estaba disfrutando de verdad.
Ordenó a una de las mujeres que estaban mirando que cogiera la polla del joven con la mano.

—Avísame cuando esté a punto de correrse para darle más fuerte —exclamó.

Aquella Francine era tan distinta a la criatura cálida y maleable a la que Anna había hecho el amor
que dio media vuelta y se marchó. Estaba confundida. No le gustaba ver a un hombre humillado
sexualmente. Acababa de descubrir algo más: esta clase de dominación la dejaba helada.

Empezó a vagar por el laberinto de pasillos que inundaban las bodegas sintiéndose como atrapada
en un extraño paisaje surrealista. Aquel mundo no era el suyo, era incapaz de comprender cómo
podían llegar estos hombres y mujeres a tales extremos de dolor y degradación. Algunos de los
escenarios de los que fue testigo involuntario podían ser descritos literalmente como lugares de
tortura.

Al volver una esquina no pudo evitar pararse a mirar la escultural cabeza pelirroja de una mujer
puesta en pie, a horcajadas, encima de una de aquellas mesas metálicas que se repetían
incansablemente en todas y cada una de las habitaciones. Llevaba los ojos cubiertos por una
máscara de cuero negro perfectamente ajustada sobre el puente de la nariz. Sus carnosos labios
rojos esbozaban una mueca de burla hacia el hombre tendido bajo ella, que estaba atado de pies y
manos.

Anna estiró el cuello por encima de la muchedumbre para poder verlo, pero sólo vio el cuerpo
tendido, con el pene en plena erección a pesar de estar completamente desatendido. Claramente,
estaba a punto de llegar al clímax y Anna, por un momento, sintió pena por él. Pero entonces pensó
que si estaba allí, de aquel modo, era realmente porque él lo quería así, por lo que Anna volvió a
centrar la atención en la persona que estaba atormentándole.

La mujer llevaba puesto una especie de corsé muy cursi, de cuero negro, repleto de tachuelas
plateadas que ceñía su cintura hasta extremos ridículos. Los enormes pechos, blancos como la
leche, estaban tan comprimidos que se le salían del corsé dejando ver los pezones enrojecidos. De
cintura para abajo iba completamente desnuda. Sólo llevaba unas botas de tacón alto abotonadas
desde el tobillo hasta la rodilla.

Sostenía en la mano un vaso largo lleno de un líquido que tenía el aspecto de ser agua y del que
bebía con frecuencia. En cuanto acabó con su contenido, alguien se adelantó para rellenárselo y
que siguiera bebiendo.

Su vello público era espeso, de un color rojo oscuro excepcional. Desde donde estaba situada,
detrás de toda la multitud, veía perfectamente los oscuros pliegues de su vulva, secos, a su
entender, casi amenazantes de tan abiertos como estaban.

Entonces la mujer dobló ligeramente las piernas a la altura de las rodillas y se quedó casi en cuclillas
sobre la cara desconocida de su víctima. Esbozó una sonrisa y luego soltó un chorro de orina. Anna
no podía creer lo que estaba viendo.

El público exhaló un suspiro colectivo, tan sólo la exclamación de Anna era de sorpresa. El chorro
seguía y seguía, llenando el espacio cerrado de la estancia con su olor acre, siseando y
derramándose sobre la piel temblorosa del hombre. Por la posición en que estaba colocada la
mujer, Anna imaginó que el chorro de orina caía directamente en la cara del hombre. Al cabo de
unos segundos él se corrió.

Anna sintió un impulso repentino de ver la cara del hombre, de ver su reacción ante lo que a ella le
parecía la humillación más extrema, así pues, se adelantó un poco. Tenía los ojos cerrados y la boca
abierta para recoger las últimas gotas de orina. Fue entonces cuando Anna lo reconoció.

—¡Paul…? —murmuró.

Tocada en lo más profundo de su alma, echó a correr lejos del espectáculo que estaba ofreciendo
su marido con la cara mojada.
Capítulo Catorce

CUANDO ENCONTRÓ A Francine, Anna estaba temblando. A pesar de haberlo visto con sus propios
ojos, no podía dar crédito al hecho de que Paul estuviera en una de las habitaciones del olub. Sabía
que era absurdo albergar esta clase de pensamientos, pero de algún modo se sentía traicionada
ante su descubrimiento, se sentía también parte de toda esa basura. ¿Cómo Paul era capaz de algo
así?

Frankie estaba disfrutando de lo lindo con el joven al que había estado azotando antes. Cuando
Anna volvió a verla, estaba ocupada metiéndole y sacándole un vibrador del ano mientras la otra
mujer le chupaba la polla con gran diligencia. El hombre sollozaba de forma incoherente ante el
brutal manejo al que estaba siendo sometido. Después de todo lo que había visto, Anna era incapaz
de sentir por él más que asco y desprecio.

—¡Francine! —llamó alzando la voz.

Francine, sorprendida, levantó la vista, abandonó lo que estaba haciendo y dejó al hombre
lloriqueando patéticamente. Lo ignoró totalmente y miró a Anna de forma inquisitiva al ver su cara.
Luego se acercó a ella dejando el consolador vibrando como un loco en el trasero del joven,
abandonado, sin nadie que cogiera el relevo del timón. A pesar del disgusto que llevaba encima,
Anna no pudo evitar darse cuenta de que Francine ni se volvía a mirarlo.

—¿Qué te pasa, chérie? ¡Estás fatal!

—No puedo explicártelo, Frankie, aquí no. Debo irme…, sólo quería decirte que me iba…

—Pero tengo que acompañarte a la estación, ¿no?

—Por favor, Frankie, no te preocupes…

—Merde, Anna ¡tampoco estaba pasándomelo tan bien! Si quieres, te llevaré a casa y así tendrás la
oportunidad de contarme lo que te ha pasado.

—Pero si está muy lejos de Londres y aún más de tu casa… —protestó Anna.

Francine se encogió de hombros y empezó a guiar a Anna entre la multitud en dirección al


guardarropía de donde retiraron las chaquetas.

—Si te apetece, puedo quedarme a dormir en tu casa. Mañana no tengo que ir a trabajar y algo me
dice que no tienes ningunas ganas de pasar la noche sola.

Ya estaban en la calle y, antes de que Anna tuviera tiempo de responder, Frankie había parado un
taxi que las condujo al lugar donde había dejado el coche aparcado.

De vuelta a casa, Anna le contó a Frankie lo que había visto. Desató toda su furia, indignada,
avergonzada, mientras su amiga escuchaba en silencio. Una vez hubo acabado, Anna se relajó
recostándose en el asiento; se sentía agotada. Hubo de pasar un buen rato hasta que Anna recobró
las fuerzas necesarias para poder mirar a Francine.
Estaba de perfil. Su cabellera larga y oscura enmarcaba su delicado semblante. Tan solo la
traicionaba un ligero temblor en los hombros.

—¿Francine? Frankie… ¡no tiene ninguna gracia!

Anna se quedó turbada, escandalizada, pues esta chica, a la que consideraba su amiga, se reía de su
congoja. Cuando Frankie se echó a reír a carcajadas, sin poder aguantar más, no se lo podía ni
creer. Al mirar a Anna y ver su cara, intentó controlarse en vano.

—¡Oh, Anna, lo siento mucho! Merde, no me estoy riendo de ti. Me río del palurdo insensible de tu
marido bebiendo los vientos por una lluvia dorada… ¿No te sientes mejor ahora que lo sabes?

—¿Mejor…?

—Ya sabes,… más libre. Después de todo, ya no debes volver a guardarle ningún respeto.

Anna empezó a tranquilizarse en cuanto comprendió lo que Frankie estaba intentando decirle. Miró
a través de la ventanilla para ver pasar el oscuro paisaje a toda velocidad, como si fuera un telón de
fondo del recuerdo de Paul atado en la mesa metálica.

En todos los años que llevaban casados no le había visto jamás perder el control. El que aquella
mujer hubiera vaciado la vejiga en toda su cara y el hecho de que él reaccionara con una falta de
autoestima espectacular, le convertía en un perfecto desconocido.

Parecía siempre muy seguro de sí mismo, siempre tenía que ser él quien iniciara sus encuentros
sexuales. E, incluso así, su forma de reaccionar ante las cópulas rápidas y sin ningún fruto que
realizaban, nada tenía que ver con el éxtasis vicioso que acababa de exhibir.

Retorciéndose en el asiento, Anna recordaba la insistencia con que la obligaba a permanecer quieta
estirada desde el principio hasta el fin, como si quisiera evitar pensar en su presencia mientras iba
entrando y saliendo de ella. La trataba como si no fuera más que el receptáculo de su lujuria, no
como la mujer de carne y hueso con que compartía la vida.

Ahora Anna se preguntaba en qué pensaría Paul mientras hacía uso de su cuerpo insensible. O en
quién. Cuando derramaba la semilla en el interior de su confiada esposa, ¿estaría imaginándose el
placer de someterse a otras mujeres? ¿La estaría acusando de ser una frígida porque ella no tenía
ni idea de cuáles eran en verdad sus preferencias sexuales?

Si Dominic no hubiera irrumpido en su vida en un determinado momento, se habría llevado a la


tumba la creencia de que el fallo era suyo, de que era incapaz de satisfacerle. De hecho Paul casi la
había convencido de que la culpa era suya, de que sus necesidades sexuales no eran normales.

Frankie tenía razón, era divertido. Triste, pero gracioso. Entonces Anna se relajó y se echó a reír
también. Francine la siguió, claramente tranquilizada al ver que Anna no estaba ofendida por la
forma en que había reaccionado ante su relato.

—¡Tendrías que haberle visto, Frankie! ¡Mi elegante y pomposo marido pagando para que le meen
encima! Si me lo llega a pedir, ¡no lo hubiera hecho ni por todo el oro del mundo? ¡Bastardo!

Entonces empezó a llorar, las lágrimas se mezclaban con su risa. Se alegró de tener a Frankie en la
cama con ella, a pesar de que no hubiera ningún roce sexual. La presencia de su amiga, abrazándola
como a una hermana, acariciando su cabello y animándola a hablar, era un consuelo.
—Llegó a convencerme de que yo no era normal, Frankie. Jamás podré perdonarle. ¿Por qué no
podía admitir que lo que sucedía era que, sencillamente, éramos incompatibles? ¿Por qué no me ha
dado la oportunidad de poder ser feliz con cualquier otro?

Se dio cuenta de que Frankie se encogía de hombros.

—Es un hombre, chérie. Y hay muy pocos hombres capaces de admitir sus errores.

—¿Errores?

—Oui. Casándose contigo lo que hizo fue intentar anular su verdadera naturaleza. El que falló fue
él, Anna, no tú.

Anna frunció el entrecejo.

—Supongo.

Se quedaron un buen rato en silencio. Entretanto Anna seguía repitiéndose mentalmente la triste
historia de su matrimonio, de todos los años echados a perder. Su relación tampoco había sido muy
buena fuera de la cama. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo estéril que había sido
su vida en común; era como si el ver la verdadera cara de Paul le hubiera encendido una luz en el
cerebro que iluminara hasta los rincones más oscuros.

—¿Y ahora qué voy a hacer?' —se lamentó repentinamente sorprendida por el miedo.

Los labios de Francine le rozaron la frente.

—Sobrevivirás —respondió con firmeza—, seguirás adelante. ¿Ya te has olvidado de Dominic?

—¿Olvidarle? No, naturalmente que no. Pero si voy con él no debe ser, pura y simplemente, porque
abandone a Paul. Puedo sobrevivir sola.

—Naturalmente que puedes, chérie. Pero estás olvidando que Dominic te quiere. No le rechaces
tan sólo por el hecho de que te hayas enfadado con Paul.

Anna no respondió. Pensaba en la nueva perspectiva que se abría ante ella. Francine tenía razón,
corría el peligro de que su enojo pudiera repercutir en su forma de ver las cosas.

—Pero, ¿y tú… y Dominic? —preguntó de pronto.

Los dedos de Francine interrumpieron las rítmicas caricias por un instante. Le respondió
lentamente, a la vez que reemprendía sus caricias.

—Nicky es un buen amigo. Le quiero, pero del mismo modo que tú. Hay algo… especial entre
vosotros dos que creo que Dominic nunca había encontrado antes.

—¿Te importa? —murmuró Anna, sintiéndose complacida por lo que había dicho Frankie.

—Non, chérie. Vosotros estáis bien juntos y eso me hace feliz. Me da la impresión de que no
volveré a estar nunca tan cerca de vosotros como antes, pero, c'est la vie, ¿n'estcepas? Sin
resentimientos.
Volvieron a quedarse en silencio, cada una inmersa en sus propios pensamientos. Anna sonrió al
pensar en Dominic. A pesar de haberla conducido a los mismísimos límites de la experiencia sexual,
siempre la había respetado. No importaba lo que hubieran hecho, no importaba a qué extremo
pudieran llegar, ella se sentía siempre a salvo. Jamás había experimentado tal sensación con Paul.
Sus encuentros eran una experiencia terrible, sus cópulas tristemente miserables.

¿Tenía él idea, algún indicio de cómo pudiera sentirse ella? ¿Habría pensado alguna vez en ella
mientras daba rienda suelta a sus fantasías en manos de sus dominatrices? Quizá ni sería capaz de
comprender la vergüenza que estaba llegando a sentir. Al fin y al cabo la humillación era un placer
para él, ¿no era eso?

De repente Anna tuvo clara cuál era la solución para recuperar su autoestima. Mientras le contaba
a Frankie lo que pretendía hacer, se le abrían nuevos objetivos.

—Quizá entonces vaya con Dominic —concluyó—, pero sólo lo haré si estoy completamente
convencida. A partir de ahora la única persona que podrá obligarme a hacer algo voy a ser yo
misma.

La mirada topacio de Francine brillaba en la oscuridad. Su amiga la miraba con cariño.

—Bravo, chérie. Estoy segura de que tomarás la decisión más adecuada… tanto para ti como para
nuestro querido Dominic. ¿Permitirás que te ayude a preparar la vuelta a casa de Paul el próximo
jueves?

Anna se incorporó y la besó en la mejilla.

—Me encantará que me ayudes, Frankie —murmuró—, igual que me encanta disfrutar de tu
compañía esta noche. Ahora creo que es mejor que durmamos un poco. ¡Tenemos que hacer
compras muy importantes entre hoy y el jueves!

Paul aparcó el coche en el caminito de entrada y apagó el motor. Se quedó un rato sentado dentro
cogiendo fuerzas para abrir la puerta. Siempre le costaba mucho superar el terrible trance de tener
que volver a su hogar y enfrentarse a su mujer.

Sin duda Anna estaría esperándole convenientemente recatada ante un fondo de papel pintado de
Laura Ashley. Su boca esbozaría una amplia sonrisa, aunque sus grandes ojos grises le persiguieran,
acusativos, por toda la habitación. Suspiró. Era una verdadera lata. El desasosiego estaba
empezando a apoderarse de él. ¿Por qué últimamente había aumentado de forma tan dramática su
postura adversa hacia ella? ¿Por qué le resultaba tan difícil controlarse?

Consciente de que Anna, a buen seguro, habría oído el rechinar de los neumáticos frenando en el
camino de gravilla, salió del coche y cerró la puerta. Se dio prisa, pues pensó que ella saldría
enseguida para ver qué ocurría.

Normalmente, cuando volvía a casa después de sus «viajes», Anna solía recibirle con alguna comida
casera, a veces con la mesa adornada con velas, y con una expresión en la cara que recordaba
siempre la de un cachorro suplicando que le prestaran atención. Cuando la veía así, le entraban
ganas de darle una patada. Lanzó un suspiro exagerado, puso la llave en la cerradura y abrió la
puerta.

La escena que se encontró al entrar en el salón le hizo quedarse con los pies clavados en el suelo.
Anna estaba esperándole, sí, pero no había florecitas alrededor de ella.

Estaba de pie en medio de la habitación, con las piernas abiertas y los brazos en jarras. Llevaba un
corsé de cuero negro que iba desde el pecho hasta la altura de los muslos. Le ceñía la cintura de tal
forma que Paul tuvo la imperiosa necesidad de tocarla y comprobar si, como él sospechaba, era
capaz de abrazar el perímetro de la cintura con las manos.

Aparte del corsé, iba completamente desnuda, sin medias; tan sólo llevaba un par de botas de
tacón alto atadas con cordones que, combinadas con la cola de caballo que recogía su larga melena
dorada, la hacían parecer tremendamente alta. La sola contemplación de aquellas botitas tan
peligrosas le provocó al instante una erección. Naturalmente, cuando por fin pudo hablar, la voz le
salió una octava de tono más elevado de lo normal.

—¡Anna! ¿Qué te has hecho?

Tuvo tiempo suficiente para darse perfecta cuenta de la forma en que se curvaban sus labios. Anna
sonrió burlonamente cuando advirtió que Paul no podía resistirse a mirar la clara pelusa de vello
púbico que asomaba entre sus piernas.

—Calla, Paul.

Se le cerró la boca de golpe al oírla hablar así, e inmediatamente se echó a temblar. Su tono de voz
era tan calmado, tan bien controlado, tan tremendamente convincente.

—No… no te entiendo.

—¿No me entiendes? —respondió sonriendo de un modo desagradable. Entonces, por vez primera,
él se dio cuenta de que Anna llevaba en la mano una fusta. Casi descarga toda su pasión allí mismo.

—Sube a la habitación, Paul… Tengo ganas de oír cómo te ha ido el viaje.

Paul sabía que lo que debía hacer era dar por terminada aquella escena en aquel mismo momento,
acabar con la pantomima ridícula que protagonizaba su mujer, pero era demasiado tarde. No hizo
caso de su razón. Contento ante aquella oleada de calentura sexual que le convertía las piernas en
pura gelatina, se volvió lentamente en dirección a las escaleras y empezó a subir por ellas, sumiso y
obediente.

Anna se quedó abajo viéndole subir por las escaleras, estaba asombrada ante el éxito espectacular
de su representación. Era evidente que estaba excitado, la atmósfera que les rodeaba parecía
incluso vibrar debido a lo potente de su calentura. Debía admitir que la rápida rendición de su
marido la chiflaba. Tuvo que recordarse que ésta no era la finalidad, que ella no tenía que pasárselo
bien y que debía mantener la cabeza lúcida en todo momento para que su plan llegara a buen fin.

—Desnúdate.

Le pareció que el ataque directo era lo más adecuado. Anna contempló a su marido con los ojos
entrecerrados. Era evidente el temblor de sus dedos mientras intentaba desabrocharse torpemente
los botones de la camisa. No pensaba ayudarlo, esto no formaba parte del plan.
Esperó de pie a que estuviera completamente desnudo, aunque manifestaba su impaciencia
golpeando la alfombra con la punta de la bota, lo que, advirtió, provocaba todavía una mayor
excitación en Paul. ¡Pensar que en todos los años de su matrimonio no había tenido ni la más
remota idea de cómo poner en marcha el reloj sexual de su marido!

Aguantándose la risa, se rozó levemente el muslo con la punta de la fusta, pero lo hizo con la fuerza
suficiente para que sonara un leve chasquido. Paul la miró con los ojos muy abiertos, incapaz de
decir una palabra.

Tenía el cuerpo en forma y bronceado. Su pene bailaba, arriba y abajo, como si fuera un bastón
blanco e incontrolado, de un color de piel tan diferente al resto del cuerpo que parecía pertenecer
a otro hombre. Dando un latigazo en el suelo, Anna le dio a entender que tenía que subirse a la
cama.

Así lo hizo, y escogió aquel momento para hablar.

—Anna, no tengo ni idea de lo que crees saber sobre mí, pero te aseguro…

—¡Calla! —dijo, y pasó la fusta por sus nalgas.

—Pero…

—No te está permitido hablar a menos que yo te lo pida. ¿Entendido?

Por un instante pensó que iba a ponerse a discutir con ella, pero enseguida una extraña expresión
invadió la mirada de Paul que, resignado, se tendió de espaldas en la cama.

—Sí —musitó con voz ronca.

—¿Sí, qué? —dijo Anna, amenazándolo.

Paul cerró los ojos un instante, la nuez de Adán se le movía agitadamente en la garganta cuando
hacía fuerza para tragar la saliva.

—Sí… mi ama —refunfuñó.

Anna seguía asombrada por la rapidez con que aceptaba su autoridad. El disfraz la había ayudado,
tal y como dijo Frankie…

—Separa las piernas y los brazos.

La obedeció al instante, pero a Anna le encantó ver la sombra de duda que tenía su mirada.
Entonces fue a buscar el gran surtido de pañuelos y cuerdas que tenía preparado y se dispuso a
atarlo bien fuerte, por las muñecas y por los tobillos, a las cuatro esquinas de la cama.

Francine le había enseñado la clase de nudo que debía hacer para que Paul no pudiera soltarse.
Incluso lo había estado practicando ella misma atándose los tobillos hasta conseguir hacer un nudo
bien seguro… Se había propuesto que Paul fuera consciente de lo serias que eran sus intenciones.

Paul probó dando un tirón a uno de los nudos y Anna, que vio el temor que transparentaban todos
sus miembros, quedó convencida de que Paul sabía perfectamente que la cosa iba en serio.
¿Cómo debía sentirse, allí tendido, tan vulnerable? Una vez terminada su tarea, Anna, sin dejar de
sonreír, dio un paso hacia atrás para contemplar mejor el resultado. Paul no sospechaba siquiera, ni
incluso entonces, lo que ella se llevaba entre manos. La miraba cauteloso, con los ojos empañados
por la lujuria, sin poder llegar a imaginarse las horas que ella había pasado planeándolo todo,
esperando aquel momento.

El pene formaba ángulo recto con su barriga, parecía una columna blanca y delgada balanceándose
ligeramente debido al esfuerzo que tenía que hacer para no apartar los ojos de ella, que no dejaba
de dar vueltas alrededor de la cama. Anna se acercó y lo cogió con la mano; luego empezó a
moverlo de arriba abajo con un ritmo cada vez más acelerado hasta que finalmente lanzó un fuerte
gemido.

—Mmm… Veo que no le guardas respeto a tu ama —dijo Anna apartando la mano.

—¡Oh, claro que sí! Por favor, Anna… quiero decir, mi ama, por favor, permite que me corra…

—¿Que permita que te corras? —Anna levantó las cejas en un gesto de desprecio—. ¿Qué te hace
pensar que mereces desahogarte?

Paul respiraba cada vez con mayor dificultad intentando controlar la excitación. Una fina película de
sudor empapó su carne cuando ella se subió cuidadosamente a la cama y se puso a horcajadas
encima de él como había hecho la pelirroja de Liginey. Pero las botas nuevas de tacón alto le hacían
muy difícil sostener el equilibrio en aquella posición, así que tuvo que apretar con fuerza los
músculos de las pantorrillas para no caerse vergonzosamente de la cama. La excitación de Paul era
patética, como si de un animal en celo se tratara, la erección de su pene era aún más enfurecida
ante el sexo totalmente expuesto de Anna.

Anna no se molestó más en ocultar su repugnancia. Apartándose del guión, se dispuso a tirárselo
verbalmente.

—¡Dios, Paul, qué asco me das! Mírate, atado como un perro, regocijándote por el miedo a que
pueda azotarte con esta fusta.

—¡Oh, sí, sí, por favor, pégame?

—¿Es que no estás escuchándome? ¡No tengo ganas de entrar en tus jueguecitos asquerosos…,
estúpido pervertido!

—¡Sí! ¡Si!

Anna movió la cabeza en un gesto de incredulidad cuando advirtió que su asco aún excitaba más a
Paul.

—Entiéndelo, Paul. Es verdad… ¡creo que eres patético!

—Lo soy, oh, Dios, sí que lo soy. Soy patético, no merezco ni mirarte a la cara…, méate encima de
mí, mi ama, ¡hazme sentir el asco que te doy!

Anna se quedó contemplando aquella cara que tanto había llegado a querer, deformada por el
rictus del éxtasis, y casi estuvo a punto de hacer lo que le pedía. Había tenido la intención de
azotarle con la fusta, de dejarle su marca de algún modo, pero ya no le importaba. Entonces se le
ocurrió la forma más satisfactoria, la mejor manera de humillarlo.
Bajó con cuidado de la cama, se dirigió hacia el vestidor y se quitó el ceñido corsé. Hasta entonces
no había sido realmente consciente de lo que iba a hacer. De repente todo estaba claro y en el
lugar que le correspondía. La invitación de Dominic, las torpes indirectas de Alan insinuándole que
lo comprendería a la perfección si ella deseaba desaparecer de repente sin avisar.

Paul no advirtió qué estaba haciendo Anna hasta que la vio con unos tejanos y una camiseta.

—¿Anna?

Ella se volvió hacia él y observó que el pene de Paul, que finalmente comprendió que el juego se
había terminado, iba desinflándose lentamente. Aquella venganza ya le era suficiente.

—¿Qué estás haciendo?

—Estoy haciendo las maletas, querido, ¿es que no lo ves?

—¿Haciendo las maletas? Pero… no puedes.

—¿Que no puedo?

—¿Dónde vas?

Anna ignoró su pregunta y continuó con su tarea de guardar el pasaporte y la cartera en el bolso.

—Mandaré a recoger el resto de mis cosas más adelante.

—Pero… Anna, ¡espera! ¡Por el amor de Dios!

Se detuvo en la puerta y se volvió a mirarlo inquisitivamente.

—¡No puedes abandonarme así!

Esta frase, formulada como una súplica, parecía un gemido lastimero.

—Pensaba que esto era lo que más te gustaba, Paul. La humillación —dijo Anna sonriendo.

—¡Anna, sé razonable!… ¿Cómo voy a desatarme? —balbuceó. Su voz se volvió histérica cuando
advirtió que Anna hablaba en serio.

Anna le envió un beso con la mano. Pensaba llamar a uno de sus amigos desde el aeropuerto, pero
no tenía por qué saberlo de momento.

—Au revoir, Paul. O, aún mejor, ¡adiós!

Cogió la bolsa de viaje y desapareció escaleras abajo dejándole atado y desnudo en la cama.

Se llevó una sorpresa cuando se encontró a Francine esperándola fuera con el coche.

—Sabías que lo haría, ¿verdad? —dijo cuando hubo tomado asiento junto a su amiga.

Frankie sólo sonrió, luego sacó un sobre de la guantera y lo entregó a Anna mientras ponía el motor
en marcha. En el interior había un billete para París. Un solo billete.

—¿Qué…?
—Dominic me pidió que te lo consiguiera. Estará esperándote en el aeropuerto.

Una gran excitación recorrió su cuerpo. ¿Tan seguro estaba de ella?

—Sólo una cosa —dijo Anna en cuanto dejaron el coche en uno de los aparcamientos de tiempo
restringido de Heathrow—: he dejado a Paul atado en la cama.

—¿Que has hecho qué? —exclamó Frankie echándose a reír—. Dame las llaves.

—¿Las llaves?

—Iré a liberarle… eventualmente, claro.

Viendo la mirada maliciosa de Frankie, Anna se echó a reír a su vez y le dio las llaves de la puerta.

—¡Diviértete! —dijo abrazándose a su amiga a modo de despedida.

—Y tú. Diviértete toda la vida.

—Si. Au revoir, Frankie. Y gracias… por todo.

—No tienes por qué dármelas.

Las dos mujeres volvieron a abrazarse. Luego Anna bajó del coche para entrar a toda prisa en el
aeropuerto en busca del avión que la conduciría a una nueva vida… y a Dominic.

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